Inflación: gradualismo versus shock

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 14/2/16 en: http://economiaparatodos.net/inflacion-gradualismo-versus-shock/

 

Uno de los debates que se presenta frente al agudo proceso inflacionario heredado por el kirchnerismo es si hay que frenar la inflación en forma gradual o con tratamiento de shock

Cualquier economista medianamente informado sabe que el kirchnerismo dejó una situación fiscal realmente dramática, con un gasto público en niveles récord, una presión impositiva asfixiante y un fenomenal déficit fiscal que fue financiado con emisión monetaria la cual generó el proceso inflacionario que nos legó el populismo kirchnerista.

Uno de los debates que se presenta frente al agudo proceso inflacionario heredado por el kirchnerismo es si hay que frenar la inflación en forma gradual o con tratamiento de shock.

Si bien no fue explicitado el plan gradualista del gobierno para reducir la inflación, todo parece indicar que piensan ir bajando muy lentamente el gasto público o más bien dejarlo congelado y suponen que habrá una corriente de inversiones tan fuerte que reactivará la economía. Esa reactivación permitiría incrementar la recaudación tributaria y con esa mayor recaudación se iría reduciendo la brecha fiscal con menor necesidad de emisión monetaria para financiar el rojo del sector público. Insisto, el gobierno no explicitó cómo será la estrategia gradualista pero intuyo que ese es el camino elegido.

Es más, me parece que inicialmente apostaban a que el cambio de gobierno generara una fuerte corriente inversora del sector privado que moviera la economía. La sola presencia de Macri iba a generar esa corriente inversora. Al no darse ese escenario todo parece indicar que la apuesta ahora se ha movido a la obra pública, particularmente al plan Belgrano, pero financiándolo con deuda externa. Este mecanismo dinamiza la economía en el corto plazo porque le permite al sector público aumentar el gasto sin cobrarle más impuestos al sector privado. Es decir, el sector privado no baja su consumo y el sector público puede aumentar su gasto. Claro que en el largo plazo hay que pagar intereses de la deuda pública con lo cual crece el gasto y el déficit fiscal o la presión tributaria con lo cual se comprime la economía.

Pero volviendo a la estrategia de corto plazo, la baja del gasto público parece estar descartada en la agenda del gobierno, al menos en forma más contundente de lo que se anuncia y se prefiere, mediante el gradualismo, financiar parte del déficit fiscal con endeudamiento interno, estrategia que no comparto.

Veamos, el gasto cuasifiscal que tiene actualmente el BCRA por financiar el déficit fiscal colocando LEBACs está en el orden de los $ 100.000 millones anuales, un número que se acerca bastante al ahorro que tendrá el estado bajando los subsidios a la energía al subir la tarifa de luz. Es decir, con la estrategia gradualista, el gobierno paga el costo político de aumentar la tarifa de energía, pero prácticamente no tiene ahorro fiscal porque el gasto de endeudamiento interno por no bajar el gasto público le genera un costo que le neutraliza el efecto de aumento de las tarifas.

Por otro lado, el gradualismo tiene el riesgo de ir limando las expectativas de la gente, producir una huida del peso y acelerar el proceso inflacionario. Por el contrario, una política de shock cambia las expectativas de la gente, aumenta la demanda de moneda y ayuda controlar la inflación. Veamos un ejemplo.

En 1985 Alfonsín anuncia el plan austral. Más allá de su parte heterodoxa, dicho plan contenía anuncios en materia fiscal, baja del gasto público, hubo cambio de moneda e incluso lo recuerdo a Alfonsín hablando desde el balcón de la Casa Rosada diciendo que iba a privatizar todo lo que hubiese que privatizar. Si mal no recuerdo habló de economía de guerra.

Finalmente el plan fracasó porque no hubo una verdadera baja del gasto público, pero inicialmente generó expectativas positivas en la población y logró atemperar, durante un tiempo, la tasa de inflación. Ese fue un plan de shock económico con anuncios que conformaron un contexto de política económica.

Como contrapartida podemos mostrar el gradualismo de Machinea con Miguel Bein al inicio de la gestión de De la Rúa y su fracaso como plan económico gradualista para solucionar el problema fiscal. Le dejaron el lío a Ricardo López Murphy que anunció una reducción del gasto público (política de shock), lo echaron, lo reemplazó Cavallo que inicialmente apuntó al gradualismo y a que su vuelta al ministerio de Economía iba a generar tanta confianza que la economía se reactivaría pero tampoco resultó.

