El éxito del Nafta, veinte años después

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 9/1/14 en:   http://www.lanacion.com.ar/1654053-el-exito-del-nafta-veinte-anos-despues

Hace veinte años nació el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte, más conocido como Nafta, a través del cual se unificaron, en lo comercial, las economías de los tres países de América del Norte: Canadá, los Estados Unidos y México.

Según Carla Hills, la ex representante comercial de los Estados Unidos, esto ha creado, entre los tres países del norte de nuestro hemisferio, un intercambio de unos 19 trillones de dólares y una demanda con 470 millones de consumidores. Con ese acuerdo se amalgamaron comercialmente, por primera vez, dos naciones desarrolladas con una que entonces estaba en vías de desarrollo, México.

El compromiso asumido supuso eliminar los derechos aduaneros para los productos industriales que circulan intrazona, así como las restricciones a la circulación de los productos del agro y de los servicios. También se dejaron de lado las exigencias de “contenido local” y los esquemas de “sustitución de importaciones” y se aseguró, en el área, el respeto a los derechos de la propiedad intelectual.

En consecuencia, dos décadas después, Canadá es el principal mercado de exportación de los Estados Unidos. Canadá, a su vez, envía el 98% de sus exportaciones totales energéticas a su vecino del Sur. En el caso particular del petróleo, hablamos de 2,3 millones de barriles diarios de exportaciones canadienses. Por su parte, México es hoy el segundo mercado para las exportaciones norteamericanas. La integración es, queda visto, una realidad.

La producción industrial de los tres países se ha integrado profundamente, conformando cadenas productivas, y el intercambio comercial entre ellos se ha incrementado un formidable 400%. Todos los días hay operaciones comerciales de bienes y servicios por valor de unos 2000 millones de dólares a través de la frontera de los Estados Unidos con Canadá, y por valor de unos 1000 millones en la frontera que separa a los Estados Unidos de México.

La mitad de ese inmenso tráfico comercial -cabe destacar- se realiza entre empresas vinculadas, lo que ha beneficiado a todos aumentando la productividad de las tres economías. Esto sucede particularmente en el sector automotor, especialmente competitivo, pero también en otros capítulos o rincones de sus economías.

De cada dólar que Canadá y México exportan a los Estados Unidos hay 25 centavos de insumos norteamericanos, en el caso de Canadá, y unos 40 centavos en el caso de México. Este nivel de integración real es importante. En el caso de China, por ejemplo, de cada dólar de exportaciones chinas a los Estados Unidos hay apenas unos 4 centavos de insumos norteamericanos.

Como cabía esperar, las inversiones directas recíprocas han aumentado exponencialmente. Los Estados Unidos, por ejemplo, han invertido unos 310 billones de dólares en Canadá y las empresas canadienses unos 200 billones de dólares en los Estados Unidos. Aunque en menor medida, hay asimismo inversiones mexicanas importantes en los Estados Unidos.

La pertenencia al Nafta -más allá de lo económico- ha contribuido a generar un clima que ha permitido a México afianzar la democracia y consolidar una clase media que crece vigorosamente. También a mantener una política macroeconómica seria y estable.

Por todo eso, el político e intelectual mexicano Jorge Castañeda dice que el Nafta “es una historia innegable de éxito” para México. Fundamentalmente, por haber hecho crecer fuertemente sus exportaciones. Ese éxito -dice Castañeda- influyó en que los mexicanos “abrieran sus cabezas” y se lanzaran a un proceso de rápida modernización, que incluye las reformas impulsadas por el presidente Enrique Peña Nieto.

Esto supone abandonar el recurso fácil de la “victimización”. Y dejar de lado tabúes históricos que nacieron en el contexto de un mundo que ya no existe. Lo que supone una actitud colectiva de mirar hacia adelante, en lugar de quedarse, obsesivamente, empantanados en la propia historia.

El futuro para los socios del Nafta, veinte años después de su nacimiento, sigue siendo común. Lo que supone la necesidad de trabajar en profundizar la integración en todos los capítulos que aún no se han abordado, como el de la libre circulación del trabajo. Pero también la de mejorar e integrar constantemente la infraestructura básica común. Muy especialmente la de transporte y la energética.

Un ejemplo de que su futuro es común es que los tres socios han comenzado a analizar su posible ingreso a las dos zonas de libre comercio del Pacífico y del Atlántico, que hoy se gestan aceleradamente. También, que hoy estén analizando una mayor integración en materia de seguridad, incluido el problema del crimen organizado.

Quizá por todo esto es que los mal llamados “progresistas”, que viven en los 70, procuran excluir a México del diálogo regional. No vaya a ser que se advierta que el camino del éxito poco tiene que ver con la filosofía del aislamiento que predican, aquella que rechaza al mundo como escenario y se encierra en sí misma; aquella que, en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata de 2005, eligió el proteccionismo. Un gesto que nos condujo a alejarnos comercialmente de las cadenas productivas del mundo. Y que, además, condena a las sociedades que resultan víctimas de esa estrategia cerrada a tener que vivir en el atraso, en términos relativos.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Arabia Saudita, entre el fastidio y la desazón

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 31/10/13 en:  http://www.lanacion.com.ar/1633888-arabia-saudita

La sensación de intimidad que -desde hace décadas- ha caracterizado a las relaciones bilaterales entre Arabia Saudita y los Estados Unidos parece haberse, de pronto, modificado. Aparentemente como consecuencia de la desconfianza que ha generado -en lo más alto del país del Golfo- el camino que recorre el proceso de descongelamiento de la relación entre los Estados Unidos e Irán , consecuencia de las conversaciones relativas al peligroso programa nuclear iraní.

Ocurre que Arabia Saudita exhibe abiertamente una mezcla de fastidio y desazón particularmente por el estado de cosas en la guerra civil que afecta a Siria que -es evidente- la tiene profundamente preocupada. Me refiero al conflicto faccioso, esto es con claros componentes religiosos, que enfrenta en ese país a las dos principales denominaciones islámicas: la de los “sunnis”, contra la de los “shiitas”.

Dos episodios recientes sugieren que algo no anda bien en la relación de Arabia Saudita con sus aliados tradicionales. Primero, la cancelación del mensaje del canciller saudita, Saud al-Faisal, que iba a difundirse desde el podio de las Naciones Unidas con motivo de la reciente Asamblea General. Que no fue reemplazado siquiera por una presentación escrita. Segundo, la sorpresiva -e inédita- renuncia de Arabia Saudita a desempeñarse como miembro “no-permanente” del Consejo de Seguridad, presentada apenas horas después de haber sido electa para ello por la Asamblea General, circunstancia sin precedentes en toda la historia del organismo multilateral.

 

Estas señales deben entenderse como protesta por la impotente pasividad del Consejo de Seguridad respecto de la guerra civil siria, consecuencia de los reiterados vetos de Rusia y China a todo lo que pudiera suponer una intervención del organismo en ella.

A lo que se suma la reciente resolución del Consejo de Seguridad -adoptada luego del acuerdo sobre la forma de eliminar las armas químicas de Siria, que está cumpliéndose de modo que el 1° de noviembre no haya ya instalaciones de producción, ni equipos, que permitan el uso de este tipo de armas de destrucción masiva- que no contiene siquiera una palabra acerca de la responsabilidad que pudiera caber a quienes fueron responsables por lo sucedido el trágico 21 de agosto pasado cuando el uso de esas armas dejara un saldo de 1400 muertos, la mayor parte de los cuales fueron civiles inocentes .

A todo lo que debe adicionarse la desazón saudita por la falta de progreso ostensible en el proceso de paz de Medio Oriente y la disconformidad con lo sucedido en Egipto, donde los sauditas atribuyen a los norteamericanos una inaceptable “traición” a Hosni Mubarak ; así como el haberse luego aliado con la Hermandad Musulmana, de la que los sauditas desconfían; y, peor aún, la de ser responsables de generar el caos actual del país, sin aceptar, como creen los sauditas, que la militar es la mejor opción, al menos por el momento.

La clara actitud de protesta saudita no sólo apunta a los Estados Unidos y a la comunidad internacional, en general, sino también a los 28 millones de almas que componen su propio escenario doméstico.

El reciente almuerzo, en Paris, entre el Secretario de Estado norteamericano y el Canciller saudita no parece haber eliminado la tensión que se advierte en la relación bilateral, que puede derivar en que Arabia Saudita actúe -en más- con alguna independencia respecto de los Estados Unidos. Lo que tiene sus peligros. Curiosamente, con algún mayor grado de acercamiento con la visión de Israel. Dejando además de lado su proverbial discreción en el andar y dando, como ha quedado visto, inusuales muestras de incomodidad e impaciencia.

Mientras tanto, ante los avances de las tropas y milicias del gobierno sirio, Arabia Saudita ha aumentado ostensiblemente la provisión de armamentos (desde Jordania) a la insurgencia siria. Particularmente a las fuerzas que comanda el secular general Idris, desde el sur de su país. Que ahora incluyen misiles antitanques, los que podrían complementarse, en el corto plazo, con misiles antiaéreos.

La crisis siria -que luce como la última batalla de la Guerra Fría- tiene mucho que ver, cabe apuntar, con la competencia entre Arabia Saudita e Irán por el predominio o la hegemonía regional.

Como es sabido, Arabia Saudita, Qatar y Turquía apoyan abiertamente a los insurgentes sirios “sunnis”. En cambio, Irán (a través de su Guardia Revolucionaria, comandada por Qassum Soleimani, un visitante frecuente a Damasco) y el movimiento libanés Hezbollah combaten -codo a codo-junto a las fuerzas alawitas (shiitas) que responden al clan Assad.

La paz en Siria depende no sólo de quienes hoy combaten en su territorio. Sino, además, de lo que, respecto de ella, hagan en su momento los Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudita e Irán. Sin la participación y el apoyo de todos ellos difícilmente pueda construirse una paz duradera en Siria. Ni alcanzarse siquiera un cese el fuego sostenible; ni organizarse un flujo eficiente de la ayuda humanitaria; ni comenzar con la repatriación de los refugiados; ni iniciar el regreso ordenado a sus hogares de los millones de desplazados. Ni, menos todavía, construir mecanismos que permitan la democratización de Siria y aseguren el resguardo de las diferentes identidades religiosas en pugna.

Lo cierto es que el proceso de paz de Siria está empantanado. Desde la primera reunión -en junio de 2012- no se han registrado avances significativos, con independencia de lo sucedido en el tema de las armas químicas, que no es menor. El actual gobierno sirio, para complicar aún más las cosas, acaba de acusar directamente a Arabia Saudita de ser ella la responsable de la masacre con armas químicas del 21 de agosto pasado, en las afueras de Damasco.

Para Arabia Saudita el gran desafío en el corto plazo es el de poder organizar el caos en que está sumida la oposición, sin por ello robustecer al fundamentalismo. Una tarea de altísima complejidad, entre otras cosas, porque entre los jóvenes “jihadistas” que combaten en Siria (estimados en varios miles) hay casi un millar de ciudadanos sauditas.

La relación cercana entre Arabia Saudita y los Estados Unidos por todo esto se ha enfriado. Hay una notoria actitud de desconfianza saudita respecto del acercamiento del país del norte con Irán y mucha preocupación por el resultado final de un proceso complejo, del que Arabia Saudita no es parte.

Por todo esto, la decisión saudita ha sido la de distanciarse del accionar norteamericano, al menos en lo que tiene que ver con el conflicto faccioso que, desde Siria, se proyecta a todo el mundo islámico. Cabe preguntarse si ha sido acertada. Mucho hubiera podido hacer, en términos de influencia, desde el Consejo de Seguridad, pero Arabia Saudita -quizás cargada con demasiada emoción- ha abandonado esa opción. La indignación, por justificada que quizás pueda ser, suele no ser buena consejera. Por esto Arabia Saudita debería reconsiderar sus posturas, evitar las acciones unilaterales de las que luego pueda arrepentirse y volver a trabajar de consuno con la comunidad internacional en Siria.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

ZOOM A LAS PROTESTAS MASIVAS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

En nuestra época surge una modalidad diferente, principal aunque no exclusivamente debido a la comunicación instantánea y vertiginosa que permiten las redes sociales. No es que las manifestaciones multitudinarias constituyan una novedad en la historia. Las ha habido en muchísimas ocasiones para los más variado propósitos, pero las que tienen lugar en nuestros días aparecen con características peculiares y es de interés hurgar sus componentes sociológicos para entender mejor su sentido.

Sin duda que tal vez se corre el riesgo de sobresimplificar si se analizan todas las protestas masivas de los últimos tiempos en forma conjunta. Sin embargo, a riesgo de esquematizar demasiado es de interés estudiarlas a todas debido a que cuentan con comunes denominadores aunque con pesos relativos distintos y expresiones y anhelos en algunos casos tácitos y en otros directos. Claro que no han sido calcadas unas de otras. Cada una ha mostrado signos distintivos y sobresalientes, sea las Egipto,  Grecia, España, Francia, Turquía, Estados Unidos, Brasil, Chile o Argentina para citar las más sobresalientes. De todos modos, insistimos que el fenómeno comparte rasgos similares aun con reclamos que varían en su jerarquía y, como queda dicho, algunas características se mantienen en el trasfondo y otras salen a la superficie.

Lo primero que debe subrayarse en estas protestas es el grado de enfado y hartazgo de los participantes. En algunas ocasiones la mecha que inicia el incendio muta con el tiempo para reclamar otras cosas, sobre todo cuando la sensación de aglomeración infunde renovado entusiasmo.

