El cinismo de decir que “el salario no es ganancia”

Por José Benegas. Pubicado el 12/2/16 en: http://josebenegas.com/2016/02/12/el-cinismo-de-decir-que-el-salario-no-es-ganancia/

 

“El trabajo no es ganancia”, dicen Massa, Moyano y otros sindicalistas ¿Por qué no es ganancia? Pues porque es “remuneración por el trabajo”. Esa diferencia no depende de ninguna otra cosa que aplicar etiquetas distintas a la venta a un tercero del trabajo para que él corra el riesgo y al uso del trabajo para uno mismo, corriendo el riesgo. Pero todos estos “remuneristas” entienden que por quitarte el riesgo sos un pobrecito, tus ingresos reciben otro nombre y el estado no te tiene que robar lo mismo que le roba al que se juega para obtener algo mejor o simplemente porque fue despedido y las reglas laborales que propician todos, lo dejan fuera del mercado de empleo.

La primera gran barbaridad, que opera directamente en pos de la decadencia argentina, es esa idea más arraigada que un dogma trascendente, según la cual el sistema victimiza al empleado, interviniendo en su favor contra las empresas; las que corren riesgos y producen salarios y, además, haciendo definiciones por las cuales sus ingresos libres de riesgos merezcan un tipo de piedad que a igual cantidad en condiciones de riesgo, los demás no merecen. Es un corralito de sus clientes y una abierta hostilidad para los que quedan fuera.

Pero la victimización que parece tan calentita para los victimizados es un arma de doble filo. El mercado no paga nada que no quiere pagar, si no le queda otra frente a la arbitrariedad de los protectores, saca de un lado y pone en otro. Si el recurso laboral pasa a tener un costo mayor por una decisión de un aparato de imposiciones como el estado, reduce su demanda. La gente que era útil deja de serlo en función de sus cálculos y sus riesgos. A diferencia del asalariado que puede dejar de ganar de hoy a mañana, el empresario puede perder lo que tiene, con lo cual es mucho más sensible a los bandidos buenos estatistas. Ahí está la desocupación, el lado negado de imponer terceros condiciones que el mercado por si no quiere pagar. La única forma de que el mercado por sí quiera pagar más es quitarse de encima costos improductivos como los impuestos, reglas restrictivas y en función de eso que haya más inversión. Pero toda esta bondad resulta que pesa sobre el que sostiene a todos, el que se juega. Ni los políticos ni los asalariados lo hacen. Estos últimos igual son útiles.

La segunda barbaridad es más abstracta, pero todavía más peligrosa. En este juego de pelearse por quién paga el estatismo, en el que pierden los que están en la posición más insegura, se asume que el aparato político es juez de las ganancias. Como un padre golpeador que hace a sus hijos discutir si los golpes tienen que ir hacia los varones, las mujeres, los más grandes o los más chicos, envenenándose al aceptar que los golpes no se discuten.

Ahí vamos al punto. El impuesto a las ganancias perjudica a todos. Sea que pegue sobre mi o sobre mis clientes o proveedores. El empleador es el cliente del asalariado, pero el lenguaje impide que se vea esa realidad. Los mismos que claman por más empleo (al que tienen en su corralito), despotrican contra los empleadores que son los únicos que lo demandan. Si alguien tiene el sueño de ser asalariado, sería pro empresario más que nadie si no lo bombardearan permanentemente con falsos conceptos y etiquetas.

El conflicto verdadero es entre producción e improductividad, es cuando viene la discusión sobre ese costo que no fluye por si mismo sino a costa de los demás que es el estado. Algo que se evita que aparezca como problema en el mar de resentimiento parasitario que permite vivir a políticos y sindicalistas de falsedades.

Mientras tanto insisto con la cuestión de que deberían explicar por qué el que gana 100 vendiendo cartuchos recargados para impresoras porque lo echaron de su trabajo o no consigue uno, merece un tratamiento impositivo diferente que el que gana 100 como empleado de una estación de servicio. Por qué el primero que no sabe cuántos cartuchos va a vender la semana que viene o si se va a enfermar, tiene que ser fiscalmente peor tratado que el segundo. Ya inventarán una palabra para llamarle a las angustias del independiente de un modo tal que se vea como un pecado de lesa argentinidad.

 

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

LA IMPORTANCIA DE LA INSTITUCIÓN FAMILIAR COMO FRENO AL ESTATISMO Y AL ESTADO PROVIDENCIA.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 21/6/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/06/la-importancia-de-la-institucion.html

(Publicado en “La importancia del empresario familiar en la riqueza de los países”, VVAA, Unión Editorial, Madrid, 2015).

  1. La familia, orden espontáneo.

Dentro de los órdenes espontáneos de los que habla Hayek[1], los habitualmente mencionados son el mercado, por supuesto, y el lenguaje, el common law y al evolución de las instituciones anglosajonas de limitación al poder. Lo que caracteriza fundamentalmente a los órdenes espontáneos es la tendencia a la coordinación de conocimiento disperso de millones y millones de personas interactuando; si no fuera por esa tendencia a la coordinación, esa interacción sería un caos y la única solución al orden social sería hobbesiana. El análisis y descubrimiento de los órdenes espontáneos, por parte de los escolásticos del s. XVI, los filósofos escoceses del s. XVIII, la escuela clásica de economía y, finalmente, la escuela Austríaca de Economía, con Menger, Mises y Hayek, fue prácticamente el paso a las ciencias sociales como análisis de órdenes espontáneos[2], análogo al paso que las ciencias naturales dieron a la auto-organización de la materia con las teorías del big bang y la evolución[3]. En ambos casos se trata de tendencias contrarias a la entropía, esto es, contrarias a la disgregación de un orden evolutivo que no depende de ninguna inteligencia humana en particular.

En todos los casos de las ciencias sociales que no sean el mercado, el problema de otros órdenes espontáneos, como el lenguaje o el common law, el problema es encontrar la analogía con los precios, que en el mercado libre son claramente la síntesis de conocimiento disperso[4] que son indispensables para que el conocimiento sea menos disperso. Pero aún así, los órdenes espontáneos referidos corresponden a lo que Hayek llama “gran sociedad” a diferencia de asociaciones humanas explícitamente voluntarias donde el orden es deliberado y no hay precios internos. Desde una universidad, una fundación sin fines de lucro, un club o una empresa, esa es la situación.

Por eso es clásico el artículo de Coase sobre la firma, de 1937[5], un año después del gran artículo de Hayek seminal para el orden espontáneo[6]. Precisamente, el eje central de la teoría del Coase es que las empresas se organizan sin precios internos para evitar mayores costos de transacción. Por supuesto, el tiempo ha pasado y numerosos austríacos hoy, dedicados al tema de la empresa, han tratado de ver y proponer estructuras más des-centralizadas de decisión dentro de la empresa, para ver en qué medida puedan imitar el sistema de precios[7]. Pero, como modelo hipotético de análisis, tomemos la teoría de Coase como una analogía con las familias.

Si Coase tiene razón, ¿en qué medida las empresas son compatibles con un mercado libre, si dentro de ellas se organizan de modo deliberado? Precisamente, porque son como unidades que se relacionan unas con las otras a modo de red, y esa red está constituída por el conocimiento disperso, sus expectativas y los precios. El orden es precisamente espontáneo porque cada agente no es dirigido por una autoridad central sino que se va guiando por su capacidad de aprendizaje, su alerteness empresarial[8], a través de los precios. Las empresas en un mercado libre son como una red neural; cada una es equivalente a una neurona comunicada con millones a través de neurotransmisores que corresponden a los precios. Y el conocimiento no es de cada neurona en particular sino del conjunto.

De ese modo los órdenes deliberados más pequeños, como las empresas, no sólo no son contradictorios con los órdenes espontáneos, sino que forman parte de él como aquello que se va co-ordinando mediante los precios. La dificultad estaría en que una sola empresa aumentara su radio de acción hasta ser monopólica y anular a las demás, caso que Rothbard describe precisamente como análogo al socialismo; en ese caso la empresa no podría hacer cálculo económico, dejando de lado que ello sucedería sólo en situación de intervencionismo[9].

Pero la clave de la analogía es la siguiente: las unidades deliberadas son parte del orden espontáneo, y en ese sentido, son orden espontáneo, en la medida en que forman parte de la red neural espontánea que permite la tendencia a la coordinación de conocimiento.

Una familia es orden espontáneo en ese sentido. Las familias, en cierto sentido, corresponden a lo que Hayek llama “pequeña sociedad”, u organizaciones tribales (“tribales” en sentido de “deliberado”) que sólo mediante el aumento de la población y los lazos comerciales comienzan a formar parte de un orden comercial más extenso. Pero no por ello no son orden espontáneo sino que lo son en el sentido anterior: análogamente a las empresas, las familias son el orden social espontáneo unidades que se conectan las unas con las otras formando un orden mayor. Pero además, en un sentido adicional:

–          Las familias aparecen como una sublimación de las pulsiones sexuales que permiten una reproducción de la especie con un rico intercambio genético. El tabú del incesto funciona como un poderoso incentivo inconsciente a buscar la pareja sexual fuera de padres y hermanos[10]. Las familias son en ese sentido “menos” deliberadas que la fundación de una empresa. Son un típico ejemplo de una tradición civilizatoria donde el individuo se encuentra, supliendo esa tradición lo que su razón tardaría mucho en “deliberar”. Las pulsiones sexuales originarias, sin embargo, siguen inconscientemente reclamando su lugar, como bien señala de vuelta Freud en El malestar en la cultura[11]; y por ello, aunque él no lo haya visto, las tradiciones religiosas son tan importantes en este ámbito: porque son necesarias para conectar, a modo de cartílagos y líquidos sinoviales, pulsiones fuertes y razones débiles que, a modo de huesos aislados, no podrían formar nada reconocible como humano.

–          Pero, además, las familias cumplen un rol adicional en el orden espontáneo: compensan laanonimia social hacia la cual evolucionan los órdenes espontáneos. En efecto, el término “anonimia” describe algo que fue explicado por Weber, Schutz y Hayek[12]. La extensión de los lazos comerciales genera algo que es bueno y civilizatorio: no se necesita un conocimiento personal y familiar para comerciar, en el sentido de que bajo el cumplimiento de las instituciones de contrato habituales, y bajo la expansión de la paz social de la cooperación social, vendemos y compramos habitualmente con desconocidos. Es una evolución de la civilización que el que me vende gasolina sea un total desconocido, yo otro para él y “a pesar de eso” todo es pacífico, tranquilo y bajo formas cordiales de saludo y respeto. Ello, en otros tiempos más guerreros y con autarquía social, hubiera sido inconcebible. Salir a comerciar “intramuros” era jugarse la vida. El “bajar los muros” y el aumento exponencial de los intercambios es una evolución civilizatoria que corresponde a la evolución del orden espontáneo. Pero el precio es que esa “anonimia” de las relaciones sociales produce en la persona una sensación de soledad cuyos efectos psicológicos ya fueron analizados por Fromm[13]. Corresponde además a lo que desde la escuela de Frankfurt se conoce como la “racionalización del mundo de la vida”[14], que para ellos es un devastador efecto del capitalismo industrial. Pues bien, no es así, precisamente porque una sociedad libre permite la expansión de las sociedades intermedias y el florecimiento de lazos familiares que son la contracara del necesario anonimato “familiar” de quien nos atiende en un gran banco o un gran supermercado. Alguno podrá decir que no, que no se ha dado así, pero ya veremos que ello es concomitante con la aparición de los welfare states.

Las familias son, además, por naturaleza (ya veremos por qué las itálicas) las primeras y fundamentales encargadas de la educación, de la transmisión de valores, de la protección de la alimentación, la salud y la vejez de sus miembros. Si bien para ello compran y venden productos que sólo se producen masivamente en una economía de mercado, las familias son núcleos sociales donde las relaciones íntimas, no precisamente anónimas, son el incentivo ideal para que dichos menesteres no pasen a ser sólo una labor de caridad. Las economías de mercado no funcionan con individuos aislados, sino por individuos que nacen, se educan, se alimentan y son cuidados –en todas las etapas de la vida- por familias, donde los lazos biológicos son humanizados en lo que Freud llamó lazos de hermandad[15].

¿No es habitualmente así? Ya veremos que no es precisamente por algo que afecte a la naturaleza misma de la estructura familiar.

  1. Familia y princiopio de subsidiariedad.

Las familias, por ende, son esenciales para entender el principio de subsidiariedad que es tan clásico en la Doctrina Social de la Iglesia: “…………Pues aun siendo verdad, y la historia lo demuestra claramente, que, por el cambio operado en las condiciones sociales, muchas cosas que en otros tiempos podían realizar incluso las asociaciones pequeñas, hoy son posibles sólo a las grandes corporaciones, sigue, no obstante, en pie y firme en la filosofía social aquel gravísimo principio inamovible e inmutable: como no se puede quitar a los individuos y dar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria, así tampoco es justo, constituyendo un grave perjuicio y perturbación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos…”[16]. Pero no por haber sido expresado en la Doctrina Social de la Iglesia no es un principio de organización general que no deba aplicarse a todo orden deliberado: el episcopado no debe hacer lo que puede hacer el sacerdote; el rector no debe hacer lo que pueden hacer los decanos, estos no deben hacer lo que pueden hacer los profesores, y así. Ya en otra oportunidad, he explicado que ese “no puede” tiene que ver con la naturaleza misma de las sub-estructuras sociales en cuestión[17], y que además el principio es esencialmente negativo. No es que los gobiernos deben hacer lo que los privados no pueden, sino que NO debe hacer lo que los privados por naturaleza pueden hacer, y el detalle no es menor.

Hayek ha incorporado la subsidiariedad a su propio tratamiento de los bienes públicos y de la organización constitucional[18], en términos anglosajones. El gobierno federal no debe hacer lo que “pueden” (deben) hacer los estados, estos no pueden hacer lo que pueden hacer los municipios y estos no deben hacer lo que pueden hacer las familias y todas las iniciativas privadas fruto de la libre asociación.

Por lo tanto, las tareas de educación, salud, seguridad social, etc., son en principio propiamente familiares. En una economía de mercado, con lo que Mises llama una economía progresiva[19], las familias tienen los recursos –por el aumento de la capitalización- para comprar y vender todo tipo de productos, servicios y seguros sociales relacionados con todo ello, y tienen como dijimos los incentivos para hacerlo por la sublimación de los lazos biológicos en lazos fraternales.

Algún lector puede pedir una fundamentación adicional de la expresión “tienen los recursos”. Y la hay, por la Escuela del Public Choice, de J. Buchanan[20], de la cual Hayek también es en cierta medida partícipe.

Una de las claves del Public Choice es haber explicado al gobierno como un oferente de bienes públicos, cuya demanda serían los votantes. Ello no tiene nada de incompatible con el mercado libre ni con el principio de subsidiariedad mientras el gobierno federal tenga la obligación constitucional de no interferir con los gobiernos estaduales ni municipales.

Pero la irrupción de los welfare states y los estados providencia (norteamericano y europeo respectivamente) ha hecho un mundo al revés que sin embargo los ciudadanos toman como presupuesto cultural.

Toda decisión colectiva tiene un incentivo al gasto si el decisor no tiene límites en su decisión. Si soy el dictador de una ciudad y decido hacer un puente, puedo hacer un puente fastuoso y faraónico tanto como yo mismo quiera aumentar los impuestos, la inflación y la deuda pública.

Si, en cambio, el decisor es uno más entre varios propietarios, con un poder delegado para administrar ciertos bienes públicos, y rige una regla de acuerdo de unanimidad del 100% para cada decisión, es posible que nada se gaste, pero que nada se haga. Cómo se superaría esta última aporía, lo veremos después.

El asunto es que con el aumento de las atribuciones de los gobiernos federales, fruto de una ideología socialista que ha convencido a los ciudadanos y a las familias que ellos no son nada más que beneficiarios de un estado redistribuidos de la riqueza, el panorama es más bien el primero. Ciudadanos y familias derivan coactivamente sus recursos a gobiernos que aumentan más los impuestos, inflación y deuda pública; todo ello produce un empobrecimiento general que implica que se demande más la acción del gobierno, y así sucesivamente. Ello no es sólo el camino hacia el subdesarrollo o a la crisis financiera global, sino que es el camino para que las familias vayan perdiendo los incentivos para ocuparse de sí mismas: educación, salud, seguridad social, etc., será recibido desde el gobierno y por el gobierno. Los recursos que antes tenían en sus propios sistemas de capitalización, ahora son derivados coactivamente a un gobierno con un incentivo ilimitado al gasto, al crecimiento de su radio de acción y al problema de la imposibilidad de cálculo económico precisamente en las áreas del estado bienestar.

Los recursos, por ende, siempre están en los privados y en las familias. El estatismo lo que hace es derivarlos coactivamente a un gobierno para que este los reconvierta en bienes y servicios ineficientes, que los privados podrían haber obtenido por sí mismos de modo más barato y de mejor calidad, en lo que Buchanan llama una profit seeking society[21].

  1. Los hábitos sociales estatistas y la destrucción de la familia.

Pero el problema no pasa por un mero tema de administración más eficiente versus una que no lo es. El problema pasa por los hábitos culturales que ello genera, y eso, en dos etapas.

3.1. Los llamados derechos de 2da generación (derecho a la salud, a la vivienda, a la seguridad social, educación, etc.) han generado la mentalidad de que las familias se consideran con derecho a recibir todo ello sin intervención de su propio trabajo. Ello implica que las familias comienzan a delegar en gobiernos lo que sí pueden hacer por sí mismas desde su propio margen de acción. Ello, a su vez, implica que las familias sacrifican sin casi darse cuenta las libertades individuales de los individuos que las componen. Toda persona es sujeto de los derechos de libertad de enseñanza, de asociación, de religión. La salud, la educación y la seguridad social que cada individuo y cada familia reciben deben ser derivados de esos derechos para no violar su justa autonomía, y ello se logra cuando ejerciendo esos derechos, en una economía de mercado, las familias optan por las empresas de servicios que sean acordes con su libertad de conciencia.

Es éticamente incompatible con las libertades individuales, por ende, que haya “una” educación, una salud, una seguridad social que, cuasi monopólicamente, las familias deban recibir del gobierno. Ya vimos que es ineficiente, pero además es contraria a una ética de la libertad individual. No hay “una” educación, o salud, etc. Hay tantas como comunidades intermedias, religiosas y familiares diversas haya, conviviendo todas pacíficamente en un libre intercambio de proyectos de vida y de servicios, conforme a sus libertares individuales. Eso es realmente la sociedad pluralista que muchos proclaman pero luego violan con su adhesión al welfare state.