Otro ejemplo de gradualismo  es el inicio de la gestión de Menem con el plan Bunge y Born que terminó en el plan Bonex.

Ahora bien, ¿a qué me refiero cuando digo que hay que aplicar una política de shock? ¿Qué significa?

Una política de shock debe tener 3 grandes patas: a) la consistencia del plan que debe ser global, b) anunciarlo todo junto y c) saber comunicar con claridad a la población qué economía se recibió del kirchnerismo y qué medidas se van a adoptar y por qué.

Empezando por la segunda parte, creo es fundamental comunicarle claramente a la población por qué hay que adoptar ciertas medidas y cómo será la secuencia de los acontecimientos económicos. Mostrarle a la gente que el kirchnerismo les hizo vivir una fiesta artificial de consumo que destruyó la economía, que primero hay que reconstruir la inversión y que el primer motor puede ser la exportación y que con una fuerte corriente inversora, con una economía integrada al mundo, con disciplina fiscal y monetaria la gente tendrá trabajo bien remunerado.

Ejemplo, si le explicamos a la gente que en vez de producir solo para el mercado interno la economía va a producir para exportar para recuperar el 3% del total de las exportaciones mundiales que exportábamos a comienzos del siglo XX, la gente entenderá que si exportamos U$S 400.000 millones anuales en vez de los actuales U$S 70.000 habrá muchos más puestos de trabajo.

En lo que hace a la política de shock no estoy diciendo que de un día para otro tiene que desaparecer el déficit fiscal, no soy tan necio como para no comprender las restricciones sociales y políticas que hay al respecto, pero sí considero necesario iniciar el desafío de reducir la cantidad de empleados públicos que cobran sueldos a costa de los impuestos que pagan los contribuyentes, que hay que ponerle un límite a los llamados planes sociales, tanto en monto como en duración y que hay mucho para recortar en gasto público por el lado de la corrupta obra pública.

Me sugerencia sería que Macri reúna a los dirigentes sindicales, a los partidos opositores no kirhneristas fanáticos y a los dirigentes empresariales, les muestre con toda crudeza la herencia recibida, las medidas a adoptar para salir del destrozo k y pedir su apoyo político. Esto mismo debe ser hecho con toda claridad con la población. Explicar claramente qué se recibió y qué se va a hacer para reconstruir la destrucción que dejó el kirchnerismo.

Cuánto más rápido se recomponga la economía mejor va a vivir la gente.

Entiendo los temores a que vuelva el populismo k, pero para eso está la receta de impulsar todos los juicios que sean necesarios para mostrar lo corruptos que han sido y cómo usaron a la población. El kirchnerismo no debe volver solo por su ineficiencia económica, sino por su tendencia totalitaria y por su inmenso espíritu correcto.

En definitiva, si Erhard hubiese quedado paralizado por miedo a que volviera el nazismo, nunca se hubiese producido el milagro alemán. Y recordemos que en ese momento Alemania era controlada por las fuerzas aliadas en una época en que tanto en EE.UU. como en Inglaterra dominaban las ideas estatistas e intervencionistas. A eso se enfrentó Erhard y logró el milagro alemán.

Plantear las políticas de shock como una propuesta salvaje que consiste en que los ricos se desayunen con algunos pobres todos los días es típico del discurso k en que el que piensa diferente es un enemigo de la patria.

Solamente se trata de analizar si finalmente una política de shock no es menos dolorosa para la población que la larga agonía de las políticas gradualistas que ya han mostrado infinidad de fracasos en la historia económica argentina.

De lo que se trata es de buscar el camino menos dolorosa para la población luego del intento de establecer la tiranía k.

 

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

«A las crisis también se puede llegar caminando»

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 7/6/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1799298-a-las-crisis-tambien-se-puede-llegar-caminando

 

-El primer semestre terminó con un serio deterioro fiscal; ¿es inevitable un ajuste fiscal?

-El año pasado cerró con un déficit del 7% del producto bruto interno (PBI); no es descartable un 10% para 2015. Queda poco lugar para el gradualismo fiscal. Los impuestos son récord, por lo que hay que estabilizar por el lado del gasto. Hay dos maneras de hacerlo: (1) disminuir el crecimiento del gasto hasta nivelar las cuentas, es decir, quitar el pie del acelerador; (2) reducir el gasto. Los K han deteriorado tanto la situación que es necesario poner reversa. Lo innegable es que el ajuste ya está ocurriendo en el sector privado. La disciplina fiscal no es una cuestión de posturas políticas, sino de sentido común en la administración pública.

