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Anuncios económicos: sigue un gradualismo inconsistente

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 2/1/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/01/02/martes-anuncios-economicos-sigue-un-gradualismo-inconsistente/

 

Sturzenegger, Peña, Dujovne y Caputo. (Adrián Escandar)
Sturzenegger, Peña, Dujovne y Caputo. (Adrián Escandar)

La conferencia de prensa del jueves pasado fue un fiasco desde el punto de vista de las expectativas que había generado. En rigor, los tres ministros y el presidente del BCRA se limitaron a decir una sola cosa clara: la inflación no va a ser del 10% en 2018 como inicialmente se había anunciado sino que será del 15%. El resto fue un discurso confuso que lejos estuvo de generar expectativas positivas en los agentes económicos.

A esta altura del partido, me parece que nunca terminan de transmitir en forma clara las medidas económicas y tienen tantas marchas y contramarchas por la sencilla razón que ni ellos tienen en claro qué quieren hacer con la economía. O, para ponerlo de otra forma, no tienen en claro cómo lograr ciertos objetivos como bajar la pobreza, la inflación, generar más inversiones, etcétera. Como se niegan a tener un plan económico, se mueven por impulsos y se presentan inconsistencias en la política económica que producen estas contradicciones. Ejemplo: tuvieron que cambiar de estimación de inflación porque ya la pifiaron en 2017 e iban a volver a pifiarla en 2018, pues no hay consistencia entre la política fiscal y la política monetaria.

Es claro que el presidente Macri no quiere tener un ministro de Economía que lleve adelante un plan económico completo. Prefiere ir tomando medidas aisladas y sin que un ministro tenga mucho poder como ocurrió con varios ministros de Economía en décadas pasadas. En ese sentido sigue la misma estrategia de Néstor Kirchner, que nunca quiso tener un ministro de Economía fuerte. Recordemos que tuvo un ministro de Economía, Fernández, que si mal no recuerdo, nunca llegó a hablar en público.

Sin embargo, Macri tiene un ministro fuerte, que es su jefe de Gabinete, a quien parece confiarle el manejo de la economía, pero no tenemos evidencias que esté preparado para esa tarea. En todo caso podrá lograr que el Gobierno aguante a fuerza de endeudamiento. Ahora, a la hora de dominar y corregir la “herencia K” y 70 años de decadencia, hay una gran distancia. Una cosa es tener habilidad para ganar elecciones y luego durar en el cargo y otra, muy distinta, es ganar elecciones para cambiar el rumbo de decadencia de décadas.

Lo cierto es que el Gobierno anunció algo más de inflación en 2018 con un tipo de cambio que seguramente va a subir. Todo parece indicar que están apuntando a incrementar las exportaciones para tratar de mover la economía, dado que las inversiones siguen demorando su llegada y el consumo no puede ser el motor de actividad artificial que fue durante la era K.

De los anuncios que formuló el Gobierno la semana pasada, quedan varias dudas. Si bien el presidente del BCRA dijo que esa institución iba a emitir solo lo que el mercado aceptara como demanda de moneda, lo cierto es que el Tesoro va a seguir endeudándose en el exterior para cubrir el déficit fiscal. Por lo tanto, esos dólares van a tener que ser transformados en pesos para pagar los sueldos y las jubilaciones.

Para transformar los dólares en pesos hay dos opciones: a) que el Tesoro los venda en el mercado a particulares a cambio de pesos, con lo cual bajará el tipo de cambio nominal generando más problemas en el sector externo o b) seguir como hasta ahora. Entregarle los dólares al BCRA, para que los ponga en las reservas y el Central le entregue pesos a cambio de esos dólares. Cuando el Tesoro pague con esos pesos que entrarán en circulación, habrá presiones inflacionarias y aquí viene el interrogante. ¿Cómo hará el Central para retirar la cantidad de pesos que no quiere la demanda? ¿Subirá los encajes bancarios o seguirá con la fiesta de LEBACs?

Pero si van a bajar la tasa de interés para que suba el tipo de cambio para impulsar algo más las exportaciones que hasta noviembre tuvieron un magro incremento de solo el 1,2% respecto a los primeros 11 meses de 2016, la estrategia luce muy complicada porque hay un stock de LEBACs de $ 1,1 billón. Esto quiere decir que si van a bajar la tasa, es posible que haya una toma de ganancias dando vuelta la posición de LEBACs a dólares si el mercado espera que el tipo de cambio va a subir.

El Central tiene USD 56.280 millones de reservas brutas, pero propias son USD 42.554 millones ya que USD 13.726 millones son encajes en dólares que los bancos constituyen en el BCRA. En otras palabras, esos USD 13.726 millones son propiedad de los depositantes en dólares en los bancos. Con esos USD 42.554 millones, el BCRA tiene que afrontar el pasivo que son la base monetaria: $1 billón y las LEBACs $1,1 billón. El poder de fuego del BCRA para controlar el mercado de cambios en caso que la baja de la tasa para reactivar la economía se traslade a mercado de cambios es de USD 42.554 millones para enfrentar $2,2 billones. En rigor, la cuenta es más complicada, pero desde el punto de vista del BCRA es responsable por la foto de esos dos pasivos. De manera que ojo con lo que van a hacer con la tasa.

Una vez que uno montó este tipo de arbitrajes, salir es complicado y, particularmente, cuando no hay un plan económico detrás que genere confianza en los agentes económicos.

El dato que no me cierra en la estrategia del Gobierno es que la reducción del déficit primario sigue al mismo ritmo, 1 punto del PBI por año, pero el costo financiero de financiar el gradualismo es de 2,3 puntos del PBI de acuerdo a los datos del Presupuesto y, suponiendo que bajen la tasa al 25% y logren retener un stock de LEBACs de $1 billón, el costo cuasifiscal será de 2 puntos del PBI. En el bote entran 4 baldes de agua mientras gradualmente achican 1 balde por vez. No me cierra. Y esta cuenta es sin considerar los intereses intrasector público, que, como dice Nicolás Cachanosky (mi sobrino), es como no computar la deuda que tengo con mi primo.

Veremos si esta estrategia es efectiva para domar la herencia K, porque a esta altura del partido ya no va a servir insistir con la herencia recibida si no logran domar la inflación y mostrar tasas de crecimiento más importantes que el magro 3,5% anual, una tasa más acorde a países desarrollados con alto PBI que a un país que viene del fondo del pozo y, por una sola cuestión estadística, debería estar mostrando tasas de crecimiento sustancialmente mayores a las que parece conformarse el Gobierno para cumplir con la meta que se puso el Presidente: bajar la pobreza.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

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Problemas de razonamiento en el BCRA

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 26/6/16 en: http://economiaparatodos.net/problemas-de-razonamiento-en-el-bcra/

 

Es un error conceptual decir que cuando el BCRA coloca LEBACs en el mercado y paga una tasa de interés desorbitante, aumenta la demanda de moneda

De acuerdo a los confusos argumentos que esgrimen algunas de las autoridades del BCRA, todo parece indicar que no parece ser que tengan muy en claro algunos principios básicos de política monetaria.

