Argentina tiene que cambiar el Chip

Por Iván Carrino. Publicado el 31/5/18 en: http://www.ivancarrino.com/argentina-tiene-que-cambiar-el-chip/

 

Se necesitan cambios de fondo para que el país sea viable a largo plazo.

El mundo amaneció convulsionado este miércoles. Las bolsas cayeron en Estados Unidos, las monedas emergentes se depreciaron y el dólar volvió a fortalecerse.

Los temores ahora se enfocan principalmente en Italia, donde el tesoro debió pagar la tasa de interés más elevada desde 2013 para colocar letras a seis meses.

La tasa de interés del bono a un año, que hace un mes atrás rendía un número negativo de 0,38% (así como se escucha, uno debía pagar por invertir en dicho bono, en lugar de cobrar intereses), pasó a 1,04%.

La del bono a 10 años, subió desde 1,78% a 3,18%.

El tsunami de liquidez otrora impulsado por la Reserva Federal y seguido por los grandes bancos centrales del mundo como el europeo, el de Inglaterra y el de Japón, está retrocediendo… Y a los más desprevenidos los está agarrando con la guardia baja.

Se dice que el problema en Italia y España es que agrupaciones populistas están cerca de llegar al poder, lo que es cierto y genera más incertidumbre de lo normal. Pero la realidad es que lo frágil de la situación responde a sus gigantescas deudas públicas, que las administraciones “serias y conservadoras” de la actualidad no supieron resolver.

¿Suena familiar?

Argentina vulnerable

En este contexto de mayor aversión al riesgo, Argentina se enfrenta nuevamente a su crisis fiscal. La crisis fiscal, en este país, nunca se va. Es como una enfermedad crónica, que a veces muestra sus síntomas, pero otras veces los adormece.

La crisis fiscal crónica nos llevó a estar en default 52% de los años desde la Segunda Guerra Mundial hasta el año 2014.

Además, nos llevó a destruir 5 o 6 signos monetarios (el peso moneda nacional, el peso argentino, el eso ley, el austral, y seguro me olvido de alguno).

Ahora bien, ¿hay inflación porque los políticos son seres despreciables que odian a sus representados? Es una teoría. Sin embargo, una  eminencia tan destacada como Milton Friedman ofrecía otra sustancialmente diferente.

En tiempos en que la inflación era el tema de conversación número uno entre los economistas en Estados Unidos, Friedman aventuró:

Hemos tenido inflación no porque gente mala en la Reserva Federal decidió por sí misma acelerar la máquina de imprimir billetes, sino porque el público ha estado pidiendo inflación y evitando todo intento por frenarla… Nosotros, el pueblo, hemos estado pidiéndole al Congreso que nos dé cada vez más bienes y servicios, pero que no suba los impuestos. Y el Congreso nos hizo caso, imponiendo a la inflación como un impuesto oculto que sirva para financiar la diferencia.

El mismo argumento que Friedman utiliza para la inflación puede emplearse para la deuda pública. El político es un empresario de los votos, y hará todo lo que esté a su alcance para maximizarlos. Así, si los votantes quieren que el gobierno les dé la solución a todos sus problemas, entonces inevitablemente el gasto público será gigantesco.

Así, la deuda pública, la inflación, y las crisis derivadas del derroche estarán a la orden del día.

En este sentido, resultó paradójica la marcha convocada por los actores para repudiar al FMI. De acuerdo con su reclamo, que el FMI preste dinero y audite nuestras cuentas públicas equivale a entrar en el peor de los mundos posibles.

Lo que no ven, sin embargo, es que no hay FMI sin crisis de deuda pública… Y que no hay crisis de deuda pública sin exceso de gasto público, y que no hay exceso de gasto público sin políticos gastomaníacos que, debemos agregar, no existirían si el público no demandara que lo fueran.

Tenemos que cambiar el chip.

Le pedimos al gobierno demasiado, y el resultado es un gasto público impagable.

Cruzar una bondiola

El estado argentino no solo gasta mucho, gasta mal y gasta en exceso, sino que también nos regula demasiado.

Este tema es especialmente importante, dado que el gobierno de Macri postula que el gasto público “caerá” (en realidad, se licuará) una vez que crezca la economía… Ahora bien: ¿con esta carga regulatoria, cómo podremos crecer?

Gustavo Lázzari, economista de la Fundación Libertad y Progreso y, además, empresario frigorífico, explicó recientemente que “transportar una bondiola desde la Capital Federal al Gran Buenos Aires, un trayecto de no más de uno o dos kilómetros puede convertirse en una odisea.”

Tras sumar uno por uno los papeles y permisos que se necesitan, 21 para ser exactos, concluye que pasar una bondiola de un lado a otro de la Avenida General Paz es más engorroso de lo que era atravesar el Muro de Berlín.

El dato de la bondiola puede parecer caricaturesco, pero está respaldado por el prestigioso índice Doing Business del Banco Mundial. En dicho ránking internacional, que mide la facilidad para hacer negocios en 190 países distintos, Argentina ocupa el puesto 117, apenas por encima de Ecuador, y algo por debajo de Honduras y Paraguay.