-¿Es de esperar que la crisis se produzca con el nuevo gobierno?

-No es una cuestión de si la crisis se va a producir. Se trata de reconocer que ya estamos en estanflación. Inflación, déficit fiscal y caída de la actividad económica son síntomas de crisis. No todas las crisis se producen de manera explosiva; a las crisis también se puede llegar caminando. Estas inquietudes se ven en el debate de shock o gradualismo. Se da por sentado que el shock produce deterioro económico. Éste no es el caso cuando las reformas están bien planeadas. La postura del shock se inspira en el milagro alemán de Erhard. Otros casos exitosos son el de Chile (1975) y Bolivia (1985). Se podría agregar a Estados Unidos, que luego de la Segunda Guerra Mundial redujo el gasto de un 80% del PBI a un 30 por ciento. Ninguno de estos casos produjo una crisis. Todos fueron pro mercado. El problema, más que shock o gradualismo, es, en todo caso, de falta de convicción de la política argentina.

-¿Se viene una reforma pro mercado por parte del nuevo gobierno?

-No veo ningún candidato con una postura pro mercado. Incluso a Pro me resulta difícil verlo como un partido pro mercado. Ser más eficiente en la gestión que los K no es ni una vara difícil de superar ni sinónimo de ser pro mercado. Desde Perón le hemos dado la espalda al libre comercio. Son los ideales del peronismo (con los que Pro se dice identificar) los que han descarrilado al país desde que Perón llegó al poder. Los países se desarrollan por sus instituciones, no por sus políticas. Las instituciones fijan la trayectoria (largo plazo). Las políticas producen oscilaciones en torno de esa trayectoria (corto plazo). Si queremos ser como Alemania, entonces debemos adoptar instituciones alemanas, no copiar al chavismo. El nuevo gobierno tiene que llevar adelante una reforma institucional, y no corregir políticas K.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

¿Puede el próximo gobierno revertir la decadencia?

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 29/3/15 en: http://economiaparatodos.net/puede-el-proximo-gobierno-revertir-la-decadencia/

 

Ni los k podrían seguir con este sistema porque ya no habrá suficientes recursos para financiar sus fechorías

Responder al interrogante del título de esta nota no es tan sencillo. Están los pesimistas que no le ven remedio. Los optimistas sin fundamentos. Los indiferentes y hasta un Duhalde que dijo que Argentina estaba condenada al éxito y nos dejó de regalito a los k, que hundieron el país sin piedad.

El argumento que normalmente se usa, y yo personalmente también uso, es que un país sin instituciones no puede crecer, entendiendo por instituciones las normas, códigos, leyes y costumbres que regulan las relaciones entre los particulares y entre los particulares y el estado. Si esas instituciones son eficientes, es decir, permiten desarrollar la capacidad de innovación de la gente, desplegar la iniciativa privada atrayendo inversiones, entonces ese país tiene grandes posibilidades de entrar en una senda de crecimiento sostenido.

Podríamos resumir la cosa de la siguiente manera. A mayor riesgo institucional menores inversiones y, por lo tanto, menos crecimiento y bienestar de la población.

Por el contrario, a menor riesgo institucional, llegan más inversiones, se crean más puestos de trabajo, aumenta la productividad y el salario real. El país entra en una senda de crecimiento y mayor bienestar para la población. En definitiva, es la calidad de las instituciones que impera en un país la que definirá si ese país tiene un futuro de progreso, de estancamiento o de decadencia.

Ahora bien, esas instituciones surgen de los valores que imperan en una sociedad o en la mayoría de los habitantes de esa sociedad. Como hemos caído en la trampa de creer que el que tiene más votos impone las reglas de juego, si hay una mayoría cuyos valores llevan a instituciones contrarias al crecimiento, el mismo es imposible.

No hay reunión, comida o charla informal en que no surja el famoso debate si Argentina está definitivamente perdida. Algunos alegan que Perón destruyó las instituciones que hicieron grande a la Argentina, visión que comparto en gran medida, pero no del todo. Otros le agregan el ingrediente que los k crearon tanto clientelismo político, que han desarrollado una generación de votantes que se acostumbró a no trabajar y a vivir a costa del esfuerzo ajeno, con lo cual la mayoría siempre va a votar por aquél que le prometa más populismo, es decir el que prometa expoliar a los que producen para mantener a una gran legión de improductivos. Bajo esta visión podríamos decir que Argentina tiene un futuro negro. Y la verdad es que la tentación de seguir esta línea de razonamiento es muy fuerte cuando uno ve como se han destrozado valores como la cultura del trabajo, de la iniciativa individual, de la capacidad de innovación, la misma propiedad privada, etc. En definitiva, una primera mirada sobre el futuro de Argentina indicaría que más que estar condenados al éxito estamos condenados al fracaso. Sin embargo, cabe otro tipo de análisis totalmente diferente.

Quienes me siguen saben que no soy de formular pronósticos optimistas por deporte o porque es políticamente correcto. Digo lo que pienso, asumiendo el costo de ser tildado de pesimista.

Recuerdo que en una oportunidad el presidente de una institución empresarial me dijo, mientras estaba hablando, que viera las cosas con optimismo para no deprimir a los asistentes. Mi respuesta fue muy clara: yo analizo la economía, no hago terapia grupal.

Volviendo al razonamiento sobre el futuro de la Argentina, me voy a tomar la libertad de dejar abierto el interrogante. Aún con todo el destrozo institucional y de valores que hicieron los k, no creo que estemos condenados ni al éxito o al fracaso. Para eso voy a utilizar algunos ejemplos.

En la década de los 70 y los 80, cuando a los economistas nos preguntaban por países exitosos con economías de mercado, teníamos dos ejemplos para dar: 1) Alemania con Adenauer y Erhard y 2) Japón, ambos luego de la Segunda Guerra Mundial. Hoy esos ejemplos siguen siendo válidos pero hay muchos más.

Tenemos el caso de Corea del Sur que al dividirse quedó con el peor territorio y escasos recursos humanos. Hoy dispone de un ingreso per capita de U$D 33.100

O Irlanda, cuando la gente emigraba y solo producía papa y encima de mala calidad. Irlanda se abrió al mundo, luego ingresó a la UE y hoy tiene un ingreso per capita de U$S 46.140, superando al mismo Reino Unido que tiene U$S 38.540.

España, que hasta la muerte de Franco estaba aislada del mundo, logra, gracias a las gestiones Adolfo Suárez y el fundamental apoyo del rey Juan Carlos, reunir a todos los partidos políticos, firmar los pactos de la Moncloa e incorporarla al mundo. Hoy tiene un ingreso per capita de U$S 33.000. Y podría seguir con otros ejemplos como Chile, Hong Kong,  Singapur y el resto del sudeste asiático.

Esos países no tenían un capital humano tan preparado que les permitiera consolidar instituciones que los llevara al crecimiento. Ni siquiera España o Irlanda tenían un recurso humano de altísima calidad. Solo tuvieron dirigentes políticos que supieron ver el mundo como una oportunidad y decidieron hacer las reformas económicas necesarias para poder incorporarse al él. El denominador común  de todos los casos nombrados es que todos se integran al mundo. Al comercio mundial. Pero para poder hacerlo tenían que ser competitivos y eso les exigía tener instituciones, reglas de juego, que les permitiera a las empresas competir con las de otros países.

Cada uno de los países tiene su particularidad en la forma que llevó a cabo los cambios. En Chile fue Pinochet el que hizo el grueso de la transformación pero los partidos políticos que asumieron el poder luego de él ni intentaron cambiar lo que se había hecho. Por el contrario, continuaron por el mismo rumbo.

En España, un hombre como Felipe González que venía de la izquierda más absurda advirtió el desastre que era Francia con el socialismo y moderó notablemente su discurso y medidas. Pero por sobre todas las cosas, supo que no podía aislarse del mundo.

En Irlanda su dirigencia política también advirtió que solo incorporándose al mundo iba a poder avanzar e implementaron las reformas económicas necesarias para poder competir. Todos, absolutamente todos, cambiaron las reglas de juego y, sobre todo, se integraron al mundo.

Por el contrario, nosotros seguimos viendo al mundo como un riesgo en vez de una oportunidad y cada vez nos aislamos más, tanto económica como políticamente. Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador son los típicos ejemplos latinoamericanos de lo que no hay que hacer.

Ahora bien, yendo al punto, ¿podemos cambiar la Argentina con esta cultura del vivir a costa del prójimo que se instauró hace décadas y los k la llevaron a su máxima expresión? Considero que sí. No voy a decir que es sencillo ni pretendo ser un optimista sin fundamentos, pero otros países lograron salir del aislamiento internacional y de políticas populistas gracias a que, en determinado momento, sus dirigentes políticos lideraron el cambio.

Con esto no estoy diciendo que hay que sustituir las instituciones por los líderes, solo que en determinados momento los políticos tienen que liderar el cambio mostrándole el camino al resto de la población que, por cierto, no es experta en todos los temas económicos y desconocen la relación entre calidad institucional y crecimiento económico.

Los que en soledad venimos defendiendo las ideas de disciplina fiscal, monetaria y seguridad jurídica ya hemos hecho bastante para que los dirigentes políticos comprendan el cambio que hay que encarar. Ahora es su turno de recoger esas banderas e impulsar el cambio.

Que quede claro, este modelo es inviable. Según mis estimaciones solo el 17% de la población genera riqueza para sostener al resto: jubilados, menores de edad, empleados públicos, gente que vive de los llamados subsidios sociales, etc. Tal es la presión tributaria que, por primera vez, vemos que los sindicatos salen a hacer un paro general por la carga impositiva. Esto no se había visto nunca en Argentina. Si los k hubiesen estudiado historia, sabrían que hay muchos casos en que la voracidad fiscal de los monarcas terminó en revoluciones y su derrocamiento. La diferencia es que antes los monarcas exprimían a la gente con impuestos para financiar sus conquistas territoriales y ahora la exprimen para financiar sus políticas populistas que les permiten cosechar más votos.

Volviendo, si solo el 17% de la población sostiene al resto, ni los k podrían seguir con este sistema porque ya no habrá suficientes recursos para financiar sus fechorías. Destruyeron tanto al sector privado que atentaron contra los que los mantenían.

El país pide a gritos un cambio. Pero no esa estupidez de un cambio con continuidad. La realidad impone un cambio de política económica. Un giro de 180 grados. Otros países pudieron hacerlo. No veo razones que impidan lograr lo mismo en Argentina. Solo falta que una nueve dirigencia política tenga la audacia de transformar la Argentina de la misma forma que la generación del 80, hoy denostada, transformó un desierto en un país pujante que llegó a ser el séptimo país más rico del mundo. La causa: nuestra constitución de 1853 otorgaba el marco institucional para crecer y sus dirigentes políticos, que se peleaban entre ellos, tenían todos, el mismo respeto por esas instituciones y rumbo que debía seguir el país.

Si nuestros antecesores lo lograron y otros países también lo consiguieron, no veo motivos para afirmar que estamos condenados al fracaso. Todavía no está dicha la última palabra.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Estado y responsabilidad social:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 8/11/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/11/estado-y-responsabilidad-social.html

 

La idea de que el estado-nación ha de hacerse cargo de la mayoría o, peor aún, de todos nuestros problemas, es -como hemos señalado en múltiples oportunidades- de antigua data, y de profunda raigambre entre las personas, no sólo en Latinoamérica sino en el mundo entero. Aunque, claro está, con diversas intensidades y cantidades de aplicación. Será interesante rastrear en la historia los casos en que esto comenzó a suceder y los lugares donde tuvo su origen:

«En general la intromisión del estado en Inglaterra fue acentuándose desde la primera guerra pero en la década del cuarenta comienza una etapa distinta marcada clara y contundentemente por la intensa participación del estado en temas llamados de “seguridad social”. El llamado “estado de bienestar” o “estado benefactor” divorció la moral de la política social y afectó la idea de la responsabilidad individual y los incentivos para los emprendimientos privados al tiempo que se acentuó el deterioro del concepto del derecho transformándolo en una enumeración de deseos con rango cuasi constitucional con lo que en buena medida se destruyó el concepto del respeto por el fruto del trabajo de otros y la idea de autonomía individual degradándose la idea de la solidaridad y la benevolencia. Se implantó la curiosa teoría de que el antropomorfismo “sociedad” era la responsable de los problemas sociales y, a través del estado, tenía la obligación moral de resolver estos problemas. Este fue el sentido del Beveridge Report, documento publicado en 1942 que anunció al “estado de bienestar” como una “revolución británica”.[1]

Estas consecuencias, por supuesto, no se limitaron al caso de Inglaterra, sino que se extendieron por todo el mundo desde entonces y hasta nuestros días. Pero en realidad, ya conocía antecedentes con la Socialpolitik implementada por el canciller Otto von Bismarck en Prusia en el siglo anterior al de la primera guerra mundial. Dicha invasión del estado-nación en los asuntos privados y -por sobre todo- en temas en los que se debatían las causas de la pobreza y de la riqueza, fue debida -a su vez- a la incomprensión de las masas respecto de elementales cuestiones económicas, y –fundamentalmente- de la profunda interrelación que estas tienen con las denominadas «políticas sociales». Lo que -a su turno- fue consecuencia de la popularidad creciente de las erradas ideas socialistas entre los dirigentes políticos y los intelectuales. La separación conceptual apuntada entre «políticas sociales» y economía fue lo que indujo a pensar a dirigentes y dirigidos que existía un divorcio entre unas y otras. Bajo esta falacia se construyó la teoría del «estado benefactor», y todos los mitos que se tejieron respecto de sus «prodigiosas capacidades» para «solucionar» la vida de casi todo el mundo. Esto provocó la subversión de los principios morales que se marcan con notable acierto en la cita precedente y cuyas consecuencias se ven agravadas en la actualidad.

«A lo largo del siglo XIX se acrecentaron las iniciativas privadas de caridad así como la constitución de sociedades de ayuda mutua, contexto en el que surgieron instituciones que perdurarían en el tiempo, como es el caso del Ejército de Salvación. Con el fin de la primera guerra mundial, el surgimiento del estado de bienestar sembró la semilla del divorcio entre la moral y la ayuda hacia el prójimo que encontró en la obra del economista británico John Maynard Keynes el sustento teórico que permitió llevar adelante la irrefrenable intervención del gobierno en la economía, trasladando la caridad de la esfera privada y voluntaria hacia la pública y obligatoria.»[2]

Aquellas instituciones privadas que proliferaron en el siglo XIX, nacieron bajo las ideas de la responsabilidad individual, la conciencia de la necesidad del prójimo y un profundo sentido de solidaridad que inspiran todos los principios del liberalismo. Sin embargo, toda esa notable labor privada, fue siendo destruida poco a poco por la paulatina pero incesante tarea de socavación moral e intelectual por parte del estado-nación y de sus ideólogos, como lo fuera el muy nefasto Lord Keynes. Con todo, como bien anotan los autores citados, esas instituciones «perdurarían en el tiempo, como es el caso del Ejército de Salvación». Aunque claro está, no cumpliendo un rol de la relevancia que tenían en la época de su formación originaria. Pero resulta notable que, muchas de las iniciativas privadas de este tipo, aunque menguadas por la competencia desleal del estado-nación, resultan mucho más eficientes que las «ayudas» estatales que suelen ser menores en cuantía, calidad y en eficacia. La idea de caridad, responsabilidad moral e individual fueron completamente desvirtuadas por el estatismo. Lo mismo sucedió en Alemania:

«En 1950 Röpke advirtió, en un informe comisionado por el Gobierno, que había una “fuerte tendencia” a restringir exageradamente el mercado. Asimismo, Röpke insistía en que los gastos sociales y los impuestos no pueden sobrepasar cierto nivel “sin perjudicar los aspectos expansivos y concertadores de una economía de libre mercado”.

Las críticas de Röpke a los programas de bienestar aumentaron en los años siguientes. Así, censuró duramente la decisión del Gobierno Erhard (1957) de ajustar el programa de pensiones al costo de la vida: a su juicio, era un paso para convertir el sistema de bienestar en “una muleta para la sociedad”.

Esa muleta sigue estando ahí. Hoy, los partidos políticos alemanes ofrecen rebajar los impuestos al tiempo que prometen más gastos sociales. Eso no es financieramente responsable, pero los políticos saben que muchos alemanes no votarán por quien diga que va a reducir el Estado de Bienestar.»[3]

Indudablemente, la cita refleja la falsa conciencia creada en el pueblo (no sólo en el alemán del caso, sino en el del resto de mundo) de que es el estado-nación y no nosotros quien debe ocuparse de todas nuestras necesidades. Los gastos sociales son financiados con impuestos, impuestos que pagamos todos, pobres y ricos, pero que perjudican más a los pobres que a los pudientes. En los hechos -y si bien las promesas son de menores impuestos- estos no han dejado de crecer en las últimas décadas a nivel global.

[1] Alberto Benegas Lynch (h) – Martin Krause. En defensa de los más necesitados. Editorial Atlántida. Buenos Aires, pág. 325/6

[2] Alberto Benegas Lynch (h) – Martin Krause. En defensa …ob. cit. pág. 330

[3] Sam Gregg -No hubo milagro alemán-2 de Julio de 2008-Fuente: http://www.fundacionburke.org/2008/07/02/no-hubo-milagro-aleman/ pág. 2

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.