El conflicto entre Rusia y Ucrania divide a la Iglesia Ortodoxa

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 1/11/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2187438-el-conflicto-rusia-ucrania-divide-iglesia-ortodoxa

 

Ucrania está convulsionada y dramáticamente dividida. Su gobierno central controla
sólo la mayor parte de su territorio, con excepción de buena parte del mismo que está,
desde hace cuatro años ya, en manos de separatistas cuyas propuestas incluyen la de
volver a integrarse con la Federación Rusa. Hablamos del este del país.
El tema no es sólo político y no tiene que ver únicamente con la soberanía sobre
espacios territoriales concretos. También conforma -como veremos- una difícil
cuestión religiosa que afecta muy seriamente a la Iglesia Ortodoxa. Por su
envergadura confesional, que no es demasiado distinta a la reforma protestante
ocurrida hace ya cinco siglos.
En Ucrania, más de las dos terceras partes de la población pertenece a esa Iglesia.
Pero, en función de acuerdos que llevan más de tres siglos de vigencia, buena parte de
los ortodoxos ucranianos han estado, religiosamente, bajo la autoridad del Patriarca
de Moscú que, naturalmente, ahora está siendo cuestionada.
La Iglesia Ortodoxa, a diferencia de la católica, no tiene un Patriarca supremo. Nada,
ni parecido, al Papa de los católicos. Cada Patriarca es considerado supremo en su
propia jurisdicción. Cada Iglesia Ortodoxa es entonces -por definición- “autocéfala”,
es decir, esencialmente independiente.
Todos los Patriarcas ortodoxos se consideran entonces como líderes que están a la par,
con excepción de un tema crucial: aquel que tiene que ver con la determinación y
extensión de sus respectivas jurisdicciones, respecto del cual el Patriarca de
Constantinopla dirime históricamente los conflictos y diferencias. Hoy es el Patriarca
Bartolomé, basado en la ciudad de Estambul, sede patriarcal desde que
Constantinopla -en su momento- se transformara en la capital del Imperio Bizantino.
El fuerte conflicto político y militar entre Rusia y Ucrania generó tensiones muy
ríspidas dentro de la Iglesia Ortodoxa ucraniana. A punto tal, que ella decidió
separarse del Patriarca de Moscú y transformarse en un Patriarcado autónomo. Para
ello -como era de suponer- solicitó la opinión al mencionado Patriarca Bartolomé
quien -luego de convocar a un sínodo “ad hoc” de tres días- dictaminó, sin mayores
demoras, en contra de Moscú, reconociendo autonomía completa a la Iglesia Ortodoxa
ucraniana basada en la ciudad de Kiev, donde precisamente naciera -en su origen- la
propia Iglesia Ortodoxa.
Las tensiones entre Rusia y Ucrania han generado un cisma entre las iglesias
ortodoxas de ambos países, ahora reconocido como tal por el mencionado Patriarca
Bartolomé.
Para el Patriarca Ortodoxo de Moscú, ello supone una derrota evidente. Los lazos
entre el Patriarca de Moscú, Kyril I, y Vladimir Putin, no sólo son estrechos, sino
sumamente ostensibles. Por esto, todos los líderes ortodoxos en Moscú rechazan la
decisión del Patriarca Bartolomé, al que ahora -de pronto- no consideran como el
primer Patriarca entre iguales.
La Iglesia Ortodoxa está dividida en 14 regiones, algunas de las cuales coinciden con
naciones de Europa Oriental y otras con las viejas regiones del Imperio Bizantino. En
Ucrania existen parroquias que conforman nada menos que un tercio de aquellas que
el Patriarca de Moscú considera que están bajo su jurisdicción directa. El tema,
aunque esencialmente religioso, tiene claramente una complicada arista económica,
desde que tiene que ver con quién es finalmente el propietario de las iglesias, los
conventos, y otros inmuebles de la Iglesia Ortodoxa.
Para Vladimir Putin, al haberse extinguido los elementos sobre los que -en tiempos
del comunismo- se edificaba culturalmente su nación, todo lo que hoy suponga valores
