Ber Gelbard, el referente económico de Cristina Kirchner, fue el padre del Rodrigazo

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 14/5/2019 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/05/14/ber-gelbard-el-referente-economico-de-cristina-fernandez-de-kirchner-fue-el-padre-del-rodrigazo/

 

Fue ministro durante 17 meses, bajo las presidencias de Héctor Cámpora, Juan Domingo Perón e Isabel Perón

Suele recordarse la gestión de José Ber Gelbard en Hacienda entre el 25 de mayo de 1973 y el 21 de octubre de 1974, como la etapa “inflación cero”, un disparate que un simple gráfico con los índices de precios al consumidor de esa época, con precios congelados, muestran que su éxito fue artificial (por el congelamiento de precios), efímero y terminó en el famoso rodrigazo.

Para ponerlo en contexto histórico y comprender qué hizo, puede afirmarse que Gelbard fue el padre del monstruo que llevo al rodrigazo de 1975.

Gelbard armó el lío y Celestino Rodrigo solo destapó la olla torpemente y sin un plan económico consistente detrás, en un contexto político en que la interna peronista entre el ala fascista y el ala de izquierda, dirimía sus diferencias a los tiros y bombazos.

Así como Cristina Fernández de Kirchner dejó la herencia de un monstruo económico que Mauricio Macri lo enfrentó sin un plan económico consistente, Gelbard tiró la granada económica y salió corriendo. Por eso todos recuerdan el rodrigazo pero no recuerdan el lío que armó Gelbard, de la misma forma que todos despotrican contra Macri pero nadie recuerda el lío económico que dejó Cristina Fernández. En realidad el actual Presidente y sus asesores de comunicación hicieron lo imposible para que la gente no se enterara de la herencia que recibieron.

La visión de Gelbard sobre la inflación era que se producía por una puja distributiva y esto llevaba a inflación de costos, de manera que todo era cuestión de sentar en una mesa a las partes: empresarios, sindicalistas y gobierno y, a dedo, establecer la estructura de precios relativos. Para eso estaba Juan Domingo Perón a quién nadie le iba a discutir sus decisiones.

Dicho sea de paso,la mayoría de las fuerzas políticas de esa época creían, como ahora el kirchnerismo, que el problema de la inflación tiene que ver con los costos de producción, cuando la ciencia económica ha demostrado que no son los costos los que determinan los precios, sino que son los precios los que determinan los costos en que puede incurrir una empresa.

Establecido el acuerdo de precios, salarios y tarifas de los servicios públicos que iba a durar un par de años, el resultado de la inflación puede verse en el gráfico:

Cómo puede verse en el gráfico, en junio de 1973 el IPC cae el 2,9% con relación al mes anterior. ¿Hubo deflación? Ocurre que los burócratas de turno decidían cuáles eran los precios que podían cobrar las empresas y, el 9 de julio de ese año determinaron que los precios no podían ser mayores a los que cobraban el 1 de junio de ese año.

Es que los burócratas de ese momento consideraban que había empresarios que habían aumentado los precios para cubrirse ante un congelamiento que venían venir y obligaron a las empresas a bajar nuevamente los precios. No fue que los precios bajaron por menor demanda, más oferta o mayor productividad, sino que alguien se sentó con papel y lápiz y decidió qué precios se podía cobrar.

La baja de enero de 1974 se explica porque los aumentos de precios de los productos de importación y exportación que habían crecido el 86% y el 28% respectivamente, aumentos que se produjeron entre el segundo trimestre de 1973 y enero de 1974, determinaron que las empresas tuvieron que retrotraer precios sino se “justificaba su exacta incidencia” (recordar que la OPEP da marcha atrás a fines de 1973 con la reducción de la producción de petróleo y observar que en diciembre de 1973 el IPC se había disparado al 8,1% de aumento a pesar de tener congelados los precios). En otras palabras, por decisión burocrática se bajaron los precios en enero.

Para que el lector tenga una idea de lo enmarañado que era el control de precios, se estableció que por un tiempo las empresas no podías sacar nuevos productos, ni cambiar los envases o las cantidades que vendían. Había 23 comisiones que controlaba los precios, empresa por empresa. Para ellos había que analizar los costos de producción y luego fijar alguna tasa de rentabilidad que solo Dios sabe cómo la establecían. Pero mientras se entretenían con esta maraña de controles, ¿qué pasaba por el flanco fiscal? El gráfico 2 muestra que el déficit fiscal consolidado seguía aumentando.

