Paradoja del Estado que no ha estado

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 31/10/17 en: http://www.expansion.com/opinion/2017/10/31/59f7920d22601d7a248b45aa.html

 

Se nos dice que, en Cataluña, hasta la semana pasada, el Estado no ha estado. En eso están de acuerdo todos menos los nacionalistas, que protestan por lo contrario.

¿Cómo se puede decir seriamente que el Estado no ha existido en Cataluña? ¿Es que acaso los catalanes han dejado de pagar impuestos? ¿Es que la creciente intrusión de la política y la legislación estatales en la vida y los bienes de los ciudadanos de España, que hemos padecido en las últimas décadas, milagrosamente no ha afectado a siete millones y medio de afortunados?

Es obvio que esto no ha sido así. Y resulta asombroso que se haya podido lamentar “la inexistencia del Estado en Cataluña” o “la precariedad del Estado mismo”. Un destacado analista llegó a este rarísimo diagnóstico: “el Estado carece de medios para imponer el respeto a su ordenamiento jurídico en Cataluña”. ¿Cómo va carecer de medios quien recauda todos los años un tercio del PIB?

La queja de los nacionalistas es análogamente paradójica, porque su capacidad de actuar como el Estado que de hecho son en Cataluña ha sido gigantesca, y la han aplicado sin rubor desde hace mucho tiempo. ¿Cómo pueden clamar por su impotencia frente al Estado cuando el Estado mismo les ha cedido no solo una apreciable cantidad de dinero sino el control de los principales instrumentos de intoxicación y sometimiento que tiene el poder en todo el mundo? ¿Alguien se cree que los nacionalistas habrían podido acumular el respaldo político del que gozan si no hubiesen podido disponer durante tantos años de la educación y la televisión pública, y de cuantiosas sumas de dinero para subvencionar a sus propagandistas, acólitos y catecúmenos?

Por lo tanto, ni el Estado ni los independentistas han carecido de medios, al contrario: ambos los tenían, aunque fueron los independentistas quienes los utilizaron para promover su proyecto hasta el momento de la proclamación de la independencia. Allí, y solo en esa intersección, ambos han chocado gravemente, pero no antes.

Esto nos sigue rodeando de paradojas e interrogantes. Ningún nacionalista deja de aspirar a crear una nación, y todos pretenden que su nación se convierta en un Estado. Nadie puede pretender que no lo hagan, igual que nadie puede mirar a un renacuajo y asegurar que jamás se convertirá en un sapo. Dirá usted: la diferencia estriba en que en España el Estado alimentó alegremente al renacuajo, como si confiara en que jamás iba a dejar de serlo. Es verdad, y la pregunta es: ¿por qué hizo algo tan absurdo?

Mi conjetura es que el Estado español de la transición democrática difícilmente habría podido crecer sin su conversión de centralista en autónomo. Las autonomías legitimaron y promovieron la espectacular expansión del gasto público que, de suponer sólo el 20% del PIB a la muerte del dictador, llegó al 50% apenas dos décadas más tarde. El Estado de bienestar y su vasto proceso redistribuidor fue su principal impulsor, sin duda, pero las autonomías ocupan un digno (es un decir) segundo lugar.

Era imposible para el propio Estado ejecutar esta descentralización y vetar a las fuerzas centrífugas que albergaba en su seno. Digamos, no podía permitir que tuviera el control de la educación la autonomía de Madrid y no la del País Vasco; y tampoco podía permitir que tuviera una televisión autonómica Andalucía, pero no Cataluña. Dada la existencia de nacionalismos en ambas comunidades, como también en otras, no cabía suponer que esas fuerzas no iban a utilizar dichos recursos para promover agendas independentistas con mayor o menor intensidad, según la oportunidad y las circunstancias.

