UNA HERMOSA SENSACIÓN

Por Sergio Sinay: Publicado el 8/3/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/03/una-hermosasensacion-por-sergio-sinay.html

 

Una novela que honra a sus personajes, a una ciudad y a la literatura

Se podría definir rápidamente a Turquía con un lugar común: país fascinante y complejo. Y, se podía agregar, lejano. Pero deja de ser esto último cuando se ha estado allí. Después de la experiencia, queda cercana y presente. Es la puerta que une dos mundos dentro del mundo, Oriente y Occidente. Es refinada y salvaje. Es milenaria y moderna. Guarda memoria de toda la historia de la civilización y expresa de un modo a veces brutal las contradicciones más trágicas, la intolerancia más aguda del tiempo presente. En ese territorio extenso y variado la Naturaleza despliega una belleza insospechada, de formas inesperadas (como en Capadocia) y también la implacable crueldad del invierno y del verano en los desiertos y en las montañas. Es una cultura con expresiones refinadas en la literatura, en las artes, en la música, en el pensamiento, y son comportamientos atávicos, previos a toda noción de ley. Es una experiencia inagotable, misteriosa, por momentos apabullante.

Estambul, con 14 millones de habitantes, resulta una síntesis viviente y vibrante de todo eso. Con un pie a cada lado del Bósforo (uno en Oriente el otro en Occidente) esta ciudad cosmopolita y moderna, al mismo tiempo que provinciana y detenida en el tiempo (ambas cosas impresionan con fuerza al recorrerla) es acaso la más grande de Europa y contiene todas las tensiones y la energía alimentadas por la historia y por el presente del país. Un país regido hoy por un gobierno autoritario que mira hacia lo más oscuro del pasado mientras en su vientre pujan por nacer sueños, proyectos y fuerzas que buscan la libertad, la convivencia, las posibilidades luminosas de la razón. Estambul fue capital del Imperio Romano de Oriente (amada por el emperador Constantino El Grande, que le legó su nombre, Constantinopla, hasta su caída, en 1453, que marcó el final de la Edad Media), fue capital del Imperio Bizantino y del Imperio Otomano, cuyo ocaso dio lugar al nacimiento de la República, fundada por Kemal Ataturk en 1923. Toda esa historia está presente en palacios, tumbas, mezquitas de arquitectura refinada, siempre imponentes, como la historia que narran.

Volver a narrar
Esta es la obra de un humanista con todas las letras. En una época en la cual la posmodernidad manda a no comprometerse, a no tomar partido por ninguna verdad, a relativizarlo todo, incluyendo valores y moral, a escaparle a la prueba más difícil y decisiva para cualquier escritor (la de ser capaz de narrar una historia desde la A hasta la Z sin desertar en el camino en nombre de caprichosas experimentaciones), Pamuk se juega. Él está de parte de sus personajes (en primer lugar de Mevlut), les da vida, espacio y voz a todos. De hecho les cede por momentos el lugar del narrador omnisciente para que sean ellos, en primera persona, quienes aporten su punto de vista y sus razones. Los ama y no teme demostrarlo. Está de su lado cuando los acometen las oscuras piruetas del destino o las perversas manipulaciones humanas. Homenajea a sus criaturas y, a través de sus peripecias, a la literatura de siempre, aquella que hizo decir a Elie Wiesel (escritor rumano sobreviviente de los campos de concentración y Premio Nobel de la Paz en 1986) que “Dios creó a los hombres porque le gustan los cuentos”. Si Dios, o quien fuere, necesita quien lo emocione, lo cautive, lo conmueva, lo comprometa, con historias poderosas, verosímiles, apasionantes, Pamuk, con esta novela, es el candidato ideal.Y junto a esa hay otras historias. Las de los seres anónimos, pequeños, cotidianos, sufrientes, soñadores, empecinados que labraron sus vidas en Estambul al ritmo de los espasmos, los partos, las transformaciones a veces brutales de la ciudad, y también de su resistencia al avance a veces depredador de una modernidad en muchos casos empujada por ambiciosos, manipuladores, corruptos (como suele ocurrir con el crecimiento de las ciudades en la era del capital). Orhan Pamuk, nacido en 1956 en Estambul, Premio Nobel de Literatura 2006, se ubica junto a esas vidas, las acompaña desde las vísceras, y narra desde ellas las transformaciones (y también las permanencias) de Estambul desde los años 60 del siglo pasado hasta hoy. Toma como nave insignia para esa navegación a Mevlut Karatas que llega de niño a la megalópolis acompañando a su padre, quien busca un horizonte más luminoso que el que le ofrecía su pequeña aldea de Anatolia. La parábola existencial de Mevlut, desde ese final de la infancia hasta su actual madurez sesentona, es la médula de una novela inolvidable, de esas que echan raíces en la memoria y el corazón de sus lectores, de esas que se agradecen para siempre y enaltecen el arte de narrar. Su título es Una sensación extraña.

Escribir en el mundo

El Nobel turco ha sido (y es) perseguido por el gobierno de Recep Erdogan, un lobo que se vistió en su momento de cordero progresista para empujar después paulatinamente a su país hacia las cavernas de un pasado oscuro, denigrando a las mujeres y a los librepensadores, a los defensores de la República y a las etnias que se resistieran a su proyecto de poder. Pamuk, entonces, no escribe desde una torre de marfil, aislado del mundo, sino en las entrañas palpitantes de la sociedad en la que vive y de la ciudad que ama y de la que conoce hasta sus últimos intersticios. Toma partido político, intelectual y literario, pero no permite jamás que esa actitud aplaste a sus personajes ni a sus historias. Ellos son sagrados.

 

Una extraña sensación es una novela para los que aman las novelas, los que aman las palabras, los que aman los avatares de este mundo (los dolorosos y los gozosos), los que aman conocer lugares y personas (nunca se conoce tanto como cuando se lee). Una novela reconfortante para quienes aman leer. Y una novela ideal para iniciar en la lectura a quienes aún no se han iniciado en esta maravillosa experiencia humana. La sensación que deja no es extraña: es de agradecimiento.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

Posible nuevo amanecer en Gaza

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 6/8/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1715980-posible-nuevo-amanecer-en-gaza

 

La sensación es de algún alivio. Las armas han callado en la Franja de Gaza. Por 72 horas, al menos. Ya no vuelan los misiles hacia Israel. Ni se oye el fragor de sus cañones. Hay una tregua. Frágil, pero allí está.

En las últimas horas habían aparecido las primeras señales de que los combates y acciones militares podrían quizás haber entrado en una lenta fase final. Ocurre que, desde el domingo pasado, Israel había comenzado ya a retirar buena parte de sus efectivos de las zonas pobladas de Gaza y a estacionarlos cerca de la frontera, aunque todavía dentro del territorio de Gaza. Con excepción de aquellas tropas que aún operaron activamente en las inmediaciones del paso fronterizo de Rafah, que fuera escenario de las últimas acciones militares. Hoy esos efectivos están ya en territorio israelí.

Las armas han callado en la Franja de Gaza. Por 72 horas, al menos

También Hamas -presumiblemente como consecuencia de los bombardeos israelíes- parecía haber disminuido un tanto la intensidad de sus disparos de misiles contra Israel. En los cinco primeros días del reciente estallido de violencia -esto es, desde el 8 al 13 de julio pasado- los disparos indiscriminados de misiles palestinos contra Israel alcanzaron un ritmo realmente aterrador: 300 misiles diarios. La magnitud de esos ataques había ido disminuyendo paulatinamente, hasta llegar a los 55 misiles que se dispararan durante el domingo pasado. Y a los 53 del lunes, el día previo a la tregua acordada.

Las cifras de bajas acumuladas en la reciente espiral de violencia son de horror: 1834 muertos palestinos (de los que bastante más de 1000 han sido civiles inocentes) y 9370 heridos. A los que hay que sumar las 64 muertes de soldados israelíes y los tres muertos israelíes, civiles inocentes.

Israel había, entonces, comenzado a cerrar unilateralmente su tercer enfrentamiento militar abierto en la Franja de Gaza contra los milicianos de Hamas. El final, si esto se consolida, podría ser parecido al que ocurriera a comienzos de 2009, en oportunidad del primer ciclo de combates entre ambas partes. De hecho. Sin que exista un cese el fuego explícito, convenido entre las partes. No obstante, ahora ha aparecido la oportunidad de consolidar la reciente interrupción de las hostilidades. Y de intentar construir una paz duradera.

Ahora ha aparecido la oportunidad de consolidar la reciente interrupción de las hostilidades. Y de intentar construir una paz duradera

Para Israel, el objetivo de inutilizar, destruir o, por lo menos, neutralizar la enorme red de 32 túneles construida por Hamas que penetraban en el territorio de Israel, parece haber sido sustancialmente alcanzado. No obstante, Hamas tiene aún un inventario importante de misiles no utilizados, estimado en unos 3000. Esa es una obvia amenaza para la paz. Lo que se evidencia con sólo recordar que, desde el 8 de julio pasado, desde el interior de Gaza se dispararon nada menos que unos 3300 misiles contra Israel. Indiscriminadamente. Lo que está expresamente prohibido por el derecho humanitario internacional.

Para Hamas, alcanzar el objetivo del levantamiento del bloqueo que, por ocho años, es cierto, ha lastimado profundamente a la población de la Franja de Gaza sigue siendo prioritario. Lo cierto es que lograrlo no pasa por las acciones militares, sino por los andariveles de la diplomacia. Y es de esperar que esto se comprenda y que, cuando una oportunidad parece haber aparecido, no se desaproveche.

El gobierno de Egipto ha sido decisivo en el logro del cese el fuego provisorio. Apoyado por las Naciones Unidas y los Estados Unidos. Su gestión debe continuar. Porque el camino de la paz no admite el cansancio. Egipto merece ahora el reconocimiento y el apoyo que corresponde.

En Israel, el premier Benjamin Netanyahu cuenta con el abrumador respaldo de la población de su país. Que ha tomado plena conciencia del peligro que corre. Hablamos de nada menos que un 85% de esa población. Los pacifistas se han hecho oír, pero los sondeos confirman que su peso en la opinión pública israelí es débil.

Las defensas antimisilísticas israelíes han demostrado una vez más su tremenda eficacia, destruyendo en el aire a los misiles que podían caer en los centros poblados o sobre blancos estratégicos. Pero el tema de la “proporcionalidad” de la reacción militar israelí es -y será siempre- una cuestión harto difícil, donde las opiniones estarán divididas.

En otro andarivel, pero en el mismo vecindario, cabe destacar que una buena parte de los líderes árabes esta vez pareció no apoyar a Hamas. Sucede que su propio mundo está inmerso en la fragilidad de una peligrosísima confrontación facciosa -increíblemente violenta- que se ha extendido por el mundo árabe, dividiéndolo profundamente. La que tiene como protagonistas a los fundamentalismos, tanto “shiitas” como “sunnis”. Con acciones que, con frecuencia, evidencian un nivel de barbarie desesperante, absolutamente de espaldas a las normas del derecho humanitario internacional; esto es, a las leyes de la guerra.

Son pocos, felizmente, los que procuran que Gaza se convierta, de pronto, en una nueva Mosul. Sería una pesadilla. Multiplicando exponencialmente su fragilidad y acercándose así al abismo impredecible de la guerra religiosa. Adquiriendo, además, otro nivel de peligrosidad e irracionalidad. Con un marco de decapitaciones y circuncisión masiva de las mujeres. Con expulsión -o muerte- de quienes no comulgan con la versión del Islam que abrazan los “jihadistas”.

Por todo esto quizás, Egipto, Jordania, Arabia Saudita y los Emiratos han estado casi en silencio. Sin apoyar abiertamente a Hamas. A diferencia de Turquía y Qatar, que endosaron a ese movimiento.

El presidente de Egipto, el ex general Abdel Fattah al Sisi, mantuvo su cooperación con Israel respecto del bloqueo de Gaza, así como en la tarea de inutilización de la red de túneles de Hamas. Mientras luchaba, en paralelo, contra el “jihadismo islámico” en su propia tierra. Especialmente en el norte de Sinaí, al norte mismo de la Franja de Gaza. A lo que cabe agregar que su principal enemigo doméstico -al que ha calificado formalmente de organización terrorista- es la Hermandad Musulmana, organización islámica que tiene intimidad con Hamas.

