HACIA UNA RECUPARACIÒN DE LA METAFÌSICA EN UN MUNDO POST-KANTIANO (versión preliminar).

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 18/8/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/08/hacia-una-recuparacion-de-la-metafisica.html

 

(De mi libro Judeo-Cristianismo, Civilización Occidental y Libertad, cap. 5).


  1. La recuperación de la metafísica y la idea de ley natural

Ante todo, recordemos cómo habíamos planteado el problema: “…Descartes, luego de su duda metódica sobre la existencia del “mundo externo”, quiere probar su existencia, para los escépticos. Para ello, una vez que demuestra la existencia de Dios, afirma que ese Dios, infinitamente bondadoso, no puede permitir que nos engañemos respecto a la existencia de las ideas “claras y distintas”. Pero estas últimas son las geométricas. Luego en el mundo externo, las esencias de las “cosas en sí mismas” son matemáticas y por ello pueden ser enteramente conocidas por la nueva Física-matemática.

Pero luego Hume tira abajo la demostración cartesiana de la existencia de Dios y, por ende, el mundo externo queda sin demostración.

Kant le reconoce a Hume haberlo despertado del “sueño dogmático” en el cual estaría encerrada la escolástica racionalista Descartes-Leibniz-Wolff, pero no se conforma con el escepticismo teórico (no práctico) de Hume. Admite que existe un mundo externo pero no podemos conocer sus esencias como Descartes lo pretendía. La Física-matemática es el fruto de categorías a priori del entendimiento aplicadas a la intuición de lo sensible. Por ello la “cosa en sí” no se conoce, y desde entonces el mundo de las “esencias” es incognoscible. Todos los anti-kantianos en este punto (Brentano, Hussserl, neotomistas) tendrían que reconocer que el planteo de Kant es una perfecta conclusión a partir del problema cartesiano sujeto-objeto. Es ESE planteo el que hay que cambiar si quisiéramos resolver el problema”.

Si somos coherentes con eso, es la misma noción de esencia la que quedó desdibujada en el debate Descartes-Hume-Kant. El problema de Descartes no fue su planteo agustinista en el tema de las esencias, sino la posterior identificación del “mundo externo en sí mismo” con la Física-matemática recién naciente. A su vez, tenía que pasar mucho tiempo para que se re-elaborara la noción de “mundo”, pero eso ya ha sucedido a partir de Husserl, precisamente un neo-cartesiano.

Por un lado hay que re-planear el tema de las cosas físicas. Como ya hemos dicho en otras oportunidades[1], lo que se conoce es “algo” de la esencia, desde el mundo de vida (humano). Lo que se supera con ello es la dialéctica entre la “cosa en mí” (como si no pudiera conocer más que mis ideas-copia de las cosas) y la “cosa en sí” (como si se pudiera conocer una cosa sin horizontes humanos).

Volviendo a nuestro ejemplo del agua lo que se conoce es “algo” del agua, lo humanamente cognoscible, pero que no niega que lo humanamente cognoscible del agua provenga de aquello que es “en sí”. La esencia humanamente cognoscible del agua es, por ende, aquello que sirve para beber, lavarnos, aquello que sin lo cual hay sequía, con lo cual hay vida, o si hay mucho hay inundaciones, etc., siempre dentro de sus peculiaridades históricas. Pero ello no es una “cosa en mí” que niega la cosa en sí, sino que afirma que el “algo” humanamente cognoscible del agua deriva de lo que el agua en sí misma es, aunque lo que el agua sea sin horizontes humanos sea sólo conocido por Dios (lo que la ciencia diga del agua es otro horizonte humano). Por ello decía Santo Tomás que la esencia de las cosas naturales es la “quidditas rei materialis” (el qué de la cosa material) en estado de unión con el cuerpo, esto es, cuerpo humano, leib, como diría Husserl, o sea, cuerpo viviente ya en la intersubjetividad (mundo).

Pero para el tema de la ley natural en sentido moral, lo más importante es el conocimiento del otro en tanto otro, que también surge del mundo de la vida. Habitar en un mundo de la vida es habitar en la intersubjetividad: es también haber superado la dicotomía sujeto-objeto; el otro no es un objeto del cual pueda dudar, sino el constituyente esencial de mi mundo humano del cual no puedo dudar. Y ello porque lo conocemos “en tanto otro”: “en tanto otro” agrega una dimensión moral, el otro como un tú, como lo que supera lo que es un mero instrumento a nuestro servicio. El eje central de la ley natural surge en nuestra conciencia intelectual y moral precisamente cuando vemos al otro en tanto otro en cualquier acto de virtud. Luego la filosofía podrá sobre ello hacer la teoría correspondiente, pero la vivencia de la ley natural es indubitable en cualquier acto de virtud donde el otro sea respetado en tanto otro. Que “la naturaleza humana no se pueda conocer” es un remanente mal planteado del mal planteado problema entre sujeto y objeto. Claro que se conoce la naturaleza humana, apenas conocemos en el otro un rostro que merece respeto por el sólo hecho de ser otro y por ende no reducible a un mero instrumento “para mí”.

Por lo demás, tenemos aquí un buen ejemplo de lo que decíamos antes, sobre cómo un creyente habla con un no creyente. La ley natural se entiende desde el contexto judeocristiano donde “el otro” es el herido en la parábola del buen samaritano. Y todo no creyente que haya sido o sea el buen samaritano, sabrá por ende qué es la ley natural.

  1.             La “existencia” de Dios

Vayamos ahora al famoso tema de la “existencia” de Dios. Igual que en el caso anterior, recordemos el planteo del problema: “… Como hemos recordado, el argumento ontológico, re-elaborado, es esencial en Descartes (y también en Leibniz) para demostrar la “existencia” de Dios”.

No es este el momento para analizar la validez del argumento ontológico en San Anselmo. Creemos que se lo puede ubicar perfectamente en una línea agustinista, en la vía de la participación. Por lo demás, como está escrito por San Anselmo en el s. XI, está en la línea de una inobjetable teología apologética, dentro del juego de lenguaje de su época.

Como Descartes lo interpreta, se trata de la “idea de Dios en mí”, que como idea es finita, que conduce –vía contingencia– a la idea de que sólo Dios infinito pudo haber puesto en mí la idea de un Dios infinito, o sea, un Dios cuya esencia implique necesariamente la existencia. Luego Dios existe.

Como Kant lo lee, ello implica que a la idea de Dios se le agrega la existencia, cosa que para Kant es imposible porque la existencia de algo sólo puede ser añadida por la experiencia sensible, cosa que en el caso de Dios es imposible.

Y, si se pretende demostrar que Dios existe a partir de la contingencia del mundo, esa demostración tiene implícito el argumento ontológico y por ende hay allí una petición de principio. Así plantadas las cosas, Kant tiene razón.

Lo esencial aquí es cuando decimos “como Kant lo lee”. Kant lo lee con la noción lógica de existencia como ausencia de clase vacía. Seguro lo hizo así por una degeneración de siglos de la distinción esencia y existencia, donde la esencia es como un ente imaginario o como una clase vacía que necesita al menos un caso para pasar a la existencia. Como cuando decimos “existe al menos un x tal que x es perro”. Y, efectivamente, para ello necesitamos una “experiencia de al menos un perro”, incluso aunque sea la experiencia intelectual-sensible del tomismo. O sea, no se puede partir a priori de ninguna existencia en ese sentido, excepto la nuestra, que a su vez es un “a posteriori” de haber puesto en acto segundo nuestra potencia intelectual.

Pero Dios, en la tradición judeocristiana, no tiene que ver con ese tipo de existencia.

En primer lugar, ser, en Santo Tomás, es ser creado. La creación es lo que da sentido al “estar siendo”. Que Juan sea implica que “está siendo sostenido en el ser” o sea creado, por Dios. Cualquiera puede captar que Juan existe en un sentido habitual del término, pero desde el horizonte judeocristiano ello quiere decir que es creado (no que “fue” creado), y ello implica que su ser es finito, que no es el ser de Dios, y ello implica que su esencia como tal no se identifica con su ser. Por ende la diferencia esencia-acto de ser, en Santo Tomás, es un punto de llegada, más que un punto de partida que se pueda utilizar sin suponer el horizonte judeocristiano.

Pero con esto, tenemos otro ejemplo de cómo replantear el tema desde un diálogo del creyente con el no creyente. El creyente no puede pretender partir de una cosa cualquiera existente para demostrar desde allí la existencia de Dios (y nadie crea que Santo Tomás hacía eso en sus vías, porque sus vías eran un debate con San Anselmo[2]). Porque, como hemos visto, cuando el creyente ve a Juan, ya sabe que Juan no es Dios, y lo saben por su horizonte judeocristiano, no por otra cosa.

Tampoco el creyente puede pretender que el no creyente esté interesado en Dios. Primero hay que dialogar sobre el sentido de la vida para, a partir de allí, ir al “tema” Dios.

Pero entonces, el creyente puede decir que sí, que cree en Dios, y que se sabe creado por Dios. Cuando el no creyente pregunte qué significa ello, el creyente puede intersectar horizontes, fusionar horizontes, encontrar una analogía de un propia experiencia de estar creado con la vivencia del no creyente de saberse “no necesariamente existente”, esto es, que podría haber existido o no. Cuando el no creyente toma conciencia de ello, el creyente puede decirle que esa radical contingencia existencial lo puede ayudar a entender su experiencia (la del creyente) de saberse sostenido en el ser (creado). A partir de allí, Santo Tomás cobra sentido. Antes, no.

O sea,

Por lo demás, Dios no es un elemento de una clase no vacía. Las nociones humanas de existencia como elemento de una clase no vacía no tienen sentido en Dios. Si decimos “existe el menos un x tal que x es elefante”, entonces suponemos “la clase de los elefantes”. Pero si decimos “existe el menos un x tal que x es Dios”, ello supone entonces “la clase de los dioses”, lo cual es totalmente incompatible con el monoteísmo no panteísta del creacionismo judeocristiano.

Y cuando Santo Tomás dice “Dios es” No dice “existe”, dice “utrum Deus sit”, lo cual, en el contexto de sus vías, no lleva a una definición de Dios en tanto Dios sino a Dios como causa no-creada de lo creado. Por ende Santo Tomás no parte de la esencia de Dios, sino que Dios queda demostrado como la causa no-finita de lo finito. Pero “no-finito” no es una definición, no es el conocimiento de una esencia, sino que es remitirse a toda la tradición de la teología negativa (especialmente Dionisio) que con razón afirma que de Dios se sabe lo que NO es (NO es creado, finito) pero NO lo que es, aunque luego Santo Tomás, con un juego de lenguaje que supera nuestro modo habitual de hablar, por sujeto, verbo y predicado, se refiera a Dios como “el mismo ser subsistente” dado que precisamente por ser no-creado es aquello “cuyo esencia es ser”, aunque en realidad no podemos intelectualmente concebir qué decimos con ello cuando lo decimos.

Por ende Santo Tomás sí pre-supone al San Anselmo teólogo, apologético, donde Dios no puede no ser, pero no presupone un supuesto argumento ontológico “caído” en la tosca afirmación de que la esencia de Dios implica su existencia, manejando “esencia” como “conocimiento positivo” y “existencia” como ausencia de clase vacía.

  1.       La forma substancial subsistente

Como en los casos anteriores, recordemos el problema: “….Y finalmente lo mismo sucede con respecto a la inmortalidad del alma. Descartes tiene razón en encontrar en la interioridad humana algo no reducible a lo material, pero su modo de plantearlo, dualista –cosa comprensible como reacción contra un aristotelismo no cristiano- produce otro malentendido. La inmortalidad del alma, así planteada, como una sustancia espiritual no dependiente del cuerpo, pre-supone que la misma “categoría” de sustancia –que no corres­pon­dería en Kant a un modo de ser real- está unida al atributo de unidad espiritual. O sea que –de vuelta– a la idea de la razón pura llamada “alma espiritual” se le atribuye una existencia que, sin embargo, sólo puede ser predicada luego de una experiencia sensible que, en este caso, es imposible. Nuevamente, así planteadas las cosas, Kant tiene razón.

En efecto, no se puede predicar “a priori” la espiritualidad del “yo” humano pues no toda sustancia es espiritual. Lo que ocurre es que en Descartes sobreviven argumentos emanados de la escolástica según los cuales la inteligencia es inmaterial. Entonces, sobre todo hoy, con el avance de las neurociencias, ello se ve como un dualismo “sin ninguna razón” más que una fe religiosa indiferente ante el avance de las ciencias.

De vuelta, el creyente no negará que cree en una dimensión espiritual del yo más allá de lo material. Pero también le dirá al no creyente que no es “dualista”: el yo no es algo separado del cuerpo, sino que la persona humana es el mismo cuerpo humano, viviente (el leib de Husserl) esencialmente destinado el encuentro intersubjetivo y dialógico con el otro, con el tú.

Pero en el encuentro con el tú hay comunicación y mensajes. Y en el mensaje, en “lo que” el otro dice, se puede encontrar una esencial distinción: el mensaje en sí mismo y el canal físico en el cual el mensaje se graba. O sea, el mundo 3 de Popper en comparación con el mundo 1, que es material. “La” teoría de la relatividad –como dice Popper– NO se identifica con ninguno de los potencialmente infinitos papeles donde hay tinta grabada ni con el silicio de una computadora. Papel y tinta no son “la” teoría de la relatividad: ésta, como tal, es una, tiene un significado en sí que no se reduce a lo material. Santo Tomás ya había hablado de esto cuando dijo que la inteligencia es capaz de captar lo universal.

Ahora bien, para Santo Tomás la inteligencia no es el yo, la sustancia, sino que es una potencialidad de la sustancia humana, del cuerpo humano. Y el cuerpo humano está a su vez ordenado por una forma que le da unidad estructural frente a los millones de elementos atómicos que lo componen y que se renuevan día a día por el proceso metabólico[3].

Quiere decir que de esa forma emergen las potencialidades sensitivas y también la inteligencia humana (en estado de unión con el cuerpo) capaz de captar esos “significados en sí mismos”.

Ahora bien, en Santo Tomás, entre la potencia de conocimiento y su objeto de conocimiento hay una analogía de proporción intrínseca. Ello quiere decir que el modo de ser de la potencia está medido, determinado, por el modo de ser del objeto. Por ende, si el objeto no es reducible a lo material (el mundo 3 no es reducible al mundo 1) entonces la potencialidad en sí misma (la inteligencia) tampoco. Pero la potencia emerge de la forma sustancial que ordena al cuerpo. Y, de vuelta, hay una analogía de proporción entre la potencia y la forma sustancial. Luego, la forma sustancial humana no se reduce a lo material, pero ello no quiere decir que no sea ordenadora de lo material. Por eso concluye Santo Tomás que la forma sustancial humana es subsistente, esto, subsiste más allá de la desaparición del cuerpo, pero no como un espíritu suelto, sino como una sustancia “INcompleta”, porque le falta el cuerpo al cual está ontológicamente destinada. Y por ello no puede ejercer sus funciones intelectuales. Lo que ocurre es que en Santo Tomás todo esto está dicho en el contexto de su teología donde la forma sustancial subsistente entra inmediatamente al juicio particular y por ende a su destino eterno, donde en el juicio final se reencontrará con el cuerpo que esencialmente le pertenece.

Pero todo ofrece, al debate mente-cerebro actual, conclusiones importantes. Santo Tomás nunca negaría las experiencias actuales de la neurociencia donde las potencialidades intelectuales quedan afectadas por un daño neuronal. Porque la inteligencia ejerce su función con con-curso con las potencialidades sensibles, lo cual, en nuestros paradigmas actuales, implica decir: en con-curso con todo el sistema nervioso central y por ende con todo el cuerpo (la “inteligencia sentiente” de Zubiri[4]). Por ende una falla en el sistema nervioso implica que la inteligencia humana no puede “ejercer”, “pasar de la potencia al acto”, pero queda como potencia en acto primero, o sea, existente, como una capacidad que como tal está allí pero no puede ejercer su función.

Por ende no es cuestión de afirmar un “alma inmortal” que nada tendría que ver con el cuerpo, sino una forma sustancial que organiza al cuerpo –en pleno diálogo con la biología actual– pero que es subsistente a la desaparición del cuerpo. Este es el gran logro de un teólogo cristiano como Santo Tomás que es plenamente compatible con los avances actuales de las neurociencias, por un lado, y con la razonabilidad de las aspiraciones espirituales más profundas del ser humano, por el otro, que se traducen en su mirada, en sus manos, en su rostro, en su arte, en su capacidad de interpretación, en su empatía, en su capacidad de vínculo con “el yo del otro”, en mirar a los ojos y ver al otro y no sólo una pupila, iris y córnea. Por eso las computadoras –por más temor que nos inspire el legendario ojo rojo del “2001”, Hall– no pueden “mirar”. Sólo el ser humano mira. Con odio (Caín) o con amor (Abel), en la lucha permanente entre el bien y el mal (no en la “función y DIS-función”) que queda abierta precisamente por nuestra forma subsistente, hasta el final de la Historia que sólo será con la segunda venida de Cristo.

  1. Libre albedrío y conciencia crítica

Nuevamente, el libre albedrío ha sido uno de los regalos más preciosos de la revelación judeocristiana a la humanidad. Libre albedrío que convive con la gracia de Dios y la providencia, un misterio que, al tratar de ser explicado por los grandes teólogos[5], no ha hecho más que aclarar la noción misma de libre albedrío, para creyentes y para con no-creyentes.

De vuelta, después del iluminismo, las interpretaciones de diversas cuestiones científicas han puesto la carga de la prueba del lado de los que defienden el libre albedrío. Por un lado, un universo determinista no dejaba lugar para el libre albedrío, excepto que se asumiera una posición dualista donde el yo estaba exento de lo material. Ese fue el gran mérito de Descartes en su momento, y de la ley moral en Kant, que jugaba igual rol. Pero ya hemos visto que esa posición dualista retroalimentaba una posición cientificista donde los avances de las neurociencias mostraban un innegable rol del sistema nervioso central en la inteligencia de la persona. Eso lo hemos respondido en el punto anterior.

O sea: si la forma sustancial subsistente no se reduce a lo material, y por ende la inteligencia tampoco, ésta no puede estar afectada por las causalidades físicas como potencia en acto primero, aunque puede condicionarla a su paso al acto segundo. En ese sentido el libre albedrío se mantendría.

Por lo demás, se puede decir que hoy casi ningún físico sostiene el determinismo newtoniano, dado el indeterminismo de la física cuántica. Sin embargo, la indeterminación onda-partícula es un tema del mundo físico. Si, posiblemente nuestro cerebro sea el lugar donde más fenómenos de la física cuántica tienen lugar, pero no es el indeterminismo cuántico la causa del libre albedrío, precisamente porque, como veremos, el libre albedrío es algo irreductible a lo material.

Yendo al tema, alguien podría objetar que la inteligencia no es libre ante la conclusión que “ve”, si las premisas son verdaderas y la lógica entre ellas es correcta. Volviendo al famoso ejemplo, la conclusión “Sócrates es mortal” no es libre ante sus premisas “Todos los hombres son mortales” y “Sócrates es hombre”. Pero, precisamente, Santo Tomás afirma que el libre albedrío es el libre juicio de la razón, allí donde las premisas no son suficientes para dar una conclusión necesaria.

“En cambio, el hombre obra con juicio, puesto que, por su facultad cognoscitiva, juzga sobre lo que debe evitar o buscar. Como quiera que este juicio no proviene del instinto natural ante un caso concreto, sino de un análisis racional, se concluye que obra por un juicio libre, pudiendo decidirse por distintas cosas. Cuando se trata de algo contingente, la razón puede tomar direcciones contrarias. Esto es comprobable en los silogismos dialécticos y en las argumentaciones retóricas. Ahora bien, las acciones particulares son contingentes, y, por lo tanto, el juicio de la razón sobre ellas puede seguir diversas direcciones, sin estar determinado a una sola. Por lo tanto, es necesario que el hombre tenga libre albedrío, por lo mismo que es racional[6]”.

