Argentina: quiero ver el plan económico

Por Gustavo Lazzari. Publicado el 6/4/16 en: http://www.libremente.org/argentina-quiero-ver-el-plan-economico/

 

Desde la asunción el 10 de Diciembre de 2015 el gobierno se dedicó con absoluta razón y sin ninguna otra alternativa a sacar la basura debajo de la alfombra y ponerla sobre la mesa. Situación desagradable si las habrá. Inevitable y mal explicada. La proliferación de tarifazos, aumentos en naftas, transportes, energía, tipo de cambio, y las consecuentes remarcaciones de precios no es un plan económico. Es un intento desesperado de ordenar la casa.

La actual administración encontró una casa desordenada, inconsistente, con riesgo de venirse definitivamente a pique y con sendos rastros de haber sido saqueada. Una casa derrumbada por décadas, con las mismas miserias de la década anterior, que a su vez venían de otras décadas. Una casa en decadencia.

La primera función ante semejante desastre es poner las cosas en orden. Limpiar alguna que otra mugre (corrupción) y poner las cosas en su lugar. A eso se lo llama recomposición de precios relativos. Poner las cosas en orden o lo que es lo mismo recomponer los precios relativos en modo alguno no es agradable ni placentero. Tampoco constituye un plan económico en sí mismo sino el reconocimiento de un desastre anterior. Los tarifazos son claramente hijos de la herencia. Una herencia delirante donde el principal default fue conceptual.

Durante doce años un grupo de funcionarios y políticos nos hizo creer (y lucró con ello) que la gratuidad era una opción posible. Que no pagar los servicios, ni los transportes, ni la energía era una panacea nacional y popular. Y que para financiarlo era posible extraer recursos de algún sector castigado, de la emisión, de la deuda oculta o de alguna confiscación socialmente aceptada.

Este delirio alguna vez iba a terminar. Necesariamente iba a venir alguien a poner las cosas en su lugar, con todo el costo que ello significa. El ajuste es por demás doloroso. Obliga a cada familia a revisar sus presupuestos, ajustar los gastos, posponer decisiones de consumo y ahorro, etc. Las familias están pagando plenamente el precio de la fiesta. Una fiesta que en parte disfrutaron (la gratuidad de los servicios, en especial en Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en el Área Metropolitana de Buenos Aires) y en parte no. Algunos se beneficiaron más que otros. Algunos llegaron a pesar el dinero.

Ahora viene el plan. Con los precios relativos puestos en realidad y toda la basura sobre la mesa y la decisión política de arreglar la casa lo que necesitamos ver es el plan económico de la nueva administración. ¿Cómo pensamos disminuir la pobreza? ¿Con más asignaciones y distribución del ingreso o con mejores oportunidades laborales y creación de riqueza? ¿Cómo vamos a solucionar los problemas habitacionales? ¿Con planes de gobierno tipo Procrear o con millones de créditos hipotecarios ofrecidos por bancos privados a tasas internacionales y largo plazo? ¿Qué tipo de estado queremos? ¿Un estado proveedor de funciones básicas o un paternalismo chamuyero que miente más de lo que soluciona?

¿Qué impuestos vamos a cobrarle a la sociedad? ¿Vamos a insistir con los tributos actuales esquilmando a la población? ¿O vamos a un esquema tributario más bajo respetando el esfuerzo de los contribuyentes? Y por último, ¿quién va a seguir pagando la fiesta (pasada y presente)? ¿Seguirá siendo la sociedad o alguna vez pagarán los que hicieron del estado un auténtico botín?

De estas definiciones, del verdadero plan que pronto debería conocerse, depende que los actuales aumentos de precios, tarifas y tipo de cambio sean “de una vez y para siempre” y no el inicio de una carrera con final conocido.

 

Gustavo Lazzari es Licenciado en Economía, (UCA), Fue Director de Políticas Públicas de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre, y fue investigador del Proyecto de Políticas Públicas de ESEADE entre 1991-92, y profesor de Principios de Economía de 1993 a 1998 y en 2002. Es empresario.

Cómo desactivar la bomba fiscal que nos hereda el populismo

Por Pablo Guido. Publicado el 29/12/15 en: http://www.rionegro.com.ar/diario/como-desactivar-la-bomba-fiscal-que-nos-hereda-el-populismo-8034593-9539-nota.aspx

 

El nuevo gobierno asume en una situación delicada en materia económica: 1) nueve años consecutivos con alta inflación (25%); 2) retraso enorme de las tarifas de servicios públicos; 3) colapso del comercio exterior; 4) pobreza que ronda el 30% de la población, y 5) un ingreso por habitante en retroceso desde el 2012.

Sin embargo, hay un problema que se ha minimizado: la “bomba” fiscal que ha construido el gobierno saliente. El gasto público tuvo un nivel histórico del 30% del PBI en las últimas cuatro décadas. Dado que la carga tributaria históricamente se ubicó por debajo de aquel nivel, los gobiernos tuvieron que recurrir a fuentes de financiamiento complementarias: la emisión y el endeudamiento. Así es que terminamos en 1989 con la hiperinflación y en el 2001 con el default. En los últimos doce años el gasto ha llegado al récord del 48% del PBI. Este proceso ha llevado a su vez a otro récord: la presión tributaria es una de las más elevadas del planeta: 40% del PBI. ¿Es sostenible un nivel de carga tributaria como el actual?

Según datos de la OCDE y el FMI, los países desarrollados que enfrentan un nivel de presión tributaria similar al nuestro tienen un ingreso per cápita bastante mayor. Países como España, Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda o Israel tienen un ingreso promedio un 50% mayor que el de la Argentina (u$s 33.000 vs. u$s 22.500, en términos de PPA).

