La estafa de la jubilación estatal de reparto

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 18/10/17 en:

 

Sería hipócrita no reconocer que el sistema de reparto es inviable. Esto lo saben hasta los políticos menos preparados, pero es políticamente correcto decir que hay que estudiar la forma de arreglar el problema

En Argentina y en el mundo, los sistemas estatales de jubilación de reparto están quebrados. Las razones son varias, pero fundamentalmente porque gracias a los avances de la medicina la gente vive más años, esto quiere decir que aumentó el stock de jubilados y la relación entre los que aportan al sistema previsional y los que están jubilados no alcanza para pagar jubilaciones del 82% móvil como demagógicamente dicen muchos políticos.

Cuánto vaya a cobrar un jubilado depende de varios factores: 1) la cantidad de personas en actividad que aportan al sistema previsional, 2) el salario real de esas personas y 3) el porcentaje de impuestos que sobre sus salarios pagan las empresas y los aportantes.

Para que el sistema pueda funcionar razonablemente bien, en principio debe haber 4 aportantes en actividad por cada jubilado. En Argentina tenemos 6,8 millones de jubilados y pensionados y 9,4 millones de empleados en relación de dependencia, entre empleados públicos y privados. Es decir, que tenemos una relación de 1,4 aportantes por cada jubilado. Suponiendo que sumamos también a los autónomos, monotributistas, monotributistas sociales y asalariados de casas particulares, tenemos 12,2 millones de aportantes lo que da 1,8 aportantes por cada jubilado. Es un cálculo medio trucho porque los aportes de los monotribustas y monotributistas sociales son monedas. Si aún nos esforzamos más e imaginamos que los 5 millones de personas que trabajan en negro pasan a trabajar en blanco, vamos a tener 17,2 millones de aportantes y 6,8 millones de jubilados, la relación será 2,5 aportantes por cada jubilado. Ni haciendo las cuentas más estrafalarias llegamos a la relación de 4 aportantes por cada jubilado.

¿Puede solucionarse el problema incrementando los aportes y contribuciones al sistema? Mi visión es que si se aumentaran los aportes y contribuciones crecería el trabajo en negro y la tasa de desocupación. Si con estos costos salariales las empresas no quieren tomar más gente, subirlo implicaría espantar más el trabajo en blanco. Hoy las erogaciones en jubilaciones y pensiones representan, aproximadamente, el 33% del gasto corriente de estado nacional. ¿Cuánto más puede aumentar ese porcentaje del gasto total? Y suponiendo que así fuera, el nivel de gasto público seguiría siendo asfixiante para el sector privado.

Sería hipócrita no reconocer que el sistema de reparto es inviable. Esto lo saben hasta los políticos menos preparados, pero es políticamente correcto decir que hay que estudiar la forma de arreglar el problema. Es como si quisieran hacer una multiplicación de los panes.

Antes de continuar es importante destacar un punto que la mayoría de los actuales jubilados no lo entienden. Suelen decir los jubilados: yo aporte toda mi vida al sistema previsional. Esa plata es mía y me corresponde.

El gran error, que ni los políticos se animan a aclarar, es que en un sistema de reparto no hay aportes que se contabilizan a una determinada persona. El sistema de reparto no es un sistema de ahorro. Cuando un jubilado dice que aportó toda su vida al sistema previsional no sabe que en rigor estuvo pagando un impuesto durante muchos años para sostener a los que estaban jubilados en ese momento y que ahora él no vive de lo que ahorró durante años porque no hubo ahorro, vive de los impuestos a la nómina salarial de los que están en actividad. El sistema de reparto es tan simple como eso. Unos pagan impuestos para mantener a los que están retirados y así generación tras generación.

En definitiva, la jubilación de reparto nace y se mantiene porque vienen los políticos y le dicen a la gente: Uds. son imprevisores, incapaces y no están capacitados para prever su vejez, de manera que nosotros, seres iluminados superiores al resto de la sociedad, nos vamos a hacer cargo de su jubilación para que cuando llegue el momento de retiro tenga un ingreso digno del cual vivir.

El resultado está a la vista, jubilados con ingresos miserables y más de un político con muy buenas condiciones de vida.

