HABLA MENSAJITO QUE TU SIERVO ESCUCHA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 3/7/22 en: https://gzanotti.blogspot.com/2022/07/habla-mensajito-que-tu-siervo-escucha.html

 Ultimamente he notado que el uso que se hace de ciertas redes (especialmente whatsapp y parecidos) produce un grave problema de comunicación.

El problema es que son un incentivo a creer, aún más (digo así porque este problema existió siempre) que los textos, sin el contexto, son suficientes para la comunicación, que es la ingenuidad hermenéutica (interpretativa) fundamental.

El sentido de un mensaje no se puede entender sin saber quién lo dice y para qué y para quién, bajo qué circunstancia, bajo qué juego de lenguaje, desde qué horizonte, etc. Hermenéutica 101 pero que sigue siendo ignorada, sobre todo en estos tiempos de facts chechers y de “fake news” donde el “fake” parece poder descubrirse sólo remitiéndose a los “hechos”.

Esto causa graves problemas políticos y sociales, que afectan fundamentalmente a la libertad de expresión, pero también afecta a la vida familiar, a las relaciones íntimas, a los amigos, etc.

Un mensaje, ya sea por whatsapp, por Facebook Messenger o lo que fuere, requiere mucha más atención al contexto, contexto que sólo es “relativamente” claro en una conversación cara a cara.

Recibo a veces mensajes de gente que no conozco preguntándome por temas como el sentido de la vida, etc., por estos medios. Yo trato de responder amablemente, pero me cuesta responder que no es el medio. ¿Quién lo pregunta? ¿Cuál es su historia? No lo sé. Pero entonces, ¿cómo voy a poder responderle adecuadamente?

Otras veces algunos amigos me dicen por esos medios “mirá lo que me dijo” tal o cual amigo, o familiar, como si el texto o la famosa captura de pantalla fueran suficientes para poder entender. Si me lo mandaran en chino sería igual. “Mirá lo que me dijo XX: «no vengas a casa»”. Claro. No basta que me digas quién era desde el punto de vista de nociones mínimas como si era tu papá o etc. El asunto es, ¿quién es tu padre? ¿Cuál es la relación entre ustedes? ¿Bajo qué circunstancias te lo dijo? ¿Por qué te lo dijo? ¿Cuál es la historia familar? Sin todo ello, ¿cómo voy a poder entender “lo que” te dijo? No importa que me transcribas el texto. Necesito el CON texto. Y para eso necesito una conversación personal.

Las veces que yo invito a amigos y a desconocidos a tomar un café testimonian que trato de ser coherente con esto. O un zoom si no queda otra. Y si no se pueden ninguna de las dos cosas, son los límites de la humana comunicación. Asúmanlo. Los whatsapp y etc no solucionan esos límites: los agravan.

Así es como la gente se mata, casi literalmente, en las redes sociales. Si luego de una amistad de muchos años nos matamos igual, ¿qué esperar de gente que no se conoce? Y, sobre todo, ¿qué esperar de gente que cree que la apelación a supuestos hechos da por terminado un desacuerdo?

Para colmo, las redes nos han acostumbrado a tocar temas graves y delicados con frases cortas y efectistas, como si estas solucionaran el problema. Genial con las frases sabias y lacónicas, y que lo bueno si breve, etc, pero la sabiduría lacónica no abunda y también requiere de mucho contexto. “La Luna se mira en el agua / ¿Quién la enturbia? / ¿La niebla o el sapo?” Ok, sí, ahora decime qué quiere decir, más allá del idioma que, además, es una lengua muy lejana sentida hace casi mil años (mil en serio)….. “No calles lo que sientas, abre tu corazón”, en twitter o como un recuadro bonito en Facebook. ¿Ah si? ¿Y? ¿Crees que ya está? ¿Mañana vas y le dices a tu jefe lo que piensas, y luego te darás cuenta de que lo mediocre si breve dos veces mediocre?

¿Y los audios? Claro que son muy prácticos pero, de vuelta, NO sustituyen una conversación. Audio va, audio viene, de 20 siglos cada uno……… ¿Por qué no hablan por teléfono? (¿Qué pregunta de anciano inadaptado no? 🙂 )

NO soy apocalíptico. Las redes llegaron para quedarse y evolucionar técnicamente. Genial cuando le puedo decir a alguien “no era esa la dirección, es….”, cuando 40 años atrás ello implicaba la búsqueda frenética de un teléfono público. Pero hay que tener conciencia de los límites. La cuestión es tener en cuenta que las redes no solucionan los malentendidos sino que, al contrario, requieren mayores competencias comunicativas, mayores cuidados, mayor empatía, por parte de quienes las usamos. Educarnos en esas mayores capacidades comunicativas sería un buen modo de minimizar el problema. Y si querían un mensajito cortito…….

 Saber leer y escribir no es saber comunicarse. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

LA INFORMACIÓN COMO ARMA TOTALITARIA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 8/5/22 en: https://gzanotti.blogspot.com/2022/05/la-informacion-como-arma-totalitaria.html

Hemos sido culturalmente formados en el supuesto de que la verdad radica en una información objetiva que debe ser depositada en una inteligencia pasiva que copia y repite.

Eso ha tenido profundas consecuencias culturales. Que la ciencia es el lugar de los hechos objetivos; que la verdad es la adecuación con los hechos; que la verdad radica en los datos, que las ciencias son una cosa y las humanidades son otras; que el alumno debe tomar nota, repetir y sacarse 10, son sólo algunos de los presupuestos culturales que casi nunca nos cuestionamos. Excepto, claro, que nos agarre el ataque de escepticismo postmoderno ante la “amenaza” de cualquier postura filosófica que quisiera afirmar la existencia de Dios, del alma, de la libertad y de la dignidad humana.

En la comunicación social, el tema es largo. Los hechos son sagrados, las opiniones son libres; que tienes derecho a tu propia opinión, pero no a tus propios hechos, son frases repetidas ad infinitum que evidencian claramente ese positivismo cultural. Lo peor sucedió hace décadas cuando emergió el llamado “derecho a la información”. Para varios autores (europeos, de saco y corbata, con varios idiomas y doctorados) la vieja “libertad de expresión”, el perimido “free speech” debían ceder su lugar al “derecho a la información” que protegiera a los pobres ciudadanos de la mera interpretación sesgada de lo que las pérfidas empresas periodísticas decidieran que era noticia. Y claro, desde luego, ¿quién es el llamado a garantizar ese derecho a la información? El gobierno, desde luego.

El problema se acrecentó desde el 2015 cuando la desesperación del partido demócrata intentó convencer a todo el mundo que Trump estaba diseminando “fake news”. Mentiras siempre hubo, prensa amarillista siempre hubo, pero desde entonces se convirtió en una obsesión.

Una manera de enfocar el tema es reconocer que hay hechos objetivos, pero que no es el gobierno el que debe dictaminar al respecto. Sí, puede haber gente que mienta, ¿pero son los gobiernos los que deben dictaminar quién miente y quién no? Si la respuesta es sí, ¿cómo nos defendemos de las mentiras del gobierno?

Pero ese no es el punto. Lo esencial es que desde hace décadas, la filosofía de las ciencias y la filosofía de la interpretación, esto es, la hermenéutica, han dado un giro de 180 grados que no parece llegar nunca a periodistas, educadores, científicos, filósofos, gobernados y gobernantes.

Ese giro no es postmoderno, no niega que hay verdades, errores y mentiras. Simplemente nos advierte que todo texto, verdadero o no, es un mensaje, y que todo mensaje está proferido desde un ser humano, con su horizonte, hacia otro ser humano, con su horizonte, con un modo de hablar (juego de lenguaje) específico que ya implica un determinado contenido cultural.

Hoy desayuné con un café.

El lector dirá: ¿y eso qué tiene que ver?

Esa es la clave. “Hoy desayuné con un café”, es verdadero. Pero es irrelevante para lo que estamos tratando. En este con-texto, su relevancia consiste en ser un ejemplo.

¿Quién determina la relevancia de un mensaje verdadero? ¿Quién determina cuándo y de qué modo debe decirse?

En una sociedad libre, cada uno de nosotros. Eso es el free speech.

“Eres obeso”, le digo a un amigo, de repente, que efectivamente lo es.

¿Es “misinformation”?

No, es más, en cierto sentido, la fake news es que NO sea obeso.

Malvinas 1982. ¿Invasión o recuperación? ¿Cuál es la fake news allí?

¿Interrupción del embarazo o asesinato del no nacido? ¿Cuál es la fake news?

Entonces “depende de…”. Sí, pero eso no es relativismo o escepticismo. Sí, depende de nuestras convicciones, cuya verdad hay que saber defender y cuya defensa y debate es posible sólo en una sociedad libre, NO en una sociedad donde un gobierno garantice un supuesto “derecho a la información” cuando precisamente hemos visto que la “información” sin con-texto es imposible. Y la información con con-texto ya no es información: es conocimiento.

A partir del 2020, esto llegó al éxtasis del autoritarismo. La OMS decide qué es falso y verdadero, y los que no están de acuerdo con la OMS son negacionistas y conspiranoicos, y son literalmente perseguidos por la justicia, silenciados, apartados de sus cargos, etc.