Claro, al congelar las tarifas de los servicios públicos, las empresas estatales tenían pérdidas al igual que las empresas privadas, así que había que financiar esas pérdidas más el gasto público. Recordemos que el tipo de cambio era fijo, el mercado de cambios estaba regulado y los depósitos bancarios habían sido estatizados, por lo cual los bancos recibían los depósitos por cuenta y orden del BCRA. Los bancos eran simples sucursales del BCRA y recibían una comisión por las operaciones que realizaban en nombre de la autoridad monetaria.

La economía argentina estaba totalmente regulada al estilo soviético. Al respecto cabe recordar que Gelbard estaba afiliado al partido comunista, pero era un comunista con plata que cuando tuvo que exiliarse lo hizo en Estados Unidos y no en la Unión Soviética. Digamos que los progres argentinos como Cristina Fernández de Kirchner o José Ber Gelbard son de izquierda pero no fanáticos y cuando se trata de su plata, pueden ser los capitalistas más acérrimos.

Obviamente que con semejante déficit fiscal, la base monetaria tenía que aumentar, como puede verse en el gráfico previo y, por lo tanto, con tamaña expansión monetaria la inflación cero de Gelbard fue puro humo.

Semejantes distorsiones terminaron en la renuncia de José Ber Gelbard, a quién siguió Alfredo Gómez Morales que salió corriendo a los pocos meses viendo la herencia recibida y todo terminó en manos de Celestino Rodrigo que destapó la olla a presión e históricamente terminó pagando el costo del delirio de la inflación cero de Gelbard. A éste se lo recuerda como el héroe de la inflación cero y a Rodrigo por el rodrigazo que duró 2 meses en el cargo.

A Celestino Rodrigo le siguió Ernesto Corvalán Nanclares durante tres días, hasta que llegó Pedro Bonani que duró en el cargo menos de un mes. Luego volvió Ernesto Corvalán Nanclares durante 1 mes hasta que llegó Cafiero que estuvo 5 meses a quien reemplazó Emilio Mondelli durante un mes.

Desabastecimiento, inflación reprimida, estallido cambiario, tarifario y de precios y una economía agonizante en las puertas de la hiperinflación dejó la inflación cero de Gelbard, y lo que es más grave, congelamiento de los precios relativos que significa quitarle señales a la economía para establecer una eficiente asignación de recursos productivos.

Podría afirmarse que la famosa inflación cero de Gelbard fue el inicio de la aceleración de la decadencia argentina. Si hasta ese momento veníamos a los tumbos, a partir de la inflación cero de Gelbard perdimos por completo el rumbo, el cual seguimos sin encontrar.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Estafa inflacionaria y recetas cosméticas

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 15/4/19 en: https://www.cronista.com/columnistas/Estafa-inflacionaria-y-recetas-cosmeticas-20190414-0028.html

 

Estafa inflacionaria y recetas cosméticas

Lamentablemente no hemos aprendido nada. Seguimos a las andadas. Como el gobierno no puede resolver la estafa inflacionaria, se decide por aplicar recetas que disimulan transitoriamente el problema. Prefieren la cosmética. Como la parla de control de precios es a esta altura inconveniente dados los rotundos fracasos de esa política, se piensa que puede camuflarse con otras denominaciones, por ejemplo, con el fascista “acuerdo de precios y salarios” inaugurado por Mussolini y en nuestras latitudes continuado por gobiernos peronistas, imitados por casi todos los demás desde hace siete décadas y siempre con los mismos resultados bochornosos.

 

Sin embargo, es importante insistir que los precios no constituyen un simulacro o números que pueden manipularse en distintas direcciones según los deseos de políticos, empresarios o sindicalistas. Se trata de un mecanismo delicado de información de constante prueba y error al efecto de encontrar el nivel que hace oferta y demanda  iguales. No es un proceso estático sino eminentemente dinámico que no puede anticiparse puesto que es el resultado de valorizaciones cruzadas en las millones de transacciones diarias en el momento.

