El mercado, el peor “enemigo” de los políticos

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 2/10/17 en: https://www.eldiarioexterior.com/default.asp?v=normal

 

Desde su llegada al poder en 2012, el presidente chino, Xi Jinping ha promovido la noción de “soberanía de Internet”, por la que Beijing puede dictar a sus ciudadanos lo que no pueden ver y publicar en la red.

 

“No queremos escuelas funcionales a las necesidades del mercado”, rezaba la pancarta de una estudiante izquierdista durante una manifestación en Buenos Aires. Pobre chica, la han engañado al punto de llevar ese cartel que, realmente, dice “no queremos escuelas funcionales a mí, a mi familia y a mis amigos”.

Los políticos le han hecho creer que el mercado son empresarios que manejan la economía pensando en sus ganancias, porque de este modo pueden justificar la necesidad de que los gobiernos (ellos) intervengan en la economía y hagan grandes negocios, corrupción de por medio. Irónicamente, muchos ricos suelen apoyar esta idea, porque necesitan de los políticos para armar negocios suculentos, como cuando piden controles aduaneros que impiden la competencia del exterior.

Así, estos empresarios hacen enormes ganancias empobreciendo a las personas comunes (el mercado real), lo que retroalimenta la idea de que “el mercado” es solo un abuso de los ricos, cuando es todo lo contrario: es la persona común que se relaciona pacíficamente con otras en pos del beneficio económico de ambos.

El corolario es que no existe, por un lado, la libertad económica y, por el otro, la libertad política o física. No existe distintas libertades, existe solo una indivisible salvo en la mente de los políticos que quieren justificar cuando coartan la libertad en su propio beneficio. Quizás, el caso más sintomático sea el de China, que libera al mercado -a las personas- parcialmente pero no termina de desembarazarse del comunismo y sigue coartando la libertad en buena medida, con lo que deja de crecer todo lo que podría.

Desde su llegada al poder en 2012, el presidente chino, Xi Jinping ha promovido la noción de “soberanía de Internet”, por la que Beijing puede dictar a sus ciudadanos lo que no pueden ver y publicar en la red. Está prohibida Instagram, Snapchat y Twitter porque el gobierno estaba nervioso por el papel que jugaron en la Primavera Árabe y la Revolución Verde de 2009 en Irán. Gmail -y Youtube- es uno de los muchos servicios de Google que está restringido por los reguladores chinos, salvo en Hong Kong que mantiene un mayor grado de libertad lo que redunda en un mayor desarrollo económico.

La censura china llega a la ridiculez de bloquear transferencias de dinero con números que coinciden con fechas sensibles, como la represión contra los manifestantes de la Plaza Tiananmen el 4 de junio de 1989. Lo que viene a demostrar que no existe realmente una línea divisoria entre libertad económica, política, física o de difusión de ideas. Críticas sobre derechos humanos, Tíbet o el Partido Comunista están prohibidas. Por cierto, y quizás esta sea la clave de todo, se prohíbe informar sobre la riqueza de los funcionarios chinos.

Periodistas extranjeros, diplomáticos o activistas locales encuentran en la aplicación Whatsapp uno de los pocos reductos en los que escapar de la férrea censura china. Sin embargo, desde hace pocos días, los usuarios han visto cómo incluso este servicio de mensajería se bloquea y tiene numerosos problemas. Es un momento muy sensible ya que el próximo 18 de octubre, Pekín acogerá el XIX Congreso del Partido Comunista, que se celebra cada cinco años y en el que se da por hecho que Xi Jinping renovará su cargo como presidente, aunque existe incertidumbre sobre quienes lo acompañarán en el Comité Permanente del Politburó, el órgano de mayor rango del partido.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Asuntos legales vs. asuntos morales

Por Sergio Sinay: Publicado el 22/3/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/03/asuntoslegales-vs.html

 

Las leyes ofrecen fisuras y resquicios gracias a los cuales algunos robos pueden no parecerlo. Por eso  lo moral es más importante que lo legal.

Tras haberse quedado con 8 mil millones de pesos del erario público (es decir, dinero que tras salir del bolsillo de los ciudadanos no llegó a escuelas, hospitales, rutas, seguridad y otras áreas en las que se concentran las necesidades comunes de la sociedad), tanto el empresario Cristóbal López como su socio Fabián De Sousa, arguyeron que no había nada ilegal en su acto. Ricardo Echegaray, con cuya complicidad en la AFIP pudieron hacer lo que hicieron, insistió en el tema de la presunta legalidad. Fuera de tecnicismos jurídicos, el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia define con la palabra robar al acto de “tomar para sí algo ajeno sin conformidad del dueño”. Y en su imprescindible Diccionario de Uso del Español, la filóloga y lexicóloga María Moliner (1900-1981) propone como primera acepción de la palabra robar, lo siguiente: “Quitar una cosa de valor considerable a su dueño con violencia o engaño, lo que constituye un delito”.

Abogados bien pagos y especializados en encontrar fisuras, sofismas y filtraciones por donde las leyes puedan ser sorteadas se encargarán posiblemente de defenderlos y  argumentar que quienes se quedaron con lo que pertenecía al bien común actuaron “legalmente”. Pero una cosa es lo legal, que tiene que ver con la letra fría, siempre falible e incompleta de la ley, y otra cosa es lo legítimo. Muchas, demasiadas, cosas son legales y no son legítimas. La legitimidad remite a lo moral, y lo legal no siempre es moral.

Desde los primeros filósofos griegos en adelante la moral ha sido tema de estudio, discusión y análisis en la filosofía, en el derecho, en la literatura, en la teología y, aunque los ciudadanos de a pie no tomen conciencia de ello, en diversas circunstancias de lo cotidiano. La pregunta esencial de la moral es sencilla: ¿cómo debemos actuar? La respuesta parece no serlo. ¿Actuar para qué?, se repregunta de inmediato. Immanuel Kant, que dedicó su vida y obra al tema, ponía a la razón como herramienta esencial de la moral (al razonar, los humanos no tenemos excusa ni podemos fingir ignorancia) y proponía lo que llamó imperativo categórico: “Actúa de tal modo que tus acciones puedan convertirse en ley universal”. Robá si aceptás que todos roben. Matá si aceptás que todos maten. Mentí si aceptás que todos mientan. De lo contrario, abstente. Y siempre, agregaría un existencialista, hacete cargo de las consecuencias de tus actos.

¿Qué pensarán de esto los señores López, De Sousa, Echegaray (podríamos agregar Bodou, Jaime y seguir la línea hasta el pináculo de la pirámide)? Ocupados en lo que suelen ocuparse, quizás estas lucubraciones estén muy lejos de su entendimiento. Mientras tanto, el activo y estimulante filósofo inglés Anthony C. Grayling (entre muchas otras cosas, presidente de la British Humanistic Association) propone en su libro “¿Qué es lo bueno?”, la siguiente respuesta a esa pregunta fundacional de la moral: “Lo bueno es la mejor vida humana en un mundo humano, vivida humanamente”.

Parece sencillo. Pero es complejo. Los llamados valores morales apuntan a garantizar esa vida. Y, como señala Adela Cortina (primera mujer en ocupar un sillón en Real Academia Española de Filosofía), las ficciones morales útiles ayudan a ordenar un mundo caótico en el que la injusticia y la desigualdad son evidencias permanentes e innegables. ¿Por qué ficciones? Porque nos brindan una trama, un horizonte, algo en que creer, herramientas para luchar por “la victoria de la justicia, la reivindicación del héroe y la eficacia de la lógica”. Así lo dice en su ensayo “Ética sin moral”.

 

El título del libro de Cortina permite un oportuno señalamiento. Mientras la moral nos dice a todos qué es lo bueno (considerado como medio para la convivencia verdaderamente humana), la ética de cada persona muestra cómo elige actuar, al margen de si lo hace en línea con lo bueno o no. También las acciones de muchos jueces deslindan ética de moral. En definitiva, hay éticas que no son morales. Y hay operaciones que, aun cuando encuentren un ropaje legal, tampoco lo son. Quedarse con lo que es de todos desentendiéndose del daño causado a otros nunca puede ser moral. Y avalarlo y defenderlo, mucho menos.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.