En campaña, son todos buenos

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 11/10/18 en: https://alejandrotagliavini.com/2018/10/11/en-campana-son-todos-buenos/

 

El actual presidente brasilero dejará el país algo mejorado gracias a unas pocas reformas, como en lo laboral: entre otras cosas, eliminó la obligatoriedad que tenían los trabajadores de pagar la contribución sindical, disminuyendo el poder abusivo de los sindicatos. Pero aún quedan regulaciones laborales -que impiden la plena ocupación, como el salario mínimo que prohíbe trabajar a quienes ganarían menos- y la desocupación subió de 6,2% en 2013 hasta 12,2% en 2018.

Además, puso un límite al aumento del gasto público que no debe superar a la inflación, logró que las tasas de interés que eran muy altas -hasta 17%- cayeran a 6,5% y ha controlado la inflación: 3,4% en 2017 y 3,7% en 2018. Pero, la recuperación sigue lenta. En 2017 el PIB subió 1,5%, y las exportaciones aumentaron 18%. Las previsiones son optimistas para 2018, con un crecimiento del PIB del 2,3% y una inflación de 3,5%.

Y ahora Jair Bolsonaro sería el próximo presidente si gana la segunda vuelta contra al candidato del PT de Lula, Fernando Haddad. Bolsonaro aprovechó la imagen de corrupto que tiene el PT. Corrupción que, por cierto, es grave no solo en Latino América. La periodista Viktoria Marinova apareció muerta en Bulgaria, días después de ventilar casos de corrupción con fondos de la Unión Europea y, en un solo año, también fueron asesinados los periodistas Daphne Caruana en Malta y Jan Kuciak en Eslovaquia, que investigaban corruptelas.

La política derechista Bolsonaro al punto que The Economist aseguró que será “desastroso” y Fernando Henrique Cardoso -ex presidente de Brasil, autor del boom que heredó Lula- dijo que no le agrada “Ninguno… pero Bolsonaro está excluido”. En lo económico, tiene un discurso alentador y la Bolsa reaccionó eufórica: “Mercado libre y menos impuestos es mi consigna” twitteo.

Lo que no es poco ya que los impuestos perjudican a todos, pero, sobre todo, a los más pobres ya que los ricos los pagan aumentando precios o bajando salarios. Planea, además, la privatización de empresas, la reducción de la burocracia y una fuerte desregulación de la economía.

En el exterior, algunas empresas están muy interesadas en quién sea el ganador, por caso, las 22 compañías españolas que cada año ganan unos US$ 27.000 M en Brasil, el doble de las exportaciones anuales argentinas hacia el país de la Samba. Pero para España, en su conjunto, es poco más que anecdótico.

La política brasilera no debería tener mucha influencia en los demás países, salvo en casos como Argentina que tiene una economía muy regulada, encorsetada, y así, no pudiendo moverse, no pudiendo ser creativa, cualquier variación en los flujos fijos como las exportaciones hacia Brasil, puede resultar negativa.

Dicen los rumores que el derechista ex militar potenciaría el desarrollo nuclear brasilero, y es uno de los líderes más críticos con Maduro, “el único candidato que dice abiertamente que seguirá una línea dura para acabar con el hambre en Venezuela es Jair”, proclamó su hijo Eduardo, el diputado federal más votado del país.

Por cierto, en campaña todos los candidatos son buenos y Bolsonaro intenta mostrarse como un hombre de centro. En tanto que Haddad hasta prometió bajar los impuestos, “para que quien sustente el Estado no sean los pobres”, y favorecer la creación de nuevos bancos para bajar más las tasas de interés.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

CONSIDERACIONES SOBRE LA VEJEZ

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Este tema interesará a todos puesto que, a menos que se produzca un accidente prematuro, a todos les toca, solo es cuestión de tiempo. Muchas veces al aludir a la vejez hay cierta carga peyorativa implícita o explícita ya que el comentario se suele circunscribir al aspecto puramente físico referido al consiguiente deterioro. Sin embargo, si comprendemos que el hombre no se limita a lo puramente material y que precisamente lo caracteriza los estados de conciencia, la psique o la mente. Si esto es así decimos, el aprovechamiento de la vida significa el mayor alimento posible del alma lo cual, a su vez, se traduce en una mucho mayor vitalidad espiritual. Una mucha  mayor riqueza intelectual respecto a la juventud que, al contrario, mantiene un cuerpo más vital pero con un alma en proceso de formación.

 

Sin duda que en la vejez -y siempre- la mente está en formación o en tránsito ya que nunca se llega a una meta final puesto que el conocimiento tiene la característica de la provisionalidad sujeta a refutaciones y la ignorancia es infinita en relación a lo que se conoce. Emmanuel Carrére ha escrito con razón que “lo opuesto a la verdad no es la mentira sino las certezas”. Nada peor que los que no están abiertos al debate al efecto de incorporar nuevas perspectivas: es lo más potente para alejarse de la verdad.

 

De lo que estamos hablando es la comparación de cortas edades respecto a edades avanzadas en cuanto a la dosis de conocimientos y experiencias si se ha aprovechado la vida. Sin duda que las personas son en esto como los vinos: no por el hecho de transcurrido el tiempo mejoran, antes al contrario un mal vino empeora con el transcurso del tiempo. Si la vida se desperdicia en lo que tiene de propiamente humana, el resultado no será bueno.

 

Cuando se alude a la vejez entonces debe subrayarse que si le damos más importancia al alma que al cuerpo, al fondo más que a la forma, la sustancia más que al accidente, lo que nos define como humanos respecto a la cáscara, si esto es así debe destacarse la evolución del estado de conciencia más que los estados de los kilos de protoplasma. Claro está, lo dicho no significa para nada no atender las necesidades del cuerpo. Al contrario, resulta esencial este cuidado, nada más acertado que aquello de mens sana en corpore sano.

 

Hay ciertas inconsistencias en torno a este asunto. Por ejemplo, cuando muere alguien se suele repetir “pobre fulano o mengana” ¿Cómo “pobre” si se piensa que los estados de conciencia, la psique o la mente son inmateriales y por ende no se descomponen y por tanto sobreviven al cuerpo? Incluso según algunas denominaciones religiosas ¿no es que gozan en el más allá de una vida más placentera si han hecho las cosas bien? Entonces, para ser consistentes con esta visión “pobres los que quedan” porque extrañan a los que se fueron, lo cual es evaluado por pensadores como Emmanuel Swedenborg en su peculiar esquema de la religiosidad que tanto ha influido en autores como Jorge Luis Borges o Mario Vargas Llosa y también las elucubraciones de destacados deístas como Thomas Paine y Voltaire (que por definición rechazan la idea de iglesias oficiales puesto que en esta tradición el vínculo es del hombre con Dios y sin intermediarios).

 

Ludwig von Mises y el premio Nobel en economía Milton Friedman son unos de los tantos intelectuales que sostienen las ventajas de liberar las drogas (también ex presidentes como Fernando Henrique Cardoso, Vicente Fox y  César Gaviria) para evitar los graves problemas como los suscitados por la llamada Ley Seca y distinguen lo que es un crimen de lo que es un vicio del que cada uno es responsable. El primero de los nombrados afirma que aquellos que le otorgan más importancia al alma que al cuerpo, para ser consistentes con su “guerra a las drogas” deberían prohibir también libros, obras de teatro y similares que dañan la psique con un resultado mucho más contundente que el daño corporal.

 

El antedicho ensanchamiento del alma o la psique está estrechamente vinculado a los espacios de libertad de cada uno al efecto de actualizar sus potencialidades en busca de su particular proyecto de vida. Hoy en día con los atropellos de aparatos estatales desbocados y completamente desviados de sus misiones específicas de proteger derechos, cercenan los espacios de libertad y en consecuencia reducen las posibilidades de los alimentos de la mente. En un campo de concentración las posibilidades de desarrollo de una persona no son las mismas que en libertad.

 

Por supuesto que la libertad es una condición necesaria pero no suficiente para el desarrollo de cada uno. Puede concebirse a personas que, por ejemplo, dedican sus energías para drogarse hasta perder el conocimiento,  lo cual, naturalmente no significa encaminares hacia metas de excelencia sino a la degradación y extinción total.

 

Sin duda que el deterioro del cuerpo llega un momento tal que puede afectar también al cerebro con lo que la psique, los estados de conciencia o la mente dejan de comunicarse con el mundo exterior debido al referido deterioro progresivo. Pero cuando no llega esa etapa o, en su caso, mientras no llegue, la evolución del alma sigue su marcha ascendente si se saben aprovechar las oportunidades y se saca partida de la vida propiamente humana.

 

Este es el sentido por el que en muchas comunidades se tiene especial consideración con la vejez, no solamente debido a lo enclenque que pueda estar el cuerpo sino especialmente para sacar partida de la experiencia y el conocimiento en el que beben las generaciones más jóvenes.

 

Esto está ligado al entramado entre jóvenes y viejos en las familias en las que cuando los hijos son menores los padres se ocupan de ellos en todos sus múltiples problemas, en su salud, en sus estudios, en su alimentación y en su recreación. Esto mismo es lo que sucede en devolución de cariño con los padres cuando son mayores por parte de los hijos. Esto se ve más claramente en comunidades asiáticas, por ejemplo, en Corea del Sur, donde, por otra parte no hay sistemas compulsivos de previsión social debido entre otras razones al motivo descripto (y, dicho sea de paso, donde las tasas de ahorro son las más altas para proveer en la vejez). En cambio, en otros lares se observa algo bien distinto: hijos que abandonan a sus padres o los encierran en geriátricos para liberarse de ellos con el argumento de que “están muy ocupados” como si los padres no hubieran estado ocupados cuando atendieron y cuidaron a sus hijos.

 

Para los materialistas (o deterministas físicos si recurrimos a terminología popperiana) no hay estados de conciencia, psique o mente con lo que el ser humano estaría programado como un loro donde no habría tal cosa como argumentación, ideas autogeneradas, responsabilidad individual, moral o libertad. Como ha consignado John Eccles, premio Nobel en Neurofisiología, “uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos” y apunta que “cuanto más descubrimos sobre el cerebro más claramente distinguimos entre los eventos del cerebro y el fenómeno mental”. Y Max Plank, premio Nobel en Física,  concluye que “sería una degradación inconcebible que los seres humanos fueran considerados como autómatas inanimados en manos de una férrea ley de causalidad”. Por último para citar a los más destacados científicos en la materia, John Lucas afirma que “Solo un agente libre puede ser racional. El razonamiento, y por tanto la verdad, presupone la libertad y no el condicionamiento por nexos causales de la materia”.

 

Entonces, si hemos comprendido que el libre albedrío es una característica que diferencia al hombre de todas las otras especies conocidas y que la psique es lo que hace posible esa libertad, debemos concluir que el alimento de esa alma es función primordial del ser humano para elevarse en busca de la antedicha excelencia, lo cual madura en la vejez si se han llevado a cabo los esfuerzos consiguientes.

 

Así es que el deterioro físico es más que compensado por esa inyección de contenido que no se tiene a edad temprana. Este es el sentido de la reverencia a la vejez. Platón ha dicho que “me da enorme placer hablar con las personas de edad avanzada. Han estado en el camino sobre el que todos nosotros debemos transitar y saben donde están los obstáculos y las dificultades y donde está nivelado y es más fácil”.

 

También en la vejez se modifica la preferencia temporal debido a que se acorta el período de vida por lo que tiende a atribuirse mayor valor al presente con lo que se disfrutan más los momentos y simultáneamente tiende a concentrarse más la atención en los detalles de la vida. Las dos situaciones operan en otra dirección en edades juveniles donde los proyectos a largo plazo tienen muchas veces prelación respecto de los de corto plazo o, como decimos, el presente. Al mismo tiempo no es infrecuente que se descuiden o se pasen por alto los detalles que muchas veces hacen la vida más agradable respecto a la aceleración por lograr otras metas. Todo esto por lo que pueda entenderse por presente ya que como decía San Agustín “se de que se trata aunque si me lo preguntan no puedo explicarlo”: razonaba que en última instancia el presente es muy difícil de aprehender puesto que se divide instantáneamente en lo que fue y lo que será (el pasado y el futuro).

 

En resumen, no es raro que en las sociedades contemporáneas se subestime la vejez porque hay una grosera sobrevalorización de la forma del cuerpo con la obsesión del gimnasio lo cual tiene prelación respecto al cultivo del alma que en realidad animaliza la conducta y desaprovecha el sentido de una vida propiamente humana. En cierto sentido esta es una de las explicaciones de la decadencia de valores que hoy ocurren al subvertir las prioridades más elementales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Brasil, preocupación global:

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 20/9/15 en: http://www.eluniversal.com/opinion/150920/brasil-preocupacion-global

 

Sin dudas la mayor preocupación de los actores económicos hoy es China, pero también empieza a preocupar -sobre todo entre vecinos y socios- Brasil, la sexta economía del mundo, y la primera de Latinoamérica representando casi un tercio del total de la región.

Lo cierto es que Fernando Henrique Cardoso, sin ser excelente, protagonizó uno de los mejores gobiernos (1995-2002) que tuvo el gigante latinoamericano. Redujo la “inflación” -el aumento del IPC- desde el 22% en 1995 al 2,5% en 1998 y continuó la apertura económica iniciada por Fernando Collor de Mello. Entre 1991 y 2001, el Estado recaudó US$ 103.300 millones por la privatización de empresas, mientras que el desempleo se mantuvo en torno al 5,5%.

Así se generó un boom de consumo, atrayendo numerosas inversiones, mejorando la recaudación fiscal, aunque la deuda estatal pasó de 14% del PIB en 1994 al 55,5% en el año 2000. Luego vino Lula y, para sorpresa, conservó la política económica pero aumentó el gasto ‘social’. Y Brasil creció estableciendo cierto liderazgo global gracias a las bases sentadas por Cardoso. Creídos los brasileros de que la política ‘social’ de Lula era exitosa, la profundizaron con Dilma Rousseff y ahora tienen una crisis severa.

A un excesivo gasto estatal se le suma el menor crecimiento de China, serias dificultades en Argentina -su tercer socio comercial- y un bajo nivel de inversión y de ahorro del 15% del PIB. Así las cosas, Standard & Poor’s (S&P) bajó la nota de la deuda soberana brasilera desde ‘BBB-‘ a ‘BB+’, considerado como de “bono basura”, lo que supuso retirarle el “grado de inversión” que califica a los buenos pagadores.

Esta rebaja provocaría una salida de capitales de hasta US$ 30.000 millones en el corto plazo, entre otros motivos, porque algunos fondos de inversión están obligados a desinvertir cuando cae el “grado de inversión”. Según S&P, la contracción del PIB brasileño será “más profunda”: -2,5% este año, -0,5% en 2016, y un ligero crecimiento en 2017. La “inflación” rondaría el 9% y el desempleo el 8%.

Ahora, el gobierno planea un nuevo “plan de ajuste” que llevaría el déficit de 0,5% a un superávit primario de 0,7% del PIB para el presupuesto 2016. Se recortaron gastos por US$ 6.800 millones y aumentarían impuestos dándole al gobierno US$ 7.300 millones de ingreso adicional. Congelan salarios del sector público, reducen los gastos; bajan los subsidios agrícolas y recortan los reintegros a los exportadores.

También se produciría un fuerte recorte de los programas como “Mi casa, mi vida” y otros como el de “Aceleración del Crecimiento”, de obras públicas, y “Bolsa familia”, la base del “Hambre cero”. En fin, esto de subir los impuestos es un círculo vicioso, porque quita dinero productivo del mercado y terminan siendo pagados por los pobres ya que los empresarios los pagan, por ejemplo, subiendo precios. Y no tiene sentido aplicarlos a planes “sociales” porque no tiene sentido sacarles a los pobres para luego devolvérselos.

Con una economía en contracción y graves casos de corrupción la popularidad de Dilma está en el mínimo histórico para un presidente (8%). Y aunque algunos hablan de renuncia, parece difícil que deje el cargo por el momento, si hasta el principal líder opositor, Fernando Henrique Cardoso, parece desalentar su remoción del cargo.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Sobre el poder (¿se está debilitando?) y la autoridad, y por qué la gente lo obedece

Por Martín Krause. Publicado el 2/8/14 en: http://bazar.ufm.edu/sobre-el-poder-se-esta-debilitando-y-la-autoridad-y-por-que-la-gente-lo-obedece/

 

La Nación publica un artículo de Héctor D’Amico que es un diálogo con el analista político venezolano Moisés Naím, con el título: “El malestar que sacude al poder”: http://www.lanacion.com.ar/1712157-el-malestar-que-sacude-al-poder

Que el poder esté molesto no sería necesariamente una mala noticia. Es más, según el análisis de Naím los libertarios deberíamos estar celebrando, ya que plantea que el poder está teniendo crecientes problemas en ser obedecido.

“En el reportaje que mantuvo días atrás con LA NACION, Naím precisó la magnitud y complejidad del escenario. Estamos, advierte, ante un fenómeno global, relativamente nuevo, que no respeta fronteras, culturas, religiones, políticas, ni la soberanía de los Estados. Los síntomas son visibles de Moscú a San Pablo, de El Cairo a Singapur, pero el diagnóstico no es otro que la degradación del poder tal como lo conocemos. Es la pérdida de la capacidad para lograr que otros hagan o dejen de hacer algo, de impulsar o impedir las acciones actuales o futuras de otros grupos o individuos.”

Y más adelante:

“Con los años, lo hablé con muchos presidentes y todos habían pasado por lo mismo. Joschka Fischer, que fue vicecanciller de Alemania, recordó que de chico lo impactaban el tamaño de los edificios oficiales, los enormes despachos. Cuando llegó al poder se dio cuenta de que el propósito era disimular el hecho de que quienes estaban ahí adentro daban órdenes, pero sin que pasara mucho. Kofi Annan recordó algo parecido. La consola que tenía sobre su escritorio de secretario general de la ONU estaba llena de botones, pero al apretarlos lo que obtenía era muy poco. Fernando Henrique Cardoso todavía hoy se asombra de la idea desproporcionada del poder presidencial que tiene la gente. No quiero que los lectores de LA NACION piensen que yo opino que no existen personas con mucho poder, lo que digo es que muchos lo tienen de manera cada vez más restringida y efímera.”

Ahora bien, cuando uno ve la terrible monetaria de los últimos años, el descubrimiento del espionaje sobre las comunicaciones de todos los ciudadanos norteamericanos, el constante déficit fiscal, etc, no parece que ese poder sea menor en absoluto. Tal vez opiniones como las de Fischer y Annan sean más bien nostálgicas ya que ciertamente les gustaría poder mover todo tocando algunos botones.

Y eso no es posible porque también podemos reaccionar. Por ejemplo, en nuestro caso, cuando el gobierno destruye el valor de la moneda local y luego impone un cepo para la compra de divisas extranjeras, simplemente se acude al mercado paralelo. Es decir, se limitan los “botones” que el funcionario puede tocar. En ese sentido, si hubiera tal cosa como debilitamiento del poder sería resultado de su propia ineficiencia y afán de control.

En verdad, tener poder no necesariamente se mide por la cantidad de “botones” que se pueden tocar. Por ejemplo, un Secretario de Comercio en Argentina tiene muchos más botones que otro en Alemania ya que este último no puede frenar importaciones, imponer precios, etc. Sin embargo, tal vez no podríamos decir que el primer tiene más “poder”.

Political authority

El tema del poder no deja de ser un enigma. ¿Por qué la gente lo obedece? Este es el tema que trata un fascinante libro recientemente publicado. Por Michael Huemer: http://www.amazon.com/The-Problem-Political-Authority-Examination/dp/1137281650

La descripción de Amazon dice:

“Los estados modernos comúnmente utilizan la coerción en una gran variedad de circunstancias en las que el uso de la fuerza por parte de un agente privado sería mal vista. ¿Qué autoriza al estado a actuar de esa forma? Y, ¿Por qué los ciudadanos obedecen sus órdenes? Este libro examina las teorías sobre la autoridad política, desde la teoría del contrato social hasta las teorías de la autorización democrática hasta las basadas en la equidad. En definitiva, ninguna teoría de la autoridad tiene éxito, y ningún gobierno tiene la clase de autoridad que usualmente se les asigna”.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Vencer al terrorismo.

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 27/7/14 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2014/07/vencer-al-terrorismo.html

 

Durante un reciente encuentro, en Cartagena, que se llamó “La Tercera Vía: El camino a la prosperidad económica y social”, los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso, de Brasil; Ricardo Lagos, de Chile; Felipe González, de España; Bill Clinton, de Estados Unidos, y el ex primer ministro británico Tony Blair firmaron una declaración de apoyo al proceso de paz entre el Gobierno colombiano y los guerrilleros de las FARC. Pero durante la misma reunión, aclararon que el objetivo de su “Tercera Vía” es “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”. Hay algo de incoherencia en esto.

No es casual que en Medio Oriente y Latinoamérica, entre los pobres, el terrorismo tenga más auge. Recibí uno de esos correos electrónicos en cadena: “analicemos las siguientes reglas: prohibido tomar bebidas alcohólicas y los bares, prohibida la televisión e Internet, prohibidos los deportes, estadios, fiestas, prohibido tocar bocina, prohibido comer carne de cerdo, prohibida la música y la radio. Comer solamente con la mano derecha”. Y como si esto fuera poco “arena por todos lados, harapos en vez de ropa, gritos de agonía de un enfermo que no tiene un médico, no te puedes afeitar, ni duchar, las mujeres tienen que usar vestidos que parecen bolsas y velos todo el tiempo y a tu esposa te la elige otro”.

De pronto, te dicen que cuando mueres vas al paraíso y tienes todo lo que soñaste. ¿No te suicidarías? Si no te suicidas puedes emigrar… Aunque, la Unión Europa y EEUU te pillarán y te repatriarán y a cambio, darán a los gobiernos que te oprimen ayudas “para que tengas mejores condiciones de vida” pero que, en realidad, financiarán a los que te seguirán oprimiendo. Si Occidente no puede recibir inmigrantes, es porque su propia falta de libertad –leyes laborales y seguridad social, etc.– provoca desocupación y marginalidad.

Lo cierto es que la persona, usando su natural libertad, al realizar su vocación promoverá la vida. Pero si coactivamente –violentamente– lo oprimen, le imponen “tanto Estado como sea necesario”, es decir, leyes laborales como el salario mínimo que de hecho deja desocupados a los que ganarían menos, o cobran impuestos que terminan empobreciendo a los pobres ya que los empresarios, para pagarlos, bajan salarios o suben precios, entonces por aquello de que toda acción produce una reacción es probable que reaccionen violentamente. De modo que, mientras persistan estas opresiones que producen marginación e inducen la reacción violenta, será difícil erradicar el terrorismo.

Lo que ocurre en Medio Oriente, donde se matan entre todos y los aliados de hoy financian a los terroristas y son los enemigos de mañana, demuestra que las guerras son una farsa, donde mueren “los tontos”, y son los políticos y los traficantes de armas los que ganan. Es notable como personas que saben, por caso, que la inflación no se cura reprimiendo precios, creen que el terrorismo puede solucionarse reprimiendo guerrilleros, cuando el principio ontológico es el mismo. Al terrorismo solo se lo vence con libertad y paz, cualquier otra cosa lo potenciará, sobre todo las armas que son siempre opresoras y liberticidas. Por tanto, es una exigencia humana el terminar con todas las guerras incluida la guerra “contra el terrorismo” e incluida también otra muy atroz, que solo en México lleva más muertos que la de Vietnam y que financia a los terroristas, la guerra “contra las drogas”.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

La careta del gigante.

