Intervencionismo

Por Gabriel Boragina. Publicado en: 

 

Los intentos de reemplazar al capitalismo por otro u otros sistemas han sido constantes prácticamente desde la aparición del mismo en la escena económica de los pueblos.

Al identificárselo como el «enemigo» del bienestar y del progreso económico de la gente han sido múltiples los pensadores que trataron de idear modelos alternativos. El más popular desde hace buen tiempo hasta la actualidad es el mixto:

«Se supone que esta economía mixta no es capitalismo ni socialismo. Se describe como un tercer sistema, tan alejado del capitalismo como del socialismo. Se supone que está a medio camino entre socialismo y capitalismo, manteniendo las ventajas de ambos y evitando los inconvenientes propios de cada uno».[1]

En realidad, esta pretendida fusión de dos patrones en uno que, a su vez, no son ni uno ni el otro no es más que un mito, una verdadera utopía quimérica. Para prueba basta observar que prácticamente todas las economías del mundo han prohijado tal pretendido diseño mixto, lo que ha provocado y sigue ocasionando las recurrentes crisis económicas en las que el planeta se debate sin cesar año tras año, década tras década y ya sin fronteras visibles. Pero no hay tal supuesto tercer esquema, sino que lo que existe es una mezcolanza de dos modelos que se oponen abiertamente entre sí y que no poseen los pretendidos «elementos comunes».

«Hace más de medio siglo, el principal hombre del movimiento socialista británico, Sídney Webb, declaraba que la filosofía socialista no es “sino la afirmación consciente y explícita de principios de organización social que ya se han adoptado en buena parte inconscientemente”. Y añadía que la historia económica del siglo XIX era “una historia casi continua del progreso del socialismo”.[2]

De alguna manera, la afirmación anterior era exacta y contradice la observación de muchos (o de la mayoría de los socialistas de nuestro tiempo) que sostienen que vivimos en un «universo capitalista». No tenemos -por cierto- tal «mundo capitalista» al menos en la medida que pueda decirse que es la economía que impera y que sustentan los países más desarrollados y los menos del planeta. El capitalismo nunca pudo operar en ninguna parte del planeta al cien por ciento de sus potencialidades, sin embargo, donde lo ha hecho -en muy escasa medida- ha producido adelantos y progresos formidables, que son a los que debemos todos los artículos de confort que han mejorado nuestras vidas y las de nuestros contempéranos.

«Unos pocos años después, un eminente estadista británico, Sir William Harcourt, declaraba: “Todos somos ahora socialistas”.Cuando en 1913 un estadounidense, Elmer Roberts, publicó un libro sobre las políticas económicas del gobierno imperial de Alemania llevadas a cabo desde finales de la década de 1870, las llamó “socialismo monárquico”.»[3]

Digamos que, tanto en la filosofía de estos pensadores como en el ambiente popular la última etapa sería la imposición del socialismo por sobre el capitalismo, y que la misma seria «altamente deseable». Marx, contradictoriamente, sostenía que esta conclusión se daría natural y evolutivamente por el mero devenir histórico, y que -por lo tanto- ningún esfuerzo humano podría acelerar o retardar el proceso. Sin embargo, en sus escritos revolucionarios junto con Engels (tales como el tristemente célebre Manifiesto comunista de 1848) mantenía la necesidad de provocar lo que -por otra parte- había declarado antes no sería necesario promover, ya que de lo contrario la revolución socialista no se daría nunca o no lo haría cuando el suponía que tenía que realizarse.

«Sin embargo no sería correcto identificar simplemente intervencionismo y socialismo. Hay muchos defensores del intervencionismo que lo consideran el modo más apropiado de llegar (paso a paso) al socialismo total. Pero también hay muchos intervencionistas que no son abiertamente socialistas: buscan el establecimiento de la economía mixta como un sistema permanente de gestión económica. Quieren restringir, regular y “mejorar” el capitalismo por interferencia pública con los negocios y con el sindicalismo.»[4]

Esto, de alguna manera, explica que sea el intervencionismo el estándar económico actual en la mayor parte del orbe (por no decir en todo el). Unos lo apadrinan por un motivo y los demás lo implementan por todos los motivos restantes. Es decir, tanto partidarios como adversarios del socialismo y del capitalismo aceptan el intervencionismo por razones diametralmente diferentes. En el caso socialista, se recurre al mismo como método para llegar gradualmente al socialismo, y -en el opuesto- los antisocialistas o pseudo-capitalistas creen que es el intervencionismo la vía por medio de la cual el capitalismo se puede «mejorar».

Pero lo que están más cerca de acertar en esta aparente «paradoja» son los socialistas, ya que la admisión de la supuesta «economía mixta» es un verdadero camino de servidumbre como diría F. v. Hayek parafraseando el título de su más célebre libro. Unos para aniquilar el capitalismo y otros para «mejorarlo» hacen que el intervencionismo sea el modelo económico que siguen la mayoría de los países del globo.

«Primero: Si, dentro de una sociedad basada en la propiedad privada de los medios de producción, algunos de estos medios son propiedad y están gestionados por el gobierno o por los municipios, esto sigue sin ser un sistema mixto que combinaría socialismo y propiedad privada.»[5]

La economía de mercado no se ve afectada si sólo algunos bienes de producción son de propiedad estatal en tanto el resto de ellos permanece en manos privadas. No concurre aquí -nos dice L. v. Mises- intervencionismo, ni tampoco socialismo, sino capitalismo. Cabría pues inferir que, en tanto no más del 49% de los bienes de producción está en manos del gobierno no habría allí ninguna economía intervencionista. Aquí nos parece relevante apuntar que, no sólo la cantidad de las empresas de propiedad estatal debería ser reducida sino también el tamaño concreto de esas empresas debería serlo, porque es difícil aseverar que si una empresa (o conjunto de ellas) cuyo tamaño equivale al 100% de la producción total de la economía deviene en propiedad del estado (vía expropiación, estatización, etc.) dicho entramado continuaría siendo una economía de mercado. Si bien el ejemplo suele ser infrecuente (salvo en regímenes abiertamente socialistas) no está de más tenerlo en cuenta.

[1]Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). Pág. 6.

[2] L. v. Mises ibidem, pág. 6

[3] L. v. Mises ibidem, pág. 6

[4] L. v. Mises ibidem, pág. 6-7

[5] L. v. Mises ibidem, pág. 7

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Reflexiones colectivistas

Por Gabriel Boragina. Publicado el 30/12/13 en: http://www.accionhumana.com/

 Conforme a su ya consagrado Diccionario de economía, el Dr. C. Sabino define:

«colectivismo. Término genérico que se utiliza para designar las ideologías y las propuestas políticas favorables a la supresión de la propiedad privada. Dentro de las corrientes colectivistas pueden mencionarse el socialismo, el fascismo y algunas variantes del anarquismo. Desde el punto de vista económico las posiciones colectivistas proponen la estatización o la conformación de cooperativas organizadas y controladas por el Estado como forma básica de propiedad. También, y como consecuencia de ello, abogan por la planificación central y recusan al mercado como forma de asignación de recursos.»[1]
Si analizamos en detalle esta definición, y la comparamos con las profusas regulaciones existentes en la mayoría de los países que se autodenominan como pertenecientes al «mundo libre» podremos comprobar -no sin cierta sorpresa- que la mayor parte de ellos siguen políticas colectivistas. No resulta relevante para nada como los gobiernos del mundo auto-rotulen sus acciones políticas y económicas, lo que debemos estudiar y observar en detalle es cuál es el contenido de tales actuaciones políticas, recordando que la supresión de la propiedad privada puede ser total o parcial, gradual o acelerada, y que puede intentarse por muchas vías en apariencia «democráticas». No creemos equivocarnos si afirmamos que los populismos latinoamericanos son abiertamente colectivistas.
Tampoco debemos dejarnos engañar por ciertas posiciones que se embanderan bajo las etiquetas de «Derechas» o «Izquierdas», que tratan de establecer una suerte de «tajante» antagonismo entre ambas,  porque como enseña el profesor Dr. A. Benegas Lynch (h):
«En realidad, tanto los nazis como los fascistas, al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno, lanzan un poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo respecto del marxismo que, abiertamente, no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente. Si miramos con alguna atención a nuestro mundo de hoy comprobaremos el éxito del nacionalsocialismo y del fascismo, que sin necesidad de cámaras de gas ni de campos de concentración avanzan a pasos agigantados sobre áreas clave que sólo son privadas en los papeles (en verdad, privadas de toda independencia) como la educación, las relaciones laborales, los bancos, los transportes, los medios de comunicación, el sector externo, la moneda y tantas otros campos vitales.»[2]
Nuevamente las experiencias populistas vividas en Sudamérica con los Kirchner en la Argentina, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y el comunismo castrochavista venezolano revelan la realidad de la anterior cita, lo que no excluye situaciones similares aunque mas edulcoradas en el resto del mundo. Ciertamente estos países utilizan la metodología nazi fascista que no son más que variantes del socialismo como ya tantas veces se ha demostrado. Pero cabria preguntarse ¿dónde encuentra su origen esta expansión del colectivismo a nivel mundial?
M. N. Rothbard atribuye históricamente -en una buena medida- a los propios liberales el principio del auge del colectivismo y la declinación de liberalismo con estas palabras:
«En un país tras otro, el canto de sirena del Estado-nación y del imperio fue destruyendo al liberalismo clásico. En Inglaterra, a fines del siglo XIX y principios del XX, los liberales abandonaron su postura en pro de «una Inglaterra pequeña» y contra la guerra y el imperialismo, sostenida por Cobden, Bright y la Escuela de Manchester. En cambio, adoptaron lo que recibió la obscena denominación de «Imperialismo Liberal», y así se sumaron a los conservadores en la expansión del imperio, y a los conservadores y a los socialistas de derecha en el imperialismo destructivo y el colectivismo de la Primera Guerra Mundial. En Alemania, Bismarck pudo dividir a los liberales, que ya casi habían triunfado, con el señuelo de la unificación de Alemania a sangre y fuego. En ambos países, el resultado fue la destrucción de la causa liberal.»[3]
Posiblemente sea cierto que exista alguna responsabilidad en los liberales de antaño que, al decir de M. N. Rothbard, se habrían «pasado a las filas» del colectivismo que se iba expandiendo por el mundo, sin embargo no deberíamos olvidar la advertencia de F. A. von Hayek en cuanto a la economía es una ciencia contra-intuitiva y, por cierto, sus verdades requieren de un paciente trabajo de estudio y de divulgación, no siempre al alcance de las masas.
El Dr. Mansueti hace interesantes consideraciones sobre lo que él denomina «colectivismo gentilicio»:
«Enorme es la confusión terminológica, porque para disfrazar las realidades que les son adversas y evadir su responsabilidad, los Gobiernos enredan las palabras. Ejemplo: el colectivismo gentilicio. Dicen “Francia decidió”; o bien “así hacen los coreanos” cuando se refieren a los Gobiernos francés o de Corea. Según Hayek es un fraude semántico. Otro ejemplo: en una “Cumbre” reciente declaró un Presidente latinoamericano: “los países ricos deben aumentar su ayuda a los países pobres”. Lo que dijo en realidad fue que sus Gobiernos deben transferir más dinero de sus contribuyentes a los Gobiernos de los demás países y sus clientelas políticas.»[4]
Y no menos interesante es la manera en que los gobiernos infiltran colectivismo a través del deporte:
«hay que exigir la separación del deporte y el Estado. Basta de subsidios y de prebendas y privilegios exclusivos en beneficio de tales o cuales disciplinas, y en perjuicio de las demás. Basta de intromisiones estatales; en el fútbol especialmente. Hay que decirlo: el estatismo ha politizado el fútbol, y lo manipula con descaro para identificar al equipo de fútbol con la nación, la patria, el nacionalismo y el colectivismo. Y para la creación de una conciencia colectivista (consignas como “somos un equipo”, y que “todos juntos podemos” y que “tenemos que trabajar en equipo” y otros clichés tribalistas que la gente se traga sin advertir, especialmente en países donde se ha hecho del fútbol la religión mayoritaria.»[5]


[1] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. Voz respectiva.
[2] Alberto Benegas Lynch (h) «Izquierdas y derechas parientes» Publicado por La Nación, Buenos Aires, pág. 1
[3] Murray N. Rothbard For A New Liberty. Pág. 30.
[4] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009. pág. 78
[5] Mansueti A. Las leyes…Ob. Cit. Pág. 311.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

Patoterismo populista: ahora con YPF:

Por Pablo Guido: Publicado el 17/4/12 en: http://chh.ufm.edu/blogchh/

Ayer, la presidente argentina anunció que el Estado expropiaría el 51% de las acciones de YPF, la empresa petrolera insignia del país. Solo para ponerlo en contexto: la empresa YPF fue privatizada en la década del 90 porque las pérdidas eran tan grandes que no había manera de mantener la exploración, producción y refinación del petróleo suficiente para abastecer al mercado. El mismo partido gobernante y casi los mismos políticos que aplaudieron a rabiar la privatización hace poco más de 10 años ayer aplaudieron a rabiar la estatización, por ahora parcial de la misma empresa. En segundo lugar, como en otros mercados la intervención estatal ha generado escasez de productos como consecuencia de la falta de inversiones. Desde el año 1998 no sólo ha bajado la producción de petróleo sino también las reservas petroleras (lo que se estima con cierta probabilidad que existe debajo de al superficie por las exploraciones realizadas). Además, la refinación de petróleo también está muy limitada. Algunos números: en el año 2006 las exportaciones del rubro combustibles y energía llegaban a 7,800 millones de dólares y las importaciones del mismo rubro a 1.700 millones, alcanzando un superávit comercial energético de 6.000 millones aproximadamente. En el año 2011 las exportaciones energéticas fueron de 6.500 millones y las importaciones de 9.400 millones, haciendo un déficit energético de casi 3.000 millones de dólares. Claro que esta situación de desabastecimiento fue anunciada hace más de dos años en un informe redactado por 8 ex secretarios de energía de la nación. Obviamente que fueron calificados por el gobierno poco menos como traidores a la patria. 

La pregunta es: ¿por qué no se invierte en la Argentina en el rubro energético? La respuesta es de manual: por los controles de precios, que hacen no rentable dichas inversiones. Pero como el gobierno argentino ha generado esta política populista de “combustible y energía barata para todos” y ahora llega el momento donde la escasez energética provoca una sangría de recursos para pagar importaciones fenomenal, entonces ahora se preocupa y desesperadamente estatiza YPF. Como podemos observar en el gráfico, desde que los rumores de la estatización comenzaron a arreciar a principios de año el precio de la acción se desplomó un 50%: en 3 o 4 meses la caída fue de los $40 a los $20 dólares. Ayer, después del anuncio de la estatización parcial las transacciones de la acción de YPF, tanto en la bolsa de New York como de Buenos Aires, tuvo que ser suspendida por la caída estrepitosa que se venía en el precio de la misma.   

Según los datos oficiales, el valor de mercado de la empresa llega a unos 8 mil millones de dólares, muchísimo menos que los 18 mil que valía hace un par de meses, antes que comenzara su andanada de rumores estatizadores. De todas maneras, el presidente de Repsol dice que reclamará un pago de unos 10 mil millones de dólares. Y a partir de ahí tendría que comenzar a invertir miles de millones de dólares anuales para recomponer no sólo el nivel de reservas perdidas en la última década sino también la producción y refinación de petróleo. Esto, según los expertos, no llevaría menos de 3 o 4 años, si se comenzara ya el proceso de inversiones. Pregunta obvia: ¿quién invertirá en la Argentina, prestándole al gobierno argentino, miles de millones de dólares en el sector petrolero después de lo que ha pasado ayer?

 Mañana seguimos contando esta medida que forma parte de una novela populista de bajo calibre, apoyada por la mayoría del electorado argentino.

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina). Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.

 

La nacionalización de YPF II

 Por Adrián Ravier. Publicado e 16 de abril de 2012 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2012/04/16/la-nacionalizacion-de-ypf-ii/

En junio pasado, antes de las elecciones en las que Cristina Kichner resultó victoriosa con más de un 50 % de los votos, hicimos un análisis de la economía argentina bajo el kirchnerismo ( 1),  concluyendo que el gobierno argentino debía encarar tres desafíos si quería evitar una nueva crisis económica en los próximos años:

Cualquiera sea el resultado de la próxima elección presidencial, los desafíos centrales de la política económica post-elecciones son 1) el crecimiento de la economía, 2) el control del gasto público y 3) evitar que se dispare la inflación.

El kirchnerismo amagó con ajustes sobre los subsidios, pero los conflictos sociales no tardaron en llegar. Es por ello que cambió el rumbo, y se volvió sobre la profundización del modelo. A la estatización de las pensiones, se sumaron la apropiación de las reservas del BCRA y ahora la expropiación de YPF, aspecto que temíamos hace unos días.

Nestor Kichner -como muestra el video- (2),  había apoyado la iniciativa menemista de privatizar YPF, pero las necesidades fiscales del gobierno pudieron más. De hecho, si no se recortan los subsidios, ni se reduce al gasto público, la alternativa para financiarlo sería le emisión de moneda, pero eso aceleraría la inflación.

El gobierno tiene ahora -para el corto plazo- un recurso adicional para evitar el descalabro financiero de la nación (YPF en números) (3), pero estimo que el daño “institucional” no tendrá reparos al menos en una década.

Mi pregunta a los lectores es si este daño institucional impactará en la economía en el cortísimo plazo a través de caída de la inversión, lo cual acelerará la llegada de la crisis, o si esta política le dará aire al gobierno, y el daño institucional será un legado más para lo que vendrá después.

(1) http://www.elcato.org/entendiendo-la-economia-argentina

(2) http://www.lanacion.com.ar/1465449-expropiacion-de-ypf

(3) http://www.lanacion.com.ar/1464436-ypf-en-numeros

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.