religiosos capaces de unificar socialmente y de conformar el núcleo central de una
nacionalidad tiene una enorme importancia.
La Iglesia Ortodoxa, recordemos, nació en 1054, cuando el Imperio Romano se dividió
entre Oriente y Occidente. La Iglesia Ortodoxa ucraniana, por su parte, ha estado bajo
la jurisdicción del Patriarcado de Moscú desde 1686. Desde hace más de tres siglos,
entonces. Por esto último el tema es urticante.
La tensión religiosa entre Rusia y Ucrania en el seno de la Iglesia Ortodoxa
inevitablemente se ha extendido a varias otras naciones del este europeo. Entre ellas,
a Serbia, cuya iglesia ortodoxa es muy cercana a la de Moscú, ciudad a la que
considera como una tercera Roma. Y a Grecia, donde los ortodoxos tienen gran
vinculación no sólo con sus pares serbios, sino con el propio Patriarca de Moscú.
Hasta en el importante monasterio del Monte Athos las opiniones están divididas. La
reciente anulación por parte del Patriarca de Constantinopla de la dependencia de la
Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarca de Moscú ha provocado también remezones
en Bielorrusia y Lituania que, por su parte, han sido históricamente más cercanas al
Patriarca de Kiev.
Todo un complejo entuerto de poder en el ámbito religioso ha estallado, afectando la
convivencia pacífica en el interior de la Iglesia Ortodoxa y abriendo grietas profundas,
que no será nada fácil cerrar. Particularmente cuando, en el plano de lo religioso, las
emociones suelen estar a flor de piel.
Lo que sucede en Ucrania genera ciertamente desconfianza externa respecto de la
Federación Rusa. Más allá de la Iglesia Ortodoxa. Muy especialmente porque otros
episodios recientes han provocado también preocupación en Occidente. Me refiero a
los envenenamientos recientes en Salisbury, de los que habrían sido partícipes espías
rusos, y al descubrimiento, también reciente, de centros de espionaje rusos en
territorio de Holanda.
En idéntico sentido, también generan nerviosismo las constantes provocaciones de
aviones y naves militares rusos, en diversas fronteras y espacios aéreos que parecen
haberse transformado en una suerte de peligrosa constante. Estas actitudes
conforman un clima de tensión nuevo, que recuerda al que en su momento existiera
entre la Federación Rusa y las naciones occidentales, cuando la llamada Guerra Fría.
Las consecuencias de esas provocaciones pueden ser graves. Sin ir más lejos, la ilegal
ocupación rusa de la Península de Crimea generó enfrentamientos armados en el este
de Ucrania con un saldo terrible de 10.000 muertos, del que pocos hablan. De
aquellos que son imposibles de olvidar.
Para hacer las cosas aún más complejas Ucrania aspira abiertamente a poder ser
miembro de la OTAN. A la manera de presunto “seguro” de que no volverá a caer bajo
el poder ruso. Esa aspiración, sin embargo, no se ha concretado. Quizás porque ella
supone trasponer una “línea roja” para Vladimir Putin, quien sostiene que el ingreso
de Ucrania a la OTAN equivaldría, para Rusia, a un “acto de agresión”.
Complementando el tumulto en el plano religioso, la Iglesia Ortodoxa de Macedonia
acaba de reclamar que se reconozca su propia independencia.
Mientras todo esto sucede, el gobierno norteamericano no acepta la legitimidad de la
ocupación rusa de Crimea y Sebastopol y, por ello, mantiene duras sanciones
económicas impuestas por la Casa Blanca contra la Federación Rusa.
Hasta 2014, Ucrania tenía un gobierno pro-ruso. Estaba encabezado por Viktor
Yanukovych. El expresidente ucraniano -asediado por las masivas protestas callejeras huyó
de su país en febrero de 2014 y desde entonces está refugiado en la Federación
Rusa, lo que es toda una señal. “Real politik”, entonces. Hasta en los ambientes
religiosos, lo que conforma una realidad propia del agitado tiempo en que todos
vivimos.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y fue Vice Presidente de ESEADE.

EE.UU. sorprende a Israel en el Consejo de Seguridad de la ONU

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 29/12/16 en: 

 

En el complejo escenario de Medio Oriente , la guerra civil siria y sus atrocidades parecían haber relegado al conflicto entre Israel y los palestinos a un segundo plano. Ocurrió que, pese a que Israel ha mantenido ya tres guerras contra Siria y protagonizado numerosos incidentes fronterizos con duelos de artillería y combates aéreos, lo cierto es que hasta ahora se había mantenido al margen de ese conflicto.

Hablamos de una guerra civil siria que, en esencia, es una confrontación facciosa entre distintas visiones del Islam, en la que la intervención militar directa de la Federación Rusa e Irán han permitido la supervivencia del autoritario régimen de Bashar al-Assad. Muy pocos creyeron, al comienzo del conflicto, que esto podía ser posible. Pero hoy es una realidad.

De alguna manera Israel logró hacerse casi “invisible” con relación a Siria. Consciente, sin embargo, de que los potenciales triunfadores en la guerra civil podían ser países, como Irán, u organizaciones, como la libanesa “Hezbollah”, hostiles hacia Israel. Es lo que efectivamente ha sucedido, generando una difícil nueva realidad geopolítica alrededor de Israel. Quizás más peligrosa que nunca.

Mientras el conflicto armado en el país vecino se desarrollaba, Israel pudo recomponer su relación bilateral con Turquía y mantuvo intactas sus relaciones con Jordania. Además, se acercó discretamente al gobierno militar que hoy -tras la etapa que llevara brevemente a la Hermandad Musulmana al poder en el país de las pirámides- conduce a Egipto.

En las fronteras inmediatas de Israel, “Hezbollah” -directamente involucrado en la guerra civil siria- creció muy fuertemente en influencia y, desgraciadamente, también en capacidad militar y, en cambio, “Hamas”, más bien disminuida, mantuvo su agresividad, aunque sin intervenir abiertamente en ella.

Pero de pronto la quietud aparente en la que flotaba el conflicto no resuelto entre Israel y los palestinos se alteró dramáticamente. En apariencia, inesperadamente.

En la que fuera -en su origen- una iniciativa de la representación egipcia, un proyecto de resolución del Consejo de Seguridad generó una enorme sorpresa.

Porque -escrito por los palestinos- ordenaba a Israel detener -inmediata y completamente- la construcción de asentamientos en Cisjordania y en Jerusalén-este. Y los declaraba, expresamente, como ilegales bajo el derecho internacional, definiéndolos como un obstáculo serio para poder avanzar en una solución negociada del conflicto entre ambas partes estructurada bajo la noción de “los dos Estados”. Advertía, de paso, que no se reconocerán cambios a la situación en materia de integridad territorial distintos de la realidad existente al 4 de junio de 1967.

Sin perder un minuto, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu , ante lo que sucedía, solicitó a la administración de Barack Obama “vetar” el proyecto, en caso de que el mismo siguiera adelante. Además, se comunicó con el presidente electo norteamericano, Donald Trump , y le encomendó específicamente la misión de pedir a Egipto que postergara la discusión y votación del proyecto en el Consejo de Seguridad. Lo que Trump obtuvo a través de una conversación telefónica con el general Abdelfatah al-Sisi, hoy presidente constitucional de Egipto, con el que Trump tiene una buena relación personal.

No obstante, otros cuatro miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: Malasia, Nueva Zelanda, Senegal y Venezuela, de pronto hicieron suyo el proyecto de resolución y, descongelándolo, lograron impulsarlo y ponerlo a votación, casi sin demoras.

Y allí vino la enorme sorpresa: los EE.UU., que siempre fueron críticos respecto de los asentamientos en cuestión, pudieron ciertamente vetarlo una vez más, como ya lo habían hecho en el pasado con proyectos similares. Pero esta vez fue distinto. No lo hicieron. Prefirieron abstenerse. El resultado de esta actitud fue que la resolución sobre los asentamientos en Cisjordania y Jerusalén-este se aprobó rápidamente, por 14 votos contra 0 y una abstención, la de los EE.UU..

Estamos frente a un hecho histórico. Por primera vez el organismo de las Naciones Unidas, responsable principal de las cuestiones de paz y seguridad internacionales, intervino específicamente -con todo su peso- en el conflicto entre Israel y los palestinos. Con definiciones categóricas que de pronto hasta podrían derivar en sanciones contra Israel, si la construcción de asentamientos en Cisjordania y Jerusalén-este no se interrumpe.

De este modo, los EE.UU. modificaron abruptamente la que fuera hasta ahora su tradicional postura. Esto es, la de proteger siempre con su veto a Israel en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas e impulsar, en cambio, la resolución del tema abierto entre Israel y los palestinos exclusivamente a través de negociaciones directas entre las dos partes.

