Archivos por Etiqueta: El liberal es paciente

VENEZUELA EN LA MIRA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Recién me acabo de comunicar en Caracas con Rocío Guijarro,  la directora ejecutiva de CEDICE (Centro de Divulgación del Conocimiento Económico), amiga de la libertad cuya institución viene haciendo mucho por la formación de mentes liberales con el invalorable apoyo de otros amigos de gran calado. En 2013 esa entidad publicó un libro de mi autoría titulado El liberal es paciente, en el que, entre otras cosas, intentaba mostrar el valor de la perseverancia para derrotar a megalómanos como el que hoy está instalado en el poder en Venezuela que sigue la línea socialista del comandante fallecido quien comenzó con toda la debacle que es de público conocimiento.

 

Y no es que antes de eso las cosas eran color de rosa, al contrario los partidos tradicionales fueron un tremendo fracaso y con sonados casos de alarmante corrupción. Pero, claro está, el modo de resolver los problemas no consiste en acentuarlos sino en cambiar de rumbo. El record mundial de inflación, los controles de aspectos cruciales de la vida y las haciendas de la gente, los presos políticos, los despilfarros, la ausencia hasta de papel higiénico, las larguísimas filas para poder acceder a algunos alimentos, los cortes de agua corriente y electricidad, la completa sumisión de la prensa y los medios de comunicación, la caída drástica en las inversiones y en general el sufrimiento de los más necesitados ha sido la regla en estos años de opresión salvaje.

 

Frente a esta situación solo caben dos caminos: ejercer el derecho a la resistencia frente a gobiernos que estrangulan todo vestigio de libertad (lo cual proviene de una larga tradición plasmada en la Declaración de la Independencia estadounidense) o, lo que afortunadamente pudo hacer el pueblo venezolano, que es la derrota a los impostores de la democracia a través de las urnas. Esta es la paciencia que se sugirió frente a un Leviatán invasivo, lo cual dio sus frutos con unas elecciones legislativas que habrían otorgado la mayoría calificada de los dos tercios requerida, entre otras muchos propósitos, para rectificar los poderes especiales otorgados al sátrapa del momento, convocar a una Asamblea Constituyente para dejar sin efecto los dislates del chavismo e incluso la opción de llamar a un referéndum revocatorio contra el presidente en ejercicio.

 

Todo lo cual no quiere decir que no deba estarse muy atento porque el actual gobierno es capaz de cualquier zancadilla en cualquier momento con el soporte del aparato cubano que ya ha declarado su incondicional apoyo a los perdedores en esta contienda electoral. El presidente de la Asamblea Nacional que ahora cesa en sus funciones, en reunión de gabinete, al conocerse los resultados del escrutinio, propuso convocar a los secuaces del partido gobernante y salir con armas a la calle, lo cual afortunadamente no prosperó debido a la decidida oposición de un camarada del ejército con mando de tropa.

 

Es de desear que los partidos heterogéneos reunidos en la oposición sepan calar hondo en dirección a una sociedad abierta y en su momento no se les ocurra implantar un “socialismo moderado” lo cual conducirá a otro fracaso estrepitoso en lugar de adoptar el atractivo de la libertad y el respeto recíproco.

 

El tema de fondo es educativo, por ello es que celebramos la faena que viene realizando sistemáticamente el antes mencionado CEDICE, especialmente en recintos universitarios y con la publicación de numerosos trabajos y seminarios varios. También es de destacar la palabra de tantos venezolanos que a pesar de las trabas y amenazas se expresan con franqueza y abren caminos fértiles. Incluso hay medios como “El Diario de Caracas” y otros que dan la pelea cotidianamente y que incorporan columnistas que apuntan a poner de manifiesto los valores éticos, económicos y jurídicos de la sociedad libre.

 

Mientras ocurre lo que ocurre en el plano político, es menester que se afine el lápiz para establecer nuevos límites institucionales al poder puesto que está visto que una mal entendida democracia ha interpretado que una vez obtenida la mayoría pueden hacer tabla rasa con todos los derechos individuales, al tiempo que asaltan la Justicia y todos los organismos de contralor, incluyendo a los tribunales electorales.