Por Mario Vargas Llosa: Publicado el 13/7/14 en: http://elpais.com/elpais/2014/07/11/opinion/1405089994_921237.html

PIEDRA DE TOQUE. El mito de la ‘Canarinha’ nos hacía soñar hermosos sueños. Pero en el fútbol como en la política es malo vivir soñando y siempre preferible atenerse a la verdad, por dolorosa que sea

Me apenó mucho la cataclísmica derrota de Brasil ante Alemania en la semifinal de la Copa del Mundo, pero confieso que no me sorprendió tanto. De un tiempo a esta parte, la famosa Canarinha se parecía cada vez menos a lo que había sido la mítica escuadra brasileña que deslumbró mi juventud y esta impresión se confirmó para mí en sus primeras presentaciones en este campeonato mundial, donde el equipo carioca dio una pobre imagen haciendo esfuerzos desesperados para no ser lo que fue en el pasado sino jugar un fútbol de fría eficiencia, a la manera europea.

No funcionaba nada bien; había algo forzado, artificioso y antinatural en ese esfuerzo, que se traducía en un desangelado rendimiento de todo el cuadro, incluido el de su estrella máxima, Neymar. Todos los jugadores parecían embridados. El viejo estilo —el de un Pelé, Sócrates, Garrincha, Tostao, Zico— seducía porque estimulaba el lucimiento y la creatividad de cada cual, y de ello resultaba que el equipo brasileño, además de meter goles, brindaba un espectáculo soberbio, en que el fútbol se trascendía a sí mismo y se convertía en arte: coreografía, danza, circo, ballet.

Los críticos deportivos han abrumado de improperios a Luiz Felipe Scolari, el entrenador brasileño, al que responsabilizan de la humillante derrota por haber impuesto a la selección carioca una metodología de juego de conjunto que traicionaba su rica tradición y la privaba de la brillantez y la iniciativa que antes eran inseparables de su eficacia, convirtiendo a los jugadores en meras piezas de una estrategia, casi en autómatas. Sin embargo, yo creo que la culpa de Scolari no es solo suya sino, tal vez, una manifestación en el ámbito deportivo de un fenómeno que, desde hace algún tiempo, representa todo el Brasil: vivir una ficción que es brutalmente desmentida por una realidad profunda.

No hubo ningún milagro en los años de Lula, sino un espejismo que ahora comienza a despejarse

Todo nace con el Gobierno de Lula da Silva (2003-2010), quien, según el mito universalmente aceptado, dio el impulso decisivo al desarrollo económico de Brasil, despertando de este modo a ese gigante dormido y encarrilándolo en la dirección de las grandes potencias. Las formidables estadísticas que difundía el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística eran aceptadas por doquier: de 49 millones, los pobres bajaron a ser sólo 16 millones en ese período y la clase media aumentó de 66 a 113 millones. No es de extrañar que, con estas credenciales, Dilma Rousseff, compañera y discípula de Lula, ganara las elecciones con tanta facilidad. Ahora que quiere hacerse reelegir y que la verdad sobre la condición de la economía brasileña parece sustituir al mito, muchos la responsabilizan a ella de esa declinación veloz y piden que se vuelva al lulismo, el Gobierno que sembró, con sus políticas mercantilistas y corruptas, las semillas de la catástrofe.

La verdad es que no hubo ningún milagro en aquellos años, sino un espejismo que sólo ahora comienza a despejarse, como ha ocurrido con el fútbol brasileño. Una política populista como la que practicó Lula durante sus Gobiernos pudo producir la ilusión de un progreso social y económico que era nada más que un fugaz fuego de artificio. El endeudamiento que financiaba los costosos programas sociales era, a menudo, una cortina de humo para tráficos delictuosos que han llevado a muchos ministros y altos funcionarios de aquellos años (y los actuales) a la cárcel o al banquillo de los acusados. Las alianzas mercantilistas entre Gobierno y empresas privadas enriquecieron a buen número de funcionarios y empresarios, pero crearon un sistema tan endemoniadamente burocrático que incentivaba la corrupción y ha ido desalentando la inversión. De otro lado, el Estado se embarcó muchas veces en faraónicas e irresponsables operaciones, de las que los gastos emprendidos con motivo de la Copa Mundial de Fútbol son un formidable ejemplo.