Combinando esto con la legislación electoral que primó políticamente a los nacionalistas catalanes, entregándoles la llave de gobiernos del PSOE y el PP, se entienden las múltiples concesiones que obtuvieron, y que naturalmente utilizaron para aprovisionarse y seguir creciendo. Y a partir de ahora ¿qué? Como es natural, nadie lo sabe, pero no creo que necesariamente sea cierto eso de que “puede pasar cualquier cosa”. Por raro que parezca, entreveo que lo que puede pasar seguirá respetando la lógica política, incluyendo los episodios que me resultan más admirables, que son aquellos en donde los políticos están de acuerdo en incrementar la coacción, lo hacen, y lo plasman en acontecimientos que, para colmo, son ampliamente celebrados, como los Pactos de la Moncloa, que llevaron la presión fiscal al máximo de la historia de España. No descartemos ningún acuerdo, ni siquiera hoy, donde todo parece llevarnos a la catástrofe, y no olvidemos nunca que la política se especializa en salvarnos de catástrofes a donde ella misma nos ha conducido.

Como tantas otras paradojas, la paradoja del Estado que no ha estado se resuelve prestando atención, y observando que, al revés de lo que todo el mundo dice, el Estado sí ha estado. Más aún, los problemas que tenemos se derivan precisamente de eso.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Liberales fundamentalistas y estúpidos

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 19/4/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/liberales-fundamentalistas-y-estupidos/

 

Nacho Álvarez, secretario de Economía de Podemos, resumió en El País el plan económico de su partido, y escribió: “Solo desde el fundamentalismo neoliberal —o desde la ‘estupidez económica’, en palabras de Krugman— cabe defender hoy la prioridad de atajar los déficits públicos en la Eurozona, frente a los gravísimos problemas de empleo existentes”.

Es aventurado pensar simplemente que a más déficit mayor empleo. Puede uno recurrir a estratagemas retóricas, como la de llamar al liberalismo de toda la vida “fundamentalismo neoliberal”, que transmite la noción de gente extremista y de ideas cambiantes, curiosamente una deficiencia que aqueja más a las izquierdas que al liberalismo. Otro truco es insultar a través de demiurgo interpósito, en este caso Krugman, así que no parece como si a los liberales nos llamara estúpidos el señor Álvarez, que no es una figura destacada en la economía académica, sino un premio Nobel, nada menos. La debilidad del truco estriba en que si los argumentos de autoridad siempre son sospechosos, lo son aún más en economía.

Pero el doctor Álvarez cultiva ese tipo de razonamientos endebles. Por ejemplo, para justificar la expansión del gasto público que propone Podemos alega que su ritmo de crecimiento “es similar al que experimentó nuestra economía entre 2000 y 2008”, es decir, en plena burbuja que desembocó en su propia insostenibilidad.

Tras las consignas de rigor, “urge revertir los recortes en sanidad y educación”, que dan por supuesto lo que no se ha producido, y los brindis al sol: “luchar contra las desigualdades”, pero nunca contra la desigualdad entre el poder y sus súbditos, vuelve a dar señales de autoridad: “la expansión fiscal contemplada se enmarca en lo que la literatura especializada denomina balanced budget multiplier. El aumento del gasto público no se financia con mayor endeudamiento, sino con un incremento simultáneo de los ingresos públicos. …No se puede menospreciar el efecto multiplicador que una expansión del gasto tiene sobre la recaudación fiscal”.

Como subrayó Juan Ramón Rallo en El Economista, aquí el truco es inflar el multiplicador por encima de lo que estiman la mayoría de los economistas, en particular en la fase alcista del ciclo; en contextos como el actual, con elevados niveles de deuda, no cabe descartar un multiplicador bajo o incluso negativo. No es que el consenso sea la verdad revelada, pero sí conviene señalar que no existe en el mundo de la economía profesional y académica nada parecido a un consenso en favor de lo que el señor Álvarez proclama.

Pero don Nacho no está para estas cosas sino para anunciar: “La propuesta de Podemos no solo es necesaria para acometer los retos que tenemos por delante. Es también factible. Y pasa por converger con los países de la Eurozona en materia de ingresos y gastos públicos, como instrumento para consolidar y profundizar nuestra democracia”. Y quienes duden de tan vaporosa demagogia, sólo pueden ser fundamentalistas y estúpidos, evidentemente.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.