De acuerdo al Banco Mundial, abrir un negocio legalmente es de las cosas más difíciles que enfrenta un  empresario en el país, así como conseguir un permiso de construcción. Otro rubro donde nos va mal es en la obtención de electricidad, curiosamente un sector hiperregulado con precios máximos (y congelados) decretados por el gobierno desde 2002.

La manía regulatoria no es propia del peronismo. Tan recientemente como ayer, el actual Ministerio de Educaciónresolvió que algunas tareas relacionadas con las tecnologías de la información necesariamente deberán ser llevadas a cabo por profesionales con título habilitante.

Un capítulo más de la fiebre regulacionista nacional.

Cambiar el chip

Con tasas del 40% anual, una muralla de dólares del Banco Central a venderse en 25 $ en el mercado mayorista de cambios, y un acuerdo con el FMI en proceso de cerrarse, las urgencias de corto plazo de la economía del país están claras.

Ahora mirando a largo plazo, los argentinos tenemos que cambiar el chip. No podemos seguir viviendo con crisis fiscal permanente, pero adormecida de a ratos. Y no podemos seguir pensando que el estado todo tiene que regularlo y supervisarlo.

Hay que cambiar la mentalidad, para tener un país más libre, y que eso derive en un crecimiento sostenible de largo plazo.

No hay atajos en este tema, solo así los países se hacen ricos y reducen la pobreza.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE

“Lamentablemente la prioridad no es cumplir metas de inflación”

Por Aldo Abram: Publicado el 22/3/18 en: https://www.elliberal.com.ar/noticia/405061/lamentablemente-prioridad-no-cumplir-metas-inflacion

 

Afirmó que se emiten pesos “para financiar al Estado: $150.000 millones el año pasado y eso se hace dándole a la maquinita”.

Tras conocerse los datos del IPC de febrero que marcaron una inflación de 2,4%, el economista Aldo Abram dijo que “lamentablemente, lo que está sucediendo es que la prioridad del Banco Central no es justamente cumplir con las metas de inflación”.

“Hoy no sabemos ni cuál va a ser la inflación durante este año”, sentenció Abram y enfatizó que “la prioridad del Banco Central desde que asumió esta gestión es licuar los problemas que genera el exceso de gasto público”.

“Fundamentalmente uno de ellos es el déficit fiscal, y entonces emiten pesos para financiar al Estado: $150.000 millones el año pasado y eso se hace dándole a la maquinita”, reseñó el director ejecutivo de la consultora Libertad y Progreso.

El economista remarcó también que se debe hacer una “distinción”, pues subrayó que “no es que haya inflación porque sube el dólar”.

De acuerdo con los datos oficiales, la variación núcleo fue del 2,1% el mes pasado, la más alta en diez meses; el IPC nacional marcó el 2,4%, por los ajustes en transporte, luz, prepagas, celulares y combustibles.

Diversos analistas sostienen que para lograr la meta de inflación anual que el Gobierno modificó en diciembre (al 15%) es necesario que, desde marzo, la suba de precios mensual sea de 1%.

 

Aldo Abram es Lic. en Economía y fue director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

Cepo al tipo de cambio y a la economía

Por Aldo Abram. Publicado el 23/1/13 en http://opinion.infobae.com/aldo-abram/2013/01/23/cepo-al-tipo-de-cambio-y-a-la-economia/

Cuando el gobierno dice que impuso el “corralito verde” para evitar devaluar, está cometiendo un grave error o engañando a la gente. Además, esta medida se transformará en un cepo que frenará la actividad económica.

El gobierno ha estado cubriendo sus excesos de gasto con una creciente transferencia de recursos desde el Banco Central. La autoridad monetaria no tiene capacidad de generar riqueza; por lo que, en su mayor medida, financia al Estado cobrándonos el famoso impuesto inflacionario.

No importa si lo que le transfiere al gobierno son divisas o pesos, en definitiva, a las primeras las tiene que adquirir emitiendo moneda local. Por lo tanto, cuando analizamos el incremento de la oferta monetaria de los últimos años, encontramos que el total se ha justificado en transferencias al Estado. Hay que tener en cuenta que el incremento del stock de pesos ha venido creciendo a porcentajes mayores al 35% e, incluso, al 40%. ¿Alguien puede creer que los argentinos necesitamos aumentar nuestras tenencias de pesos a semejantes tasas? Entonces, tienen una pista de por qué se ha depreciado nuestra moneda.

El peso es como cualquier bien. Tiene una demanda: nosotros (porque es medio de pago, reserva de valor y unidad de medida) y un oferente monopólico: el Banco Central. Si alguien produce más de un bien de lo que la gente demanda, el precio de ese bien caerá. El problema es que si hablamos de la moneda local, nos estamos refiriendo al metro con el cual valuamos todos los bienes y servicios de la economía. Por lo tanto, si su valor baja, el metro se está achicando y, por ende, todo lo que midamos con él aumentará su medida. Entonces, la inflación no es una suba generalizada de precios sino el achicamiento de nuestra unidad de cuenta.  Tengamos en cuenta que el peso también es el “metro” con el que medimos el valor de las monedas extranjeras. Por lo tanto, al depreciarse, vemos que el tipo de cambio sube.

