MÁS SOBRE LA PRIVACIDAD Y LA CULTURA

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 22/3/18 en: http://radiocadenasol.com.ar/portal/mas-sobre-la-privacidad-y-la-cultura/

 

Desde diversas corrientes de pensamiento hay la preocupación que señala Milan Kundera: “La persona que pierde su intimidad lo pierde todo”. Hoy observamos que la utilización de los formidables medios de comunicación se utilizan muchas veces para aniquilar a la persona y para quedar incomunicado. Así, se observa que algunos consideran que no han hecho nada si no exhiben lo vivido en las redes sociales, son seres vacíos en el sentido apuntado por T. S. Eliot en el libro que lleva por título Los hombres huecos. Son más bien simples megáfonos de la moda. También se constata la cantidad de jóvenes que están físicamente con un interlocutor, pero simultáneamente están mirando la pantalla de su teléfono, con lo cual, en definitiva, no están ni con uno ni con otro.

De más está decir que esto no es para cargar contra los medios de comunicación, del mismo modo que no es para cargar contra el martillo si en lugar de clavar un clavo se lo utiliza para romperle la nuca al vecino.

Hay dos libros de nuestra época que muestran la preocupación respecto de la privacidad y la cultura desde dos ángulos opuestos. Se trata de La sociedad del espectáculo, de Guy Debord y La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa. El primero pretende endosar la responsabilidad del asunto al sistema capitalista y hace una reinterpretación marxista de la sociedad con todo el tufo totalitario del caso, mientras que el segundo suscribe la importancia de la libertad y el respeto a las autonomías individuales propias del liberalismo, pero advierte respecto de conductas inconvenientes que, si bien no lesionan derechos de terceros, voluntariamente afectan aspectos relevantes del progreso cultural.

Esta última visión es la que suscribo, en la que la cultura deriva de cultivarse, naturalmente como ser humano y no entrenarse a producir ruidos guturales, a gatear o retrotraerse a las cavernas. Sin embargo, notamos que, en la actualidad, el batifondo y la imagen sustituyen a la conversación y la lectura de obras que alimenten el alma.

Los lugares en donde en gran medida se reúnen los jóvenes están tan dominados por altísimos decibeles que apenas pueden intercambiar la hora y el nombre de pila, para no decir nada de la exploración de Ortega y Gasset (que a veces los sujetos en cuestión estiman que se trata de dos personas).

En la era digital, y a pesar de sus extraordinarias contribuciones adelantadas entre otros por Nicholas Negroponte desde MIT en Being Digitalhay estudiosos que se alarman con razón de la falta de concentración y la degradación del lenguaje que, por ejemplo, provoca la ametralla y el tartamudeo de tuits que con 140 caracteres limitan la comunicación y el lenguaje, por tanto, el pensamiento.

La mendicante solicitud de amistad por esas vías me parece poco serio y hasta un tanto ridículo. Ahora Facebook, la muy popular red social, se encuentra en un serio entredicho por la filtración de datos privados y por posibilitar la aparente falsificación de identidades, lo cual presenta un problema de seguridad para sus millones de usuarios.

Por su parte, muchas de las manifestaciones artísticas del momento no se basan en criterios estéticos elementales al mostrar, por ejemplo, un inodoro con un trozo de materia fecal como símbolo de arte y así sucesivamente.

Hay en general una tendencia marcada a divertirse, esto es, como la palabra lo indica a divertir, a separar de las faenas y las obligaciones cotidianas para distraerse, lo cual es necesario pero, si se convierte en una rutina permanente, se aparta de lo relevante en la vida para situarse en un recreo constante, lo cual naturalmente no permite progresar.

Pero hay todavía otro aspecto en este asunto de la intimidad que comentamos al principio de esta nota periodística. Según el diccionario etimológico, “privado” proviene del latín privatus, que significa en primer término ‘personal, particular, no público’. El ser humano consolida su personalidad en la medida en que desarrolla sus potencialidades, y la abandona en la medida en que se funde y confunde en los otros, esto es, se despersonaliza. La dignidad de la persona deriva de su libre albedrío, es decir, de su autonomía para regir su destino.

La privacidad o intimidad es lo exclusivo, lo propio, lo suyo, la vida humana es inseparable de lo privado, lo privativo de cada uno. Lo personal es lo que se conforma en lo íntimo de cada cual, constituye su aspecto medular y característico. Es la base del derecho. Es el primer paso del derecho de propiedad. Cada persona tiene el derecho de resguardar y preservar su privacidad y decidir qué parte de su ser prefiere compartir con otras personas y cuál hace pública para conocimiento de todos los que se interesen por esa faceta de la personalidad. El entrometimiento, la injerencia y el avasallamiento compulsivo de la privacidad lesionan gravemente el derecho de la persona.

La primera vez que el tema se trató en profundidad fue en 1890, en un ensayo publicado por Samuel D. Warren y Louis Brandeis en la Harvard Law Review, titulado “El derecho a la intimidad”. En nuestro días, Santos Cifuentes publicó el libro titulado El derecho a la vida privada, donde explica: “La intimidad es uno de los bienes principales de los que caracterizan a la persona”, “el desenvolvimiento de la personalidad psicofísica solo es posible si el ser humano puede conservar un conjunto de aspectos, circunstancias y situaciones que se preservan y se destinan por propia iniciativa a no ser comunicados al mundo exterior”, puesto que “va de suyo que perdida esa autodeterminación de mantener reservados tales asuntos, se degrada un aspecto central de la dignidad y se coloca al ser humano en un estado de dependencia y de indefensión”.

Tal vez la obra que más ha tenido repercusión en los tiempos modernos sobre la materia es La sociedaddesnuda, de Vance Packard y la difusión más didáctica y documentada de múltiples casos es probablemente el libro en coautoría de Ellen Alderman y Caroline Kennedy, titulado The Right to PrivacyLos instrumentos modernos de gran sofisticación permiten invadir la privacidad, sea a través de rayos infrarrojos, captación de ondas sonoras a larga distancia, cámaras ocultas para filmar, fotografías de alta precisión, espionaje de correos electrónicos y demás parafernalia que puede anular la vida propiamente humana, es decir, la que se sustrae al escrutinio público.

Lo verdaderamente paradójico es la tendencia a exhibir la intimidad voluntariamente, sin percatarse de que dicha entrega tiende a anular al donante.

Desde que el hombre es hombre ha habido la posibilidad de utilizar instrumentos para bien o para mal. El garrote del cavernícola podía utilizarse como defensa contra las fieras o para liquidar a un contendiente desprevenido. El asunto es que, en una sociedad abierta, las agencias defensivas y los árbitros en competencia prevengan y repriman las lesiones a los derechos de las personas en el contexto de un proceso evolutivo de descubrimiento de los mecanismos más idóneos para el logro de esos cometidos.

Sin duda que se trata de proteger a quienes efectivamente desean preservar su intimidad de la mirada ajena, lo cual, como queda dicho, no ocurre cuando la persona se expone al público. No es lo mismo la conversación en el seno del propio domicilio que pasearse desnudo por el jardín. No es lo mismo ser sorprendido por una cámara oculta que ingresar a un lugar donde abiertamente se pone como condición la presencia de ese adminículo.

Si bien los intrusos pueden provenir de agentes privados, que tienen que ser debidamente procesados y penados, hoy debe estarse especialmente alerta a los entrometimientos estatales, inauditos atropellos legales, a través de los llamados servicios de inteligencia, las preguntas insolentes de formularios impositivos, la paranoica pretensión de afectar el secreto de las fuentes de información periodística, los procedimientos de espionaje y toda la vasta red impuesta por la política del gran hermano orwelliano como burda falsificación de un andamiaje teóricamente establecido para preservar los derechos de los gobernados.

Todas las Constituciones civilizadas declaran preservar la privacidad de las personas, pero en muchos casos es letra muerta debido a la permanente acción avasalladora de las impertinentes estructuras gubernamentales que se hacen presentes en los vericuetos y los recovecos más íntimos del ser humano. Esa intimidad de la que nace su diferenciación y su unicidad, que, como escribe Julián Marías en Persona: “Es mucho más que lo que aparece en el espejo”.

  • En ese contexto y en tantos otros en los que se constatan tantos abusos de las maquinarias estatales, suele producirse un temor reverencial a la mal llamada “autoridad”. Mal llamada porque la expresión proviene del latín autor, para significar ‘el creador’, el que conoce de cierto tema, es decir, quien tiene autoridad moral e intelectual. Por una extensión ilegítima que ha ido aceptando la costumbre y por una expropiación contrabandeada, aquellos que son por naturaleza autoritarios puedan vestirse con plumas ajenas. Así es que se permite la aplicación del término al mandamás, esto es, al que se respalda en la fuerza bruta despojada de la cual queda desnudo de genuina autoridad y de peso propio. Esos personajes son los que en no pocos lares, debido a sus personalidades raquíticas, se hacen llamar “reverendísimo”, “excelencia”, “majestad” y otros dislates de calibre equivalente. Relata Kapuscinski en El Sha o la desmesura del poder que los títulos oficiales de ese gobernante eran “Rey de Reyes, Sombra del Todopoderoso, Nuncio de Dios y Centro del Universo” (sic).

James Bovard advierte, en La libertad encadenada, acerca de los estropicios provocados por aparatos políticos enmascarados en el ideario libertador que se inmiscuyen en las vidas y las haciendas de todos y van convirtiendo a la sociedad libre en un verdadero Gulag esclavizante. Y, como escribe Tocqueville en La democracia en América, todo comienza en lo que aparece como manifestaciones insignificantes: “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”. Eso, como se ha repetido, ocurre con la rana: si se la coloca en un recipiente con agua hirviendo, reacciona de inmediato y salta al exterior, pero si se le va aumentando la temperatura gradualmente, se muere incinerada sin que reaccione, fruto de un acostumbramiento malsano y a todas luces suicida.

Es de desear que se recuperen la cultura y la privacidad para bien de la sociedad abierta, nada puede hacerse en este sentido como no sea a través de la persuasión, ya que se trata de un proceso axiológico muy diferente al atropello del Leviatán, que es de una naturaleza muy distinta a la de los actos voluntarios. De lo contrario, como advierte Vargas Llosa: “Nos retrotraeremos a la condición de monos” (los humanos se convertirán en El mono vestido tal como titula su libro Duncan Williams).

En lo que se refiere al Leviatán, reitero lo dicho por el jeffersionano y doctor en leyes Leandro N. Alem en la legislatura argentina, en 1880: “Gobernad lo menos posible. Sí, gobernad lo menos posible porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad, más gobierno propio tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

LA IMPORTANCIA DE LOS BUENOS MODALES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

“El hábito no hace al monje” reza un conocido proverbio a lo que mi amigo Jacques Perriaux agregaba “pero lo ayuda mucho”. Las formas no necesariamente definen a la persona pero ayudan al buen comportamiento y hace la vida más agradable a los demás.

 

Hoy en día, en gran medida se ha perdido el sentido del buen hablar. En primer lugar, debido al uso reiterado de expresiones soeces. Las denominadas “malas palabras” remiten a lo grotesco, a lo íntimo, a lo repugnante y a lo escandaloso. Los que no recurren a esas expresiones no es porque carezcan de imaginación, es debido a la comprensión del hecho de que si se extiende esa terminología todo se convierte en un basural lo cual naturalmente se aleja de la excelencia y las conversaciones bajan al nivel del subsuelo. Por su parte, los términos obscenos empobrecen el lenguaje y como éste sirve para pensar y para la comunicación, ambos propósitos se ven encogidos y limitados a un radio estrecho.

 

Entonces, aquello de que “el hábito no hace al monje, pero lo ayuda mucho” pone en evidencia una gran verdad y es que las apariencias, los buenos modales y, en general, la estética, tienen una conexión subliminal con la ética. Cuanto más refinados y excelentes sean los comportamientos y más cuidados los ámbitos en los que la gente se desenvuelve, más proclive se estará a lograr buenos resultados en la cooperación social y el indispensable respeto recíproco como su condición central.

 

Esto  no significa que un asesino serial pueda estar encubierto y amurallado tras aparentes buenos modales, significa más bien que se tiende a reforzar y a abrir cauce al antes mencionado respeto recíproco. Se ha dicho en diversas oportunidades que en la era victoriana había mucho de hipocresía, lo cual es cierto de todas las épocas pero no cambia el hecho de que en esa etapa de la historia el ocultamiento de lo malo traducía un sentido de vergüenza que luego se perdió bajo el rótulo de la sinceridad que pusieron al descubierto las inmoralidades más superlativas con la pretensión de hacerlas pasar por acciones nobles.

 

Las normas morales aluden al autorrespeto y al respeto al prójimo en las respectivas preservaciones de las autonomías individuales basadas en la dignidad y autoestima. De más está decir que lo dicho nada tiene que ver con el dinero sino con la conducta, lo que ocurre es que en las sociedades abiertas los que mejor sirven los intereses de los demás son los que prosperan desde el punto de vista crematístico y, por ende, se espera de ellos el ejemplo, lo cual en los contextos contemporáneos ha mutado radicalmente puesto que en gran medida los patrimonios no son fruto del servicio al prójimo sino de la rapiña lograda con el concurso de gobernantes que se han extralimitado en sus funciones específicas de proteger derechos para, en su lugar, conculcarlos. Mal puede esperarse ejemplos de una banda de asaltantes.

 

La literatura, la escultura, la pintura y la música son evidentemente manifestaciones de cultura por antonomasia. Sin embargo, en la actualidad, tal como he consignado antes, por ejemplo, Carlos Grané apunta en El puño invisible: arte, revolución y un siglo de cambios culturales que el futurismo, el dadaísmo, el cubismo y similares son manifestaciones de banalidad, nihilismo, vulgaridad, escatología, violencia, ruido, insulto, pornografía y sadismo (en el epígrafe de su libro aparece una frase del fundador del futurismo Filippo Tomaso Marinetti que reza así: “El arte, efectivamente, no puede ser más que violencia, crueldad e injusticia”).

