Mis críticas al pensamiento de Murray N. Rothbard

Por Adrián Ravier.  Publicado el 10/3/20 en: https://puntodevistaeconomico.com/2020/03/10/mis-criticas-al-pensamiento-de-murray-n-rothbard/?fbclid=IwAR1kMzlEdJ83plHSQscDIkuQovOnjRoR4pJhdqGh5qpUFTjIuWlC3lmWaoI

 

El pensamiento de Murray Rothbard difiere fuertemente del de sus antecesores Carl Menger, Eugen von Böhm Bawerk, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. En este post, quiero identificar algunos elementos polémicos, los que dividen a la tradición austriaca. Mientras unos los ven como un progreso de la tradición, otros autores lo ven de manera crítica. En mi caso, si bien soy crítico, quiero aclarar que identificar estos elementos no implica ignorar sus aportes relevantes, como es el caso de su teoría de los monopolios, destacada en varios lugares.

  • Historia del pensamiento económico. Rothbard ha desarrollado dos tomos cuya lectura recomiendo, pero contienen excesos que no se pueden ignorar. El primero es analizar los autores y las escuelas de pensamiento desde la visión que él tenía como austriaco en 1995. Aislar a los autores del contexto en que escribieron sus obras es injusto y una mala manera de proceder en este campo de estudio. El segundo fallo es ignorar la tradición del orden espontáneo en la que participaron Adam Smith, David Hume y Adam Ferguson. Más al detalle noto que sobredimensiona los aportes de la escolástica y en particular la escuela de salamanca y subestima al pensamiento clásico. (Aquí argumento el punto).
  • Epistemología de la economía. Rothbard elabora toda la teoría económica de manera deductiva, coherente, sistemática, pero cree que podemos prescindir de los elementos empíricos. Machlup, por el contrario, cree que al construir la teoría económica uno necesita apoyarse también en hipótesis auxiliares y empíricas (antropológicas, sociológicas y jurídicas), además de las condiciones iniciales. Gabriel Zanotti ha elaborado este tema en extenso (Ver aquí). Este artículo de Zanotti junto a Nicolás Cachanosky resulta central en el debate moderno (Ver aquí). Este debate entre Rothbard y Machlup resulta fundamental pues los rothbardianos han adoptado posiciones radicales basadas precisamente en su metodología.
  • Rothbard tiene posiciones que considero sumamente polémicas en el área monetaria, lejanas a su maestro Ludwig von Mises, y también a Friedrich Hayek, y otros autores modernos especialistas en el área como Lawrence H. White, George Selgin, Steven Horwitz, Roger W. Garrison, Richard Ebeling, Nicolás Cachanosky, entre otros. Rothbard habla de “inflacionismo”, por ejemplo, cuando se da cualquier política que expande la oferta monetaria, pero Mises ha dejado claro que habrá “inflación” sólo en la medida que la oferta monetaria supere a la demanda de dinero. El debate más extendido dentro de la Escuela Austriaca se ha dado respecto de las reservas fraccionarias, pero Mises ha sido muy claro en el cap. 17, sección 11 de su tratado de economía bajo el subtítulo “Libertad monetaria” que bajo “banca libre” la competencia limitaría la expansión de medios fiduciarios sin necesidad de imponer controles a los bancos en el manejo del encaje. Rothbard, y a partir de él otros autores como Jesús Huerta de Soto han elaborado argumentos jurídicos, económicos, históricos e incluso morales para argumentar en favor de un encaje del 100 %, pero pienso que poco a poco la EA moderna tendió a abandonar esta posición que hoy es más reducida. Para tratar este tema sugiero el libro de George Selgin, Libertad de emisión del dinero bancario.
  • Rothbard también es conocido por su ética de la libertad o anarcocapitalismo. Si bien valoro que el alumno en el aula se exponga a estas posiciones radicales por el desafío que implica repensar las funciones del estado en la economía (yo mismo me defino a veces como un anarquista hayekiano -ver la falsa dicotomía aquí-), también parecen ignorarse dentro de ciertos círculos austriacos que la EA fue principalmente liberal, al menos en los planteos de Mises y Hayek. Algunos rothbardianos abandonan entonces todo el debate sobre controlar al leviatán, mediante constituciones, república, reglas fiscales y monetarias, federalismo y descentralización, que se ha extendido con el public choice, por ejemplo, y que si bien continúan la tradición de Mises y Hayek, chocan con el pensamiento de Rothbard. Pienso que la EA moderna no puede ignorar el debate más institucional que ofrecían estos otros autores, y que también aportan otros compañeros de camino (Ronald Coase, James Buchanan, Gordon Tullock, Jeffrey Brennan, Douglas North, entre otros).
  • Un aspecto microeconómico no menor en Rothbard es su posición contraria a la tradición del orden espontáneo. Este aspecto que señalé más arriba al tratar dos tomos de HPE no fue un olvido. Rothbard es crítico de la tradición del orden espontáneo, lo que genera una ruptura central con Hayek y los autores escoceses.
  • Y cierro con un aspecto que se ha destacado en varios lugares. Rothbard tuvo dificultades para publicar sus aportes en las revistas especializadas en economía. Por eso fundó su propio Journal of Libertarian Studies, el que es sumamente interesante para los jóvenes que quieran acercarse a sus ideas. Pero al hacerlo, y al continuar los austriacos modernos con ese comportamiento sectario, se aisló a la EA. Debemos recordar que la EA se consolidó sobre la base de los debates que Mises mantuvo con los socialistas, y que luego se extendieron también a Hayek, quien mantuvo otros debates con Keynes y Cambridge, además de la discusión sobre la teoría del capital de Knight y Clark. La EA debe recuperar ese protagonismo con debates abiertos frente a autores destacados del mainstream economics. Seguir ofreciendo un trabajo que se publica con carácter exclusivo en revistas propias de la tradición sin dudas es cómodo, pero mantiene a la tradición del pensamiento en la marginalidad. Desde luego hay excepciones, con destacados austriacos que publican en revistas bien rankeadas, pero son precisamente quienes se han opuesto al trabajo de Rothbard y su comportamiento sectario. En Argentina, en particular, existe la Asociación Argentina de Economía Política, en cuyas reuniones anuales asisten unos 500 economistas de todo el país. Pienso que los austriacos deben asistir a esta reunión y promover el debate. Sólo de ese modo podemos recuperar protagonismo (mis últimos aportes aquíaquíaquí y aquí).

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

La Reserva Federal y la regla de la tasa de interés natural

Por Adrián Ravier. Publicado el 11/12/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/12/11/la-reserva-federal-y-la-regla-de-la-tasa-de-interes-natural/

 

En 2014 ofrecimos, junto a Erwin Rosen, una regla monetaria para que la Reserva Federal (Fed, de aquí en más) evite seguir generando burbujas bursátiles e inmobiliarias de impacto global, como las de 1930, 2001 y 2008, entre otras. El trabajo se publicó en el Quarterly Journal of Austrian Economics, y se puede ver aquí. Lo interesante del caso es que hoy la Fed parece seguir esta regla.

¿Qué es la tasa de interés natural y qué ocurre cuando la Fed se aleja de ella?

El economista sueco Knut Wicksell escribió un trabajo en 1898 donde diferenciaba entre la tasa de interés natural que surge por la dinámica del mercado, y la tasa de interés “de mercado”, que es la que se ve influenciada por las políticas monetarias de la Reserva Federal. Explicó con claridad que cuando la tasa de mercado está por debajo de su nivel “natural”, la economía se sobre-expande. Por el contrario, cuando está por encima, se frena.

Fue Ludwig von Mises quien tomó la posta de aquella contribución y elaboró la teoría austriaca del ciclo económico, combinando la distinción de Wicksell sobre la tasa de interés con la política monetaria de David Ricardo y la teoría del capital de su maestro Eugen von Böhm Bawerk. Cabe resaltar que en el marco de esta teoría Mises prefirió hablar de mala inversión en lugar de sobreinversión, evidenciando que la tasa de interés es un precio que transmite información acerca de aquello que ocurre en el mercado de créditos, y que un nivel inferior al natural significaría enviar información falsa a los empresarios, quienes podrían entender que hay más recursos financieros disponibles para la inversión que aquello que los ahorristas están dispuestos a ofrecer. Con una tasa menor a su nivel natural, proyectos de inversión que no eran rentables ahora se vuelven rentables y sobreviene un “auge insostenible” que más tarde se sigue de fases de crisis y depresión. La teoría austriaca del capital logra mostrar “detalles microeconómicos” del impacto de estas políticas dentro de la estructura intemporal de la producción.

En el ya famoso y clásico debate entre Friedrich Hayek y John Maynard Keynes (resumido en estos dos entretenidos videos de rap) se pueden observar dos posturas frente a esta regla. Mientras Hayek sugería seguir la regla para evitar generar ciclos económicos, Keynes advertía que era una posibilidad para estimular la economía de acuerdo con el ciclo político, desconociendo los efectos de largo plazo, hoy ya reconocidos en la literatura.

¿Pero puede medirse la tasa natural? Si bien conceptualmente seguir la tasa de interés natural evitaría seguir generando ciclos económicos, la dificultad de conocer su nivel ha generado dudas sobre la posibilidad concreta de seguir una regla como la de Wicksell. Respondiendo concretamente a la pregunta, no, no se puede medir con precisión su nivel.

Pero si al menos la Fed intentara estimar y seguir esa tasa natural, en lugar de intentar estimular y frenar la economía a discreción para buscar el objetivo del pleno empleo, entonces el aporte ya sería significativo.

Con Erwin Rosen estudiamos aquellas estimaciones hoy disponibles de la tasa natural y encontramos que el trabajo de Laubach y Williams, dos economistas que ya ofrecen estimaciones para la Fed y el Banco Central Europeo, medían esta posible tasa natural de interés. Su nivel surge de tomar en cuenta, entre otros factores, la brecha que existe entre el PBI real y potencial.

En nuestra investigación descubrimos que la medición de la tasa natural en el período 2001 y 2005 estaba en torno al 5%, lo que manifiesta el “too low too long” (o “demasiado bajo por demasiado tiempo”) que hoy es moneda corriente en la explicación de los economistas sobre las causas de la burbuja inmobiliaria que terminó en la gran recesión de 2008.

¿Qué relevancia tiene esta regla después de 2008? La regla de la tasa de interés natural es importante porque deja entrever que, tras la crisis de 2008, la Fed podría estar generando nuevas burbujas con su tasa de interés cero, la que de hecho mantuvo en niveles muy bajos por casi una década.

Lo interesante del caso es que la baja de tasas de 2008 se justificaría de acuerdo con el nivel que adquirió la medición de Laubach y Williams en los años siguientes, justificado quizás por el “saving glut” o acumulación de ahorros que proviene de Asia.

La corrección hacia arriba del nivel de tasas de interés también parece responder a esta regla, subiendo lentamente desde 2016 hasta llegar al 2,25% actual.

Si bien el mercado ya descontaba una nueva suba de un cuarto de punto en diciembre de 2018 y al menos otras dos para 2019, el nuevo presidente de la Reserva Federal Jerome Powell abrió dudas sobre una eventual pausa argumentando precisamente que “están justo por debajo de su nivel de equilibrio”.

Lo cierto es que la tasa de interés actual en 2,25% ya estaría superando el nivel medido por Laubach y Williams, lo que significa que seguir incrementando su nivel impone a la economía un innecesario freno.

¿Qué relevancia tiene esta “eventual pausa” para el futuro? Que cambia el escenario de relativa iliquidez que el mercado ya había descontado, lo cual vuelve más optimista a los inversores para abandonar la idea de buscar una potencial mayor tasa de bonos americanos a 10 años y volver a la economía real. Reduce la posibilidad de una nueva crisis global, al tiempo que las subas previas evitan seguir inflando una posible burbuja bursátil. En otros términos, siguiendo a Wicksell, si la Fed sigue la regla de la tasa de interés natural, ni estimula ni frena a la economía, lo que en definitiva es lo que una medida ortodoxa debería buscar.

Para Argentina, la noticia no puede ser mejor en el año electoral. Un escenario de menor iliquidez, sumado a la reciente reunión exitosa del G20 en Buenos Aires, que entre otras conclusiones parece poner pausa también a la guerra comercial entre China y Estados Unidos, podría significar inversiones reales en el país que formen un motor adicional para la necesaria y esperada recuperación económica.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín. Es director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE.

“Leo teorías sobre si pueden existir sociedades sin Estado”

Por Martín Krause. Publicado el 27/11/17 en: http://www.laprensa.com.ar/458302-Leo-teorias-sobre-si-pueden-existir-sociedades-sin-Estado.note.aspx

 

NUESTROS ECONOMISTAS, EN LA INTIMIDAD. Martín Krause aboga por un aparato público reducido. Vuelve siempre a las obras de Jorge Luis Borges. No pudo terminar “El Capital”, de Marx. El rugby, una pasión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 – ¿Qué libros de economía está leyendo ahora? ¿Suele leer varios libros a la vez?

-Estoy leyendo papers de economía, no libros. En particular, de tres áreas específicas que son la teoría de los juegos, la economía experimental y la sicología evolutiva. Aún más específico, estoy leyendo las últimas contribuciones en estas áreas relacionadas con la provisión voluntaria de bienes públicos, la cooperación y la posibilidad de que se puedan alcanzar órdenes espontáneos sostenibles en el tiempo. Para ponerlos en términos más “agresivos”, estoy leyendo si la más moderna teoría sostiene la idea de que puedan existir sociedades u órdenes sociales voluntarios, sin coacción, es decir, sin estados. En cuanto a libros, leo y vuelvo a leer a Borges, sus libros, sus entrevistas y otros libros sobre él y su obra. Y cada tanto intercalo algún otro autor.

2 – ¿Qué autor nuevo o clásico descubrió últimamente? ¿Por qué motivos lo atrapó?

-Leda Cosmides y John Tooby, un matrimonio que dirige el Center for Evolutionary Psychology en California, quienes han generado un área nueva en las ciencias sociales que, creo, va a revolucionar nuestra ciencia. Sus investigaciones se relacionan, en parte, con la economía de la conducta, por la que recibiera el último premio Nobel Richard Thaler, pero van mucho más allá explicando muchos de esos casos en las conductas como resultados de largos procesos evolutivos.

3 – ¿Podría mencionar un economista de cualquier época que considere injustamente olvidado?

-Eugen von Böhm-Bawerk, austríaco, no solamente fue un gran teórico, que desarmó la teoría del valor-trabajo de Marx y la plusvalía, sentó las bases de la teoría del capital. También fue ministro de Economía del entonces Imperio Austro-Húngaro, uno de los países más libres del momento (fines del siglo XIX).

4 – ¿Algún economista contemporáneo o clásico que le parezca sobreestimado, o que no haya estado a la altura de sus expectativas?

-Joseph Stiglitz. Se dedicó a investigar temas relacionados con la economía de la información pero partiendo de conclusiones erróneas. Nótese que digo que parte de “conclusiones” porque es obvio adónde quiere llegar, a tratar de mostrar que los mercados “fracasan” en la provisión de información, que ésta es un bien público y que el Estado debe cumplir un rol activo para proveerla. Toda ciencia que parte de las conclusiones a las que se quiere llegar no es ciencia sino que es ideología. Otro premio Nobel antes que él, Friedrich A. Hayek ya había mostrado que los mercados son como enormes sistemas de generación y uso del conocimiento y, al contrario, las intervenciones estatales modifican e interfieren las señales.