¿Cómo se jubilaba la gente antes que apareciera el político “iluminado? Comprando propiedades y cuando se retiraban vivían de los alquileres que le daban esas propiedades. La gente podría comprar cocheras, departamentos o locales comerciales para alquilar y vivir de esos ingresos cuando se retirara. Y esas propiedades podría comprarlas aquí o en el exterior si considera más seguro otro país para hundir sus ahorros y cobrar al momento de su retiro.

Es posible que el sistema de las AFJP no sea el óptimo, de todas maneras cabe resaltar que el Fondo de Garantía de Sustentabilidad que está compuesto por los ahorros que teníamos en las AFJP y el estado nos confiscó, suman actualmente unos U$S 60.000 millones. En Chile, donde mataron el sistema de reparto y quedaron funcionando las AFP, manejan un stock de ahorro de largo plazo de U$S 186.000 millones. En Chile tienen un stock de ahorro de largo plazo 3 veces mayor al que tiene el FGS aquí. Esta monumental diferencia explica por qué a los jóvenes argentinos les cuesta poder acceder a una vivienda y en Chile solo tienen que ocuparse de encontrar el departamento que más les agrade. El crédito abunda porque han logrado acumular una enorme masa de ahorro de largo plazo que permite financiar hipotecas y todo tipo de préstamos, sobre todo para que las empresas puedan invertir.

Con este sistema de reparto tenemos la certeza que es imposible que matemáticamente los jubilados puedan cobrar el 82% móvil. Lo máximo que puede lograrse es que si se captan inversiones y mejora la productividad de la economía y disminuye la desocupación, mejoren los ingresos del sistema previsional y los jubilados actuales puedan tener un mayor ingreso, de todas maneras todo ese proceso lleva tiempo.

Lo máximo que se puede lograr es mejorar algo el ingreso de los jubilados actuales flexibilizando el mercado laboral para atraer inversiones y reducir el trabajo en negro, e ir pensando la manera de no someter a las futuras generaciones a este descarada humillación que es el sistema de reparto.

Dicho de otra manera, ¿Ud. le confiaría sus ahorros para cuando se jubile a Boudou, De Vido, Jaime, Moreno o CF? ¿No? Bueno, el sistema de reparto tiene ese riesgo.

Seguir dejando en manos de los políticos nuestra jubilación, es mínimamente demencial.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Ganancias: autónomos, el último orejón del tarro

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 25/12/16 en: http://economiaparatodos.net/ganancias-autonomos-el-ultimo-orejon-del-tarro/

 

Los autónomos somos el último orejón del tarro por la sencilla razón que no tenemos ningún dirigente sindical que nos represente

 

La entrega en capítulos para modificar el mínimo no imponible de ganancias y las escalas, estuvo concentrada solo en los empleados en relación de dependencia. Algo se habló de los monotributistas, pero los autónomos somos algo así como una casta inferior en el sistema tributario argentino. Tampoco se debatió el ajuste por inflación de los balances de las empresas para aplicar el impuesto a las ganancias. Tanto autónomos como las empresas pagamos un impuesto a las ganancias sobre utilidades inexistentes. Son solo aumentos de precios.

El caso de autónomos muestra el disparate sobre cómo se legisla impositivamente en Argentina. Tomo mi caso como ejemplo que también vale para abogados, médicos, etc.

Yo soy responsable inscripto. Ahora bien, emito facturas por asesoramiento y cuando tengo que liquidar ganancias tengo que deducir los costos de producción. En la mentalidad retrograda que impera en argentina costo de producción es solo algo material, los costos inmateriales no son considerados costos de producción.

Por ejemplo, si yo produjera chorizos, podría deducir del precio de venta el costo de la carne, el hilo, la tripa, etc. ¿Por qué? Porque el limitado tributarista que legisla puede ver el objeto que se está deduciendo del costo de producción. Puede ver el hilo, puede ver la tripa, etc. y por lo tanto entiende que ese es parte del costo de producción que hay que deducirlo del precio para determinar la ganancia.

Ahora, tomemos el caso de un economista que tiene que explicar la situación económica. Mis colegas saben muy bien que para hacer una presentación de una hora y media hay que leer nuevos papers, leer información nueva, buscar datos, cotejar la consistencia de los mismos. Relacionar las variables, etc. O sea, no es que los economistas nos paramos frente al auditorio y nos ponemos a hablar lo primero que se nos pasa por la cabeza (algunos lo hacen). Un trabajo serio requiere de un esfuerzo de búsqueda y elaboración de información, además de estudiar nuevos ensayos. Esto último sería parte del costo de producción o también podría ser considerado como si uno comprara un nuevo stock de capital.

Pero resulta que el tributarista no entiende que para hacer una presentación sobre la situación económica hay todo un costo de producción intangible que es el mencionado: buscar datos, procesarlos, relacionarlos con otros datos, leer información, papers, etc. Puesto en otra forma, el costo de producción del economista no es solamente el costo del cartucho de la impresora y el papel. El costo de producción es ese intangible que los tributaristas, como no lo ven, para ellos no existen. Al no considerarlo, el impuesto a las ganancias termina transformándose en un impuesto a los ingresos brutos, en mi caso es un impuesto del 35% a los ingresos brutos porque no puedo deducir casi nada como costo de producción.

Es más, en los profesionales nuestro físico tiene una determinada resistencia. A lo largo de los años se va desgastando y por lo tanto, siendo que nuestro físico es parte de nuestro stock de capital como profesionales, debería tener algún tipo de amortización. Lo digo muy seriamente. El resto físico que se tiene cuando uno está en los 35 años es muy diferente al que uno tiene cuando está en los 70 años.

Todas estas locuras impositivas responden a un estado que hace del aumento del gasto público su instrumento fundamental para captar votos. Para eso necesita tener recursos de los contribuyentes a como dé lugar y ese a como dé lugar significa establecer normas tributarias que van violando los derechos individuales. Documentación a la que el ente recaudador debería poder acceder por orden judicial y con causa fundada es requerida por funcionarios de recaudación impositiva violando el artículo 18 de la Constitución Nacional que establece que: “El domicilio es inviolable, como también la correspondencia epistolar y los papeles privados”. En castellano básico, el ente recaudador viola la Constitución cuando exige ver papeles privados. Qué le facturo a un cliente, por qué le facturo, cómo me lo paga, son cuestiones de los particulares que el estado no puede meterse sin causa fundada. Sin embargo en Argentina aceptamos como normal esta violación como si fuese normal que el estado pueda usar el monopolio de la fuerza para violar los derechos.

Asistimos, entonces, a un doble problema con el sistema fiscal. Por un lado es confiscatorio porque aplica tasas sobre utilidades inexistentes. Por otro lado es violatorio de los derechos individuales.

En todo el debate sobre ganancias, nunca no se consideraron los derechos individuales, sino que todo se limitó a ver hasta dónde se puede desplumar a la gallina (el contribuyente) sin que la gallina cacaree y a qué sector desplumar sin perder votos.

El problema de ganancias ha adquirido dimensiones que nunca se habían alcanzado en Argentina porque el gasto público no había llegado a los niveles que llegó con el kirchnerismo. Fue tal el despilfarro del gasto público que hubo que incrementar la carga fiscal hasta niveles asfixiantes. Y para poder recaudar esa asfixiante carga tributaria necesitan violar los derechos individuales.

Por otro lado, mucho se ha insistido con que el salario no es ganancia. Falso. El salario es el ingreso que tiene una persona por vender su trabajo. A ese ingreso se le deben descontar los gastos de producción y se llega a la ganancia de la persona en relación de dependencia. Desde el punto de vista económico el salario es el ingreso que recibe una persona por vender su trabajo, de la misma forma que el ingreso de un autónomo es lo que factura por vender sus servicios. Luego habrá que descontar los costos de producción y llegar a la ganancia sobre la que debería tributarse.

En síntesis, dentro de este disparatado sistema tributario, los autónomos somos el último orejón del tarro por la sencilla razón que no tenemos ningún dirigente sindical que nos represente. En Argentina no rige el principio de igualdad ante la ley, sino quién tiene mayor poder de extorsión política.

En definitiva, en nombre de la solidaridad social se castiga a los innovadores y a los que más ganan haciendo aquello que beneficia a sus semejantes, en tanto que los que tienen mayor presión de lobby y de extorsión política terminan siendo más iguales ante la ley que el resto de los ciudadanos, por eso somos un país decadente, porque se castiga al innovador, al que se esfuerza y al emprendedor y se beneficia al que quiere vivir a costa del trabajo ajeno.

En el listado, los autónomos somos los que salimos peor parados.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE