El Papa y la economía mundial

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 28/5/18 en: https://www.cronista.com/columnistas/El-Papa-y-la-economia-mundial-20180528-0017.html

 

 

 

 

La Comisión Teológica Internacional de la Santa Sede consignó el 30 de junio de 1977 en su Declaración sobre la promoción humana y la salvación cristiana que “El teólogo no está habilitado para resolver con sus propias luces los debates fundamentales en materia social […] Si se recurre a análisis de este género, ellos no adquieren suplemento alguno de certeza”.

 

Gracias a Dios porque el Papa Francisco se ha pronunciado en un extenso documento que consta de cuatro capítulos divididos en treinta y cuatro secciones sobre aspectos del actual sistema económico y financiero mundial.

 

Resulta extraño que el Sumo Pontífice se exprese sobre aspectos de técnica bancaria, sobre instrumentos como los derivados, sobre la evaluación de las carteras crediticias, sobre el modo de llevar a cabo préstamos interbancarios, sobre organigramas internos de las finanzas, sobre la política respecto a los accionistas en las entidades del ramo etc. A juzgar por las referencias poco rigurosas, es de esperar que sus asesores en la materia no hayan sido miembros del Banco del Vaticano debido a los escándalos del caso.

 

El documento está impregnado de las mejores intenciones y referencias bíblicas de interés, pero en lugar de condenar estatismos concretados en aparatos estatales que asfixian a la gente con regulaciones absurdas, con cargas tributarias astronómicas y con inflaciones que roban a los más necesitados. En lugar de ello, el Papa insiste en la necesidad de que las autoridades nacionales coordinen sus acciones para acentuar controles al fruto del trabajo ajeno a través de la regulación de mercados.

 

La emprende contra la especulación, los negocios supranacionales, la asimetría que es consecuencia natural de arreglos contractuales entre personas con preferencias diferentes y arremete contra “la lógica perversa” del lucro y las desigualdades, a favor de impuestos con carácter redistributivo y pontifica como debe la gente consumir y ahorrar lo suyo.

 

Pocas veces he constatado tantos errores conceptuales en un solo escrito. En un reducido espacio no pueden analizarse tamaños propósitos, por otra parte me he referido a temas semejantes en otras oportunidades por lo que centraré mi atención telegráficamente solo en dos aspectos.

 

Primero la especulación que está atada a toda acción humana. Especular significa conjeturar que con el acto se pasará de una situación menos favorable a una que proporcione mayor satisfacción, ya se trate de caridad, de un arbitraje o lo que fuere.

 

Segundo en un mercado libre las desigualdades de rentas y patrimonios son el resultado de atender las necesidades del prójimo que distan de las obtenidas al explotar a la gente en un contexto estatista vía alianzas con el poder de turno. En una sociedad abierta aquel delta es el resultado de las votaciones de la gente en supermercados y afines. Las diferencias entre países  que critica el Papa se deben a sistemas distintos pero también hay que mirar al Vaticano en relación a Níger.

 

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Groseros errores en el guión que le escribieron a Cambiemos

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 22/5/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/05/22/groseros-errores-en-el-guion-que-le-escribieron-a-cambiemos-2/

 

Sería bueno que Cambiemos empiece a cambiar el discurso de confrontación que hundió a la Argentina

Mauricio Macri (Fabián Ramella)
Mauricio Macri (Fabián Ramella)

Solo con ver algunos datos de Angus Maddison, podemos observar cómo Argentina pasó de ser un país desarrollado a un país subdesarrollado. Países que mirábamos por encima del hombro como si fuésemos unos fenómenos, nos pasaron como poste caído en los últimos 70 años e inclusive en menos de 70 años.

PBI per cápita

PBI per cápita

Comparando la evolución del ingreso per capita de Argentina con algunos países seleccionados, podemos ver lo dramático de nuestra caída o estancamiento, mientras el resto seguía creciendo.

Por ejemplo, en 1921 teníamos un ingreso per capita 24% superior al de España, y en 2016 España tuvo ingreso per capita 68,8% superior al nuestro Irlanda, cuya población emigraba por el escaso futuro que ofrecía su país, tenía un ingreso per capita que era el 57% de nuestro ingreso per capita. En 2016 Irlanda tuvo un ingreso per capita 198% más alto que el nuestro. Corea del Sur, país del cual aquí solían mofarse por los productos de baja calidad, tenía un ingreso per capita equivalente al 15,6% de nuestro PBI per capita y en 2016 pasó a tener un ingreso per capita 95% más alto que el nuestro.

