¿Expropiar lo que el político estima “improductivo”?

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 26/6/2en: https://www.infobae.com/opinion/2021/06/26/expropiar-lo-que-el-politico-estima-improductivo/

Al minimizar el derecho de propiedad se elimina la institución que permite la mejor utilización de los recursos existentes para atender las necesidades de la gente

Hugo Chavez

Hay manifestaciones que revelen un desconocimiento palmario del proceso que tiene lugar en las relaciones sociales en ámbitos de libertad para lo cual resulta esencial comprender el valor de la Justicia que significa “dar a cada uno lo suyo” y “lo suyo” remite a la propiedad privada. En este contexto la igualdad ante la ley resulta crucial para el bienestar moral y material de todos lo cual subrayamos es ante la ley y no mediante ella.

Tal es el embrollo mental de los que rechazan la institución de la propiedad privada que tampoco entienden lo que significa lo productivo y lo improductivo en andariveles bifrontes. Por una parte, dados los siempre escasos recursos, lo productivo es lo que la gente prefiere. Ese es el sentido, entre muchos otros autores, que dan precisión a la materia como es el caso del premio Nobel en economía James M. Buchanan cuando escribe que “mientras los intercambios se mantengan abiertos y mientras no tenga lugar la fuerza y el fraude, aquello sobre lo cual se acuerde se define como eficiente.”

Por otra lado, quien ahorra en un terreno baldío, quien ahorra en dólares bajo el colchón, quien lo hace para coleccionar automóviles antiguos o acumula obras de arte es porque dadas las circunstancias es lo que estima más productivo. Si se equivoca consume su capital y si acierta lo acrecienta. También, si miramos el globo terráqueo observamos que hay muchos recursos marítimos, forestales y territoriales que al momento no son explotados en el sentido al que habitualmente se alude, lo cual se debe a que, como queda dicho, los factores de producción son escasos y solo hay dos maneras de establecer prioridades sobre qué hacer con esos bienes: que decida la gente o que decida el aparato estatal. Si se decidiera por esto último, a contracorriente de las preferencias de la gente, inexorablemente habrá consumo de capital y por ende más pobreza.

Ser productivo no es producir más cosas, es producir las consideradas de mayor valor. Dadas las actuales circunstancias, no es mejor producir un millón de botones que producir diez tractores. En esta misma línea argumental debe tenerse muy en cuenta que las mayores producciones de valores no son los bienes tangibles: los estados de felicidad cuando se constituye una buena familia, cuando se observa una buena puesta de sol, una partida de ajedrez entre amigos y equivalentes son algunos ejemplos de vida productiva. Más bien la producción de bienes materiales son en general un medio para producir valores de otra especie y rango.

Cuando se sostiene que puede expropiarse lo no productivo a criterio de ciertos burócratas en el poder se está sentando las bases para las mayores iniquidades. ¿Cuántas habitaciones se usan diariamente en una casa? ¿Acaso no son “improductivas” las que no se usan habitualmente? ¿No deberían expropiarse? Y así sucesivamente con la ropa, con parques y jardines que se disfrutan con la mirada pero que no “producen cosas” en el sentido corriente de la expresión.

Más aun, estas disquisiciones en última instancia apuntan a la macabra guillotina horizontal del igualitarismo puesto que según los politicastros le dará un uso más productivo el que recibe la parte arrancada a otro que su titular original, sin percibir que el asunto es exactamente al revés: el empleo más productivo es el que establece la gente vía el plebiscito diario del mercado con los votos de compras y abstenciones de comprar de la gente y los mayores patrimonios trasmiten su fortaleza a los más débiles a través de incrementos en salarios fruto de aquellas tasas de capitalización.

La propiedad privada hace que cada cual cuide de lo suyo en contraste con “la tragedia de los comunes” donde lo que es de todos no es de nadie. Como hemos consignado antes, la forma en que se toma café y se encienden las luces no es la misma cuando nosotros pagamos las cuentas respecto de cuando se obliga a otros a financiar con el fruto de sus trabajos.

Otra vez conviene repasar que la asignación de derechos de propiedad es vital precisamente a los efectos de darle el mejor uso a los recursos disponibles. Quienes dan en la tecla con las necesidades del prójimo incrementan sus ganancias y quienes yerran incurren en quebrantos. Esto es en la sociedad libre, por el contrario cuando irrumpen los empresarios prebendarios con sus alianzas con el poder de turno, el atropello a los derechos de la gente está garantizado.

La institución de la propiedad permite el establecimiento de precios como reflejo de las estructuras valorativas de las partes contratantes puesto que se trata de transacciones de derechos de propiedad. Cuando se afectan derechos de propiedad necesariamente se distorsionan precios lo cual desdibuja la contabilidad y la evaluación de proyectos. En el extremo donde se decide la abolición de la propiedad desaparecen por completo los precios y como también hemos destacado en otras ocasiones no se sabe si conviene construir los caminos con oro o con asfalto y si alguien sostiene que con el metal aurífero es un derroche es porque recordó los precios relativos antes de la referida abolición de la propiedad. En otros términos, técnicamente el comunismo es un imposible desde la perspectiva económica ya que no se puede economizar donde no hay precios que demás está decir nada tienen que ver con la imposición de simples números siempre arbitrarios que puedan establecer e inventar los gobiernos totalitarios.

Es del caso recordar lo escrito sobre la importancia de la propiedad privada por los padres de las constituciones estadounidense y argentina respectivamente. James Madison lo ha hecho en 1792: “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad” y Juan Bautista Alberdi lo hizo en 1854, “Pero no basta reconocer la propiedad como derecho inviolable. Ella puede ser respetada en su principio y desconocida y atacada en lo que tiene de más precioso: en el uso y disponibilidad de sus ventajas […] El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado en nombre de la utilidad pública.”

Esta reflexión alberdiana nos lleva al programa del fascismo. El comunismo es más sincero: pregona el uso y la disposición directa de la propiedad por el aparato de la fuerza, mientras que el fascismo permite el registro de la propiedad a nombre de particulares pero usa y dispone de ella el gobierno. Es el sistema que más éxito tiene en el llamado mundo libre. Veamos el sistema educativo donde en gran medida las instituciones privadas están privadas de independencia debido a las imposiciones de pautas y estructuras curriculares por parte de ministerios de educación, veamos el sistema bancario y financiero en gran medida dirigido por la banca central y así sucesivamente hasta ámbitos como los taximetreros que al ser dirigidos en sus tarifas, horarios y color con que están pintados hace que los verdadero dueños sean los alcaldes de la ciudad.

La sandez de las mal denominadas “empresas estatales” constituyen otro ejemplo del embate a la propiedad privada. Una empresa implica arriesgar recursos propios y no ajenos por la fuerza. Desde el instante en que se establecen estos organismos políticos (mal llamadas empresas estatales por el antedicho motivo) se alteran las prioridades de la gente puesto que se canalizan los recursos en sectores distintos de lo que hubiera hecho la gente libre y voluntariamente (y si lo hiciera en el mismo sentido no tiene sentido la intervención estatal con ahorro de gastos burocráticos, con el agregado de que el único modo de saber que desea la gente es dejarla actuar). Si, además, ese organismo es deficitario y monopólico la situación no puede ser peor. Por otro lado, si se dijera que el aparato estatal debe encargarse de abastecer áreas inviables desde el punto de vista económico ya que ningún empresario privado la encarará, si esto se sostuviera decimos, debe tenerse muy presente que cada actividad antieconómica que financia el gobierno (es decir, los contribuyentes) se traduce en despilfarro y consumo de capital, lo cual necesariamente redunda no solo en la ampliación de las zonas inviables sino que contrae salarios e ingresos en términos reales puesto que las tasas de capitalización son su única causa.

Uno de los pilares de mayor peso en la sociedad abierta consiste en las relaciones contractuales que remiten a la propiedad. Como nos recuerda Bernardo Krause, desde que nos levantamos a la mañana se hacen patentes los contratos: abrimos la heladera, usamos el microondas, engullimos mermelada, tostadas y queso que son todos fruto de contratos de compra-venta. Tomamos un colectivo (contrato de transporte), llevamos a nuestros hijos al colegio (contrato de educación), si voy en el automóvil al trabajo cargo nafta (contrato de compra-venta de energía), lo dejo en una playa de estacionamiento (contrato de locación), llego al trabajo (contrato laboral), voy al banco (contrato de depósito) o solicito un crédito (contrato de mutuo), concedo una garantía (contrato de fianza), entrego una suma de dinero a una Fundación (contrato de donación), encargo a un funcionario que gestione un trámite (mandato) etc.

Como bien explica William H. Hutt la tesis de estimular la producción con inyección estatal de dinero en áreas al momento consideradas “ociosas” no solo empobrece vía la inflación, sino que convierte usos que en esa instancia se estiman convenientes en usos inconvenientes a criterio de la gente. Los megalómanos no toman en cuenta y desprecian las preferencias de la gente puesto que consideran sus recetas como las mejores para manejar vidas y haciendas ajenas, aunque ellos mismos atesoren sus habitualmente mal habidos patrimonios en lugares a buen resguardo de las satrapías que recomiendan.

Energúmenos como Hugo Chávez que con su macabro y machacón “exprópiese” ha arruinado uno de los países más ricos del orbe para convertirlo en una miserable pocilga donde hasta brutalmente escasean los medicamentos y la comida, este dictador del Orinoco vociferaba que “la propiedad privada no tiene cabida en la revolución socialista” (salvo para sus secuaces y familiares que se embolsan lo ajeno con total impunidad como siempre ocurre con esta canallada).

Minimizar el derecho de propiedad es no entender nada de cuestiones sociales puesto que se condena a la pobreza a muchísima gente al eliminar la institución que, como queda dicho, permite la mejor utilización de los recursos existentes para atender las necesidades de la gente. El no robar y no codiciar los bienes ajenos de los Mandamientos son otra demostración de la trascendencia de ese derecho que es parte sustancial de la sociedad civilizada. El actual Papa una vez más volvió a la carga contra la propiedad privada en la 109 Conferencia de la OIT el 17 del mes que corre, donde leyó su texto en el que consignó que “siempre junto al derecho de propiedad privada está el más importante y anterior principio de subordinación de toda propiedad privada al destino universal de los bienes de la tierra y por tanto al derecho de todos a su uso” a lo cual agregó levantando la vista en una improvisación en la que subrayó lo dicho: “El derecho a la propiedad privada es secundario al derecho primario del derecho universal de los bienes”. No se necesita ser una persona especialmente inteligente para percatarse que este peculiar silogismo se traduce lisa y llanamente en arrasar con la propiedad privada, por más que algunos exégetas atrabiliarios intenten disfrazar lo expresado en esta ocasión que no hace más que reiterar lo manifestado antes por el Papa Francisco en distintas oportunidades, a contracorriente de lo resumido por Pio XI en Quadragesimo Anno: “Nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero” y en un plano más amplio Juan Pablo II explica el significado del capitalismo y la trascendencia de la propiedad privada en la sección 42 de Centesimus Annus. Cuando al Papa en ejercicio se le preguntó si es comunista respondió “son los comunistas los que piensan como los cristianos” (en el diario italiano La Repubblica, noviembre 11 de 2016).

Por último, subrayamos que los atropellos a la propiedad privada son siempre invasiones a la privacidad, es decir a lo más valorado para preservar las autonomías individuales y la dignidad del ser humano. No hay más que mirar lo que ocurre con el nivel de vida de la gente en lugares en los que se respeta la propiedad respecto a los despojos y las situaciones lamentables y desesperadas en que se convierten los lugares en donde no se respeta esta institución fundamentalísima. La falta de respeto a la propiedad ajena es una característica del espíritu autoritario.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

ACERCA DE LA PERSUASIÓN

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Me acaba de llegar un libro de Mark Ford titulado Persuation. The Subtle Art of Getting What You Want. Pongo el asunto en contexto. Mark comió en casa a raíz de un congreso organizado por Inversor Global. Es el socio de quien fue otro de los comensales de esa noche,  Bill Bonner. Éramos varios los que participamos en ese evento por lo me sugirieron que lo agregue a Mark.

 

Me lo describieron como un billonario estadounidense, experto en administración de carteras. Por mi parte, tenía otra idea de esa comida en casa, pensaba tratar temas muy alejados de lo crematístico pero me pareció adecuado aceptar la sugerencia de invitarlo a Mark. Pues una vez más me equivoqué, nadie mencionó estrategias de inversión durante esa comida y Mark sobresalió por su versación en lingüística y filosofía. Es un ejemplo del “american way of life”: arreglaba techos mientras estudiaba por las suyas distintas facetas de la vida hasta que se convirtió en lo que hoy es, siempre como autodidacta eligiendo los mejores libros para leer con verdadera devoción.

 

Después de esa comida, le escribí contándole el “back stage” de esa reunión en mi casa. Le confesé que cuando confirmó su asistencia le anticipé a mi mujer que ese invitado nos arruinaría la comida dados los antecedentes más conocidos de ese personaje, ya que nos desviaría de los temas que quería escudriñar con los otros comensales. También le dije de mi craso error puesto que lo considero una de las personas más interesantes que he conocido y que su participación contribuyó grandemente a que la velada de marras fuera interesante para todos.

 

Pues bien, para entrar ahora en materia,  la persuasión es naturalmente el instrumento para trasmitir ideas que uno cree son conducentes al propósito que se persigue. Es lo que uno estima por el momento, aunque el conocimiento está teñido de corroboraciones siempre provisorias, abiertas a posibles refutaciones. Con esta prevención en la mente, tratamos de persuadir siempre atentos a nuevas argumentaciones.

 

De cualquier modo, Mark Ford con razón sostiene que desde el momento en que Eva lo persuadió a Adán para que coma la célebre manzana, prácticamente todo, para bien o para mal, es persuasión. La fabricación de la bomba atómica, la venta de un producto, la defensa en juicio, las guerras, las investigaciones médicas, la construcción de una vivienda, el ensayo, el libro, el artículo (este mismo al efecto de persuadir de la tesis correspondiente), la participación en la radio o en la televisión respecto a las audiencias, el establecimiento de una banda de forajidos, la jardinería, la novela, la música, el trasmitir valores desde la cátedra, incluso las conversaciones en reuniones sociales, etc.

 

Un mal ejemplo de Mark es el que esgrime cuando se refiere a la construcción de las pirámides de Egipto, puesto que se trató de un ejército de esclavos y no hay persuasión cuando se usa la fuerza. Los impuestos no persuaden, de lo contrario no se necesitaría la fuerza o la amenaza de violencia para lograr el cometido. Los aparatos estatales autoritarios no persuaden, imponen. El socialismo es la antítesis de la persuasión, mientras que el liberalismo es un buen ejemplo de persuadir ya que se basa en el respeto recíproco.

 

Mark Ford señala que hay diversos modos de persuadir. El más potente es el decir o escribir sobre temas que implican una forma de análisis distinto a los lugares comunes y los calcos de lo ya dicho o escrito. Sin embargo, al mismo tiempo, el autor destaca que, dejando de lado las formas, las ejemplificaciones diferentes y la exploración de distintos andariveles para que se entienda lo ya dicho y escrito, está presente lo que bautiza como “el momento ¡ah!”, esto es el instante en que se logró trasmitir la idea. Este momento es a su vez consecuencia de la reiteración del valor o principio que está en juego. En este último sentido, ilustra con un vaso con agua. Se va llenando gota a gota pero el momento en que el vaso rebalsa, el momento en que una gota adicional hace la diferencia es el climax de la persuasión aunque las gotas anteriores son imprescindibles para el instante decisivo donde se produce “la explosión”, a saber, el entendimiento de lo que se venía diciendo.

 

Como lo dice el propio Mark, este análisis del buen trasmitir o el persuadir efectivamente, es una preocupación y una ocupación que viene desde los griegos con su estudio y perseverancia en la retórica que cubría básicamente tres grandes campos: el logos (lo puramente racional), el pathos (más bien emocional) y el ethos (lo vinculado a lo moral), todo en el contexto del análisis psicológico al efecto de lograr el objetivo de persuadir.

 

Desde luego que el autor del libro que venimos comentando, enfatiza la importancia en la articulación del discurso en cuanto a la claridad en la exposición, el orden, un buen estilo y, sobre todo, la consistencia. Pone de relieve que hay una triada en la presentación que se base en la parte introductoria o la apertura del discurso, la parte media y la final. La primera debe despertar el interés de lo que se va a decir o escribir. Dice Mark que es habitual que en esta sección inicial el orador o el escritor se enreden en digresiones que disminuyen el interés, en lugar de atraer hacia el punto en los primeros reglones o en los primeros minutos de la exposición. El capítulo intermedio es en el que se presentan las pruebas de lo anunciado. Pruebas que no necesariamente son empíricas sino que se trata de razonamientos que pongan al descubierto la razón de lo dicho ya en la apertura del discurso. Y, finalmente, las conclusiones que deben ser sumarias y contundentes, estrechamente vinculadas a las secciones anteriores.

 

Por supuesto que el modo de trasmisión debe ser agradable, nunca levantar la voz o imprimir oraciones todas en mayúsculas como si se estuviera gritando. Basta con cursivas discretas para resaltar algo de lo dicho. En el intento de persuadir por la vía oral, la educación y los “manners” deben ser cuidados, solo cuando no hay argumentos se recurre a la mala educación y al ad hominem. Esto último recuerda un cuento de Borges donde describe un intercambio de dos personas, una de las cuales le arroja un vaso de vino en la cara al interlocutor a lo que su contertulio, sin inmutarse, le responde “eso fue una digresión, espero su argumento”.

 

Hay otro aspecto de este asunto y se refiere a la autopersuasión o la persuasión del propio yo que se traduce en el indispensable estudio y preparación, mucho antes de pretender la persuasión de terceros y, como hemos puntualizado, siempre en la punta de la silla para incorporar otros argumentos, incluso contrarios a los que sosteníamos como valederos.

 

En este sentido, reitero lo dicho en otra oportunidad sobre la felicidad que es la meta de todos puesto que un humano no puede encaminarse a lo no-felicidad ya que cualquier cosa que haga es porque lo prefiere antes que otras variantes o alternativas ya se trate de fines sublimes o ruines, nadie puede actuar contra su propio interés (si no está en interés del sujeto actuante ¿en interés de quien estará?).

 

En otros términos, antes de pensar en persuadir es conveniente contar con la debida autopersuasión en el contexto de una adecuada comprensión del valor de la felicidad que, en última instancia, resulta inseparable de la idea de persuadir a otros puesto que de lo que se trata es de ofrecer mayores dosis de felicidad.

 

La vida está conformada por una secuencia de problemas de diversa índole, lo cual naturalmente se desprende de la condición imperfecta del ser humano. La ausencia de problemas es la perfección, situación que, como es bien sabido y sentido, no está al alcance de los mortales.

 

Por otra parte, las dificultades presentan oportunidades de crecimiento en las personas al intentar resolverlas y sortearlas. Ahora bien, el asunto no consiste en buscarse problemas sino en mitigarlos en todo lo que sea posible, al efecto de encaminarse hacia las metas que actualicen las potencialidades de cada uno en busca del bien ya que incorporaciones de lo bueno es lo que proporciona felicidad. Lo malo, por definición, naturalmente hace mal y, por ende, aleja de la felicidad que de todos modos es siempre parcial puesto que, como queda dicho, el estado de plenitud no es posible en el ser humano, se trata de un tránsito y una búsqueda permanente.

 

El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior sin límites, pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir aunque más no sea milimétricamente a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento, siempre en el afán del propio mejoramiento sin darle descanso a renovados proyectos para el logro de nobles propósitos.

 

Los estados de felicidad siempre parciales por las razones apuntadas, demandan libertad para optimizarse ya que esa condición es la que hace posible que cada uno siga su camino sin que otros bloqueen ese tránsito ni se interpongan en el recorrido personalísimo que se elija, desde luego, sin interferir en idénticas facultades de otros. Los atropellos del Leviatán necesariamente reducen las posibilidades de felicidad, sea cual fuera la invasión a las autonomías individuales y siempre debe tenerse en cuenta que los actos que no vulneran derechos de terceros no deben ser impedidos ya que la responsabilidad es de cada cual. Nadie deber ser usado como medio para los fines de otros.

 

Y tengamos en cuenta, por último, que la felicidad desde luego abarca el hacer el bien a los demás, todo depende de la estructura axiológica de quien se trate pero, como queda dicho, no hay forma de escindir la acción humana de lo que le interesa a la persona. En este contexto, debe subrayarse que hacer el bien a los demás no se circunscribe a entregar lo crematístico sino principalmente el persuadir sobre principios y valores que ayudarán al receptor a mejorar por aquello de que “más vale enseñar a pescar en lugar de regalar un pescado”.

 

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.