El Gobierno brasileño dijo que no habría dineros públicos en los 13.000 millones que invertiría en el Mundial de fútbol. Era mentira. El BNDS (Banco Brasileño de Desarrollo) ha financiado a casi todas las empresas que ganaron las obras de infraestructura y que, todas ellas, subsidiaban al Partido de los Trabajadores actualmente en el poder. (Se calcula que por cada dólar donado han obtenido entre 15 y 30 dólares en contratos).

Las obras mismas constituían un caso flagrante de delirio mesiánico y fantástica irresponsabilidad. De los 12 estadios acondicionados sólo se necesitaban ocho, según advirtió la propia FIFA, y la planificación fue tan chapucera que la mitad de las reformas de la infraestructura urbana y de transportes debieron ser canceladas o sólo serán terminadas ¡después del campeonato! No es de extrañar que la protesta popular ante semejante derroche, motivado por razones publicitarias y electoralistas, sacara a miles de miles de brasileños a las calles y remeciera a todo el Brasil.

Las cifras que los organismos internacionales, como el Banco Mundial, dan en la actualidad sobre el futuro inmediato del Brasil son bastante alarmantes. Para este año se calcula que la economía crecerá apenas un 1,5%, un descenso de medio punto sobre los últimos dos años en los que sólo raspó el 2% . Las perspectivas de inversión privada son muy escasas, por la desconfianza que ha surgido ante lo que se creía un modelo original y ha resultado ser nada más que una peligrosa alianza de populismo con mercantilismo y por la telaraña burocrática e intervencionista que asfixia la actividad empresarial y propaga las prácticas mafiosas.

Las obras del Mundial de fútbol han sido un caso flagrante de delirio e irresponsabilidad

Pese a un horizonte tan preocupante, el Estado sigue creciendo de manera inmoderada —ya gasta el 40% del producto bruto— y multiplica los impuestos a la vez que las “correcciones” del mercado, lo que ha hecho que cunda la inseguridad entre empresarios e inversores. Pese a ello, según las encuestas, Dilma Rousseff ganará las próximas elecciones de octubre, y seguirá gobernando inspirada en las realizaciones y logros de Lula da Silva.

Si es así, no sólo el pueblo brasileño estará labrando su propia ruina y más pronto que tarde descubrirá que el mito en el que está fundado el modelo brasileño es una ficción tan poco seria como la del equipo de fútbol al que Alemania aniquiló. Y descubrirá también que es mucho más difícil reconstruir un país que destruirlo. Y que, en todos estos años, primero con Lula da Silva y luego con Dilma Rousseff, ha vivido una mentira que irán pagando sus hijos y sus nietos, cuando tengan que empezar a reedificar desde las raíces una sociedad a la que aquellas políticas hundieron todavía más en el subdesarrollo. Es verdad que Brasil había sido un gigante que comenzaba a despertar en los años que lo gobernó Fernando Henrique Cardoso, que ordenó sus finanzas, dio firmeza a su moneda y sentó las bases de una verdadera democracia y una genuina economía de mercado. Pero sus sucesores, en lugar de perseverar y profundizar aquellas reformas, las fueron desnaturalizando y regresando el país a las viejas prácticas malsanas.

No sólo los brasileños han sido víctimas del espejismo fabricado por Lula da Silva, también el resto de los latinoamericanos. Porque la política exterior del Brasil en todos estos años ha sido de complicidad y apoyo descarado a la política venezolana del comandante Chávez y de Nicolás Maduro, y de una vergonzosa “neutralidad” ante Cuba, negándoles toda forma de apoyo ante los organismos internacionales a los valerosos disidentes que en ambos países luchan por recuperar la democracia y la libertad. Al mismo tiempo, los Gobiernos populistas de Evo Morales en Bolivia, del comandante Ortega en Nicaragua y de Correa en el Ecuador —las más imperfectas formas de Gobiernos representativos en toda América Latina— han tenido en Brasil su más activo valedor.

Por eso, cuanto más pronto caiga la careta de ese supuesto gigante en el que Lula habría convertido al Brasil, mejor para los brasileños. El mito de la Canarinha nos hacía soñar hermosos sueños. Pero en el fútbol como en la política es malo vivir soñando y siempre preferible —aunque sea dolorosa— atenerse a la verdad.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.