La gente que habré escuchado decir: no se puede gastar en porquerías como los paragüitas de Taiwán. En la década del 70, teníamos un ingreso per capita 177% más alto que el de ellos. En 2016 Taiwán, con sus paragüitas, logró tener un ingreso per capita 126% mayor que el nuestro.
Como puede verse en la última línea de cuadro, todos los países seleccionados tuvieron un crecimiento del ingreso per capita superior al de Argentina.

Explicar nuestra larga decadencia da para un libro o un tratado, no obstante es bastante claro que la dirigencia política argentina ha generado un conflicto social permanente bajo el argumento de que la pobreza de unos se debe a la riqueza de otros. En otras palabras, el que es pobre, lo es porque otro es rico. La solución pasa, entonces, por redistribuir con “justicia social” la riqueza igualando hacia abajo.

Vidal, la política con mejor imagen en el país, cometió tres groseros errores de comunicación (Gustavo Gavotti)

Vidal, la política con mejor imagen en el país, cometió tres groseros errores de comunicación (Gustavo Gavotti)

La dirigencia política argentina se ha caracterizado por nunca hacerse cargo de sus actos y siempre señalar como culpable a otros. Lo hizo el kircherismo y se suponía que Cambiemos venía a cambiar ese discurso que en nada contribuye al crecimiento.

Los tres errores de Vidal

Lamentablemente, el marketing político de Cambiemos parece seguir ajustándose a los tradicionales discursos populistas y sin lógica económica alguna, al punto que María Eugenia Vidal, la política con mejor imagen en el país, acaba de cometer tres groseros errores de comunicaciónpor abusar del marketing político en vez de usar la lógica económica.

La gobernadora de la provincia de Buenos Aires, que tiene una gran imagen positiva en la población, cometió el primer y grosero error al manifestar que Macri no podía describir en diciembre de 2015 la crítica situación que se había heredado del kirchnerismo, porque hacía falta endeudarse para financiar el gradualismo y si se contaba la verdad a los acreedores nadie le iba a prestar a Argentina para hacer el gradualismo.

Lo que nos está diciendo María Eugenia Vidal es que o Macri le mintió a los acreedores o que es un estafador porque les mintió a los acreedores. ¡¿Quién le escribe semejante guión a la gente de Cambiemos?!

Encima, es absolutamente insostenible ese argumento porque los acreedores, al igual que los economistas, sabíamos muy bien la pesada herencia económica que se recibía del kirchnerismo. Incluso, si fuera cierto el argumento utilizado por la gobernadora de Buenos Aires, entonces el presidente no habría cumplido con su obligación de dar el verdadero estado de la nación. No se le puede mentir al pueblo sobre los negocios de la nación para que el gobierno pueda beneficiarse aplicando una política económica determinada, que finalmente fue errada y agregó más problemas a los ya existentes.

El segundo error de Vidal consistió en afirmar que había encargado un estudio para ver quiénes estaban aumentando los precios injustificadamente, afirmando que esos aumentos desmedidos no le hacen bien al país. ¿Por qué cometió un error la gobernadora? Porque en la provincia de Buenos Aires el impuesto inmobiliario (por lo menos a mí que vivo en dicha provincia) me aumentó el 48,2% en los últimos 12 meses contra una inflación del 26% y desde que llegó al gobierno me incrementó el impuesto inmobiliario el 151,6% contra una inflación, en el mismo periodo, del 92%. Todo parece indicar que aquí no tuvo problemas con olvidarse del gradualismo y sacudir un incremento impositivo de esa magnitud.

Algunos podrán argumentar que se hizo un ajuste de los valores de las propiedades de acuerdo al precio de mercado. Sin embargo cualquier persona que haya hecho una operación inmobiliaria de una casa, sabe que los valores de tasación nada tienen que ver con los precios que finalmente se pactan en el mercado. Son sustancialmente menores. De manera que no se sabe qué criterio aplicó para hacer un ajuste que nada tiene que ver con el gradualismo.

La realidad es que el presupuesto de la provincia de Buenos Aires pasó de $246.207 millones en 2015, último gobierno K, a un presupuestado para este año de $629.963 millones, un incremento del 156% contra una inflación en el período del 110% si asumimos un 20% de inflación para este año. Es más, el presupuesto 2018 tiene un aumento del 20% sobre el presupuesto de 2017 contra una inflación original del 10% y luego del 15%, de manera que a la hora de gastar plata del contribuyente la política no entiende de gradualismo y mucho menos cuando llega el momento de incrementar los impuestos.

Tiene habilidad para ganar elecciones

Reconozco que la gobernadora y Cambiemos tienen gran habilidad para ganar elecciones, igual que la tuvieron otros partidos políticos hasta que la gente dijo basta (menemismo, los K, e incluso Alfonsín con el tercer movimiento histórico), pero a la hora de conocer el ABC de la economía uno se explica la decadencia que muestra el gráfico.

En economía no son los costos los que determinan los precios, sino que son los precios los que determinan los costos en los que pueden incurrir las empresas. Es lo que se conoce como teoría de la imputación, y no conocerla es su tercer error. El proceso es inverso. Primero la empresa ve qué precio está dispuesto a pagar el mercado por su producto y qué cantidad puede vender a ese precio y en base a los ingresos que estime podrá determinar en qué costos puede incurrir (mano de obra, insumos, costos fijos, etc.). En lo que hace a la tasa de rentabilidad, no empecemos de nuevo con el verso de si ganan mucho o poco porque la rentabilidad está atada al riesgo de hundir una inversión en Argentina. Además, siempre está el BCRA ofreciendo un 40% de tasa como para que alguien haga cuentas y decida si le conviene invertir en LEBAC o hundir una inversión y lidiar con la AFIP, ARBA, los sindicatos, cobrar las cuentas y demás riesgos empresariales.

En resumen, sería bueno que Cambiemos empiece a cambiar el discurso de confrontación que hundió a la Argentina. Ese discurso de los políticos de nunca hacerse cargo de los errores que cometen y siempre buscar algún culpable: el FMI, los formadores de precios, la especulación y mil discursos más, propios del populismo.

Siempre insisto en que el problema económico argentino es un problema de los valores que imperan en la sociedad. Esos valores son los de confrontar a la sociedad diciendo que la desgracia de unos es consecuencia de la ambición de otros. En nuestro caso, solo puede darse esa explicación mostrando la ambición de los políticos por ganar elecciones y mantenerse en el poder a costa del nivel de vida de la población.

Hay que salir del discurso de confrontación para comenzar a cambiar los valores que hoy imperan en la sociedad. En otras palabras, a Cambiemos, por lo menos, le está faltando un guionista que le escriba un discurso creíble y consistente. Diferente al populismo de los últimos 70 años.

Si Cambiemos es la generación que vino a cambiar la Argentina, no lo va a lograr con el mismo discurso populista que nos hizo pasar del desarrollo al subdesarrollo. Un viejo discurso para pretender ser la nueva generación.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

El fracaso de los acuerdos de precios y salarios

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 4/1/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1859088-el-fracaso-de-los-acuerdos-de-precios-y-salarios

 

Dado que el Presidente solicitó que se le adviertan sus errores, es bueno recordar que los controles de las variables del mercado por parte del Estado siempre han producido efectos negativos que postergan la recuperación de la economía.

 

Si realmente queremos ayudar al Gobierno que acaba de asumir, debemos seguir el consejo del Presidente en ejercicio que en su alocución inaugural afirmó que hay que alertar sobre posibles errores. De eso se trata, salimos de una degradación superlativa de las instituciones republicanas y los indicadores económicos más relevantes han quedado sumamente dañados.

Es muy saludable el espíritu de conciliación, de retomar relaciones normales con el mundo, rechazar políticas nefastas como el tristemente célebre caso iraní, sancionar debidamente la corrupción, tender al federalismo fiscal y asegurar la elemental seguridad de las vidas y las haciendas de todos. Es muy necesaria la referencia a la independencia de la Justicia y espero se confirme la idea que ahora se está considerando de rectificar el procedimiento inaceptable para cubrir dos vacantes en la Corte.

Pero para no remontarnos más atrás, desde Diocleciano hasta la fecha han fracasado rotundamente todos los intentos de establecer “precios cuidados” (un eufemismo para precios máximos). El pretendido control de precios, aunque sea circunstancial, siempre produce cuatro efectos centrales que no sólo postergan la recuperación sino que agravan la situación.

Primero, cuando el precio se establece a un nivel inferior al que hubiera estado en el mercado, naturalmente se expande la demanda. Segundo, en el instante inicial, por el hecho de que la demanda se expande no aparece una mayor oferta, por tanto se produce un faltante artificial. Tercero, los productores marginales, los menos eficientes, al reducirse su margen operativo desaparecen del mercado, con lo que se agudiza el referido faltante. Y cuarto, al alterarse los precios relativos y consecuentemente los indicadores de los diversos márgenes operativos, artificialmente surgen otros reglones como más atractivos y, por ende, se invierte en áreas que en verdad no son prioritarias, lo cual se traduce en derroche de capital que, a su vez afecta salarios e ingresos en términos reales.

Lo mismo va para el reiterado “acuerdo de precios y salarios” que se ha aplicado sin solución de continuidad en nuestro país desde el intento corporativo de los años 30. El tema consiste en arreglar los desaguisados fiscales y monetarios -en el contexto de reducir el tamaño del aparato estatal- a los efectos de transferir recursos a los bolsillos de la gente. En el interín, no se deben adoptar políticas que, como queda dicho, comprometen aún más la situación lamentable que recibe el nuevo gobierno ni dejarse tentar por tomar más deuda para mantener la gigantesca estructura gubernamental que carcome la productividad de todos.

En El espíritu de la Revolución Fascista, donde se recopilan los discursos de Mussolini, después de hacer una apología del corporativismo concretado en acuerdos de precios y salarios, el “Duce” sostiene que esa es la manera en que “hemos sepultado al Estado democrático [.]. A ese viejo Estado que enterramos con funerales de tercera, lo hemos sustituido por el Estado corporativo”. Esos acuerdos “entre el capital y el trabajo” son reiterados en el manifiesto fascista de Verona y copiados por los populismos de toda laya con los resultados conocidos.

Es que la estructura de precios en un mercado libre y competitivo no depende de la voluntad de empresarios ni de gremialistas sino de las valorizaciones cruzadas de los consumidores que, a su turno, están vinculadas en términos nominales con el valor de la moneda, que mantiene un estrecho correlato con la expansión de la base monetaria provocada por la banca central.

Constituye una torpeza mayúscula el asignar un significado peyorativo a la especulación puesto que no hay ser humano que no especule, es decir, que pretenda pasar de una situación a su juicio desfavorable a una que le proporcione mayor satisfacción. La madre especula que su hijo estará mejor, el que estudia especula con que recibirá el título, el comerciante especula con una ganancia. No hay acción sin especulación.

Ahora bien, los precios no se incrementan a puro rigor de expectativa o especulación, se elevan debido a la antes mencionada expansión monetaria o debido a una caída en la productividad. Si un comerciante tiene la expectativa o especula que sus costos de reposición se elevarán debido a la inflación y, por ende, aumenta los precios, se producirá uno de dos resultados: o el comerciante tenía razón y la moneda convalidó esa suba o se equivocó, en cuyo caso, debe reducir sus precios si pretende mantener sus ventas, de lo contario verá que se contraen.

Es de interés aprender de la historia y no tropezar con la misma piedra, dados los repetidos antecedentes en materia de control de precios y absurdos acuerdos de precios y salarios, como si un grupo de capitostes reunidos en un cuarto, concentrando ignorancia, pudiera sustituir los millones de arreglos contractuales en un contexto de conocimiento disperso y fraccionado.

Y nada de machacar, como se ha hecho en el pasado, con que se trata de medidas transitorias mientras se sale del pozo, porque de ese modo se profundiza el pozo. Las leyes de asociaciones profesionales y convenios colectivos fue calcada por Perón de la Carta del Lavoro de Mussolini y, desde ese momento, ningún gobierno la abrogó con el propósito de usar el movimiento obrero en provecho propio. Los sindicatos son muy útiles en una sociedad abierta, pero la figura de la “personería gremial”, a diferencia de la personería jurídica, conduce a todo tipo de abuso en perjuicio principal de los más necesitados.

La característica central del fascismo es permitir que los particulares registren la propiedad a su nombre, aunque la use y disponga de ella el gobierno, en la práctica, a través de regulaciones omnicomprensivas con que el aparato estatal maneja el flujo de fondos de las empresas “privadas” que en realidad están privadas de toda independencia.

Sabemos que el político no puede articular un discurso que la opinión pública no pueda digerir. Por eso, el problema medular es educativo. No puede pretenderse que se asuma la tradición alberdiana, pero por lo menos puede sugerirse que no se repitan errores gruesos para no darle la razón a Aldous Huxley en el sentido de que “la lección de la historia es que no se aprendió la lección de la historia”.

Milton Friedman ha consignado en el primer capítulo de su libro La tiranía del status quo que lo que un gobierno no hace en los primeros seis/nueve meses no lo hace nunca. No hay tiempo que perder si es que deseamos fervientemente el éxito de la actual gestión gubernamental.

No se trata de quejarse cuando ya es tarde, sino de razonar con calma y ponderadamente.

Es pertinente subrayar lo dicho por el nuevo Presidente en su acto de asunción respecto de que apunta al logro de la “justicia social”. Esta expresión tan manoseada puede tener sólo dos significados: o es una grotesca redundancia ya que los minerales, los vegetales o lo animales no son sujetos de derecho y, por ende, la justicia sólo es humana, léase social; o bien se traduce en sacarles a unos lo que les pertenece para entregarlos a quienes no les pertenece, lo cual constituye la antítesis de la justicia en el sentido de “dar a cada uno lo suyo”.

En este último contexto es que el premio Nobel en economía Friedrich Hayek ha escrito que el adjetivo “social” aplicado a cualquier sustantivo lo convierte en su antónimo: justicia social, derechos sociales, constitucionalismo social, etc.

Es bueno que miembros del actual elenco gobernante se hayan pronunciado por la importancia de contar con marcos institucionales civilizados y será ardua la tarea parlamentaria en busca de los necesarios consensos para revertir lo sucedido hasta el momento, pero parte fundamental de esos marcos consiste en no enredarse en acuerdos corporativos que se encuentran en las antípodas de un sistema republicano, donde deben primar los arreglos contractuales entre las partes siempre que no lesionen derechos de terceros.

Nuestro país está agotado y consumido por décadas y décadas de populismo y demagogias que operaron bajo las más diversas denominaciones pero en todos los casos bajo el paraguas del común denominador de agrandar las funciones gubernamentales que no sólo se alejan sino que contradicen sus funciones primordiales de garantizar las libertades de todos. Evitemos las iniciativas archiconocidas y fracasadas estrepitosamente y que se apartan de los objetivos comunes del bienestar general.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Precios “cuidados” en el Imperio Romano

Por Alejandro O. Gomez. Publicado el 3/6/2014 en: http://www.elcato.org/precios-cuidados-en-el-imperio-romano

 

La idea de querer controlar los precios no es algo nuevo ni exclusivo de Argentina. Como muy bien lo consignan Robert Schuettinger y Eamonn Butler en su libro Forty Centuries of Wage and Price Controls (editado por The Heritage Foundation en 1979), la quimera de querer establecer precios controlados (o cuidados como se ha decidido llamarlos en estos días en Argentina) es algo que tiene sus orígenes en épocas previas a la era cristiana. Ya en las antiguas civilizaciones mesopotámicas encontramos indicios de este tipo de controles. Lo que se busca en todos los casos, de acuerdo al gobernante de turno, es lo mismo: evitar la especulación de comerciantes y empresarios que aumentan sus precios con el único fin de aprovecharse de los consumidores. Como se verá la situación no es novedosa. El gobierno excede su gasto por sobre sus ingresos y recurre a la expansión monetaria o depreciación del metálico, con lo cual el poder de compra de la moneda disminuye, reflejándose directamente en un aumento de precios. Así las cosas, al gobierno le quedan, básicamente, dos opciones: reconocer que han defraudado a los tenedores de moneda al haberle quitado valor o culpar por ello a los productores, acusándolos de aumentar descaradamente los precios. Pues bien, la opción a lo largo de la historia ha sido la segunda. Por eso el “remedio” que se les ha ocurrido ha sido siempre el mismo: controlar los precios.

Lamentablemente, los ejemplos ilustrados en el libro de Schuettinger y Butler no han servido de mucho, ya que a pesar del fracaso que reflejan los intentos de controlar precios a lo largo de la historia, la fórmula se repite una y otra vez con el mismo resultado. Quizás el “más famoso y el más extensivo intento de controlar precios y salarios ocurrió durante el reinado de Diocleciano” quien fue emperador de Roma entre los años 284 y 305 de la era cristiana. A éste, le tocó gobernar en un período de una creciente inflación, la que “atribuyó enteramente a la avaricia de mercaderes y especuladores”; aunque claramente el diagnóstico era equivocado, ya que la causa de la creciente inflación estaba dada en el descontrolado gasto público en el que se había incurrido para sostener una burocracia y un ejército cada vez más grandes. La acuñación de monedas de oro y plata degradadas en su pureza, era el medio más sencillo para “resolver” este problema del gasto público en alza constante (a diferencia de lo que pasa en la actualidad, donde el problema se resuelve con facilidad emitiendo más billetes, en la antigüedad había que retirar las monedas circulantes y disminuir su contenido original mezclándolo con metales de menor valor con lo cual el proceso era bastante más costoso y lento que en el caso de los billetes). Pero hasta el propio Diocleciano se daba cuenta de que el mercado “ajustaba por precio” cada vez más velozmente. Por tal motivo, el emperador se vio ante la siguiente disyuntiva: o continuaba acuñando monedas cada vez más depreciadas, o cortaba los gastos del gobierno. La respuesta no es difícil de imaginar: “Diocleciano decidió que la deflación, reduciendo los costos del gobierno civil y militar, era imposible”.

Ante esa desesperante situación, el emperador tomó una medida que “resolvería” el problema de una vez: seguiría acuñando monedas degradadas al tiempo que impondría controles de precios. Para ello, sancionó el famoso Edicto del año 301, que establecía una lista de los precios máximos para determinados bienes y servicios. Pero como el emperador sabía que la medida acarrearía retención de mercaderías y desabastecimiento, dispuso una serie de penas para quienes se resistieran a cumplir las medidas establecidas en el edicto. El castigo sería tanto para el que vendiera como para el que comprara por encima del precio establecido. A tales efectos se llegaron a confeccionar más de 30 listados cubriendo más de mil precios y salarios. El resultado de la aplicación de dicho edicto fue el que todos pueden imaginar. Al decir de un relato contemporáneo, “…hubo mucha sangre derramada sobre cuentas triviales e insignificantes; y la gente no llevó más provisiones al mercado, ya que no podían obtener un precio razonable por ellas y eso incrementaba la escasez tanto, que luego de que varios hubieran muerto por ella, fue dejada de lado”.

No se sabe exactamente cuánto tiempo estuvo en vigencia el Edicto de Diocleciano, pero sí se sabe que a cuatros años de sancionada la reforma monetaria, el precio del oro en términos de denarios había subido 250%. “Diocleciano había fracasado en su intento de engañar al pueblo y en suprimir la habilidad de éste para comprar y vender como les pareciera conveniente”.

Este caso puede ser una de las tantas muestras que podemos encontrar en la historia de gobernantes que confunden las causas con las consecuencias, y que en su intento de mantener un excesivo gasto público pretenden culpar a los ciudadanos por los males que la clase dirigente crea por su falta de límites a la hora de gastar. Hoy nos encontramos en una situación de naturaleza similar a la descripta en estas líneas. Por lo visto en la obra citada, a lo largo de dos mil años, los controles de precios han fracasado en todos los lugares y épocas.

 

Alejandro O. Gomez se graduó de Profesor de Historia en la Universidad de Belgrano, en el Programa de Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Master of Arts in Latin American Studies por la University of Chicago y Doctor en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella. Es profesor de Historia Económica en la Universidad del CEMA

 

Precios cuidados en el Imperio Romano

Por Alejandro O. Gomez. Publicado el 4/2/2014 en: http://opinion.infobae.com/alejandro-gomez/2014/02/04/precios-cuidados-en-el-imperio-romano/

La idea de querer controlar los precios no es algo nuevo ni exclusivo de nuestro país. Como muy bien lo consignan Robert Schuettinger y Eamonn Butler en su libro “Forty Centuries of Wage and Price Controls” (editado por The Heritage Foundation en 1979), la quimera de querer establecer precios controlados (o cuidados como se ha decidido llamarlos en estos días) es algo que tiene sus orígenes en épocas previas a la era cristiana. Ya en las antiguas civilizaciones mesopotámicas encontramos indicios de este tipo de controles. Lo que se busca en todos los casos, de acuerdo al gobernante de turno, es lo mismo: evitar la especulación de comerciantes y empresarios que aumentan sus precios con el único fin de aprovecharse de los consumidores. Como se verá la situación no es novedosa. El gobierno excede su gasto por sobre sus ingresos y recurre a la expansión monetaria o depreciación del metálico, con lo cual el poder de compra de la moneda disminuye, reflejándose directamente en un aumento de precios. Así las cosas, al gobierno le quedan, básicamente, dos opciones: reconocer que han defraudado a los tenedores de moneda al haberle quitado valor o culpar por ello a los productores, acusándolos de aumentar descaradamente los precios. Pues bien, la opción a lo largo de la historia ha sido la segunda. Por eso el “remedio” que se les ha ocurrido ha sido siempre el mismo: controlar los precios.

Lamentablemente, los ejemplos ilustrados en el libro de Schuettinger y Butler no han servido de mucho, ya que a pesar del fracaso que reflejan los intentos de controlar precios a lo largo de la historia, la fórmula se repite una y otra vez con el mismo resultado. Quizás el “más famoso y el más extensivo intento de controlar precios y salarios ocurrió durante el reinado de Diocleciano” quien fue emperador de Roma entre los años 284 y 305 de  la era cristiana. A éste, le tocó gobernar en un período de una creciente inflación, la que “atribuyó enteramente a la avaricia de mercaderes y especuladores”; aunque claramente el diagnóstico era equivocado, ya que la causa de la creciente inflación estaba dada en el descontrolado gasto público en el que se había incurrido para sostener una burocracia y un ejército cada vez más grandes. La acuñación de monedas de oro y plata degradadas en su pureza, era el medio más sencillo para “resolver” este problema del gasto público en alza constante (a diferencia de lo que pasa en la actualidad, donde el problema se resuelve con facilidad emitiendo más billetes, en la antigüedad había que retirar las monedas circulantes y disminuir su contenido original mezclándolo con metales de menor valor con lo cual el proceso era bastante más costoso y lento que en el caso  de los billetes). Pero hasta el propio Diocleciano se daba cuenta de que el mercado “ajustaba por precio” cada vez más velozmente. Por tal motivo, el emperador se vio ante la siguiente disyuntiva: o continuaba acuñando monedas cada vez más depreciadas, o cortaba los gastos del gobierno. La respuesta no es difícil de imaginar: “Diocleciano decidió que la deflación, reduciendo los costos del gobierno civil y militar, era imposible”.

Ante esa desesperante situación, el emperador tomó una medida que “resolvería” el problema de una vez: seguiría acuñando monedas degradadas al tiempo que impondría controles de precios. Para ello, sancionó el famoso Edicto del año 301, que establecía una lista de los precios máximos  para determinados bienes y servicios. Pero como el emperador sabía que la medida acarrearía retención de mercaderías y desabastecimiento, dispuso una serie de penas para quienes se resistieran a cumplir las medidas establecidas en el edicto.  El castigo sería tanto para el que vendiera como para el que comprara por encima del precio establecido. A tales efectos se llegaron a confeccionar más de 30 listados cubriendo más de mil precios y salarios. El resultado de la aplicación de dicho edicto fue el que todos pueden imaginar. Al decir de un relato contemporáneo, “…hubo mucha sangre derramada sobre cuentas triviales e insignificantes; y la gente no llevó más provisiones al mercado, ya que no podían obtener un precio razonable por ellas y eso incrementaba la escasez tanto, que luego de que varios hubieran muerto por ella, fue dejada de lado”.

No se sabe exactamente cuánto tiempo estuvo en vigencia el Edicto de Diocleciano, pero sí se sabe que a cuatros años de sancionada la reforma monetaria, el precio del oro en términos de denarios había subido 250 %. “Diocleciano había fracasado en su intento de engañar al pueblo y en suprimir la habilidad de éste para comprar y vender como les pareciera conveniente”.

Este caso puede ser una de las tantas muestras que podemos encontrar en la historia de gobernantes que confunden las causas con las consecuencias, y que en su intento de mantener un excesivo gasto público pretenden culpar a los ciudadanos por los males que la clase dirigente crea por su falta de límites a la hora de gastar. Hoy nos encontramos en una situación de naturaleza similar a la descripta en estas líneas. Por lo visto en la obra citada, a lo largo de dos mil años, los controles de precios han fracasado en todos los lugares y épocas.

Alejandro O. Gomez se graduó de Profesor de Historia en la Universidad de Belgrano, en el Programa de Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Master of Arts in Latin American Studies por la University of Chicago y Doctor en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella.

Alfred l’Écoutant y el capitalismo

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 6/1/13 en http://www.libremercado.com/2013-01-06/carlos-rodriguez-braun-alfred-lecoutant-y-el-capitalismo-66960/

 Una muestra más del desconcierto que afecta a los jerarcas del PSOE la dio Alfred l’Écoutant cuando se definió como “anticapitalista radical”. Esperanza Aguirre lo criticó en ABC y el líder socialista publicó esta joya: “los socialdemócratas siempre hemos respetado el capitalismo productivo, el que crea puestos de trabajo y genera riqueza. Lamentablemente, la crisis actual la ha provocado otro tipo de capitalismo, quizá el que quiere defender la señora Aguirre: el capitalismo especulativo, que no crea riqueza más que para unos pocos, y tampoco crea puestos de trabajo, sino que los destruye. Me declaré contrario al capitalismo de casino, al que exige la supresión de controles para poder hacer de las suyas, al que estafa a honrados ciudadanos”.

La distinción entre lo productivo y lo improductivo, y la identificación de lo primero con lo tangible, fue muy popular entre los economistas de los siglos XVIII y XIX. Desde entonces ha quedado relegada a la demagogia política, que la ha convertido en aún más disparatada. No hay, en efecto, manera de hilvanar lógicamente una definición precisa de capitalismo productivo más allá de la burda estratagema de recurrir a sus resultados positivos. Es como cuando los comunistas dicen que los millones de asesinatos los cometió el “estalinismo”, de forma tal que si un comunista es malo, es estalinista, lo que supuestamente quiere decir que no es comunista. Algo parecido hace Alfred l’Écoutant al decir que el capitalismo bueno es el que crea empleo, o sea: el capitalismo bueno es el capitalismo bueno, y así podríamos seguir indefinidamente, porque es un camino que no conduce a ninguna parte. Si lo que quiso decir es la explicación clásica de que sólo es productivo lo tangible, es un disparate, porque los servicios, que no son tangibles, pueden ser productivos, desde la opinión de un consultor hasta el crédito de un banco, pasando por cualquier suerte de intermediación.

Alegar que la crisis ha sido ocasionada por otro capitalismo, obviamente privado, que no produce cosas físicas sino “especulación”, es otro error, porque la especulación (entendida como inversión excesiva y equivocada) fue promovida por entidades públicas, los bancos centrales, y se tradujo en cosas tan físicas como fábricas, aeropuertos, o torres de pisos. La crisis se produce a raíz de la política que gobierna el dinero y las finanzas, que, al revés de lo que desbarra el ilustre socialista, no sólo sí tienen controles sino que son de las actividades más controladas. Que pruebe él a montar un banco y verá dónde queda ese delirio de “la supresión de controles”. En cuanto a las estafas, todas han de ser perseguidas por la ley, pero sospecho que Alfred no quiso referirse a los políticos, que han estafado, mentido y usurpado crecientes porcentajes de los bienes de sus súbditos.

La noción de que algunos mercados son malvados “casinos” tiene también larga tradición entre las falacias económicas. Es patente que no son casinos, porque la característica esencial del casino es que la probabilidad de ganar o perder es conocida de antemano por los jugadores. Ningún mercado es así. El capitalismo de casino simplemente no existe.

Por último, la alusión a que Esperanza Aguirre tiene oscuros intereses que “quizá quiere defender”, demuestra que los prebostes de la izquierda son capaces de reunir en un párrafo todos los tópicos, los entrañables y también los siniestros.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

 

Nueva refutación de Keynes:

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 10/6/12 en http://www.expansion.com/2012/06/10/opinion/tribunas/1339362190.html

A mediados de los años ochenta entrevisté a Hayek para Revista de Occidente, y me dijo: “Keynes era un genio, pero no era un buen economista”.

Esto último es lo que demuestra el joven investigador y profesor Juan Ramón Rallo en su libro Los errores de la vieja economía (Unión Editorial), que despliega una sana insolencia gracias a la cual no cree que las cosas sean verdad sólo porque las diga el más célebre de los economistas.

Así como la crisis de 1930 fue señalada por la izquierda como la prueba de que el capitalismo era intrínsecamente inferior al socialismo, la crisis actual también ha reverdecido a los enemigos de la libertad de todos los partidos, que ya no jalean a Marx con el entusiasmo de otrora, pero que están encantados redescubriendo a Keynes. Conviene, por tanto, refutarlo, que es el propósito de este libro.

Lo que escribe Rallo, en línea con Henry Hazlitt, es una “Guía de Keynes” siguiendo la Teoría General, pero no laudatoria, como las clásicas de Alvin Hansen o Raúl Prebisch, sino crítica. Empieza subrayando la equivocación de Keynes en su asalto a la Ley de Say, porque distorsionó al economista francés. A continuación desarrolla las tres variables exógenas que determinan, junto con el nivel de empleo, la demanda efectiva –la propensión a consumir, la eficiencia marginal de capital y los tipos de interés– y prueba sus interrelaciones, en contra de las tesis keynesianas.

Tras las tergiversaciones de Say vienen las definiciones confusas y los errores en el planteamiento de las unidades, en las expectativas y en la categorización del ahorro y la inversión. Los engaños del consumo keynesiano, esa especie de milagro que permite ahorrar sin dejar de consumir, culminan en propuestas disparatadas conforme a las cuales cualquier gasto mayor es bueno. Denuncia Rallo los errores de Keynes sobre el tipo de interés, el ahorro y la inversión; la eficacia marginal del capital no es decreciente a largo plazo ni inestable a corto. Y el problema no radica en la carestía de medios de pago, sino en “la extraordinaria e imprudente elasticidad en su creación y en las consecuencias de su destrucción acelerada”; Keynes no reconoce los problemas del capital “cegado por su obsesión contra el atesoramiento de dinero”. Demoniza erradamente la especulación, como tantos otros, y con sus falacias “consiguió anular el principal mecanismo de ajuste que existe en las economías capitalistas para coordinar de manera consistente los planes de todos los individuos”.

La conclusión del doctor Juan Ramón Rallo es que no es cierto que la salida de la crisis deba pasar por más gasto público y más inflación, medidas que pueden dificultarla. Tampoco cree en la trampa keynesiana, ampliamente compartida a derecha e izquierda, de que la coacción política y legislativa deba aumentar por nuestro bien o para salvar el capitalismo mediante el paradójico expediente de socializarlo.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.