FLORES EN LAS PIEDRAS

Por Sergio Sinay: Publicado el 15/6/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/06/flores-enlas-piedras-por-sergio-sinay.html

 

Hay mujeres que dignifican la política con valores y moral mientras otras adoptan lo peor de una masculinidad tóxica y depredadora.

A mi amigo Oscar Barrio, que me inspiró la idea

Al menos cuatro mujeres tienen un papel destacado en el destapado de las cloacas de la corrupción kirchnerista. Son Lilita Carrió, Margarita Stolbizer, Mariana Zuvic y Graciela Ocaña. Han corrido y corren riesgos, se enfrentan a una verdadera banda de delincuentes cuyos siniestros tentáculos quedan más en evidencia cada día, mientras quienes fueron cómplices por acción u omisión, quienes fueron admiradores y seguidores, fanáticos y “militantes”, callan, mienten sobre su pasado reciente, lo ocultan, o balbucean grotescas falacias explicativas. La mafia K ha demostrado de muchas maneras y durante mucho tiempo todo aquello de lo que es capaz y hasta dónde llega su falta de escrúpulos y su inmoralidad. Esto vale desde la cúpula hasta la base, y no hay arquitecta egipcia que pueda construir un refugio donde esconder el latrocinio obsceno que protagonizaron.

Las cuatro mujeres nombradas llevan adelante su lucha desde hace muchos años, durante los cuales soportaron desvalorizaciones, indiferencia, descalificaciones abiertamente machistas, amenazas y concretos peligros físicos. Algo en ellas recuerda a Las Troyanas, de Eurípides (uno de los padres de la tragedia griega, ese género inmortal), a las integrantes del Batallón de la Muerte del ejército ruso que, comandadas por María Bochkariova, dieron a sus colegas varones una lección de integridad durante la Primera Guerra inmolándose por sus ideales, a Juana Azurduy, que luchó en el Alto Perú por la independencia americana, y a tantas otras que la memoria posterga u olvida mientras glorifica hazañas masculinas.

Cuando las mujeres enarbolan las banderas de la justicia, de la decencia, de la paz, de la moral lo hacen sin retorno, seguramente con miedo (cómo no tenerlo en un mundo atravesado por la violencia artera y devastadora) y también con un enorme coraje espiritual. Una mujer lanzada a esas batallas no se quiebra, no traiciona, no concede. No puede hacerlo, porque sus luchas, siempre en desventaja, se dan en territorios que han sido regidos por los hombres y por sus leyes de impiedad, de devastación, de manipulación. Mujeres así cambian la política, la ennoblecen, la enriquecen, la limpian. No se trata de que no haya en esos campos hombres dignos, los hay, pero no marcan la tendencia, son también ellos descalificados, repelidos por el establishment hegemónico. A esos hombres, estas mujeres los potencian. Y a estas mujeres, esos hombres las celebran. Juntos pueden integrar la fuerza de lo femenino con la sensibilidad de lo masculino.

 

Así como esas mujeres dignifican la política y la amamantan con valores y esperanza, hay otras que la ensucian, la corrompen, la envilecen poniéndose a la altura de lo peor de una masculinidad rancia y tóxica, pero vigente y todavía hegemónica. Esas mujeres tienen nombre también: se llaman Cristina Fernández, Dilma Roussef, Diana Conti, Nilda Garré o Margaret Tatcher, por nombrar unos pocos ejemplos. Ellas dañan a la sociedad en su conjunto, pero, peor, dañan a las mujeres que traen luces y aires mejores, porque dan a los machistas de siempre (entre los cuales militan muchas mujeres) el pasto que les permite fortalecer sus oscuros dogmas y prejuicios. Así es que antes de juzgar livianamente a Carrió, Stolbitzer, Zuvic, Ocaña y otras como ellas deberíamos preguntarnos si no hay algo que tenemos que agradecerles y si no hay algo en lo que podemos imitarlas para que no sean heroínas solitarias.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

LA TRAGEDIA Y SUS AUTORES

Por Sergio Sinay: Publicado el 4/3/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/03/la-tragedia-y-sus-autores-por-sergio.html

 

(Prólogo a la nueva edición corregida y aumentada del libro La sociedad de los hijos huérfanos, de reciente aparición)

Tres chicos de entre 12 y 14 años murieron en accidentes de cuatriciclos en el mes que fue de mediados de diciembre de 2015 a mediados de enero de 2016. Uno de ellos en Hualfin (Catamarca), otro en Tres Lomas (Buenos Aires) y el restante, y más difundido por los medios, en el balneario de Cariló. No fueron casos excepcionales, sino apenas la repetición de una tragedia que se cumple en cada verano. Desde que Esquilo, Sófocles y Eurípides, grandes autores griegos, perfeccionaran los mecanismos de este género (en los siglos IV y V antes de Cristo), sabemos que la tragedia se refiere a mecanismos que los dioses ponen en marcha, generalmente como castigo a los excesos de los humanos, y que esos mecanismos marcharán hacia un terrible final sin que nadie pueda detenerlo. Al contrario, cada acción de los protagonistas durante la trama conduce inexorablemente a ese final.

Cuando los padres abandonan sus funciones de liderazgo, cuando dejan de poner norte y propósito a la crianza de sus hijos, cuando pretenden tercerizar sus funciones procurando que las asuman el colegio, los gobernantes, Internet, la televisión, las niñeras, los psicólogos, cuando se desentienden de sus responsabilidades, cuando aspiran a  convertirse en pares (falsos amigos) de sus hijos, cuando transforman las relaciones con ellos en simples transacciones comerciales (“Te compro esto o lo otro a cambio de tu cariño, o de que te portes bien o de que no te lleves materias”), cuando esas y otras conductas parentales se naturalizan y se convierten en norma, se desencadenan en la vida real (y no ya en los escenarios en que se representan Edipo, Antígona, Medea o incluso las grandes e inmortales obras de Shakespeare, como Macbeth o Hamlet) los mecanismos de la tragedia.

Las muertes que cada año sufren o provocan los chicos en cuatriciclos son perfectas tragedias. Como lo es la epidemia de comas alcohólicos que cada fin de semana se registra en clínicas y hospitales, de los cuales dan cuenta los médicos de guardia, resultado previsible de las “previas” que la publicidad de los vendedores de alcohol alientan bajo eufemismos como “encuentro” u otros parecidos. Frente a esa “moda” y frente al dogma de que no hay diversión si no hay alcohol, una mayoría de padres muestra indolencia, pasividad, desidia y hasta un temor pusilánime a intervenir y poner normas y límites. En el mejor de los casos esta actitud puede llamarse irresponsable y en el peor criminal (porque acaso le quepa la figura de abandono de persona).

Los mecanismos de la tragedia aletean también en la violencia escolar, en las muertes de chicos que conducen alcoholizados los autos que sus padres les prestan o les regalan sin condiciones (estas catástrofes aumentan año a año y son noticia rutinaria los fines semana en todo el país); hay tragedia, además, en la dramática dimensión que alcanza la drogadicción juvenil (ante padres que insisten en no ver o  en decir imperdonablemente que eso les ocurre a otros chicos pero no a los propios). Y aunque no lo parezca, los ingredientes de la tragedia se cuecen incluso en el voraz consumismo infantil, fogoneado por un marketing que carece de escrúpulos éticos (aunque se llene la boca con excusas en las que aparecen palabras como “motivación”, “aspiración”, “tendencias”, etc.) y cuenta con la complicidad de padres a quienes no les cabe la justificación de la ingenuidad.

El peor mensaje

Son todas tragedias, porque desde el comienzo se sabe cómo será el final y porque ese final nunca es, ni puede ser, feliz. Además tiene un nombre: hijos huérfanos.  Ellos son las víctimas. Hijos que sufren la peor de las orfandades, aquella que se padece cuando los padres están vivos pero ausentes de sus funciones. Hijos dejados a la deriva, sin límites, con mensajes confusos acerca de las coordenadas para guiarse en la vida, sin liderazgo moral, sin una educación en valores que sea provista por los padres desde sus propias actitudes. Un chico que maneja un cuatriciclo a una edad en que no puede hacerlo, en un lugar en el que no puede hacerlo y carente de toda protección (la más elemental, un casco) es un chico al cual el padre que le proveyó ese cuatriciclo le transmitió un mensaje claro: las leyes están para violarlas, todo se puede (sólo basta con desearlo), la vida de aquellos a quienes puedas dañar no vale nada (los otros no importan) y la tuya tampoco. Vivir no es encontrar un sentido y dejar el mundo un poco mejor de cómo lo encontraste, dice ese mensaje. Vivir es simplemente pasarla bien y no importa cómo.

La primera edición de este libro (varias veces reeditado luego) es del año 2007. Lo escribí en aquel momento guiado por una profunda preocupación y, lo confieso, por una acentuada indignación provocadas por el panorama de desolación, riesgos y desamparo en el que veía transitar sus infancias y adolescencias a la mayoría de los niños y adolescentes de esta sociedad. Una sociedad de hijos huérfanos, independientemente de su ubicación en el espectro social y económico. Este no es un problema de chicos pobres (aunque la pobreza aporta sus ingredientes) ni de chicos ricos (aunque la riqueza aporta también sus ingredientes). No es un problema de chicos cuyos padres trabajan mucho (esa no es excusa), o son demasiado jóvenes y “no saben” (esta otra excusa no es válida a partir de que se tienen hijos). Es un problema de chicos nacidos y criados en una cultura que en todas sus capas sociales es hoy individualista, hedonista, donde cada quien (aun cuando la paternidad o la maternidad le recuerden que es responsable de otras vidas) está sumergido en el ejercicio egoísta de pasarla bien, de usar al otro o descartarlo, de transar económica, afectiva o sexualmente.

Desde aquella primera edición (que para mi sorpresa y esperanza fue el inicio de una fecunda vida para el libro, que interesó y movilizó a muchas más personas de las que hubiera imaginado), las cosas no cambiaron demasiado. Y acaso empeoraron. Porque una cosa es estar enfermo y no saberlo (motivo por el cual uno puede actuar de maneras que empeoran su enfermedad) y otra mucho más grave es conocer el diagnóstico y acelerar las conductas que lo agravarán. Y creo que viene ocurriendo esto último. Las noticias y datos sobre la orfandad funcional que es el tema de este libro están a la vista a cada minuto en los medios, en la realidad, en nuestro entorno cercano, en los espacios que habitamos y transitamos, en el mundo en que vivimos. Son innegables, resultan imposibles de esquivar, no es necesario que vayamos en su búsqueda, vienen hacia nosotros. Nos interpelan. Sin embargo una masa crítica de padres los sigue ignorando o continúa eludiendo y desviando responsabilidades.

Luminosas minorías

Una masa crítica es, en la física, la cantidad de combustible a partir de la cual se puede producir una reacción nuclear en cadena. Y traducido a la sociología se refiere al número de personas alcanzado el cual se desata un fenómeno social. En el caso del que me ocupo en este libro, la conducta evasiva de unos pocos padres respecto de sus responsabilidades y funciones no hubiera generado una sociedad de hijos huérfanos. Pero cuando el número de padres que manifiesta esa actitud supera al de aquellos otros que se abocan a sus roles y funciones con compromiso, responsabilidad, presencia y atención, el resultado es predecible y comprobable. La tragedia está a la orden del día.

En este relanzamiento de La sociedad de los hijos huérfanos he renovado unas pocas cifras pero no he modificado conceptos. En verdad, más que una actualización se trata de agregados. En general elegí dejar algunas pasmosas cifras de 2007 que cito en el libro para pintar el panorama de la violencia adolescente, de la drogadicción, de la mala alimentación, del uso tóxico de medios electrónicos y nuevas tecnologías, del consumismo desmadrado y de otras disfuncionalidades y opté por agregarle datos actualizados a fin de que se pueda observar la permanencia y el avance del fenómeno. El profesor José Pepe Presti (quien afortunadamente se incorporó a mi vida durante mi educación secundaria) marcha hacia sus 90 años de edad con la misma lucidez y el mismo fervoroso compromiso que entonces con la causa de la educación y de los hijos, por lo cual el apéndice de este libro que lo incluye se repite sin modificaciones y con toda su vigencia ejemplar.

Este prólogo, que se agrega ahora, ratifica, y acaso aumenta, mi preocupación, mi inquietud, mi dolor y mi indignación ante la indiferencia, la reiterada y pétrea indolencia de tantos padres en el abandono de sus funciones de educadores, de transmisores de valores, de líderes éticos, de orientadores existenciales en la vida de sus hijos. Padres vivos de hijos huérfanos.

 

Semana a semana, mes a mes, año a año, viajo por el país doy charlas, hablo con docentes doloridos por esta misma cuestión y con padres que, en minoría, con tesón, con coraje moral, se mantienen firmes como faros en la tormenta y honran su maravillosa condición. Son esos padres y esos docentes los que mantienen encendidas fogatas de esperanza en los oscuros e impenetrables bosques de la indiferencia y la irresponsabilidad. Muchos de ellos extienden su función parental más allá de sus propios hijos y cubren con ella a algunos de los tantos huérfanos que nos rodean. Son una brújula, indican la dirección y el camino. Pensé en ellos durante mi nueva inmersión en estas páginas y espero que de alguna manera les ayude a continuar en la tarea de dejarle a la sociedad hijos que mañana sean padres nutrientes, presentes, guías confiables, educadores de generaciones que no queden huérfanas. Mientras otros padres (una mayoría) se desentienden, esta vigorosa minoría persiste en hacer del mundo un lugar mejor.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.