El único “muro” impermeable es el de Chile

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 9/1/19 en: https://alejandrotagliavini.com/2019/01/09/el-unico-muro-impermeable-es-el-de-chile/

 

Los políticos necesitan construir muros, se diría que quieren contener a sus esclavos. Unos, para evitar que entren “extraños” a usufructuar el “estado de bienestar” coactivamente impuesto -y financiado- a sus súbditos. Y, entre estos políticos, Trump ha dicho que “si no les gusta el cemento, lo haremos de acero… será… más fuerte”.

El presidente está enfrentado con los demócratas, hoy mayoría en la Cámara Baja, porque quiere incluir US$ 5.600 millones en el proyecto de presupuesto para financiar el muro. Y, a falta de presupuesto aprobado, se ha producido el cierre del Gobierno más largo de la historia, unos 20 días, con 800.000 funcionarios sin recibir su paga.

Los demócratas califican de “inmoral” el muro, pero, políticos al fin, solo permiten destinar US$ 1.300 millones para la frontera, y podrían aceptar una “valla de acero”. Trump ha esgrimido la posibilidad de declarar una emergencia nacional “y construirlo muy rápido”, sin necesidad de pasar por el Congreso.

Ahora, también están los construyen para que la gente no salga -al estilo del de Berlín- como en la ciudad egipcia de Roseta, donde el mar del que partían las barcazas con emigrantes “ilegales” ha sido salvajemente amurallado. El primer ministro austriaco felicitó por un trabajo “ejemplar” a un militar egipcio, Al Sisi, que accedió al poder tras un golpe de Estado. “Desde 2016 ha impedido que los barcos partan hacia Europa y, cuando han zarpado, los ha devuelto”, alabanza que secundó el presidente del Consejo Europeo.

A pesar del autoritarismo de Al Sisi y la grave crisis económica, para obtener el apoyo europeo el régimen esgrime el puño de hierro, como contra con una oposición interna hoy encarcelada o desterrada y para sofocar la libertad de prensa. El especialista egipcio Mohamed el Kashef, desde su exilio, asegura que “no es cierto que hayan reducido a cero los flujos… han cambiado sus rutas… siguen apareciendo cuerpos egipcios en Libia”.

Y los hay quienes quieren construir “muros legales”. Ciertamente la Unión Europea (UE) tiene mucho de burocracia inservible, pero el Brexit, del modo en que se plantea, significa nuevas restricciones, como al movimiento de ciudadanos europeos en Gran Bretaña y la inversa. De momento, en el Parlamento, conservadores y laboristas se han unido, propinando al Gobierno una derrota, respaldando una enmienda a la Ley de Presupuestos que bloquea la capacidad económica -impide el eventual aumento de impuestos- del Ejecutivo para una salida sin acuerdo con la UE, el “Brexit duro”.

En fin, sin dudas el único “muro” eficaz ha sido el de Chile. Cuando era niño, el comentario generalizado en mi país, Argentina, era que los ciudadanos chilenos, muy pobres en aquel entonces, cruzaban ilegalmente la frontera. No había modo de detenerlos, llenaban las “villas miseria” y eran los principales delincuentes, decía el vulgo.

Hoy este flujo no solo que se ha detenido, sino que más bien son los argentinos los que quieren cruzar hacia Chile. Construyeron el mejor muro, el de la bondad: la paz, la libertad. Al contrario de los muros de acero y hormigón, Chile disminuyó sensiblemente la injerencia del Estado -el monopolio de la violencia- en el mercado, liberando la creatividad de sus ciudadanos y estableciendo la paz y la cooperación voluntarias en lugar de la coacción estatal. Así, se ha enriquecido al punto que es el segundo inversor extranjero en Argentina.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Liberalismo no es Ajuste

Por Iván Carrino. Publicado el 10/2/18 en: http://www.ivancarrino.com/liberalismo-no-es-ajuste/

 

La libertad económica es, por definición, expansiva de la creatividad y el emprendimiento humano.

A menudo, en los debates sobre economía y política, se acusa a los liberales de querer “ajustar a la gente”.

Hay que reconocerlo.  Tal vez algo de responsabilidad tenemos, puesto que si estamos analizando las cuentas públicas y, por ejemplo, éstas tienen un agujero, decimos que hay un “desajuste” que debe ser “ajustado”.

En este sentido, igualmente, la palabra ajuste no tiene nada de malo. Es que, simplemente, si venís por un camino que te va a hacer terminar mal, tenés que corregir, ajustar.

Ajustar una tuerca no es malo en sí mismo. De hecho, puede prevenir accidentes fatales: ¿cuál sería el problema?

Pero lo que los supuestos campeones de los pobres y abanderados de los trabajadores quieren decir cuando asocian liberalismo (o, peor aún, “neoliberalismo”) con ajuste, es que nosotros queremos “ajustar a los trabajadores”, que caiga el salario, que suba el desempleo, que “quede la gente afuera, pero con los números bien cerrados”.

Dentro de esta retórica, el neoliberalismo es el enemigo del pueblo, mientras que el populismo, el socialismo y el estado de bienestar son los verdaderos héroes de la sensibilidad social.

Contradicción en términos

Hecho el mea culpa sobre el uso de la palabra ajuste por parte de los economistas, queda claro que hay dos sentidos del término. Uno referido a corregir desequilibrios,  y otro referido a empeorar la calidad de vida de la gente.

En este último sentido, liberalismo y ajuste son claramente antónimos. Es decir, lo exactamente opuesto, por definición.

Piénsese en lo que quiere decir liberalismo. Liberalismo viene de libertad, así que implica que la gente es libre de perseguir sus sueños, sin ser coaccionada por terceros. En el ámbito de la economía, esa libertad es la que genera los incentivos para emprender, producir más y aumentar la riqueza.

La libertad está íntimamente relacionada con la propiedad privada. Y cuando la propiedad privada se respeta, los empresarios se lanzan a invertir, crear negocios y empresas que ofrecen bienes y servicios. Si éstos satisfacen las necesidades de los consumidores, los empresarios están creando riqueza.

Por si esto fuera poco, como efecto colateral, aumenta la demanda de trabajadores. Finalmente, mayor producción y mayor demanda de empleo suben los salarios en términos reales.

Lo que digo no es un cuento de hadas o una mera gimnasia mental. De acuerdo con la última publicación del Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage, los países más libres del mundo tienen un PBI per cápita 7,5 veces mayor al de los países considerados “reprimidos”, categoría en la que Argentina estuvo hasta hace poco.

Gráfico 1. PBI per cápita y Libertad Económica

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Fuente: 2018 Index of Economic Freedom – The Heritage Foundation

Uno podría argumentar que el PBI per cápita es una medida no del todo indicativa del bienestar de una sociedad y que, por tanto, la relación no es tan asombrosa.

Sin embargo, la libertad económica no solo está correlacionada con el PBI per cápita, sino también con el Índice de Desarrollo Humano, de la ONU (los países más libres tienen un promedio de 0,93 puntos vs. Un 0,57 de los países reprimidos).

Además, los países que más medidas toman para incrementar la libertad de crear y emprender de sus ciudadanos, bajando impuestos, trabas y distorsiones, son los que terminan creciendo más rápido, algo que se relaciona directamente con la caída de la pobreza.

Gráfico 2. Mejoras en libertad económica y tasa de crecimiento per cápita.

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Fuente: 2018 Index of Economic Freedom – The Heritage Foundation

Vistos estos datos: ¿cómo se puede hablar de liberalismo como sinónimo de ajuste? La libertad económica es todo lo contrario a ajustar a los trabajadores.

Es el ingrediente necesario para aumentar la iniciativa empresarial, fomentar el crecimiento económico, y así aumentar los salarios y reducir la pobreza.

Ajuste es el populismo

Habiendo dejado claro que liberalismo no tiene nada que ver con “ajuste”, en el sentido de reducir el salario de los trabajadores, veamos qué es lo que verdaderamente causa eso.

Es acá donde nos encontramos con otra cosa muy distinta: el populismo.

A fines del a década del ’80, dos académicos de prestigio internacional recopilaron numerosas experiencias de países latinoamericanos, para un estudio que llamaron “El Populismo Macroeconómico en América Latina”.

Para Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards, el populismo macroeconómico, mediante el uso de “políticas fiscales y crediticias expansivas (…) destaca el crecimiento y la redistribución del ingreso” al tiempo que “menosprecia los riesgos de la inflación y el financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de los agentes económicos ante las políticas agresivas ajenas al mercado”.

Léase, políticas insostenibles que, a mediano o largo plazo, generan distorsiones tales que alejan la inversión y eliminan los incentivos para emprender, producir y crecer.

Los datos recopilados por los autores y el equipo que comandaron son contundentes.

Gráfico 3. Salario Real en Chile (1967-1977).

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Fuente: Fuente: Macroeconomic Populism in Latin America. NBER Working Paper No. 2986

Gráfico 4. Salario Real en Perú (1980-1989)

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Fuente: Macroeconomic Populism in Latin America. NBER Working Paper No. 2986

El populismo destaca el corto plazo por encima del largo. Así, lleva adelante políticas totalmente desaconsejadas, como el déficit fiscal, la inflación, el control de precios,  el aumento de las regulaciones… Todo eso puede generar una ilusión de bienestar en un primer momento, como se observa en los gráficos anteriores, pero el final es cantado.

Para Edwards y Dornbusch, una fase inevitable del populismo macroeconómico es la de la estabilización ortodoxa, donde la realidad sale a la luz, el salario real cae, la inflación salta y la economía entra en recesión.

Obviamente, si la estabilización es exitosa, y el populismo se abandona, el país vuelve a crecer.

La Argentina de los últimos años es un caso claro de populismo. Es que si bien hubo  años de “crecimiento a tasas chinas”, dado que éstos estuvieron impulsados por expansionismo fiscal y monetario, llegó un día que la nafta se acabó y hubo que reconocer la realidad.

Tras años de alta inflación, déficit fiscal creciente, controles precios, de tarifas y del tipo de cambio, la inviabilidad de “el modelo” quedó expuesta. Obviamente, los salarios cayeron y los trabajadores se vieron ajustados.

¿Pero quién tuvo la culpa? ¿El que “prendió la luz y levantó la alfombra”, o el que venía intentando fracasadamente ocultar la realidad?

Gráfico 5. Salario Real Privado en Argentina (2013-2017)

liber5 Fuente: Ministerio de Trabajo e IPCBA.

En 2014, cuando aún gobernaba el kirchnerismo, el salario real llegó a caer 8,9% anual. En 2016, con el nuevo gobierno en funciones, éste volvió a caer, hasta 10,8%.

El ajuste contra los trabajadores no es responsabilidad del liberalismo, sino del populismo. Allí donde los países son más libres, la economía crece más y el ingreso de las personas es el más elevado de todos.

Pero donde rige el populismo, los salarios crecen a corto plazo, pero a costa de desplomarse a mediano-largo, producto de la inflación, el consumo de capital y la fuga de la inversión.

Por una vez, pongamos las cosas en su lugar. Liberalismo no es ajuste, ajuste es el populismo.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

La pobreza estructural y los nueve millones de planes sociales

Por Adrián Ravier: Publicado el 14/11/17 en: https://www.infobae.com/opinion/2017/11/14/la-pobreza-estructural-y-los-nueve-millones-de-planes-sociales/

 

La pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos

Daniel Arroyo publicó recientemente un libro titulado Las cuatro Argentinas y la grieta social, que presenta, en su primer capítulo, un diagnóstico preocupante de nuestro país. Hoy la Argentina presenta un nivel de pobreza del 28% de la población, y es aún más preocupante si focalizamos la población de niños, donde llega al 43 por ciento. Este 28% de la población “está fuera del mercado de trabajo”, y estos niños “jamás vieron a sus padres trabajar”.

El diagnóstico se completa con otros datos duros. La mitad de los jóvenes no termina la secundaria. La desocupación es del 9%, pero alcanza al 20% cuando concentramos la atención en los jóvenes. Hay un millón y medio de jóvenes que no trabaja ni estudia. Y si focalizamos la atención en el mercado laboral, el 35% de quienes obtienen empleo sólo consiguen trabajo informal, con la lógica “precarización laboral”.

Para atender esta problemática social, la política económica ha ampliado sistemáticamente los planes sociales. Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos ofrecer una síntesis cronológica. Tras el retorno a la democracia y a sólo seis meses de asumir, Raúl Alfonsín lanzó las cajas PAN. Carlos Saúl Menem agregó planes sociales, con políticas más focalizadas. Fernando de la Rúa buscó tercerizar la administración de los planes en determinadas organizaciones, pero también amplió el número. Eduardo Duhalde ofreció su plan para jefas y jefes de hogar desocupados, dejándonos con 2,2 millones de planes. Néstor Kirchner partió de esa base y ofreció créditos y microcréditos, mientras Cristina Kirchner agregó la asignación universal por hijo, entre otros muchos programas de ayuda. En estos 12 años de kirchnerismo explotó la oferta de planes sociales, y mientras muchos creían que Argentina crecía, pasamos de 2,2 a 8 millones de planes sociales. Mauricio Macri también los amplió, entre otras propuestas, con una asignación universal por hijo para los monotributistas, alcanzando hoy los nueve millones de planes.

Daniel Arroyo acepta que la lucha contra la pobreza estructural a través de planes sociales está agotada. Explica que el problema está en el funcionamiento de la economía. Plantea que no hay recetas escritas en ningún libro que nos vayan a ayudar a resolver este flagelo. “Necesitamos creatividad, nuevas propuestas”, exclama.

Mi observación a este planteo es que la pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos. Esto deja una sensación pesimista, como si el problema de la pobreza no tuviera solución o fuera muy difícil de resolver. Pero lo cierto es que la pobreza será “estructural” si los gobiernos siguen intentando atacar el problema con las mismas recetas. En su diagnóstico, Arroyo ofrece la clave del asunto, y es que la pobreza sólo se resuelve si recuperamos el funcionamiento de la economía. Aunque aclara, al mismo tiempo, que no existe el derrame, y que le vaya bien hoy a ciertos sectores de la economía, como al sector agro, la minería o el sector financiero, sí podrá generar divisas, pero no derramará riqueza al resto de la sociedad. Debemos “cuidar”, afirma, a ciertos sectores como la construcción y el área textil. Debemos ofrecer “créditos masivos a tasas de 1%” para que surjan microemprendimientos.

Expertos en el desarrollo, aún ignorados en la Argentina, como William Easterly o el premio Nobel Angus Deaton, nos enseñan que se plantean dos tipos de solución para la pobreza, desde arriba o desde abajo. Desde arriba, con una planificación centralizada del gobierno en atender a los necesitados mediante planes y créditos a tasas subsidiadas; o desde abajo, confiando en la planificación descentralizada de las personas que buscan salir de este flagelo. La pregunta es si seguimos tirando panes desde arriba, o si mejor arrojamos una escalera.

Si realmente queremos ascenso social de los más postergados, necesitamos liberar la energía creativa de los empresarios. Y los empresarios no son los ricos. Empresarios podemos ser todos. Basta estar alerta en el mercado para descubrir las oportunidades de inversión. Sólo desde abajo podemos advertir el conocimiento de tiempo y lugar necesario para dar una solución al flagelo de la pobreza. Descentralizar los recursos desde nación hacia provincias y municipios ayudaría, pero sería aún mejor que el aparato estatal devolviera los recursos de donde los extrae, de la gente.

A mi modo de ver, hoy estos emprendedores están atados. Atados por la presión tributaria excesiva que se requiere para mantener precisamente la estructura actual del Estado. Los planes sociales no sólo están agotados, sino que son el problema de esta Argentina. Cuando se ofrece un empleo a algunas de estas nueve millones de personas, muchas veces surge el problema de que prefieren negarse a aceptarlo, ya que de otro modo perderían el plan. Sostienen: “El plan es estable, el empleo privado no lo es”. Los planes son “derechos adquiridos”. Ya nadie puede quitarlos. El kirchnerismo nos metió en una jaula de “pobreza estructural” y tiró la llave. Los gobiernos que le siguen entran en esta jaula y no ven la solución. Peor aún, por momentos mantienen la misma dinámica. Estamos encarcelados con impuestos, inflación y deuda.

No necesitamos buscar recetas creativas. Necesitamos tomar un par de manuales básicos de economía y finanzas públicas a los que por décadas les dimos la espalda. Sólo el equilibrio fiscal nos sacará de la inflación y la deuda. Y sólo con estabilidad monetaria y menor presión tributaria los emprendedores encontrarán los proyectos que pueden dar empleo a estos jóvenes postergados. La solución está en la base de la pirámide, quizás en los mismos necesitados, no arriba, en los gobiernos. Como decía Juan Bautista Alberdi: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

Arroyo nos muestra cuatro Argentinas. La primera es la de la pobreza estructural, que representa el 25% de la población; la segunda es la Argentina vulnerable, la del trabajo informal, que representa el 35% de la población; la tercera es la clase media, con empleo formal, que representa otro 35% de la población; y finalmente está la clase alta, con un 5% de la población. Esta desigualdad genera fragmentación, conflicto o, en definitiva, la grieta social.

¿Cómo integramos estas 4 Argentinas? El primer paso es dejar de expandir los planes. Macri ya creó un millón. Es un error. Quien adquiere un plan entra en una jaula de la que después no puede salir. Le tiramos un pan, pero no una escalera.

El segundo paso es flexibilizar la legislación laboral. Que los jóvenes puedan hacer pasantías en las empresas para aprender a trabajar, antes de exigir salarios mínimos elevados en relación con la productividad que pueden ofrecer. Esto no es precarización laboral, es el modo en que los jóvenes se insertan en el mercado laboral en todo el mundo. El Estado de bienestar europeo es aplicable a los países ricos de Europa, no a esta triste Argentina que arriba describimos. Tenemos que dejar de poner la carreta delante de los caballos. Pedirle a una empresa que tome jóvenes empleados para capacitarlos pagando el actual salario mínimo es no comprender el mundo empresarial. Las empresas simplemente no toman a estos jóvenes porque no suman suficiente valor a la empresa. Y no es una cuestión de falta de solidaridad. Simplemente no lo hacen, porque si lo hicieran, quebrarían.

El tercer paso es bajar los impuestos. Argentina tiene una estructura impositiva impagable. Esto inhibe la creación de emprendimientos, y a las pymes existentes las incentiva a evadir y mantenerse en la economía informal.

El cuarto paso es abrir la economía, porque, aislados del mundo, los productos en el mercado interno son extremadamente caros y elevan el costo de la canasta básica requerida para salir de la pobreza. Si queremos precios bajos, no necesitamos acuerdos con empresarios, necesitamos competencia. Claro que, sin una previa reducción de costo impositivo y laboral, abrir la economía sólo condenaría a las pymes a su destrucción.

El quinto paso es corregir el atraso cambiario. Insistir en que estamos ante un tipo de cambio libre, mientras la oferta de dólares proviene de la demanda del gobierno para evitar el ajuste del gasto, no parece muy sensato. Abrir la importación, con este atraso cambiario, es condenar a las empresas a la quiebra.

El sexto paso, que en la medida de lo posible debería ser el primero, es la reducción del gasto público. Así como dos millones de personas se sumaron al empleo público en la última década, el proceso debe revertirse gradualmente. Mientras el mercado se amplíe, con nuevos proyectos empresariales que generen empleo, podremos ir reduciendo el sobre-empleo estatal y prescindiendo del gasto social. Pero esto llevará tiempo. Argentina puede tomar deuda en la transición hacia un ordenamiento de su economía, pero esa pesada carga habrá que pagarla en el futuro.