No obstante, Egipto, como correspondía en esta emergencia al país “decano” de la diplomacia africana, ha ayudado a Hamas en el capítulo de la ayuda humanitaria. Y ha tenido éxito en poder concertar el reciente cese del fuego. Lo que debe ser apoyado.

Irán, alejado de Hamas desde que el movimiento se negara a cooperar -como lo hiciera Hezbollah- en la represión de la insurgencia siria, está sobreextendido en su apoyo -en Siria- al clan Assad y al gobierno de Irak, ambos invadidos por las bien entrenadas fuerzas “jihadistas sunnis” que, luego de tres años de guerra en Siria, han conformado ahora el califato al que se ha llamado: ISIS. Y siguen expandiéndolo. En los últimos días han avanzado mucho tanto sobre la zona kurda de Irak, como sobre el Líbano. Como si sus contingentes fueran imparables. Hablamos de un fenómeno de enorme peligrosidad, que acaba de infectar a Libia, donde las fuerzas fundamentalistas que se han apoderado de la ciudad de Benghazi, han proclamado -también allí- un califato.

La aislada Rusia, con su ilegal manotazo sobre Crimea y Sebastopol, ha dañado severamente al derecho internacional, infectando al escenario internacional de anomia. Lo que naturalmente no ayuda en temas como el de Gaza. Como, además, Rusia mantiene su propio conflicto armado interno contra los fundamentalistas islámicos, en Chechenia y Dagestán, no ha mostrado simpatía por la causa de Hamas. Y no ha asumido en Gaza rol protagónico alguno. A diferencia de lo sucedido en Siria.

Algo bastante parecido sucede con China, donde el conflicto similar que el país oriental mantiene con los “uighures” en el noroeste de su territorio, ha crecido fuertemente en intensidad a lo largo de las últimas semanas.

Jordania está también en tensión, con las fuerzas de ISIS en su frontera controlando la ciudad de Ar Rudba. Y con cientos de miles de ansiosos palestinos refugiados, desde hace décadas, en su interior. Por su parte, tanto Siria como el Líbano e Irak son ya presas de la guerra facciosa que divide -cada vez más- al islamismo.

Frente a todo esto, releyendo el discurso de Elie Wiesel cuando recibiera el Premio Nobel a la Paz, en 1986, uno encuentra palabras proféticas y certeras que, 28 años después, mantienen su actualidad. “El sufrimiento humano en cualquier parte aflige a los hombres y mujeres en todas partes. Esto se aplica también a los palestinos, respecto de cuya situación soy sensible, pero cuyos métodos deploro. Los deploro cuando conducen a la violencia. La violencia no es la respuesta. El terrorismo es la más peligrosa de las respuestas. Ellos están frustrados. Lo que es comprensible. Algo debe estar mal. Los refugiados y su miseria. Los chicos y sus miedos. Los desarraigados y su desesperanza. Algo debe hacerse respecto de esta situación. Tanto el pueblo judío como el pueblo palestino han perdido demasiados hijos e hijas y han derramado demasiada sangre. Esto debe terminar y todos los intentos porque termine deben ser alentados.”

El clamor, entonces, debe hoy ser uno solo: el de mantener el cese total de la violencia. Y comenzar a edificar, sin pausas, una paz duradera. Sabiendo que la tarea es bien compleja y que debe ser abordada sin demoras. Y con absoluto realismo. Aunque, seguramente, edificarla lleve su tiempo.

Los misiles palestinos no deben seguir volando en procura de sembrar la muerte. Las reacciones militares israelíes, por inevitables que sean, llenan al mundo de congoja. Por esto, la Franja de Gaza (que hoy contiene a unos 260.000 desplazados) debería ser desmilitarizada, con un adecuado control internacional. Mientras, en paralelo, se comienza a trabajar sobre cómo levantar la manta de miseria que se ha extendido sobre su población, que lleva años de indescriptibles sufrimientos y frustraciones.

En el escenario actual, la acción de las Naciones Unidas (como aconteciera en los casos de Timor Oriental y Kosovo) podría ser central y el aporte y apoyo de todos para que ella se concrete resulta indispensable. Es hora de pasar de la retórica y los oportunismos a empujar las soluciones duraderas, incluyendo la acción humanitaria. Lo que supone apoyar, sin titubeos, a los actores capaces de impedir que la violencia vuelva, de pronto, a apoderarse de la Franja de Gaza..

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Holocausto y memoria

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 21/5/14 en http://www.lanacion.com.ar/1692696-holocausto-y-memoria

La  semana pasada se conmemoró un hecho histórico significativo: la victoria de los aliados y del Ejército Rojo sobre la Alemania nazi. Esto es, el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. De una tragedia que en algún momento pareciera interminable, pero que finalmente culminara, tras la batalla de Berlín, el 9 de mayo de 1945.

Atrás habían quedado cinco años, ocho meses y siete días de horror. Atrás había quedado también el enorme crimen que conformara el Holocausto de los judíos, perpetrado por los nazis.

Digo esto cuando, en rigor, la Segunda Guerra Mundial se extendió algo más. Pero fuera de Europa. Hasta el 2 de septiembre de 1945, cuando se firmara, en la bahía de Tokio, a bordo del acorazado Missouri, de la armada norteamericana, la capitulación de Japón.

Muy poco después de alcanzada la paz, nacieron las Naciones Unidas, esfuerzo que apuntó -de inicio- a demostrar que las guerras no son inevitables y en el que los pueblos del mundo, como reza el propio exordio de la Carta de las Naciones Unidas, decidieron aunar sus esfuerzos y se declararon resueltos “a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra, que dos veces había infringido a la humanidad sufrimientos indecibles”. También decidieron -cabe agregar- reafirmar su fe en los derechos fundamentales y en la dignidad de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, recordando, de paso, la necesidad de practicar la tolerancia y convivir en paz. Objetivos esenciales y permanentes, aunque no siempre respetados.

Lo cierto es que alcanza con mirar brevemente en nuestro derredor para comprobar que, pese a lo mucho que se ha avanzado en la búsqueda de esos objetivos, los peligros que se procuraron definir y erradicar en 1945 subsisten en distintos rincones del mundo. Esta es la realidad. No otra. Cruda. Dura, quizás. Y en más de un caso, hasta brutal.

En un libro reciente, Timothy Snyder define a las tierras de Europa Central en aquellos días como a las “Tierras de Sangre”. Porque, entre los nazis y los soviéticos sumados, allí se asesinaron, a mediados del siglo XX, a unas doce millones de personas. La ola de violencia caracterizó particularmente a los años de consolidación del régimen nazi, entre 1933 y 1938; a la ocupación germano-soviética de Polonia, entre 1939 y 1941, y más aún, al capítulo de la guerra mundial que enfrentara a las fuerzas del nazismo con las de los soviéticos. Los nazis -responsables del Holocausto- hicieron además morir de hambre a unos tres millones de prisioneros de guerra rusos y a más de un millón de personas en las ciudades sitiadas, como fuera Leningrado. Dos utopías, alimentadas ambas por odios apasionados, generaron ese atroz baño de sangre.

Hoy está claro que es responsabilidad de todos que lo sucedido no se olvide. Ni se minimice. Ni se banalice

Como nos recuerda el pensador Elie Wiesel, en un libro formidable escrito en 1958 titulado: “Noche”, los nazis soñaron con construir una sociedad en la que no hubiera lugar para los judíos. Y, cuando tuvieron conciencia de que su fracaso era inevitable, su conducta inhumana apuntó a dejar un mundo en ruinas, en el que los judíos parecieran no haber existido jamás. Por esto el exterminio que pusieran en marcha no sólo se dirigió contra las personas, sino también contra la cultura judía, contra sus tradiciones y hasta contra su memoria. Su odio no tenía límites.

No es posible olvidar lo sucedido. Jamás. Hasta los años sesenta, nos dice Wiesel, la actitud general respecto del Holocausto tenía un componente de indiferencia. Esto ciertamente ya no es así. Hoy está claro que es responsabilidad de todos que lo sucedido no se olvide. Ni se minimice. Ni se banalice.

Porque olvidar es peligroso, pero también ofensivo. Respecto de las víctimas, es cierto, es algo parecido a “volver a matarlas”. Por segunda vez.

Desde la Segunda Guerra Mundial el mundo ha aprendido a no quedarse demasiado tiempo en silencio frente al sufrimiento humano. O a las humillaciones que tienen por destinatarios a seres humanos. Lo que, no obstante, es distinto a haber podido poner coto a esas situaciones como soñaron los que suscribieron en su momento la Carta de las Naciones Unidas.

El Holocausto nos dejó infinitas lecciones de conducta. Entre ellas, aquella que puede sintetizarse en que, frente a los atropellos inhumanos, es necesario tomar partido. Porque la neutralidad ayuda a los opresores. Nunca a las víctimas. Y porque el silencio alimenta y empuja a los represores, no a los reprimidos.

Por esto la necesidad de hablar y reaccionar cuando de violaciones de derechos humanos se trata. Así como frente a los abusos del poder, que someten a las personas. Particularmente cuando hay vidas en peligro, cuando la dignidad humana es amenazada, cuando se violan las fronteras y cuando se pisotea al Estado de Derecho.

La sensibilidad de todos frente a este tipo de peligros, realmente enormes, no debiera poder ser anestesiada. Nunca. Cuando en cualquier lugar, los hombres y mujeres son perseguidos por su raza, por su religión, o por sus concepciones políticas, ese lugar -es cierto- debe transformarse en el centro de nuestra atención. De inmediato. Por esto, la libertad de expresión e información es tan trascendente. Porque de su vigencia dependen, efectivamente, todas las demás libertades y derechos. Las nuestras y las de los demás. Por igual. Hasta el derecho a la vida.

Mientras haya un periodista o disidente preso por sus opiniones o informaciones, nuestra libertad estará en peligro. Siempre.

El drama del Holocausto está indisolublemente incorporado a la Historia Universal. Es el símbolo siniestro más evidente de la inmensa capacidad del hombre de hacer el mal. De extraviar nada menos que su propia condición humana. Razón por la cual, no puede nunca relativizarse. Y, en un mundo en el que aún existen aberrantes expresiones de “negacionismo”, mucho menos distorsionarse.

El recuerdo del Holocausto nos ayuda a comprender cómo de la siembra del odio y los resentimientos, de los prejuicios, de las divisiones, de las demonizaciones y denostaciones, así como de las difamaciones, se llega con frecuencia al terror, a la violencia y hasta a la muerte. Así como de las mordazas o cepos a la posibilidad de alertar y opinar, se llega enseguida al totalitarismo.

El Holocausto forma parte de la religión civil de la humanidad. Pero quizás hasta trasciende esa dimensión. Es la corporización misma del mal y el resultado de las peores opciones del alma humana. Por esto, su mensaje de alerta es universal y nos concierne a todos. Frente a él, definitivamente no hay espacio para el silencio. Y también por esto la condena universal que supone la Convención de Prevención y Castigo al Genocidio, de 1948, que entrara en vigor en enero de 1951.

Este mensaje debe recordarse y transmitirse, de generación en generación. De lo contrario, el riesgo es que esa terrible experiencia -a la que se ha calificado como “el límite de la angustia”- podría volver a repetirse. Este es un peligro real. Vital. Permanente. Ocurre que el mundo no ha erradicado el odio.

De alguna manera, Israel es la única nación del globo cuya existencia sigue estando en peligro. El proceso de paz en Medio Oriente está empantanado. Su convulsionada región no parece contar ni con un clima, ni con una actitud propicios para la paz. Y -por ello- el eco del infame “negacionismo” sigue escuchándose allí. En farsi. Pese a todo. Como si el horror de lo sucedido no tuviera una dimensión absoluta. En alguna menor, aunque siempre lamentable, medida esto también sucede entre nosotros mismos. Los prejuicios han disminuido. Pero no han desaparecido. La hostilidad de algunos, tampoco. Por esto, la presión constante por deslegitimizar a Israel.

Recordando hoy a las víctimas del Holocausto y compartiendo el inmenso dolor de sus descendientes, emerge la necesidad de trabajar incansablemente para erradicar los prejuicios y las discriminaciones, tarea imprescindible para que el infierno de horror que fuera el Holocausto no se encienda, nunca más.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.