3.2.Pero la segunda fase es peor, y ya se ha producido. Las comunidades religiosas, en general, han “comprado” el proyecto del estado providencia pensando en que así se cumplía con la solidaridad. Han cometido con ello varios errores. Uno, filosófico (la solidaridad es voluntaria o no es solidaridad), dos, económico (todo ello deriva en una ineficiencia que en determinado momento se paga, y las crisis actuales de los estados de bienestar indican que ese momento ha llegado); tres, ético y político: han renunciado a unas libertades individuales de las cuales en general siempre desconfiaron al enfrentarse las más de las veces a un liberalismo político que en el fondo odiaban con toda su alma.

Al principio (fase uno) no se daban cuenta, mientras que los contenidos específicos de los servicios educativos y de salud no iban en contra de sus principios. Es más, en muchas naciones, no en todas, muchos de estos grupos tenían como esquema ideal que ellos mismos llegaran a los ministerios y secretarías estatales que se ocupaban de todo ello.

Pero entonces, sin darse cuenta, no sólo dejaron el campo abierto, sino que fueron parte de la creación de las estructuras coactivas gubernamentales a través de las cuales se puede violar en cualquier momento la libertad religiosa y los valores familiares más preciados.

Con la llegada de una nueva oleada de “laicismo racionalista”, al lado del cual el del s. XIX parece un juego de niños, eso es exactamente lo que está sucediendo. Las ideologías del género, el feminismo radical, el matrimonio homosexual, la “salud reproductiva”, no son sólo ideas que se debaten o que a lo sumo se practican en instituciones privadas: son ahora imposiciones por parte de los gobiernos, y los estados providencia y los welfare states son el camino para su imposición obligatoria. Esto es: los gobiernos no están para sustituir a las familias y a sus funciones, que, como dijimos, se desarrollaban como parte del orden espontáneo. Pero lo hicieron.

Casi no hubo problema cuando el matrimonio estatal era heterosexual y-o indisoluble; cuando los contenidos educativos pasaban por leer, escribir y el proyecto enciclopedista francés, o cuando la medicina legal dependía de honorabilísimos y muy científicos médicos. No había problema no porque no lo hubiera, sino que no se advertía que lo hubiera.

Pero cuando los dictadorzuelos comenzaron a utilizar todo ello como adoctrinamiento autoritario, cuando los “derechos de salud reproductiva” comenzaron a imponerse coactivamente en toda institución privada; cuando el aborto se declara obligatorio para el médico so pena de perder su licencia; cuando los contenidos educativos casi corruptores de menores son impuestos obligatoriamente en las llamadas escuelas privadas; cuando bajo la acusación de discriminación una institución privada debe contratar a cualquiera para que imparta catequesis, y cuando el famoso matrimonio igualitario se convierte ahora en el matrimonio civil, entonces las comunidades religiosas, las familias y los partidarios de los valores familiares advierten las libertades que perdieron.

  1. ¿Hay alguna solución?

Sí, tenemos dos hipótesis de solución para ofrecer.

4.1.Por parte de las familias, comunidades religiosas y defensores de los valores familiares.

  1. a) Exijan que el estado abandone su intromisión en el tema matrimonial. Si no hay matrimonio civil, no habrá tampoco matrimonio civil homosexual. Las religiones casarán según sus propias tradiciones y las demás formas de convivencia serán contratos libres y voluntarios que se regirán por el derecho a la ausencia de coacción en acciones privadas que no atenten contra derechos de terceros. Si el problema está en los seguros sociales que los matrimonios reciben por parte del estado, ya hemos dicho que dichos seguros sociales obligatorios son contrarios a las libertades individuales a través de las cuales las familias tienen su vida propia. Ya pasaremos luego, consiguientemente, al desarmado delwelfare state.
  2. b) Sean las primeras y los primeros en pedir y difundir para todos las libertades individuales clásicas del liberalismo clásico. Urge por ende seguir profundizando la ausencia de contradicción entre la tradición judeo-cristiana y el liberalismo clásico. De ese modo,

b.1. La libertad de enseñanza no consiste en que los gobiernos subsidien a las instituciones privadas, sino en la libertad de planes y programas de estudio con respecto al sector estatal, si lo hubiere. De ese modo, el debate de si tiene que haber educación sexual “en los colegios” y-o con qué contenidos está mal planteado. El asunto es que las instituciones privadas, religiosas o no, en esa materia y en otras, tienen derecho a tener sus propios programas de estudio, porque en eso consiste la libertad de enseñanza.

b.2. De igual modo debe suceder con los seguros estatales en materia de salud, si los hubiere: no deben ser otorgados obligatoriamente por el gobierno federal, o de lo contrario este último impondrá allí los contenidos que quieran a las instituciones privadas. En esa materia, urge respetar, además:

  1. El derecho a la objeción de conciencia, aunque ya no será necesario si se respeta el punto anterior;
  2. El derecho al rechazo informado en temas médicos, que resolverá la mayor parte de casos de eutanasia.
  1. c) Traten de ver que los llamados derechos sociales, cuyo prestador es el estado, es el camino a su disolución como familia. Las familias deben retomar su misión de ser las primeras en ocuparse de salud, educación y seguridad social para sus miembros (luego hablaremos del principio de subsidiariedad, nuevamente). Ello les permitirá, además, bregar por reformas migratorias donde todos tengan libre entrada a un sistema de mercado libre y libertad de trabajo, sin ser una carga a los sistemas estatales de seguridad social[22].

4.2.Hayek y Buchanan ya han elaborado propuestas de reforma institucional para quebrar el welfare state a nivel federal.

No se trata de la dialéctica entre los partidarios de Rawls[23], que están de acuerdo con un estado federal de redistribución de ingresos, y la teoría del estado de Nozick[24], que propone un estado mínimo donde toda redistribución sería inmoral. Hayek[25], preocupado siempre por el aumento de atribuciones del estado federal, propone que sean los municipios, no los estados ni el gobierno federal, quienes puedan distribuir ciertos bienes públicos (de modo subsidiario), “siempre que” (y estos límites son cruciales):

  1. a) No se lo haga de modo monopólico;
  2. b) Los recursos dependan de la aprobación de las legislaturas municipales;
  3. c) No sean financiados por impuestos progresivos a la renta;
  4. d) Tampoco por medio de la emisión monopólica de moneda.

Estas medidas –que los gastos en salud, seguridad social y educación sean municipales, y a la vez a + b + c + d- deberían ser elevadas a nivel de reglas constitucionales, para cambiar la cual –propone Buchanan[26]– nos deberíamos acercar a la regla de la unanimidad, si no el 100%, al menos las dos terceras partes. Con ello, hemos logrado una aplicación constitucional-administrativa del principio de subsidiariedad. El gobierno federal no debe hacer por ende lo que los gobiernos municipales pueden hacer en materia de salud, educación y seguridad social, y los municipios a su vez no deben atentar contra la autonomía de las familias basadas en las libertades individuales de los ciudadanos. Al ser elevadas esas normas a nivel constitucional, cualquier violación de esas normas es anti-constitucional. Todo esto significaría eliminar elwelfare state, devolver a las familias sus libertades y sus autonomías, sin incurrir en la dialéctica entre un estado omnipresente o un estado ausente.

  1. Conclusiones:
  2. Las familias son parte de los órdenes espontáneos que han evolucionado hacia una sociedad libre. Ellas, de modo análogo a las empresas, pero no igual, son los elementos que se conectan a través de los sistemas de intercambio.
  3. Las familias han evolucionado como un modo de sublimar y socializar las pulsiones sexuales originarias, formando parte de tradiciones que suplen lo que la sola razón no puede discernir.
  4. Las familias tienen la importantísima función de compensar la anonimia de las relaciones sociales en las sociedades comerciales extendidas.
  5. El respeto a la institución familiar y el respecto al principio de subsidiariedad van de la mano.
  6. Las familias son el lugar propio, en una economía de mercado con respeto a las libertades individuales, de la salud, educación y seguridad social de sus miembros.
  7. La irrupción de las ideas socialistas y de los welfar states han producido la creencia contraria, que se la toma ya como presupuesto cultural.
  8. Ello ha sido incentivado enormemente con la aceptación casi universal de los derechos de 2da generación, que han llevado a las familias al abandono de sus propias funciones.
  9. Las comunidades religiosas y los defensores de los valores familiares han comprado en general el proyecto de un estado “bueno” que los proveería respetando sus creencias.
  10. Ello no sólo no se ha producido sino que los estados providencia son el medio por antonomasia donde se debilita la institución familiar y se la hace ser partícipe coactiva de valores totalmente contrarios a su propia naturaleza.
  11. Podría haber una solución en la medida que:
  12. a) Familias, comunidades religiosas y propulsores de valores religiosos dejen de pedirle todo al estado y re-asuman el control de su propia existencia, para lo cual deben conciliarse ideológicamente con las libertades individuales del liberalismo clásico,
  13. b) y ello debe ser acompañado necesariamente de las propuestas de reforma institucional de Hayek y Buchanan, donde se quiebra la estructura delwelfare state y se vuelve a un auténtico principio de subsidiariedad.

 

[1]  Hayek, F. A. von:  Derecho, Legislación y Libertad(1973,76,76), Unión Editorial, Madrid, Libros I, II, III, 1978, 79, 82; Los fundamentos de la Libertad, Unión Editorial, Madrid, 1975.

[2] Mises, L. von:  “……….El descubrimiento de leyes inmutables que regulan la secuencia e interdependencia de los fenómenos de mercado desbordó el sistema tradicional del saber. Alumbró conocimientos que no eran lógica, ni matemática, ni tampoco psicología, física o biología”. La Acción Humana, Sopec, 1968. Introducción, 1.

[3] Hayek, F. A. von: The Theory of Complex Phenomena, enStudies in Philosophy, Politics, and Economics, University of Chicago Press, 1967

[4] Hayek, F. A. von: The Use of Knowledge in Society, enIndividualism and Economic Order, University of Chicaco Press, 1948, Midway Reprint 1980

[5] Coase, R.H.: The nature of the Firm, en The Firm, The Market and The Law, Chicago University Press, 1988.

[6] Hayek, F. A. von: The Use of Knowledge in Society, enIndividualism…. Op.cit.

[7] Ver al respecto Mathews, Lewin, Phelan, Foss, Klein, Rodestein, en http://www.eseade.edu.ar/riim/libertas/libertas-no-39-octubre-2003.html

[8] Ver Kirzner, I.: The Meaning of Market Process, Routladge, 1982, y  The Driving Force of The Market, Routledge, 2000.

[9] Rothbard, M.N.: Man, Economy and State, Nash Publishing, 1970, cap. 10.

[10] Freud, S.:  Totem y tabú; El tabú del incesto; El malestar en la cultura; Psicología de las masas y análisis del yo; todos en Obras Completas, El Ateneo, 2008.

[11] Op.cit.

[12] Hayek, op.cit., y Schutz, A.: The Phenomenology of the Social Word, Northwestern University Press, 1967; Las estructuras del mundo de la vida (junto con Luckmann), Amorrortu, Buenos Aires, 2003; Estudios sobre Teoría Social II, Amorrortu, Buenos Aires, 2003, y  On Phenomenology and Social Relations, University of Chicago Press, 1970

[13] Fromm, E.:  El miedo a la Libertad, Paidós, 1957.

[14] Ver al respecto Habermas, Teoría de la acción comunicativa, I, II, Tecnos, 1984.

[15] En Psicología de las masas y análisis del yo, en op.cit.

[16] Pío XI, Quadragesimo anno, 1931, punto 79; ver enhttp://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310515_quadragesimo-anno.html

[17] Zanotti, G.: Economía de mercado y Doctrina Social de la Iglesia, Editorial de Belgrano, 1985, cap. 2.

[18] Derecho, Legislación y Libertad, op.cit., libro III.

[19] Mises, La Acción Humana, op,cit., caps. XIV y XV.

[20] Buchanan, J.: El Cálculo del Consenso, Espasa-Calpe, 1980, p. 116 y 138.

[21] Buchanan, J.: Rent seeking and profit seeking, en The Logical Foundations of Constitutional Liberty, en The Collected Works of James M. Buchanan, Liberty Fund, 1999, p. 103.

[22] Nos hemos referido ya a estos temas en Zanotti, G.:Igualdad, Libertad, Intimidad, Ediciones Cooperativas/Instituto Acton Argentina, 2010, y Ley Natural, Cristianismo y Razón Pública, en Ediciones Cooperativas / Instituto Acton Argentina, 2012.

[23] Rawls, J.: A Theory of Justice, Harvard University Press, 1971.

[24] Nozick, R.: Anarchy, State, and Utopia, Basic Books, 1974.

[25] Hayek, F. A. von: Nuevos Estudios, Eudeba, Buenos Aires, 1981

[26] Buchanan, op.cit.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

El intervencionismo económico genera empresarios amigos del poder, no de los consumidores.

Por Martín Krause. Publicado el 21/10/14 en: http://bazar.ufm.edu/el-intervencionismo-economico-genera-empresarios-amigos-del-poder-no-de-los-consumidores/

Mises escribe (“The Myth of the Failure of Capitalism”):

“Antes que existiera la economía política, se creía que cualquiera que tuviera poder y la determinación de usarlo podía hacer lo que quisiera. Pero aun si el poder de quienes sustentaban autoridad era considerado ilimitado y omnipotente, los sacerdotes advertirían a los gobernantes que debían moderarse en el uso de su poder para la salvación de sus almas.

Esta visión fue destruida con la fundación de la sociología y el trabajo de una gran número de intelectuales, entre los cuales los nombres de David Hume y Adam Smith brillan en forma destacada. Se descubrió que el poder social es algo moral e intelectual, no algo material o ‘real’ en el sentido vulgar del término, como antes se pensaba. Y se comprendió que existe una unidad inevitable en los fenómenos del mercado que ni siquiera el poder puede destruir. Se descubrió que en la arena social hay algo funcionando que incluso los que detentan el poder no pueden torcer y que, al buscar sus objetivos, se deben ajustar a ello no muy diferente de como se someten a las leyes de la naturaleza. En toda la historia del pensamiento humano y las ciencias, nunca hubo un descubrimiento mayor.”

“Comenzando con el reconocimiento de las leyes del mercado, la economía política demuestra los efectos cuando el poder político y la fuerza intervienen en el funcionamiento del mercado. Una intervención aislada no puede alcanzar los fines para los que fue aplicada por las autoridades y lleva a consecuencias que son indeseables aun desde la perspectiva de quienes detentan el poder. Así, aún desde la perspectiva del intervencionista, los efectos son inútiles y dañinos.”

“El argumento utilizado para hacer responsable al capitalismo de por lo menos alguna de estas cosas se basa en la idea de que los emprendedores y capitalistas ya no son liberales sino que se han vuelto intervencionistas y estatistas. Esto es cierto, pero las conclusiones son erróneas. Esas conclusiones se basan en una visión marxista insostenible de que los emprendedores y capitalistas protegieron sus especiales intereses de clase a través del liberalismo durante el auge del capitalismo, pero ahora, en el período de su declive, protegen sus intereses a través del intervencionismo. Así, supuestamente se muestra que la ‘economía regulada’ bajo el sistema intervencionista es un sistema económico históricamente necesario para esa fase del capitalismo en la cual nos encontramos ahora. Pero la idea que la Economía Clásica y el Liberalismo eran la ideología (en el sentido marxista del término) de la burguesía es una de las tantas doctrinas marxistas absurdas. Si los emprendedores y capitalistas pensaron como liberales en Inglaterra en 1800 y piensan como intervencionistas, estatistas y socialistas en la Alemania de 1930, la razón de esto es que incluso los emprendedores y capitalistas están en manos de las ideas predominantes del momento. Los emprendedores tienen intereses especiales que podrían haber sido protegidos por el intervencionismo y dañados por el liberalismo en 1800 no menos que en 1930.”

“Ahora, a los grandes emprendedores se los llama ‘líderes económicos’. La sociedad capitalista no conoce de ‘líderes económicos’. La diferencia característica entre una economía socialista y una capitalista se basa precisamente en el hecho de que los emprendedores y los dueños de los medios de producción no siguen otro liderazgo que no sea el del mercado. La costumbre de llamar a los directores de grandes empresas como líderes económicos significa que esas posiciones generalmente se consiguen no a través del éxito económico sino de otros medios.”

“En el estado interventor ya no es de crucial importancia para el éxito de una empresa que el negocio se maneje de una forma que satisfaga la demanda de los consumidores de la mejor y menos costosa forma. Es mucho más importante que uno tenga “buenas relaciones” con las autoridades políticas que la intervención actúe en beneficio y no en perjuicio de la empresa. Un poco más de protección arancelaria para los productos que la empresa fabrica y un poco menos para los insumos que utiliza puede ser mucho más beneficios que una mayor eficiencia manejando el negocio. No importa cuán bien se maneje una empresa, fracasará si no sabe proteger sus intereses en el diseño de aranceles y en la relación con las autoridades. Tener “contactos” se vuelve más importante que producir bien y barato.”

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

Empleo y salario mínimo.

Por Gabriel Boragina. Publicado el 18/10/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/10/empleo-y-salario-minimo.html

 

Reiteradamente hemos expuesto que las populares leyes de “salario mínimo” generan desempleo, manifestándonos abiertamente partidarios de la más absoluta e irrestricta libertad contractual en materia laboral, tesis esta que continuamos manteniendo en la actualidad. Seguidamente, vamos a analizar algunas “objeciones” que se han intentado (vanamente a nuestro juicio) oponer a esta proposición.

Se ha dicho que tal esquema “sería ideal en una sociedad de pleno empleo, en la que el trabajador pueda cambiar de trabajo a voluntad, sin temor a quedar desempleado”.

Lo anterior es exacto. A eso me refiero. A una sociedad de pleno empleo, es decir, a una sociedad capitalista. Efectivamente, a este tipo de sociedad apunto. Hoy por hoy, NO EXISTE tal tipo de sociedad. Es la meta a lograr, el fin deseable. Es más, la libertad de contratación laboral, bajo el régimen salarial que sea libremente acordado entre empleadores y empleados, es consustancial y exclusivo de tal tipo de sociedad capitalista, y no con nuestras actuales sociedades estatistas y dirigistas.

Se dice que “en una sociedad en la que existe desempleo y subempleo, el trabajo es un bien escaso”.

Esta última manifestación es una confesión implícita de la más absoluta ignorancia económica. Habida cuenta que, en cualquier tipo de sociedad, sea en las actuales dirigistas, estatistas, sea en la capitalista por la cual abogamos, el trabajo SIEMPRE es un bien escaso, en cualquier clase de sociedad, capitalista (o no, como las nuestras). Esto es así porque, el trabajo es un recurso, y las necesidades humanas son ilimitadas, lo que implica que, las necesidades superarán siempre la cantidad de recursos disponibles. Ergo, el más escaso de dichos recursos es el trabajo, como tal escasea en sociedades intervencionistas como en sus antagónicas, las sociedades capitalistas.

Se objeta también que, como consecuencia de dicha escasez el trabajo “se encuentra sujeto a los vaivenes de la oferta y la demanda”.

Pero, todo recurso, y no solamente el trabajo se encuentra sujeto a dichos vaivenes. No obstante, aquí hay que hacer una importante distinción. Una cosa es referirse a la “oferta y la demanda” y otra muy diferente es hacerlo respecto de “la ley de la oferta y la demanda”. El postulado básico de esta ley, es que, al precio de mercado oferta y demanda siempre se igualan, lo que es lo mismo a decir que, a ese precio (el de mercado, recordemos) el mercado “se limpia”. Esto solamente sucede en los mercados libres, o de economía capitalista. No sucede en ningún otro mercado no capitalista.

Ergo, en una sociedad en la que existe desempleo y subempleo NO rige esta ley de la oferta y la demanda. Esta ley SÓLO rige en las sociedades CAPITALISTAS. En nuestras sociedades, la ley de la oferta y demanda es REEMPLAZADA por las regulaciones del “estado”. He precisamente aquí el problema y el nudo de la cuestión. Es porque NO rige la ley de oferta y demanda que hay desempleo y subempleo.

Esto sucede porque el salario mínimo tiene los efectos de cualquier precio mínimo, a saber: se expande la oferta y se contrae la demanda, lo que implica que aparecerá un sobrante artificial que, en materia laboral, se llamamano de obra desocupada, paro o desempleo, directamente.

Se dice que: “Si muchos desempleados buscan trabajar, el empresario podrá optar por ofrecerles trabajo por un sueldo bajo”.

En la sociedad INTERVENCIONISTA como la nuestra, claro. Es así. Precisamente porque NO rige la ley de la oferta y la demanda. En una sociedad CAPITALISTA sería lo contrario: pleno empleo y salarios altos, por efecto de la ley de la oferta y la demanda, que no rige en nuestras sociedades ANTICAPITALISTAS.

Las leyes de salario mínimo acotan la competencia entre los potenciales empleadores al extremo de que cuanto más alto sea el salario mínimo menor va a ser el número de posibles empleadores que salgan a competir por mano de obra desocupada o subocupada. En el esquema vigente, oferta y demanda están fuertemente distorsionadas, al punto que sobra gente buscando empleo y se reduce la cantidad de empleo ofrecido, fruto de la dislocación que las leyes de salario mínimo provocan en el mercado de trabajo. Se perjudican empleados y empleadores, pero los primeros en una medida muchísimo mayor que los segundos.

Se dice: “Siempre habrá algún desesperado que “agarre viaje”.

Pero esto es lo que sucede actualmente en nuestra sociedad ANTICAPITALISTA. No ocurriría en una sociedad capitalista. No podría ocurrir, por lo dicho “ut supra”. La manera de evitar “desesperados” que acepten trabajos mal remunerados es abriendo la competencia laboral, permitiendo que los empleadores compitan entre sí por mano de obra. Sólo en ausencia de competencia los compradores de trabajo (llamados “empleadores”) pueden bajar salarios, porque la misma ley laboral los pone en situación monopolística.

Se indica que: “El salario mínimo evita que se produzcan estos abusos”.

Esto es completamente falso por todo lo que venimos exponiendo, y por muchísimas razones más. En el actual sistema económico intervencionista, es falso que todos los salarios actuales sean “altos”. Es inexistente que todos los actuales empleados vivan “dignamente”. Los salarios de ciertas regiones geográficas -o del interior- son paupérrimos. O sin ir tan lejos, así son los salarios en los conurbanos de las grandes capitales del mundo. E incluso, en muchos lugares de las grandes capitales lo son. En nuestro mundo actual, vanamente orgulloso de sus prolíficas legislaciones laborales, hay gente que gana muy poco, y apenas llega a fin de mes. En realidad, ninguno de los ardientes defensores del salario mínimo viviría ni se podría mantener a sí mismo con un salario mínimo. En nuestra sociedad ANTICAPITALISTA de hoy, los abusos ABUNDAN, y cada vez son más. El salario mínimo JAMÁS evitó esos abusos. Al contrario, los profundiza. Esto es praxis, no teorías abstractas.

La quizás más graciosa de todas las “objeciones” recibidas es esta: “Mas allá de que se trata de una película, la situación descripta en “Viñas de ira” de John Ford, en la que se ofrecen sueldos miserables por trabajos de recolección, fue y sigue siendo real.”

Aunque pudiera perfectamente ponerse en duda, nosotros no negamos que esta película narre una situación “real”. Pero aun suponiendo que fuera “real”, lo que en realidad esta describiendo esa película es nuestra actual sociedad anticapitalista, y no una sociedad capitalista de libre mercado laboral.

El problema reside en que, quienes hacen el tipo de “objeciones” analizadas, no tienen ni la más remota idea en qué tipo de sociedad están viviendo, o mejor dicho, confunden nuestras actuales sociedades dirigistas, intervencionistas, estatistas y socialdemócratas, con una sociedad “capitalista”. El capitalismo no está -desde las primeras décadas del siglo pasado- vigente en plenitud en ninguna parte del mundo. Pese a todo, sigue siendo modaatacar al capitalismo de “males” que el estatismo vigente provoca y seguirá ocasionando, en tanto la gente porfíe en confundir este intervencionismo con un inexistente “capitalismo”.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Capitalismo, política, empleo y salarios.

Por Gabriel Boragina. Publicado el 13/9/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/09/capitalismo-politica-empleo-y-salarios.html

 

Aunque parezca mentira la ignorancia que existe sobre el capitalismo sigue siendo tan grande que no deja de sorprendernos la cantidad de juicios disparatados que se emiten de continuo sobre el mismo. A pesar de habernos ocupado bastante de este tema, volveremos a analizar algunos de los dislates más comunes que aun hoy en día todavía se siguen profiriendo sobre esta cuestión.
Por ejemplo, se dice que el capitalismo es el resultado de “las manipulaciones del poder”. Pero ya hemos explicado que el capitalismo no tiene nada que ver con los “manipuladores del poder”. Capitalismo y manipuladores del poder son términos antitéticos. El capitalismo es anti-poder, si por la palabra “poder” entendemos el poder político, ya que este último siempre ha sido el gran enemigo del capitalismo. Por el contrario, el poder político siempre ha querido absorber el poder económico que el capitalismo genera. Y como ya hemos expuesto, el poder político se nutre del poder económico del capitalismo y termina sofocándolo, hasta el punto en que los políticos se dan cuenta que si extinguen al capitalismo ellos mismos se quedarán sin el cuerpo económico del cual parasitan y lucran.
Luego se indica que el capitalismo “se beneficia” de las leyes políticas. Pero, al contrario, las leyes políticas siempre han perjudicado al capital, y por ende, al capitalismo desde luego. El capitalismo no tiene nada que ver con las leyes políticas, porque normalmente las leyes dictadas por los gobiernos a lo que apuntan es a expropiar el capital privado de mil maneras posibles: impuestos, tasas, controles de precios, aranceles, cuotas, inflación, racionamientos, y un sin fin de medidas que tratan por todos los medios de estrangular al capital, con el fin último siempre de que el capital privado pase a manos de los gobiernos y sus burócratas, que son los que lucran a costa del capital particular. Claro que hay “empresarios amigos” del gobierno, que también medran de este modo, pero estos “empresarios” no son capitalistas, sino estatistas, y en la medida que participan del robo estatal y del botín que el gobierno roba a los verdaderos capitalistas, dejan de ser empresarios y se convierten en cómplices del estado-gobierno delincuente.
Raramente se encuentran leyes que “beneficien” al capital privado. Cada vez es más extraño verlo en más países. Normalmente, las leyes benefician a los políticos exclusivamente, succionando el capital de los capitalistas. De este modo, el capital pasa del bolsillo de la gente al de los políticos. Que los políticos al frente del gobierno roben el capital privado no convierte a dichos políticos en “capitalistas”, sino en lisos y llanos ladrones “de guante blanco” que tienen la ley de su lado. Es una aberración llamar a estos ladrones estatistas por el nombre de “capitalistas”.
También otra sandez que se repite a menudo es que sería “falso” que el capital sea insuficiente. Pero quien diga esto no sólo nada sabe de economía, sino que además ni siquiera está al corriente de la actual situación económica mundial. En este marco descripto antes, el capital siempre será insuficiente, porque al haber pasado al bolsillo de los políticos implica consumo de capital. Enriquecen los políticos porque (debido a que) empobrecen los capitalistas. Tenemos que recordar que el capital siempre es privado, y siempre rinde sus frutos en manos privadas. Cuando el capital es expropiado por los gobiernos, los políticos que lo han expoliado generalmente tienden a dilapidarlo, por cuanto nada les ha costado obtenerlo. De la misma manera que el ladrón se da la gran vida con el botín, los gobernantes operan de idéntica forma cuando roban el capital de los privados mediante leyes que -directa o indirectamente- significan expoliación de capital, que es lo que ocurre en nuestros días en la mayor parte del mundo.
Asimismo se señala que el capitalismo es fruto de la política. Mezclar “capitalismo” con “política” es un gravísimo error. Que por común que es (y lo es) no deja de ser grave. El capitalismo no “nace” de la política, ni es su “resultado”. Por el contrario, como ya hemos descrito, la política es la gran enemiga del capitalismo. El político trata de ser popular para obtener votos. Y va de suyo que los votos que le interesan son los de la mayoría. Los grandes capitalistas no forman parte de esa mayoría. ¿Por qué razón los políticos podrían tratar de “favorecer” a personas que no forman parte de la mayoría de los votantes? Ningún político ganaría elecciones solamente con los votos de los capitalistas. No tiene pues ningún motivo para hacerse “amigo” de capitalistas que no constituyen parte de la masa electoral. Masa electoral que si da el triunfo a los políticos. Por esto, el estúpido “argumento” que los políticos estarían en “connivencia” o “conciliábulos” con los capitalistas para beneficiarse, no es más que otra de las tantas boberías que dicen muchas personas que no tienen ni la menor idea ni de economía ni de política.
Se expresa que por “culpa” del capitalismo hay exceso de oferta por sobre la demanda. Y que esto es lo que causa desempleo o salarios “miserables”. Otro grave error, fruto de desconocer economía. Ya que si la oferta crece más que la demanda y no se ajusta por el precio de mercado, quiere decir que allí no hay ni “capitalismo” ni “mercado libre” ni nada de esto. En este caso, lo que hay es estatismo, por cuanto si oferta y demanda no ajustan es porque existen medidas del gobierno que lo impiden, tales como las leyes de “salarios mínimos”, que fijan salarios por encima del nivel de productividad laboral, generando desocupación.
Es por esto que el desempleo o paro (como le llaman en España) sólo existe en regímenes estatistas, no capitalistas. Es estatismo puro, de tipo intervencionista. No capitalismo.
Si no hay elevación de salarios no hay capitalismo. Hay estatismo. Intervencionismo. Porque si hubiera capitalismo, los salarios subirían vertiginosamente en todas partes. En este caso, al aumentar el capital, se generará inmediata competencia entre los empleadores para captar y atraer mano de obra desocupada o ya empleada. Esta competencia obligará a los empresarios a ofrecer mejores sueldos a la masa de trabajadores, con la consecuencia de disminución del desempleo y -simultáneamente- aumento de salarios. Pero en el sistema actual -estatista- esto no sucede, porque el gobierno restringe la competencia cada vez más. A la vez que ataca impiadosamente al capital. La derivación de esto último es: menores salarios reales, mayor tasa de desocupación, incremento de los niveles de pobreza. Esto es estatismo, no capitalismo.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.