En forma confusa hablan de fijar la cantidad de moneda, de demanda de moneda y de la tasa de interés. Una mescolanza preocupante porque tienden a creer que la colocación de LEBACs a tasas inconsistentes con el sector real de la economía genera una absorción monetaria que pueden denominar demanda de moneda.

Veamos, lo primero que las autoridades del BCRA deberían tener presente es que la moneda es una mercadería como cualquier otra. Deberían recordar que la moneda es un descubrimiento del mercado que permitió pasar del trueque al intercambio indirecto haciendo más fluido el comercio.

Lo segundo que deberían considerar las autoridades del BCRA es que la moneda, que es una mercadería como cualquier otra, tiene la característica de ser aceptada ampliamente como medio de intercambio y como reserva de valor. La función de unidad de cuenta es derivada de ser reserva de valor. Para que una mercadería sea considerada moneda debe cumplir con estas características.

Ahora bien, como toda mercadería, la moneda tiene una demanda y una oferta. Veamos el tema de la demanda de moneda. ¿Qué es la demanda de moneda? La cantidad de pesos que la gente quiere tener en el bolsillo por si acaso. Si el BCRA emitió 100 y la gente guarda siempre en sus billetera por las dudas 20, la demanda de moneda es 20.

Ahora, la demanda de moneda puede aumentar o disminuir de acuerdo a las expectativas que tenga la gente. Si los agentes económicos creen que la inflación se va a acelerar, es probable que no guarde esos $ 20 porque sabe que si los guarda, cuando quiera comprar algo, con esos $ 20 podrá comprar menos bienes por efecto de la inflación. ¿Qué hace la gente en ese caso? Disminuye su demanda de moneda o, la inversa, aumenta la oferta de moneda que es lo mismo que decir que demanda más bienes y servicios. La gente sale a comprar antes que suban los precios.

Por el contrario, si piensa que los precios van a bajar, aumenta su demanda de moneda. Es decir, posterga la compra de bienes a la espera de una baja de precios y, por lo tanto, si antes gasta 80 de los 100 emitidos, ahora gasta 60 con lo cual la demanda de moneda pasa a ser de 40, pero, al mismo tiempo, al demandar menos bienes y servicios los precios tienden a bajar.

Oferta y demanda de moneda tiene que ver con la tenencia de saldos monetarios no remunerados. Pesos que tenemos en el bolsillo y no usamos. Los tenemos por si acaso. Y oferta es cuando nos quitamos de encima esos pesos.

Es un error conceptual decir que cuando el BCRA coloca LEBACs en el mercado y paga una tasa de interés desorbitante, aumenta la demanda de moneda porque el BCRA demanda moneda. Lo que está haciendo el BCRA es colocar activos financieros y la gente comprando activos financieros, pero la demanda de moneda en el sentido antes expresado, no se modifica. Lo que sí puede ocurrir es que el ahorro que tiene la gente destinado a la compra de bienes sea destinado a la compra de LEBACs, con lo cual el BCRA absorbe ahorro pero no modifica la demanda por moneda. Lo que hace la gente es destinar sus ahorros a comprar un activo financiero llamado LEBAC.

Es cierto que si el BCRA absorbe ahorro del mercado y lo inmoviliza, disminuye la demanda de bienes y los precios tienden a bajar o a subir menos. Pero lejos está de significar un aumento en la demanda de moneda en el sentido que la gente retiene más pesos inmovilizados en su bolsillo.

Ahora, lo que también debería plantearse la gente del BCRA es que los pesos que emite no son moneda en el estricto sentido de la palabra porque los pesos no son reserva de valor. Esto significa que luego de tantos años de inflación y de destrucción de signos monetarios, los argentinos elegimos como moneda el dólar, en consecuencia comparar la tasa de interés que paga el BCRA para absorber ahorro contra la inflación en pesos no es correcto. La tasa de interés hay que compararla contra la evolución del tipo de cambio. Y si la cuenta se hace de esa manera, terminamos con una tasa de interés en dólares que es absolutamente inconsistente con la rentabilidad que puede ofrecer el promedio de la actividad económica lícita.

Puesto de otra manera, si la tasa de interés en dólares que paga el BCRA es del 32% en dólares, ¿a quién le puede prestar a esa tasa para poder devolver el importe de las LEBACs llegado del momento? La respuesta es más que obvia. A nadie, por lo tanto, cuando el BCRA coloca LEBACs subiendo la tasa de interés, lejos está de aumentar la demanda de moneda. Lo que está armando es un arbitraje entre tasa de interés y tipo de cambio que es inconsistente con el funcionamiento del sector real de la economía. Una ficción que termina mal. Ya lo vimos en 1988 con el plan primavera que terminó en la hiperinflación luego del estallido del 6 de febrero de 1989.

No estoy diciendo que estemos marchando a una hiperinflación y a un estallido como el de 1989, pero la inconsistencia es más que evidente.

En síntesis, ni por casualidad aumenta la demanda de moneda cuando el BCRA sube la tasa de interés como lo está haciendo ahora. Solo está armando una especulación financiera para ganar tiempo. Tiempo que debería ser asignado a reformar el gasto público y reducir su peso sobre la economía, para tener disciplina fiscal y así llegar a la disciplina monetaria sin necesidad de recurrir a artilugios financieros que hemos visto infinidad de veces terminar muy mal.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Dos libros para el nuevo equipo económico

Por Adrián Ravier: Publicado el 14/12/15 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2015/12/14/dos-libros-para-el-nuevo-equipo-economico/

 

Afirmó, estos últimos días, Alfonso Prat Gay: -“Nunca dijimos que íbamos a desmantelar Precios Cuidados […]. Vamos a hacer un acuerdo amplio económico y social. No creemos en los aprietes de [Guillermo] Moreno, pero tampoco creemos en la ley de la selva.”

La referencia aparenta ser simple, pero contiene dos graves problemas para un nuevo equipo económico que debe enfrentar un complejo proceso de reestructuración económica, política y social, después de doce años de regulaciones y controles excesivos sobre el mercado.

Las palabras del nuevo secretario de Hacienda y Finanzas son entonces lamentables, pues nos obliga a retroceder a lo más esencial de los fundamentos de la teoría e historia económica, alterando negativamente las expectativas del propio mercado respecto a la capacidad del equipo económico de afrontar el desafío de revertir esta situación.

En primer lugar, quisiera recomendar al nuevo equipo económico el libro de Robert Schuettinger y Eamonn Butler, titulado “4000 años de control de precios y salarios” y que lleva como subtítulo “Cómo no combatir la inflación”.

La lección es simple: a pesar de las buenas intenciones, los controles de precios fracasan en alcanzar su objetivo de contener la suba de precios, y más bien agravan la situación incrementando la escasez, como consecuencia de que los productores –por las propias intervenciones, regulaciones y controles-, abandonan o reducen la producción de los  bienes y servicios en cuestión. Al reducirse la oferta, el precio sube, lo que implica más intervenciones, regulaciones y controles para perseguir el mismo objetivo, lo que a su turno incrementan aún más la escasez, lo que vuelve a incrementar los precios, sometiendo a los consumidores a un proceso caída del poder adquisitivo, que además divide a la población entre quienes se ven obligados a vender por debajo del precio de mercado y quienes deben pagar más de lo que habrían pagado en condiciones de libre mercado.

El mencionado libro ejemplifica numerosos casos recolectados en los últimos 4000 años, partiendo con el Mundo Antiguo y siguiendo con el Imperio Romano, el Medioevo, la Era Moderna, Canadá, Estados Unidos y la Revolución Francesa en el siglo XVIII, casos concretos del siglo XIX, la Alemania nacional socialista y la Unión Soviética entre la Primera y Segunda Guerra Mundial, la posguerra, Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá entre 1970 y 1978, cerrando –en esta versión en español- con un documento del Ing. Alvaro Alsogaray titulado “El control de precios y salarios en Argentina”.

Un segundo libro que complementa el análisis mencionado y que también deseo recomendar se titula “Estado contra Mercado”, y fue escrito por el economista e historiador argentino Carlos Rodriguez Braun, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, quien cuestiona precisamente la afirmación del nuevo Secretario de Hacienda y Finanzas:

“Quizás la imagen más repetida de estos críticos acerca del mercado sea la de su crueldad. El capitalismo es salvaje; el mercado, nos dicen, es la selva. Ahora bien, como sabe cualquiera sin necesidad de salir del salón de su casa, porque basta con ver documentales por televisión, en la selva no hay capitalismo. No hay capitalismo, ni mercado, ni empresas, ni ciudades, ni casas, ni calles, ni gente, ni nada. […] la explicación es bien sencilla: eso sucede porque allí no hay derechos y sólo rige la ley de la selva, la ley del más fuerte, la inseguridad total.

Los mercados, en cambio, florecen en contextos diferentes, donde lo que impera es la libertad, la justicia, la seguridad personal, la protección de los derechos y la garantía de los cumplimientos de los contratos. Por eso la economía de mercado y la civilización y el progreso van de la mano: sus condiciones de existencia y desarrollo son las mismas reglas. […]

El mercado, así, es difícil de definir, pero desde luego no es un sitio ni una tienda. Es un marco institucional caracterizado, digámoslo una vez más, por reglas.”

En ese mercado, la oferta y la demanda determinan los precios. No existen grandes productores capaces de formar precios por sí solos, sin la presencia de la competencia efectiva y potencial. Cada vez que el empresario con poder de lobby se asocia al estado para obtener beneficios o mercados cautivos, lo que ocurre es que se abandona precisamente la esfera del mercado para ingresar en la esfera de la intervención estatal.

Debemos insistir en la importancia de la “certidumbre”. Hoy el campo se pregunta cuándo podrá liquidar sus cosechas con un tipo de cambio oficial ajustado o corregido, mientras toda la industria se pregunta si deberá seguir conviviendo con las restricciones impuestas por Guillermo Moreno y sus sucesores. Las palabras del secretario de Hacienda y Finanzas resultan desafortunadas pues ni siquiera consideró a los “precios cuidados” un elemento de transición, las que además son contradictorias con las promesas de campaña del Presidente electo acerca de liberar las fuerzas de mercado y la creatividad empresarial.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Demsetz propone una teoría económica sobre el origen del derecho de propiedad

Por Martín Krause. Publicado el 6/6/15 en: http://bazar.ufm.edu/demsetz-propone-una-teoria-economica-sobre-el-origen-del-derecho-de-propiedad/

 

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico I de la UBA Económicas vemos un artículo que ya es un clásico: Harold Demsetz en “Hacia una teoría de los derechos de propiedad’ donde se propone desarrollar una explicación económica sobre el origen de este derecho.

Algunos de sus puntos centrales:

“En el mundo de Robinson Crusoe los derechos de propiedad no desempeñan ningún rol. Son un instrumento de la sociedad y su significación deriva del hecho de que ayudan a formarse las expectativas que se pueden sustentar razonablemente en las relaciones con otros. Estas expectativas encuentran su expresión en leyes, hábitos y costumbres de una sociedad. El propietario de ciertos derechos de propiedad posee el consentimiento de sus pares para permitirle actuar de determinadas maneras. Un propietario espera que la comunidad impida que otros interfieran en sus propias acciones a partir de que tales acciones no están prohibidas en la especificación de sus derechos.

Es importante notar que los derechos de propiedad conllevan el derecho a beneficiarse o perjudicarse a sí mismo así como a beneficiar o perjudicar a otros. Perjudicar a un competidor por el hecho de fabricar mejores productos puede estar permitido, mientras que pegarle un tiro no lo está. Por lo contrario, si puede estar permitido beneficiarse uno a sí mismo disparando un arma contra un intruso, puede no estarlo vender productos por debajo de cierto precio establecido. Está claro entonces que los derechos de propiedad especifican de qué modo las personas pueden beneficiarse o perjudicarse y, por tal razón, quién debe pagar a quién para modificar acciones llevadas a cabo por personas. El reconocimiento de esto permite entender fácilmente la estrecha relación que existe entre derechos de propiedad y factores externos o externalidad.

La externalidad es un concepto ambiguo. Para los objetivos de este trabajo, el concepto incluye costos externos, beneficios externos y externalidades tanto pecuniarias como no pecuniarias. Ningún efecto benéfico o perjudicial es externo al conjunto. Alguna persona siempre resulta perjudicada o beneficiada por tales efectos. Lo que convierte a un efecto benéfico o perjudicial en una externalidad es que el costo de hacer que gravite en la decisión de una o más de las personas interactuantes sea demasiado alto como para justificarse, y esto es lo que el término quiere decir aquí.

La “internalización” de tales efectos está ligada a un proceso -usualmente un cambio en los derechos de propiedad- que permite a dichos efectos gravitar sobre todas las personas interactuantes. Una función primaria de los derechos de propiedad es la de promover incentivos para alcanzar una mayor internalización de las externalidades. Cada costo y beneficio asociado con interdependencias sociales es una externalidad potencial.

Una condición es necesaria para hacer que costos y beneficios sean externalidades: el costo de una transacción de derechos entre partes (internalización) debe exceder la ganancia de la internalización. En general, el costo de la transacción puede ser grande en relación con las ganancias por las “naturales” dificultades del intercambio comercial, o bien puede ser grande por razones legales. En una sociedad jurídicamente organizada, la prohibición de negociaciones voluntarias puede hacer infinito el costo de las transacciones.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Falacias y contradicciones de políticas devaluatorias e inflacionarias, en el 510 y en el 2000 también:

Por Martín Krause. Publicado el 2/3/15 en: http://bazar.ufm.edu/falacias-y-contradicciones-de-politicas-devaluatorias-e-inflacionarias-en-el-510-y-en-el-2000-tambien/

 

En una sección con un título apropiado a nuestra época (El Caos Monetario), Mises explica en 1944 el cambio verificado durante las dos guerras mundiales, las devaluaciones y su impacto en los salarios, parte de una monografía titulada “Una propuesta no inflacionaria para la reconstrucción monetaria de posguerra”:

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“Los precios y salarios del período de auge no pueden sostenerse cuando el auge llega a su fin. Si caída es una condición necesaria para la recuperación. Pero la opinión pública reclama violentamente la interferencia del gobierno para prevenir dicho ajuste. Así, el gobierno fue forzado a continuar con la inflación. Devaluaron la moneda y se embarcaron en una política de mayor expansión crediticia.

Se ha afirmado que las devaluaciones eran necesarias debido a que los precios y salarios se habían vuelto rígidos. Para remediar este estado de cosas, la gente dice, las paridades deben ser flexibles. Este fue un eufemismo de moda para expresar el deseo de mayor inflación. Hablaron de ‘flexibilidad’, pero lo que tenían en mente siempre fue una flexibilidad descendente del tipo de cambio. Nadie sostuvo que su propia moneda estaba subvaluada respecto a las monedas extranjeras, nadie propuso un ajuste hacia arriba de la paridad de su moneda. Ningún gobierno se atrevió a revaluar su moneda en relación a las divisas extranjeras; siempre se tenía como objetivo la devaluación.

Es cierto que los precios, y aun más los salarios, se han vuelto rígidos. Pero no se debía a otra razón que las expectativas de próximas intervenciones gubernamentales. Un empresario o un granjero no aceptarán precios más bajos si tienen bien fundadas expectativas de que el gobierno interferirá muy pronto para mantener altos los precios. El líder de un sindicato no acordará reducciones de salarios si sabe que el gobierno apoyará su resistencia hacia una ajuste hacia debajo de las tasas salariales.

El término “pleno empleo” es un eslogan demagógico si no se refiere a un determinado nivel de salarios. Si los salarios sindicales exceden las tasas de mercado, el desempleo será inevitable para muchos. Los gobiernos y los sindicatos pueden crear mucho desempleo cuando quieren. Con tasas salariales mínimas superiores a las potenciales tasas de mercado, el desempleo masivo nunca desaparecerá.

Hubo pleno empleo tanto en la Unión Soviética como en la Alemania Nazi. Cuando existe un servicio laboral compulsivo, no puede haber desempleo. No hay desempleo en una cárcel. Si los trabajadores de Occidente han estado dispuestos a acordar salarios cuyas tasas, si bien son menores que las del período de auge, aun les garantizarían un nivel de vida muy superior al de los trabajadores alemanes –ni hablar de los rusos- no hubiera habido desempleo. Fue demagogia insincera referirse a las condiciones alemanas o rusas como un ejemplo para las democracias occidentales.

Las políticas adoptadas por las democracias eran contradictorias. Por un lado, estaban ansiosos de conseguir un aumento de los precios de los productos restringiendo la producción local y prohibiendo el acceso de productos importados. Por otro lado, intentaron subir las tasas salariales. Los políticos prometieron al mismo tiempo a los productores precios razonables, esto es altos, y a los consumidores un bajo costo de vida. Una agencia gubernamental se quejó de la malnutrición de las masas, mientras que otra agencia del mismo gobierno subsidiaba a los agricultores para que redujeran su producción. Estas inconsistencias y contradicciones son, por supuesto, la marca característica de toda política pro-inflacionaria.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

Una crítica al monetarismo de mercado.

Por Adrián Ravier: Publicado el 24/10/14 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2014/10/24/una-critica-al-monetarismo-de-mercado/

 

Ivo Sarjanovic nos ofreció hace un tiempo una síntesis de un nuevo movimiento llamado “Monetarismo de Mercado“, el que intenta generar una segunda contrarrevolución en el ámbito científico. Hoy queremos compartir una nota crítica de Shawn Riteneour a esta teoría, con el objeto de impulsar o abrir el debate. A continuación copiamos una traducción al español que tenemos gracias al esfuerzo del Instituto Mises Hispano.

Si el lector no ha leído antes la nota de Sarjanovic, sugerimos comience leyendo aquella, para luego estudiar esta nota crítica.

Objetivo de PIB nominal: Monetarios de nuevo cuño o keynesianismo al viejo estilo

Al inicio del pánico financiero y la recesión económica de 2008, se revisaron múltiples políticas macroeconómicas. Algunos economistas argumentan que la crisis demuestra una necesidad de alejarse de una política monetaria discrecional al estilo de la de Ben Bernanke y por el contrario adoptar alguna norma de política monetaria. Una de las normas propuestas es el objetivo de PIB nominal (PIBN), popularizado por un grupo de economistas que han recibido el alias de “monetaristas de mercado”.

El monetarismo de mercado es sobre todo un fenómeno de la blogosfera, siendo los blogs más prominentes The Money Illusion, de Scott Sumner, The Market Monetarist, de Lars Christensen y Macro and other Market Musings, de David Beckworth. El más conocido del grupo, Scott Sumner (2012; 2011) ha escrito dos obras de investigación que explican su visión de la política monetaria y Christensen (2011) ha escrito un papel de trabajo que resume el trabajo del grupo.

Pero el monetarismo de mercado y el objetivo de PIBN han empezado a abrirse paso en los medios de comunicación, think tanks y también en el mundo político. El economista Tyler Cowen calificó al día en que la Reserva Federal anunció la QE3 como “día de Scott Sumner”, atribuyendo parcialmente a la influencia de los blogs de Scott Sumner el movimiento expansionista de la Fed. El experto de la CNBC, Larry Kudlow, ha alertado contra el objetivo de PINB y por tanto cambiado su tono previamente crítico sobre Bernanke. James Pethokoukis, un columnista del enormemente influyente American Enterprise Institute, ha estado utilizando el monetarismo de mercado para tratar de convencer al Partido Republicano para aprender a dejar de preocuparse y amar el helicóptero.

Por desgracia, a pesar de la reciente popularidad del monetarismo de mercado, el objetivo de PIB nominal no consigue el fin de ayudar a la coordinación macroeconómica. La teoría y política monetarista de mercado son insatisfactorias principalmente porque los monetaristas de mercado usan un marco teórico defectuoso al analizar la actividad económica, entienden mal cómo entran las expectativas en la toma de decisiones económicas y no reconocen las consecuencias reales de la política monetaria necesaria para estabilizar las expectativas de PIBN.

Los monetaristas de mercado ven lo que llaman “desorden monetario” como la causa del desplome financiero de 2008 y la consiguiente recesión (Christensen 2011, pp. 2-3). Al hacerlo, rechazan explícitamente la idea de inversión de capital como origen del ciclo económico (Sumner 2012, p. 132). También afirman creer en los mercados, suponiéndolos “eficientes y enfocados al futuro” (Christensen 2011, p. 29).

Destacan la naturaleza del enfoque al futuro de los mercados porque, para los monetaristas de mercado, las expectativas parecen prevalecer sobre todas las demás consideraciones. Así, ven el crecimiento esperado del PIBN como un mejor indicador de la política monetaria que los tipos de interés o la oferta monetaria real (Sumner 2012, pp. 143-151). Ven los tipos de interés como el precio de los fondos prestables, pero no reconocen que el tipo de interés es realmente una relación entre los precios de los bienes presentes respecto de los precios de bienes futuros o que la transacción no se produce solo en el mercado de los fondos prestables, sino de manera más importante a lo largo de toda la estructura de producción.

Al mismo tiempo, se argumenta que el actual nivel de precios y PIBN son mucho más dependientes de las expectativas actuales acerca de la oferta monetaria futura de lo que son de la oferta monetaria actual (Sumner 2012, p. 144). Como los mercados se enfocan al futuro, una política monetaria exitosa sería una que estabilice el PIBN esperado, porque los cambios repentinos en el PIBN esperado son los que causan perturbaciones macroeconómicas (Sumner 2012, p. 130).

La supremacía de las expectativas en su análisis puede verse en su explicación de la Gran Recesión. Se afirma que el origen del desplome financiero de 2008 fue contraccionista para la política de la Reserva Federal lo que hizo que los inversores se dieran cuenta de que la Fed no podría impedir o impediría una caída en el PIBN. El objetivo de PIBN supuestamente atemperaría las recesiones cuando la economía afronte sacudidas negativas en la oferta sosteniendo la demanda agregada cuando caiga la producción real (Christensen 2011, pp. 20-22; Sumner 2012, p. 147).

Dado el enfoque sobre el gasto agregado, no sorprende que los monetaristas de mercado hayan sido criticados por adoptar una visión keynesiana de la macroeconomía. No aceptan esas afirmaciones en absoluto. Su defensa de un estímulo monetario, dicen, no se debe a ningún deseo de políticas discrecionales, sino a su creencia en que la política monetaria ha sido demasiado rígida (Christensen 2011, p. 28).

Al mismo tiempo, rechazan volver a un patrón oro riguroso, pensando que contribuiría a problemas macroeconómicos porque muchos precios, se alega, son rígidos. Además, un patrón oro no puede evitar que  gobiernos irresponsables generen inestabilidad monetaria (Sumner 2012, pp. 161-62).

Problemas con el objetivo de PIBN

Hay varios problemas con el monetarismo de mercado que pueden clasificarse bajo tres categorías principales: su marco teórico y visión de la actividad económica, la forma de las expectativas y el grado en que entran en la toma de decisiones económicas y las consecuencias reales de su política monetaria sugerida.

Marco analítico defectuoso y visiones de la actividad económica

La razón fundamental por la que el objetivo de PIBN no está bien dirigido se debe a un marco analítico en general defectuoso que conlleva una compresión insatisfactoria de la actividad económica. Entiende mal la naturaleza de la coordinación de precios y deja a la estructura intertemporal del capital fuera del análisis.

Aunque los monetaristas de mercado rechazan categóricamente las afirmaciones de que son keynesianos, es comprensible que la gente lo piense. Afirman que las recesiones se deben a una insuficiente Demanda Agregada. Si piensa que la renta se crea por los flujos monetarios en lugar de por provisión de servicios productivos justificados en precios monetarios. Ignoran, rechazan u olvidan la importancia de la estructura de capital. Las inversiones están solamente dirigidas por las expectativas (o la sabiduría convencional) acerca del gasto nominal. Un colapso en la inversión lleva a la recesión y el desempleo debido a la rigidez de los precios (Sumner 2012, p. 161). La disminución de la demanda agregada y los precios y salarios rígidos se combinan para generar factores ociosos de producción y desempleo. Sin embargo, la política monetaria puede servir como remedio universal para los persistentes desequilibrios en los precios. Todo esto suena bastante keynesiano.[1]

De hecho todo su análisis se fundamenta en la aceptación del marco neokeynesiano de la oferta agregada-demanda agregada. Incluso en sus propios términos, hay problemas analíticos con el análisis OA/DA (Colander 1995; Garrison 1996). Lo más relevante y problemático para evaluar el objetivo de PIBN es que no existe una demanda agregada que se iguale con la oferta agregada a un solo nivel de precios.

De hecho, la economía social está constituida por una vasta red de mercados distintos que se integran en una compleja división del trabajo a través de la estructura intemporal de producción y el uso de un medio general de intercambio. Por tanto, la actividad productiva es el resultado de un enorme número de decisiones descentralizadas realizadas por una multitud de empresarios diferentes en lugares diferentes en la estructura de producción. El capital no es una masa informe homogénea (Foss y Klein 2012, pp. 105-130), así que la inversión no es un “yo” homogéneo (Garrison 2001). Un análisis sólido de la descoordinación macroeconómica debe tener en cuenta estos hechos.

Es posible que la gente disminuya su demanda de bienes de consumo y producción si aumenta su demanda de retener dinero. Esto, sin embargo, solo llevaría al desperdicio de recursos ociosos si los precios de estos recursos permanecieran por encima de los niveles de liquidación del mercado. Por supuesto, esto no persistirá si se permite que los precios se ajusten (Hutt 1979, pp. 138-139).

Si cae la demanda de un producto, el incentivo para obtener beneficios y evitar pérdidas llevará tanto a empresarios como a trabajadores a reducir los precios de venta. Salvo que se vean frustrados por decretos del gobierno o el miedo a la amenaza de huelga, los empresarios buscarán ajustar sus precios de venta a los niveles de liquidación del mercado. Esas reducciones de precios y recortes en el gasto estimulan la venta y el empleo continuos. Las ganancias reales de las empresas afectadas se estabilizarán, permitiéndolas continuar produciendo y, por tanto, demandando tierra, trabajo y bienes de capital de orden superior de otras empresas en la estructura de producción (Hutt 1979, pp. 53-56).

En lugar de permitir que los mercados se liquiden a través de los ajustes de precios de acuerdo con preferencias subjetivas, los monetaristas de mercado defienden que las autoridades monetarias produzcan estabilidad en el mercado aumentando la oferta monetaria. Sin embargo, esa inflación no equilibrará necesariamente la demanda y oferta específica  del dinero por parte de las personas que estén experimentando el exceso de demanda. Si precios y salarios son tan rígidos, necesitarán un aumento significativamente grande en el PIBN para mantener el equilibrio.

Sin embargo esto plantea todo el problema de los salarios rígidos. Existen varios problemas teóricos con la teoría de los salarios rígidos (Bellante 1995; Hulsmann 2003; Rothbard 2004, pp. 780-785). Por un lado, si hay solo una o un puñado de empresas usando, por ejemplo, salarios de eficiencia superior, entonces el empleo se restringirá solo en esos sectores y se expandirá en otros. Esto no llevaría a un aumento general del desempleo. Por otro lado, si todas las empresas pagaran los llamados salarios de eficiencia, ¿por qué este salario superior no se considera el salario de mercado?

Más importante es que centrarse en “salarios o precios rígidos” es de nuevo centrarse en algo equivocado. En el mejor de los casos, los precios rígidos no explican por qué empieza una recesión. Solo explicarían por qué se prolonga una recesión. Además, si los mercados no se equilibran debido al salario mínimo y otros controles de precios, difícilmente será un mercado libre. La solución sería eliminar la intervención del gobierno, no intervenir aún más arbitrariamente aumentando la oferta monetaria. Por otro lado, si los mercados laborales no se equilibran debido a contratos laborales a largo plazo (incluidos los sindicados), esto genera una oferta excesiva voluntaria de mano de obra.

De hecho, la historia revela que precios y salarios sí se ajustan a la baja si se les permite. Incluso en el caso de contratos a largo plazo, trabajadores y empresarios pueden negociar nuevos salarios de liquidación del mercado y lo hacen. Por ejemplo, los sindicatos de actores trabajaron junto a las empresas y músicos de las producciones de Broadway acordando un recorte salarial del 25% durante el periodo de siguió a los ataques terroristas del 11-S en Nueva York, que hicieron que cayera el negocio turístico (Daniels y Vann 2003). Varios sindicatos hicieron lo mismo en respuesta a la Gran Recesión (Uchitelle 2010). El sindicato de trabajadores del automóvil reconocía que a veces uno tiene que acordar un salario más bajo para mantener su trabajo cuando cae la demanda de mano de obra. Hace dos años, los músicos de la orquesta sinfónica de Pittsburgh acordar un recorte no menor del 9,7% en la paga. En respuesta a sus acciones, el director de la sinfónica, Manfred Honneck, se rebajó voluntariamente un 10% en el sueldo (Druckenbrod 2011).

Adicionalmente, las disminuciones en la demanda se experimentan siempre en mercados concretos. Cuando haya una disminución en la demanda o una disminución en la oferta a la vista de una demanda elástica, caerán los gastos totales. Advirtamos sin embargo que el gasto es el efecto de los cambios en las preferencias de compradores y vendedores,  no la causa de la disminución en la demanda u oferta. Salerno (2006) demuestra cómo esto se aplica a la economía social en sentido amplio. Los precios (y cantidades) de liquidación del mercado están determinados en todo mercado por la interacción de las escalas de valores de los individuos en las que los bienes se valoran en su relación entre sí y con el dinero. Solo después de que se hayan determinado ya los precios y cantidades de equilibrio en el mercado y, por tanto, el valor del dinero, se produce ese “gasto”.

Comprensión defectuosa del papel de las expectativas

Una manifestación concreta del insatisfactorio marco económico de los monetaristas de mercado es su comprensión de la forma y grado en que las expectativas entran en su análisis. Indudablemente, nadie debería discutir que las expectativas desempeñan un papel importante en el presente, ya que los resultados de la acción se cosecharán en algún momento del futuro. Por consiguiente, toda acción, incluyendo la producción, mira al futuro. Toda acción debe por tanto basarse en especulaciones acerca de los resultados esperados de varias acciones potenciales (Rothbard 2004, pp. 4-7; Ritenour 2010, pp. 33-36). Sin embargo, para entender la naturaleza de las fluctuaciones macroeconómicas, es esencial que tengamos una comprensión adecuada de la naturaleza de las expectativas que afectan a las decisiones de inversión.

Como se ha indicado antes, los monetaristas de mercado parecen creer que las acciones de los inversores están determinadas casi exclusivamente por las expectativas de futuro gasto nominal (o PIBN). El problema con esa perspectiva es doble.

Aunque una teoría económica sólida reconoce que las expectativas de producción en el futuro son un requisito previo de la acción en el presente, la economía no puede proporcionar una idea del contenido de estas expectativas o de cómo pueden cambiar con el tiempo. Las expectativas no son entidades autónomas, sino que están ligadas al objetivo de una persona, a su experiencia pasada en tratar de alcanzar su objetivo y a su capacidad emprendedora. Por tanto las expectativas no son monolíticas y por eso los empresarios deben incorporar la timología a su toma de decisiones (Salerno 2010, pp. 215, 220). Tratar a las expectativas como universales y monolíticas abre la puerta a graves errores en teoría económica.

Por ejemplo, los monetaristas de mercado afirman que son las expectativas del PIBN futuro las únicas que determinan las decisiones presentes de inversión y por tanto la dirección de la economía. Esta afirmación no reconoce que las recesiones no son meramente el resultado de disminuciones en el gasto agregado que sigan a un auge. Son el resultado del error empresarial (Hulsmann 1998; Rothbard 2000, pp. 8-9). Por ejemplo, es posible que los empresarios consigan ganancias incluso en un entorno de gasto total en disminución. Lo que importa no es el gasto agregado, sino la diferencia entre el precio de los productos y la suma de los precios de los factores de producción. Si la cantidad total de todo el gasto en la economía social cae y caen los precios generales, las empresas siguen pudiendo obtener beneficios mientras identifiquen aquellos proyectos en los que los factores estén infravalorados con respecto al precio futuro del producto que pueden utilizarse para producir.

Adicionalmente, la forma de expectativas supuesta es el origen de una incoherencia concreta en la literatura monetarista de mercado. Esta incoherencia, a su vez, también está relacionada con su fracaso en comprender las recesiones como consecuencia de una serie de errores empresariales. Los monetaristas de mercado suponen que los mercados son eficientes y miran al futuro. Al mismo tiempo, las recesiones se deben a disminuciones en el PIBN esperado. Si los mercados son eficientes mirando al futuro, ¿cómo puede haber una serie de errores empresariales? Parece que si los participantes del mercado hacen ajustes eficientes mientras miran adelante, no debería haber errores extendidos realizados por los empresarios. Si es así, ¿cómo puede haber recesiones?  Tal vez la respuesta podría ser, como implica Christensen (2011, p. 5), que aunque la gente tenga expectativas que son realmente racionales, no son perfectas. Aun así, si los participantes en el mercado prevén adecuadamente que la Fed no continuará o no podrá continuar aumentando el PIBN en 2008, ¿por qué debería haber una recesión? Si su previsión fue correcta, deberían haber actuado adecuadamente y liquidarse los mercados y como mínimo no habría habido un desempleo persistente y extendido.

Consecuencias de la política monetaria

El afecto de los monetaristas de mercado por el objetivo de PIBN demuestra una vez más que un marco teórico poco sólido a menudo lleva a políticas económicas poco sólidas. Uno de los mayores problemas de tratar de reducir las fluctuaciones económicas por medio del objetivo de PIBN son los efectos reales de la inflación monetaria necesaria para estabilizar el PIBN real o esperado. Es necesariamente cierto que el dinero recién creado entrará en la economía en puntos concretos. Por tanto, la inflación monetaria afectará a las demandas de ciertos bienes primero y luego a demandas de bienes diferentes al extenderse el dinero en la economía. El proceso de ajuste paso a paso durante el cual se absorbe el nuevo dinero genera necesariamente cambios reales en precios relativos y una redistribución real de la riqueza (Mises 1929, pp. 85-88; Mises 1938; Salerno 2010, pp. 202-203).

La expansión del crédito estimula necesariamente las malas inversiones al estimular los procesos de producción que son demasiado indirectos en relación con las preferencias temporales sociales (Strigl 1934, pp. 120-133; Mises 1949, pp. 547-562; Garrison 2001; Rothbard 2004, pp. 994-1004; Hayek 2008, pp. 189-329; Huerta de Soto 2006, pp. 347-384; Salerno 2012). Sin un aumento en los ahorros voluntarios, los procesos más largos de producción no pueden completarse. Este es el centro del problema de las malas inversiones.

Los defensores del objetivo de PIBN acaban potenciando la ilusión monetaria de que puede superarse la escasez y lograrse la prosperidad mediante inflación monetaria. DE hecho, emitir dinero fiduciario mediante expansión del crédito promueve una actividad insostenible de auge porque proporciona tanto el incentivo como los medios para que los empresarios asuman proyectos para los que no hay recursos reales suficientes. La consecuencia necesaria de la inflación monetaria (incluso si se desea estabilizar el crecimiento del PIBN real o esperado) es el ciclo de auge/declive, en el que se desperdician recursos, se consume capital y la sociedad se empobrece en términos relativos. Ese resultado es exactamente el opuesto de los deseos de los que defienden el objetivo de PIBN.


Bibliografía

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Foss, N. J., y Klein, P. G., 2012. Organizing Entrepreneurial Judgment. Cambridge: Cambridge University Press.

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Uchitelle, L., 2010. “Unions Yield on Wage Scales to Preserve Jobs”. The New York Times, 20 de noviembre, p. A1.


[1] Ver Hutt, W. (1979) y Huerta de Soto, J. (2006) sobre las mentiras de la economía keynesiana. La misma crítica de la economía keynesiana en esta literatura se aplica también al monetarismo de mercado.


Publicado el 12 de abril de 2013. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Capitanich olvidó lo que aprendió en Eseade

Por Julián Obiglio. Publicado el 3/2/14 en: http://www.julianobiglio.com.ar/obiglio2012/opinion/140203.php

 

El Jefe de Gabinete es egresado de una de las instituciones académicas más interesantes de nuestro país, la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas, más conocida como Eseade. Dicha institución universitaria es la principal representación en Argentina de la Escuela Austríaca de Economía, extensamente conocida en el mundo por la defensa de los principios del libre comercio.

Sin importar cuánta afinidad cada alumno pudiera tener con la idea del libre funcionamiento de los mercados, todos los que realizamos nuestras maestrías en Eseade recibimos y estudiamos las herramientas de pensamiento necesarias para comprender cómo funciona un sistema económico y que éste está sustentado en tres cuestiones: libertad, propiedad privada y expectativas.

Sin dudas, el elemento esencial del sistema económico es la libertad, ya que al igual que en todos los ámbitos de la vida, el ser humano también tiende a escapar de las restricciones que un tercero quiera imponer sobre su libertad para transar bienes.

El segundo elemento es la propiedad privada, ya que si ella no es reconocida y protegida por el sistema legal y los gobernantes de turno, los bienes no podrán ser asignados válidamente a una u otra persona, puesto que cualquier intercambio de objetos carecerá de garantías y protecciones.

Estos dos elementos generarán determinadas expectativas en cada uno de los seres humanos actores del sistema económico, y todas esas expectativas sumadas mostrarán la tendencia del sistema y los deseos del mercado, o sea, del conjunto de la gente.

Al definir políticas públicas y dictar normativas económicas, los gobernantes siempre estarán regulando libertades, restringiendo derechos de propiedad, y en consecuencia, modificando expectativas sociales. Cuanto mayor sea la restricción de libertades y derechos que establezcan las normativas, mayor será la caída en las expectativas; y ello se verá profundizado en caso de que las regulaciones carezcan de estabilidad y previsibilidad. El secreto radicará entonces en no excederse con las regulaciones y restricciones que se quieran imponer, y nunca comprometer el largo plazo en función del corto plazo.

Las medidas cambiarias, tributarias y fiscales anunciadas por el jefe de Gabinete en los últimos tiempos han significado un avance sobre la libertad de comercio y sobre la propiedad privada. Y para complicar todavía más la situación, las regulaciones dispuestas han gozado de poca estabilidad, impidiendo cualquier posibilidad de realizar previsiones económicas de mediano o largo plazo.

Estas combinaciones han generado expectativas sumamente negativas en la gente, lo que se traduce inmediatamente en retracciones de consumo, huida de la moneda local, cancelación de inversiones, y tantas otras cuestiones bien conocidas en nuestro país.

Las respuestas del jefe de Gabinete a las reacciones del mercado potencian la tendencia. Entre sus dichos del viernes 31 de enero se destacan: “…el Gobierno está absolutamente solo luchando contra grupos económicos poderosos…”; “…los grandes productores agrícolas no liquidan sus divisas en el mercado local por avaricia y carácter especulativo…”; “…en la Argentina existe una conjunción de factores, entre los cuales están exponentes políticos, visibles o invisibles, sindicales, visibles o invisibles, sociales y económicos, visibles o invisibles, que promueven una estrategia de desestabilización permanente…”.

Creo que Capitanich debería dejar de luchar contra conspiraciones inexistentes y concentrar sus esfuerzos en generar condiciones de confianza suficientes que permitan modificar la tendencia negativa en las expectativas económicas de la sociedad. El Ministro conoce las reglas de funcionamiento del sistema capitalista y sabe que la situación actual de nuestro país se debe a que el gasto estatal descontrolado de la última década se ha devorado todas las inversiones y todo el crecimiento económico.

La opción de mirar para otro lado, repetir el discurso oficial e intentar sostener un modelo populista completamente agotado siempre puede intentarse, pero ya no hay margen de error. Hemos alcanzado un nivel de deterioro tan profundo que a partir de aquí cada punto de caída en el PBI representará a miles de personas que se hunden un poco más en la pobreza, a miles de niños que serán condenados a vivir en la marginalidad, y a millones de argentinos que cada día estarán más alejados de las oportunidades que el mundo nos brinda.

Por eso es responsabilidad del jefe de Gabinete repasar las enseñanzas que recibió cuando realizaba su maestría. Recordar a sus profesores y a sus compañeros de clase. Volver a leer los textos y comprender nuevamente que el sistema económico no es bueno ni malo. Que tiene reglas naturales, mecanismos de funcionamiento que no se rigen por instrucciones presidenciales ni ministeriales. Que los integrantes del sistema son personas humanas, y lo que ellas desean es la mayor libertad y estabilidad posible para poder desarrollarse. Que el Estado fue creado para garantizar esos derechos. No para violarlos.

 

Julián Obiglio es Diputado Nacional y egresado de ESEADE.

Locos por Cristina:

Por Pablo Guido. Publicado el 8/5/13 en http://chh.ufm.edu/blogchh/

En marzo de 1991 el gobierno argentino estableció un régimen de convertibilidad en el cual se fijo el tipo de cambio nominal en $1 (un peso) por dólar. Al cabo de 11 años el precio del dólar se mantuvo fijo. Pero en abril de 2002 (por causas que no vienen al caso) el precio del dólar “salto” abruptamente a unos $4 por dólar (abril 2002) para luego fluctuar alrededor de los $3 durante los siguientes cuatro años (2002-2006). Entre 2007 y 2011 la inflación acumulada fue del 160% aproximadamente, al tiempo que el precio del dólar aumentaba un 40%. A partir de octubre de 2011 el gobierno estableció un control de cambios, ante lo cual surgió un mercado cambiario “no oficial” o  dólar “blue”, como se conoce en la jerga cambiaria. Entre el inicio del control cambiario y la actualidad el dólar “oficial” aumento un 20%, mientras que el dólar paralelo lo hizo en un 95%. La brecha entre ambas cotizaciones termino en abril en un 82%. ¿Por qué se genero esta diferencia de precios en el mercado cambiario legal (“oficial”) y el mercado ilegal (“blue”)? Porque desde octubre de 2011 las restricciones para comprar legalmente dólares ha ido aumentando, al punto que hoy es prácticamente imposible para la gente comprar dólares o cualquier otra moneda extranjera con el objetivo de atesorar, ahorrar o enviar divisas al exterior. Solamente se le venden dólares a aquellos importadores que consiguen obtener un permiso de la Secretaria de Comercio Exterior. Con cuentagotas. Entonces, ante estas restricciones y ante una inflación anual del 25% la gente no es estúpida y compra dólares igualmente. De manera ilegal claro. Y esa demanda de dólares del público que quiere huir de la moneda local se traduce en un aumento del precio del dólar (y el resto de las monedas extranjeras).

El primer día de esta semana, el lunes 6 de mayo, el precio del dólar en el mercado paralelo “araño” los $10, mientras que el dólar oficial se ubico en $5,20. Una brecha cambiaria del 90%. El mismo día la presidente de la Argentina dio un discurso en el cual, entre otras cosas, dijo: “…mientras yo sea presidente, los que pretendan ganar plata a costa de devaluaciones que tenga que pagar el pueblo, van a tener que esperar a otro gobierno. No con nosotros”. El mismo día el ministro de Economía decía: “el dólar no le importa a nadie”. Dias antes el vicepresidente había dicho que el mercado cambiario ilegal era un tema muy marginal que tenía que ver con no más de 100 o 200 mil personas.

Ante afirmaciones de esas características de la primera mandataria de un país y los principales funcionarias del gobierno ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo proyectar los próximos meses en términos de consumo, ahorro o inversión? ¿Habrá un suicidio masivo al estilo Jonestown o la gente simplemente aguantara hasta las próximas elecciones y cambiara el gobierno? La economía argentina está estancada, y cada vez más complicada en términos de actividad económica, empleo, inflación, balanza de pagos y cuentas fiscales. Los proyectos de inversión están obviamente paralizados. La gente retira su dinero de los bancos para comprar cualquier cosa con tal de no mantener los pesos en la mano. Otros retiran dinero de los bancos de sus cuentas de depósitos a plazo o de sus cuentas salariales para comprar dólares. Mientras tanto, el gobierno argentino parece que “fuma” en el medio de un polvorín. ¿Se acuerdan de los músicos del Titanic tocando sus instrumentos en la cubierta al tiempo que el transatlántico se venía a pique? ¿O recuerdan la película La caída, de los últimos días de Hitler en el bunker de Berlin? Tengo esas dos imágenes desde hace un tiempo cuando observo el comportamiento del gobierno argentino. Me imagino que muchas personas tendrán las mismas imágenes, lo cual es un incentivo a no hacer nada, a esperar que pase el diluvio.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina). Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.

Nueva refutación de Keynes:

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 10/6/12 en http://www.expansion.com/2012/06/10/opinion/tribunas/1339362190.html

A mediados de los años ochenta entrevisté a Hayek para Revista de Occidente, y me dijo: “Keynes era un genio, pero no era un buen economista”.

Esto último es lo que demuestra el joven investigador y profesor Juan Ramón Rallo en su libro Los errores de la vieja economía (Unión Editorial), que despliega una sana insolencia gracias a la cual no cree que las cosas sean verdad sólo porque las diga el más célebre de los economistas.

Así como la crisis de 1930 fue señalada por la izquierda como la prueba de que el capitalismo era intrínsecamente inferior al socialismo, la crisis actual también ha reverdecido a los enemigos de la libertad de todos los partidos, que ya no jalean a Marx con el entusiasmo de otrora, pero que están encantados redescubriendo a Keynes. Conviene, por tanto, refutarlo, que es el propósito de este libro.

Lo que escribe Rallo, en línea con Henry Hazlitt, es una “Guía de Keynes” siguiendo la Teoría General, pero no laudatoria, como las clásicas de Alvin Hansen o Raúl Prebisch, sino crítica. Empieza subrayando la equivocación de Keynes en su asalto a la Ley de Say, porque distorsionó al economista francés. A continuación desarrolla las tres variables exógenas que determinan, junto con el nivel de empleo, la demanda efectiva –la propensión a consumir, la eficiencia marginal de capital y los tipos de interés– y prueba sus interrelaciones, en contra de las tesis keynesianas.

Tras las tergiversaciones de Say vienen las definiciones confusas y los errores en el planteamiento de las unidades, en las expectativas y en la categorización del ahorro y la inversión. Los engaños del consumo keynesiano, esa especie de milagro que permite ahorrar sin dejar de consumir, culminan en propuestas disparatadas conforme a las cuales cualquier gasto mayor es bueno. Denuncia Rallo los errores de Keynes sobre el tipo de interés, el ahorro y la inversión; la eficacia marginal del capital no es decreciente a largo plazo ni inestable a corto. Y el problema no radica en la carestía de medios de pago, sino en “la extraordinaria e imprudente elasticidad en su creación y en las consecuencias de su destrucción acelerada”; Keynes no reconoce los problemas del capital “cegado por su obsesión contra el atesoramiento de dinero”. Demoniza erradamente la especulación, como tantos otros, y con sus falacias “consiguió anular el principal mecanismo de ajuste que existe en las economías capitalistas para coordinar de manera consistente los planes de todos los individuos”.

La conclusión del doctor Juan Ramón Rallo es que no es cierto que la salida de la crisis deba pasar por más gasto público y más inflación, medidas que pueden dificultarla. Tampoco cree en la trampa keynesiana, ampliamente compartida a derecha e izquierda, de que la coacción política y legislativa deba aumentar por nuestro bien o para salvar el capitalismo mediante el paradójico expediente de socializarlo.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.