La vacuna es segura, la vacuna no es segura; sí lo es, pero no “suficientemente”, etc……… ¿Por qué no dejamos que se debata libremente? ¿Cuál es el pánico ante la libre discusión?

Y ahora, el perverso pero coherente gobierno de Biden ha nombrado a una funcionaria para que “vigile” la “misinformation”, “ese gran peligro para la democracia”; sí, claro, ese gran peligro para el Partido Demócrata. Así, ahora, pensar y decir que hay sólo dos sexos, que los padres deben decidir sobre los contenidos educativos de sus hijos o que la elección del 2021 es dudosa (y etc.) es “misinformation” y más aún, “domestic terrorist”. Claro, si Goebbles lo hace está mal pero si lo hace Nina Jankowicz está bien.

Pero lo terrible no es Biden y su banda de totalitarios. Lo terrible es que este tema de la mis-information, las fake news y etc se ha hecho carne en las más nobles carreras de comunicación y en los más altos niveles científicos y filosóficos, donde mucha gente de buenas intenciones creen que están haciendo un favor al mundo “vigilando” la “misinformation”, o sea, vigilando el pensamiento de los que no piensan como ellos.

Así estamos. Y en esto, como en tantas cosas, muere Occidente. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Cema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

Google no puede ser Dios

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 4/4/18 en: http://elpais.bo/google-no-puede-ser-dios/

 

No recuerdo quién dijo que “pedirle al Estado que resuelva un problema es pedirle al zorro que cuide a las gallinas”, pero es verdad, absolutamente verdad, aunque no lo crea. Desde muy pequeños –por la televisión y en los colegios- los gobernantes nos han saturado con propaganda y “explicaciones” sobre las buenas cosas que harán y lo bien que nos gobernarán… pero, en realidad, hacen lo contrario.

Parece que la Comisión Europea ha renunciado a sugerir leyes para “proteger de injerencias los procesos electorales”, confiando en la autorregulación en las redes sociales en lo que a “Fake news” -noticias falsas- se refiere. Pero hete aquí que fueron precisamente los políticos quienes iniciaron estas falsedades. Así que resultaría irónico que pretendieran cuidarnos de ellas.

La Comisión se sintió forzada a tratar el tema debido a la diseminación de noticias falsas en el referéndum del Brexit; las elecciones en Francia y Alemania, y las campañas de desinformación rusas hacia las repúblicas bálticas. Quizás el mejor chiste lo dijo un eurodiputado centro derechista español: “Las noticias falsas son un instrumento que usan los enemigos de la democracia”, afirmó cuando estas noticias fueron iniciadas por sus colegas políticos elegidos, precisamente, en un proceso democrático.

Ahora, quizás lo más preocupante es que esta campaña contra las “fake” ha sido amplificada por muchos medios de prensa cuando las medidas que podrían tomar los gobiernos implican cercenar la libertad de expresión. Se diría que algunos medios no quieren la competencia de las redes sociales. Tanto la han amplificado que de una encuesta resultó que el 83% de los encuestados dice que las noticias falsas son un peligro para la democracia.

Por suerte, buena parte de la opinión pública se mantiene clara y ha presionado contra estas medidas al punto que en la Comisión han dicho que “No queremos que se nos acuse de querer ser un ministerio de la verdad… que diga: vamos a decir que es cierto y que falso”. Pero dada tanta presión, sumada a la de algunos tribunales, Google se ha sentido forzada a tomar algunas medidas.

El “reconocimiento jurídico” del derecho al olvido en Europa tiene su origen en 2011, cuando Google defendió ante la Audiencia Nacional española su negativa a cancelar datos de personas que consideraban que las referencias que el buscador arrojaba lesionaban su dignidad. La multinacional sostenía que eliminar o alterar los contenidos supondría la pérdida de “objetividad” y “censura”.

Desde 2014, Google ha recibido en los países de la Unión Europea más de 650 mil solicitudes para retirar más de 2,4 millones de direcciones de Internet, de las que ha cancelado alrededor de un millón, es decir, que atendió alrededor del 40% de los casos. Pero esto es pedirle Google que juegue a Dios decidiendo que es verdad y qué no.

Los rumores falsos, y los malentendidos, son parte de la vida humana. Todos los hemos sufrido, aunque solo sea a nivel social dentro de nuestra comunidad y, sin embargo, seguimos viviendo. Los que tienen la conciencia tranquila sabiendo que actúan con honestidad, sinceridad e intentando el bien común, duermen despreocupados. Cada uno es responsable de sus actos, y sabe con qué personas se junta y qué datos entrega. Pedirle al zorro que cuide el gallinero, es muy peligroso, es pedirles a los políticos que solo podamos conocer aquellas noticias -y del modo- que ellos quieren.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.