UNA FENOMENOLOGÍA DE LA ESCOLARIDAD Y LA CULTURA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 12/6/22 en: https://gzanotti.blogspot.com/2022/06/una-fenomenologia-de-la-escolaridad-y.html

De mi libro Luis Jorge Zanotti: sus ideas educativas fundamentales y su importancia para nuestro tiempo, de próxima aparición.

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1.      Una fenomenología de la escolaridad y la cultura.

Como dije antes, comienza ahora un análisis de la esencia misma de lo que llamamos “escolaridad”, como concepto universal, más allá de esta aquella escuela, distinguida a su vez de educación y cultura.

El tema comienza claramente cuando mi padre distingue entre los modos de educación. El primero tiene que ver con la educación como la espontaneidad de la vida en cualquier cultura (lo que se llama habitualmente educación in-formal): “….El proceso educativo, como tantos otros fenómenos que aparecen en la vida del hombre, se desarrolla en un primer momento sin que el hombre tome conciencia clara de su realización, sin que el hombre reflexione sobre el proceso. Así como el hombre piensa primero, sin que eso quiera decir que reflexiona sobre el pensar como fenómeno educativo: se cumple de modo que podríamos llamar espontáneo, sin que el hombre tome conciencia plena de que ello está ocurriendo, tanto desde el punto de vista del proceso interior de este educarse, como de este proceso por el cual el hombre educa a su prójimo”.

Esta educación concebida así, como el nacer inmerso en un horizonte cultural, que se absorbe en el mundo cotidiano de la vida, nunca fue un detalle menor para mi padre. Fue la base de la relación entre escuela y sociedad y lo que luego llamó “la ciudad educativa”, como luego veremos.

En esa espontaneidad, pocos reflexionan sobre el fin de los fenómenos educativos, pero en algunos ámbitos muy ligados a ese mundo de la vida los fines comienzan a ser más conscientes, como la familia: “…Todos los fenómenos de la educación inconscientes o espontáneos que se realizan en el marco de lo social siguen teniendo vigencia aunque se añadan estos otros que tienen idea clara de fin, que seleccionan contenidos; en una palabra, que se realizan conscientemente. Pero a pesar de realizarse de esta manera, este tipo de procesos no requieren obligatoriamente un marco de sistematización o de organización. Pueden realizarse perfectamente, conscientemente, con idea de fin, con contenidos más o menos seleccionados, pero de manera ocasional, asistemática; es decir, de acuerdo con lo que las circunstancias van determinando en cada momento. Ejemplo de esto es en buena medida el marco de la educación en el ámbito de la familia. Los padres participan de una labor de educación consciente, algunos de ellos tienen idea clara de los fines que persiguen con la educación de sus hijos, no utilizan cualquier elemento dentro del marco cultural de que disponen, pero no hay en el ámbito familiar una acción educadora que pueda llamarse sistematizada…”

Hemos cortado allí porque esa sistematización de métodos para la enseñanza es la clave de la escolaridad en sí misma. A medida que la complejidad de los contenidos culturales supera lo que el aprendizaje espontáneo puede hacer por sí mismo, para lograr ciertos fines es necesario cierto método: “…Cuando llegamos a este punto estamos ya en la escuela, pero como institución social, como un establecimiento con su personal especializado para cumplir este tipo de labor educadora, pero ello no significa en modo alguno que todos los demás aspectos hayan desaparecido, decaído, o hayan cobrado menor importancia. Es una especie de tendencia mental casi irrefrenable suponer que cuando aparece la escuela la educación como acción social, como fenómeno humano, ha quedado encerrada en la escuela”. Este párrafo es fundamental. Por un lado explica la esencia misma del fenómeno llamado escolaridad: una institución social con métodos específicos para lograr transmitir contenidos culturales complejos. Esto es lo llamado habitualmente “educación formal”, y NO se identifica necesariamente con las múltiples formas que puede abarcar: privada/pública, positivista o no, etc. Pero cuidado, y esto es clave, la educación NO se agota en ello. Cuando la escuela surge, las personas tienen a igualar educación con escuela: “…Es una especie de tendencia mental casi irrefrenable suponer que cuando aparece la escuela la educación como acción social, como fenómeno humano, ha quedado encerrada en la escuela”. Y eso lleva a suponer que la sociedad es hija de la escuela y por ende a pedirle a la escuela un papel redentor que la sobrepasa. Pero no: la escuela es una parte de un fenómeno educativo concomitante a la vida social en sí misma de la cual la escuela es efecto más que causa. “…El proceso educativo institucionalizado y organizado en el ámbito escolar es nada más que una parte de todo un proceso muy amplio, que es el fenómeno educativo que hemos analizado anteriormente”.

Llega así su definición de la esencia del fenómeno escolar: “…En síntesis, si recopilamos lo dicho podemos llegar ya a una especie de definición de escuela que no sería sino armar todo lo que hemos venido diciendo. Escuela, según esto, ¿qué es? Simplemente una institución creada por la sociedad (Estado, Iglesia, familia, etc.) para ocuparse específicamente de la transmisión a las jóvenes generaciones de los contenidos culturales que por su complejidad no pueden ser transmitidas mediante la acción educadora asistemática, habitual, de la sociedad”.

Pero, insiste mi padre, e insistirá en esto toda su vida, esa escolaridad no puede reemplazar a la educación como transmisión cultural: “…La definición también debe ser pensada desde otro punto de vista, y es el siguiente: la escuela nace para realizar tareas educativas que no puede cumplir la sociedad mediante esa labor de acción educadora asistemática y espontánea, pero no para reemplazar absolutamente nada de la acción educadora general que la sociedad cumplía antes y que sigue cumpliendo. Porque esta es la gran confusión: apenas aparece la escuela, inmediatamente aparece la errónea creencia de que la escuela reemplaza a la sociedad en algunas de sus funciones educadoras”; “….La escuela nunca reemplaza ni puede reemplazar nada de lo que la sociedad hace por sí misma, sino que nace para realizar algunas funciones educadoras que la sociedad no puede hacer”; …”La escuela nunca reemplaza ni puede reemplazar nada de lo que la sociedad hace por sí misma, sino que nace para realizar algunas funciones educadoras que la sociedad no puede hacer”; …”Hay en nuestro tiempo una tendencia bastante peligrosa a pretender que la escuela realice acciones educadoras que por su índole no puede hacer, y esta tendencia deriva un poco de esa confusión de creer que la escuela al nacer va limando, quitando funciones educadoras a la sociedad y a todas sus instituciones, familia, iglesia, comunidad, gremios, etc. De ninguna manera: la escuela nace para cumplir todo aquello que no puede hacer la sociedad, que es mucho y que a medida que pasa el tiempo es cada vez más”.

Por supuesto, algunas instituciones escolares van adquiriendo un merecido y comprensible prestigio en la cultura en la que se desarrollan, produciéndose por ello una retroalimentación, un círculo virtuoso. La escuela puede influir para bien en su cultura: “…Cuando esto sucede, aquella influencia que venía de la sociedad y sus instituciones hacia la escuela comienza a revertirse, y va de la escuela hacia la sociedad, y como la historia enseña con tantos ejemplos, se advierte que las instituciones escolares han influido decididamente en la sociedad en diversos ámbitos, y hasta hemos visto cómo ciertas instituciones sociales han detenido en algunas ocasiones su propio poderío frente a la institución escolar”. Pero ello no implica olvidar la naturaleza misma del fenómeno escolar, dependiente de la cultura que la origina: “…Resulta sumamente necesario no olvidar, sin embargo, el punto inicial en cuanto a la dependencia original y básica de la escuela con respecto a la sociedad”. Este “olvido del ser de la escuela”, implica que se le pidan a ella tareas que por naturaleza NO puede efectuar (veremos más adelante que ese fue el problema de la “escuela nueva”): “…Si esto no se tiene en cuenta, no se puede entender el papel que la escuela cumple en realidad. Los educadores somos los primeros que debemos tener siempre en cuenta esta relación inicial, esta dependencia de la escuela con respecto a la sociedad, este papel que asumimos en cuanto mandatarios de una sociedad determinada. Ello conduce a recordar que muy habitualmente se formulan quejas contra lo que la escuela hace y contra lo que la escuela logra. A menudo esas quejas son ciertas y muy justas pues es verdad que hace mal muchas cosas, pero otras veces estas quejas son simplemente equívocos con respecto a la misión de la escuela y a lo que la escuela puede hacer, porque, debido a que se olvida esto de que la escuela, por ejemplo, es fruto de una sociedad y hecha a su imagen y semejanza, se le pide de pronto a la escuela que determinados problemas de la sociedad los resuelva por sí misma, y como si los educadores y la escuela fueran artífices todopoderosos, se les pide que, transformando una serie de circunstancias de la vida social, tomen a su cargo una serie de tareas que ellos no están en condiciones de hacer”. Esto es, la escuela no puede reemplazar al mundo de la vida. Si se lo intenta, su fracaso no sólo será inevitable, sino que en términos de la escuela de Frankfurt, que mi padre no usaba, ello llevará (como ya lo ha hecho) a la racionalización del mundo de la vida y por ende a la progresiva anulación de la creatividad intelectual y el pensamiento crítico. Mi padre lo explica de este modo: “…Los fracasos de la escuela o de lo que a la escuela se le ha pedido pueden ser muy a menudo fracasos de lo que la escuela no podía hacer, o sea: el error estuvo en pedir a la escuela lo que ella no estaba en condiciones de hacer”; “…Es necesario saber poner las cosas en su lugar y decir con toda franqueza: la escuela no puede ser igual que la vida”.

La escuela no puede ser igual que la vida. Qué olvidado que está esto por los padres que abandonan a sus hijos en las garras de la educación formal, en depósitos de hijos que molestan, olvidando su misión irremplazable……… Produciendo con ello adultos que nuevamente cometerán el mismo error….

Por ello esté párrafo esencial, donde mi padre niega lugares comunes altamente difundidos: “…No, la escuela es algo distinto, la escuela no es exactamente igual que la familia, que la Iglesia, que las demás instituciones sociales. La escuela, por ejemplo, por más que nos halague el oído, no es ni puede ser segundo hogar, ni la maestra puede ser segunda madre, porque la madre tiene que cumplir su papel y la maestra el suyo, que no es el mismo. La escuela tiene un papel absolutamente diferente del que concierne al hogar, porque si tuviera que hacer lo mismo que el hogar no haría falta la escuela. Si ha nacido la escuela es porque tenía otras cosas que hacer. La escuela debe decir: no, segundo hogar no, porque segundo hogar será siempre hogar imperfecto, hogar defectuoso, y si se me pide que cumpla lo que el hogar y la familia hacen, lo haré siempre a medias, irregularmente; pídaseme lo que yo debo hacer, y esto sí debo comprometerme a realizarlo”. (Las itálicas son nuestras).