 

¿Qué ocurre en ámbitos cada vez más extendidos en aquello que se pasa de contrabando como arte? Es sencillamente otra manifestación adicional de la degradación de las estructuras axiológicas. Es una expresión más de la decadencia de valores. En este sentido se conecta la estética con la ética. No se necesitan descripciones acabadas de lo que se observa en muestras varias que a diario se exhiben sin pudor alguno: alarde de fealdad, personas desfiguradas, alteraciones procaces de la naturaleza, embustes de las formas, alaridos ensordecedores, luces que enceguecen, batifondos superlativos, incoherencias múltiples y mensajes disolventes. En el dictamen del jurado del libro mencionado de Grané -que obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Isabel Polanco (presidido por Fernando Savater), en Guadalajara- se deja constancia de “los verdaderos escándalos que ha vivido el arte moderno”.

 

¿Qué puede hacerse para revertir semejante espectáculo? Solo trabajar con paciencia y perseverancia en la educación, es decir, en la trasmisión de principios y valores que dan sustento a todo aquello que puede en rigor denominarse un producto de la humanidad, alejándose de lo subhumano y lo puramente animal, en un proceso competitivo de corroboraciones y refutaciones que apunten a la excelencia y no burlarse de la gente con apologías de la fealdad y explotar el zócalo del hombre con elogios a la indecencia, la ordinariez y a la tropelía.

 

Incluso la forma en que nos vestimos trasmite nuestra interioridad. La elegancia y la distinción se dan de bruces con los piercing, los tatuajes, los pelos teñidos de colores chillones, estrambóticas pintarrajeadas del rostro y las uñas, la ropa zaparrastrosa y estudiados andrajos en el contexto de modales nauseabundos, ruidos guturales patéticos que sustituyen la fonética elemental. La bondad, lo sublime, lo noble y reconfortante al espíritu naturalmente hacen bien y fortalecen las sanas inclinaciones. El morbo, el sadismo, lo horripilante y tenebroso dañan la sensibilidad y afectan lo mejor de las potencialidades del ser humano.

 

Hace años con mi mujer observamos en un subterráneo londinense un enorme cartel con la figura de Michel Jackson con los labios pintados, cambios en la pigmentación y operaciones y estiramientos varios en el que se leía “If this is the outside, what goes on in the inside?”. También ingleses que trasmitían radio en el medio de la nada en África durante la Segunda Guerra Mundial lo hacían vestidos de smoking “to keep standards up”.

 

El deterioro en los modales que subestima la calidad de vida al endiosar la grosería y lo chabacano, también tiende a anular el sentido de las expresiones ilustrativas que se consideran pasadas de moda tales como caballero y dama pero que se utilizaban para indicar conductas excelsas que presuponen buenas conductas. Ya Confucio, quinientos años antes de Cristo, escribió que “Son los buenos modales los que hacen a la excelencia de un buen vecindario. Ninguna persona prudente se instalará donde aquellos no existan” y, en 1797, Edmund Burke sostenía que para la supervivencia de la sociedad civilizada “los modales son más importantes que las leyes”.

 

Estimo que antes de las respectivas especializaciones profesionales, debiera explorarse el sentido y la dimensión de la vida para lo cual hay una terna de libros extraordinarios que merecen incorporarse a la biblioteca: The Philosophy of Civilization de Albert Schweitzer, Adventures of Ideas de Alfred N. Whitehead y Human Destiny de Lecomte du Noüy. Después de esa lectura tan robusta y de gran calado, entre otras muchas cosas, se comprenderá mejor el apoyo logístico que brinda la cobertura de los modales al efecto de preservar las autonomías individuales.

 

Termino esta nota periodística con una nota a pie de página sobre cambios de formas y modas que son en verdad neutras sobre las que nada hay que objetar. Tengo in mente lo que viene ocurriendo con las librerías a raíz de la irrupción de los ebooks. Al cierre de la célebre cadena Borders, ahora se agrega la clausura de la librería Universal de Miami que ha hospedado a tantos hispanoparlantes. Personalmente no concibo la posibilidad de reemplazar la mirada sobre los lomos en mi biblioteca, ni el olor a tinta, ni la satisfacción de acariciar el papel. Puede que sea un tanto anticuado, pero siento que en mi biblioteca están muchos de mis amigos a los que necesito recorrer con la vista diariamente como una especie de liturgia o gimnasia ritual que abre las puertas del alma y prepara y sirve de introito a las faenas de la jornada.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.