Lo hicieron en lo que implica un fuerte cambio de rumbo, desairando abiertamente a Donald Trump, quien ya había solicitado a Barack Obama el “veto” de la resolución votada, a la que caracterizara de “extremadamente injusta, respecto de Israel”.

Lo cierto es que la norma emanada del Consejo de Seguridad es una realidad, con todos los efectos consiguientes. Benjamin Netanyahu la calificó de “vergonzosa” y advirtió, sin rodeos, que Israel no le reconocerá validez. En su entorno, alguno hasta sugiere que todo lo sucedido en esta cuestión ha sido, en realidad, una maniobra urdida por la administración de Barack Obama.

Ante lo sucedido, parece oportuno recordar que cerca de 600.000 israelíes viven hoy en asentamientos del tipo de los que se mencionan en la resolución adoptada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. No es, para nada, un tema menor.

La resolución comentada, del 23 de diciembre pasado, lleva el número 2334 y refleja la que ha sido -por años- la posición prevaleciente en la comunidad internacional sobre los asentamientos. Define a los asentamientos como una violación “flagrante” del derecho internacional y sostiene que ellos carecen de validez legal. Llama también a que se eviten los actos de violencia contra los civiles y las provocaciones, incluyendo el terrorismo. Convoca, asimismo, a reanudar, sin demoras, las negociaciones para poder completar un acuerdo de paz final entre las partes, estructurado sobre la idea de “los dos Estados”.

La resolución, sin embargo, tiene sus problemas. Serios. Primero, es en realidad un paso en dirección a internacionalizar el conflicto, algo que no necesariamente es positivo y puede complicarlo en extremo. Segundo, parecería definir, sin excepciones, a todas las construcciones hechas en Jerusalén-este como asentamientos, incluyendo aquellas realizadas en el propio “barrio judío” de la Ciudad Vieja, lo que naturalmente es difícil de aceptar para cualquier gobierno de Israel. Y obviamente no menciona otros temas que son absolutamente fundamentales para poder avanzar en dirección a la paz, como es nada menos que la necesidad de que todos los involucrados reconozcan expresamente al Estado de Israel como tal, lo que hoy no sucede desde que algunos niegan a Israel el derecho mismo a existir.

Es imposible no pensar que el fuerte cambio de rumbo de la administración de Barack Obama, insólitamente realizado a último momento, no tenga algo que ver con la pésima relación personal que existiera -y existe- entre el presidente Obama y el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. Lo sucedido puede entonces ser -directa o indirectamente- reflejo de esa desafortunada circunstancia.

Las cosas seguramente van a cambiar con el acceso de la nueva administración norteamericana, aquella que pronto encabezará Donald Trump. Pero la resolución 2234 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es una realidad. Para algunos, no ayudará, sino que hará aún más compleja la solución de un tema muy demorado, el del acuerdo final de paz entre israelíes y palestinos, respecto del cual puede ser cierto aquello de que el paso del tiempo no siempre ayuda. Donald Trump anunció que el próximo embajador de los Estados Unidos ante Israel será David M. Friedman, que rechaza públicamente la alternativa defendida por John Kerry, esto es la idea de “los dos Estados”.

Cabe apuntar que la Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU no fue adoptada bajo el Capítulo VII de la Carta, sino bajo el Capítulo VI. Por ello no es directamente obligatoria. No obstante tiene mucho peso como recomendación y mensaje. Por esto, para Benjamin Netanyahu luce como una lamentable humillación.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Bastante obvio: migrantes y refugiados van de países con mala a otros buena calidad institucional

Por Martín Krause. Publicada el 14/7/16 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2016/07/14/bastante-obvio-migrantes-y-refugiados-van-de-paises-con-mala-a-otros-buena-calidad-institucional/

 

Como parte del Índice de Calidad Institucional 2016, que prepare con la Fundación Libertad y Progreso, presentamos un informe sobre un tema de suma actualidad mundial: las migraciones. Una breve consideración primero y luego una evaluación de los temas que se debaten:

Refugiados

El porcentaje total de la población es un 3,3% sobre el total, lo cual indica que no estamos en presencia de una estampida de migraciones, aunque es necesario notar que esto no nos indica lo que podría suceder si no existieran las actuales barreras que limitan esos movimientos. También es cierto que ese porcentaje de población migrante impacta en proporciones muy diversas en distintas jurisdicciones. Los países con poblaciones reducidas, en particular islas o ciudades-estados, presentan altos porcentajes de migrantes . Salvando esta circunstancia, los casos más destacados son los de Emiratos Árabes Unidos (88,4%), Qatar (75,5%), Kuwait (73,6%), Singapur (45,4%), Luxemburgo (44%), Hong Kong (38,9%), Arabia Saudita (32,3%), Suiza (29,4%), Australia (28,2%), Israel (24,9%), Nueva Zelanda (23%), Canadá (21,8%), Austria (17,5%), Suecia (16,8%). Entre países de mayor población encontramos a Alemania (14,9%), Estados Unidos (14,5%), Reino Unido (13,2%), España (12,7%), Francia (12,1%).

En América Latina, salvando los altos porcentajes de las pequeñas islas caribeñas (Bonaire 52,3%; Anguilla 37,4%, Aruba 34,8%, por ejemplo), los porcentajes más elevados son los de Costa Rica (8,8%), Argentina (4,8%), Panamá (4,7%), Venezuela (4,5%). Y finalmente, México (0,9%), Brasil y Colombia (0,3%) para completar a los países de mayor población. Como se ve, niveles mucho más bajos de los alcanzados por Europa o América del Norte.

Datos también que señalan la preferencia por esos países que se destacan por su calidad institucional y también por aquellos de Medio Oriente que muestran, por un lado, una natural escasez de mano de obra y, por otro, relativamente altas posiciones en términos de calidad de las instituciones de mercado. El elevado número de migrantes en la Federación Rusa tiene que ver con el desmembramiento de la Unión Soviética. Durante las décadas de poder soviético, pobladores de origen ruso se expandieron a todos los países periféricos dentro de esa unión; y una vez independizados esos países, la ‘diáspora’ rusa comenzó un lento pero continuo retorno hacia Rusia.

Entre los países con menor porcentaje de migrantes se encuentran algunos con baja calidad institucional. El caso de China es en cierta forma inevitable, dado el volumen de su población nativa y su relativa baja calidad institucional (el porcentaje de migrantes es de 0,1%). Otros países con el mismo bajo porcentaje de migrantes son Myanmar, Madagascar, Indonesia, Cuba y Vietnam.

El porcentaje promedio de migrantes en los diez países de mayor calidad institucional es de 17,85%, mientras que ese mismo porcentaje entre los diez de peor calidad institucional es de 3,66%.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Turquía recompone sus relaciones externas

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 7/7/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1916107-turquia-recompone-sus-relaciones-externas

 

Turquía -que acaba de celebrar un nuevo aniversario de la conquista de Estambul, en el siglo XV y es la octava economía del Viejo Continente- anunció dos importantes movimientos en materia de política exterior. Normalizadores, ambos. Bienvenidos, entonces.

El primero de ellos es un claro pedido de disculpas y ofrecimiento de condolencias a la Federación Rusa por haber derribado a un caza de su fuerza aérea que supuestamente había violado el espacio aéreo turco cuando volaba en cumplimiento de una misión del contingente militar ruso que actúa en la compleja guerra civil siria.

El segundo, en cambio, tiene que ver con la dilatada normalización de sus relaciones con Israel, que estaban tensas y en rigor semi-interrumpidas desde el incidente protagonizado en 2010 por la armada israelí, cuando interrumpiera por la fuerza el avance de una desafiante flotilla privada turca que procuraba llevar ayuda humanitaria a la Franja de Gaza, violando el bloqueo marítimo impuesto por Israel a ese territorio palestino desde 2007.

Bloqueo que, recordemos, procura evitar que lleguen a Gaza -por mar- más de los miles de peligrosos misiles que hoy, cual pesadilla, apuntan amenazadoramente contra toda suerte de blancos en Israel. En el referido incidente violento murieron diez personas que tripulaban o viajaban en la flotilla, por las que Israel ha convenido pagar una reparación a sus familiares.

Seis años de animosidad entre Israel y Turquía comienzan a quedar finalmente atrás. Lo que es ciertamente positivo para la paz de la región. Los dos países han mantenido en el pasado relaciones de intimidad hasta en temas particularmente delicados, como son el de la seguridad y la defensa común o el de la lucha articulada contra el terrorismo, que últimamente ha perpetrado una ola de cruentos atentados que incluyó a la propia Estambul. Por ello, el flujo del turismo hacia Turquía ha caído en un 35%, con todo lo que ello significa en el plano económico.

Cabe asimismo recordar que Turquía -que es miembro de la OTAN- ha tenido históricamente relaciones difíciles -y hasta hostiles- con Rusia.

La política exterior regional de Turquía es hoy abiertamente contraria al régimen alawita-sirio (shiita) de Bashar al-Assad. Rusia, por su parte, es su principal sostenedor. Más aún, es la razón militar misma de su sorprendente supervivencia.

El actual gobierno turco encabezado por Recep Tayyip Erdogan, está empeñado insistentemente en una política doméstica de “des-secularización”, revirtiendo de ese modo el rumbo político señalado en su momento por Mustafa Kemal Ataturk. Por esa razón, sigue ahora una línea política con un perfil islámico moderado, pese a lo cual enfrenta al terrorismo en todas sus formas, incluyendo al del Estado Islámico.

Con estas dos recientes decisiones de política exterior, adoptadas simultáneamente, Turquía modifica visiblemente los rumbos. Y sale del aislamiento y de la irrelevancia, recuperando flexibilidad. Con lo que vuelve a ser uno de los países con más capacidad de influenciar en el convulsionado Medio Oriente. Y, al acercarse a Rusia, limita el peso relativo de su relación con los EEUU, convencida de que ahora los norteamericanos apoyan, de alguna manera, a los secesionistas kurdos. Porque los necesitan en Irak, en la lucha contra el Estado Islámico.

Una etapa fuertemente ideologizada por el islamismo de Recep Tayyip Erdogan terminó, queda claro, en un conjunto de fracasos en su política exterior, pese a la declamada intención de tener “cero problemas” con sus vecinos. Pero gobernar es saber modificar los rumbos cuando ello es necesario y Turquía lo acaba de hacer.

Lamentablemente, los palestinos a los que, con motivo de las conversaciones que llevaron a la recomposición de las relaciones entre Turquía e Israel y por obvias razones humanitarias, se pidiera la devolución de los cuerpos de tres soldados y dos civiles israelíes muertos, se negaron -una vez más- a hacerlo. Lo que obviamente no los ayuda -para nada- a proyectar una imagen mínima de cooperación, civilidad, respeto y hasta de buena voluntad respecto del empantanado proceso de paz que tiene que ver con su propio entorno.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Ucrania: se abre un espacio para la diplomacia

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 2/4/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1677278-ucrania-se-abre-un-espacio-para-la-diplomacia

 

La  reciente -y sorpresiva- anexión de Crimea a la Federación Rusa con el poco convincente disfraz de un referendo es un hecho consumado. Ilegítimo e ilegal. Con consecuencias geopolíticas serias.

Hasta hace algunas horas, la crisis de Ucrania parecía ir camino a agravarse. Pero el llamado telefónico de Vladimir Putin a Barack Obama del pasado viernes parece haber abierto un espacio para la diplomacia. Esto ocurrió mientras Rusia acumulaba tropas en la frontera con Ucrania, sugiriendo así que podría intentar otro zarpazo sobre la integridad territorial del país vecino.

Los cancilleres de los Estados Unidos y Rusia, John Kerry y Sergei Lavrov, tienen ahora el delicado encargo de negociar una alternativa de contención que sea potable para todos. Estabilizadora, entonces. Con el telón de fondo relativamente tranquilizador de las declaraciones de Vladimir Putin al Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon, en el sentido que no hay por parte de Rusia “intención de invadir nuevamente a Ucrania”. Las que fueron reiteradas expresamente por el propio canciller ruso, Sergei Lavrov.

Rusia ha puesto sobre la mesa sus condiciones. Son pocas. Y poco flexibles. Que Ucrania sea un país neutral. No alineado, entonces. A la manera de Finlandia o Austria. Esto es que no sueñe siquiera con ingresar a la OTAN. Que, además, adopte una estructura constitucional federal. Y acepte esa debilidad, que mañana Rusia podría aprovechar para intentar otra aventura expansionista. Que se proteja la identidad de las minorías rusas en Ucrania. Esto último tiene principio de ejecución, desde que el gobierno provisional ucraniano ha vetado la provocativa -e inoportuna- norma en virtud de la cual desde el Parlamento se había eliminado el ruso como segundo idioma oficial de Ucrania.