 

Por otra parte, es indispensable entender cabalmente el significado del derecho al efecto de precisar la idea en el contexto del continente que son los marcos institucionales y el contenido que también comprende a los procesos de mercado. En ésta línea argumental, tengamos en cuenta que el derecho es inseparable de la Justicia y ésta significa “dar a cada uno lo suyo” lo cual remite a la propiedad privada que, a su vez, constituye el eje central del mercado.

 

Con las más diversas pantallas se han sido incorporando en la legislación venezolana políticas que ponen en jaque a marcos institucionales civilizados y también se desconocieron de modo flagrante los principios de la garantía de la cosa juzgada, la irretroactividad y la incorporación de los mal llamados  “derechos sociales” que significan pseudoderechos ya que, al concederlos, necesariamente dañan los derechos de terceros al no tener en cuenta que a todo derecho corresponde una obligación y si estas resultan contrarias al derecho de otros, inexorablemente se perjudica seriamente el andamiaje jurídico con lo que, además, se afecta a quienes se pretende mejorar en su condición.

 

En Venezuela,  los comisarios del momento ni siquiera alegan fundamentos para sus desvaríos sino que proceden al atropello a los derechos de las personas sin dar explicación alguna como no sea escudado en “la soberanía” de los aparatos estatales sin percatarse que la soberanía reside en los gobernados. Cualquier imitador de los Hitler de este mundo que asume el poder con suficiente apoyo electoral convierte su legislación pervertida en “normas de justicia”, y esto es lo que se ha repetido en el caso venezolano.

 

Reiteramos aquí algo de lo dicho antes sobre el rol del gobierno y colaterales. En realidad, el rol y las funciones del monopolio de la fuerza que llamamos gobierno se instituyó luego de que buena parte de la humanidad pudo sacarse de encima los faraones, emperadores y similares, para en su lugar ofrecer seguridad y justicia, es decir, para proteger los derechos a la vida, la libertad y la propiedad, tal como rezan todos los documentos fundamentales de las sociedades abiertas.

 

Pero henos aquí que de un largo tiempo a esta parte, las funciones de los aparatos estatales se han ido ensanchando hasta cubrir los espacios más íntimos de las personas, con lo cual, en lugar de proteger derechos, los gobiernos se han convertido en los principales enemigos de los gobernados y estos, siempre encerrados en el dilema del “menos malo”,  sufren los embates de forma reiterada.

 

El tema medular consiste en que se confunde la naturaleza del debate. Se discute si es bueno o malo para las personas tal o cual decisión y de allí irrumpe un salto lógico inaceptable: si se piensa que es bueno se concluye que el monopolio de la fuerza lo debe imponer. Esto es inaceptable para la dignidad y la autoestima de personas cuya característica central es rechazar el entrometimiento de una niñera forzosa que anula la imprescindible libertad de cada uno, lo cual conlleva la responsabilidad individual.

 

En la dieta alimenticia, en las finanzas, en el deporte, en el mundo cibernético, en la educación, en la cinematografía, en el periodismo, en la agricultura, en el comercio y en todo cuanto pueda ocurrirse está presente el Leviatán con sus garras demoledoras y todo “para el bien de la gente”.

 

En una sociedad abierta, este plano de análisis es del todo impropio. El aparato estatal es para proteger a la gente en sus derechos que son anteriores y superiores a la existencia misma del gobierno y no para jugar al papá (además, generalmente golpeador) de la persona de que se trate. Más aun, en la sociedad abierta se respeta de modo irrestricto que cada uno maneje su vida y su hacienda como le parezca mejor, como decimos, asumiendo cada uno su responsabilidad, lo cual incluye las asociaciones caritativas con recursos propios y así hablar en la primera persona del singular y no vociferar en la tercera del plural, es decir, proceder coactivamente con el fruto del trabajo ajeno. Tal como reza el adagio anglosajón: “Put your money where your mouth is”.

 

Con razón el decimonónico Bastiat decía que el aparato estatal “es la ficción por la que todos pretenden vivir a expensas de todos los demás”. Cada vez que se dice que el aparato estatal debe hacer tal o cual cosa hay que preguntarse a quienes de los vecinos hay que arrancarles recursos puesto que ningún gobernante aporta de su peculio para proyecto político alguno (más bien tienen una manifiesta inclinación por quedarse con lo ajeno).

 

Lo dicho para nada desconoce la posibilidad que algunas personas decidan ser manejadas por otros designando tutores o curadores y estableciendo sistemas colectivistas conviviendo dentro de un mismo país, pero nada autoriza a que ese sistema lo impongan a personas que mantienen su autoestima y su sentido de dignidad y quieran vivir como humanos, a saber, haciendo uso de su libertad.

 

Aparecen sujetos en el ámbito político en atriles diversos, casi siempre con el dedo índice en alto declamando que ellos no persiguen intereses electorales ni componendas sino que defienden principios. Pues no saben de que están hablando ya que la política busca votos de lo contrario se esfuman los candidatos y si no se acuerda pierden apoyo y si se mantienen tercos en principios son barridos del escenario. El político de una u otra inclinación es en última instancia un megáfono de lo que ausculta está demandando su clientela. Por eso es tan importante el debate de ideas y la educación: va al fondo de las cosas y determina lo que aplaudirá o rechazará la opinión pública que es la que, a su vez, permitirá que se articule tal o cual discursos desde los estrados políticos.

 

Repasar los documentos originales de todas las sociedades libres nos recuerda la idea de gobierno por la que se establecieron esas sociedades. Con el tiempo, debido a una muy exitosa faena educativa (más bien des-educativa) la idea del monopolio de la fuerza y sus consiguientes funciones ha variado radicalmente desde la idea jeffersoniana de que “el mejor gobierno es el que menos gobierna” a la idea leninista de abarcarlo todo en manos del gobierno.

 

Es que se dejó de lado el principio defensivo básico de que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia” pero no meramente por parte de algunos sino de todas las personas independientemente de sus obligaciones y tareas cotidianas. Si se pretende el respeto hay que hacer algo diariamente para lograr y mantener ese objetivo noble. No es como si algunos estuvieran en la platea esperando que actúen otros que deben estar en el escenario. Esta actitud conduce a que se demuela la platea, se caiga el escenario y finalmente se incendie el teatro en manos de hordas anti-civilización. Hacemos votos para que el caso venezolano comience ahora a marcar el rumbo hacia los valores de la libertad.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

ADAM SMITH, HOY

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hay autores que escriben para el  momento en  que viven por lo que leídos al tiempo sus trabajos carecen de interés, es lo que también pasa con los que circunscriben sus escritos a la coyuntura, artículos, ensayos y libros que vistos a la distancia no resultan atractivos como no sea para algún eventual registro historiográfico. Con Adam Smith, especialmente en su primer libro de 1795 sobre sentimientos morales y en su obra de 1776 sobre economía, sucede que casi todo lo consignado es aplicable a la actualidad.

 

Al cumplirse doscientos años de la muerte de Adam Smith escribí un largo ensayo que hace poco se reprodujo en un libro de mi autoría publicado en Venezuela por CEDICE (Centro de Divulgación del Conocimiento Económico, Caracas, 2013) bajo el título de El liberal es paciente. En aquél ensayo que se incluyó como un post-scriptum del referido libro, pretendí abarcar lo más relevante de este destacado pensador escocés, incluso aspectos de su vida que estimé importantes en conexión a su escarceo intelectual. En esta ocasión, en cambio, me circunscribo a comentar muy brevemente algunos pasajes de sus dos obras mencionadas (para facilitar información al lector indico con las siglas SM su primera obra y con RN la segunda).

“Lo que más rápidamente aprende un gobierno de otro es el de sacar dinero de la gente” (RN). Así es, por eso hay que tener cuidado, por ejemplo, de sugerir un nuevo impuesto para reemplazar a los vigentes porque los aparatos estatales agregarán el gravamen a los existentes (esto es lo que ocurrió, por caso, cuando originalmente se propuso el tributo al valor agregado).

“El hombre del sistema […] está generalmente tan enamorado de la belleza de su propio plan de gobierno que considera que no puede sufrir ni las más mínima desviación del él. Apunta a lograr sus objetivos en todas sus partes sin prestar la menor atención a los intereses generales o a las oposiciones que puedan surgir; se imagina que puede arreglar las diferentes partes de la gran sociedad del mismo modo que se arreglan las diferentes piezas en un tablero de ajedrez. No considera para nada que las piezas de ajedrez puedan tener otro principio motor que la mano que las mueve, pero el gran tablero de ajedrez de la sociedad humana tiene su propio motor totalmente diferente de los que el legislativo ha elegido imponer” (SM).

 

Nada más ajustado a la realidad, la soberbia de los gobernantes no toma en cuenta las diversas necesidades sino sus caprichos y deja de lado el hecho del conocimiento disperso y fraccionado en la sociedad para, en cambio, concentrar ignorancia al centralizar decisiones en oficinas burocráticas con todos los consecuentes desajustes que se suceden. El “hombre del sistema” constituye una caracterización muy ajustada a la arrogancia de los planificadores que ni siquiera se percatan de que al distorsionar precios relativos con sus irrupciones dificultan la evaluación de proyectos y la misma contabilidad al registrar precios que no corresponden  a las respectivas estructuras valorativas en el mercado para sustituirlas por simples números que no permiten conocer el grado en que se desperdicia capital debido a la mencionada desfiguración.

 

 

“Por tanto, resulta altamente impertinente y presuntuoso que reyes y ministros pretendan vigilar la economía de la gente […] Dejemos que aquellos se ocupen de lo que les corresponde, y podemos estar seguros de que éstos se ocuparán de lo suyo” (RN). Efectivamente, sobre todo presuntuoso por las razones apuntadas. Por otra parte, el monopolio de la fuerza que denominamos gobierno, en un sistema republicano,  debe ocuparse principalmente de la seguridad y la justicia,  que naturalmente descuida no solo por una cuestión de recursos sino especialmente porque si interviene afectando la propiedad privada, no puede, al mismo tiempo, sostener la justicia, es decir, el “dar a cada uno lo suyo”.

 

“El productor o comerciante[…] solamente busca su propio beneficio, y, en esto como en muchos otros casos, está dirigido por una mano invisible que promueve un fin que no era parte de su intención atender”(RN). Con este conocido pasaje Smith pone de relieve dos asuntos de la mayor importancia. En primer lugar, pone de relieve la naturaleza humana (al contrario de los que la pretenden torcer con la pretensión de fabricar “el hombre nuevo” y otras gansadas petulantes), esto es que todas las acciones humanas se deben al interés personal, en verdad una perogrullada porque ni no está en interés de quien actúa no se sabe en interés que quien pueda estar. En segundo lugar, esa afirmación que desarrolla en el libro en cuestión apunta a poner de manifiesto el complejo entramado social que no estaba en la intención de cada cual al perseguir su interés (siempre legítimo si no se lesiona derechos de terceros).

 

En esta misma dirección del interés personal, el autor explica que “Prácticamente en forma constante al hombre se le presentan ocasiones para ser ayudado por su prójimo pero en vano deberá esperarlo solamente de su benevolencia. Tendrá más posibilidades de éxito si logra motivar el interés personal de su prójimo y mostrarle que en su propia ventaja debe hacer aquello que se requiere de él. Cualquiera que propone un convenio de cualquier naturaleza está de hecho proponiendo esto. Dame aquello que deseo y usted tendrá esto que necesita. Este es el sentido de un convenio, y es la manera por la cual obtenemos de otros los bienes que necesitamos. No debemos esperar nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino que se debe a sus propios intereses. No nos dirigimos a su humanidad sino a su interés personal, y nunca conversaremos con ellos de nuestras necesidades sino de sus ventajas” (RN).

 

Todo lo cual para nada excluye la benevolencia a que Smith precisamente alude en las primeras líneas con que abre su primer libro que venimos mencionando: “Por muy egoísta que se supone que es una persona, hay evidentemente algunos principios en su naturaleza que lo hace interesarse en la suerte de otros y vincula su felicidad con la propia aunque no le reditúe nada excepto el placer de comprobarla” (recordemos que su colega Adam Ferguson también escribió que “el término benevolencia no es empleado para caracterizar a las personas que no tienen deseos propios, apunta a aquellos cuyos deseos las mueven a procurar el bienestar de otros”). Como hemos dicho en otras oportunidades, la caridad es por definición realizada con recursos propios,  de modo voluntario y si fuera posible de manera anónima. Arrancar recursos del fruto del trabajo ajeno no es caridad, es un atraco. En este contexto es indispensable el uso de la primera persona del singular y no recurrir a un micrófono para declamar en  la tercera persona del plural (“put your money where your mouth is” resulta una aforismo muy ilustrativo).

 

De más está decir que toda la lucha de Smith contra las falacias de la autarquía mercantilista basadas en el interés de las partes se aplican de modo especial al comercio exterior, por lo que afirma que “El interés de una nación en sus relaciones comerciales con otras es igual al de un comerciante respecto de las diversas personas con quienes trata: comprar barato y vender caro. Las posibilidades de comprar barato serán mayores si se permite que la libertad de comercio estimule a las naciones a comprar los bienes que pueden comprar, y por la misma razón venderán caro en la medida en que los mercados tengan la mayor cantidad de comparadores posible” (RN).

 

En otro orden de cosas, el filósofo-economista escosés ofrece un buen mojón o punto de referencia para sopesar la conveniencia o inconveniencia de una acción basado en un personaje imaginario que denomina “el observador imparcial” por lo que escribe que “Cuando nos ponemos en la posición de espectadores de nuestro propio comportamiento nos imaginamos qué efectos producirá sobre nosotros. Este es el único espejo en el que podemos en alguna medida mirarnos como nos miran los ojos de otras personas y así evaluar nuestra conducta […] Hay dos ocasiones diferentes en donde examinamos nuestra propia conducta y la vemos a la luz con que un espectador imparcial podría verla: primero, cuando estamos por actuar, y segundo, después de haber actuado” (SM).

 

Respecto a la presión tributaria, este pensador fue pionero en tres siglos de lo que hoy se conoce como la Curva Laffer al señalar que “Los impuestos altos, unas veces debido a la disminución en los bienes sujetos al gravamen y otras como consecuencia del estímulo que se produce al contrabando, se traducen en menores ingresos para el gobierno respecto de aquella situación en donde los impuestos son más moderados” (RN).

 

Por último para no cansar con citas por más jugosas que sean, reproduzco el párrafo que hace referencia a la conveniencia de las desigualdades de rentas y patrimonio (que son consecuencia de las prioridades y preferencias que revela la gente con sus compras y abstenciones de comprar en el mercado): “Cuando hay propiedad hay desigualdad. Por cada hombre rico habrá por lo menos quinientos pobres y la riqueza de unos pocos supone la indigencia de muchos. La opulencia de los ricos excita la indignación de los pobres, quienes están empujados a invadir aquellas propiedades debido a la necesidad y a la envidia. Solamente bajo el escudo protector del magistrado civil puede dormir tranquilo el propietario quien ha adquirido su propiedad a través del trabajo de muchos años, tal vez, a través de muchas generaciones” (RN).

 

Debe tenerse en cuenta la influencia que han tenido los trabajos de Adam Smith. Como destaqué en mi ensayo mencionado al comienzo,  Milton Fridman concluye que “The Wealth of Nations se considera en forma unánime y con justicia, como la piedra fundamental de la economía científica moderna. Su fuerza normativa y su influencia en el mundo intelectual revisten gran importancia para nuestro objetivo actual”.

 

Schumpeter subraya este éxito afirmando que “Antes de que terminara el siglo The Wealth of Nations había conseguido nueve ediciones inglesas sin contar las que parecieron en Irlanda y los Estados Unidos y se había traducido (que yo sepa), al danés, al holandés, al francés, al alemán, al italiano y al español”.

 

Recientemente fueron recopilados en dos volúmenes algunos de los estudios de Adam Smith sobre jurisprudencia, crítica literaria, música y otras misceláneas. Lamentablemente, muchos de sus papeles privados fueron destruidos después de su muerte, documentos que seguramente hubieran agregado información valiosa. El estilo, la elocuencia y la vivacidad presentes en la mayor parte de los trabajos de Smith hizo que Edmund Burke dijera que su primer libro publicado “constituye, posiblemente, una de las más bellas expresiones de la teoría moral que hayan aparecido”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.