Lo segundo es que por más que no sea la razón central de la marcha, casi siempre subyace el descontento con el nivel de vida de los manifestantes y en este punto debemos detenernos. No pocos son los jóvenes que se ven frustrados por lo que les ocurre en el mercado laboral, lo cual habitualmente se endosa a que no son suficientes las llamadas “conquistas sociales” o, en otros casos, las demandas se dirigen a empresarios que se estima los devora la afán de lucro. Ni lo uno ni lo otro tiene que ver con el problema.

Precisamente, el desempleo es consecuencia de promesas absurdas de demagogos irresponsables que a legislar  salarios e ingresos superiores a los de mercado naturalmente se expulsan empleados. Es imperioso que se comprenda que el nivel de vida no depende de voluntarismos sino exclusivamente de las tasas de capitalización que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar los rendimientos (no es lo mismo arar con las uñas que hacerlo con un tractor). Esa es la diferencia entre un país próspero y uno pobre. No es el clima, las etnias, la geografía, los recursos naturales, ni la buena voluntad de burócratas, son marcos institucionales que respetan y garantizan los derechos de todos, muy especialmente los derechos de propiedad al efecto de asignar eficientemente los siempre escasos recursos.

Entonces, los manifestantes de marras no solo deben entender el tema mencionado del mercado laboral sino que deben comprender las ventajas de contar con instituciones civilizadas y políticas concordantes con la sensatez y la prudencia financiera. Tampoco se trata del lucro empresario que es otra manera de decir que les interesa mucho obtener ganancias, lo cual es absolutamente indispensable para lograr los objetivos de mejorar la condición de los más necesitados debido a las referidas tasas de inversión. Es de interés destacar que nadie declara que sus ingresos son demasiado altos, aunque se diga que es un deseo “desmedido”, no aparecen muchos candidatos a inculparse personalmente de ese mal puesto que siempre está referido al prójimo. El tema de las necesarias prioridades a los temas de la vida es otro asunto, pero hay mucho de hipocresía en esta materia.

La tercera cuestión está referida a la educación o más bien des-educación puesto que muchos de los que protestan lo hacen para reclamar más de lo mismo, a saber, mayor intervención estatal en los asuntos privados en lugar de permitir arreglos libres y voluntarios y liberar energía creadora. En esta plano resulta que se reclaman mayores prebendas por parte del gobierno, es decir, pedido de una más intensa succión al fruto del trabajo ajeno. En este contexto es que suelen aparecer quejas y críticas furibundas contra un capitalismo inexistente, al tiempo que se exige que se acelere el intervencionismo de los aparatos estatales en las vidas y haciendas privadas.

El cuarto tema es la corrupción de los gobernantes, situación que resulta contradictoria puesto que esta surge de poderes discrecionales del gobierno de turno, lo cual es contrario a la clara definición de las funciones gubernamentales limitadas a la Justicia y la seguridad que son faenas que habitualmente no proporcionan los gobiernos. Al exigir mayor entrometimiento de los funcionarios públicos necesariamente aumenta la discrecionalidad y, por ende, los espacios para la corrupción por más nobles que puedan ser las intenciones de muchos manifestantes.

Por último, para resumir apretadamente esta gimnasia por disecar el fenómeno que comentamos, debe subrayarse el creciente clima de reiteradas demandas para que se otorguen servicios “gratis”, es decir, demandar que se arranquen recursos a otros para entregarlos a quienes protestan. Este ejercicio dañino conduce al desmembramiento de la sociedad para convertirla en una tribu salvaje en la que se torna insoportable e imposible de establecer las mínimas condiciones para la cooperación pacífica entre las personas.

Esto nada tiene que ver con las intenciones, puesto que como queda dicho entre los manifestantes hay mucha gente con los propósitos más abnegados pero los resultados no siempre se encaminan en la buena dirección, a lo que se agrega la frecuente infiltración de grupos de facinerosos que suelen cometer todo tipo de desmanes. Sin duda que también ha habido marchas pacíficas que se limitan a protestar por actitudes inauditas de sus gobiernos, pero en la mayor parte de los casos flotan algunos de los aspectos que hemos mencionado telegráficamente en esta nota. Como decíamos al comienzo, no es posible tomar todas las manifestaciones de protesta como si fueran homogéneas, estrictamente ni siquiera dentro de la misma marcha pueden considerarse a todos con idénticos propósitos puesto que cada uno tiene su personalidad, historia de vida e intenciones últimas.

La idea básica de este pantallazo es esbozar lineamientos generales que suelen tener lugar en estas expresiones modernas y tener en cuenta que la protesta es una manifestación de salud siempre que su objetivo sea noble como las beneméritas marchas por la rebelión fiscal cuando los gobiernos se extralimitan en sus atributos.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.