Las conversaciones entre las dos grandes potencias están en curso. Suceden cuando la propia Ucrania, desde la deposición del corrupto ex presidente Viktor Yanukovich, no tiene autoridades cuya legitimidad pueda ser reconocida por todos. Sólo posee un gobierno interino, de transición. Débil, entonces.

En rigor, Ucrania va, como debe ser, camino a elecciones nacionales, que tendrán lugar el próximo 25 de mayo. En ellas se enfrentarán, por ahora, varios contendores.

Entre ellos, un billonario fabricante de chocolates: Petro Olekseyvich Poroshenko, de 48 años. Dueño de “Roshen”, una gran empresa chocolatera ucraniana, con presencia en Rusia. Un hombre serio y respetado, que participó en las protestas de la Plaza Maidan, en Kiev. Aquellas que tumbaron a Yanukovich. Poroshenko es un hombre de centro y un no violento. Hoy es, además, claramente proeuropeo. Con una amplia experiencia política, desde que ha sido diputado. Fue proruso en sus comienzos. A partir de 2001 militó en la Revolución Naranja. Además, ha sido canciller, ministro de Economía y Presidente del Consejo Nacional de Seguridad de su país. Apoyándolo, el campeón de boxeo Vitali Klitschko, que hasta no hace mucho fuera candidato presidencial, lo acaba de endosar, retirándose de la carrera. Aunque reservándose expresamente para competir por la alcaldía de Kiev.

Del lado de la oposición, aparece asimismo la ex premier, Yulia Tymoshenko, que acaba de salir de la cárcel, después de dos años y medio de duro cautiverio.

Poroshenko tiene hoy una amplia ventaja en las encuestas de opinión, la que debería crecer luego del apoyo de Klitschko.

A ellos dos se agrega un seguidor del depuesto Yanukovich. Otro billonario. En este caso, Mikhail Dobkin, proruso. Tiene pocas posibilidades de ganar, particularmente luego de la unificación de las dos principales fuerzas políticas opositoras proeuropeas.

La conducta del Vladimir Putin ha dejado claro que tiene resentimientos contra Occidente derivados de la derrota que Rusia sufriera en la Guerra Fría. Fenómeno que Putin siente como una verdadera humillación y al que ha denominado “la peor catástrofe geopolítica del siglo XX”.

 

A lo que suma su preocupación estratégica por la expansión de la OTAN en torno a su país, que incluye a ex miembros del Pacto de Varsovia. Por ello Putin aspira a conformar una “zona de influencia” con las naciones vecinas, con Rusia como eje. Para esto Putin tiene un horizonte de mediano plazo.

En los últimos tiempos ha sumado algunos éxitos que parecen haberlo envalentonado. Como el rescate de Bashar Assad, en Siria, y el haber acogido -desafiante- a Edward Snowden. Por ello la revista Forbes lo destacó -el año pasado- como “el hombre más poderoso del mundo”.

Además de Ucrania, Rusia ha invadido militarmente a Georgia en 2008, donde sus tropas aún ocupan los dos enclaves rusos. Los de Osetia del Sur y Abkhazia. Ha asimismo forzado a Armenia a alejarse de la Unión Europea. Y ahora amenaza a Moldova por Transnistria, otro enclave ruso en el exterior.

Como actor central de la comunidad internacional, con lo sucedido en Crimea Putin ha perdido credibilidad. Restablecer la confianza hoy extraviada no será nada fácil. Ni ocurrirá rápidamente. Porque detrás de su cara impávida está claro que existe un huracán nacionalista. Hablamos de un hombre audaz, al que se le ha perdonado hasta el hecho de haber plagiado su tesis de graduación como abogado, según cuenta Masha Gessen, en su excelente biografía del líder ruso, escrita en 2012 El hombre sin cara. El improbable ascenso de Vladimir Putin.

Lo cierto es que, como consecuencia de lo sucedido en Ucrania, hay cosas que parecen haber cambiado.

Por ejemplo, la aletargada OTAN puede haber recuperado su razón de ser. La alianza militar de 28 estados para su defensa colectiva iba camino a una reunión a celebrarse en septiembre, en Gales, donde iba a discutir su futuro, que hoy parece estar algo más claro. Porque la anexión de Crimea a Rusia puede haberle dado una nueva “razón de ser”.

Dos de sus miembros más jóvenes han decidido duplicar sus presupuestos militares, llevándolos al 2% de los gastos totales. Ellos son Latvia y Lituania, muchos de cuyos habitantes tienen aún presente el horror de su existencia durante la era soviética.

Hasta el totalitario y estalinista presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, preocupado, se refiere ahora a lo sucedido en Crimea como a algo que ha sentado “un mal precedente”. Ocurre que sabe que el memorando por el que, en Budapest, en 1994, Rusia garantizara su respeto a la integridad territorial de Ucrania, ha quedado en el olvido. Y que Rusia se ha auto asignado el derecho de intervenir militarmente cada vez que cree que hay una minoría rusa en el exterior a la que no se respeta. En Bielorrusia hay un 11% de población rusa y el 70% de la gente habla ruso. Bielorrusia, como Ucrania -cabe recordar- entregó también su arsenal atómico, a cambio de una garantía idéntica a la que recibiera Ucrania con relación a su integridad territorial, hoy hecha añicos.

Europa sabe ahora que debe apuntar seriamente a cortar su dependencia energética de Rusia. No sólo porque Rusia cierra esa canilla cuando quiere. Como sucediera en 2009. También porque advierte que es demasiado vulnerable frente a una potencia que no inspira confianza puesto que no respeta el derecho internacional.

En Crimea misma, la minoría tártara ha sido objeto de intimidaciones. Sabe que está en peligro. Hablamos del 13% de la población de la península, cuya religión es la musulmana. Maltratada y expulsada en tiempos de la Unión Soviética, cuando gobernaba José Stalin, que los acusó de haber colaborado con los nazis, está nuevamente intranquila.

Rusia, después de lo sucedido en Crimea, estará aislada de la comunidad, por un rato. Ya ha sido excluida del G8 -el club más exclusivo del mundo industrializado- al que pertenecía desde 1998. Porque su conducta es inaceptable para ese grupo. Particularmente cuando de responsabilidades compartidas se trata. Lo que supone que Rusia puede haber dejado de pertenecer a la categoría -no escrita- de “país normal”. Lo que es grave.

A todo ello se suman las tibias sanciones impuestas a algunos de los rusos a los que se tiene por co-responsables de lo sucedido en Ucrania. Así como a una entidad financiera a la que se considera vinculada con lo más alto del poder en Rusia.

Habrá también que ver cómo se comporta, en más, Rusia en las negociaciones entre la comunidad internacional e Irán respecto del programa nuclear del país persa. Las conversaciones, es cierto, siguen por ahora adelante en Viena, sin que Rusia haya abandonado su actitud constructiva. Pero su representante no pudo evitar una amenaza velada, aludiendo a que esas conversaciones son parte de “un juego a escala mundial”. Y que Rusia “podría cambiar de actitud”.

Rusia, por lo demás, no está económicamente bien. Ya no crece al ritmo del 7%, sino al 1,3% anual y enfrenta una fuga de capitales a un ritmo de 60 billones de dólares por año. El rublo ha perdido, en dos años y medio, un 11% de su valor frente al dólar.

Pero no nos engañemos. El futuro de Ucrania depende sustancialmente de ella misma. Está financieramente quebrada. Por la acumulación de años de mal manejo y corrupción. Recibirá un paquete de ayuda financiera del orden de los 27 billones de dólares, incluyendo los 18 billones de dólares que le suministrará el FMI. Sus líderes no pueden usarlo irresponsablemente, como hicieron con los seis “stand-by” recibidos por Ucrania del FMI entre 1995 y 2010. Deberán ordenar la casa. Esto es recortar gastos, eliminar subsidios, llevar los precios de los servicios a niveles razonables y flexibilizar sus cepos cambiarios. Por sobre todas las cosas, deberán gobernar con honestidad, en una oportunidad que no será nada fácil de repetir si se la dilapida.

Para Ucrania es hora de construir. Con orden y seriedad. Sin caer en extremismos. Respetando a las minorías. Abriéndose al mundo, sin exclusiones. Edificando, paso a paso, al país del futuro. Con una conducta eficiente y, por sobre todas las cosas, responsable. Algo que lamentablemente ha estado ausente en Ucrania desde 1991, cuando se separara de la Unión Soviética.

Para la comunidad internacional, a su vez, es hora de recordar y no repetir los errores cometidos en los acuerdos de Munich con Adolfo Hitler, en 1938, y de Yalta con José Stalin, en 1945.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.