Es TAN importante esto que intentaremos graficarlo:

Pero, ¿y entonces? La cuestión es que, por ende, el método de la enseñanza formal no invada a todos los aspectos de la vida y menos aún al aprendizaje espontáneo, informal, que va cambiando según las diversas tecnologías del conocimiento. Esto tiene esencial relación, de vuelta, con la libertad de enseñanza y un sistema que esté él mismo abierto a su propia oxigenación. Por eso….

2.      Implicaciones para la “educación continua”, el dinamismo educativo, los límites de los métodos y la libertad de enseñanza.

En esa época recién comenzaba a hablarse de la aceleración de la Historia[1]. Pero mi padre ya la tenía muy en cuenta, sobre todo por sus consecuencias educativas. Desde fines del s. XIX y hasta mediados del s. XX (antes también, obviamente, pero mi padre está pensando en las etapas históricas de la Política Educativa en Argentina y en el mundo), el título universitario podría considerarse como una educación formal “terminada”, luego de la cual podrían seguir cursillos, seminarios, de “perfeccionamiento docente”, o actualización profesional. El caso es que se tenía una visión estática de lo cultural. Pero eso ya estaba cambiando: “…En una palabra: llegamos a lo que constituye el nudo central del pensamiento que deseamos exponer. La cultura de nuestro tiempo ha dejado de poseer un carácter “estático” para pasar a un carácter “dinámico”.

Muy interesante el ejemplo de los libros impresos como símbolo de ese saber que “ya está”, pues con ello mi padre vislumbraba el gran cambio cultural posterior a su muerte: “…Todos tenemos presente, por otra parte, la visión del bufete del gran abogado, o del consultorio del gran médico de antaño, que ostentaba casi siempre los volúmenes capitales de su formación y de su caudal cultural, esos volúmenes que en sus años de estudiante él consumió –valga la expresión– en largas jornadas, y que posteriormente lo acompañaban como fieles amigos, como fuentes magistrales a las que podía acudir en cualquier instante”.

Pero…”…Todo eso es una imagen del pasado. Cada vez tiene esto menor importancia y esas grandes colecciones de volúmenes….”. Porque la cultura, siempre dinámica, antes lo era con el paso de los siglos. Ahora los grandes cambios tocan lo esencial de la vida promedio de un hombre: “…..El carácter dinámico de la cultura –ese carácter que antes, para poder ser advertido, requería situarse en una perspectiva histórica abarcadora de siglos– se pone de relieve ahora aún para el breve lapso que abarca la vida de un hombre…”.

De ese modo, “…Por eso es que aquellas imágenes estáticas de la cultura tradicional han sido reemplazadas por otras que pueden llamarse dinámicas. Los grandes volúmenes, los libros de antaño, son actualmente reemplazados con ventaja por la revista de alto nivel, especializada, de aparición periódica y regular” (a esta altura de la cuestión el lector podrá ver que esto de ningún modo tenía que ver, en mi padre, con menospreciar a los clásicos, como algunos hacen hoy). Cuarenta y ocho años antes del internet, que no pudo llegar a ver, afirmó: “…Así pues, a la biblioteca, elemento estático, se opone hoy el centro de documentación. Al libro, al gran volumen, la revista especializada de alto nivel, o el libro pequeño, el folleto, de rápida impresión y de rápida circulación”. Y la predicción fue más específica: “…Entiéndase bien que con las palabras precedentes no queremos decir que desdeñamos el valor del libro o del gran volumen, que dentro de otro contexto y dentro de su nuevo papel habrá de llenar siempre una misión. Tampoco desdeñamos el papel del curso fundamental” (él ya veía venir las objeciones). “Lo que afirmamos (sigue) es que al lado de todo eso surge hoy este otro aspecto de la cultura dinámica, estos otros fenómenos que son las revistas, los cursillos, los folletos, que adquieren una dimensión nueva y una jerarquía que no tenían tres décadas atrás. Y consideramos un grave error esa postura despectiva con que ciertas personas o grupos enfocan la obra que este tipo de procedimientos cumplen”. Destaquemos esto último: “…Y consideramos un grave error esa postura despectiva con que ciertas personas o grupos enfocan la obra que este tipo de procedimientos cumplen”. ¿No estaba adelantando allí la actual lucha del aula contra los celulares?

Pero entonces, frente a estos nuevos modos de formación continua, se corre el peligro del reglamentarismo y de atentar contra la libertad educativa, temas que, como hemos visto, mi padre había previsto en 1960 y 1963. “.. Hasta el momento, puede decirse que esta gran labor de actualización y de educación continua, tanto en el campo de los docentes como de otros profesionales y en general dentro del campo empresario, viene cumpliéndose gracias a los esfuerzos de la iniciativa privada y en un ambiente de absoluta libertad”. Por supuesto tuvo que aclarar una vez más, en este país estatista, que él sabía que “…existen quienes lucran mediante cursos improvisados y carentes de base científica…”, pero “…los problemas de la libertad los corrige la libertad, y en muy poco tiempo estas improvisaciones se desprestigian a sí mismas y luego de engañar a unos pocos por poco tiempo desaparecen y se hunden en el olvido”. En efecto, la libertad, y no la inmovilidad de la vigilancia estatal, es el oxígeno de una cultura dinámica y en renovación permanente. “…En cambio, es este ambiente de libertad y este espíritu que sólo puede surgir de la iniciativa privada el que permite que los cursos de perfeccionamiento y los sistemas de educación continua cumplan su verdadera misión de “actualización”; … “…Se corre un riesgo muy grave en cuanto se piensa en oficializar este tipo de actividades de actualización o de perfeccionamiento, y también se lo corre cuando las instituciones privadas que los desarrollan llevan más allá del mínimo necesario la estructura organizativa, sea porque ellas así lo dispongan, sea por exigencias externas. Ese riesgo es el “endurecimiento” que toda oficialización o excesiva organización trae consigo, endurecimiento que puede llevar a los cursos de perfeccionamiento a perder dinamismo y a recaer en caracteres estáticos que son lo contrario de su naturaleza. No pidamos a los cursos de perfeccionamiento esquemas rígidos o sistemas demasiado organizados”. Sin libertad de enseñanza, el dinamismo cultural se frena en los inamovibles planes estatales. El tema era obvio, para mi padre, para lo que hoy llamamos post-grado (en español). Más adelante mi padre lo extendería a todos los niveles. Impresionante: mientras él iba para adelante, su país iba para atrás. A partir de los 90 el Estado Argentino planificó absolutamente todo cuanto pudo y encerró a todos los masters y doctorados en ese soviet llamado Coneau. Mi padre lo preveía antes de su muerte en 1991. Su desánimo de entonces era entendible. No quiero ni pensar qué hubiera sentido después.

Pero en 1967 tenía la esperanza de que sus advertencias fueran escuchadas: “…Muy grave es el riesgo que se hará correr a las instituciones privadas si, en nombre de presuntos riesgos, se les comienza a exigir organizaciones y planificaciones y detalles que deban ser estructurados con larga antelación y que una vez previstos no puedan modificarse sin previa consulta y quizá no puedan modificarse de ninguna manera. Solamente la iniciativa privada y un clima de libertad prácticamente absoluta pueden garantizar el mantenimiento de ese carácter dinámico que es la esencia de este fenómeno de perfeccionamiento de educación continua”;…. “En nuestro país todavía seguimos teniendo miedo a la libertad y ante cada peligro, ante cada riesgo, solemos acudir al Estado para que mediante su fiscalización nos proteja” (¿Les suena?).

Para escándalo de los estatistas conservadores, que confundían la Edad Media con su estado weberiano, mi padre comparaba la libertad de enseñanza con el surgimiento de las universidades. Cita la definición de “estudio” que aparece en las Partidas de Alfonso el Sabio: “… “estudio es ayuntamiento de maestros de escolares con la voluntad y el entendimiento de aprender los saberes”. Y luego, en un sentido gadameriano, “deconstruye” la definición[2]: “…Pero véase bien qué dice Alfonso: “con la voluntad”, es decir que libremente quieren unos enseñar y otros saber, pues no hay voluntad si no hay libertad, y ese “ayuntamiento”, ese encuentro de maestros y alumnos a que él se refiere es el encuentro de voluntades libres, sin lo cual no ha habido nunca ni la habrá enseñanza ni escuela, maestros ni discípulos”.

Repárese: “…voluntades libres, sin lo cual no ha habido nunca ni la habrá enseñanza ni escuela, maestros ni discípulos”.

Toda una filosofía de la educación, una visión de la didáctica y de la política educativa en 18 palabras.


[1] Ver al respecto García Venturini, J.L.: Politeia, Troquel, 1978.

[2] “…Es interesante ver de qué modo Gadamer explica su noción de “deconstrucción”: “…¿Y qué es en realidad eso de “lenguaje de la metafísica”? ¿Es realmente un lenguaje? Se entiende, desde luego, lo que se quiere decir cuando se afirma que un concepto soporta un matiz metafísico. A este respecto me parece totalmente decisivo el hecho de que el concepto de “destrucción”, que el joven Heidegger nos transmitía como ese nuevo gran mensaje, nunca implicase para quien realmente tuviera oído para la lengua alemana de la época el sentido negativo que le es propio en otras lenguas. Para nosotros, destrucción equivale a desmontaje, desmontaje de aquello que sirve de ocultamiento. Cuando queremos decir destrucción en sentido negativo no decimos ‘Destruktion’ sino ‘Zerstorung’. Esta es la manera en que Heidegger introdujo la palabra en la década de 1920, y supongo que Derrida no era plenamente conciente de ello, por ello eligió una palabra que según mi sensibilidad lingüística es extraña y redundante, ya que parece que él percibía efectivamente sólo el sentido negativo de ´Destruktion´” (en El giro hermenéutico, op.cit., p. 66). Sigue más adelante: “Heidegger demostró que los conceptos establecidos por los griegos eran palabras utilizadas en el lenguaje vivo y que a pesar de toda precisión conceptual recogían una multiplicidad de significados o, para expresarse según la poetología moderna, que ocupaban múltiples “espacios significativos” que se mantienen siempre presentes” (idem). Y más adelante: “…En Heidegger “destrucción” no significa jamás liquidación, sino desmontaje. A través de esa destrucción se pretende retrotraer determinaciones conceptuales fosilizadas hasta la experiencia de pensamiento de la cual nacieron en su momento, y así hacerlas hablar de nuevo. Una destrucción de este tipo no pretende desde luego remitir a un origen oscuro, a una ‘arché’ o lo que quiera que sea….” (Idem, p. 81). De mi libro Hacia una hermenéutica realista, Austral, Buenos Aires, 2005, nota nro. 29.

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor en las Universidades Austral y Ucema. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Publica como @gabrielmises

Orígenes del colectivismo

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/10/origenes-del-colectivismo.html

En realidad, el origen del colectivismo se pierde en ‘’la noche de los tiempos’’ como quien dice. Pero uno de sus primeros defensores, quizás el más conocido pero no el único, fue –en la opinión del filósofo vienés K. R. Popper, el filósofo griego Platón, el más famoso discípulo de Sócrates. En sus propias palabras:

‘’A mi juicio, el holismo platónico se halla íntimamente relacionado con el colectivismo tribal de que hablamos en capítulos anteriores. No debemos olvidar que Platón añoraba permanentemente la perdida unidad de la vida tribal. Una vida en perpetua transformación, en medio de una revolución social, le parecía carecer de realidad. Sólo un todo estable -la colectividad que permanece- posee realidad, y no los individuos caducos. Así, es «natural» que el individuo se someta al todo, que no es tan sólo la suma de muchos individuos, sino una unidad «natural» de orden superior. ’’[1]

Es difícil saber qué tipo de ‘’realismo’’ encontraba Platón en el ‘’todo’’. La misma palabra -sin referencia concreta a ninguna otra cosa- no denota más que la más pura abstracción.

La realidad desde lo tangible es la individualidad y no la totalidad en abstracto. La tribu -creía Platón- tenia ‘realidad’’ propia como un ente separado y por encima de los individuos que lo componen. Notemos que es la misma idea que actualmente se posee respecto de aquello que se llama ‘’el Estado’’ (con mayúscula inicial) y que -como también explica Popper- primero Hegel y después Marx contribuyeron a reforzar aquella idea platónica, tratando de convertir lo que no era y es más que una construcción mental en una realidad vital.

Resulta claro que, en la tribu el individuo era nada respecto del todo que representaban los demás miembros del grupo pero, en especial, del jefe de la tribu, ello hasta el punto que ese líder llegaba a representar a la tribu misma, y no sólo hablaba sino que hasta pensaba por ella. Nada podía hacerse sin la autorización del grupo cuya última palabra residía en el cacique. Platón veía en esa estructura una ‘’virtud’’ y fueron Hegel y Marx los que trasladaron esa misma ‘’virtud’’ a la figura del estado-nación.

La idea antropomórfica de estado/gobierno se ha aceptado masivamente, y no hay prácticamente persona alguna que no se refiera a dicha entelequia como una ‘’realidad’’ viva siendo de la esencia del colectivismo. El individualismo ha caído en desgracia, y salvo un breve periodo (visto en perspectiva histórica) que puede fecharse entre fines del siglo XVII y principios del siglo XX no volvió -hasta el día de la fecha- a recuperar la posición de privilegio que supo ostentar en aquellos tiempos.

Hoy en día, la palabra individualista es un insulto como lo era en la época en que Popper escribía. Esto -ya de por sí- importa un vigoroso triunfo del colectivismo por sobre el individualismo que refuta a todos aquellos que insisten que vivimos en una sociedad individualista. ¡Ojala fuera ello así!

Pero el pensamiento de Platón nos revela mucho acerca de los orígenes del colectivismo, para el cual ‘’Una vida en perpetua transformación’’ constituía una amenaza, una anomalía social que debía evitarse, y de presentarse, combatirse. ¿Por qué? En el fondo muy simple: porque si la vida esta ‘’en perpetua transformación’’ no puede ser controlada por el poder de turno. Y ello aunque Platón no era explícito en el punto.

 Esta idealización de la colectividad como si tuviera corporeidad está plenamente vigente en nuestro tiempo y, por lo que parece, se la debemos a Platón y sus discípulos.

Pero -insistamos- conceptos tales como colectividad, colectivismo, estado, nación, gobierno, sociedad, comunidad, son sólo eso : abstracciones imaginarias, cuya realidad nada más reside en nuestras mentes, ya que son invisibles, incorpóreos, y no pueden ser percibidos por los cinco sentidos.

La estabilidad que anhelaba Platón y los colectivistas modernos era, en realidad, lo que confundían con uniformidad y de tal modo impedía que un individuo sobresaliera sobre el resto porque, de hacerlo, resultaba claro que el hecho rompía la estabilidad del grupo. Pero esto entraba en contradicción con la aparición del líder del colectivo. La colectividad –no obstante- es una idea, un mero concepto, que sólo permanece en nuestras mentes sin existencia externa visible, ni olfativa, ni gustativa, ni audible, ni táctil. Es corpóreamente pues pura fantasía. Su realidad es solamente mental.

Lo real es que ese ‘’todo’’ sólo tomaba efectiva existencia en otra u otras personas iguales en su personalidad e individualidad al resto de los miembros del grupo, pero con la sola distinción de considerarse por encima de los demás miembros, ya sea por reconocimiento de los mismos integrantes o por imposición del que se asumirá como ‘’superior’’ y con título suficiente como para comandar a los demás.

Lo único que permanece de la colectividad es la palabra colectividad. Luego, en la vida real, todo es mutable, lo que incluye claro está, a los individuos que componen ese imaginario social que denominamos colectividad.

No hay nada de ‘’natural’’ –entonces- en ‘’que el individuo se someta al todo’’ porque ese ‘’todo’’ como realidad física no existe, excepto ‘’tan sólo [como] la suma de muchos individuos’’ que es lo que Platón negaba.

Es por todo lo que hemos venido reseñando arriba que el colectivismo no es más que una manifestación del primitivismo más crudo. Algo esencialmente retrogrado. El movimiento de masas descripto por José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas.

Ese colectivismo es el que proclama como una ‘’virtud’’ que el individuo debe sacrificarse por el ‘’bien común’’, cuando ese ‘’bien común’’ se iguala con el ‘’todo’’ de Platón. Y, en última instancia, tanto el ‘’bien común’’ colectivista como su ‘’todo’’ no son más que el bien particular de su o sus líderes, quienes terminan identificándose a sí mismos, o equiparados por sus seguidores, como la personificación de ese ‘’todo’’ o ese ‘’bien común’’.

Ese sometimiento que pedía Platón no era a un grupo o una tribu sino al líder de la tribu al que se le debía obediencia por tomárselo como la encarnación del espíritu de la tribu. En suma, la teoría platónica no consistía más en este aspecto que una justificación a la tiranía.


[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. pág. 95

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Enrique VIII: El líder despótico

Por Luis del Prado:

 

El 2 de julio de 1613 (fecha en la que se incendió accidentalmente el Globe Theater de Londres) se estaba representando en su escenario “La famosa historia de la vida del Rey Enrique VIII”, de William Shakespeare, una de sus últimas creaciones. El drama narra todo un entramado político, social y religioso, por el que desfilan un sinfín de personajes, mostrando los acontecimientos de un período de la vida del rey Enrique VIII. La obra comienza en el momento de la destitución del Duque de Buckingham y se cierra con el nacimiento de Isabel, fruto de la relación del Rey con su segunda esposa, Ana Bolena. A lo largo del texto se describen las caídas en desgracia de la Reina Catalina de Aragón y del Cardenal Wolsey y se pinta el fuerte cambio político y sobre todo religioso que se produce en Inglaterra partir de la ruptura con el Vaticano. Shakespeare detiene la descripción de la vida de Enrique VIII en el momento del nacimiento de su hija Isabel, probablemente para evitar mencionar la decadencia del Rey y la inestabilidad política que volvió a aparecer en Inglaterra, derivada del divorcio del Rey y el casamiento con Ana Bolena. Al no mencionar los hechos posteriores, la obra concluye con la gran esperanza que supone el nacimiento de la princesa Isabel. Si bien la ruptura con la Iglesia de Roma generó conflictos importantes, el poder del Rey se reafirmó frente a su pueblo. Por otra parte, no puede dejar de mencionarse que el público de las obras de Shakespeare era testigo que Isabel I se había convertido en una gran reina, que produjo el desarrollo industrial y el crecimiento económico del país, y cuyo mito se agigantó con la victoria sobre la Armada Invencible española, hecho que convirtió a Inglaterra en la principal potencia marítima europea. Seguramente influido por una cuestión patriótica y religiosa, Shakespeare culmina la obra sin menciones elogiosas a María Tudor, primogénita del Rey, católica y con su lealtad dividida entre Inglaterra y España, la patria de su madre Isabel la Católica. A lo largo de esta obra, Shakespeare suaviza de manera evidente la oscuridad de este período de la historia inglesa (la reforma religiosa, las persecuciones, las ejecuciones de dos de sus esposas, etc.), seguramente motivado por no desagradar a su principal empleadora, la Reina Isabel I. Enrique VIII nació en 1547 y fue el segundo hijo de Enrique VII e Isabel de York. Se convirtió en el heredero de la corona debido a la prematura muerte de su hermano mayor, Arturo. Como era común en los príncipes del Renacimiento, había recibido una excelente formación humanista, hablaba francés, latín y español, componía poesía y pequeñas obras musicales y era un destacado deportista, aficionado a la caza y a las justas caballerescas.
Fue mecenas de varios artistas y pensadores europeos que acudieron a su corte. Entre los logros políticos de su reinado, se destacan la anexión a Inglaterra del País de Gales y de Irlanda. Enrique sucedió a su padre en 1509 y fue coronado a los 18 años de edad. Ese mismo año se casó con la viuda de su hermano Arturo, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos (Isabel y Fernando). Para poder celebrar ese casamiento, en esa época era necesaria una dispensa del Papa para revocar el “impedimento de afinidad”.1 El permiso del Papa fue concedido porque se afirmó que el matrimonio de Catalina con Arturo no había sido consumado, debido a la muerte de este último con solo quince años de edad. La relación entre Catalina y Enrique era de profundo entendimiento, tanto a nivel personal como político, hasta que surgió el problema de la sucesión. Catalina tuvo numerosos embarazos, pero la única sobreviviente fue su hija María. No existía impedimento legal alguno para que las mujeres accedieran al poder cuando no había varones en la línea de sucesión, pero la ausencia de un heredero varón era considerada un peligro para la continuidad de la dinastía. En el interín, Enrique fue seducido por una de las damas de la reina, Ana Bolena. Tomás Bolena quería mejorar la posición social de su familia, y no encontró mejor manera que alentar a su hija mayor María a tener un romance con el Rey. Enrique se cansaba pronto de sus amantes, por lo que Tomás Bolena tuvo que recurrir a su otra hija, Ana, quien estaba residiendo en la corte francesa. Ana logró el objetivo de seducir al Rey y quedó embarazada. En ese momento, Enrique VIII le planteó al Cardenal Wolsey la necesidad de divorciarse de Catalina y casarse con Ana para evitar que su futuro hijo fuera un bastardo. Wolsey fue el encargado de tramitar la anulación del matrimonio frente al Papa Clemente VII. El dilema que enfrentaba el Rey consistía en que los medios que tenía que utilizar para asegurar la continuidad de la dinastía eran contrarios a las leyes del Dios que lo había ungido en el trono. Enrique, determinado a conseguir su objetivo, utilizó el mismo argumento que esgrimió para poder casarse veinte años atrás con la viuda de su hermano, pero exactamente al revés. Un formidable ejemplo de “relato” para acomodar los hechos a su conveniencia. Enrique somete la cuestión a un tribunal canónico (obviamente manipulado por Wolsey) para determinar que había “vivido en pecado” durante todo su matrimonio con Catalina, ya que la unión no era legítima por la consumación del matrimonio previo con Arturo. La anulación del matrimonio lo dejaría en libertad para poder casarse con Ana.