El Banco Central ha estado cobrándonos un elevadísimo impuesto inflacionario para financiar al gobierno. Y de la misma forma que con la intervención del Indec oculta el reflejo de la verdadera depreciación del peso en el IPC, con el cepo evita mostrarla en el tipo de cambio oficial. El problema es que más allá de la alteración de las cifras gubernamentales, el peso sigue perdiendo valor.

Por lo tanto, la inflación es cada vez mayor y presiona en los costos de los empresarios. Sin embargo, el tipo de cambio oficial no refleja esa depreciación y, por ende, tampoco lo que cobran quienes fabrican bienes que compiten con similares del exterior. Es así como los sectores menos eficientes empiezan a sentir que pierden competitividad, quedan afuera del mercado y no pueden producir. Ya estuvimos viendo algo de esto durante 2012, en algunas economías regionales e industrias; pero podemos adelantar cómo seguirá la película mirando lo que pasa en Venezuela.

El “chavismo” impuso un cepo cambiario en 2003. A pesar de que devaluaron su moneda varias veces, y mucho, la necesidad de financiarse con impuesto inflacionario creciente (hasta 2011 fueron líderes en la región, en materia de inflación) implicó que el tipo de cambio real oficial cayera fuertemente. Es decir, lo que el gobierno reconoció de la pérdida de valor del bolívar, en el precio del dólar oficial, fue un porcentaje menor al real.

Por lo tanto, para los productores, los costos subieron por el ascensor, pero sus precios quedaron atados a un dólar oficial que lo hacía por la escalera. Si bien Venezuela fue siempre un gran exportador de hidrocarburos, el porcentaje de exportaciones no petroleras rondaba el 20%; pero, a partir de la vigencia del cepo, su participación se derrumbó hasta alcanzar el 5%.

Volvamos a la Argentina. Muchos se entusiasman con que el buen clima permita una buena cosecha gruesa y que el nivel de actividad de Brasil siga ganando en velocidad para que pueda incrementar su demanda por nuestros productos industriales. Ambas cosas deberían mejorar nuestras deprimidas exportaciones. Eso es cierto. Sin embargo, el problema es que el cepo se encargará de que el efecto sea coyuntural. No sólo porque nuestros empresarios manufactureros verán que les cuesta cada vez más competir con sus costos por la demanda brasileña sino porque tampoco nuestro agro saldrá indemne.

Tomemos el producto en el que somos más competitivos, la soja. Cuando el productor venda su próxima cosecha estará recibiendo bastante menos del 50% del valor real de su producto, descontado solamente la retención (en 2011, ese porcentaje fue de más del 60%). El cepo le reconocerá menos del 70% del verdadero valor en pesos del dólar, sobre un precio internacional que tuvo una quita previa del 35%. Por lo tanto, cuando analice el beneficio final del negocio y se dé cuenta de que este resultado tenderá a desmejorar mientras permanezca el cepo cambiario (en 2014, con suerte recibirá algo más de 40%), los que siembran en áreas marginales dejarán de hacerlo. Aquellos que lo hacen en la zona núcleo invertirán menos, debido a las previsibles menores ganancias. Por lo tanto, aun en la zona más productiva, los rendimientos bajarán.

En síntesis, si el efecto del cepo cambiario sobre el sector más eficiente de la economía local será desastroso, cabe imaginarse cuál será el impacto sobre los que no tienen la suerte de tener semejantes ventajas comparativas. No es difícil prever que la situación se volverá crítica para muchos exportadores y productores; por lo que el “corralito verde” será insostenible en el mediano plazo. Esto llevará a “megadevaluaciones” del tipo de cambio oficial y a una gran inestabilidad. Es decir, si tenemos la suerte de que el campo y Brasil nos regalen un “veranito” económico, disfrutémoslo.

Durante 2013, al impacto negativo del cepo, habrá que sumarle el enorme estrés político previsible para una elección legislativa donde el gobierno “irá por todo” (ya que considera que, si no hay reforma constitucional, se queda sin nada); por lo que aumentará la fuga de capitales y se retraerá el consumo y la inversión. Así, no es difícil prever que el nivel de actividad vuelva a desacelerarse en la segunda parte del año y empiecen a aparecer en el horizonte los “nubarrones” de la recesión.

No hace falta ser Madrake, sino tomarse el trabajo de observar que, en el mundo y en la Argentina (más de 20 programas con cepo en 70 años) todos los regímenes de control cambiario terminaron mal. Lástima que los que están en el gobierno hayan decidido repetir, tantas veces, este fracasado esquema. ¿Aprenderemos de esta nueva frustración?

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .