“Paz, amor y libertad”

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 13/11/15 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/paz-amor-y-libertad/

 

Así es el título en castellano de un libro que podría pasar por texto jipi, pero es mucho más. Peace, love and liberty es un breve e interesante volumen que me regaló Francisco José Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Editado por Tom G. Palmer, lleva el subtítulo de “La guerra no es inevitable”.

Diversos autores repasan los problemas de la guerra, empezando por la decisión de emprenderla, que, como señala Palmer, es muy difícil de justificar, y tiene consecuencias calamitosas, desde la pérdida de vidas hasta la aniquilación de derechos, libertades y valores. Las guerras contribuyen a fortalecer el mismo poder político que las desencadena. Por eso dijo Charles Tilly: “La guerra hizo el Estado, y el Estado la guerra”.

La naturaleza humana no invita a la guerra forzada, dice Steven Pinker, y de hecho la violencia bélica ha disminuido en nuestro tiempo. Emmanuel Martin recurre a Jean-Baptiste Say para refutar la idea de la suma cero: a todos nos conviene que el vecino sea rico, y al revés: nos daña el que no lo sea. Palmer apunta una conocida regularidad de los medios de comunicación a propósito de la violencia: no es noticia que millones de personas cooperen pacíficamente, sino que se maten.

Hay un potente sustrato ideológico de las guerras, que es el antiliberalismo: los conflictos más sanguinarios fueron fomentados siempre por ideas contrarias al liberalismo, como el nacionalismo, el imperialismo, el comunismo, el socialismo, el fascismo y el nacional-socialismo. El liberalismo, en cambio, es antitético con la idea de la inevitabilidad del conflicto, y subraya la cooperación pacífica, mientras que los estatistas de todos los partidos siempre se centran en conflictos que son presentados como insolubles desde la libertad individual. Las diversas variantes del antiliberalismo se ceban en estos enfrentamientos inventados o exagerados, y por eso siempre son hostiles al capitalismo, al mercado y a la propiedad privada.

La disminución de víctimas mortales por guerras no significa que el belicismo haya desaparecido sino que ha cambiado de forma, pero sigue teniendo aspectos inquietantes, como la militarización de la policía, sobre la que escribe Radley Balko (con grandes éxitos de propaganda como la serie S.W.A.T. o Los hombres de Harrelson).

Cathy Reisenwitz advierte sobre la legitimación de un poder político y legislativo creciente y cada vez más intrusivo, mediante el uso de nuevas “guerras” y “luchas” contra las drogas, el terror, el fraude, la desigualdad, la discriminación, etc. Se trata de guerras contra adversarios indefinidos, que no se pueden ganar con claridad y que son por ello perdurables –además de ser en muchos casos alimentadas por los propios Estados, como sucede con la elevada presión fiscal, que fomenta la evasión, contra la cual después “lucha” el mismo Estado que la propicia.

Una vieja idea es que la literatura es inútil ante la guerra. Sin embargo, hay notables ejemplos de lo contrario, y este libro termina con algunos, como la célebre Oración de guerra de Mark Twain.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

 

Una esperanza para la Argentina

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 2/11/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1841789-una-esperanza-para-la-argentina

 

Los resultados de las elecciones del domingo 25 en la Argentina desmintieron todos los sondeos de opinión según los cuales el candidato Daniel Scioli, apoyado por la jefa de Estado, Cristina Kirchner, ganaría en primera vuelta. Y han abierto la posibilidad de que el país que fue algo así como el faro de América latina salga de la decadencia económica y política en que está hundido desde hace más de medio siglo, y recupere el dinamismo y la creatividad que hicieron de él, en el pasado, un país del primer mundo.

La condición es que en la segunda vuelta electoral, el 22 de noviembre, gane Mauricio Macri y el electorado confirme el rechazo frontal que ha recibido en la primera el kirchnerismo, una de las más demagógicas y corruptas ramas de esa entelequia indescifrable llamada peronismo, un sistema de poder parecido al antiguo PRI mexicano, en el que caben todas las variantes del espectro ideológico, de la extrema derecha a la extrema izquierda, pasando por todos los matices intermedios.

La novedad que encarna Macri no son tanto las ideas modernas y realistas de su programa, su clara vocación democrática, ni el sólido equipo de plan de gobierno que ha reunido, sino que el electorado argentino tiene ahora la oportunidad de votar por una efectiva alternativa al peronismo, el sistema que ha conducido al empobrecimiento y al populismo más caótico y retardatario al país más culto y con mayores recursos de América latina.

No será fácil, desde luego, pero (por primera vez en muchas décadas) sí es posible. La victoria de María Eugenia Vidal, de inequívocas credenciales liberales, en las elecciones para la gobernación de Buenos Aires, tradicional ciudadela peronista, es un indicio claro del desencanto de un vasto sector popular con una política que, detrás de la apariencia de medidas de “justicia social”, antiamericanismo y prochavismo, ha disparado la inflación, reducido drásticamente las inversiones extranjeras, lastimado la credibilidad financiera del país en todos los mercados mundiales y puesto a la Argentina a orillas de la recesión.

El sistema que encarna la señora Kirchner se va a defender con uñas y dientes, como es natural, y ya es un indicio de lo que podría suceder el que, en la primera vuelta, el Gobierno permaneciera mudo, sin dar los resultados, más de seis horas después de conocer el escrutinio, luego de haber prometido que lo haría público de inmediato. La posibilidad del fraude está siempre allí y la única manera de conjurarlo es, para la alianza de partidos que apoya a Macri, garantizar la presencia de interventores en todas las mesas electorales que defiendan el voto genuino y -si la hubiera- denuncien su manipulación.

Dos hechos notables de las elecciones del 25 de octubre son los siguientes: Macri aumentó su caudal electoral en cerca de 1.700.000 votos y el número de electores se incrementó de manera espectacular: del 72% de los inscriptos en la pasada elección a algo más del 80% en ésta. La conclusión es evidente: un sector importante del electorado, hasta ahora indiferente o resignado ante el statu quo, esta vez, renunciando al conformismo, se movilizó y fue a votar convencido de que su voto podía cambiar las cosas. Y, en efecto, así ha sido. Y lo ha hecho discretamente, sin publicitarlo de antemano, por prudencia o temor ante las posibles represalias del régimen.

De ahí la pavorosa metida de pata de las encuestas que anunciaban un triunfo categórico de Scioli, el candidato oficialista, en la primera vuelta. Pero el 22 de noviembre no ocurrirá lo mismo: el poder kirchnerista sabe los riesgos que corre con un triunfo de la oposición y moverá todos los resortes a su alcance, que son muchos -la intimidación, el soborno, las falsas promesas, el fraude- para evitar una derrota. Hay que esperar que el sector más sano y democrático de los peronistas disidentes, que han contribuido de manera decisiva a castigar al kirchnerismo, no se deje encandilar con los llamados a la unidad partidista (que no existe hace mucho tiempo) y no desperdicie esta oportunidad de enmendar un rumbo político que ha regresado a la Argentina a un subdesarrollo tercermundista que no se merece.

No se lo merece por la variedad y cantidad de recursos de su suelo, uno de los más privilegiados del mundo, y por el alto nivel de integración de su sociedad y lo elevado de su cultura. Cuando yo era niño, mis amigos del barrio de Miraflores, en Lima, soñaban con ir a formarse como profesionales no en Estados Unidos ni Europa, sino en la Argentina. Esta tenía entonces todavía un sistema de educación ejemplar, que había erradicado el analfabetismo -uno de los primeros países en lograrlo- y que el mundo entero tenía como modelo. La buena literatura y las películas más populares en mi infancia boliviana y adolescencia peruana venían de editoriales y productores argentinos y las compañías de teatro porteñas recorrían todo el continente poniéndonos al día con las obras de Camus, Sartre, Tennessee Williams, Arthur Miller, Valle Inclán, etcétera.

Es verdad que ni siquiera los países más cultos están inmunizados contra las ideologías populistas y totalitarias, como demuestran los casos de Alemania e Italia. Pero el fenómeno del peronismo es, al menos para mí, más misterioso todavía que el del pueblo alemán abrazando el nazismo y el italiano el fascismo. No hay duda alguna de que la antigua democracia argentina -la de la república oligárquica- era defectuosa, elitista, y que se precisaban reformas que extendieran las oportunidades y el acceso a la riqueza a los sectores obreros y campesinos. Pero el peronismo no llevó a cabo esas reformas, porque su política estatista e intervencionista paralizó el dinamismo de su vida económica e introdujo los privilegios y sinecuras partidistas a la vez que el gigantismo estatal. El empobrecimiento sistemático del país multiplicó la desigualdad y las fracturas sociales. Lo sorprendente es la fidelidad de una enorme masa de argentinos con un sistema que, a todas luces, sólo favorecía a una nomenclatura política y a sus aliados del sector económico, una pequeña oligarquía rentista y privilegiada. Los golpes y las dictaduras militares contribuyeron, sin duda, a mantener viva la ilusión peronista.

Recuerdo mi sorpresa la primera vez que fui a la Argentina, a mediados de los años sesenta, y descubrí que en Buenos Aires había más teatros que en París, donde vivía. Desde entonces he seguido siempre, con tanta fascinación como pasmo, los avatares de un país que parecía empeñado en desoír todas las voces sensatas que querían reformarlo y que, en su vida política, no cesaba de perseverar en el error. Tal vez por eso he celebrado el domingo 25 los resultados de esa primera vuelta con entusiasmo juvenil. Y, cruzando los dedos, hago votos porque el 22 de noviembre una mayoría inequívoca de electores argentinos muestre la misma lucidez y valentía llevando al poder a quien representa el verdadero cambio en libertad.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.