Las cadenas productivas son las únicas que pueden corregir el flagelo de la pobreza, pero las cadenas impositivas y laborales evitan que las primeras puedan desarrollarse.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Paradoja del Estado que no ha estado

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 31/10/17 en: http://www.expansion.com/opinion/2017/10/31/59f7920d22601d7a248b45aa.html

 

Se nos dice que, en Cataluña, hasta la semana pasada, el Estado no ha estado. En eso están de acuerdo todos menos los nacionalistas, que protestan por lo contrario.

¿Cómo se puede decir seriamente que el Estado no ha existido en Cataluña? ¿Es que acaso los catalanes han dejado de pagar impuestos? ¿Es que la creciente intrusión de la política y la legislación estatales en la vida y los bienes de los ciudadanos de España, que hemos padecido en las últimas décadas, milagrosamente no ha afectado a siete millones y medio de afortunados?

Es obvio que esto no ha sido así. Y resulta asombroso que se haya podido lamentar “la inexistencia del Estado en Cataluña” o “la precariedad del Estado mismo”. Un destacado analista llegó a este rarísimo diagnóstico: “el Estado carece de medios para imponer el respeto a su ordenamiento jurídico en Cataluña”. ¿Cómo va carecer de medios quien recauda todos los años un tercio del PIB?

La queja de los nacionalistas es análogamente paradójica, porque su capacidad de actuar como el Estado que de hecho son en Cataluña ha sido gigantesca, y la han aplicado sin rubor desde hace mucho tiempo. ¿Cómo pueden clamar por su impotencia frente al Estado cuando el Estado mismo les ha cedido no solo una apreciable cantidad de dinero sino el control de los principales instrumentos de intoxicación y sometimiento que tiene el poder en todo el mundo? ¿Alguien se cree que los nacionalistas habrían podido acumular el respaldo político del que gozan si no hubiesen podido disponer durante tantos años de la educación y la televisión pública, y de cuantiosas sumas de dinero para subvencionar a sus propagandistas, acólitos y catecúmenos?

Por lo tanto, ni el Estado ni los independentistas han carecido de medios, al contrario: ambos los tenían, aunque fueron los independentistas quienes los utilizaron para promover su proyecto hasta el momento de la proclamación de la independencia. Allí, y solo en esa intersección, ambos han chocado gravemente, pero no antes.

Esto nos sigue rodeando de paradojas e interrogantes. Ningún nacionalista deja de aspirar a crear una nación, y todos pretenden que su nación se convierta en un Estado. Nadie puede pretender que no lo hagan, igual que nadie puede mirar a un renacuajo y asegurar que jamás se convertirá en un sapo. Dirá usted: la diferencia estriba en que en España el Estado alimentó alegremente al renacuajo, como si confiara en que jamás iba a dejar de serlo. Es verdad, y la pregunta es: ¿por qué hizo algo tan absurdo?

Mi conjetura es que el Estado español de la transición democrática difícilmente habría podido crecer sin su conversión de centralista en autónomo. Las autonomías legitimaron y promovieron la espectacular expansión del gasto público que, de suponer sólo el 20% del PIB a la muerte del dictador, llegó al 50% apenas dos décadas más tarde. El Estado de bienestar y su vasto proceso redistribuidor fue su principal impulsor, sin duda, pero las autonomías ocupan un digno (es un decir) segundo lugar.

Era imposible para el propio Estado ejecutar esta descentralización y vetar a las fuerzas centrífugas que albergaba en su seno. Digamos, no podía permitir que tuviera el control de la educación la autonomía de Madrid y no la del País Vasco; y tampoco podía permitir que tuviera una televisión autonómica Andalucía, pero no Cataluña. Dada la existencia de nacionalismos en ambas comunidades, como también en otras, no cabía suponer que esas fuerzas no iban a utilizar dichos recursos para promover agendas independentistas con mayor o menor intensidad, según la oportunidad y las circunstancias.

Combinando esto con la legislación electoral que primó políticamente a los nacionalistas catalanes, entregándoles la llave de gobiernos del PSOE y el PP, se entienden las múltiples concesiones que obtuvieron, y que naturalmente utilizaron para aprovisionarse y seguir creciendo. Y a partir de ahora ¿qué? Como es natural, nadie lo sabe, pero no creo que necesariamente sea cierto eso de que “puede pasar cualquier cosa”. Por raro que parezca, entreveo que lo que puede pasar seguirá respetando la lógica política, incluyendo los episodios que me resultan más admirables, que son aquellos en donde los políticos están de acuerdo en incrementar la coacción, lo hacen, y lo plasman en acontecimientos que, para colmo, son ampliamente celebrados, como los Pactos de la Moncloa, que llevaron la presión fiscal al máximo de la historia de España. No descartemos ningún acuerdo, ni siquiera hoy, donde todo parece llevarnos a la catástrofe, y no olvidemos nunca que la política se especializa en salvarnos de catástrofes a donde ella misma nos ha conducido.

Como tantas otras paradojas, la paradoja del Estado que no ha estado se resuelve prestando atención, y observando que, al revés de lo que todo el mundo dice, el Estado sí ha estado. Más aún, los problemas que tenemos se derivan precisamente de eso.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Cuando el Estado crea las mafias

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 3/8/17 en: http://m.panamaamerica.com.pa/opinion/cuando-el-estado-crea-las-mafias-1078997

 

… estos no son turistas deseosos de salir de vacaciones, son personas desesperadas huyendo de condiciones infra humanas de las que son culpables sus dirigentes, pero también Occidente que no pone suficiente énfasis terminar con esta situación y a veces es cómplice, incluso, cuando los gobiernos envían ayudas que terminan financiando a regímenes corruptos. Pero no son estos gobiernos los que crean las mafias, si no los de la Unión Europea al prohibir la inmigración y, así, obligan a los migrantes a contratar los servicios de traficantes…

Según Wikipedia sus miembros se denominaban a sí mismos mafiosos, es decir, hombres de honor. Pero no por eso, por creerse hombres de honor al punto que están rodeados de costosos protocolos y pompas, podría decirse que los políticos -el Estado- son los fundadores de las mafias. Si recordamos la historia de Al Capone -que popularizó a la mafia en América- vemos cómo, al crear la ley seca, el gobierno no solo dio lugar a la existencia de estas bandas que, básicamente, se dedicaban al tráfico de drogas prohibidas -el alcohol- sino que, sin dudas, fue cómplice.

“La migración no es un peligro, es un reto para crecer” ha dicho el papa Francisco apoyando la libertad humana de trasladarse, pero los gobiernos no lo entienden o no les conviene entenderlo, porque sí es un peligro para el Estado de Bienestar ya que los inmigrantes utilizan los servicios gratuitos que corrientemente brinda el gobierno y a veces engrosan la desocupación creada por las leyes laborales estatales.

Mas de 400.000 personas han cruzado el Mediterráneo solo desde Libia desde principios de 2015. La ONU estima que hay en este país unas 380.000 personas esperando a cruzar el mar, y ya 2.150 han muerto al intentar llegar a Italia tan solo en lo que va de 2017. Casi todos tomaron la ruta del desierto del Sahara, donde los muertos se presumen por miles. Las tribus de tuareg y tubu son esenciales para los migrantes, ya que controlan las fronteras libias con Níger y Sudán.

La mayoría de los migrantes proviene de Nigeria, Costa de Marfil, Ghana y Gambia. Países que, junto con otros 11, conforman la ECOWAS, una suerte de espacio africano por el cual se mueven libremente a través de sus fronteras. Los migrantes pagan de forma legal el viaje en autobús regular (unos 20 euros) con destino a Agadez, en Níger, donde comienza el trato con los traficantes. Y aparecen las mafias que organizan a los migrantes en guetos hacia Libia atravesando las durísimas condiciones del desierto del Sahara.

Hasta Trípoli, la capital costera, el viaje costará unos 500 euros. En los últimos tres años, al menos 2.500 personas han muerto o han desaparecido en el norte de África, según la ONU. Cuando los migrantes llegan a las localidades costeras, las mafias los hacinan en barcos de goma por otros 500 euros por persona, o en barcas de madera por hasta 800. El beneficio de los traficantes, por tan solo un bote de madera con 400 personas, es de medio millón de euros, según Frontex.

Además de Agadez, Jartum en Sudán es el mayor núcleo de África Oriental donde confluyen mafias y migrantes dispuestos a casi todo por llegar hasta las costas libias. El modus operandi en esta ruta es algo diferente y para llegar a Italia se tarda, al menos, tres semanas y en total se pagan unos 3.000 euros por persona.

Ahora, obviamente estos no son turistas deseosos de salir de vacaciones, son personas desesperadas huyendo de condiciones infrahumanas de las que son culpables sus dirigentes, pero también Occidente que no pone suficiente énfasis en terminar con esta situación y a veces es cómplice, incluso, cuando los gobiernos envían ayudas que terminan financiando a regímenes corruptos. Pero no son estos gobiernos los que crean las mafias, si no los de la Unión Europea al prohibir la inmigración y, así, obligan a los migrantes a contratar los servicios de traficantes para que los ayuden a entrar ilegalmente.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Los problemas de volver a tomar deuda

Por Adrián Ravier. Publicado el 27/09/16 en: http://www.infobae.com/opinion/2016/09/27/los-problemas-de-volver-a-tomar-deuda/

 

La herencia kirchnerista se resumió en tres grandes desequilibrios en el campo fiscal, monetario y cambiario. El macrismo intentó avanzar en resolver los dos últimos, pero ha postergado avanzar en el primero. La razón posiblemente se entienda en el impacto que resolver estas cuestiones tiene en la opinión pública. Mientras comprar dólares libremente (tanto para ahorro como para la compra de insumos) o bajar la inflación son aspectos deseables por el colectivo de la sociedad, la baja del déficit fiscal genera —en el corto plazo— desempleo y caída del consumo.

El macrismo optó, entonces, por postergar la baja del déficit y, en su lugar, cambia la forma de financiarlo, esto es, tomando deuda interna y externa. El conflicto con los holdouts tuvo una rápida resolución, tanto por la necesidad interna como por la voluntad externa. Y el acceso al crédito externo hoy está a la orden del día, una medida que ayuda en esta difícil transición.

Sin embargo, tomar deuda tiene también sus consecuencias. Es cierto que en lo inmediato la entrada de estos capitales puede contribuir a resolver el problema de la inflación, al tiempo que evita una caída inmediata en el consumo. Pero el desequilibrio fiscal sigue allí, en los microfundamentos de la economía argentina, el que puede ocultarse con un manto de deuda, pero que pronto saldrá a la luz con la misma fuerza de siempre.

El primer problema de la deuda es moral. El macrismo está apostando a un mayor consumo presente que el que sería posible sin este financiamiento, a costa de los ingresos de contribuyentes futuros que ni siquiera votaron por este Gobierno que adquiere la deuda.

El segundo problema es económico, y en la literatura económica lo han bautizado como el efecto crowding out o efecto desplazamiento hacia la actividad privada. Cuando el Gobierno toma crédito local e internacional, absorbe como una aspiradora esa liquidez que los ahorristas ofrecen, reduce el crédito, encarece y obliga a consumidores y empresas privadas a pagar tasas más elevadas por los préstamos que adquieren.

El Gobierno parece mostrar por momentos una retórica a favor del mercado y contraria al Estado de bienestar, pero en la práctica insiste en mantener el Estado elefante, desplaza las posibilidades del mercado de contribuir a desarrollar una industria competitiva, insertada en el mundo y creadora de empleo.

Los economistas nos dividimos hoy entre optimistas y pesimistas. Los primeros creen que este déficit fiscal será atacado con rapidez una vez que el blanqueo reactive la economía y mejore la recaudación fiscal, tras lo cual puede ser más fácil emprender el postergado ajuste. Los segundos creen que este déficit fiscal no será atacado en este Gobierno, y que este cambio en la fuente de financiamiento nos acompañará a lo largo de todo el período, con las mencionadas consecuencias.

Recordemos que el impacto del blanqueo es de una sola vez y que si bien puede ayudar como shock de confianza, cuando la marea pase, el desequilibrio fiscal seguirá allí, esperando que por fin alguien se decida a atacarlo.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

El Brexit Y La Unión Europea En El Mundo

Por Armando Ribas. Publicado el 4/7/16 en: http://institutoacton.org/2016/07/04/el-brexit-y-la-union-europea-en-el-mundo-armando-ribas/

 

El Brexit ha causado una conmoción en el mundo occidental y en razón de ello se ha producido una caída en todas las bolsas y consiguientemente la libra se devaluó respecto al dólar y el euro. Todo ello se considera la consecuencia de que Inglaterra se haya separado de la Unión Europea. Esa percepción implica que el Brexit sería la causa de una crisis económica en Inglaterra y en la Unión Europea. Ya The Economist se había adelantado a esta visión con antelación al hecho en un artículo titulado “Divided We Fall” (Divididos Caemos) donde escribió: “Un voto de abandonar la Unión Europea el 23 de Junio, el cual las encuestas consideran una creciente posibilidad, harían un grave y permanente daño a la política y la economía británica. La pérdida de uno de los mayores miembros de la UE produciría una profunda herida en el resto de Europa”.

Antes de seguir adelante me permitiría recordar otro artículo de The Economist que considero realista donde dijo: “El problema de la Unión Europea es el sistema, y el que lo quiere cambiar pierde las elecciones”. En estas palabras The Economist reconoce la situación de crisis de la Unión Europea determinada políticamente por la prevalencia política de la izquierda para mantener el Estado de Bienestar. Mi criterio es que la validez indubitable de esta observación, constituye una decisiva contradicción con el análisis recientemente hecho sobre los efectos deletéreos del Brexit.

No me cabe la menor duda de que los datos referentes a la situación económica de la Unión Europea con Inglaterra incluida constituyen una muestra elocuente de la situación de crisis que padece. Como ya he dicho en anteriores oportunidades y así ha sido reconocido por importantes economistas, no es posible tener una moneda común entre países que tienen políticas fiscales y monetarias independientes. Inglaterra nunca aceptó el Euro, y la Libra hasta el presente estaba decididamente sobrevaluada respecto al Dólar y al Euro. Por tanto la presente devaluación no implica un deterioro de la economía británica.

La pregunta pendiente sería ¿Qué economía se perjudicaría más a causa del Brexit, la inglesa o los países de la Unión Europea? Los problemas económicos de ambos son muy similares y dependen como bien dijo The Economist del sistema del Estado de Bienestar, que es una prueba más del fracaso del socialismo. Por ello el desequilibrio resulta del nivel del gasto público que en Inglaterra alcanza al 48% del PBI y la consecuente impagable deuda pública. Y esa deuda en manos de los bancos europeos no ha sido causada ni es alterada por el Brexit, sino que solo ha hecho tomar conciencia al mundo de la realidad que enfrenta  la Unión Europea.

Un aspecto favorable del artículo de The Economist es cuando señala que muchos de los Nrexikeers (Partidarios del Brexit) reclaman el manto del liberalismo. En otras palabras tendrían un proyecto de salir del sistema socialista y reducir el gasto público. Si esa fuera la política a seguir no me cabe la menor duda de que el Brexit lejos de perjudicar a la economía británica la mejoraría al salir del socialismo y aplicar el Rule of Law. Y ese hecho sería asimismo favorable a la Unión Europea. Así saldría de esa concepción filosófico política que afecta a los países principales de Europa como bien la describe Stefan Thiel en su “Filosofía Europea del Fracaso” donde dice que en los colegios de Francia y Alemania se enseña que: “El capitalismo es descripto como brutal, salvaje, neoliberal y americano”. Y siguiendo con esa tendencia dice: “Los alumnos aprenden que las empresas privadas destruyen las fuentes de trabajo mientras que la política del gobierno las crea…Los empleadores explotan  y el gobierno protege”.

Independientemente del impacto inmediato de la salida de Inglaterra de la Unión Europea, no me cabe la menor duda de que si el proyecto es liberal mejoraría la situación inglesa, lo que tendría un efecto favorable en la Europa continental. Diferente sería el resultado si el motivo de la separación fuese la influencia del nacionalismo, como es el caso de la Sra. Marina Le Pen en Francia  o de más socialismo como es el caso reciente de España con Podemos.

Dicho lo que antecede tampoco estoy de acuerdo con la idea de que el comercio de Inglaterra con Europa se reduciría como consecuencia del Brexit. Ello dependería de la política de la Unión Europea al respecto.  Al respecto The Ecomomist añade “La Unión Europea tiene docenas de pactos de comercio que Inglaterra tendría que sustituir”. Así como no veo la razón de que el comercio con Europa se reduzca pues el comercio no es la guerra y se hace por mutuo interés, tampoco veo la razón de que Inglaterra pierda el contacto comercial con los otros países de los pactos comerciales. Y menos ahora cuando la libra se ha devaluado y se considera un perjuicio para Inglaterra, cuando en la realidad ello mejora la competitividad de los productos británicos, y por tanto facilitaría la capacidad de exportación. Tanto así que en el 2015 Inglaterra tuvo un déficit de cuenta corriente por valor de u$s126.1millones. Alemania es la que tiene mayores ventajas competitivas con el Euro y por ello en 2015 obtuvo un superávit de cuenta corriente por valor de u$s275millones, que representa el 81% del superávit total de la Unión Europea-excluida Inglaterra.

El mundo no tiene que ser un solo país, la globalización en el orden externo no es más que la consecuencia de que los países olviden a Colbert y liberen los mercados. Al respecto vale recordar a Adam Smith: “La riqueza de las naciones vecinas si bien peligrosa en la guerra y la política, es ciertamente ventajosa en el comercio”. Y este mensaje todo parece indicar que los europeos lo aprendieron después de la Segunda Guerra Mundial. En el orden interno tengamos en cuenta a Locke, Hume y los Founding Fathers, y sepamos que fue a partir  del Rule of Law, osea el respeto por los derechos individuales, iniciado hace tan solo doscientos años, comenzó la libertad y la creación de riqueza por primera vez en la historia.

Entonces me atrevo a decir que el Brexit más que una decisión es una noticia que pone al descubierto los problemas que enfrenta la Unión Europea, y ello ha puesto al mundo en conocimiento de la crisis que enfrenta. Crisis que la izquierda, siempre presente, considera la crisis del capitalismo. Voy a insistir en que esa crisis la genera el aumento del nivel del gasto público que ha tenido lugar en la Unión Europea y ya en Francia alcanza al 57% del PBI. Tales niveles de gasto público, fácticamente implican la violación de los derechos de propiedad, y consecuentemente la caída en la inversión y en la producción. Entre el 2007 y el 2014 la economía inglesa no creció y la italiana cayó un 8%.

Para terminar voy a volver a citar a Ortega y Gasset en su obra La Rebelión de las Masas donde dice: “La estatización de la vida, el intervencionismo del Estado, la absorción de toda espontaneidad social por el Estado… La burocratización de la vida produce su mengua absoluta… La riqueza disminuye” Y no olvidemos la problemática europea de la inmigración. Pero bien seamos optimista y pensemos que esta mala noticia pueda producir que el liberalismo gane las elecciones y cambie el sistema.

 

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.