 

Sea a través del control directo de precios o vía el subterfugio del mencionado “acuerdo”, cuando esos indicadores se establecen a niveles inferiores a los estipulados en un proceso abierto de mercado, inexorablemente (desde Dioclesiano a la fecha) se suscitan cuatro efectos centrales, muy dañinos.

Primero, se expande la demanda. Segundo, en el instante inicial, por el hecho de que la demanda se incrementa no aparece una mayor oferta, por tanto se produce un faltante artificial. Tercero, los productores marginales -los menos eficientes- al reducirse su margen operativo desaparecen del mercado, con lo que se agudiza el referido faltante. Y cuarto, al alterarse los precios relativos y consecuentemente los diversos márgenes operativos, artificialmente surgen otros reglones como más atractivos y, por ende, se invierte en áreas que en verdad no son prioritarias, lo cual se traduce en derroche de capital que, a su vez afecta salarios e ingresos en términos reales.

Si en verdad se quiere disminuir la pobreza, lo peor es trastocar las únicas señales con que cuentan los participantes en el mercado a los efectos de guiar sus ocupaciones. Indicadores falseados indefectiblemente conducen al despilfarro y, consiguientemente a la contracción de salarios puesto que estos dependen exclusivamente de las tasas de capitalización.

No se gana nada con la cosmética en base a la idea de obtener algunos votos circunstanciales puesto que el problema se agudiza a la vuelta de la esquina.

Una vez más repetimos que el gasto estatal elefantiásico succiona recursos para financiarse a través de presiones tributarias exorbitantes y colosales deudas gubernamentales. Este no es el camino por más que momentáneamente pueda disfrazarse la situación con divisas producto de la  estacionalidad.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Los desheredados

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 21/6/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/los-desheredados/

 

Una antigua imagen, muchas veces reproducida, muestra a un modesto trabajador, ya de cierta edad, con una pancarta que dice: “Abajo el impuesto al pan”.

La causa liberal, estigmatizada en nuestro tiempo como injusta defensa de los privilegios de los ricos, es en realidad la causa de los pobres. Y el libre comercio no fue bandera de minorías sino de mayorías, y no fue de aristócratas sino de trabajadores y empresarios. La idea que subyacía a esta defensa popular es que nadie tiene derecho a quebrantar la propiedad privada y los contratos voluntarios de los ciudadanos.

El movimiento librecambista decimonónico, articulado en torno a la lucha contra el proteccionismo de las Leyes del Cereal inglesas, y de otras medidas proteccionistas en otros países de Europa, atrajo a multitudes, y suscitó apoyos entre políticos, intelectuales y medios de comunicación. Uno muy famoso, The Economist, nació en 1843 al calor de esos debates, y lo hizo específicamente para sostener el comercio libre. Muchos socialistas, por cierto, compartían la idea, porque comprendían que el mercado libre abarataba los bienes y mejoraba las condiciones de vida de los trabajadores.

Sin embargo, y como casi siempre, las ideas iban y venían mezcladas, y junto a las liberales se pegaron las antiliberales, entre ellas la consigna de que las personas no podían legar libremente sus bienes a sus descendientes, sino que eso debía impedirse mediante onerosos Impuestos de Sucesiones. Y así empezó una carrera que fue bastante previsible: cuando más subían esos impuestos, menos se recaudaba, porque las personas procuraban buscar otras vías para hacer algo que todos deseamos: dejar algo en herencia a nuestros hijos.

Finalmente, en varios países el gravamen fue suprimido. En España, algunas autonomías lo mantienen y otras no. Lo interesante, y lo que me ha hecho recordar el cuadro de No bread tax, es el reciente movimiento popular en nuestro país en contra de ese impuesto. Se han producido manifestaciones callejeras, recogida de firmas y otras movilizaciones, incluida la difusión en las redes sociales. Han sido muy destacadas en Aragón, Asturias y Andalucía, por ejemplo.

Los políticos reaccionarios de izquierdas y derechas se han visto sorprendidos, y han intentado justificar la usurpación con las falacias habituales de la “justicia”, como si los bienes legados no hubieran soportado fiscalidad alguna en el pasado, o con las mentiras usuales de que “sólo lo pagan unos pocos”, lo que es contradictorio con los muchos indignados.