5 – ¿Hay alguna página web o blog sobre economía que frecuente?

-Bueno, la propia porque la utilizo mucho para las clases que dicto: http://www.bazar.ufm.edu.

6 – Fuera de la economía, ¿qué le gusta leer para relajarse? ¿Lee ficción o sólo ensayos?

-Como dije antes, Borges y más Borges.

7 – ¿Recuerda uno o más libros consagrados que se le resistieran y no haya podido terminar de leer?

-El Capital, de Marx. Hay pocos tan aburridos.

8 – ¿Qué otro economista de cualquier época le hubiera gustado ser, ya sea por su obra o por su vida? ¿Lee biografías de economistas?

-Alguno de los clásicos, como Adam Smith o John Stuart Mill, porque dominaban profundamente varias ciencias sociales: economía, filosofía política, historia, ética.

9 – ¿Admira a alguno de sus colegas? ¿Con quien le gustaría compartir el gabinete en el Ministerio de Economía?

-Nunca quisiera estar en el Ministerio de Economía. Es más, creo que un tal ministerio no debería existir. Solamente el de Hacienda para manejar las cuentas públicas y nada más, nada de ministerios de Producción, o de Agricultura, o de Industria, o de Energía.

10 – ¿Podría recomendar alguna película de economía?

-Serían muy aburridas, pero todas tienen algo de economía porque la economía estudia la acción humana en un entorno de escasez, y siempre vamos a encontrar personajes que de una u otra forma están tomando decisiones “económicas”.

11 – ¿Qué mira en Netflix o en el cable? ¿Le gustan las series? ¿Podría recomendar alguna?

-Rugby o series. De rugby, todo lo que se pueda ver. De las series, son mejores las inglesas que las norteamericanas. Tal vez la mejor sea Black Mirror.

12 – ¿Cuándo supo que quería ser economista? ¿Qué autor le marcó su vocación?

-De a poco. Había cursado varias materias en la UBA pero el verdadero interés vino leyendo historia y casos como el del milagro alemán después de la Segunda Guerra, en particular las reformas implementadas por Ludwig Erhard.

13 – ¿A cuál de sus profesores recuerda con especial cariño?

-Horacio Pericoli. Le discutíamos todo, nunca estábamos de acuerdo, pero nos conocíamos del barrio, yo era amigo de su hermano menor, con quien jugaba al rugby, y podíamos tener una muy buena relación.

14 – ¿Cual cree que es el economista más influyente hoy en día a nivel local o internacional? ¿Tiene usted algún “héroe” en este oficio?

-No. No veo que haya uno que me parezca deslumbrante y por encima de todos los demás.

15-Si no fuera economista, ¿de qué le gustaría trabajar?

-De front man en un grupo de rock.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

Economía socialista, un siglo de fracasos

Por Martín Krause. Publicado el 10/10/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/10/10/economia-socialista-un-siglo-de-fracasos/

 

Se cumplen aniversarios de dos fenómenos que, en buena medida, cambiaron al mundo moderno: 150 años de la publicación de El Capital, de Marx, y 100 años de la revolución soviética. No hay nada que festejar. Todos los intentos de aplicar principios marxistas a la organización económica han terminado en fracasos y los pocos que quedan (Corea del Norte y en alguna medida Cuba) no son fuente de inspiración alguna ni muestran resultados que la motiven.

Pero lo más interesante de este tema es que la discusión teórica había saldado ya el debate mucho antes de que estas ideas comenzaran a aplicarse. Dada la característica periodística de este artículo y las limitaciones en su extensión estaré revisando alguno de los temas en forma muy concisa y también superficial para que podamos todos entenderlo.

En primer lugar, es necesario señalar que la piedra fundamental de la economía marxista se había derrumbada décadas antes del intento soviético. Me refiero a la teoría del valor, según la cual éste es generado por la cantidad de trabajo necesario para la producción de un determinado bien. Marx se preguntaba: ¿qué es lo que tienen todos los bienes en común y lo que se iguala cuando se produce un intercambio? Para todos es necesario el trabajo y en un intercambio se igualan cantidades de trabajo socialmente necesario.

Entonces, si lo que genera valor es el trabajo, ¿de dónde sale la ganancia del capitalista? Pues, del trabajo, no queda otra. Se trata de la plusvalía que el capitalista extrae del trabajador. Lo explota. ¿Qué es lo que hay que hacer entonces? Expropiar a los expropiadores, la revolución socialista que terminaría con la clase parasitaria capitalista.

GRAVE ERROR

El problema es que esta teoría, piedra fundamental de todo el edificio, es errónea. Pocos años después había sido ya demolida en los trabajos del austríaco Eugen von Böhm-Bawerk. El valor no es algo objetivo que pueda medirse y no es algo que se iguale en un intercambio. Es precisamente al revés: el valor es algo subjetivo, que depende de las valoraciones y preferencias de cada uno y los intercambios se realizan porque se valoran los bienes en forma diferente, no igual.

No tendría sentido realizar intercambios para recibir algo semejante a lo que se entrega. Por ejemplo: si cambio una moto usada por una tabla de surf, lo hago porque valoro más la tabla que la moto; y mi amigo al revés, valora más la moto que la tabla. El intercambio se realiza porque tenemos valoraciones “diferentes” sobre los mismos bienes.

Otra cosa, si el valor proviene de la cantidad de trabajo y la plusvalía se extrae de él (no del trabajo acumulado en máquinas, por ejemplo), ¿cómo es que hemos visto a los capitalistas por más de trescientos años permanentemente reemplazar trabajo por máquinas a punto que hoy estamos preocupados porque los robots nos dejen sin trabajo? Si los capitalistas buscan más plusvalía, ¿no deberían priorizar tareas donde haya más trabajo?

Un último punto (aunque hay muchos más para señalar), en una economía en equilibrio todas las actividades tendrían el mismo rendimiento, la misma ganancia. Si las ganancias provienen de la plusvalía que se extrae del trabajo, quiere decir que en equilibrio todas las actividades tendrían la misma proporción de trabajo, pero con tal sólo observar cualquier actividad nos damos cuenta que lo que predomina es la diversidad en ese aspecto.

PLANIFICACION

En fin, se podría hablar mucho más sobre la teoría del valor. Vayamos ahora a su aplicación práctica, la planificación económica. Tan sólo tres años después de la revolución soviética, el meollo de la cuestión había sido planteado en forma contundente. El economista austríaco Ludwig von Mises publicaba un artículo titulado “El cálculo económico en la sociedad socialista”, y dos años después, en 1920, todo un libro “Socialismo: análisis económico y sociológico”.

Allí planteaba no ya que la planificación fuera ineficiente, sino que era imposible. El argumento, muy simplificado es el siguiente: en la economía de mercado los factores de producción son asignados por emprendedores a la producción de distintos bienes y servicios guiados por los precios esperados de los bienes a producir y los factores necesarios.

Esos precios son en verdad intercambios de derechos de propiedad, pero como en la economía socialista no habrá propiedad privada de los factores de producción, entonces no habrá tal cosa como precios que guíen esas decisiones. Esos factores serán asignados a distintos procesos según la opinión de planificador pero sin ningún criterio económico. Resultado: un enorme despilfarro.
Ejemplo: hay que construir un puente. Técnicamente se puede hacer de madera, cemento, acero, acero inoxidable o platino. ¿Por qué razón nos parecería extraño hacerlo de platino? Porque tenemos una cierta noción del precio de mercado del platino que nos indica que es mejor dedicarlo a otra cosa. Pero sin mercados no habría forma de saberlo.

De hecho, para hacer sus planes quinquenales, los planificadores soviéticos miraban los precios de Occidente. Es decir, sin mercados afuera no hubieran podido planificar.

El último y muy breve punto tiene que ver con la “justicia” de igualar ingresos. ¿Si vamos a ganar igual, porqué he de esforzarme para trabajar más? O, ¿no es injusto que me paguen lo mismo si trabajo el doble que mi compañero?

En palabras de Churchill, “la virtud del comunismo es el reparto igualitario de su miseria y el vicio del capitalismo es el desigual reparto de sus bondades”.

Un siglo después y millones de muertos mediante, el capitalismo ha demostrado que sus resultados serán desiguales, pues nosotros somos por sí desiguales en capacidades o esfuerzos, y ha enterrado al socialismo bajo una prosperidad que de una u otra forma ha llegado a todos. Al inicio de la revolución industrial el ingreso promedio mundial era de 150 dólares actuales por año y por persona; hoy es de 7.000 dólares. No hay más que discutir.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

¿Por qué ahorrar, ahora?

Por Iván Carrino. Publicado el 29/3/17 en: 

 

*Charla presentada en el marco del Global Money Week, organizado por Junior Achievement Argentina, con el apoyo de HSBC, en el Centro Universitario de Vicente López, el 29 de marzo de 2017.

GMW

Juan tiene un sueldo de 30.000 pesos por mes. No está nada mal. Todos los meses paga el alquiler, el agua, la luz, el gas, el celular, y le queda un resto. Con él, decide salir a comer, va a al boliche dos veces por semana, y dos veces por mes revienta la tarjeta de crédito en el negocio de ropa favorito.

Juana trabaja en una empresa y tiene un puesto similar. Cobra aproximadamente lo mismo y después de los gastos fijos, siempre separa una parte de su ingreso para destinarlo al ahorro. Obviamente, esto implica que no siempre se da “todos los gustos” y muchas veces tiene que decirles a sus amigas y amigos que “esta noche no está para salir”.

¿Qué difícil la vida de Juana, no?

Puede parecer así a corto plazo, pero pensémoslo a un plazo más largo.

20 años después, Juan está preso de sus propias decisiones. Le gustaría abandonar su trabajo y poder dedicarse a otra cosa, pero está atrapado en un mar de deudas. Necesita cobrar su sueldo todos los meses de manera de pagarlas y no puede darse el lujo de dejar su rutina. Sus gastos fijos son hoy todavía más altos, siempre está con “la soga al cuello”. Antes trabajaba para ganar dinero. Hoy trabaja para pagar deudas.

Juana está en una situación muy distinta. No está mal en su trabajo, porque no tiene la presión de que tiene que ir a la oficina sí o sí. Sin embargo, está pensando invertir en un negocio de ropa. Siempre le gustó el diseño y se quiere animar a dar el salto. Está decidida, e invertirá sus ahorros en este nuevo proyecto.

Su sueño es, en unos años, poder vivir de su emprendimiento.

El ahorro, y el pensar a largo plazo, fue lo que ayudó a Juana. ¿Por qué no va a ayudar a la economía en su conjunto?

A menudo escuchamos que el ahorro es enemigo del crecimiento económico. Los economistas keynesianos suelen enfatizar que lo que mueve a la economía es el consumo y que lo que hay que hacer es “poner plata en el bolsillo de la gente” para que puedan consumir cada vez más.

Más consumo es más demanda, y más demanda es mayor producción. ¡La receta de la prosperidad!

El ahorro, por supuesto, queda como el enemigo número uno de esta receta mágica.

El problema de esta visión es que no comprende la verdadera función social que tiene ahorrar.

Esta función, y su importancia para el desarrollo de las economías, la destacó Eugen von Böhm-Bawerk, que escribió en 1901:

…que lo que “todo el mundo conoce como ahorro” tiene en primer lugar su lado negativo, esto es, el no consumo de una porción de nuestros ingresos o, en términos aplicables a nuestra sociedad que utiliza el dinero, el no gasto de una porción del dinero recibido anualmente. Este aspecto negativo del ahorro es el más evidente en las conversaciones cotidianas y a menudo es el único que se tiene en cuenta, puesto que comparativamente pocas personas consideran el destino subsiguiente de las sumas de dinero ahorrado, más allá de la ventanilla de caja del banco o la compañía financiera. Pero es aquí justamente donde comienza la parte positiva del proceso del ahorro, para completarse lejos del campo de visión del ahorrador, cuya acción, sin embargo, ha dado el primer impulso a toda la actividad posterior: el banco recoge los ahorros de sus depositantes y los pone a disposición de la comunidad empresarial de una forma u otra –a través de préstamos hipotecarios, empréstitos a compañías ferroviarias y a otras compañías a cambios de los bonos que éstas emiten, alojamientos para gestores de negocios, etc.-, para su empleo en posteriores iniciativas productivas, que sin esa ayuda no podrían tener éxito o al menos no lo alcanzarían con la misma eficiencia.

He aquí el primer dato positivo del ahorro: si éste no existiera, no habría depósitos en el banco y, por tanto, no habría crédito para consumir ni invertir. En resumen, sin ahorro no hay inversión y sin inversión no crecen los países.

Ahora a esta idea algunos le opusieron una resistencia. A Böhm-Bawerk le decían que, si todos decidíamos ahorrar el 25% de nuestros ingresos al mismo tiempo, eso iba a restringir la demanda por bienes de consumo, haciéndonos caer en la recesión.

Y esto no solo porque cayera la demanda de bienes de consumo, sino porque la demanda de bienes de capital (aquéllos destinados a producir bienes de consumo) también iba a caer, porque: ¿para qué quiero comprar una máquina que haga zapatillas, si nadie quiere comprar zapatillas porque la gente decidió ahorrar más?

A esta acusación respondió Böhm-Bawerk de manera magistral, cuando sugirió que:

Mr. Bostedo asume, y me representa igualmente sumiendo en mi ejemplo, que el ahorro significa necesariamente una restricción en la demanda de bienes de consumo. “Ha asumido”, dice, refiriéndose a mí, “que todas las personas han restringido su demanda de bienes de consumo en una cuarta parte”. Aquí ha omitido la pequeña palabra “presentes”. El hombre que ahorra restringe su demanda de bienes de consumo presentes pero, en ninguna forma, su deseo de bienes de disfrute, en general. Esta es una proposición que, bajo un título ligeramente distinto, ya ha sido discutida repetidamente y, creo, de forma concluyente en nuestra ciencia tanto por los escritores antiguos como por la literatura contemporánea.

Los economistas están actualmente de acuerdo, pienso, en que la “abstinencia” referida al ahorro no es en realidad abstinencia absoluta, esto es, no supone renuncia definitiva a bienes de disfrute, sino, como acertadamente lo describe el Profesor Macvane, una mera “espera”

Como se observa, el ahorro es la restricción del consumo presente pero pensando en aumentar el consumo futuro. Cuando Robinson Crusoe utilizó el ahorro para construir una caña de pescar, multiplicó su capacidad de pescar en el río y se hizo, consecuentemente, mucho más rico que lo que era.

El ahorro es vital para que exista un futuro mejor y sin duda es lo que debe estimularse en el país, mucho más que pensar en fogonear el consumo o estimular el crédito con tasas subsidiadas o controles de precios.

Ahorrar es bueno. Si lo hacemos, quiere decir que ahora somos más pacientes, y podemos dar lugar a procesos de producción de mayor duración, con más pasos intermedios, y mucho más complejos. Sin ahorro no hubiera sido posible la aparición de los tractores, máquinas cosechadoras, y, por supuesto, ninguna de las innovaciones tecnológicas que hoy están revolucionando la forma en que nos comunicamos como Facebook, Twitter, Skype, Gmail, Instagram, SnapChat, etc.

Todas estas aplicaciones fueron posibles porque alguien en algún momento decidió ahorrar, y porque ese ahorro luego fue canalizado a inversión.

Bien, ahora que entendimos el verdadero rol económico del ahorro, seguramente alguno se preguntará: ¿cómo puedo ahorrar yo?

En un país con 25% de inflación promedio por los últimos 15 años, esta no es una pregunta sencilla. La inflación carcome el valor del dinero y, por tanto, se vuelve una pésima idea la de guardar los pesos en una caja o maceta.

Para dar números, en los últimos 10 años, el poder de compra del peso cayó 90%. Es decir, si en 2006 guardábamos $ 100 en una caja de ahorro, hoy tendríamos solo el 10% del poder de compra. En concreto, si con $ 100 en 2006 comprábamos 100 caramelos, en 2016 compramos solo 10.

Es claro que para ahorrar en Argentina necesitamos algo que preserve nuestro poder de compra. Ahí es donde surgen dos elementos que naturalmente hemos elegidos los argentinos: el plazo fijo y el dólar.

Un plazo fijo es un préstamo que le hacemos al banco por un período determinado de duración. Así, si hacemos un plazo fijo por un año estamos prestándole al banco dinero por un año y, a cambio de esto, el banco nos ofrece pagarnos una tasa de interés. Dicha tasa debería, por lo menos, cubrirnos de la inflación.

El dólar, en cambio, es otra moneda, pero al ser de mejor calidad que el peso, se supone que preserva el poder de compra. Si en Argentina hay inflación, el peso cae contra todos los bienes y, como el dólar es un bien más de la economía, éste también sube.

Esas son las dos alternativas tradicionales de ahorro para los argentinos. Sin embargo, tampoco fueron óptimas para preservar nuestros ahorros en los últimos años.

Los precios, como promedio, se multiplicaron en este período por nada menos que 10. El capital ajustado por la tasa de un plazo fijo, sin embargo, solo se multiplicó por 4. Al dólar no le fue mucho mejor, se multiplicó por 5, con lo que ambas alternativas quedaron pulverizadas por la inflación.2017.03.29_inflaMerval

Ahora ustedes pueden ver que en el gráfico hay un instrumento más, que se llama “MERVAL”. Eso no es otra cosa que el principal índice de la bolsa de comercio de Buenos Aires. Es la bolsa de valores, donde cotizan las acciones. También perdió contra la inflación cuando tomamos el promedio, pero sustancialmente menos.

Ahora bien, para ir cerrando: ¿qué nos dice esto hacia el futuro? Que mejor irse del país, pensarán algunos.

Les digo que no.

En primer lugar, porque no es probable que esta situación se mantenga en el tiempo. El presidente del Banco Central está comprometido con bajar la inflación, y al mismo tiempo con establecer una tasa de interés que sea positiva en términos reales. Es decir, de acá en adelante, los plazos fijos, o bien ganarán a la inflación o quedarán empatados.

Pero el segundo punto que quiero hacer es que tenemos que dejar de pensar solo en los instrumentos tradicionales. El mercado financiero, INCLUSO EL ARGENTINO, ofrece múltiples opciones, entre las que están: Letras del Banco Central, Títulos Públicos, Bonos de empresas privadas, Acciones, Fondos Comunes de Inversión, Bonos Atados a la Inflación, plazos fijos ajustados por UVA, etc.

Además, no solo hay que pensar en el mercado financiero local. El mundo ofrece una multiplicidad de opciones que tenemos que investigar.

No nos da el tiempo para entrar en todos los detalles de cada uno de estos instrumentos, pero es necesario que los tengan en claro y que, si comienza a ahorrar ahora, no dejen de investigarlos.

La lección que tenemos que llevarnos hoy es que sin ahorro no hay futuro.

Y seguido de esa gran lección anotaría tres pensamiento más.

El primero, que ahorrar es bueno para el país, porque nos permite incrementar la inversión y el consumo a largo plazo.

En segundo lugar, que es bueno para tu vida personal, porque te permite ser más próspero en los años por venir.

En tercer lugar, que el mercado financiero ofrece muchas formas muy diversas para ahorrar de manera rentable y razonablemente segura.

Es cuestión de animarse y romper con los prejuicios.

Bienvenidos al apasionante mundo de la economía y las finanzas.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

‘El hombre, la economía y el Estado’

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 1/5/15 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2015/06/el-hombre-la-econom%C3%ADa-y-el-estado.html

 

Este texto es el prólogo a la edición española de El hombre, la economía y el Estado, la obra magna de Murray N. Rothbard, publicada recientemente por Unión Editorial.

Books have always a secret influence on the understanding, we cannot at pleasure obliterate ideas; he that reads books of science will grow more.

Samuel Johnson, 1753.

Para el mundo de lengua española constituye una excelente noticia el disponer de este texto, escrito en inglés hace cuarenta años, pero de una notable actualidad, razón que explica las reiteradas ediciones estadounidenses. Quienes enseñamos Economía en el mundo universitario celebramos vivamente la iniciativa de traducir al español una obra que dota al estudioso de una presentación original, didáctica y atractiva que no suele encontrarse en libros de esta naturaleza.

Rothbard integra y desarrolla con claridad y elegancia las contribuciones de la Escuela Austriaca que se iniciaron a partir de los trabajos más importantes de Carl Menger (1871/1950 y 1883/1985), cuyo eje central del valor subjetivo fue ampliado por sus discípulos y continuadores de su generación y de las siguientes, principalmente Eugen von Böhm-Bawerk, Ludwig von Mises, Friedrich A. von Hayek, Israel M. Kirzner y, como decimos, el propio Rothbard.

Incluso dos de los economistas más destacados del mainstream, tales como John Hicks y Mark Blaug, finalmente rindieron tributo a las aportaciones científicas de la Escuela Austriaca. Así, Hicks escribió: “He manifestado la afiliación austriaca de mis ideas; el tributo a Böhm-Bawerk y a sus seguidores es un tributo que me enorgullece hacer. Yo estoy dentro de su línea; es más, comprobé, según hacía mi trabajo, que era una tradición más amplia y extensa de lo que al principio parecía” (1973/1976: 21); y Blaug señaló: “Los austriacos modernos van más lejos y señalan que el enfoque walrasiano al problema del equilibrio en los mercados es un cul de sac: si queremos entender el proceso de la competencia más bien que el equilibrio final tenemos que comenzar por descartar aquellos razonamientos estáticos implícitos en la teoría walrasiana. He llegado lentamente y a disgusto a la conclusión de que ellos están en lo correcto y que todos nosotros hemos estado equivocados” (1991: 508).

La teoría walrasiana o, en general, neoclásica se basa en la noción de equilibrio y competencia perfecta, lo cual imposibilita el análisis del proceso que transita por sucesivos y cambiantes desequilibrios que, en un contexto de incertidumbre y descubrimiento, hacen posible la aparición del empresario, quien no tiene cabida en los llamados modelos de competencia perfecta, que se basan en supuestos irreales tales como que los sujetos actuantes cuentan con información perfecta de los factores relevantes, en cuyo caso no habría lugar para arbitrajes y, por tanto, desaparecería la competencia y el propio empresario. Además, como señala Rothbard en este tratado, si fuera correcto el supuesto del conocimiento perfecto, no habría saldos en caja, ya que no se producirían imprevistos, en cuyo caso la demanda de dinero caería a cero, lo cual haría desaparecer los precios expresados en términos monetarios, situación que, a su vez, imposibilitaría la evaluación de proyectos, la contabilidad y el cálculo económico en general.

Hayek resume bien el punto al señalar “el absurdo del procedimiento usual en el que se comienza el análisis con una situación en donde se supone que todos los hechos son conocidos. Curiosamente, la teoría económica llama a esto competencia perfecta. No deja espacio alguno para la actividad llamada competencia, que se presume ya ha realizado su tarea” (1978/1968: 182); en la misma línea argumental, sostiene que “el punto de partida de la teoría del equilibrio competitivo asume, precisamente, la tarea que solamente el proceso de competencia puede resolver” (1948/1946: 96); en el mismo sentido, escribe que los “economistas usualmente atribuyen el orden que produce la competencia como un equilibrio, un término poco feliz puesto que el equilibrio presupone que todos los hechos ya han sido descubiertos y la competencia, por tanto, ha cesado” (1978/1968: 184); finalmente, afirma que la “competencia tiene valor solamente y en la medida en que sus resultados son impredecibles y, en general, diferentes de aquellos de los que cualquiera podría haber concebido deliberadamente” (1978/1968: 180). Por su parte, Kirzner subraya que “las decisiones de los participantes individuales en el mercado de ningún modo pueden tratarse como si surgieran inexorablemente de circunstancias objetivas que prevalecen en el instante anterior a las respectivas decisiones” (1992: 122-3).

Lo dicho respecto del equilibrio en modo alguno significa seguir la línea argumental Shackle-Lachmann, que, además de las implicaciones relativistas, se traduce en negar que el proceso de mercado permite la expansión del conocimiento y que, ceteris paribus, tienda a un estadio último de ajuste que, aunque permanentemente renovado, resulta esencial en el análisis económico. Precisamente merced a la información dispersa que reúnen los precios, el proceso permite apuntar a la satisfacción de la demanda de los consumidores. Si bien estos ultimos imputan valores a toda la cadena productiva, a diferencia de lo sostenido por autores tales como Pareto (1925/1945) y Schumpeter (1950/1968), para nada deben subestimarse las constantes y actualizadas valorizaciones que se requieren en cada uno de los segmentos de esa cadena (Hayek 1945/1948, Kirzner 2000: caps. 2 y 3). Rothbard edifica sobre estos principios, aunque sus referencias a Ludwig Lachmann en este tratado son anteriores a las derivaciones ulteriores de este autor en cuanto a las mencionadas conclusiones respecto del rol del conocimiento en el mercado.

Contrariamente a lo que se enseña en la mayor parte de las cátedras de Economía, Rothbard basa su trabajo en la explicación realista de cómo funciona el mercado. El análisis neoclásico conduce a errores de apreciación que resultan fatales. Tal vez esta situación pueda ilustrarse con el caso de Raúl Prebisch, quien escribió: “Como he afirmado reiteradamente, fui un neoclásico de hondas convicciones. Creí, y sigo creyendo, en las ventajas de una competencia ideal [perfecta] y en la eficacia técnica del mercado, y también en su gran significación política [… por parte de quienes] formularon su gran concepción doctrinaria del equilibrio económico (…) Como alguna vez recordé, durante mi juventud me sedujeron estas teorías por su persuasión y elegancia matemática (…) Siento la necesidad intelectual –y la responsabilidad moral– de manifestar las razones que me han llevado a abandonar la ortodoxia (…) no se trata de preguntar por qué la realidad se ha desviado de la teoría, sino por qué la teoría se ha desviado de la realidad” (1981: 247-8, 311 y 321-2). En otros términos, muchos son los colegas economistas que absorbieron los modelos de competencia perfecta y equilibrio en sus estudios universitarios y luego, al comprobar que la realidad nada tiene que ver con aquellos modelos, en lugar de revisar sus estudios optan por un salto lógico para concluir que el aparato estatal debe intervenir en la economía para corregir las “imperfecciones del mercado”.

El primer grado que obtuvo Rothbard en la Universidad de Columbia fue en Matemáticas, antes de estudiar Economía y doctorarse en esta última disciplina en la misma universidad; sin embargo, en su obra no recurre a instrumentos matemáticos debido a que, a su juicio, en el mejor de los casos, se duplica innecesariamente la exposición y, en el peor de los casos, se transmiten conceptos errados sobre temas económicos. En este sentido, Wilhelm Röpke nos dice: “Cuando uno trata de leer un journal de economía en estos días, frecuentemente uno se pregunta si no ha tomado inadvertidamente un journalde química o hidráulica (…) los asuntos cruciales en economía son tan matemáticamente abordables como una carta de amor o la celebración de Navidad [… T] ras los agregados pseudo-mecánicos hay gente individual, con sus pensamientos, sentimientos y juicios de valor (…) No sorprende la cadena de derrotas humillantes que han sufrido las profecías econométricas, lo que es sorprendente es la negativa de los derrotados a admitir la derrota y aprender una mayor modestia (…) Algunas personas aparentemente creen que la función principal de la economía es preparar el dominio de la sociedad por losespecialistas en economía, estadística y planificación, esto es, una situación que describo como economicracia –una palabra horrible para una cosa horrible” (1958: 247-8-9-50, 149). Es frecuente que los partidarios de la modelización y la matematización insistan en que estos ejercicios son correctos si se tienen en cuenta los supuestos en los que se basan, pero si los supuestos, como es el caso, no tienen conexión alguna con la realidad, resultan ser del todo irrelevantes para explicar nexos causales.

El trabajo de Rothbard cubre las áreas de mayor trascendencia de la ciencia económica, que desmenuza con rigor académico y destreza de polemista avezado, partiendo de las implicaciones lógicas de la acción humana que servirán de sustento a la cuidadosa concatenación de argumentos posteriores. Llama la atención la fluidez de su pluma para integrar todos los conceptos en un hilo argumental que revela una gran coherencia y gran cuidado en el tratamiento de los diversos temas. Tal vez puedan destacarse como especialmente significativas sus elaboraciones sobre el rol de la tasa de interés, la estructura de la producción, el pormenorizado estudio del monopolio, el análisis del marginalismo aplicado al factor trabajo y extensas disquisiciones que refutan las concepciones que conciben la riqueza como algo dado y estático, como si fuera el resultado de intercambios que, en cada caso, generan suma cero.

Resultan especialmente clarificantes sus críticas al keynesianismo referidas a lafunción consumo, al acelerador y al multiplicador, a la preferencia por la liquidez y al desafortunado tratamiento de Keynes respecto del desempleo, el atesoramiento, la inversión y el rol del gasto público. El examen rothbardiano de políticas fiscales es original y contundente, pero no exhaustivo, ya que continúa con este aspecto en su Power and Market, que hubo de constituir el tercer tomo de este tratado, pero que finalmente se publicó como libro separado.

La lectura de este trabajo proyecta luz incluso para refutar explicaciones que han sido formuladas con posterioridad a esa publicación. Tal es el caso de John Rawls en los años 70 respecto de la distribución de talentos y su principio de compensación, las aportaciones de Ronald H. Coase en los años 80, que, si bien sirvieron para que se apartara la atención de la llamada economía del bienestarde Pigou, paradójicamente incurre en esquemas que afectan a derechos de propiedad especialmente en lo que se refiere a la aplicación de la tesis delcheapest cost avoider. Asimismo, la obra de Rothbard sirve para contrarrestar los escritos sobre la asimetría de la información, que ha producido en la presente década principalmente Joseph Stiglitz, la idea de igualdad y desarrollode Lester Thurow y, con algún matiz, de Amartya Sen, y, también contemporáneamente, para refutar la extrapolación ilegítima que pretende realizar el llamado socialismo de mercado, que toma los conceptos de agente y principal del mundo empresarial para aplicarlos a la relación gobernante-gobernado con un criterio que además desvirtúa la noción que dio origen a esos conceptos. En este contexto, Rothbard puede considerarse pionero en la crítica a la concepción convencional de los bienes públicos, las externalidades y losfree-riders, tema de tanta trascendencia que luego han desarrollado autores tales como de Jasay (1989), Friedman (1987), Schmidtz (1991), Nozick (1974), Benson (1998), Narveson (1988), Hoppe (1986/1996), Block (1983), Holcombe (1989/1998) y Sowell (1980).

Ludwig von Mises ha sido la fuente más fértil de inspiración de Murray Rothbard, quien asistió regularmente a sus seminarios en la Universidad de Nueva York, junto con Robert G. Anderson, Percy L. Graves, Henry Hazlitt, Israel M. Kirzner, George Koether, Joseph Kecheissen, Robert H. Miller, Toshio Murato, Sylvester Petro, George Reisman, Hans F. Sennholz, Bettina Bien y Louis Spadaro. Luego del seminario, los asistentes se congregaban para discutir temas que habían surgido en clase, lo cual se transformó en lo que informalmente se denominaba The Mises Circle, como homenaje al célebre seminario que dirigía Mises en su Viena natal, antes del éxodo que provocó el totalitarismo nazi.

Entre otras muchas materias, Rothbard debe a Mises la idea de la imposibilidad de establecer comparaciones intersubjetivas de utilidades, la aplicación de la teoría subjetiva del valor al dinero, la comprensión de las falacias inherentes a las curvas de indiferencia, su concepción epistemológica para abordar las ciencias sociales con un método y un ángulo visual sustancialmente distinto del aplicado a las ciencias naturales y la imposibilidad del cálculo económico en un régimen socialista. En este último sentido, es de interés recordar que Oskar Lange, el primero en debatir con Mises sobre este tema, escribió (1936: 53) que, debido a que éste puntualizó el problema y “permitió resolverlo”, debía erigirse “una estatua del profesor Mises para ocupar un lugar honorable en el gran hall del Ministerio de Socialización o en el Consejo de Planificación Central de un Estado socialista”. Como es sabido, esta profecía se cumplió, pero en el sentido opuesto al pronosticado por Lange, ya que la estatua se colocó en 1990 en el Departamento de Teoría Económica de la Universidad de Varsovia, lugar en el que Lange dictaba sus clases, como expresión del fracaso del socialismo.

En cuanto al referido enfoque metodológico de la economía y a la necesidad de diferenciarlo del aplicado a las ciencias sociales que destaca el binomio Mises-Rothbard, cabe consignar que este programa de investigación conlleva una severa crítica al positivismo. En esta última dirección, Morris R. Cohen contradice las conclusiones positivistas de Rudolf Carnap al afirmar: “Carnap y otros niegan significado a las proposiciones no verificables. Esto constituye un violento tour de force. El significado de algo no equivale a consecuencias verificables (…) La aseveración de Carnap de que las proposiciones no verificables carecen de sentido no es verificable” (1944: 150-2). Por su parte, Bruce Caldwell alude de este modo a la metodología austriaca: “Es muy importante poner énfasis en que la posición austriaca no se ve para nada afectada por argumentos que se limitan a señalar que no hay tal cosa como una proposición que es simultáneamente verdadera a priori y con significado empírico. Por supuesto que no hay tal cosa, siempre que se acepte la concepción analítico-sintética del positivismo. Pero Mises no sólo rechaza tal concepción sino que ofrece argumentos contra ella (…) La invocación de la concepción positivista de la defensa de aquella doctrina contra ataques de posiciones expresamente antipositivistas, claramente no ofrece argumentación convincente (…) Una crítica metodológica de un sistema (no importa cuán perverso pueda parecer tal sistema) basado enteramente en la concepción de su rival (no importa cuán familiar sea) no establece absolutamente nada” (1984: 122-124).

Rothbard muestra la íntima vinculación entre la propiedad privada, los precios y los procesos de mercado: o existen los tres o no existe ninguno de los tres, ya que se trata de conceptos inseparables. Más aún, explica que, ex ante, la información para el planificador no está disponible, ya que el propio sujeto actuante no dispone de esa información respecto de sus propias elecciones futuras, quien podrá realizar conjeturas respecto de lo que hará, pero, llegado el momento, debido a que se modifican las circunstancias, se modificarán también sus decisiones. Y, ex post, este conocimiento no siempre es articulable, puesto que, al decir de Hayek, muchas veces se trata de “conocimiento tácito”.

Seguramente la mayor contribución misiana que ha tomado Rothbard es su concepción de la economía, que no se limita a lo estrictamente crematístico sino que abarca toda la acción humana o praxeología. Este análisis de Ludwig von Mises (1949/2001) ha influido también en economistas que no comparten otros aspectos de la Escuela Austriaca pero que han aplicado el instrumental económico a esferas que tradicionalmente no habían sido abordadas en este campo del conocimiento, como es el caso de algunos destacados exponentes de la teoría de la public choice, los neo-institucionalistas, algunos miembros de la Escuela de Chicago y autores como Vernon L. Smith (1999), que si bien no comparte la postura metodológica misiana acredita que sus trabajos han sido influidos por el pensador austriaco, a tal punto que hizo que el hoy premio Nobel de Economía abandone la ingeniería para convertirse en un economista profesional. Durante el mismo año en que apareció la obra que ahora prologamos para la edición española se publicó Freedom and the Law, de Bruno Leoni (1962/1965), donde el autor expone los marcos institucionales y la idea del derecho como un proceso de descubrimiento y no de diseño, en paralelo con el tratado de Rothbard, y que abrió espacios para renovadas elaboraciones sobre la producción y ejecución de normas en un sistema abierto.

Es pertinente subrayar que las investigaciones del autor del presente volumen se nutren en la misma fuente, oportunamente señalada por Böhm-Bawerk de la siguiente manera: “De igual modo que los fenómenos naturales están gobernados por leyes eternas que operan independientemente de la voluntad humana y de las leyes humanas, en la esfera de la economía existen leyes contra las que resulta impotente la voluntad de los hombres e incluso el poder estatal. La fuerza de las leyes económicas no puede desviarse de ciertos canales por medio de interferencias artificiales de control social” (1913/1962: 147).

Aplaudimos la muy valiosa y encomiable iniciativa de Eseade (y ahora de Unión Editorial) de editar esta magnum opus del profesor Rothbard, y a Norberto Sedaca –laureado de esa casa de estudios– por haber realizado la ciclópea tarea de traducción. Asimismo, agradezco la dedicatoria de esta versión española a mi padre, quien en su momento obtuvo de Rothbard los correspondientes permisos de traducción y a quien debo la extraordinaria oportunidad de haberme iniciado en “el otro lado de la biblioteca”, tal como lo hizo con tantas otras personas en nuestro país [Argentina]. La historia contrafactual tiene sus bemoles, pero es del todo plausible conjeturar que si le hubiera prestado la debida atención a Rothbard, se habrían podido evitar muchos de los sucesos que conmovieron adversamente al mundo. Lo que se ejecuta en la práctica siempre proviene de lo que previamente se ha elaborado en la teoría. Las justificadas críticas a lo que hoy ocurre obedecen a concepciones defectuosas anteriores, que deben ser revisadas si se desea evitar efectos nocivos. Correr el eje del debate es la función del intelectual, y esto es lo que ha realizado con gran pulcritud y enjundia el autor de este tratado de economía a través de su prolífica vida académica. Es de esperar que este texto tenga la acogida que se merece en los espíritus curiosos por explorar avenidas fértiles que se apartan de lo que se viene repitiendo en la mayor parte de las cátedras universitarias. El estudioso encontrará en las páginas que siguen un gran estímulo intelectual al descubrir vastos horizontes descritos de un modo llano y directo, muy bien ilustrados y fundamentados en un sólido andamiaje científico.

Referencias bibliográficas

Benson, Bruce, (1998), To Serve and Protect, Nueva York: New York University Press.

Blaug, Mark, (1991), “Afterword”, Appraising Economic Theories, Aldershot, Inglaterra: Edward Elgar Publishing, Neil de Marchi y Mark Blaug eds.

Block, Walter, (1983), “Public Goods and Externalities”, The Journal of Libertarian Studies, vol. VII, nº 1, primavera.

Böhm-Bawerk, Eugen, (1962), “Control or Economic Law?”, Shorten Classics, South Holland, ILL: Libertarian Press [1913] [¿Poder o ley económica?, nueva edición, Unión Editorial, 2010].

Caldwell, Bruce, (1984), Beyond Positivism: Economic Methodology in the Twentieth Century, New York: George Allen & Unwin.

Cohen, Morris R., (1944), Preface to Logic, Nueva York: Henry Holt.

de Jasay, Anthony, (1989), Social Contract, Free Ride: A Study of the Public Goods Problem, Oxford: Clarendon Press.

Friedman, David, (1987), “Problems in the Provision of Public Goods”, Harvard Journal of Law and Public Policy, 10.

Hayek, Friedrich A. von, (1978), “Competition as a Discovery Procedure”, New Studies in Philosophy, Politics, Economics and the History of Ideas, Chicago: The University of Chicago Press [1968] [trad. esp.: Nuevos estudios de filosofía, política, economía e historia de las ideas, Madrid: Unión Editorial, 2007].

Hayek, Friedrich A. von, (1948), “The Meaning of Competition”, Individualism and the Economic Order, The University of Chicago Press [1946].

Hayek, Friedrich A. von, (1948), “The Use of Knowledge in Society”,Individualism and the Economic Order, The University of Chicago Press [1945].

Hicks, John, (1976) Capital y Tiempo, México: Fondo de Cultura Económica [1973].

Holcombe, Randall G., (1998), “Una teoría sobre la teoría de los bienes públicos” [1989], Libertas, Eseade, nº 29, año XV, octubre.

Hoppe, Hans-Hermann, (1996), “Falacias de la teoría de los bienes públicos y la producción de seguridad” [1986], Libertas, Eseade, nº 24, año XIII, mayo.

Kirzner, Israel M., (1992), The Meaning of the Market Process, Nueva York: Routledge.

Kirzner, Israel M., (2000), The Driving Force of the Market, Nueva York: Routledge.

Lange, Oskar (1936), “On the Economic Theory of Socialism”, Review of Economic Studies, vol. 4 (1), octubre.

Leoni, Bruno, (1965), La libertad y la ley, Buenos Aires: Centro de Estudios sobre la Libertad [1962].

Menger, Carl, (1950), Principles of Economics, Glencoe, Illinois: The Free Press [1871] [trad. esp.: Principios de economía política (1983), Unión Editorial, 2ª ed., 1997].

Menger, Carl, (1985), Investigations Into the Method of the Social Sciencies with Special Reference to Economics, Nueva York: New York University Press [1883], Louis Schneider, ed. [trad. esp.: El método de las ciencias sociales, Unión Editorial, 2006].

Mises, Ludwig von, (2001), La acción humana. Tratado de Economía, Madrid: Unión Editorial, 9ª Edición [2009].

Narveson, Jan (1988), The Libertarian Idea, Philadelphia: Temple University Press.

Nozick, Robert (1974), Anarchy, State and Utopia, Nueva York: Basic Books.

Pareto, Vilfredo (1945), Manual de Economía Política, Buenos Aires: Editorial Atalaya [1925].

Prebisch, Raúl (1981), Capitalismo periférico, México: Fondo de Cultura Económica.

Röpke, Wilhelm, (1960), A Human Economy. The Social Framework of the Free Market, Chicago: Henry Regenery [1958].

Schmidtz, David, (1991), The Limits of Governments: An Essay on the Public Good Argument, Oxford: Westview Press.

Schumpeter, Joseph A. (1968), Capitalismo, Socialismo y Democracia, Madrid: Aguilar [1950].

Smith, Vernon L., (1999), “Reflections on Human Action after 50 years”, Cato Journal, vol. 19, nº 2, otoño.

Sowell, Thomas, (1980), Knowledge and Decisions, Nueva York: Basic Books.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

La determinación de los precios: ¿Nos sirve el gráfico con las curvas de la oferta y la demanda?

Por Martín Krause. Publicado el 25/5/15 en: http://bazar.ufm.edu/la-determinacion-de-los-precios-nos-sirve-el-grafico-con-las-curvas-de-la-oferta-y-la-demanda/

 

Con los alumnos de Microeconomía de OMMA Madrid, leemos a Eugen von Böhm-Bawerk sobre la determinación del precio y el gráfico de la oferta y la demanda.

En general, todos utilizamos el gráfico de las curvas de oferta y demanda para explicar en las clases la formación de los precios en el mercado. Es, seguramente, el gráfico de mayor utilidad que exista en la disciplina y facilita la compresión de esos conceptos. Pero hay que tener claro que se trata de una simplificación y, como tal, de un primer paso para comprender todo el proceso que involucra las conductas de compradores y vendedores.

Al respecto comenta Böhm-Bawerk (“La ley básica de la determinación del precio”, La Teoría Positiva del Capital): http://library.mises.org/books/Eugen%20von%20Bohm-Bawerk/The%20Positive%20Theory%20of%20Capital.pdf

Bohm Bawerk

Luego de explicar la formación del precio a partir de la interacción de las valoraciones subjetivas, tanto sea de un comprador y un vendedor en un intercambio aislado, como en el más corriente de múltiples compradores y vendedores, y en este caso la relación entre las valoraciones particulares de cada uno de ellos y de qué forma influyen en la formación del precio, sobre todo las de las que denomina “parejas marginales”, aquellos que son los “últimos” en poder realizar un intercambio o los “primeros” que han quedado fuera de esa posibilidad, comenta:

“…Muchos economistas están acostumbrados a emplear en sus exposiciones símbolos matemáticos que les permiten representar situaciones complejas por medio de fórmulas simples. Esto se aplica incluso a economistas que no son partidarios de presentar la ciencia económica de manera matemática. Por ello, cuando los compradores y vendedores hacen valoraciones continuamente cambiantes –hacia arriba o hacia abajo- y estas valoraciones representan ofertas de compra o de venta de cantidades parciales de un bien de mercado, existe una predilección especial a representarlas por medio de curvas ascendentes o descendentes y de indicar, por medio de sus puntos de intersección, la situación del precio que las ofertas competitivas basadas en estas valoraciones están en proceso de desarrollar. Aunque pueda considerarse este método perfectamente aceptable, sigo considerando dudosa la inevitable supresión del punto de vista subjetivo y personal del proceso que hemos expuesto.”…

“Oferta y demanda han sido desde el principio una jerga demasiado amplia y vaga. Ha sido lo suficientemente amplia como para incluir por implicación los conceptos correctos que connotaban; han sido lo suficientemente vagas como para excluir cualquier sujeción a la precisión, y dejar todo tipo de dudas, ambigüedades y errores.”…

“Porque sin la concepción global de todo el problema que se hizo posible solamente a través de la teoría del valor subjetivo, era demasiado fácil desviarse y llegar a interpretaciones y formulaciones incorrectas. Oferta y demanda se concebían demasiado mecánicamente como meras cantidades. E incluso, cuando se hizo habitual tener en cuenta su “intensidad”, esta intensidad era erróneamente atribuida a toda clase de causas dispares y secundarias, simplemente a causa de la ignorancia todavía imperante del factor motivante esencial que se encuentra en las valoraciones subjetivas.”…

“Mi opinión es que el problema encuentra solución si introducimos dentro del marco tradicional el pensamiento sencillo de que el precio es completa y enteramente el producto de las valoraciones subjetivas de los hombres. Este pensamiento explica de la manera más simple y unificada por qué la gente ofrece un bien a la venta o desea comprarlo, explica la intensidad con que hacen esto, la insistencia con que a veces persisten en ofrecer o exigir bienes, así como también la facilidad y rapidez con que otras veces cesan de hacerlo.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).