¿Y cuál es el problema?, preguntarán algunos. Básicamente es que la presión tributaria que hay que pagar en nuestro país no es compatible con nuestro nivel de ingresos. Entonces, o suben nuestros ingresos un 50% o baja la presión tributaria unos 10 puntos porcentuales del PBI. Para subir los ingresos de la población tiene que generarse un “tsunami” de inversiones para poder incrementar la productividad y los salarios. Este proceso lleva tiempo. Pero la paradoja es que uno de los factores que retrasaría aquella “ola” de inversiones es el altísimo nivel de carga tributaria que enfrentan las empresas residentes en el país. Las que operan en el sector formal soportan una carga tributaria efectiva mayor al 60% de sus ingresos. No habría que esperar un “tsunami” de inversiones con este escenario. Vendrán, pero no las necesarias para crecer anualmente al 6% durante dos décadas y, así, alcanzar un ingreso como el de España o Nueva Zelanda. La otra estrategia para hacer sostenible el nivel de ingresos con una carga tributaria pagable es reducir esta última. ¿Cuál es el problema de disminuir la presión tributaria? Que el gasto se ubica casi en el 50% del PBI y tiene que ser financiado por tributos para no terminar emitiendo o endeudándose exageradamente como lo hicimos durante las décadas del 80 y 90.

No queda otra que bajar el gasto en términos del PBI. ¿Por dónde empezar? La respuesta sería motivo de otro artículo. Lo importante es comprender que un mayor gasto público implica siempre un nivel de presión tributaria más grande. “No hay magia”. Porque toda suba del gasto estatal confluye en más impuestos, siempre. Sea que emitamos dinero o que nos endeudemos. El nivel de gasto actual es incompatible con el nivel de ingresos de nuestros habitantes, porque el gasto se financia siempre con impuestos y este nivel de presión tributaria no puede ser pagado con los ingresos que hoy tienen los contribuyentes.

En otras palabras, para alcanzar los niveles de ingresos de los países desarrollados no se puede tener una carga tributaria como la actual. Por lo tanto, la salida eficiente es realizar una reforma del sector público seleccionando cuáles son las funciones que debe realizar el Estado y cuánto dinero asignar a las mismas con una presión tributaria pagable. No se pueden buscar “atajos” sustituyendo una rebaja tributaria mediante una política crónica de endeudamiento o emisión monetaria. La historia nos muestra que estos sustitutos de las reformas terminan en crisis fiscales que se “llevan puesta” la economía.

 

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina).Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.

Ahora que se van las retenciones, Amilcare Pulviani (1854-1907) ayuda a explicar porqué existían

Por Martín Krause. Publicado el 15/12/15 en: http://bazar.ufm.edu/ahora-que-se-van-las-retenciones-amilcare-pulviani-1854-1907-ayuda-a-explicar-porque-existian/

 

Las “retenciones”, para los lectores de otros países que desconocen a qué se refiere esa palabra, son impuestos a ciertas exportaciones, que se aplican sobre el precio FOB de un producto en el momento en que se exporta. En Argentina, hay una serie de ‘retenciones’, aplicadas principalmente a productos de origen agropecuario y otros, a distintas tasas, siendo la más alta, la del 35% a las exportaciones de soja. Ahora, ésta será reducida al 30% y todas las demás eliminadas.

Poco hay que explicar a los lectores el daño que ha ocasionado este impuesto a la producción. Pero veamos aquí alguna explicación acerca de porqué suelen aplicarse impuestos como éste, o similares. Para ello recurriremos a un clásico italiano, pero muy poco conocido: Amilcare Puviani (1854-1907). Si alguien lo conoce es por la teoría de la “ilusión fiscal”, que dice que cuando los impuestos no son totalmente transparentes o no están claramente a la vista de los contribuyentes, el costo del gobierno es menos evidente para ellos y los lleva a demandar más gasto. Puviani se planteó la pregunta: ‘¿si un gobierno quisiera esquilmar al máximo a su población, qué haría? Y presentó once estrategias, casi todas aplicadas por nuestros gobiernos, pero veamos de qué forma se relacionan algunas de ellas con las retenciones:

1.       Mejor impuestos indirectos que directos, así el impuesto está escondido en el precio de los productos: y la retención es más que escondida para el consumidor común, mucho más que el IVA. Quienes imponen las retenciones argumentan que contribuyen a reducir el precio interno del bien exportado (ya que el comprador local compite con el comprador extranjero, y solamente debe ofrecer al productor local el precio internacional menos el impuesto). Pero la retención reduce la oferta y, con el tiempo, eleva los  precios. El consumidor no nota ese supuesto efecto ‘reducción’ y en un contexto inflacionario no puede saber si el precio aumentó menos gracias a la existencia de ese impuesto. Tampoco puede evaluar cuánto más termina pagando por una oferta más reducida.

2.       Impuestos que explotan el conflicto social ya que se aplican a grupos con poco peso político: y en el caso argentino, el gobierno tuvo una visión ‘antigua’ de la producción agropecuaria. Este fue el gran error político del gobierno saliente. Pensó que aplicaba un impuesto a los “ricos” hacendados y estancieros y no se dio cuenta que el campo moderno involucra a toda una cadena de producción de la cual participan cientos de miles de personas, grandes y pequeños. No es de extrañar que perdiera la elección principalmente en toda la zona central agropecuaria.

3.       Impuestos ‘temporales’: que nunca se reducen luego que la crisis pasó. Típicamente, en este caso, las retenciones se impusieron como resultado de la gran crisis y devaluación del 2002, pero se mantuvieron desde entonces pese a que esa crisis había quedado atrás. Curiosamente, ahora que no pagarán retenciones, los productores deberán pagar Ganancias, otro impuesto ‘temporal’, creado en la crisis de los años 1930.

4.       Amenaza de colapso social e imposibilidad de prestar servicios públicos si el impuesto se reduce: era el argumento por el cual se mantuvieron las retenciones en un contexto en que el gasto público no dejaba de crecer.

5.       Recaudación en pequeños pagos, no, por ejemplo, un pago total anual: y en el caso de las retenciones el productor ni siquiera tiene que hacer la gestión de pagarlo, ya que está deducido del precio que recibe del exportador. Estos son los que pagan al exportar, pero son bien pocos, y es muy fácil controlarlos.

Las otras estrategias comentadas por Pulviani son bien conocidas: financiar el gasto con emisión y la consiguiente inflación, endeudamiento que se paga con impuestos futuros; alta complejidad del presupuesto, cosa que nadie entienda mucho en qué se está gastando; uso de categorías de gasto muy generales, como ‘educación’ o ‘seguridad’, donde no puede verse con precisión en qué se gasta específicamente.

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Sale 2014, entra 2015, un resumen del año:

Por Iván Carrino. Publicado el 24/12/14 en:  http://www.ivancarrino.com/sale-2014-entra-2015-un-resumen-del-ano/

 

2014 empezó con el gobierno reconociendo que su estrategia para “cuidar las reservas” y “evitar una devaluación” había sido un rotundo fracaso.

Además, la discusión sobre si la inflación era culpa de la emisión o de los empresarios malvados también estuvo presente. Claramente, los empresarios no tienen la culpa y, si ganan mucha plata, ¡mucho mejor!

A pésar del discurso del gobierno, el Banco Central comenzó una política agresiva de absorción de pesos mediante colocación de deuda. Una política que, sin reducción del gasto público, no puede hacer nada por sí sola. Sin embargo, incluso en el hipotético caso que el gasto excesivo se corrigiera, ese no sería el fin de nuestros problemas.

Otro tema, siempre relevante, fue el estado de la educación, que no sufre por la carencia de fondos, sino por los malos incentivos.

En julio entramos en default, aunque no como el de 2001, default al fin. El gobierno, sin sorpresas, acusó al neoliberalismo de ser el responsable. Se olvidaron que la deuda y el default no son problemas del capitalismo.

Poco antes del default, el propio INDEC reconocía que estábamos en recesión. Esto se daba, incluso, en el marco de una inflación alta y creciente. La pregunta obligada, entonces, fue ¿cómo es posible tener, a la vez, recesión e inflación?

Lo que sucedió, en realidad, es que la burbuja argentina se pinchó y el único desenlace tras la inflación, es la recesión.

Con default, recesión e inflación, el discurso y las acciones del gobierno se radicalizaron y se sancionaron leyes para controlar todavía más al sector privado. Las medidas no solo son una continuación de las malas políticas que nos llevaron a perder 290.000 millones de dólares en diez años, sino que, además, imitan modelos fracasados una y otra vez en la historia económica del mundo.

Por supuesto, la discusión sobre el cepo cambiario (que cumplió 3 años) siguió candente y, también, la de si se debe, o no, devaluar. Mi punto es que una cosa es devaluar la moneda (no recomendable) y otra “devaluar” la moneda (algo extremadamente necesario para la realidad argentina de hoy). Hablé con Pablo Wende sobre el tema. Por último, una crítica a la autoproclamada “economía heterodoxa“.

Como se ve, un año con muchos temas y mucho debate. En la economía, más deterioro en todos los frentes, pero con una expectativa favorable a futuro porque se descuenta que el partido de gobierno (al menos el sector más radical) no será reelegido.

Desde mi punto de vista, no veo que se vayan a emprender reformas importantes a partir de octubre de 2015, pero sí considero que, al menos muy poco, podríamos movernos en la buena dirección. Los problemas son dos: por un lado, hace falta mucho para revertir tantos años de deterioro institucional. Por el otro, todavía quedan muchos meses de un gobierno que, si bien logró “aquietar las aguas” en los últimos meses del año, no ha mostrado cambios de fondo.

Pero estos son temas de los que, con suerte, nos preocuparemos a partir de enero. Mientras tanto, ¡muy feliz navidad para todos y los mejores deseos de fin de año!

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.

Los peligros de ignorar la ciencia económica:

Por Adrián Ravier: Publicado el 5/9/14 en: http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2014/09/05/los-peligros-de-ignorar-la-ciencia-economica/

 

Argentina vuelve a ir a contramano del mundo y también de la ciencia económica. Se podrá señalar que otros países sufren sus propias crisis, como Estados Unidos o aquellos que pertenecen a la Unión Europea, pero en todos ellos está garantizada la estabilidad monetaria. El largo estancamiento que posiblemente sufran se debe a que también ignoran las lecciones de la “buena” economía, pero a un nivel relativamente menor que el caso argentino.

El Gobierno argentino somete innecesariamente a la sociedad a un nivel de inflación cuyas causas ya son conocidas por todos en la profesión. Marcó del Pont o Axel Kicillof podrán discutir que el desequilibrio monetario causa inflación, pero esto choca contra uno de los mayores consensos con los que hoy cuenta la profesión. De ahí que la inflación sea un problema erradicado en casi todo el mundo. Los controles de precios también han mostrado ser una política inútil contra este proceso inflacionario. La ciencia económica desaconseja paliar la inflación con esta herramienta.

La administración kirchnerista tampoco se preocupa por el “equilibrio fiscal”, aspecto fundamental en los tratados de finanzas públicas. Mientras exista desequilibrio en este frente, el gasto excesivo deberá ser financiado por dos vías: deuda, que le es negada al gobierno por el default que lo acompaña desde sus inicios, o emisión monetaria, que justamente es la causa de las constantes subas de precios, e indirectamente también de los cada vez más frecuentes conflictos sociales y huelgas. Es simple concluir que si el déficit fiscal se agrava, bajo estas condiciones se agravará la inflación.

En el plano cambiario, el gobierno promueve un proteccionismo extremo, lo que ha provocado un llamado de atención de la OMC. Se podrá decir que todos los países aplican algún tipo de intervencionismo en el comercio internacional, pero Argentina ha abusado de esta herramienta, y ha traspasado todos los límites. Por un lado, restringe la libertad individual de que la gente acceda a la compra de divisas; por otro, impide la exportación de ciertos productos como la carne o la importación de productos básicos e insumos. La operatoria de las empresas es cada vez más compleja.