La clave aquí es “cuando se trata de algo contingente, la razón puede tomar direcciones contrarias”. Por ejemplo, comprar un lápiz o una lapicera. Tengo razones tanto para una cosa como para la otra. Ninguna de esas razones me lleva necesariamente a la conclusión. Entonces la voluntad, que es el apetito el bien mediado por la inteligencia, es libre. Por ello decidir no es efectuar un razonamiento necesario, porque si hubiera necesidad, no habría decisión. Por eso dice nuevamente Santo Tomás: “… si se le propone (a la voluntad) un objeto que no sea bueno bajo todas las consideraciones, la voluntad no se verá arrastrada por necesidad. Y, porque el defecto de cual­quier bien tiene razón de no bien, sólo el bien que es perfecto y no le falta nada, es el bien que la voluntad no puede no querer, y éste es la bienaventuranza. Todos los demás bienes particulares, por cuanto les falta algo de bien, pueden ser considerados como no bienes y, desde esta perspectiva, pueden ser rechazados o aceptados por la voluntad, que puede dirigirse a una misma cosa según diversas considera­cio­nes.”[7]

Y, precisamente, en el mundo de la vida (humano) ninguna de nuestras opciones es perfecta, esto es, ninguna de ellas colma absolutamente las aspiraciones de nuestra naturaleza. Por ello los razonamientos que nos llevan a tomar decisiones no son necesarios, y, por ende, la decisión es libre.

Popper tiene un argumento por el absurdo para demostrar el libre albedrío que se relaciona mucho con lo anterior[8]. Si estuviéramos determinados a decir lo que decimos, no seríamos libres de no decirlo. Pero en un debate, en un diálogo, donde alguien puede convencerme de algo y yo cambiar de parecer, o donde yo puedo darme cuenta de algo que antes no veía, no hay necesidad en las afirmaciones (a las que llego mediante el diálogo). De lo contrario, si el otro estuviera determinado a decirme que yo estoy equivocado, ¿para qué intentar convencerlo de lo contrario? Lo más absurdo sería que mi contra-opinante sostuviera que yo estoy equivocado al decir que el hombre no es libre. ¿No sería contradictorio con mi propio determinismo tratar de convencerlo de lo contrario, para que llegue libremente a la conclusión de que el hombre no es libre?

Lo que Popper sostiene no necesariamente remite a un mundo determinístico que afectara a nuestras neuronas. Es compatible con su propia interpretación de la física cuántica[9], donde la indeter­minación onda-partícula depende de propensiones, de tendencias –donde hace entrar la noción de potencialidad de Aristóteles– intrín­secas a una determinada situación física, donde la partícula se com­porta a veces como partícula y a veces como onda. Pero ello no depen­de del control del ser humano. Por ello, aunque en nuestro cerebro hubiera indeterminación cuántica, la demostración de Popper se aplica igual.

[1] En Hacia una hermenéutica realistaop. cit.

[2] He analizado esta cuestión en Zanotti, G. J., “La llamada existencia de Dios en Santo Tomás: un replanteo del problema”, Civilizar, nº 10 (18), enero-junio de 2010, pp. 55-64.

[3] Al respecto véase Artigas, M., La inteligibilidad de la naturaleza, Pamplona, Eunsa, 1992, y La mente del universo, Pamplona, Eunsa, 1999.

[4] Zubiri, X., Inteligencia sentiente, 5a ed., Madrid, Alianza, 2006.

[5] Véase al respecto el elogio de Popper a San Agustín en Popper, K., El universo abierto, Madrid, Tecnos, 1986, nota nº 30.

[6] Suma Teológica, I, q. 83.

[7] Suma Teológica, I, q. 2 art 10.

[8] Popper, K., op. cit.

[9] Popper, K., Teoría cuántica y el cisma en física, Madrid, Tecnos, 1985.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Síguelo en @gabrielmises 

UTOPÍA E IDEOLOGÍA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 14/2/10 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2010/02/utopia-e-ideologia.html

 

Voy a transcribir una parte de un artículo publicado hace unos años (“El analogante de las ciencias”, en Derecho y Opinión (6), 1998, pp. 683-697. Espero que esto responsa a alguna de las inquietudes planteadas por la entrada del domingo anterior.

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Nos detendremos un poco más en el tema de la ideología.

Otra vez, aclaremos qué no estamos criticando. No nos estamos refiriendo a ideas sobre sistemas políticos que, con su carga de esencial opinabilidad, se consideran mejores para la convivencia humana, ni tampoco a valores ético-sociales básicos de la filosofía política, como el respeto al bien común, la limitación del poder, etc. Nos estamos refiriendo a lo siguiente.

En primer lugar, la ideología, más que contenidos concretos, es una actitud, la cual parte de una premisa fundante: existe el sistema social perfecto. No importa que sea posible o imposible, que de hecho exista o haya existido tal o cual sistema social “X”; lo importante -por eso decimos que es una actitud mental- es que se lo conciba como “perfecto”. El ideólogo añade a esto una premisa gnoseológica, que ha sido calificada como “racionalismo constructivista”(1): es posible conocer perfectamente los medios que racionalmente conducen a ese ideal. Dadas estas dos premisas, hay otras dos características que emanan cual necesarias conclusiones: este sistema es la única opción moral posible, pues, si es perfecta, si con ella se elimina absolutamente todo margen de pobreza, de guerras, de ignorancia, cómo va a ser moralmente legítimo optar por otro sistema que deje margen para sufrimientos, que, aunque mínimos, pueden evitarse? Y la otra conclusión es: ese sistema es la última etapa de la historia. No en el sentido de que no pueda abandonarse el sistema, sino en el sentido de que un abandono tal sería un retroceso. Esto es, dado ese sistema, la humanidad no puede avanzar socialmente más. Por qué? Muy simple: porque ese sistema es el perfecto.(2)

A esto se agrega una quinta característica, pero no necesaria, sino basada en una conjetura dada la comprensión empática de la naturaleza humana: la tentación de violencia(3). Esto es, puede ser posible un ideólogo tranquilo, sentado en su silla, contemplando este mundo espantoso al lado de la pureza del ideal que él considera posible, escribiendo, hablando y esperando pacíficamente que la humanidad “se convenza” de sus enseñanzas. Pero es difícil. Si todo sufrimiento puede eliminarse así, de un día para el otro, con la implantación del orden social perfecto… Por qué esperar? No es acaso una violencia injustificada la ignorancia de los dirigentes que tanto sufrimiento ocasionan a nuestros semejantes? No claman a la justicia los gritos de los pueblos sometidos a las torturas de la imperfección? Cuanto más inteligente y bueno sea nuestro ideólogo, peor. Pues si ha estudiado las condiciones para la guerra justa que vienen ya desde la escolástica, entonces, la revolución armada contra la violencia de la imperfección puede ser entendida como una legítima defensa cuyo momento está por llegar de un momento a otro…

Por supuesto que hay ideologías que colocan a la violencia como una etapa necesaria de su visión del mundo. Así fueron el marxismo-leninismo y el nazi-fascismo. Pero colocamos a esta quinta característica como no necesaria porque todo puede ser ideologizado. Si alguien supone que la democracia constitucional es el sistema social perfecto (lo cual es un error: es bueno, mas no perfecto), entonces…
Analicemos por un momento los posibles orígenes de la primera y segunda premisas. Habitualmente es una metafísica racionalista muy bien hecha, como el materialismo dialéctico que inspiró al marxismo leninismo. Esas metafísicas tienen filosofías de la historia que pretenden conocer las etapas necesarias de la historia humana; de allí la negación del libre albedrío, la justificación de todo aquello que lleva la etapa final y la pretensión de imposibilidad de juzgar desde fuera alguna de esas etapas -nadie puede estar fuera del proceso necesario; quien pretende estarlo, criticando a la ideología en cuestión, es un antirrevolucionario (y, consiguientemente, un enemigo de la humanidad).

Por supuesto, esta última característica es acompañada por otra que puede estar después de la cuarta y antes de esta. Se desprende necesariamente de las primeras cuatro. Es la cerrazón absoluta a la crítica. El ideólogo no dia-loga; monologa. La crítica metódica de la cual hemos hablado está coherentemente excluida, pues, si existe el sistema social perfecto y se conocen perfectamente los medios que conducen a él, ninguna crítica puede agregar algo al sistema. A lo sumo, un ideólogo pacífico, tipo ideal(4)difícil pero posible, puede someterse a la crítica metódica para ver si puede mejorar sus medios argumentativos y retóricos de difusión de su ideología, pero no como algo que verdaderamente agregue algún aspecto de la realidad que él desconocía. Por supuesto, volvemos a conjeturar que, psicológicamente, del monólogo permanente a la violencia física (pues el monólogo es una violencia lingüística) hay un paso muy tenue, muy sutil, muy próximo.

La hermenéutica del mundo, para el ideólogo, es muy singular. Para él no hay negro, gris y blanco. Hay negro y blanco. Esto es: el no ideologizado es capaz de ver al mundo como un gris, y ese gris es ya un éxito frente al negro de las guerras y las miserias absolutas. Sabe que el blanco es imposible y que los intentos de lograrlo conducen al negro. Por eso sus propuestas son más bien medidas concretas para mejorar tal o cual aspecto(5) , y no propuestas globales de perfección.

El ideólogo, en cambio, ve al mundo, que en realidad es gris, como un negro permanente al lado del posible y alcanzable blanco que propone. Esto es: lo que para el no ideologizado es soportable porque es el bien social posible, al lado de lo imposible, para el ideologizado ese bien es insoportable, un negro total, al lado de lo perfecto, lo blanco, perfectamente realizable.

Otra fuente importantísima de las ideologías es el clericalismo, actitud que puede darse en cualquier religión. Esto es, la creencia de que Dios ha revelado cuál es ese sistema social perfecto, y que es nuestro deber, por ende, seguir esa revelación. Esta fuente es particularmente peligrosa por cuando el ideólogo se siente aún más tentado a utilizar la violencia y a justificarla, si es necesario, como un profeta -armado hasta los dientes- de las iras de Dios ante este mundo pecador.

En el cristianismo, esto constituye en error terrible(6). Jesucristo ha redimido a cada corazón; esa redención tiene efectos temporales, pero abiertos a una pluralidad de opciones todas legítimas en tanto no contradigan lo esencial del mensaje revelado(7). Jesucristo no ha revelado cuál es el mejor régimen político, por más que los diversos integrismos cristianos, de izquierda o de derecha, pretendan lo contrario. Ha dejado a ese tema a la libre opinión de los hombres(8). Sobre todo, hay un concepto aquí que el ideólogo-religioso no logra aceptar: la tolerancia, en función de un bien mayor(9), y la tolerancia cuando ese bien mayor es el respeto a la conciencia(10). Este último punto es especialmente relevante. No sería mejor un mundo sin el pecado que la libertad religiosa produce? No, sería peor. Porque la libertad religiosa no produce el pecado: lo hace más visible y sincero. Y un mundo donde los hombres pecan en su corazón y ocultan la manifestación externa del pecado por el temor servil a la imposición de una fe por la fuerza es un mundo falso, hipócrita y explosivo(11). La verdad nos hará libres, sí, y la libertad nos hará verdaderos.

El no-ideologizado no carece de ideales políticos; simplemente, los considera buenos, perfectibles, opinables en cierta medida, no perfectos. Esa es la esencial distinción. No es cuestión de contraponer el idealismo ético de las utopías contra cierto “pragamatismo”, “realismo” (en el mal sentido del término) de quienes se oponen intelectual y vitalmente a ciertas utopías. Ese es un recurso dialéctico muy útil especialmente caro a ciertas utopías violentas que han perdido gran parte del dominio del planeta. Es asunto es esencialmente al revés. La crítica a las utopías desarrollada por Karl Popper, por ejemplo, su defensa de la no-violencia y la responsabilidad social del intelectual(12) están basadas en una ética muy profunda. La ética del diálogo, de la tolerancia, del respeto al disidente(13) , donde aflora la perfección de la debida tolerancia a lo imperfecto.

Ahora bien: todo lo dicho hasta ahora sería absolutamente insuficiente si olvidáramos un tema central: por qué las dos primeras premisas de la actitud ideológica son erróneas? Por qué no puede existir un sistema social perfecto y no pueden conocerse perfectamente los medios que a él conducen? Porque la naturaleza humana es imperfecta, y el conocimiento humano, limitado.

La naturaleza humana es imperfecta, no en el sentido de su esencia, que en cuanto tal, ontológicamente, tiene todo lo que la esencia humana requiere, ni tampoco en el sentido del libre albedrío, que es una perfección(14). Es imperfecta por cierta tendencia al mal moral, reconocida de modo natural sobre todo por los miembros de la escuela escocesa de pensamiento político(15) y de modo sobrenatural por la revelación cristiana sobre el pecado original. A la razonable objeción sistémica de que la naturaleza de cada individuo puede ser imperfecta pero el sistema social, en cuanto sistema, no, se contesta con la segunda parte de nuestra respuesta: el conocimiento humano es limitado. Pretender elaborar y conocer un sistema que haya incorporado todas las imperfecciones humanas y carezca, en cuanto sistema, de todo margen de contingencia y posibilidad de falla, es una pretensión del racionalismo constructivista que en cuando tal no es compatible con el conocimiento limitado de la esencia de las cosas; sistemas inclusive. Por supuesto, es obvio que los sistemas están para absorber y evitar imperfecciones que de otro modo saldrían a la luz. El sistema político de la primera república norteamericana, en nuestra opinión, fue un ejemplo de una absorción sistémica de una imperfección humana. En efecto, el sistema partía de que la naturaleza humana tiende al abuso del poder, y por ende lo limitaba con un sistema constitucional. El asunto es, nuevamente, si esa absorción sistémica puede ser perfecta. Y, otra vez, la respuesta es no. No hay sistema humano que logre ponerse por encima de lo humano.

Lo único que, precisamente por ser sobre-humano, pero no antihumano, y por ende puede reclamar perfección, es el amor a Dios movido por su Gracia. Y eso, llevado a su plenitud, es la santidad. Y por eso, no es casual que sean santificadas personas y no sistemas. “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”: no fue un mandato destinado a un determinado sistema social, sino la exigencia más íntima que duerme en cada corazón humano, y que, una vez despertada, rechaza, como parte de su santidad, toda forma de violencia, física, lingüística, actitudinal, presentando al amor, y sólo a éste, como lenguaje de la verdad.
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1. Hayek, F.: “Los errores del constructivismo” [1970], en el libro Nuevos estudios en filosofía, política, economía e historia de las ideas; Eudeba, Buenos Aires, 1981

2. Estas cuatro características, más la quinta que vamos a explicar ahora, no han sido expuestas en ese orden por ningún autor que nosotros conozcamos; sin embargo, nada de eso hubiéramos podido haber sistematizado sin las fuentes inspiradoras de Popper, K.: “Utopía y violencia” [1947], en el libro Conjeturas y refutaciones, Paidós, Barcelona, 1983, y Spaemann, R.: Crítica de las utopías políticas; Eunsa, Pamplona, 1980.

3. Ver Popper, op. cit.

4. En sentido weberiano.

5. Popper, K., op. Cit.

6. Ver Spaemann, R., op. Cit., cap. IV.

7. Ver Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, cap. III, punto 43.

8. Ver León XIII, “Cum multa’’ [1882], en Doctrina Pontificia, t. II, Bac, Madrid, 1958, p. 132; “Inmortale Dei”, op. Cit., p. 218; “Sapientiae christianae”, op. Cit., p. 282; Pío XII, “Grazie”, op. Cit., p. 821.

9. Sto. Tomás, I-II, Q. 96, a. 2, c.; I-II, Q. 95, a. 2, ad 3; Pío XII, “Comunidad internacional y tolerancia” [1953], en Doctrina Pontificia, op. Cit., p. 1008. Sobre el tema de la opinabilidad esencial de los sistemas políticos, nos hemos explayado con detalle en “La temporalización de la Fe”, en Cristianismo, sociedad libre y opción por los pobres, VVAA, Centro de Estudios Públicos, Santiago de Chile, 1988. Obsérvese que estamos citando para estos temas a quienes algunos integristas citan para sus fines: Sto. Tomás, León XIII y Pío XII.

10. Ver declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae, del Concilio Vaticano II. Sobre la supuesta contradicción del magisterio del Vaticano II en este tema y el magisterio anterior, ver nuestro artículo “Reflexiones sobre la encíclica ‘Libertas’”, en El Derecho, (7090), 1988.

11. Qué ocurre habitualmente en las sociedades que tienen una transición de regímenes autoritario-religiosos a regímenes democráticos con distinción entre Iglesia y estado? No hay una especie de “explosión” de “malas costumbres”? Los integristas, habitualmente, la atribuyen al régimen recién instalado. Cometen un error: el régimen recién instalado no hace más que dejar ver los terribles efectos del pecado original, que habían tratado de ser inútilmente ocultados por la tapa de la olla de un ingenuo autoritarismo. Es más: ese corazón humano no se oculta, sino que se enardece más ante el poder del autoritarismo. La redención de Cristo nada tiene que ver con la policía y las cárceles, ingenuos, inútiles y irrisorios intentos de sustitución del poder Salvífico de la mirada de Cristo en la cruz. (Esta reflexión no se contrapone en absoluto con la “función educativa de la ley humana positiva”).

12. Popper, K.: Tolerancia y responsabilidad intelectual, op. Cit.

13. Ver Artigas, M.: Lógica y ética en Karl Popper, op. Cit.

14. Sto. Tomás, Suma Contra Gentiles; Bac, Madrid, 1967, t. II, libro III, cap. 73.

15. Ver Gallo, E.: “La tradición del orden social espontáneo: Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith”, en Libertas (6), 1987; y, del mismo autor, “La Ilustración Escocesa”, en Estudios Públicos (30), 1988.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

SOBRE KANT (para mis amigos randianos y tomistas de todos los partidos :-)). Caps. 7 y 8 de Filosofía para filósofos, UFM/Unión Editorial, 2003.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 20/2/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/02/sobre-kant-para-mis-amigos-randianos-y.html

 

CAPITULO 7: KANT I.

No, no es un rey, aunque bien podría ser considerado el rey de la filosofía moderna, por la importancia de su pensamiento y por la humildad y sencillez de su vida.

Inmanuel Kant es educado universitariamente en lo que podríamos denominar la escolástica del racionalismo clásico, desarrollada por C. Wolff de manos de G.W. Leibniz. Aunque hoy nos resulte difícil de entender, los temas básicos de este racionalismo son Dios, el alma, la libertad. Tenemos que repasar el surgimiento de la modernidad para comprender por qué se quieren salvar esas verdades después del escepticismo que sigue a la caída del paradigma ptolemaico. Pero, como vimos en la clase anterior, ese racionalismo continental había nacido en las sombras de un poderoso adversario intelectual: el empirismo inglés, que, de manos de D. Hume, consolida una visión escéptica de la filosofía y de la racionalidad mas no de la vida cotidiana, que según dijimos queda desde entonces al margen de lo considerado racional.

Pero en el continente, las cosas seguían aún otro camino. No hemos tenido tiempo, pero nunca serán las veces que se insista en la importancia de Leibniz, quien, desarrollando el mandato cartesiano, elabora un sistema metafísico realmente notable, donde incluso las cuestiones más intrincadas de la teología natural son abordadas: la relación entre la libertad, la gracia, la omnisciencia divina, con un intento, incluso, de conciliación entre catolicismo y protestantismo. Leibniz muere en 1716 y evidentemente un debate con Hume –cuyas obras centrales son de unos 20 años después- no tuvo lugar.

Pero Hume sí llega a I. Kant. Contemporáneos. Kant lee a Hume antes de publicar su primera gran obra (Crítica de la razón pura, 1781). Hasta entonces, Kant era un racionalista más. Pero la lectura de Hume lo convence de que hay que combinar los “proyectos” del racionalismo y del empirismo.

Atreviéndonos a hacer una síntesis audaz, podríamos decir, en términos kantianos, que el “ideal” del racionalismo, en el conocimiento humano, son los juicios analíticos a priori, mientras que el “ideal” del empirismo, los sintéticos a posteriori.

En un juicio analítico el predicado se desprende necesariamente del sujeto, de tal modo que si decimos “todo casado no es soltero”, el predicado (no es soltero) se desprende necesariamente, deductivamente, del sujeto, a priori, claro, de la experiencia “empírica”. En cambio, en un juicio sintético, el predicado no se desprende necesariamente del sujeto (como, por ejemplo, si decimos “el pizarrón es verde”) por lo que resulta concomitante que el predicado depende de una observación a posteriori de la experiencia empírica.

Frente a lo anterior, el eje central de la síntesis kantiana consiste en decir que, para que un juicio sea científico, debe ser sintético a priori.  Pero, ¿cómo puede ser eso posible? Dadas las definiciones previas, ¿cómo puede ser que un juicio sea a priori si es sintético?

La contestación a esa pregunta constituye, creo, el eje central de lo que se ha llamado el giro copernicano en la teoría del conocimiento de Kant.

El conocimiento humano es fundamentalmente, para Kant, un encuentro entre dos elementos, uno a priori y otro a posteriori. El elemento a posteriori es la experiencia sensible. Pero esa experiencia, sin el encuentro del elemento a priori, es un caos de sensaciones. Para que deje de ser un caos, debe ser ordenada por formas ordenadoras de dicha experiencia, que son, coherentemente, no parte de esa experiencia sino a priori. Tales son las famosas categorías a priori: formas que organizan, que dan sentido, a esa experiencia sensible que de lo contrario sería un caos.

Vamos a dar un ejemplo que tendrá mucha importancia en la psicología contemporánea. En el teclado de una computadora podríamos tocar ciertas letras caóticamente (supongamos a, b, o, p, l). Eso sería un caos de letras. Pero el microprocesador, que está ahí, a priori del encuentro con las letras, ordena, según un cierto programa, ese “input” y el resultado es “pablo”. Observemos que la pantalla está en blanco hasta que no tecleamos nada, pero, a su vez, nada aparecería en la pantalla si el microprocesador no estuviera funcionando.

El conocimiento humano es “algo así”. Las sensaciones, los “datos” sensibles serían caóticos si no estuvieran ordenados por unas categorías a priori del intelecto. Esas categorías no son ideas innatas, nada dicen hasta que no ordenan el “material” a ser ordenado. Las categorías, sin la sensibilidad, son vacías de contenido; la sensibilidad, sin las categorías ordenadoras, nada ven, son ciegas.

Ahora bien, ¿cuáles son esas categorías? Si repasamos la clase 1, no nos llevaremos ninguna sorpresa. Son las de Aristóteles (sustancia, unidad, cualidad, cantidad, relación, etc) pero interpretadas no del modo realista en que habitualmente eran entendidas. Supongamos que una piedra se cae al suelo. En ese caso, cualquier aristotélico le diría que hay allí varias categorías: unidad (una); sustancia (piedra); acción (se cae); pasión (choca contra el suelo); causalidad (se cae porque….). Pero para el aristotélico, esas categorías son categoríasde lo real. Es en la realidad donde “hay” sustancia, unidad, causalidad, acción, pasión….. Para Kant, en cambio (aquí está el giro copernicano) esas son categorías del intelecto. Es en el intelecto donde, a priori, están esas categorías, según las cuales ordenamos la experiencia sensible dando lugar, de ese modo, al resultado del conocimiento, esto es, el fenómeno conocido. “Lo” conocido es el fruto del encuentro de la sensibilidad con el entendimiento. Lo conocido no son las categorías “in abstracto”, sin algo que ordenar, ni las sensaciones desordenadas. Lo conocido es el fenómeno: “una piedra se cae”.

Es por eso que Kant no es racionalista ni empirista, es kantiano; ni tampoco idealista o realista en sentido tradicional: es kantiano. Si se quiere, debe hablarse de idealismo kantiano. Porque es realista en tanto el mundo externo existe, está ahí, pero no puede ser “entendido” de no mediar la acción de categorías a priori de ese mundo externo. Por eso no sabemos cómo es el mundo independientemente de las categorías, esto es, cómo es la “cosa en sí”, la esencia, independientemente de la ordenación de nuestro intelecto. Este es uno de los más importantes choques de Kant contra el realismo aristotélico, donde el conocimiento de la esencia de la sustancia es fundamental. Si ese choque era necesario, es una pregunta retrospectiva que ahora es relevante; en su momento, sin embargo, fue un choque importante, sobre todo por la forma en la que el racionalismo clásico había re-convertido al conocimiento de la esencia.

Pero debemos volver a un pequeño “detalle”. Cuando comenzamos a explicar todo esto, dijimos: “el eje central de la síntesis kantiana consiste en decir que, para que un juicio sea científico, debe ser sintético a priori”. Obsérvese: “…para que un juicio sea científico”. Para Kant, la teoría del conocimiento es al mismo tiempo teoría del conocimiento científico. Y ciencia como hoy se la entiende, en general: Kant escribe casi un siglo después de la consolidación del paradigma newtoniano.

Kant se pregunta cómo pueden ser ciencias la matemática y la física, y contesta que lo son dada la interacción de las categorías (unidad, relación, acción, pasión, causalidad, sustancia, etc) con el mundo externo. El ejemplo que dimos (“una piedra se cae”) sería perfectamente trasladable a las categorías físico-matemáticas newtonianas. Pero cuando llega a la metafísica, no se pregunta cómo es una ciencia, sino si es posible como ciencia, y da una respuesta que para muchos de ustedes va a ser compartida, pero no para la tradición racionalista donde Kant se forma. La respuesta es muy simple: no. La metafísica NO es ciencia.

¿Qué es la metafísica para la tradición racionalista clásica? Es la ciencia de Dios, del alma inmortal, de la libertad como libre albedrío. Pero, ¿puede haber de todo ello juicios sintéticos a priori? No, porque en esos temas no hay experiencia sensible que organizar. Dadas las premisas de Kant, es obvio que no puede haber correlato sensible de Dios, ni del alma, ni de la libertad. Por ende, no hay de todo ello juicios sintéticos a priori y, por ende, no hay ciencia. Pero Kant, un creyente, pietista, no dice eso despectivamente. Sencillamente dice que en esos temas hay que dejar al “saber” para dar paso a la “creencia” (la fe). Esos temas (las “ideas de la razón pura”) son de Fe.

¡Claro que son de fe!, dirán muchos de ustedes. Pero, vuelvo a decir, para el racionalismo clásico esos eran los temas centrales de la filosofía, que era esencialmente metafísica. Para colmo, Kant refuta el argumento que para dicha tradición era el central para demostrar la existencia de Dios, que consistía en pasar de la idea de Dios a su existencia. Una idea de la razón pura no puede tener correlato sensible para su existencia, y las demás pruebas suponen esa idea…. (En nuestra opinión esta refutación kantiana no toca a Santo Tomás, pero, claro, después de Kant, el tomismo se ve en la necesidad de hacer esta aclaración; ver al respecto al libro de Fabro citado en la bibliografía).

Observemos de qué modo se van consolidando con todo esto ciertas ideas que hoy parecen obvias a muchos:

  1. La racionalidad, como sinónimo de ciencia, se reduce a matemáticas y física.
  2. Dios, el alma y la libertad son ideas de la razón pura que el hombre no puede intentar resolver sin caer en inexorables aporías (las “antinomias de la razón pura”). La metafísica no es ciencia. Es sólo objeto de fe.

Pero hay una tercer idea cuya importancia es central para entender todo el desarrollo posterior de la filosofía. Por primera vez en la historia de la filosofía occidental, el conocimiento humano es clara y distintamente una organización categorial de la experiencia.  El sujeto, ese sujeto que desde Descartes hasta Hume tiene que cruzar el “puente” entre él mismo y el mundo externo (con éxito en Descartes, con malas noticias en Hume), se convierte definitivamente en un sujeto que interviene activamente en la organización, en la “construcción” del objeto de conocimiento. El positivismo (que en cierto neokantismo es un resultado de Kant) tratará de recuperar la noción de un sujeto pasivo en el que caen los datos sensibles, pero Kant había dejado un tema pendiente: la interpretación del mundo, pero no como “algo sobre algo”: interpretación de un texto, de una norma jurídica, de las escrituras, sino como lo que primariamente es el mismo conocimiento humano. Pero en su momento no se vio así, y menos aún, Kant mismo. Porque para Kant, las categorías a priori son universales, esto es, están en todos los seres humanos, y son las mismas en todos los seres humanos. Las esencias en sí mismas quedarán desconocidas, pero el modo de organizar la experiencia es el mismo. Y es un modo que deriva en un único modo: la ciencia. Estamos pues en pleno siglo XVIII, donde las luces de la razón son las luces de una ciencia universal. La razón occidental es para este siglo la razón. El colonialismo, la educación de masas supuestamente ignorantes, a las que no se debe dejar sumergidas en la “incultura”, tiene aquí su justificación. Por supuesto este mundo feliz de un nuevo racionalismo, el de la ciencia, tendrá sus graves anomalías, pero ellas están aún por venir. Los siglos XVIII y XIX son optimistas en todo sentido. Una fe universal ha sido sustituída por una ciencia universal. Acompañada, también, por una ética universal.

¿Etica universal, necesaria, apodíctica, sin metafísica, sin fe?

Sí, ese es otro de los legados de Kant. Para lo cual debemos pasar al próximo capìtulo.

Lecturas recomendadas:

– Marías, J.: Historia de la filosofía (Rev. de Occidente, Madrid, 1943), parte referente a Kant, puntos 1 y 2

– Abbagnano, N.: Historia de la filosofía, Montaner y Simón, Barcelona, 1978, cap. XV.

– Fabro, C.: Drama del hombre y misterio de Dios; op.cit., caps. IV y V.

 

CAPITULO 8: Kant II.

No sé si es un buen nombre para el hijo de un rey, pero en este caso, seguramente, no lo es.

Habíamos terminado la clase anterior con un interrogante. Decíamos que, en cierto sentido, la filosofía de Kant es coherente con un siglo XVIII que tiene una especie de actitud misionera con respecto a la razón. Quienes compartan las críticas de Hayek al racionalismo constructivista, lo podrán entender, si bien yo no soy de aquellos que piensan que Kant tiene que ver necesariamente con dicho constructivismo.

Esa actitud misionera, esa redención de la humanidad que, si antes era por la fe, ahora es por la razón, es coherente con una ética “absoluta”. Aunque se lleven una sorpresa, sí, Kant es así. Era esperable que, después de la crítica a la metafísica como ciencia, el esquema moral de Kant fuera más elástico. En cierto sentido, Hume es así. Si bien Hume, como buen representante de la escuela escocesa, junto con Smith y Ferguson, está de acuerdo con tradiciones estables como eje central de la sociedad, no coloca a esas tradiciones como eje central de una vida personal. Para Kant, en cambio, la moral es esencialmente personal, y no precisamente conformada por principios circunstanciales.

¿Cómo puede ser esto posible? Ciertos esquemas éticos “fuertes” son comprensibles dada la metafísica “fuerte” (no débiles, como Vattimo diría) que los acompaña. Podemos no coincidir con la noción de naturaleza humana que hay en Aristóteles pero si esa naturaleza,  conforme a su metafísica, debe perfeccionarse, desarrollando los “accidentes propios” que le son tales en la línea de su esencia, entonces es obvia la coherencia del conjunto de virtudes plasmada por el estagirita en su Etica a Nicómaco. De igual modo, podemos disentir con Santo Tomás en que el fin último de la naturaleza humana sea Dios, pero si lo es, es coherente también el conjunto de virtudes naturales y sobrenaturales que nos deben conducir hacia ese fin. Pero, una vez acabada la metafísica como ciencia, una vez que Kant nos ha dicho que los “fines” son parte de las categorías a priori humanas con las cuales ordenamos sensaciones que de lo contrario serían caóticas….¿Qué posibilidad queda de un planteo absoluto de la moral?

Para explicarlo, vamos a ser sistemáticos, como lo es Kant. Recordemos que, según una lógica aristotélica que él conocía perfectamente, los juicios se dividen en hipotéticos y categóricos. Estos últimos corresponden a los cuatro tipos de juicios categóricos clásicos: todo s es p, algún s es p, ningún s es p y algún s no es p.  Los hipotéticos, en cambio, son juicios compuestos por otros juicios. Uno de ellos son los condicionales: si p, entonces q. Observemos que q es en ese caso una afirmación condicionada a p, esto es: afirmo q, si p. Por eso en lógica matemática, que Kant no conoció pero los megáricos y los estoicos casi sí, p entonces q es equivalente a que sea falso que si se da p, no se de q [p ent q =  – (p . – q)].

Ahora bien, Kant divide los juicios imperativos de igual modo. Los juicios imperativos, que son usados para mandatos, son la forma moral ideal porque de ese modo se expresan mandamientos: haz esto, no hagas aquello. De este modo, si dividimos a los juicios imperativos en hipotéticos y categóricos, el resultado es que los primeros son condicionados a algo, mientras que los segundos son absolutos, en tanto no condicionados a algo. En general nuestras expresiones de “deber ser” son hipotéticas, esto es, condicionadas a algo, aunque no nos demos cuenta. “Debo estudiar”, sí, claro, si quiero perfeccionarme, mejorar como profesional, o aprobar el examen. “Siquiero aprobar el examen” (si p), entonces “debo” estudiar (q). Ahora bien, esos deberes condicionales no tienen nada que ver, dice Kant, con la moral que un sujeto autónomo se dicta a sí mismo, donde no se trata de lo que me conviene según otro fin sino de lo que debo. Elfactum de la moral implica un deber no condicionado a otra cosa. Si no, no es ético. Si ayudo a un pobre porque eso me hace sentir bien, eso no es ético, según Kant. Debo ayudarlo porque debo ayudarlo. Esto es, el deber es por el deber mismo. Eso es precisamente un imperativo no hipotético, esto es, categórico. Una moral absoluta.

Ahora bien, nos adelantamos a la obvia pregunta: ¿qué imperativo puede ser así? ¿Qué imperativo puede ser de ese modo categórico, sin referencia a otro fin? ¿Nos podría dar Kant un ejemplo? No, el mismo Kant nos dice que no: “On the other hand, the question how the imperative of morality is possible, is undoubtedly one, the only one, demanding a solution, as this is not at all hypothetical, and the objective necessity which it presents cannot rest on any hypothesis, as is the case with the hypothetical imperatives. Only here we must never leave out of consideration that we cannot make out by any example, in other words empirically, whether there is such an imperative at all, but it is rather to be feared that all those which seem to be categorical may yet be at bottom hypothetical”[1]. La clave, aquí, es la palabra “empírico”. Un ejemplo es un contenido de la moralidad. Ahora bien, recordemos que, para Kant, las categorías del entendimiento son formas a priori, sin contenido, que será “llenado” por la experiencia. Es importante recordar esto ahora o de lo contrario nos perdemos. Para Kant lo más importante de su teoría del conocimiento, esto es las categorías a priori, sin formales, vacías si no se llenan con la experiencia empírica. De igual modo, en este caso, unimperativo categórico es un imperativo formal, una forma vacía de ejemplos concretos donde, por eso mismo, entren todos los ejemplos.  En otras éticas, hay como mandamientos “centrales” en los cuales caben los demás o se derivan (“no matarás en nombre de una idea”, en Popper, o amarás a tu prójimo, en el cristianismo, etc.). En este caso, no es así. El imperativo categórico es una forma de la moralidad, forma que de algún modo “mide” la moralidad de cualquier acción concreta. Por eso la expresión del imperativo categórico no es ninguna acción específica: “Act only on that maxim whereby thou canst at the same time will that it should become a universal law[2].” Esto, es, según Julián Marías, “obra de modo que puedas querer que lo que haces sea ley universal”[3]. Esto es porque una moral así, categórica, no admite excepciones. Si lo que hago tiene circunstancias que implican una excepción, ésta es por un fin y, nuevamente, eso no es moral. Volvemos a decir que toda la moralidad queda en Kant convertida en algo no sometida a condiciones.

¿Por qué una moral así? ¿No tenía el cristianismo para ello? En primer lugar, el cristianismo es fe, y Kant necesita una moral basada en la razón. Tampoco puede ser la razón de una metafísica, que como tal, él ya había denunciado llena de aporías. Además se podría decir que el mismo cristianismo le parecía muy utilitario, casi como una moral infantil, decididamente hipotética y, en ese sentido, no ética: hago esto si voy al cielo. No es así pero, claro, el cristianismo “debe” ser muy maduro para responder a esa crítica. Le quedaba el camino de Hume, pero no lo recorrió. Esto es particularmente importante. Kant considera que su filosofía es la base de dos grandes revoluciones. Por un lado, la copernicana. El siglo XVIII es el siglo donde el paradigma newtoniano se consolida. La filosofía de Kant no considera a dicho paradigma como una simple etapa histórica, sino como la consolidación de la razón. Y él da a esa física sus fundamentos: la física y la matemática han recorrido el seguro camino de la ciencia, y son un perfecto ejemplo de juicios sintéticos a priori.

La otra revolución es la francesa. Dejemos por un lado la distinción retrospectiva futura entre racionalismo constructivista y crítico, realizada por Hayek y Popper. Eso no nos va a servir para comprender, hermenéuticamente hablando, el presente de Kant. El presente de Kant es el optimismo de la Ilustración. La Ilustración es un movimiento cultural emancipatorio, revolucionario. La razón, despojada de supersticiones y de “metafísicas” va a liberar a la humanidad de la ignorancia, la pobreza, la tiranía, la enfermedad. Los derechos del hombre y del ciudadano emergen como una propuesta racionaluniversal para el cumplimiento de ese ideal. No se lo podía presentar como una tradición más. Era algo “absoluto”. Tan fuerte como una religión, pero secular, laica, racional. Y Kant, con su imperativo categórico, aparece como el profeta y el exégeta de esa liberación racional universal.

Entender esto es clave para entender gran parte de lo que ocurre hoy en nuestra civilización occidental. Se llama “dialéctica de la Ilustración”: la Ilustración libera pero parece que finalmente oprime. Las críticas de Hayek, Popper y Feyerabend al racionalismo occidental son críticas de derecha coincidentes con pensadores más de izquierda (Horkheimer, Adorno, Marcuse, Habermas[4]). Pero el siglo XVIII aún no se puede criticar a sí mismo. Hay que “construir” la civilización, como modelo único, como fin de la historia. Hay que hacer las constituciones, las leyes, los caminos, los puentes, las universidades, las escuelas primarias y secundarias, la salud pública. Europa se expande y las colonias, comenzadas bajo impulsos de expansión religiosa, son seguidas ahora como procesos seculares de educación científica.  Algo falló en todo esto pero no es fácil identificar qué fue. El punto es que los derechos individuales basados en un imperativo categórico parecen tener, después de la caída de la metafísica, suelo firme.

En mi opinión, muchos grandes pensadores, cuando descartan la metafísica, tienen un imperativo categórico oculto. J. Gray diagnosticaba esto en Hayek[5].  Y el economista austriaco L. Von Mises se manifiesta abiertamente utilitarista, anti-kantiano en este punto. Cuando demuestra el “teorema de la subjetividad de los juicios de valor” afirma sagazmente que toda objeción moral a la conducta de otro implica cambiar el ángulo del debate de los medios a los fines[6], y sobre los fines últimos no hay debate racional posible (por eso en mi opinión sólo una metafísica como la de Santo Tomás puede responder a esto).  Pero, ¿le importan tan poco a Mises ciertos fines últimos? ¿Si un nazi dice que sus fines últimos son diferentes a los nuestros, le diremos sencillamente que ok? Si todos nos hiciéramos nazis, ¿estaría eso moralmente bien? Según el mismo Mises, parece que no: “…if they fail to take the best advantage of it and disregard its teachings and warnings, they will not annul economics; they will stamp out society and the human race”[7]. Ese es el final de su tratado de economía,Human Action. Interesante que sea el final, porque Mises parece haber llegado a un implícito y tácito fin último. Y, por ende, a un mandato categórico. ¿Está diciendo “si quieres destruir a la humanidad, entonces deja de lado las enseñanzas de la economía”? ¿Nos está enseñando cómo destruir a la humanidad, con una economía “libre de juicios de valor”? ¿O, en cambio, nos está diciendo “no destruyas a la humanidad”?

Kant genera este tipo de preguntas, pero también tiene un peculiar “encanto”. (O enKANTo J). Podremos sospechar de su optimismo en la razón, pero parte de ese mensaje tiene algo de perenne. Un postmoderno diría que no es casual que un cristiano vea en Kant algo de cristiano. La segunda formulación del imperativo categórico habla de la dignidad. Obviamente se puede poner toda la distancia que queramos entre la dignidad del cristianismo y la de Kant, hasta hacer a ambos conceptos nociones totalmente equívocas e irreconciliables. Pero que toda persona deba ser tratada como fin, y no como medio, es algo que Kant dijo y que comunica ambas cosmovisiones. “Debo” tratar al otro dignamente porque “no debo” considerarlo un mero engranaje de mis planes. Es persona, es algo más. Y el modo de ver eso es el amor al prójimo. Allí no sólo se supera, posiblemente, una dialéctica Kant-Cristianismo, sino que tal vez, también, las aporías de una Ilustración enfrentada con lo religioso y, por ende, con sus propios límites.

Con Kant la filosofía tiene un alto grado de “tecnicismos”. Con él, la filosofía queda sistematizada como una disciplina universitaria, difícil, compleja, “especializada”. Se consolida allí esa imagen cultural de la filosofía como algo alejado de nuestra vida cotidiana, como comentábamos en las primeras clases. Que los filósofos quieran y puedan tener su vida universitaria, que, como tal, tendrá su margen de especialización, está bien, siempre que los filósofos no nos tomemos demasiado en serio esa actividad. Porque es allí cuando perdemos contacto con la vida y, aunque sea paradójico, cometemos errores filosóficos, entre ellos, inventar problemas que no existen. ¿Tal vez fue ese parte del mensaje del segundo Wittgenstein? No sé, pero lo que sí puedo afirmar es que no es casual que cierto racionalismo del s. XVIII haya separado la razón de la vida, tal vez porque científicos y filósofos se convirtieron en los nuevos sacerdotes del templo del mundo secular. Eso es un problema. La función sacerdotal es santísima cuando se recibe como un llamado de Dios paraservir a los demás. Pero la soberbia puede producir que nos enamoremos de las actitudes externas y de los ritos del sacerdote, sin serlo realmente, esto es, sin servir a los demás. El filósofo que cree que la vida cotidiana no tiene nada que ver con lo suyo, es eso. Sólo el prójimo puede despertarlo.

Lecturas recomendadas:

– Marías, J.: Historia de la filosofía (op.cit), parte referente a Kant, punto 3.

– Leocata, F.: Del Iluminismo a nuestros días, Ed. Don Bosco, Buenos Aires, 1079, cap. 1.

 

[1]  Kant. I.: Fundamental Principles of The Metaphysic of Morals, en Polanco, M.: 100 Books of Philosophy, Second Edition, Guatemala, 2001. No he citado la versión castellana porque me pareció menos clara: “En cambio, el único problema que necesita solución es, sin duda alguna, el de cómo sea posible el imperativo de la moralidad, porque éste no es hipotético y, por tanto, la necesidad representada objetivamente no puede asentarse en ninguna suposición previa, como en los imperativos hipotéticos. Sólo que no debe perderse de vista que no existe ejemplo alguno y, por tanto, manera alguna de decidir empíricamente si hay semejante imperativo; precisa recelar siempre que todos los que parecen categóricos puedan ser ocultamente hipotéticos”. (Espasa-Calpe, 1983).

[2]  Op. cit.

[3]  Marías, Julián: Historia de la Filosofía, Ed. Revista de Occidente, Madrid, 1943, Kant.

[4] Ver al respecto Leocata, F.: “Modernidad e Ilustración en Jurgen Habermas”, en Sapientia (2002), 57.

[5]  Gray, J.:  “Hayek y el renacimiento de liberalismo clásico”, en Libertas (1984), 1.

[6]  Mises, L. von: Teoría e historia, Unión Editorial, Madrid, 1974, cap. 4.

[7]  Mises, L. von: Human Action, Henry Regnery Company, 1966, p. 885.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

“El drama de la educación formal positivista”

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 28/7/13 en http://networkedblogs.com/NyI4Y

Siempre estuve enfrentado con la educación formal, de un lado o del otro. Como profesor los dolores de cabeza fueron siempre cada vez mayores, especialmente cuanta más conciencia tomaba del tema. En el 2004 me sucedió algo que me marcó (aún quedan secuelas) y por ello escribí “El drama de la educación formal”, un artículo enojado, que no publiqué en ningún lado excepto algunos foros. Va a despertar mucha resistencia; muchos me van a decir que el estilo es poco calmo (tienen razón) y que no hago una contra-propuesta positiva (tienen razón). Lo publico ahora para que sigamos despertándonos. Eso, sólo eso, ya vale la pena.
El segundo, que publiqué on line en un sitio de Eseade que ya no existe (me refiero al sitio) es más calmo y por ello peor. Afirmo sencillamente que el sistema educativo formal es irrecuperable, no funciona, es un imposible intento de educar. No funciona y punto. Lo mismo que Mises afirmó respecto a la socialización de los medios de producción. Es inútil que el sistema educativo nos guste o no, no es cuestión de que el sistema sea estatal o no, o que hagamos “estudiar” más a los chicos, que llamemos a la disciplina, a portarse bien y formar fila: NO funciona. DESPERTARNOS, por ahora, es lo más que podemos hacer. Darnos cuenta de ello.
Por último, una aclaración: rectifico ahora el título del primer artículo. No es la formalidad de la educación (esto es, la escolaridad como tal) lo que no funciona, sino la escolaridad formal “positivista”, esto es, sostenida en la razón instrumental del racionalismo planificador.
Bien, pequeña bombita arrojada, desde mi avión en la estratosfera. Ahora espero los misiles.

Gabriel Zanotti
EL DRAMA DE LA EDUCACIÓN FORMAL.

Por Gabriel J. Zanotti
Buenos Aires, Agosto de 2004.

Hace mucho tiempo que tengo in mente este artículo. Uno de los motivos para retrasarlo fue un obvio escepticismo sobre cualquier resultado práctico de cualquier cosa que podamos decir. Mi padre, Luis Jorge Zanotti, hizo una vez un paneo del “cuestionamiento de las instituciones escolares”[1], y él mismo hizo propuestas de reforma que obviamente cayeron en el olvido[2]. ¿Qué es lo que pasa? Desde Kuhn y Lakatos en adelante, nada de esto debería sorprendernos: los paradigmas tienen la “piel gruesa”[3]. Pero, ¿qué hay de peculiar en este caso?
Mi conjetura es que la educación formal es uno de los hábitos culturales más profundamente afectados por las “creencias” positivistas. Ya en una anterior oportunidad hemos tratado de mostrar la relación entre positivismo y la formación del estado-educador moderno y contemporáneo[4], siguiendo los lineamientos de Feyerabend al respecto[5]. El problema no consiste tanto en el fenómeno de la escolaridad en tanto tal[6], sino en los sistemas de notas, premios, castigos y repetición memorística, a-crítica, de un determinado paradigma, utilizado todo ello con la coacción del estado educador, ya de izquierda, de derecha o del color que fuere, para pintar a los llamados “ciudadanos” (o sea, esclavos culturales) a su imagen y semejanza. De esa creencia es muy difícil librarse, o tomar conciencia de ella, sobre todo porque está unida a la supuesta “protección” que el estado-educador realizaría sobre ciertas personas, consideradas débiles…. Todo ello unido a cierta simbología social que sacraliza, de manera laical, tales cosas: la escuelita, el himno, la bandera…. Hace poco alguien me dijo: ¿y si fundamos un colegio? Mi respuesta, lamentablemente cruel, y me arrepiento por ello, fue: es como si todo el mundo fuera nazi y decimos “¿y si ponemos una barraca nueva donde tratemos mejor a los prisioneros?”
No entraremos nuevamente en lo que tantas veces se ha dicho sobre lo atentatorio de todo ello con la libertad de enseñanza; no entraremos nuevamente en el significado, olvidado, de la libertad de enseñanza, tan anulada hoy como en un tiempo lo fue la libertad religiosa; tampoco entraremos otra vez en la ineficacia total del monopolio estatal…[7]
Nuestro tema será otro: ¿por qué nos cuesta tanto tomar conciencia de todo esto? Creo que la respuesta es que no lo pensamos realmente, esto es, que no lo vivimos; que lo que vivimos es una escisión esquizofrénica entre nuestras concepciones filosóficas y nuestras actividades prácticas cotidianas.
Hagamos un paneo sobre ciertos autores.
He allí la obra entera de Karl Popper, sobre el pensamiento crítico, la mutua crítica, el derecho a cuestionar, etc. ¿En qué se traduce todo esto en nuestras actitudes cotidianas en el sistema formal? En nada.
He allí la obra entera de Gadamer: su crítica al racionalismo como reducción de la razón al positivismo, he allí su concepción de los horizontes, como caminos de lo humano, siempre limitados, siempre ensanchables…. ¿Qué tiene que ver la educación formal con todo ello? Nada.
He allí la crítica de Hiedegger a la concepción de conocimiento como depósito de un objeto en un sujeto, he allí su concepción de existencia auténtica, de ser en el mundo, heredera de la noción de mundo de vida de Husserl….. ¿Qué tiene que ver la educación formal con todo ello? Nada.
He allí toda la teoría de la acción comunicativa de Habernas, su distinción entre comunicación y alineación, su condición de “aceptación críticamente motivada” de las condiciones de diálogo del otro…. ¿Qué tiene que ver todo ello con la educación formal? Nada.
He allí toda la filosofía del diálogo, he allí el tú de Buber, el rostro sufriente de Lévinas, la comprensión, la empatía…. ¿Qué tiene que ver todo ello con la educación formal? Nada.
He allí todo el Cristianismo, con su amor, su misericordia, su perdón, la superación de la sola justicia…….. ¿Qué tiene que ver todo ello con la educación formal? Nada.
He allí la mística, como camino de santidad: he allí Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Maister Eckhart. He allí que ya no soy yo, sino Cristo que viene en mí, he allí el matrimonio espiritual…. ¿Qué tiene que ver la educación formal con todo ello? Nada.
He allí Kant, con su conmovedor amor al deber, con su crítica insuperable a los premios y castigos, externos a la propia conducta, como fuentes de inmoralidad…. ¿Qué tiene que ver todo ello con la educación formal? Nada.
Podríamos seguir. La pregunta es: ¿qué tiene que ver todo ello con las amenazas, los libros de texto, la memoria no inteligente, la repetición mecánica, los premios y castigos intrínsecamente corruptos y corruptores, amalgama destructiva en la cual se sumerge a los humanos desde los cuatro, cinco o seis años hasta que emergen de la universidad? Nada. Claro, tiene que ver con muchos males (de los que diariamente nos quejamos), pero con la madurez, la sabiduría, la santidad, nada, sencillamente nada.
Cuando la persona quiere aprender, la escolaridad cumple su función. Como la teología y la escolástica cuando hay fe. Si no hay fe, es lamentable, pero no se puede forzar. Si la persona no quiere aprender, no aprenderá. “Aprenderá”, si, a servirse del sistema corruptor, a repetirnos con voz de no me importa nuestra endiosada leccioncita para que nosotros, contentos (¿contentos con qué?) le pongamos un diez, tenga “éxito”, llene su curriculum e integre el cuadrito de honor.
Si, en cambio, la persona tiene fe, esto es, quiere aprender, todo lo demás puede servir. Pizarrón, asientos, orden expositivo, bibliografía: todo será absorbido y vivido libremente por quien quiera aprender. Y quien tenga la valentía existencial de responder a ese llamado (esto es, “enseñar”) sabrá lo que es ser honestamente criticado por alguien que no responde a premios y castigos sino al amor a la verdad…
Lo más terrible de esto, es que quienes enseñan esos autores y todas esas corrientes de pensamiento y sabiduría que nombré, lo hacen muchas veces desde el sistema formal, con premios y castigos, con repeticiones y notas. La contradicción mayor llega a quienes repiten autores que han criticado todo ello, sin ninguna posibilidad de crítica, en tono autoritario y utilizando todos los métodos de tortura del sistema para quienes osen contradecirlos….
Ante esto, ¿qué hacer?
Una opción es salirse del sistema. Muchos lo hacen. Enseñan en sus casas, hacen cursos libres. Todo bien. Puede ser que el estado educador les caiga encima con su control, pero cabe reconocer que mientras sea en la intimidad del hogar y no se cobre, es algo que aún puede hacerse. Pero el sistema formal-estatal aprieta sus tenazas. Hay que obtener el título oficial. Lo otro es muy lindo…. Fue muy lindo. Pasó. No hubo tiempo. Hubo que dejar el taller de literatura dado libremente por un Borges. El sistema formal-estatal no lo reconoce.
Otra opción es que hubiera libertad de enseñanza, esto es, que pudiera ensayarse un sistema sin premios y castigos sin que la regulación estatal lo impida. Pero eso parece el viejo chiste del economista: estamos en una isla, hay latas de conserva cerradas y el economista dice “supongamos que tenemos un abrelatas”. Ok.
La opción que queda es quedarse en el sistema formal y burlar sanamente sus corrupciones intrínsecas. Si, nos enfrentaremos con la incomprensión de casi todos –autoridades, padres, alumnos y colegas- pero se puede. Con paciencia, con cierto humor, asumiendo el papel del medio loco, se puede. Hacer como que tomamos examen. Hacer como que pasamos lista y ponemos notas. Hacer todo eso, sí, pero perdonando sin límites. El que “sabe” (o sea, repite el paradigma, “habla sin hablar”), se saca 10, el que no, 9. El único límite de esto es no engañar a una autoridad a la que hemos prometido cumplir con algo del sistema. Y, mientras, tanto, quedarse allí, en la resistencia activa, en la rebeldía silenciosa, tratando de estimular la creatividad, la crítica, el diálogo, la responsabilidad, la madurez, la autodisciplina….Asumiendo que se rían de nosotros, que nos calumnien, que no nos comprendan. Y, mientras tanto, seguir diciendo que tenemos derecho a la libertad de enseñanza, para que alguna vez, cual viejo mito de la caverna, el prisionero liberado pueda mostrar sin morir lo que es enseñar en libertad.

DE LA IMPOSIBILIDAD DE CÁLCULO ECONÓMICO A LA IMPOSIBILIDAD DE LA EDUCACIÓN FORMAL POSITIVISTA

Por Gabriel Zanotti

Para “Mentes Abiertas”
22-3-2005.

Muchos recuerdan con énfasis el famoso artículo de Mises, luego devenido en uno de sus más importantes libros (“El Socialismo”, de 1922), donde el gran economista austriaco demostraba la imposibilidad de cálculo económico en el socialismo. La argumentación de Mises se concentraba en que, al carecer de precios libres, por carecer de propiedad privada, el socialismo no podía realizar el cálculo de costos y precios indispensable para la economización de recursos. La conclusión general de Mises, desafiante, era esta esencial paradoja: el socialismo pretende planificar y, al hacerlo, desordena. La paradoja de la planificación es que no planifica. El mensaje de Mises, dicho 83 anos atrás, aún no se ha entendido, pues ese extraño fenómeno llamado capitalismo global no es más que el intervencionismo parcial, que es un socialismo parcial que distorsiona permanentemente los precios de mercado.
Hace más de 83 anos, sin embargo, que en otro ámbito, el educativo, pretendemos planificar, con análogos resultados. No me refiero a la educación estatal. Me refiero al sistema de educación planificada con sistema de notas, siendo estas últimas los incentivos básicos del sistema y el eje central del sub-sistema de premios y castigos. Este sistema no es intrínseco a la escolaridad como tal, pero es la costumbre imperante en la educación formal occidental, especialmente después que el positivismo pedagógico tiene su auge a fines del s. XIX. A veces se ha intentado salir de ese sistema; a veces sus riendas son más flojas o no, a veces la humanidad de maestros y profesores le hace de contrapeso pero………. El sistema permanece implacable, ya sea en el sector privado o en el estatal, en todo lugar del mundo donde se pretenda tener un sistema escolar “evolucionado”.
Por supuesto, niños, adolescentes y adultos siguen sin aprender nada pero…. No creo que se vea cuál es el problema. Se levantan voces de conservadorismo pedagógico, llamando al rigor, a la disciplina, a la exigencia, como solución, sin ver, tal vez, que esas voces son análogas a la del planificador socialista que quiere planificar aún más cuando saltan por doquier los desastres de la planificación.
La analogía no es tan difícil. Las notas son análogas a los precios fijados por el planificador socialista o intervencionista. El ser humano, que responde a estímulos e incentivos normales, memoriza lo necesario para obtener el 9 o el 10 necesario, y los que creen en el sistema dicen “aprendió” y colocan el 10, mandan hacer el cuadrito de honor, conceden la beca, y el sistema se retroalimenta. Por supuesto, el aprendizaje implica la memoria, pero no al revés, pero no importa, el sistema está mal estructurado desde la base. De igual modo que el precio fijado por el estado da señales que dispersan aún más el conocimiento limitado (Hayek) las notas dan una ilusión de aprendizaje. Y no hay propiedad porque, si la hubiera, el alumno podría decir “no” a una “propuesta” educativa. Pero no, es un esclavo. Claro que a veces son niños, pero se los educa como esclavos porque se los educa para seguir siendo niños. De vez en cuando algunos alumnos se mueren de stress por la famosa nota o los profesores se angustian por la falta de interés del alumnado, pero no importa, así son las cosas y hay que seguir. De vez en cuando algún alumno quiere salirse del sistema pero el eficaz modo de castigos le pondrá coto o impedirá su creatividad o su genio. De vez en cuando algún profesor querrá salirse del sistema planificado pero algún superior, y no necesariamente el estado, le llamará la atención. El sistema, obviamente, es intrínsecamente corruptor. Todo tipo de engaños y simulaciones sin ideadas para obtener la sacrosanta nota, y profesores y autoridades deben convertirse en policías. Eso los corrompe a ellos pero, fundamentalmente, a todos los seres humanos que desde los 6 hasta los 17 han sido “educados” en cómo burlar un sistema autoritario…. Que ellos perciben como “autoridad”. A esas personas, a las 18, se les dice que deben ser buenos, que no deben ser corruptos, que no deben engañar, que deben hacer una buena opción con su carrera, que deben ser buenos padres….
Hay grupos de personas que no son afectadas por el sistema. Están los que quieren aprender, libremente, y lo hacen y entonces obtienen el 9 o el 10 pero no porque sea eso lo que les interese. Están los genios que estudian lo que quieren y se aburren y sin problema repiten lo que el sistema quiere escuchar. Ninguno de los dos casos refuta al fracaso de la educación formal positivista. Hay también ciertos paradigmas técnicos cuyo manejo requiere memorizar primero y aprender después, o sea, “entrenamiento”. Y están los millones y millones que se han pervertido de por vida, y están los millones y millones de genios creativos a los cuales el sistema aplastó desde el principio. Claro, esa millonaria pérdida no puede ser registrada por el sistema de notas.
Ante esto, qué hacer? Por lo pronto, no desanimarse, porque en ese sistema estamos. Pero aquellos que, y no por el sistema escolar, saben algo de la crítica en Popper, de las condiciones de diálogo en Habermas, del conocimiento disperso en Hayek, del conocimiento tácito en Polanyi, de los horizontes en Gadamer, del pensar no calculante en Heidegger, del diálogo en Buber y Lévinas, del amor a Dios en Sta Teresa y San Juan de la Cruz, todos ellos deben saber que el sistema escolar nada tiene que ver con todo ello. Si tenemos la “mente abierta”, pensemos en esto, que es un drama que hace siglos está matando nichos desconocidos de creatividad. Y si me he equivocado, aquí estoy, abierto a la crítica. Cosa que el sistema formal de enseñanza no alienta ni permite…

[1] Ver su art. “El cuestionamiento de las instituciones escolares” [1974], en IIE, Educación, Ideología y Política, Ediciones de la Revista del Instituto de Investigaciones Educativas, 1975.
[2] Ver su prólogo a Los objetivos de la escuela media, Kapeluz, Buenos Aires, 1980.
[3] Lakatos, I.: La metodología de los programas científicos de investigación, [1965]Alianza, Madrid, 1989.
[4] Zanotti, Gabriel J.: “Los orígenes epistemológicos del estado contemporáneo”, Laissez Faire, (2002), Nro. 16-17.
[5] Feyerabend, P.K.: Tratado contra el método [1975], Tecnos, Madrid, 1981, cap. 18, y Adiós a la Razón, [1981] Tecnos, Madrid, 1992.
[6] Ver Zanotti, Luis J.: La misión de la pedagogía, Columba, Buenos Aires, 1967.
[7] Zanotti, Luis J.: « La desinstitucionalización del sistema educativo”, en IIE, Revista del Instituto de Investigaciones Educativas (1980), nro. 26. La obra completa de Luis Jorge Zanotti se puede encontrar en www.luiszanotti.com.ar

 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.