Saludo a quienes protestan: tienen todo mi apoyo frente a los ruines y envidiosos enemigos del pueblo. Y evoco nostálgico a Ebenezer Elliott (1781-1849), un empresario y poeta inglés que contó con gran apoyo y simpatía en el movimiento obrero, que defendió el libre mercado y que dejó escrito: “Estaba el demonio despierto y sentado/barruntando cómo enviar más almas al infierno/cuando por fin dio un salto y exclamó/¡un impuesto al pan, eso es!/para empobrecer al rico, atracando al pobre/para hipotecar el prado, robando el brezal”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

La industria ya está grande, que compita sola

Por Iván Carrino. Publicado el 11/6/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2032231-la-industria-ya-esta-grande-que-compita-sola

 

Por ser el padre del liberalismo, muchos creen que Adam Smith defendía a capa y espada a los empresarios. Sin embargo, el lúcido pensador escocés advertía, ya en 1776, que “las personas de un mismo ramo comercial rara vez llegan a reunirse sin que la conversación termine en una conspiración contra el público, o en alguna maquinación para elevar los precios”.

Los empresarios no son ni buenos ni malos, pero como cualquier otro ser humano, están interesados en maximizar su bienestar individual. Si eso implica vulnerar los intereses de terceros, que así sea. De aquí la importancia que Smith, así como toda la tradición liberal posterior a él, le asignó a la competencia inherente a la economía de mercado.

En nuestro país, sin embargo, la advertencia de Smith sigue vigente. La opinión pública muestra una excesiva preocupación por el desempeño de la “industria nacional”. Esto es aprovechado por los industriales, para avanzar en una agenda intervencionista que genera beneficios para ellos, pero a costa de todos los demás.

Las alarmas encendidas por el desempeño de la manufactura son algo contradictorias. En 2014, cuando el sector se contrajo 4,9% (Indec), nadie ponía en duda el carácter industrialista del gobierno de Cristina Kirchner. En 2016, cuando la caída fue de 4,8%, el clamor contra la “desindustrialización” fue ensordecedor.

Hay que tener en cuenta es que la mirada sesgada proindustria no tiene mucho sentido hoy. En su momento se habló de países “industrializados” como sinónimo de “desarrollados”, pero hoy los países donde mejor se vive tienen un sector manufacturero inferior al 25% del PBI. Los servicios explican cerca del 70%. En EE.UU. la industria representaba el 29,4% del PBI en 1947 y hoy representa solo el 13,8%. En ese período, la riqueza de los estadounidenses se multiplicó por cuatro.

Lo relevante para que mejore la calidad de vida de la gente, no es el avance de un sector particular, sino de toda la producción. Y para ello no se necesitan “políticas activas” o proteccionismo, sino libertad económica. Es totalmente insignificante si lo que se produce son bienes materiales o servicios. Si la economía crece, la prosperidad aumenta y se reduce la pobreza.

La agenda de los industrialistas implica restringir el comercio, otorgar subsidios y privilegios especiales. Eso lo paga el consumidor, con precios más altos, y toda la economía, con una tasa menor de crecimiento. Si el Gobierno quiere cambiar en serio, tiene que abandonar por completo la idea de defender una industria nacional. La industria ya está grande. Que compita sola, como hacemos todos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

La función social de la riqueza

Por Adrián Ravier: Publicado el 12/4/16 en: https://www.cronista.com/columnistas/La-funcion-social-de-la-riqueza-20170411-0069.html

 

En esta nota quiero ofrecer un elogio de la riqueza, o más bien de los empresarios que supieron generarla, distinguiéndolos -por supuesto- de aquellos que se la ganaron de forma indebida, sea a través del robo o a través de privilegios de esa histórica sociedad Estado-Empresario, que siempre se construye a expensas del consumidor. Me refiero concretamente a la riqueza generada por aquellos emprendedores que nos hacen la vida más fácil, arriesgando capital, y apoyados sobre su creatividad, innovación y buen servicio al consumidor, que los elige diariamente comprando sus productos.

Y quiero elogiarlos, destacando la función social de la riqueza que supieron construir, criticando a quienes creen que estaríamos mejor si ese capital fuera socializado entre aquellos que lo necesitan. Podemos recordar al efecto el libro de Joseph Stiglitz, El precio de la desigualdad, quien señaló en su subtítulo que “el 1% de la sociedad tiene lo que el otro 99% necesita”. La conclusión parece obvia: Quitemos este capital a aquellos a quienes les sobra y repartámoslo entre aquellos a quienes les falta.

Thomas PIketty, autor de El capital en el Siglo XXI lo dice con mayor claridad: Repensemos los límites del mercado y del capitalismo y reformemos sus instituciones. Abandonemos la austeridad fiscal y gravemos más la herencia y la riqueza, concretamente con una tasa (confiscatoria e inconstitucional) del 80% para rentas que superen el millón de euros.

Este tipo de planteos son peligrosos porque pierden de vista la “función social” que cumple la riqueza que hoy está en poder del 1% más rico. Y es que muchos al pensar en los ricos tienen la imagen del egoísta Tío Rico Mac Pato, en su propia bodega, sentado sobre una gran montaña de oro, contando cada una de sus monedas. La riqueza de estos emprendedores, sin embargo, no está en ninguna bodega. Esa riqueza se encuentra siempre en acciones de muchas empresas, que a su vez convierten ese capital en factores de producción, en forma de grandes edificios, depósitos, campos, máquinas, medios de transporte y comunicación que se utilizan en la producción en masa de aquellas cosas que luego el consumidor demanda. Tomar las recomendaciones de Stiglitz o Piketty y expropiar esta riqueza de las manos de ese 1 % más rico, sería el fin de innumerables proyectos de inversión que hoy sostienen la producción, pero que además generan millones de puestos de trabajo. Es cierto, asignar ese dinero a manos de los más necesitados, les ayudará a sortear un mejor presente, pero simultáneamente se perderán millones de puestos de trabajo que generarán nuevos necesitados.

El análisis económico nos muestra que en efecto, en el corto plazo, re-dirigir esos recursos tendrá como consecuencia un mayor consumo presente, pero instantáneamente colapsará la inversión, y al tiempo se expandirá la escasez de los bienes de consumo más básicos, lo que elevará sus precios, y con ello la pobreza y la indigencia. En el corto plazo, habrá cierto alivio, pero en el largo plazo, una vez redistribuido y consumido ese capital, habremos duplicado el número de necesitados.

Claro que los marxistas se frotan las manos ante este tipo de medidas, porque harían colapsar al capitalismo y la economía de mercado, y con ello sobrevendrá el socialismo. Pero entonces lo único que se podrá repartir es la miseria, y la calidad de vida que conocemos en el siglo XXI habrá desaparecido, hasta que decidamos reconstruirla.

No ignoro que este sistema capitalista no es perfecto y que mucha gente sufre importantes carencias de bienes y servicios básicos. Pero el sistema que tenemos viene expandiendo en los últimos 200 años el acceso a bienes y servicios, reduciendo la pobreza y la indigencia, y contribuyendo a tener una mejor calidad de vida. Esos beneficios -siempre parciales- se los debemos a estos hombres creativos, los emprendedores, quienes arriesgando capital piensan todos los días cómo satisfacer las necesidades del consumidor, lo cual es premiado con mayores beneficios y riqueza. Como dijo el famoso economista americano George Reisman en uno de sus últimos libros “este 1 % provee el standard de vida del otro 99%”.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

La industria manufacturera norteamericana ya ha reaccionado, no necesita el proteccionismo de Donald Trump

Por Martín Krause. Publicada el 28/1/17 en: http://bazar.ufm.edu/la-industria-manufacturera-norteamericana-ya-ha-reaccionado-no-necesita-proteccionismo-donald-trump/

 

Con la llegada de Donald Trump, políticos populistas de toda la región han encontrado un nuevo punto de apoyo para sus ideas, que ya no serían estupideces tercermundistas sino que son corroboradas por el centro del poder mundial, y además de la mano de un empresario.

Los empresarios, como Trump, tienden a pensar en los países como si fueran empresas, entonces les encanta eso de delinear una “estrategia” para el país, una que defina hacía dónde tiene que ir. En este sentido, muchos empresarios argentinos ven ahora con beneplácito que se ponga de moda la idea de que proteger a ciertos sectores sea parte de una estrategia “nacional”. Los argumentos pueden ser más directos o más sofisticados, pero sus fundamentos son débiles, sino erróneos.

Tomemos el caso de una columna titulada “La industria manufacturera se perfila como la garante del empleo”, publicada en La Nación (http://www.lanacion.com.ar/1979712-la-industria-manufacturera-se-perfila-como-la-garante-del-empleo) , autoría de Teddy Karagozian, presidente de TN&Platex. El artículo comienza con una frase poco feliz, será una metáfora: “el mundo está en guerra por los mercados de trabajo”. Como parte de esto, el fenómeno de Trump sería el inicio de la reversión del proceso de deslocalización de puestos de trabajo que se generara como resultado de lo que ahora llamamos ‘globalización’.

Comenta el autor: “Sobre estos fenómenos se fundamenta la decisión del gobierno de Trump para que la manufactura vuelva al territorio estadounidense pues, en algún lugar, deben fabricarse los bienes analógicos, los televisores, las computadoras, las prendas, los autos y todos estos bienes no pueden ser reemplazados por electrones ya que son bienes corpóreos, físicos. Es cierto que se harán con menos personal, pero seguirán requiriendo mucho trabajo humano para su elaboración.”

Ahora bien, ¿se justifica la política proteccionista de Trump ante tal escenario? Según el artículo, supuestamente sí. Pero, en verdad, el mismo artículo contiene la respuesta contraria:

“La realidad es que Estados Unidos en los años 70, luego de la crisis del petróleo, decidió tercerizar la producción de bienes porque no tenía energía suficiente como para consumir y producir, y era prisionero de los países árabes. Al tiempo, comenzaban los primeros indicios de protección ambiental; no existía el uso de energías alternativas al nivel de hoy y el costo del capital era muy alto. Tampoco el mundo estaba saturado de dólares.

Hoy son autosuficientes en energía, la tecnología robótica permite una alta productividad del personal, el costo del dinero es y va a seguir siendo bajo y los costos de distribución han bajado de modo significativo. Además, existe la tecnología para contaminar menos y el just in time (hoy “Revolución industrial 4.0”) requiere stocks de intervención bajos y cercanos al consumidor para que los cambios de diseño sean cada vez mas rápidos en un mercado que pide novedades inmediatas.”

Este segundo párrafo nos indica que la economía norteamericana ya habría realizado los cambios necesarios para volver a ser competitiva a nivel mundial. De hecho, un informe de Boston Consulting Group: “The shifting economics of global manufacturing”, (https://www.bcgperspectives.com/content/articles/lean_manufacturing_globalization_shifting_economics_global_manufacturing/) muestra que, tomando en cuenta la productividad, los costos industriales en los Estados Unidos no están tan lejos de los de China.

Entonces, ¿para qué sirven las políticas proteccionistas de Trump? Pues para debilitar la presión competitiva que hizo que se produjeran estos cambios en primer lugar. Desde ya que el proteccionismo perjudica a los consumidores, pero, por más que parezca un beneficio inmediato para los productores, a la larga, y como tenemos ya mucha experiencia por estas regiones, los vuelve menos eficientes y menos competitivos. Todos pierden.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

El adiós a la heterodoxia inflacionista

Por Iván Carrino. Publicado el 26/9/16 en: http://www.ivancarrino.com/el-adios-a-la-heterodoxia-inflacionista/

 

Por años nos dijeron que la inflación era culpa de los empresarios. Hoy, con los mismos empresarios, la inflación está bajando. Es la política monetaria y el fin de la heterodoxia.

Los bancos centrales no son los mejores amigos de la gente común. Desde su aparición y proliferación a lo largo del globo, han sido los principales responsables de la destrucción de las monedas que emiten.

Es que los bancos centrales, por décadas, han sido los mejores amigos de los gobiernos. Y cuando un mejor amigo se queda sin plata, ahí está uno para prestarle. El problema, claro, es que cuando el único autorizado legalmente para emitir dinero, le “presta” al gobierno ese nuevo dinero, eso hace que su poder adquisitivo caiga. La inflación es lo que sigue, y luego la crisis y el empobrecimiento generalizado.

Esto sucedió en los Estados Unidos, nada menos que el país de referencia para muchos en materia de disciplina monetaria. Desde la creación de la Reserva Federal, el poder adquisitivo del dólar estadounidense se desplomó más de 90%. Por otro lado, el oro, que en 1915 estaba fijo en US$ 20 la onza, hoy cotiza cerca de los U$S 1.300.

Si miramos el “track record” de nuestra autoridad monetaria, la historia es mucho más lamentable. Cinco signos monetarios destruidos, dos hiperinflaciones, y numerosos controles del tipo de cambio que terminaron con estallidos y megadevaluaciones.

Como puede verse, lo que la historia tiene para ofrecernos es una relación directa entre la operación de los bancos centrales y la aparición de la inflación. Se desprende de esto la famosa frase de Milton Friedman, acerca de que la inflación es, en todo momento y en todo lugar, un fenómeno monetario. Y se desprende también que, si bien son los bancos emisores los responsables de la inflación, también son los únicos capaces de bajarla (a menos que decidamos cerrarlos).

Sin embargo, a pesar de esta numerosa evidencia empírica sustentada por siglos de teoría económica, en nuestro país muchos se resisten a entender.

Por los últimos doce años el país ha vivido un furioso proceso inflacionario, en donde el ritmo de aumento de precios pasó del 3,7% anual en 2003, al 38,5% en 2014. A fin de este año, probablemente también veamos una inflación cercana al 40%.

Por años, la explicación oficial pasó por dos vertientes muy claras. La primera, que “un poco de inflación es buena” y que si queremos crecer, tenemos que bancarnos hacerlo con precios que suben. Es la clásica explicación keynesiana de la demanda agregada. Si crece la demanda, crecerá la producción pero subirán los precios.

A la luz de los datos, esta teoría quedó obsoleta. De 2011 a 2015, los precios treparon 183%. Sin embargo, el PBI creció solo 0,3% anual, reduciéndose en términos per cápita.

La segunda explicación es que la inflación había que bajarla de manera “heterodoxa”, con políticas de ingresos y subsidios a la oferta. Es decir, con controles de precios, aumentos de salarios para incentivar el consumo, y créditos subsidiados para que las PYME produzcan más. Todas políticas contrarias al objetivo deseado, porque los controles de precios destruyen la producción, mientras que el crédito barato, al exigir subsidios que generan déficit, estimula la inflación.

La heterodoxia estaba tan orgullosa de su teoría que cuando el Banco Central de la República Argentina decidió emprender una política monetaria dura subiendo la tasa de interés y reduciendo la cantidad de dinero en circulación, se rió de él (véase aquí y aquí). Al mirar cómo los precios subían producto de la salida del cepo y el ajuste de tarifas (todo producto de la inflación reprimida por los controles); los heterodoxos afirmaron que la ortodoxia monetaria no había sido exitosa en detener la caída del poder de compra del peso.

Lamentablemente para ellos, está quedando claro que esto es falso. Si bien 2016 va a ser un año de un fuerte aumento en el IPC producto del acomodamiento de precios relativos; las proyecciones para 2017 muestran un contundente freno a la caída del poder adquisitivo. El gobierno prevé que los precios treparán 17% el año que viene, pero incluso errando por tres puntos el pronóstico (un dato más cercano a las proyecciones privadas), estaremos frente a la inflación más baja en 7 años.

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Recientemente en el BCRA disertaron los presidentes de los bancos centrales de Chile e Israel, dos países donde la inflación cayó desde niveles estratosféricos y hace al menos diez años que gozan de inflación baja. La receta no fue el control de precios, sino la más ortodoxa estrategia de las metas de inflación y el tipo de cambio flexible.

La inflación en Argentina está bajando. Y eso es gracias a la política monetaria. Si se consolida este camino, y no ingresamos en una nueva fiesta de endeudamiento para financiar el déficit, habrá dos motivos para festejar. El primero, es que las condiciones para el crecimiento económico crecerán considerablemente. La segunda, que será cada vez más difícil que regrese al poder la heterodoxia inflacionaria, que tanto daño le ha hecho al desarrollo económico y social de nuestro país.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.