El Gobierno insiste que este modelo es inclusivo, “para todos”, pero queda claro que el proteccionismo protege a algunos a expensas de otros. Desde Adam Smith en adelante, los economistas sabemos que el mercantilismo beneficia a algunos industriales amigos, a la vez que perjudica a los consumidores que deben pagar más por productos y servicios de peor calidad.

Reconocer que los problemas de inflación, déficit fiscal, estancamiento o recesión, desempleo en aumento, conflictos sociales continuos y huelgas son la consecuencia lógica de la política económica que la actual gestión en economía provoca, debería conducir a este Gobierno o al próximo a buscar un cambio de modelo.

Concretamente, se requiere: i) un presupuesto base cero para alcanzar la eficiencia del gasto público que pueda ser sostenible en el largo plazo; ii) en base a ese nivel “óptimo” de gasto, habrá que alcanzar un nivel de recaudación tributaria que lo pueda sostener, pero si nos basamos en un “gobierno limitado” habrá espacio para eliminar los derechos de exportación y reducir el IVA a la mitad, de acuerdo a las política tributaria que la mayoría de los países aplican. Nótese que la presión tributaria argentina es la más alta de la región y llega a más que duplicar la de algunos países; iii) habrá que avanzar en eliminar las restricciones cambiarias y permitir una dolarización espontánea, si esto es lo que la gente desea. Tratar como un criminal a quien huye del peso para evitar perder poder adquisitivo constituye un verdadero crimen; iv) también será necesario recuperar el libre comercio, habilitando por ejemplo a los productores ganaderos a exportar carne, o a los importadores a contar con los insumos que necesitan para ser eficientes en los procesos de producción. Sólo de esa forma puede iniciarse un camino que nos permita competir a nivel global; v) habrá que flexibilizar el mercado laboral para que vuelvan a surgir empresas que creen empleo y terminen de una vez con esta destrucción de capital y de trabajo; vi) será fundamental avanzar hacia un federalismo real y correspondencia fiscal para que los gobernadores vuelvan a ser actores centrales en la economía argentina y abandonen su rol pasivo, terminando con el poder central que tanto daño ha hecho a las economías regionales.

Demás está decir que esta simple enunciación de políticas no intenta ser exhaustiva. Sólo comentar en esta nota periodística que un modelo diferente es posible y ya necesario, y que contradecir la ciencia económica tiene sus costos políticos y sociales. Para cerrar, vale recordar que la inflación, el desempleo creciente, la recesión o estancamiento, la fuga de capitales, el default son todos problemas que la mayoría de los países de la región no tienen por la coyuntura favorable que todavía nos acompaña.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Reservas: el Gobierno ataca la fiebre en vez de la infección

Por Julián Obiglio. Publicado el 8/1/14 en:

Frente a la caída de reservas del Banco Central de esta semana, el Jefe de Gabinete ha expresado que “lo importante es quebrar la lógica de convertibilidad” ya que “no necesariamente tiene que haber una asociación entre el volumen de reservas y la base monetaria”.

Si bien ello es técnicamente cierto, sería aplicable exclusivamente a un país con niveles de seguridad jurídica, equilibrio fiscal, libertad de comercio y  previsibilidad como los de Suiza. En Argentina todos los indicadores y valores están en alerta amarilla, con tendencia hacia el rojo, por lo tanto la caída de reservas se convierte en una variable a la cual la sociedad comienza a prestarle especial atención. Sucede lo mismo que vimos con las mediciones del ‘riesgo país’ durante el 2001: nadie sabía muy bien qué implicaba su escalada, pero todos tenían la certeza que era algo negativo.

Mientras tanto, el Gobierno centra su atención en los métodos que debe aplicar para detener la caída de reservas (la fiebre), en vez de atender las causas de dicha realidad (la infección). El equipo económico y la Presidenta siguen sin comprender que el valor de la moneda y el nivel de reservas serán estables cuando se procure lograr un equilibrio fiscal y no exista un déficit que deba ser financiado con la emisión de billetes en cantidades superiores a las que la gente (el mercado) demanda.

La emisión de billetes de los últimos seis años ha aumentado un 350%, mientras que la producción ha crecido un 50%, y ello provoca que cada día menos gente quiera ahorrar en pesos y que la mayoría busque escapar hacia otras monedas basadas en sistemas jurídicos y económicos más serios y previsibles. Debemos tener en claro que cuando la gente compra dólares o euros, no busca solamente el papel color verde, sino que está comprando la seguridad jurídica y económica que le brindan el sistema norteamericano o el europeo.

En los últimos tres años la pérdida de reservas fue del 40% (unos u$s 22.000 millones) y ellas fueron utilizadas para cubrir un déficit fiscal cada día mayor, la falta de ingreso de divisas, la huida de capitales y la importación de la energía que nuestro país dejó de producir. En el mismo período de tiempo Uruguay aumentó sus reservas un 107%, Perú un 49%, Chile un 47%, México un 55%, Brasil un 30% y Colombia un 55%.

El escenario actual nos muestra entonces un exceso de pesos en circulación que aumenta día a día, un estancamiento en el ingreso de dólares, un Estado deficitario y un panorama general de desconfianza hacia las instituciones, con violaciones evidentes al libre comercio, a la propiedad privada y a la previsibilidad para hacer negocios. Frente a todo ello, la caída de las reservas del BCRA se convierte en un indicador más que refleja un panorama poco alentador.

El Gobierno debe enfocar su atención en la infección ya que por más que en esta oportunidad logre bajar la fiebre, si no soluciona los problemas de fondo, ella volverá a aparecer con mayor intensidad. Si comienza a reencauzar las expectativas, acepta reducir el déficit fiscal, aumenta la seguridad jurídica y respeta el libre comercio, logrará niveles de previsibilidad en los cuáles el volumen de reservas del Banco Central no será un tema determinante para el futuro del país. Si no lo hace, asistiremos a una película que todos los argentinos pensamos que no volveríamos a tener que ver.

Julián Obiglio es Diputado Nacional y egresado de ESEADE.

El apresurado exitismo no-K.

Por Ricardo López Göttig. Publicado el 21/9/13 en http://lopezgottig.blogspot.com.ar/

 

Apenas se conocieron los primeros resultados de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, se despertó el exitismo de quienes no son kirchneristas, muchos celebrando el fin de un ciclo. Las PASO están funcionando como una “primera vuelta” y las elecciones legislativas de octubre como ballottage, por lo que ahora se están produciendo reacomodamientos y desplazamientos estratégicos pensando en la renovación presidencial del 2015.
Los argentinos pasan fácilmente de la euforia a la depresión, y de allí a una nueva cima de euforia, en un ejercicio agotador de sístoles y diástoles que generan picos de presión arterial a inversores y emprendedores que desean pensar en el largo plazo. Las reglas varían de un período al otro, como si el reglamento de un deporte se cambiara para cada campeonato. Esta hipertensión económica desalienta al espíritu emprendedor y destruye implacablemente la capacidad de ahorro.
La presidente Cristina Fernández de Kirchner terminará su mandato en diciembre del 2015 y, hasta entonces, tomará decisiones que afecten severamente la política económica de su sucesor. Puede seguir expandiendo el gasto público con el nombramiento de sus seguidores más fieles como empleados militantes en la planta permanente del Estado, tal como lo ha venido haciendo el kirchnerismo en este decenio. Puede seguir imprimiendo billetes que alimentan la inflación, restringir aún más los mercados y despilfarrar el dinero público en empresas estatales altamente deficitarias.
Los obstáculos intervencionistas y proteccionistas serían desmontados con gran dificultad por el próximo gobierno, si es que optara por una política que fomente la inserción en los mercados internacionales y la iniciativa privada. Pero el horizonte de ideas sobre la economía es difuso cuando se buscan pistas en lo que expresan los potenciales candidatos para el 2015. Ningún presidenciable se anima a esbozar una orientación favorable hacia la economía de mercado, temeroso de ser rápidamente tildado de “noventista”, un mote que sepulta el debate y las posibilidades de cualquier aspirante con ambiciones a ocupar el sillón de Rivadavia.
El desafío de desarticular el aparato clientelista y la práctica populista, profundizados en esta década declamada, traerá resistencia del kirchnerismo residual que intentará bloquear cualquier reforma del Estado. El próximo presidente, sea del signo que fuere, ¿sabrá formar una amplia coalición política capaz de reducir el costo del Estado y de encauzarlo en sus legítimas funciones? ¿Tendrá la decisión de atraer la inversión privada nacional y extranjera en un ambiente respetuoso de los contratos y reglas de juego claras y transparentes? ¿Podrá vertebrar una mayoría parlamentaria con otros partidos políticos y obtener el apoyo comprometido de gobernadores e intendentes?
Cristina Fernández de Kirchner está habilitada para competir por un próximo y último mandato presidencial en el año 2019, y ya ha demostrado que tiene una gran habilidad para su recuperación electoral. Si el próximo primer magistrado no tiene éxito o pierde la confianza de la ciudadanía, como le ocurrió a Fernando de la Rúa, no sería descabellado que el kirchnerismo se presente dentro de seis años como la salvación de la Patria.
Los acercamientos y alejamientos de las principales figuras políticas no son más que una práctica de supervivencia que nada significa para la vida cotidiana del ciudadano común. Y es que la prosperidad, la paz y la libertad no dependen del cambio de elencos gobernantes, sino del respeto a la Constitucióny las instituciones.

 

Ricardo López Göttig es Profesor y Doctor en Historia, egresado de la Universidad de Belgrano y de la Universidad Karlova de Praga (República Checa). Es Profesor titular de Teoría Social en la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

¿Hoy somos todos keynesianos?

Por Adrián O. Ravier. Publicado el 2/8/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/08/02/hoy-somos-todos-keynesianos/

Las ideas de John Maynard Keynes surgieron en el marco de la Gran Depresión de los años treinta. Entre los años 50 y 60 muchos economistas coincidían en afirmar “ahora somos todos keynesianos“. Incluso Milton Friedman llegó a decirlo en 1965. La nueva crisis revitalizó el pensamiento de Keynes y The Economist colocó a dos prestigiosos economistas a responder la gran pregunta: ¿Somos hoy todos keynesianos? De un lado Brad De Long, del otro Luigi Zingales. ¿Qué respondieron?

La respuesta de Brad De Long

Se suponía que Brad De Long iba a defender la postura, pero pidió disculpas y afirmó que ya no, “hoy no somos todos keynesianos”. Por ejemplo, leyendo The New York Times encuentra que William Poole, ex presidente de la Reserva Federal de St Louis, considera que “el gasto del gobierno no puede liderar el camino hacia una recuperación sostenida, debido a que su efecto de estímulo se verá compensado por anticipado con impuestos más altos y con la necesidad de financiar el déficit”.

En 1970 William Poole fue un keynesiano que daba por sentado que la política de déficit y el gasto fiscal tenían un papel adecuado y
eficaz en la lucha contra las recesiones. Pero Poole no está solo. Robert Barrode Harvard Universitydijo sobre la propuesta de estímulo fiscal de Obama: “Este es probablemente el peor proyecto de ley que se ha presentado desde la década de 1930. No sé qué decir. Quiero decir que está perdiendo una enorme cantidad de dinero, que tiene una teoría simplista que no creo que funcione (…) No creo que vaya a expandir la economía (…) Va más en la línea con tirar el dinero a la gente (…) Creo que es basura”.

