Argentina y Wall Street esperando los resultados de las elecciones en Estados Unidos

Por Alejandro A. Tagliavini: Publicado el 3/11/20 en: https://www.dataclave.com.ar/economia/argentina-y-wall-street-esperando-los-resultados-de-las-elecciones-en-estados-unidos————————_a5fa0bcdcdaaeb8185c91bf06

La economía de EE.UU. creció 7,4 % (33,1% anualizado, récord) en el tercer trimestre, superando las expectativas. Pero el PBI todavía está 3,5% debajo del pico anterior a las cuarentenas. Si este martes gana Trump, Wall Street podría ponerse eufórica. Todas las encuestas dan por triunfador a Biden, pero algunos tienen dudas.

Entretanto, el BCRA, para “controlar” al dólar, en octubre vendió casi US$ 1.000 M. Y Paraguay que no reprime al dólar ni tiene retenciones ya está entre los principales exportadores de soja y su banco central con exceso de dólares. A ver, el dólar no se dispara, el peso cae por la inflación, el exceso de emisión monetaria en tiempo real: 

En octubre la Secretaría de Finanzas obtuvo $420.583 M, finalizando el mes con un financiamiento neto positivo de unos $250.000 M, el mayor rollover del año. Pero esto se debe básicamente a personas no pueden salir al exterior. De hecho, gran parte se recaudó con instrumentos dólar linked que, por cierto, podrían muy bien ser defaulteados y, aun cuando se sincere la devaluación, para entonces probablemente se haya ganado más con el oro.

Pero como toda represión al mercado, esto no es natural y, por tanto, más temprano que tarde estallará por algún lado. Economía pretende mostrar un ordenamiento monetario y anunció que hasta fin de año no pedirá dinero al BCRA, financiándose con deuda del mercado local, buscando reducir la emisión. Lo que elevará las tasas provocando recesión, ergo, caída en la demanda de dinero en tiempo real con lo que -recordando que inflación es sobreoferta de dinero en tiempo real- esta sobreoferta seguirá porque la demanda caerá más que la oferta.

A la vez, Economía informó que la recaudación creció encima de la inflación, casi 44% i.a. en octubre. Pero el blue, que muestra con más certeza la inflación -ya que es la devaluación del peso, no el aumento del IPC encorsetado por el gobierno- subió 143%, o sea que la recaudación cayó brutalmente en términos reales, reales de los de verdad.

Ahora Argentina tiene un problema de, por lo menos, mediano plazo porque no se ven ideas claras en la oposición. El principio filosófico de todo esto es que la violencia siempre destruye, como ya lo sabían los filósofos griegos, i.e. Aristóteles, que la definían como aquello que pretende desviar al cosmos de su curso natural. Es decir, cualquier represión estatal -utilizando el monopolio de la violencia, su poder policial- es necesariamente destructivo.

Entre los que critican el gasto hay quienes están de acuerdo con la cuarentena o lo estaban y, ahora, que toca pagar la fiesta, se desdicen. A ver, los confinamientos cuestan mucho dinero y, siendo el Estado el responsable, tiene que aumentar el gasto. De modo que, para bajar el dispendio estatal, debe empezarse por levantar toda restricción al mercado.

Por cierto, más allá de que las personas en libertad pueden manejar cualquier epidemia con mayor eficacia que la proverbial ineficiencia estatal, las consecuencias de las represiones -violencia- estatales conllevan consecuencias mucho más negativas que las del virus: como relata Oxfam, los desnutridos en el mundo aumentarán hasta 270 millones este año, 82% más que en 2019.

Luego, como dice el keynesianismo, el gasto estatal -eventualmente financiado con emisión monetaria- ¿estimula la demanda de bienes y servicios y así, en un círculo virtuoso, aumenta la producción absorbiendo oferta monetaria, evitando la inflación (la sobreoferta)? O ¿es contraproducente como dice la oposición? Pues lo que destruye es la violencia, no otra cosa.

Desde el 2003 hasta el 2016, el gasto del sector público consolidado pasó del 22,7% al 41,5% del PBI y, desde entonces, se disparó tipo Space X. Pero el error de los críticos del gobierno consiste en creer que el Estado solo puede financiarse de tres modos: deuda, emisión y recaudación impositiva. En estos tres casos sí se utiliza la fuerza policial del Estado, con la que se recaudan los impuestos, se impone el curso forzoso de la moneda que se emite y, finalmente, se toma deuda precisamente garantizada por el cobro coactivo de impuestos. Y por ello son destructivos.

La emisión monetaria tampoco sería un problema si la economía creciera al ritmo necesario para absorber esos billetes. Pero como el PBI no crece, el exceso de emisión -en tiempo real- es inflación, desvaloriza el peso. La carga impositiva destruye porque es dinero coactivamente retirado del trabajador, lo que resulta en ineficiencia desde que la eficiencia es definida por cada persona, ya que supone el servicio más adecuado a la necesidad de cada individuo, en tiempo real. En cuanto al endeudamiento estatal, en principio, provoca una suba de tasas dificultando crédito para el sector productivo.

Pero no es cierto que estos tres sean los únicos métodos para financiar el gasto, no existe relación directa entre aumento del gasto público y caída del PBI. Eventualmente, por caso, el Estado podría vender parte de las casi infinitas propiedades que posee -edificios deshabitados como la imponente residencia de Mansilla en Belgrano, innumerables terrenos, pasando por empresas y mucho más- y con lo recaudado solventar ese gasto. Y esto sería reactivador desde que propiedades inutilizadas o ineficientemente manejadas pasarían a contribuir al crecimiento del PBI. 

Con deshacerse de estas empresas el ahorro sería de $347.274 M en 2021, como twitteó Ramiro Marra:

Otra propuesta de la crítica opositora es la de echar empleados públicos. Pero hacerlo hoy es contraproducente porque, dado que la oferta y demanda de trabajadores está encorsetada por leyes laborales, esto produciría un desempleo que, entre otras cosas, potenciaría el delito. De modo que, antes, debe desregularse el mercado laboral para que se produzca plena ocupación, al principio con salarios muy bajos -mejor que nada- y, luego, habrá que desregular el panorama empresario y de inversiones de modo que crezcan, demanden mano de obra y así aumenten las remuneraciones.

Por cierto, ese es el modo de combatir el delito: logrando plena ocupación y salarios dignos y no con más represión policial que, por el contrario -otra incoherencia- aumenta el gasto estatal.

Ahora, desregular el mercado laboral es complicado porque los gremios se opondrían, y tienen mucha fuerza represiva a partir del Estado que se las garantiza: por ejemplo, obligando a los trabajadores, incluso a los no afiliados, a aportar dinero a los sindicatos. De modo que, el primerísimo acto de gobierno, que la oposición ni cuenta, es la desregulación de la actividad sindical de manera que existan todos los sindicatos que quieran -o no- los trabajadores y que aporten, o no, a los que prefieran.

Así las cosas, como muestra este gráfico de Infobae Profesional, no hay inversión rentable, contra el blue. El Merval, ajustado por CCL, está en alrededor del 17% de su máximo, en 2018, cuando llegó a los USD 1800. 

De modo que Argentina está fuera de foco como para que las elecciones en EE.UU. puedan, en principio, interesar. En cuanto a Wall Street, viene aflojando ante las dudas por los comicios y la falta de acuerdo por más “incentivos” fiscales (léase, burbuja para hoy inflación para mañana).

La economía de EE.UU. creció 7,4 % (33,1% anualizado, récord) en el tercer trimestre, superando las expectativas. Pero el PBI todavía está 3,5% debajo del pico anterior a las cuarentenas. En tanto que el índice de manufacturas (ISM manufacturing index) subió al 59,3 desde el 55,4 superando también las expectativas.

Si este martes gana Trump, Wall Street podría ponerse eufórica. Todas las encuestas dan por triunfador a Biden, pero algunos tienen dudas. Este gráfico de JP Morgan muestra que las apuestas a favor de Trump superan a las del 2016:

Y este martes el mercado estará muy atento a los resultados, que podrían ir anticipándose, a raíz de que el voto por correo ha aumentado mucho y gran parte ya ha sido emitido, y algunos Estados como Florida y Carolina del Norte pueden contar esos votos antes del día de las elecciones y publicarlos apenas cierre la votación.              

Ahora, supuestamente Wall Street ganaría con el triunfo de los republicanos porque favorecerían a las grandes corporaciones. Sin embargo, el récord de crecimiento del S&P 500 se lo lleva Bill Clinton que, aun siendo demócrata, hizo uno de los gobiernos más pro mercado de la historia moderna de EE.UU., incluso más que Reagan:

El Dow Jones cayó en octubre -4,61% y casi -6% en el año con la recuperación del lunes, el S&P 500 -3,33% en octubre y gana 1% en 2020 y el Nasdaq 100 cae -3,2% en el mismo mes, y siguió cayendo ayer, pero aun sube 26% en lo que va del año. Decepcionaron los resultados de beneficios de las tecnológicas y, entre viernes y lunes, Apple (NASDAQ:AAPL) bajó más de -6%, Amazon (NASDAQ:AMZN) y Facebook (NASDAQ:FB) más de -7,50% y, la sorpresa, Twitter (NYSE:TWTR) se hundió casi -27%. Se salvó Alphabet (NASDAQ:GOOGL), que supera el 4,50% de subida.

Entretanto si el oro no termina de dispararse es, precisamente, porque apurados por sus balances críticos, los bancos centrales han sido vendedores netos en el tercer trimestre.    

Según Ego Von Greyerz hay que prepararse para “el peor colapso de la historia humana”. EE.UU. es un país en bancarrota con déficits presupuestarios desde 1930, excepto cuatro años en las décadas de 1940 y 1950. La consecuencia ha sido una deuda en aumento exponencial hasta los USD 27 B. Von Greyerz cree que la deuda podría llegar fácilmente a USD 100 B, o incluso 1000 B cuando estalle la burbuja de los derivados.

Cuando comenzó la crisis de 2006, el balance de la Fed era de USD 830.000 M: 

Mirando los déficits presupuestarios previstos para los próximos 4 años, más los problemas acelerados en el sistema financiero, es probable que el balance de la Fed explote. El nuevo presidente inundará la economía de dinero y así los mercados de valores quizás se dupliquen en un período de 9 a 18 meses, pero luego podrían caer más del 90% en términos reales, y esta vez que los bancos centrales no podrán salvarlos.

Imprimir cantidades ilimitadas de dinero siempre tiene consecuencias. Desde 1971 el dólar ha perdido un 98% en términos reales, frente al oro:

Según Von Greyerz, el dólar está comenzando ahora su viaje final a cero, como muestra la tabla. Podrían utilizar “computadoras cuánticas”, ironiza, que pueden imprimir billones y miles de billones de dólares.

Así, finalmente, estallarán las materias primas, hoy en un mínimo de 50 años frente a las acciones a las que podrían superar en 20 veces, según se muestra en el gráfico siguiente. Y estas materias primas, por cierto, incluyen a la gallina de oro argentina -que están matando con las retenciones- la soja, como señalaba en una columna anterior.

Oro, plata y platino superarán ampliamente a las acciones. El Dow Jones perderá 97% frente al oro en los próximo cinco años, estima Von Greyerz, en tanto que Goldman Sachs espera que alcance los USD 2.300/onza en 2021, objetivo que podría resultar muy conservador.

 En fin, si bien mantener metales físicos almacenados en bóvedas seguras fuera del sistema bancario y bursátil -ya que ambos podrían estallar- es costoso, muchos lo recomiendan, incluso más que las acciones de las mineras de oro que hoy tienen una mejor performance que el metal físico.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Asesor Senior de The Cedar Portfolio, Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

Un pasito hacia el sinceramiento

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 29/12/17 en: https://alejandrotagliavini.com/2017/12/29/un-pasito-hacia-el-sinceramiento/

 

Dice la Escuela Austríaca de Economía, en mi opinión la más seria, que la inflación es la depreciación del signo monetario como consecuencia del exceso de emisión -de oferta- monetaria por sobre lo que demanda el mercado, en tiempo real. Esto del “tiempo real” es crucial y es lo que la diferencia de los neo keynesianos y la escuela clásica. Porque implica que, una vez producida la inflación, se disparan millones de decisiones -de millones de ciudadanos- imposibles de detener, para empezar, porque son imposibles de conocer.

O sea, una vez emitido el exceso, la inflación se instaló y, entonces, cualquier intervención de la autoridad monetaria solo puede agravar la situación, contra lo que opinan las otras escuelas. De aquí que las Lebac, al contrario de lo que dice el neo keynesianismo -lo mismo que la escuela clásica- hoy vigente, son inflacionarias porque las personas dejan de demandar dinero para invertirlo en estos papeles aumentando el spread con la emisión, en tiempo real.

Otra cosa es el IPC que popularmente se confunde con inflación y que no necesariamente coinciden: por razones estacionarias o circunstanciales algunos precios podrían aumentar provocando un aumento del IPC sin que esto fuera el resultado de la inflación. Por cierto, el cálculo del IPC es arbitrario según qué artículos se consideren y según quién y cómo se realice la encuesta.

Así las cosas, el gobierno anotó que las “metas de inflación” -la política anti inflacionaria del BCRA- perdieron credibilidad, como que es una teoría falaz, y no quiere correr el riesgo del estancamiento económico que conlleva la política “monetaria dura”. Más allá de demostrar que la independencia del BCRA siempre fue una falacia, y si bien están a años luz de una política sana, los nuevos anuncios acercan la cosa un pasito al bajar las tasas artificialmente fijadas por el BCRA, con fines “anti inflacionarios”, y que solo agravan la situación, amén de provocar un redireccionamiento artificial de capitales productivos hacia la bicicleta financiera.

Nadie tomaba como un número creíble el 10% más dos puntos de margen que el Banco Central había fijado como meta inflacionaria para 2018. De hecho, el Relevamiento de las Expectativas del Mercado (REM) que realiza el BCRA, pronosticaban una “inflación” del 16,6% para el 2018. Y, de hecho, esa cifra estaba en sintonía con la partida para los jubilados y pensionados que el propio Palacio de Hacienda suscribió en el proyecto de Presupuesto 2018. Por otra parte, las primeras paritarias que se van cerrando, en sectores como bancarios, apuntan al entorno del 20%.

Otro problema serio de la tasa artificialmente alta es que presiona el dólar hacia la baja. Al bajar las tasas, al contrario de lo que es creencia popular, un aumento del dólar podrá traer aumento de algunos precios -y quizás del IPC, según cómo se calcule- pero no de la inflación real que es solo exceso de oferta de pesos. Y estos precios que aumenten -mientras que todavía se están digiriendo las subas de gas, luz, combustibles y prepagas y el salto del 25% en el boleto que viene- pueden provocar un reacomodamiento en los hábitos de consumo, pero nada tienen que ver directamente con la inflación.

Probablemente, este sinceramiento del gobierno provoque una disminución en la inflación real desde que el gobierno se verá más presionado a desacelerar la brutal emisión monetaria que venía a un ritmo de más del 26% anual.

Sturzenegger no quiso dar mayores precisiones sobre qué ocurrirá con la tasa, pero el mercado financiero tuvo una reacción clara en el sentido de fuerte baja de la tasa de las Lebac en el mercado secundario que explicaron, en parte, el salto de 4,6% en pocas horas apenas conocidas las nuevas medidas.

Algunos, como Martín Redrado, creen que la modificación de la meta de inflación complicará a quienes tomaron un crédito hipotecario UVA, ya que encarecerá aún más la cuota vigente y aconsejó a los nuevos tomadores esperar hasta marzo o abril que es cuando la situación mejoraría. Lo que no está para nada claro.

Lo que sí queda claro es que la burbuja inmobiliaria que el gobierno creo -con la rentabilidad de los alquileres por debajo de cualquier inversión- se verá perjudicada porque es muy probable que los precios de venta de los inmuebles en moneda dura bajen. Y la construcción es hoy uno de los principales pilares del “crecimiento” económico, crecimiento que en apariencia podría verse perjudicado -según se mide el PIB- pero que en verdad mejorará… o caerá menos.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.