1 En el Levítico del Antiguo Testamento, se afirma que “quien se case con la mujer de su hermano, será castigado y no podrá tener hijos”
Catalina no se doblegó, ya que, además de muy inteligente era una mujer sumamente determinada y estaba segura de su legitimidad como esposa y como madre. Por ello no aceptó la propuesta del Cardenal Wolsey que implicaba la reclusión de por vida en un monasterio. El reclamo de justicia de Catalina se ubica en el contexto de un sistema misógino, en el cual una mujer infértil podía ser condenada a muerte. Esta negativa colocó al Papa en una situación delicada, ya que estaba siendo presionado por Inglaterra para anular el matrimonio y por España para no hacerlo. Cabe mencionar que el Rey de España, Carlos V, era sobrino de Catalina y, además, Emperador del Sacro Imperio Romano. Ante la demora de los trámites y al comprobar que el Vaticano no accedería a su pedido, Enrique, ante la inminencia del nacimiento de su hijo, decidió romper con la Iglesia Católica Romana, repudiar a Catalina y casarse con Ana Bolena. Para no ofender a la Reina Isabel I, Shakespeare describe a Ana Bolena como una joven humilde, sin pretensión alguna de poder y gran admiradora de la Reina Catalina. Otros autores, como por ejemplo Calderón de la Barca (autor de “La Cisma de Inglaterra”), la muestran como un ser ambicioso, altivo y sin escrúpulos cuya vanidad y arrogancia la llevan a seducir al rey y ponerlo en contra de Wolsey y de Catalina. El Papa excomulgó a Enrique y este respondió con el Acta de Supremacía, por la que se declaraba la independencia de la Iglesia Anglicana, bajo la soberanía del rey, que se convertía en “Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra”. Enrique dictó una serie de decretos en los que se acusaba de alta traición y castigaba con la muerte a todos aquellos que no reconocieran este hecho. Enrique en realidad no deseaba la ruptura con Roma, ya que había buscado por todos los medios encontrar otra solución, pero lo traicionó su temperamento, sumado a la pasión que sentía por Ana y a la necesidad política de un heredero varón. Antes del cisma, Enrique había apoyado fuertemente al Vaticano en contra de Lutero, e incluso el Papa le había otorgado el título de “Defensor de la Fe” por un escrito realizado por el rey, en contra del credo luterano. Este hecho es un punto de inflexión que marca el inicio de la transformación de Enrique de un Rey brillante, culto y carismático a un soberano arbitrario, despótico y gobernado por sus pasiones.

Enrique VIII tuvo tres hombres de confianza a lo largo de su reinado: el Cardenal Wolsey, Thomas Cromwell y Tomás Moro. En el caso de los dos primeros, Enrique se dio cuenta muy tarde que se trataba de personas manipuladoras, astutas, intrigantes, ambiciosas y vengativas. Tomás Moro, por el contrario fue un ejemplo de servidor honesto y virtuoso.
Con el caso del Cardenal Wolsey, Shakespeare muestra que la ambición es una tentación de la condición humana que, llevada a un extremo, convierte en víctimas a los demás y termina destruyendo al ambicioso. Wolsey fue abusivo en el cobro de impuestos, arrastró al Rey al deshonor por incumplir pactos políticos, se enriqueció indebidamente y eliminó a sus enemigos con calumnias. Todo ello lo condujo a su propia ruina. Hay muchos ejemplos en la obra que ponen de manifiesto la fragilidad del poder, que nunca es eterno, aunque los personajes no son conscientes mientras están en la cima de la gloria. Existen innumerables ejemplos de personas que ocupan cargos muy importantes y se consideran insustituibles, de un día para el otro pierden su posición y su poder. Rolf Breintenstein2 llama a esto “el síndrome del Cardenal Wolsey”. El Cardenal fue el hombre de confianza del Rey Enrique VIII durante un largo período. Hacía y deshacía a voluntad. Promovía a sus favoritos y castigaba duramente a sus enemigos. Además, era un administrador muy eficiente y talentoso, lo que reforzaba el favor del Rey. Pero en algún momento, Wolsey se olvidó que el poder efectivo lo tenía el Rey y perdió de vista que, a pesar de su enorme poder, seguía siendo solo un empleado. Wolsey pensaba en realidad que él no dependía del Rey, sino el Rey de él, ya que nadie sabía dirigir los asuntos del reino tan bien como el Cardenal. En ese contexto, las personas suelen excederse y descuidarse. Sus numerosos enemigos le tendieron una trampa y le hicieron llegar al Rey dos documentos muy peligrosos: un informe sobre la fortuna personal de Wolsey y su correspondencia privada con el Papa, el gran adversario del monarca. Este leyó los documentos y le retiró la confianza a Wolsey en cuestión de segundos. Para el Cardenal supuso el despido y la incautación de sus bienes y escapó de milagro al castigo usual en esa época: la decapitación en la Torre de Londres. Un momento de revelación dio por tierra con años de confianza. La imposibilidad de conseguir la anulación del matrimonio del Rey, contribuyó de manera decisiva a la caída en desgracia del Cardenal, quien fue sustituido en su cargo por un querido amigo del Rey: Tomás Moro. Moro era un humanista de refinada cultura, amigo personal de Erasmo de Rotterdam, uno de los padres de la historiografía inglesa y autor de la célebre Utopía, uno de los textos fundamentales de la filosofía política. A partir de esta obra, la palabra “utopía” se incorporó a todas las lenguas europeas.

2 Breintenstein, Rolf. (2000). Shakespeare para managers. Plaza y Janés Editores. Barcelona, España.

También fue uno de los mejores abogados nacidos en Inglaterra, cuyos conocimientos jurídicos y sentencias despertaron la admiración de los colegas de su época e incluso hasta nuestros días, al punto de ser el santo patrono de los abogados, gobernantes y políticos. Hombre de fuertes convicciones religiosas, Moro también fue fiel a sus compromisos terrenales: como humanista, diputado, abogado especialista en derecho marítimo y comercial, juez, embajador, consejero real, esposo y padre de cuatro hijos. En menos de 25 años, de 1504 a 1529, pasó de miembro del Parlamento a Lord Canciller del Reino de Enrique VIII. Fue el primer laico que ocupó la más alta dignidad pública de Inglaterra. Dimitió al día siguiente de que el clero inglés se sometiera definitivamente a la supremacía del rey sobre la Iglesia, alegando motivos de salud. Pero la razón más profunda pasaba por el hecho de no estar dispuesto a que el poder temporal usurpara la primacía de la verdad. Consciente de que su decisión le acarrearía un sin fin de dificultades personales y familiares, Moro reunió a su mujer, hijos y yernos para adelantarles el incierto panorama que les aguardaba y las penurias económicas en las que vivirían en el futuro cercano. Moro intuyó lo que se le venía encima. Pero no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie rompiera la unidad y la paz de su familia. Todas las personalidades más influyentes y las instituciones acabaron doblegándose a la voluntad de Enrique VIII. Aceptaron su divorcio de Catalina, las segundas nupcias del rey y la escisión de la Iglesia inglesa de Roma. Todos, salvo el Obispo Fisher y Tomás Moro. Conociendo el temperamento impulsivo del rey, nadie dudaba de que el rechazo al juramento podía costarle una larga prisión o la vida. No sería la primera vez. Pero Moro fue coherente con su habitual forma de proceder. Todos le pidieron que firmara el Acta, incluso su familia. Moro amaba la vida, como la ama cualquier ser humano. Pero amaba a Dios por encima de todo. Thomas Cromwell (quien sería su sucesor) le exigió que jurara el Acta de Sucesión. Moro la examinó con atención y por dos veces rechazó el juramento. “Si lo hago”, dijo Moro, “expongo mi alma a la condenación eterna”. Enrique no admitió el rechazo de su ex-consejero, porque creía que una sola excepción estaría dando “ocasión para que todo hombre rehúse la integridad del texto o su contenido”. Ningún súbdito inglés podía cuestionar el segundo matrimonio del rey. Moro pasó cuatro días custodiado y rechazó una vez más el juramento. Finalmente, fue encarcelado en la Torre de Londres. Moro padeció mucho en prisión por las incomodidades y las restricciones que tuvo que soportar, pero su espíritu permaneció alegre, lo que le permitió bromear con su familia y amigos cuando le permitían verlos. Moro negó los cargos de la acusación y denunció al procurador general por perjurio. Sabía que iba a morir, pero no quería darles ningún pretexto. Al ser interrogado si
reconocía, aceptaba y consideraba al rey como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, se negó a dar una respuesta directa, declarando: “No quiero tener nada que ver con esto, porque he tomado la firme decisión de dedicarme a las cosas de Dios y meditar sobre su Pasión y sobre mi paso por esta tierra”. El jurado lo declaró culpable y lo condenó a ser colgado en las horcas de Tyburn. Sólo entonces, con toda la agudeza jurídica de la que era capaz, Moro declaró públicamente la ilegitimidad del Acta de Supremacía. Después de algunos días, Enrique cambió la sentencia, decretando que muera decapitado en Tower Hill. El martes 6 de julio de 1535 tiene lugar la ejecución. El hacha sólo pudo cortarle la cabeza, expuesta luego en una picota en lo alto del Puente de Londres durante un mes. Fue el único modo que tuvo Enrique VIII de apoderarse de ella. Sin embargo, el rey no pudo apropiarse de la conciencia del que había sido su colaborador más cercano y su representante directo. Enterrado su cuerpo en la capilla de San Pedro ad Vincula, su espíritu permanece vivo entre los hombres, porque eligió ser fiel a Dios y a su conciencia. La hoja afilada del verdugo le arrancó la cabeza de un solo tajo, le cercenó el pulso, interrumpió los latidos de su corazón. Pero en el mismo momento que rodaba por el suelo del patíbulo la cabeza del “gran traidor”, se alzaba la vida eterna de su espíritu. Tras su muerte, comenzó en Inglaterra la destrucción más despiadada de cualquier vestigio de su existencia. Enrique VIII y Cromwell estuvieron a punto de conseguirlo. Pero no contaban con la profunda huella que Moro había dejado entre la gente del siglo XVI. Chapuys, el embajador español en Londres, escribió a Carlos V llamando a Moro “santo mártir”. El pueblo londinense tejió pronto la leyenda de su Lord Canciller, que culminó en el teatro en tiempos de Isabel I, la hija de aquella mujer por la que Enrique le cortó la cabeza. La onda expansiva trascendió la isla británica y se desbordó por todo el mundo, hasta nuestros días. En 1886, el Papa León XIII lo beatificó y en 1935, Pío XI proclamó santo “al laico Tomás Moro”.

El principal beneficiario de la caída de Tomás Moro fue Thomas Cromwell, un abogado sumamente ambicioso de origen humilde que supo servir con fidelidad al Cardenal Wolsey y ubicarse cada vez más cerca del círculo de confianza del Rey Enrique. Cromwell fue un ejemplo del hombre de confianza que no tenía escrúpulos y que estaba dispuesto a hacer el trabajo sucio para poder trepar en la escala social. Cromwell ejecutó la orden de disolución de los monasterios (para hacerse de sus bienes) y llevó a cabo el proceso de Tomás Moro y de la familia Bolena, cuando cayeron en desgracia. También fue responsable de las gestiones que colocaron a la familia Seymour en un lugar privilegiado de la corte, a partir del casamiento del Rey con Jane, su tercera esposa. Su caída se inició por la prisa con la que había impulsado a Enrique VIII para que se volviera a casar con Ana de Cleves después de la muerte prematura de Jane Seymour. La boda tenía como indisimulado objetivo hermanar a las dos ramas de la Reforma protestante: la anglicana y la luterana. Pero resultó que a Enrique le repelía físicamente su nueva esposa hasta el extremo de no poder consumar el matrimonio. Tras seis meses de casados, el enlace fue anulado y la furia real cayó sobre Cromwell. Thomas Cromwell había hecho numerosos (y poderosos) enemigos en sus años al servicio de la corona. En primer lugar, por su ferviente apoyo a la Reforma y la disolución de monasterios católicos, que lo había enfrentado a los sectores más tradicionalistas. Y, sobre todo, por lo que los nobles consideraban un imperdonable arribismo: hijo de un modestísimo herrero, tras graduarse en Derecho había ido ascendiendo por la escala social gracias a su inteligencia y, también, a sus acciones corruptas, siendo sucesivamente parlamentario, abogado de la corte, consejero real y finalmente secretario de Estado. Así las cosas, cuando sus oponentes vieron la oportunidad de derrocarlo merced al «asunto Ana de Cleves» la aprovecharon y fabricaron una serie de acusaciones contra él: traición, herejía y corrupción. Cromwell fue arrestado, encerrado en la Torre de Londres y condenado a muerte, y Enrique VIII, cegado por la ira, dio el visto bueno a los cargos y no atendió su petición de una audiencia. Más tarde, Enrique se lamentó de su decisión (tal como ocurrió con Wolsey y Moro) con esta frase: «Con el pretexto de algunas ofensas insignificantes, dejé que mataran al sirviente más fiel que tuvo el rey».

La grandeza de Shakespeare radica, además de la belleza de su lenguaje, en su capacidad de transmitir que los seres humanos somos muy complejos, y detrás de las apariencias, hay razones que ocultamos a los demás y a nosotros mismos. Así, el lector de Enrique VIII, encontrará que existen muchos motivos entrecruzados que subyacen “por debajo” del discurso “aparente” de los personajes. Uno de estos asuntos es el temor a la usurpación del trono y el deber de asegurar la continuidad de la dinastía. En el siglo XVI aún no había desaparecido el temor a un posible usurpador. Los padres de Enrique, (Enrique VII de Lancaster e Isabel de York) habían logrado pacificar al país al unir sus linajes, que durante muchos años se habían disputado el trono durante sangrientas guerras civiles, siendo la Guerra de las Dos Rosas la última de ellas. La unión dio origen a una nueva dinastía: los Tudor. Enrique VIII hereda un reino en relativa tranquilidad, pero tenía el mandato de asegurar la continuidad de la dinastía por medio de un heredero varón. Tal como mencionamos anteriormente, este hecho desencadena la trama y el proceso de transformación del protagonista. Al escribir sobre Enrique VIII, Shakespeare no hace hincapié en sus comportamientos negativos ni en sus excesos, hechos que puntualiza en la vida de los reyes anteriores. Quizás la causa sea que el contexto histórico era distinto. Enrique VIII no era un rey medieval, sino renacentista y, en esta época, el poder absoluto de la monarquía se había impuesto en todo el continente europeo.
Los reyes renacentistas perdieron parte del simbolismo religioso de los reyes medievales, pero, por el contrario, aumentaron su poder terrenal y sus decisiones no podían ser discutidas. Harold Bloom3 afirma que: Shakespeare tuvo más libertad para hablar del pasado que de un rey más cercano en el tiempo. Además, de esta forma, logra proyectar en la mente de sus contemporáneos una reflexión sobre los errores del pasado que no deberían repetirse en el presente

Enrique es un claro ejemplo de alguien que disponía de todos los requisitos para ser un gran gobernante: educación, recursos, buenos consejeros, carisma, alianzas, etc. Y de hecho lo fue durante muchos años pero, a partir de su propia debilidad y de la obsesión por el heredero varón, acabó transformándose en un déspota. El miedo es el elemento esencial de un líder despótico. El miedo induce a desconfiar de todo el mundo y a jugar un perpetuo juego de ocultamientos; se ocultan las propias emociones y los valores creando relatos que justifican los desvíos morales y los actos aberrantes. Entre las personas que forman parte de estos círculos perversos suelen darse tres comportamientos bastante típicos: el resignado, el temeroso y el colaboracionista. El temeroso funciona como un sujeto inmaduro que necesita depender de otro. En un sistema absolutista como era la monarquía, no había espacio para trasgredir ni para disentir. Cuanto más fuerte es la cultura, más incómodo es no sumarse a ella. Como dice Aristóteles: “No existe opinión, por absurda que sea, que los hombres no hayan adoptado rápidamente cuando se les consigue persuadir de que es aceptada por la mayoría”. El resignado sufre en silencio por tener que cometer actos que reprueba. El colaboracionista es, sin duda, el comportamiento más vil y peligroso. Puesto en la necesidad de obedecer, se lleva a cabo la tarea con entusiasmo, delatando a sus pares y tratando de obtener alguna ventaja por el camino. Thomas Cromwell es un perfecto ejemplo de este comportamiento. Como reflexión final, la siguiente: Enrique no era alguien de naturaleza perversa que abusó del poder desde el instante que accedió a su posición. Por el contrario, fue un buen líder hasta el momento en que una situación límite puso de manifiesto que en su “árbol de liderazgo” lo que se veía en la superficie aparecía lozano, pero las raíces bajo tierra estaban podridas.

3 Bloom, Harold (1998). Shakespeare, the invention of the human”. Riverhead Books. New York, USA

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

A propósito de la despenalización del aborto

Por Eduardo Filgueira Lima: Publicado el 12/4/18 en: http://cepoliticosysociales-cepys.blogspot.com.ar/2018/04/a-proposito-de-la-despenalizacion-del.html

 

Se ha habilitado en nuestro país el debate sobre la posibilidad de despenalización del aborto. Al respecto se han presentado y en resumen, dos posturas centrales: los que declaran estar a favor y los que están en contra.

Ambos esgrimen para defender sus respectivas posiciones todo tipo de argumentos pero en particular los mismos giran en una presunta defensa de la vida.

En un caso se defiende el derecho a vivir de quien todavía no ha nacido y no tiene ninguna posibilidad de defenderse. Hemos aprendido que la única verdad que puede aceptarse indubitablemente proviene de la ciencia. Pero la ciencia –aún con el impresionante desarrollo que ha tenido en muchos campos– no puede darnos con precisión una respuesta acabada del momento en el que comienza la vida,… humana.

En este sentido podríamos resumir que existen tres posiciones principales: a) la que supone el inicio la vida en el momento de la concepción[1], b) la que la supone al momento del implante en el útero  y c) la que la supone algún tiempo después.[2] Pero a falta de conjeturas científicas cualquier posición que se adopte es solo una creencia, que por lo mismo no tiene más basamento que la fe.

Lo único posible de definir es que “en algún momento” de todo ese proceso de gestación, con el aborto, se estaría atentando contra una vida humana. Pero no podemos saber con exactitud cuando ello ocurre, lo que es lo mismo que decir que “en algún momento, sin saber con precisión en cual, hemos decidido poder matar a un ser humano” y por lo mismo de aceptar una conducta pro-aborto deberíamos saber que ese riesgo existe con todo lo que ello implica.

Por otra parte, los defensores de una conducta anti-aborto, desestiman muchos argumentos que se basan en circunstancias sociales que afectan a mujeres (en particular aquellas de bajos recursos) que sufren riesgos de vida por la comisión de abortos en la clandestinidad y sin ninguna garantía sanitaria.

En este último caso aquellos de posiciones pro-aborto, se refieren a estadísticas (siempre poco confiables) y el derecho de la mujer de decidir sobre lo que sucede en su cuerpo,.. (aún a costa de la vida de otro indefenso). Pero aceptemos –con las limitaciones que ello supone– que así como en el primer caso existe un “riesgo cierto de vida” sobre un nonato, en el segundo existe un “riesgo vital potencial”.

Y viceversa en el primer caso existiría riesgo sobre “una vida que se presume potencial” y en el segundo un riesgo cierto sobre una vida en curso. Se trata de dos “verdades contradictorias”[3] o incompatibles, pues parece cierto que en un caso se suprime una vida que en algún momento del proceso de gestación lo es, como también parece cierto, que en otro momento puede correrse un riesgo para la vida de una mujer,.. y de hecho esto sucede en algún o algunos casos.

Pero sin embargo se trata de dos situaciones que tratamos como si tuviéramos al alcance de la mano, tanto en uno como en otro caso, verdades unívocas. Todo nuestro pensamiento se ha desarrollado como si para cada problema pudiéramos aportar una solución excluyente. Y este no es el caso.

A la altura actual del conocimiento ni las ciencias biológicas y naturales nos pueden decir con certeza cuando comienza la vida humana y el embrión es “persona” (cualquier conjetura a este respecto es insuficiente y en algún caso el otorgar una “ventana” solo puede demostrar la intención de posibilitar lo que se defiende),.. ni las ciencias sociales nos pueden dar garantías de que siempre sucederá lo que suponen,.. De hecho las ciencias sociales no pueden predecir nada, salvo plantear posibilidades del probable curso de los acontecimientos.

Todo lo anterior nos debe remitir a pensar cuantas de las supuestas verdades que sostenemos son solo “creencias”, que pueden tener o no certeza y mayor o menor grado de verosimilitud. Y que cualquier posición que tomemos respecto al aborto esta solo basada en supuestos y creencias de interpretación personal,.. más dependiente de la ideología que de verdades comprobables. Un poco de introspectiva humildad intelectual nos habilitaría a ser más cautos en nuestras apreciaciones.

Esto es decir que las posiciones respecto al aborto podrían quedar –en un supuesto extremo[4]– bajo la órbita de las decisiones personales, y ello nos llevaría a dejar librada la conducta a lo que cada quien suponga que es mejor para sí.

Pero este supuesto abre otra puerta que es muy seguro se planteará de la siguiente forma: “Bien,.. se nos habilita la decisión personal, pero ¿de qué vale que se nos permita proceder al aborto sin pena legal, si no tenemos los recursos económicos para afrontar su costo?” Y con seguridad surgirán todo tipo de demandas para que el Estado, las Obras Sociales y los Seguros Privados corran con el gasto de las “decisiones personales”.

Porque siempre es más beneficioso (en una sociedad educada en la prebenda estatal) “socializar los costos”, como ha sucedido y sucede en muchas oportunidades en nuestro país. Y cualquier normativa que habilite lo que supone de resorte de la vida individual, habilitará las demandas de cobertura por el conjunto social.

Se trata del mismo contrasentido al que estamos habituados reiteradamente: “yo quiero hacer lo que quiero,..  pero también quiero que me lo paguen todos!”.

(*) Eduardo Filgueira Lima. Director del CEPyS. Artículo publicado el 12 de Abril de 2018

[1] Se refiere al momento de la fecundación: cuando el espermatozoide fecunda al óvulo

[2] Se parte en este caso de suponer que por ejemplo el desarrollo del sistema nervioso central (u otras condiciones vitales) definen cuando la vida es verificable como “humana” con una ventana de entre diez y catorce semanas según las opiniones (conjeturas) de diferentes científicos

[3] Berlin, I. Citado por M.V.Llosa en http://www.hacer.org/pdf/Hombre.pdf (2000)

[4] Omitimos que la jerarquía prevalente de los tratados internacionales sobre la Constitución Nacional, las leyes del derecho interno y la enfatizada protección del derecho a la vida naciente postulada en tales documentos, imposibilita toda presunción al respecto.

 

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social,  Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, Doctor en Ciencias Políticas y Profesor Universitario.

Valores que se promueven y reflejan a través del mercado, no a través de decretos: el caso Airbnb

Por Martín Krause. Publicada el 10/11/16 en: http://bazar.ufm.edu/valores-que-se-promueven-y-reflejan-a-traves-del-mercado-no-a-traves-de-decretos-el-caso-airbnb/

 

Cada vez que encontramos un problema, solemos buscar una solución a través de una política pública que exigimos el Estado imponga. Pero dejamos de ver que hay otros caminos, otros mecanismos, a través de los que ciertas conductas se generalizan en la sociedad.

Por ejemplo, si consideramos el tema de la discriminación, pensamos en seguida en qué estará haciendo el Estado al respecto, y si tiene alguna Secretaria u organismo contra la discriminación, y si existe alguna legislación al respecto.

Pero dejamos de ver que si ciertos valores predominan en la sociedad, el mercado mismo buscará promoverlos e impulsarlos, o atender a ellos, de la misma forma en que los emprendedores buscan satisfacer las necesidades de los consumidores. Esas necesidades no son solamente de ciertos bienes o servicios sino también de ciertos valores que importan a los consumidores.

Aquí tenemos un ejemplo de eso. En estos días Airbnb ha enviado un mensaje respecto a conductas relacionadas con la discriminación. ¿Por qué lo hace? Bueno, responde a las preferencias de los consumidores, que ahora dan un valor negativo a la discriminación.

Este es el texto del mensaje:

El compromiso de la comunidad de Airbnb

“Hola:

Al principio de este año iniciamos un proceso exhaustivo para luchar contra los prejuicios y la discriminación en la comunidad de Airbnb. Como resultado, pediremos a todos los miembros de Airbnb que acepten el compromiso de la comunidad a partir del 1 de noviembre de 2016. El hecho de aceptar o no este compromiso afectará tu actividad en Airbnb, por esta razón te avisamos con antelación.

¿Qué es el compromiso de la comunidad de Airbnb?

Te comprometes a tratar con respeto y sin prejuicios a los demás miembros de la comunidad de Airbnb, independientemente de cuál sea su edad, raza, sexo, religión, nacionalidad, identidad de género u orientación sexual, o de si tienen alguna discapacidad.

¿Cómo puedo aceptar este compromiso?

A partir del 1 de noviembre, aparecerá un mensaje con el compromiso cuando inicies sesión en Airbnb o accedas al sitio web o la aplicación para móviles o tabletas y se te solicitará automáticamente que lo aceptes.

¿Qué sucede si no acepto este compromiso?

Si rechazas el compromiso, no podrás hospedar o reservar alojamientos con Airbnb y aparecerá una opción para cancelar tu cuenta. En caso de hacerlo, todas las reservas que tengas pendientes también se cancelarán y no podrás reservar alojamientos, aunque tendrás la posibilidad de seguir navegando por nuestra web.”

Así evolucionan las conductas, no a través de normas impuestas y agencias gubernamentales. El mercado busca darle a la gente lo que gente demanda, incluyendo cierto tipo de conductas, que nos gustarán o no, pero son las que la gente prefiere en un determinado momento. Esta disciplina es mucho más eficaz que cualquier resolución gubernamental.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Unicornios socialistas

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 26/9/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/unicornios-socialistas/

 

La ausencia de pensamiento crítico es analizada por Michael Munger en su libro The Thing Itself, de 2015. En efecto, vivimos rodeados de unicornios, legendarios animales que seguramente jamás pensaron que iban a sobrevivir a la Ilustración y llegar vivitos y coleando hasta nuestros días. Y así ha sido, de la mano de nuestros socialistas de todos los partidos, que insisten en que todo es posible, como con los unicornios, que sólo comen del arco iris, pueden ayunar durante años sin dificultad, transportar pesadas cargas sin agotarse “y sus flatulencias huelen como fresas puras y frescas, con lo que estar en un carromato detrás de ellos es un verdadero placer”.

Dirá usted: esto es un disparate, cualquiera sabe que los unicornios no existen. Problema: los socialistas creen firmemente en un gran unicornio: el Estado. Puede que no les gusten los políticos y el funcionamiento real de la democracia, usurpadora y corrupta, o el espionaje, los controles, las prohibiciones, los impuestos, y las mil y una formas en que el Estado viola nuestros derechos y libertades. Pero en todos los casos su “solución” a los problemas del Estado es… ¡más Estado!

Esto es tan absurdo que, como dice Munger, la única explicación lógica es que los intervencionistas realmente creen en los unicornios. Es decir, creen en “un Estado con las propiedades, motivaciones, conocimientos y capacidades que ellos imaginan que debería tener”. Aquello en lo que creen ha sido el objeto de la crítica liberal desde hace tres siglos. Adam Smith habló de que el problema no estribaba en las personas que actúan en el Estado sino en el propio “system of government”. Edmund Burke ironizó sobre los que creen que todo se puede arreglar con unas nuevas elecciones, ignorando los abusos que representa el Estado mismo, y Mises saludó a los pocos que perciben que el conocimiento requerido para muchas reformas es inalcanzable, y añadió: “la mayoría de los hombres soportan el sacrificio del intelecto mejor que el sacrificio de sus fantasías”. Como dijo Hayek: “la curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres lo poco que realmente saben sobre que imaginan que pueden diseñar”.

Según Michael Munger, los liberales pierden mucho tiempo luchando contra los unicornios de los socialistas, porque para ellos el animal es sabio, benevolente y omnipotente. “Decirles que yerran en sus elucubraciones es inútil. Si insistimos en que nuestros adversarios están equivocados sobre las propiedades de un Estado que no existe, o al menos no existe tal como los estatistas fantasean, entonces perderemos la atención de muchas personas que podrían simpatizar con nosotros y que están principalmente interesadas en las consecuencias del Estado. Parafraseando a Hayek, la curiosa tarea de los liberales es persuadir a los demás ciudadanos de que nuestros oponentes son idealistas, porque creen en los unicornios, y entienden muy poco sobre el Estado que imaginan que pueden diseñar.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Macri y Arruabarrena en la misma trampa

Por Gustavo Lazzari. Publicado el 16/2/16 en: http://opinion.infobae.com/gustavo-lazzari/2016/02/16/macri-y-arruabarrena-en-la-misma-trampa/

 

En estos tiempos las similitudes entre Boca y la Argentina son llamativas. Okey, hay distancias, pero análogamente están en situaciones parecidas. Y sus gestores están cometiendo el mismo error. En el caso de Rodolfo Arruabarrena, el director técnico de Boca Juniors, está gestionando una crisis futbolística pensando en la gente, en los dirigentes, en los jugadores y posiblemente en los representantes. No está pensando en cómo tomar las posibles decisiones impopulares que sean necesarias. ¿Colgar a Agustín Orión?, ¿al Cata Díaz?, ¿a Fernando Gago?, ¿bajarle los humitos a Carlos Tévez mandándolo a banco para que vea que también es mortal? U otras decisiones fuertes.

Arruabarrena está respetando a esa vaca sagrada llamada hincha que paga su entrada, que sufre el trabajo de la semana, que necesita descargar sus frustraciones y otros credos religiosos que nos impusieron durante años. Humo en estado puro y de la más alta toxicidad.

En rigor, el hincha no es más que un asistente (muchas veces ignorante) sin derecho a formar o parar un equipo. No tiene tal derecho. No es cierto que su opinión es sagrada. Debe ser respetada, como todo, por supuesto, pero no tiene derecho a que su injuria sea una verdad religiosa ni su escupitajo un decreto. Es más, el gestor ni debería escuchar el aplauso o la reprimenda. Es nada más que un espectador. Si le gusta, que pague la entrada y si no, que mire en televisión programas de cocina los domingos a la tarde. Pagar la entrada, comprar el abono a un palco o una platea no dan títulos de nobleza. No convierten la pasión en razón, ni dan derecho a veto a nada.

En la gestión pública de la Argentina actual, sucede algo parecido, obviamente salvando las distancias. El Gobierno de Mauricio Macri parece gobernando para los focus groups y las encuestas, lo que limita las soluciones reales que se deben llevar a cabo.

La Argentina tiene, desde hace décadas, un Estado gigante, inútil y parasitario. No puede desde cortar el pasto en una autopista hasta ofrecer los más mínimos servicios públicos. Funciona mediocremente entre 15 y 25 grados. Fuera de ese rango, todo es un caos. Podríamos enumerar más de un indicador por cada función pública (seguridad, salud, educación) para graficar el grado de deterioro irreversible.  Ni es eficiente para los trámites absurdos que impone. Que nos hayamos acostumbrado y que hayamos “bajado la vara” es otro asunto. Que nos guste es otro aún peor.

El Estado no da más. La estructura fiscal es inviable y en cada rincón del gasto público hay desidia, corrupción y una inutilidad alarmante.

No son las personas. Agradeceré no entorpecer el razonamiento con comentarios sentimentales. La cuestión no es de los empleados públicos en cuanto a personas. Es el sistema. Un sistema que inutiliza al más talentoso. A Bill Gates en la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) se le colgaría el sistema. Un Estado colapsado, lleno de funciones, sin responsabilidad. Partido liquidado.

Esto lo saben todos los actores políticos y económicos. Pero nadie se anima ni siquiera a plantearlo por temor a la gente. Los riesgos de la impopularidad. “Las elecciones son en dos años”. Políticos tribuneros.

Al igual que el Vasco Arruabarrena, Macri también está enfrascado en no atacar las soluciones de fondo. No es culpa de Macri, ni del macrismo, ni de Cambiemos. Si me corrés, hasta Cristina, en su delirio, cayó en la misma trampa. La sociedad tiene los patos desordenados. Por eso las encuestas no sirven para nada. La sociedad quiere fiestas y no pagarlas. Detesta al Estado, pero desea fervientemente un puestito para robar y salvarse.

El ministro de Economía, Alfonso Prat-Gay, fue clarísimo: “Si pretendemos bajar la inflación en dos meses, tendríamos que hacer un ajuste inaceptable”. El Gobierno optó por la vía gradual. Hacer de a poco para que la gente no se dé cuenta. Y cuando se da cuenta, salir con disparates como los siempre populares y nacionales controles de precios o sistemas de información. Todo encuestado previamente. Ahora maquillados por la web (Nota aparte: Muchas veces me pregunto si los que inventaron internet, pensaron alguna vez las boludeces que hacen los Gobiernos con tan maravilloso invento. La AFIP a la cabeza).

Para ayudar a Macri y también, quizás, al Vasquito Arruabarrena tenemos que tratar, desde la sociedad civil, de acomodar los patitos. Tenemos que sembrar ideas que nos permitan asignar las prioridades públicas correctas (el fútbol gratis no puede ser más importante que la calidad educativa, por ejemplo). Tenemos, por sobre todo, que tratar de revalorizar palabras tales como respeto, propiedad, libertad, individualidad, paz.

En mi opinión personal, éste debe ser el rol del liberalismo en la Argentina. Los tan vilipendiados ateneos liberales tienen un rol importantísimo. Sembrar ideas correctas en la sociedad, a través del debate, la razón, el ejemplo y el diálogo. Para que los gestores de la cosa pública puedan aplicar las soluciones que el enfermo necesita y no lo que los parientes del enfermo quieren escuchar. Por suerte, por ahora, solamente por ahora, todavía existen médicos que operan conforme a la biología y no hacen una encuesta en el hall del hospital.

Respetar la democracia es una cosa. Incuestionable. Que dos más dos sea cuatro también es incuestionable.

Pasarán muchos años para que un Gobierno pueda racionalizar el Estado. Quizás tantos como los que necesita un director técnico para tomar decisiones racionales frente a una tribuna humíferamente emocional.

 

 

Gustavo Lazzari es Licenciado en Economía, (UCA), Fue Director de Políticas Públicas de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre, y fue investigador del Proyecto de Políticas Públicas de ESEADE entre 1991-92, y profesor de Principios de Economía de 1993 a 1998 y en 2002. Es empresario.

La objeción de conciencia

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 26/12/15 en http://opinion.infobae.com/alberto-benegas-lynch/2015/12/26/la-objecion-de-conciencia/

 

Hace un tiempo escribí una larga columna titulada “Acerca del contragolpe de estado” (estado con minúscula, ya que individuo va de esa manera y es precisamente el objeto del cuidado de sus derechos por parte del aparato estatal, por lo menos en teoría). En ese trabajo —que se incluirá como parte de una selección en un libro que he titulado Nada es gratis que publicará próximamente la Fundación Libertad y Progreso de Buenos Aires— me refería a los antecedentes de la resistencia contra los Gobiernos opresivos, argumentos esgrimidos inicialmente por algunos miembros prominentes de la escolástica tardía, por Algernon Sidney y por John Locke, luego retomados por Gobiernos republicanos, como es el caso paradigmático de Estados Unidos en su declaración de la independencia.

Ahora aludo a otro aspecto de la resistencia a los abusos del Leviatán y es desde otra perspectiva, la cual es fundamental, aunque, como se verá, no exclusivamente religiosa. Como es sabido, los padres de la Iglesia cristiana fueron principalmente los griegos Atanasio, Basilio y Juan Crisóstomo y los latinos Ambrosio, Agustín, Jerónimo y Gregorio Magno. Pero hay otros muchos que habitualmente no aparecen en primera fila. Por ejemplo, Lucio Cecilio Lactancio, conocido como “el Cicerón cristiano” (250 d. C.), quien, entre otras cosas, escribió: “Cuando Dios prohíbe matar, no sólo prohíbe el bandidaje que las propias leyes no permiten, sino que nos advierte que ni siquiera hagamos lo que los hombres consideran lícito. Así, a un hombre justo no se le permitirá servir como soldado, ya que su servicio militar es la justicia”.

Con base en esta línea argumental, la objeción de conciencia se centró principalmente en la abstención de participar en guerras y, consecuentemente, en el mandamiento de no involucrarse en el servicio militar, más adelante idea reforzada por algunas denominaciones cristianas mientras otras elaboraron sobre la noción de la guerra justa. Una de aquellas denominaciones que se mantuvieron fieles a los preceptos originales fueron los cuáqueros. Dice Jean-Pierre Cattelain en su libro La objeción de conciencia: “Con los cuáqueros se afirmará el derecho de cualquier individuo, en conciencia, a resistirse al poder civil si le parece que este va en contra de la ley divina, o contra el simple sentido común”.

Esto último me toca de cerca porque la rama Lynch, que fue a Estados Unidos desde Irlanda, era cuáquera, a diferencia de la rama que fue a Chile y la Argentina, que eran católicos, por lo que el capitán Charles Lynch abandonó aquella religión que no le permitía participar en guerras y tener esclavos y se convirtió al catolicismo, que sí permitía ambas cosas. Fue el creador de la lamentable ley Lynch, es decir, el linchamiento, lo cual implica el abandono del debido proceso (en todas las familias se cuecen habas, también soy primo del Che Guevara, quien se definía a sí mismo y a sus huestes como máquinas de matar).

En esta nota periodística me quiero detener muy telegráficamente en tres autores de gran valía y son Étienne de la Boétie, León Tolstói y Henry David Thoreau. Es de gran interés prestar atención a sus propias voces.

Étienne de la Boétie (1530-1563) escribió la obra titulada El discurso de la servidumbre voluntaria, donde sostiene: “¿Acaso no es una desgracia extrema estar sometido a un amo del que jamás podrá asegurarse que es bueno, porque dispone del poder de ser malo cuando quiere? Y, obedeciendo a varios amos, ¿no es tantas veces más desgraciado? […] [El] tirano no dispone de más poder que el que se le otorga […] [Es lamentable] ver cómo millones y millones de hombres son miserablemente sometidos y sojuzgados, la cabeza gacha, a un deplorable yugo […] ¿Acaso no es vergonzoso ver a tantas y tantas personas, no tan sólo obedecer sino arrastrarse? […] si un país no consintiera dejarse caer en la servidumbre, el tirano se desmoronaría por sí solo, sin que haya que luchar contra él, ni defenderse de él. La cuestión no reside en quitarle nada, sino tan sólo en no darle nada […] Son pues los propios pueblos los que se dejan o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con sólo dejar de servir, romperían sus cadenas. Es el pueblo el que se somete y se degüella a sí mismo; el que, teniendo la posibilidad de elegir entre ser siervo o libre, rechaza la libertad y elige el yugo; el que consiente su mal o, peor aun, lo persigue”.

Por su parte, Tolstói (1828-1910), en su ensayo titulado The Law of Love and the Law of Violence, apunta que cuando una persona gobierna sobre el resto, se dice que es despotismo, cuando diez lo hacen, se dice que es la oligarquía, pero cuando el cincuenta y uno lo hace sobre el cuarenta y nueve, se dice: “Es la libertad. ¿Puede haber algo más gracioso por lo absurdo del razonamiento?”. Y en su libro The Kingdom of God Is Within You afirma: “Nuestro país es el mundo, nuestros conciudadanos son la humanidad […] consideramos como anticristiano e ilegal todos los edictos gubernamentales que requieran el servicio militar […] el cristiano no sólo no está obligado a las directivas [dictatoriales] del Gobierno, sino que está obligado a la oposición en defensa de sus vecinos y a recurrir a la fuerza contra los trasgresores de la fuerza […] Mayores son las ventajas que se ganan al no someterse a las demandas del Estado que el someterse a ellas […] La corrupción consiste en robar a las personas industriosas de sus patrimonios a través de impuestos, distribuyéndolos en dirección a la avaricia de los funcionarios, quienes, como contrapartida, están obligados a mantener la opresión sobre la gente”.

En este último libro, Tolstói desarrolla en detalle el concepto de poder político, lo cual, debido a su extensión, no resulta posible incluirlo en una nota periodística, pero es del todo aconsejable consultar ese texto, que es poco conocido, debido a que los lectores han sido encandilados por Ana Karenina y La guerra y la paz. Dicho sea al pasar, en la misma línea argumental de lo que veníamos citando es muy recomendable detenerse en el segundo anexo de esta última obra, porque puede conciliarse con el análisis de los miembros de la escuela escocesa y, más contemporáneamente, de Michael Polanyi y del premio Nobel en Economía Friedrich Hayek en cuando al orden espontáneo.

Finalmente, Henry David Thoreau (1817-1862), en su trabajo titulado Civil Disobedience , después de burlarse de aquellos ingenuos que creen a pie juntillas la propaganda de los Gobiernos en cuanto a que los sumisos son en realidad “buenos ciudadanos” (al efecto de poder explotarlos mejor), afirma: “Los hombres reconocen el derecho a la revolución, esto es, el derecho a rechazar la obediencia y a resistir al Gobierno cuando la tiranía o su ineficiencia es grande e insoportable […] [Lo peor] son aquellos que se sientan con las manos en los bolsillos y no hacen nada […] hay quienes piensan que el remedio puede ser peor que la enfermedad, pero la culpa es del Gobierno que hace las cosas peor […] Bajo un Gobierno que pone en la cárcel injustamente, el lugar apropiado para un hombre justo es la cárcel […] Yo no he nacido para ser forzado […] Ningún Gobierno debería tener derecho sobre mi persona ni sobre mi propiedad”.

Por supuesto que también desde la perspectiva de quienes integran el aparato estatal no hay justificativo para la opresión, la obediencia debida es una pantalla inaceptable para cualquier persona con un mínimo de decencia y sentido común. En el libro antes mencionado de Cattelain, referido a las fuentes de jurisprudencia que tomó el tribunal internacional de Nurenberg para juzgar a los asesinos nazis, contradijo la defensa de estos sicarios: “Acordémonos de que la mayoría de los acusados alegaron su deber de obedecer a las órdenes recibidas de la autoridad legítima. No obstante, el procurador británico observó que ‘llega un momento en que el hombre debe negarse a obedecer a un jefe si quiere ser fiel a su conciencia’. En sus disposiciones, el tribunal de excepción estableció claramente que la obediencia a las leyes y a las órdenes podía ser criminal y que el subordinado debía examinar en conciencia las implicaciones que tendría su sumisión y en caso necesario desobedecer”.

En resumen, la objeción de conciencia, que comenzó en un plano puramente religioso, se extendió a otras esferas, tanto para gobernados, cuando el Leviatán se excede en sus facultades legítimas, como para las órdenes estrafalarias que reciben funcionarios del poder. Desafortunadamente, en la actualidad el positivismo legal ha hecho estragos, incluso en muchas de las Facultades de Derecho, donde la ley vigente no se juzga con mojones o puntos de referencia extramuros de la ley positiva. Ninguna persona razonable puede soportar que el monopolio de la fuerza que denominamos Gobierno pueda hacer lo que le venga en gana con las vidas y las haciendas de la gente basado en leyes que por sus características son a todas luces injustas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

El rol político del Papa Francisco

Por José Benegas: Publicado el 10/8/15 en: http://opinion.infobae.com/jose-benegas/2015/09/20/el-rol-politico-del-papa-francisco/

 

La particular impronta política que el papa Francisco le ha dado a su pontificado obliga a preguntarse sobre la confusión entre el rol estrictamente religioso y su actividad como jefe de Estado. Algunos de sus movimientos, como los siete encuentros con Cristina Kirchner, usadas por el oficialismo argentino sin ningún pudor, su intervención para descongelar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, con el riesgo de legitimar a un régimen totalitario que tiene sometida a la isla desde hace casi sesenta años, o ciertas omisiones respecto de las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, están en la lista de sucesos que dividen las opiniones. El recurso para explicarlos es resaltar  que el Papa además de ser el jefe de la Iglesia Universal, es un jefe de Estado.

Es útil por lo tanto recordar de dónde viene el particular status jurídico del estado Vaticano. A partir de la unificación italiana en 1870, el papado pierde su dominio sobre los estados pontificios, territorio el que ejercía un poder temporal absoluto.

El Vaticano surge como una forma de otorgar independencia a la Iglesia respecto del Estado italiano, haciendo sujeto de derecho internacional a un sector de Roma. Fue acordado en los Pactos de Letrán entre Benito Mussolini y Pío XI. Se trata de una rémora de aquellos estados pontificios en los que los papas reinaban. Pero el Vaticano no es un Estado como los demás: de otro modo, habría que exigirle su adaptación a los parámetros actuales de las naciones modernas, antes de aceptar su lugar como un país normal. Lo cual, en el caso de la Iglesia, sería absurdo.

Por lo tanto, el papel político del Papa como un jefe de Estado, es de una legitimidad bastante relativa. Lo cierto es que su papel adquiere importancia en la medida en la que representa a una de las religiones con más seguidores en el mundo. Quiere decir que su peso político no está dado por su insignificante territorio, población y peso económico, mucho menos por la legalidad de sus instituciones propias de la Edad Media, ni su condición de par de los demás miembros de la comunidad internacional, sino de su posición y representatividad religiosa. Por lo tanto, separar el rol espiritual del político en el caso del Papa es imposible. Si el Sumo Pontífice fuera tratado olvidando esa condición, no tendría más relevancia que el príncipe de Andorra.

Dado lo anterior, sus movimientos a favor de determinadas tendencias políticas y contra otras, comprometen a los católicos quieran o no, y a la iglesia como organización universal.

Por supuesto que los papas, pese a cualquier purismo, tienen un peso político que utilizan. Pero los antecesores de Francisco tal vez han sido más conscientes de sus limitaciones, sin ejercer su poder de un modo tan abierto. Querrían evitar provocar una situación como la que llevó a Stalin en 1935 a preguntar cuántas divisiones tenía el Papa, cuando el canciller francés le pidió que atenuara la presión sobre los católicos rusos.

Con más cuidado, otros papas han intervenido en cuestiones que no puedan ser interpretadas más allá de su autoridad moral como guía de los católicos. Juan Pablo II medió en el conflicto entre Argentina y Chile en el año 1978 por medio del Cardenal Samoré, pero no se dirimían ahí más que límites fronterizos. No parece ser del mismo tenor pedirle concordia a los cubanos poniendo en un plano de igualdad a un gobierno totalitario y a la población indefensa. La necesidad de ser diplomático en la visita a la isla, implica de por sí un dilema moral de difícil solución. Con la detención, en el día de su llegada, de Martha Beatriz Roque Cabello y otros disidentes que tenían la intención de tomar contacto con él, esa dificultad se hace palpable.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

Recuperar la igualdad ante la ley y el mercado

Por Adrián Ravier: Publicado el 14/9/15 en: http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2015/09/14/recuperar-la-igualdad-ante-la-ley-y-el-mercado/

 

“Si se aplica un plan liberal, ninguna pyme va a sobrevivir”, dijo el ministro de Economía Axel Kicillof mientras anunciaba la creación de un consejo de defensa a las pequeñas y medianas empresas. Luego sentenció: “En el mercado, si no está el Estado, rige la ley de la selva”.

La frase del ministro deja mucha tela para cortar, como cada una de sus reflexiones. ¿Qué parte es cierta y qué parte no lo es?

Lo cierto es que liberales y socialistas llegan a pocos consensos en la política económica, pero en la medida en que haya buenas intenciones, coincidirán en terminar con la corrupción y también con el favor político que el Estado ofrece a algunos empresarios. En este sentido, el pensamiento del ministro de Economía no encaja en ninguna escuela económica de pensamiento. Su política económica consiste en reemplazar al mercado y ofrecer privilegios o sanciones arbitrarias a quienes él cree que lo merecen. La igualdad ante la ley lógicamente brilla por su ausencia.

Siempre insisto en dejar de llamar Unión “Industrial” Argentina a ese grupo de seudoempresarios y seudoindustriales que se reúnen tras la Presidente para las fotos de sus discursos. ¿Qué empresario puede estar a favor de este modelo? Solo aquellos que reciben la “protección” del Estado. Pero ha sido tan gigantesco el entramado de regulaciones, favores, autorizaciones para compra de divisas, permisos de importación o exportación, subsidios, aranceles y protecciones que se extendieron en los últimos doce años, que engloba a una importante proporción de la estructura productiva.

En este sentido, el mensaje que ofrece el ministro de Economía tiene algo de cierto. Una política liberal que integre a la Argentina al mundo, que reduzca el gasto público, que elimine cepos, que termine o al menos reduzca los subsidios, que encuentre una solución a la inflación, sin duda hará caer a muchos seudoempresarios que jamás compitieron bajo reglas de mercado y más bien aprovecharon mercados cautivos, sin la competencia internacional -y en muchos casos ni siquiera la competencia local-, lo que se ha desarrollado en estos doce años a través del entramado de políticas kirchneristas que el liberal suele criticar.

¿Puede entonces haber “continuidad” en el modelo económico para preservar “la industria que supimos conseguir”? Es lo que el ministro de Economía ha intentado en toda su gestión, multiplicando controles, subsidios e intervenciones, pero sin éxito. Basta recordar la lenta pero continua caída de la industria mes tras mes a lo largo de toda su gestión para demostrar que el plan es un fracaso.

El dilema al que nos expone el ministro de Economía es claro. La “industria” no puede sostenerse, porque el modelo requiere día a día más controles y regulaciones, los que inevitablemente tienen costos que sufre la misma estructura productiva sobre la cual descansa el peso del Estado. El modelo es entonces inconsistente e inviable. Lo curioso, sin embargo, es que el ministro de Economía desea hacerle creer a la opinión pública que la culpa de esa necesaria reestructuración es del mercado y no de su propio modelo.

Una política liberal conduciría necesariamente a un ajuste inmediato de la estructura productiva, obligando a algunas empresas a una reestructuración acorde a lo que requiere la economía para reinsertarse en el mundo. Y hay dos formas de tomar este camino. De manera planificada, con políticas concretas que busquen recuperar cierta normalidad en los equilibrios fiscal, monetario y cambiario, o caer en una nueva crisis cuando la olla hirviendo, que es hoy la economía argentina, estalle por los aires y conduzca a una -ya no gradual, ni necesariamente lenta- reestructuración económica, donde numerosas pymes irán quebrando y el desempleo se irá extendiendo a toda la estructura productiva.

No podemos seguir juzgando la política económica por sus buenas intenciones. Lo cierto es que el modelo está agotado y la alta inflación y la ya extensa recesión -precisamente de la industria- son muestras del caso. La “industria que supimos conseguir” es muy débil y mantenerla en pie tiene sus costos.

En lugar de seguir creando organismos como este Consejo de Defensa a las Pequeñas y Medianas Empresas, parece mucho más rentable recuperar la igualdad ante la ley y la economía de mercado. Ningún contexto es más justo para los verdaderos empresarios que la sana competencia. El debate que nos debemos plantear es qué empresario queremos en el centro de nuestra estructura productiva.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.