John Cochrane, de la Universidad de Chicago, agrega: “Nadie ha enseñado esto a estudiantes de postgrado desde 1960 (…) Son los cuentos de hadas que se han demostrado falsos. Es muy reconfortante en tiempos de crisis volver a los cuentos de hadas que escuchábamos cuando éramos niños, pero esto no los hace menos falsos”. Cochrane agrega que “el gobierno emitirá bonos para pedir prestado, lo que significa que los inversores al comprar bonos del Tesoro de EEUU dejarán de invertir en acciones o productos, anulando el efecto de estímulo”.

Edward Prescott, de la Arizona State University, quien ganó un premio Nobel de Economía en 2004 por su estudio sobre los ciclos económicos, hizo esta contribución: “Los economistas en el campo están profundamente divididos sobre la cuestión del estímulo federal (…) No sé por qué Obama dijo que todos los economistas están de acuerdo en esto. Ellos no lo están”.

Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, declaró: “Los rescates y planes de estímulo son financiados mediante la emisión de más deuda pública (¡el dinero debe venir de alguna parte!). La deuda, agregó, absorbe los ahorros que de otro modo irían a inversión privada… a pesar de la existencia de recursos ociosos, los rescates y planes de estímulo no agregan nada a los recursos actuales en uso. Acaban de mover recursos de un uso a otro”.

De Long concluye que “el argumento de los señores Fama, Prescott, Cochrane, Barro, Poole y compañía es lo que los economistas llaman la Ley de Say. Es la afirmación de que las decisiones de aumentar el gasto, ya sea que vengan del gobierno o de cualquier otra persona, no pueden estimular la economía y aumentar el empleo y la producción porque la demanda debe ser creada por la oferta. Si el gobierno gasta, alguien más debe recortar sus gastos“. ”Así que ahora, no puedo decir que somos todos keynesianos. Lo más que puedo decir es que deberíamos serlo”.

La respuesta de Luigi Zingales

Y que podemos tomar de lo dicho por Luigi Zingales, quien se suponía defendería una posición opuesta a la de De Long. Se pregunta: “¿Qué significa ’ser keynesiano’? Simplemente creer en el papel de los componentes de la demanda en la determinación de la producción total es una caracterización insuficiente. Un verdadero keynesiano difiere, en tanto que él también cree que: 1) La política monetaria no es la herramienta más eficaz para estabilizar la economía y puede ser completamente ineficaz en algunas circunstancias (trampa de liquidez); 2) la política fiscal es eficaz y el gasto del gobierno es la herramienta preferida; 3) la intervención del gobierno funciona y las consecuencias a corto plazo son más importantes que las de largo plazo”.

“Con esta definición en mente, hay cuatro formas en las cuales la afirmación ‘todos somos keynesianos’ puede ser interpretada. Sugiero que la declaración es falsa en tres de cuatro de estas interpretaciones”. “La primera interpretación es que la profesión económica ha llegado a un consenso sobre las posiciones keynesianas. Esta declaración es definitivamente falsa. Si usted navega a través de los artículos publicados en la revista líder de la American Economic Association en 2008, verá que sólo uno de los 12 artículos que se ocupan de las cuestiones macroeconómicas (Código JEL E) soporta (aunque muy indirectamente) la idea de una política fiscal de expansión como una herramienta política. Un desequilibrio aún mayor está en el pináculo de nuestra profesión. Entre los 37 ganadores del premio Nobel de Economía en los últimos 20 años, cuatro recibieron el premio por sus contribuciones a la macroeconomía. Ninguno de ellos podría ser considerado keynesiano. De hecho, es difícil encontrar trabajos académicos que apoyan la idea de un estímulo fiscal”.

“La segunda interpretación posible es que existe un consenso entre los economistas en que las causas de la crisis actual es keynesiana. Incluso en esta interpretación la declaración es falsa. No creo que ningún economista se atrevería a decir que la actual crisis económica de EEUU ha sido causada por subconsumo. Con cero de ahorro personal y un gran déficit presupuestario del gobierno de Bush hemos tenido una de las políticas keynesianas más agresivas en la historia”. “La adhesión a los principios de Keynes no sólo no evitaron el desastre económico actual, sino que incluso han contribuido enormemente a la causa. El deseo keynesiano de gestionar la demanda agregada, haciendo caso omiso de los costos a largo plazo, impulsado por Alan Greenspan y Ben Bernanke a mantener las tasas de interés extremadamente bajas en 2002, impulsaron el consumo excesivo de las familias y la asunción de riesgos excesivos por parte del sector financiero. Más importante aún ha sido la formación keynesiana de nuestros responsables políticos lo que les ha llevado a ignorar el papel que desempeñan los incentivos en las decisiones económicas.

La principal diferencia entre Keynes y la economía moderna es el énfasis en los incentivos. Keynes estudió la relación entre los agregados macroeconómicos, sin ninguna consideración por los incentivos subyacentes que conducen a la formación de estos agregados. Por el contrario, la economía moderna basa todos sus análisis sobre los incentivos. En 1998, cuando el co-Fed coordinó el rescate de Long Term Capital Management, no se preocuparon por el impacto que esta decisión tendría sobre los incentivos para asumir riesgos y la liquidez adecuada de precios. Cuando el señor Bernanke diseñó el rescate de Bear Stearns, no se preocuparon por el impacto que esta decisión tendría sobre los incentivos de los otros bancos de inversión para aumentar el capital social a precios bajísimos. Cuando cambió de posición dos veces en el espacio de dos días, dejando a Lehman caer, pero rescatando a AIG, no se preocuparon por el impacto que tendría en la confianza de los inversores y los incentivos para invertir.

Éste es el comportamiento errático que ha asustado al mercado y ha creado la actual crisis económica: en una encuesta reciente el 80% de los estadounidenses declaran que tienen menos confianza de invertir en el mercado como consecuencia de la forma en que el gobierno ha intervenido”. “Si los principios keynesianos y la educación son la causa de la depresión actual, es difícil imaginar cuál puede ser la solución. Por lo tanto, incluso la tercera interpretación que deben seguir las recetas keynesianas para combatir la actual crisis económica, es falsa. No discuto la idea de que algún tipo de intervención del gobierno puede aliviar las condiciones económicas actuales, y que una política económica keynesiana puede hacerlo. Con un déficit de cuenta corriente que en 2008 fue de 614 mil millones dólares, un déficit presupuestario que fue 455 mil millones dólares y los gastos militares de 731 mil millones dólares, es difícil argumentar que el gobierno no está estimulando la demanda lo suficiente.

La crisis actual no es una crisis de demanda, es una crisis de confianza. El mal gobierno corporativo, junto con las políticas del mal gobierno, ha destruido al sector financiero, asustando a los inversores y congelando los préstamos. Es como si una bomba nuclear hubiera destruido todas las carreteras de EEUU, y afirmaran que para mitigar el impacto económico de un evento semejante, debería invertir en los bancos. Es posible que con el tiempo haya un efecto goteo. Pero si el problema es de los caminos, lo que necesitamos es reconstruir los caminos, no subsidiar al sector financiero. Y si el problema es el sector financiero, se deseará solucionar este problema y no la construcción de carreteras”.

“La única interpretación en virtud de la cual la declaración en cuestión es cierta es que ‘nosotros’ el pueblo estadounidense y sus
representantes elegidos sean todos keynesianos. El keynesianismo ha conquistado los corazones y las mentes de los políticos y las personas comunes y corrientes, ya que proporcionan una justificación teórica para el comportamiento irresponsable. La ciencia médica ha establecido que uno o dos vasos de vino al día son buenos para su salud a largo plazo, pero ningún médico recomienda a un alcohólico en recuperación seguir esta receta. Lamentablemente, los economistas keynesianos hacen exactamente esto. Le dicen a los políticos, que son adictos a gastar nuestro dinero, que los gastos del gobierno son buenos. Y qué decir a los consumidores, que se ven afectados por problemas graves de gasto, que el consumo es bueno, mientras que el ahorro es malo. En la medicina, tal comportamiento tendría que ser expulsado de la profesión médica; en economía, le ofrece un trabajo en Washington”. Un 37 % de los lectores de The Economist que votaron en la encuesta afirmaron que SÍ, que “hoy somos todos keynesianos”. Un 63 % dijo que NO, que esta afirmación carece de sentido.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

La previsible decadencia del modelo K

Por Aldo Abram: Publicado el 30/5/12 en http://www.libertadyprogresonline.org/2012/05/30/la-previsible-decadencia-del-modelo-k/

Desde principios de 2011, la Argentina viene mostrando un proceso de desaceleración de la economía que se fue agravando con el correr de dicho año y que se ha profundizado en lo que va de 2012. Si bien las cifras de actividad oficiales se negaron a reconocer esta realidad hasta las elecciones, comenzaron a reflejarlas partir de fines del año pasado. La pregunta es por qué está pasando esto.

Algunos hablan de una crisis internacional, con origen en los problemas de deuda soberana de la eurozona, que estaría afectando al país. Sin embargo, esto no parecería tener el mismo impacto en nuestros vecinos. Sólo la Argentina lidia con un proceso de fuga de capitales que presiona al alza el tipo de cambio local; mientras el resto tiene dificultades en sostener el valor del dólar en sus mercados, debido al flujo de inversiones externas. Nuestro país fue el único de la región que disminuyó sus reservas internacionales durante 2011. Entonces, el problema parece ser doméstico y no de contexto mundial. Tiene que ver con la imposibilidad de vivir por encima de nuestras posibilidades para siempre, en algún momento se acaba el ahorro y el crédito y la “fiesta se acaba”. En 2003, el gobierno de Néstor Kirchner empezó su camino hacia un modelo populista de redistribución del ingreso. El instrumento principal para llevar a cabo este tipo de políticas es el gasto y la inversión pública. Si bien encontró un Estado quebrado y sin crédito, también recibió una economía que había comenzado a reactivarse a fines de 2002, fundada en la recuperación de la demanda interna, a lo que se sumó un contexto mundial que le permitió navegar con vientos favorables. Por lo tanto, la recaudación tributaria tendió a crecer mucho más rápido de lo esperado, brindando los recursos para recomponer la situación fiscal e incrementar fuertemente las erogaciones estatales.

Un factor adicional para el aumento de la presión impositiva fue la buena performance internacional del precio de los commodities, de gran relevancia en la producción y exportación argentina. No sólo permitió un mayor crecimiento, sino que con retenciones, restricciones a las ventas externas y congelamiento de precios, fue fuente de recursos extras para la redistribución de riquezas. Sin embargo, el crecimiento del gasto público pronto tomó un impulso mayor al incremento de los ingresos. Ante la carencia de crédito, se buscó aumentar la presión tributaria sobre la producción agropecuaria, intentando llevarla a niveles confiscatorios, en algunos casos. La exitosa rebelión fiscal del campo echó por la borda esta posibilidad; pero las erogaciones del gobierno continuaban subiendo y alguien tenía que pagar la cuenta. Por ello, se confiscaron los ahorros de los aportantes al sistema previsional de capitalización y se los obligó a abonar sus aportes al régimen de reparto estatal. Sin esta última medida, el gobierno hubiera entrado en déficit primario durante 2009.

En búsqueda de otras cajas

El problema es que esta medida no fue suficiente y, de todas formas, los recursos alcanzaban a cubrir una porción cada vez menor del pago de ven cimientos de deuda. La solución fue apropiarse de otra “caja”, las reservas internacionales del Banco Central, que inicialmente se utilizaron para pagar pasivos externos con organismos internacionales y, a partir de 2010, todos los nominados en moneda extranjera. El uso intensivo de las arcas del Banco Central implicó un fuerte incremento de la emisión para prestarle pesos al gobierno y, también, para comprar divisas que se usaban para pagar los pasivos externos del Estado. Así es como, para financiar el gasto electoral de 2011, se lo exprimió hasta llevar la relación de reservas con sus pasivos financieros a niveles tan bajos que la autoridad monetaria perdió capacidad de manejo del mercado cambiario. De allí que se decidiera ir a un control de cambios y se exacerbaran las medidas proteccionistas.

El desbarajuste fiscal que el gobierno gestó para ganar los comicios presidenciales (replicado en las provincias por la mayoría de los gobernadores) se volvió insostenible. Inicialmente, el Poder Ejecutivo planteó la reducción o eliminación de gran parte del festival de subsidios indiscriminados de los últimos años. Sin embargo, el alto costo político y algunos eventos que golpearon duro la imagen presidencial lo llevaron a dar marcha atrás. Era necesario volver a incrementar la caja; lo que se logró modificando la Carta Orgánica del Banco Central para reducir las restricciones que tenía para usarlo como fuente de financiamiento. Pues bien, si con el uso hecho hasta ahora hemos perdido la posibilidad de un mercado cambiario libre, con un saqueo mayor del Banco Central será imposible recuperarlo; por lo que estamos condenados al control de cambios y a la cerrazón de la economía.

Otra “caja” de recursos para la redistribución de riquezas es la que surge de las inversiones pasadas en infraestructura, transporte y energía. Esto le permitió al gobierno subsidiar el consumo de estos servicios y bienes obligando a sus oferentes a vender a un precio menor al de mercado. En algunos casos, cuando el costo superó el de las tarifas, el gobierno se hizo cargo con los recursos de los contribuyentes. En el caso del transporte, con transferencias directas a las empresas y, en el de la energía, asumiendo el costo mayor de tener que importarla.

Este fue un rasgo que diferenció a este gobierno de otro con similares objetivos, como el de Venezuela. El Presidente Chávez basó la redistribución del ingreso en la expropiación creciente de la propiedad privada; lo que ha resultado un fracaso, debido a la incapacidad del Estado de manejar las empresas. Por ejemplo, Sidor es una de las compañías estatizadas, hoy produce un tercio de lo que producía cuando la manejaba Techint. Desde 2002, solo dos países petroleros redujeron la producción de hidrocarburos, a pesar del fuerte incremento de su precio. Uno fue Venezuela, donde la producción es dominada por PDVSA, la petrolera estatal. El otro, la Argentina.

Expropiar la renta

El gobierno “K” tuvo clara la ventaja de dejar que la producción quedara en manos privadas. En el caso del sector agropecuario, sigue siendo la gente del campo la que siembra, cosecha o cría ganado. En el sector energético, son los empresarios con experiencia en la materia los responsables de la producción. Sin embargo, una vez maximizada la riqueza, el modelo le permite al gobierno apropiarse de la mayor parte de ella para redistribuirla a voluntad. Es cierto que esto funciona mejor que lo del “chavismo”, pero en el corto plazo. Si uno le quita gran parte de sus ingresos a alguien, es esperable que no tenga el necesario incentivo a producir e invertir lo suficiente. Por lo tanto, en el tiempo, esos bienes y servicios tenderán a escasear.

Desde 2003, muchos economistas y especialistas venimos advirtiendo que si no se corregía el rumbo tendríamos problemas de oferta de energía en el futuro. Pues el futuro nos alcanzó. La respuesta razonable para recuperar el autoabastecimiento sería restablecer condiciones y precios de mercado para el sector. De hecho, la historia argentina de los últimos 75 años demuestra que, cuando esto fue así, la producción de hidrocarburos se incrementó fuertemente; por ejemplo, en la Presidencia de Frondizi y en los ´90. En cambio, cuando la injerencia del Estado fue mayor, la evolución del sector fue pobre o negativa. De esto último, el mejor ejemplo es el período del gobierno “kirchnerista” que intervino fuertemente en el mercado de producción y distribución de energía. No es extraño que, además de Venezuela, sea el único otro país petrolero que desde 2002 bajó sus niveles de producción. (Ver gráfico)

La respuesta ideológica del gobierno fue expropiar el 51% de las acciones de YPF que pertenecían a la empresa española Repsol, cuando todas las compañías que operan en la Argentina (incluida Energas, la estatal creada por el “kirchnerismo” para explotar en exclusividad la extensa y rica plataforma submarina argentina) tuvieron, más o menos, la misma mala performance. Cosa que vimos era lógica dada la pésima política sectorial del gobierno “K”. De esta forma, se violentaron las leyes locales, los tratados internacionales y la Constitución Nacional, que regulan la forma en la que tiene que hacerse una expropiación. Este avasallamiento de la seguridad jurídica tendrá un alto costo en término de inversiones y desarrollo futuro. Además, queda claro que, con el actual rumbo, la posibilidad de recuperar el autoabastecimiento se diluye definitivamente.

YPF se transformará en una fuente de recursos para sostener los subsidios a la energía y al transporte, además de un “botín de guerra” donde aumentar los afiliados del gremio o colocar “soldados K” con muy buenos sueldos; por lo que es de preverse que pronto dará pérdidas. Recordemos que, antes de ser privatizada, tenía 10 veces más empleados de los que necesitaba y su resultado anual era negativo en alrededor de US$ 2.000 millones, a valores actuales.

No cabe duda que esta historia de decadencia del modelo continuará; ya que las “facturas” de las erradas políticas económicas “K” seguirán llegando. Más allá de algunas fintas que permitan postergar su pago, las “cajas” a saquear escasean y la economía seguirá resintiéndose. Llevará tiempo tocar fondo y habrá espacio para nuevas violaciones de la libertad económica y de los derechos de propiedad; por ejemplo en sectores del transporte u otros relacionados con la energía. Costará mucho remontar el desastre en que terminará esta gestión populista. Esperemos que, en esta ocasión, los argentinos aprendamos de la experiencia y nos dejemos de tropezar periódicamente con la misma piedra.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .