La Escuela Austríaca de Economía (9° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/09/la-escuela-austriaca-de-economia-9-parte.html

 

“La intrincada organización del capital para producir distintos bienes de consumo es gobernada por el sistema de precios (price signals) y el cuidadoso cálculo económico que hacen los inversores. Si se distorsiona el sistema de precios, los inversores cometerán errores en la organización de los bienes de capital. Una vez que el error se hace manifiesto, los agentes económicos reordenarán sus inversiones, pero en el ínterin se habrán perdido recursos muy valiosos [9]”[1]

Es lo que se ha llamado despilfarro de capital, porque al intervenir en el mercado a través de diferentes mecanismos el gobierno altera los indicadores económicos. Uno de esos medios de interferir en el mercado es la inflación, pero no es el único. Hay otras injerencias, como la fijación de precios políticos a bienes (entre los cuales está la moneda) y servicios. Los errores vendrán dados porque los inversores calcularán sobre precios previamente falseados.  En otros términos, sobre precios políticos y no de mercado. De alguna manera, cabria incluir en términos generales aquellos precios (que son resultado de distorsiones creadas por la inflación) dentro de la categoría de precios políticos de momento que la inflación sólo puede ser generada políticamente. Si bien los tradicionales precios políticos son los máximos y mínimos, por medio de los cuales los gobiernos pretenden fijar deliberadamente nuevos sistemas de precios, la inflación al distorsionar los precios de mercado produce un efecto similar, a veces involuntario por parte del funcionario a cargo de la máquina de imprimir dinero, otras veces voluntario. Pero si nos atenemos a los resultados, los precios resueltamente siempre sufrirán distorsión por motivos de origen político.

“Proposición 10: Las instituciones sociales suelen ser el resultado de la acción humana, pero no del designio humano. Muchas de las instituciones y de las prácticas sociales más importantes no son el resultado del diseño directo sino que son un subproducto de acciones que se realizaron para alcanzar otros fines. Un estudiante en el Medio Oeste (Midwest) de los Estados Unidos, que intenta llegar rápido a clase durante el mes de enero (invierno boreal), a fin de evitar el frío decide tomar un atajo a través de un jardín en lugar de seguir el camino más largo alrededor del mismo. Al haber acortado su trayecto caminando por el jardín, el estudiante ha dejado algunas huellas en la nieve; en la medida en que otros estudiantes sigan estas huellas, harán que las marcas en el camino queden cada vez más definidas. Aunque el objetivo de cada uno de estos estudiantes es simplemente llegar a clase tan pronto como sea posible, y evitar así las frías temperaturas, en el proceso han creado un sendero en la nieve que, de hecho, sirve a otros estudiantes, que arribarán más tarde, para alcanzar su objetivo más fácilmente. La historia del “sendero en la nieve” viene a ser un ejemplo gráfico de lo que es un “producto de la acción humana, que no es resultado del designio humano” (Hayek, 1948, p. 7).”[2]

El propósito no fue crear un camino, sino llegar más rápido al lugar de destino. De la misma manera y siguiendo lo que dijimos antes, cuando los gobiernos emiten moneda, muchas veces su intención no es causar inflación, sino que, vía de doctrinas económicas erróneas y creyendo que el dinero es riqueza en sí mismo, quieren dotar a la gente de mayor poder de compra, cuando en realidad están ocasionando el efecto inverso. Este fenómeno que también se denomina de las consecuencias no intentadas o no queridas, sucede en muchos ámbitos de la vida, no sólo en el económico como ese ejemplo de la cita comentada lo ilustra bien.

Friedrich A. von Hayek ha trabajado mucho sobre esta idea y la ciencia económica le debe grandiosas contribuciones. Pero su precursor fue -sin lugar a dudas- Adam Smith, quien ya en 1776 introduce la teoría en su obra magna “La riqueza a de las naciones” a través de su célebre metáfora (tantas veces tan malinterpretada) de “la mano invisible”. Por ella, no es la beneficencia lo que anima a la gente a intercambiar sus productos con los de otras personas, sino que lo son motivaciones egoístas, entendido este término como de interés propio, y no con el sentido estrecho que normalmente se le da. En el caso, no está en el designio de los hombres trabajar y producir para beneficiar a otros, por ejemplo, el objetivo primordial del empleado en su empleo no es laborar para favorecer a su patrón, sino hacerlo para recibir una paga por ello. Y a la inversa, muchas veces la solidaridad en lugar de ayudar a su destinatario lo perjudica.

Pero las injerencias estatales en el perímetro de la economía son los ejemplos más claros donde ello sucede. Así, el llamado “estado de bienestar” o “benefactor” está inspirado en la proposición de que el gobierno debe dotar a la gente de recursos para su felicidad y abundancia.

“La economía de mercado y su sistema de precios son ejemplos de un proceso similar. Las personas no se proponen crear el complejo entramado de intercambios y señales de precios que constituyen una moderna economía de mercado. Su intención, simplemente, es mejorar la propia situación vital, pero sin embargo su comportamiento da como resultado el sistema de mercado. El dinero, el derecho, el lenguaje, la ciencia, entre otros, constituyen fenómenos sociales cuyo origen no obedece al designio humano, sino a las personas que se esfuerzan en lograr su propio progreso, y que durante ese proceso generan un resultado que beneficia al todo social [10] “[3]

Este es -como también ha explicado F. v. Hayek- un mecanismo espontáneo o -en sus propias palabras- un orden espontáneo, expresión que, a primera vista, resultaría contradictoria pero que, sin embargo, lejos está de serlo como la menor experiencia puede comprobar. Por ejemplo, “El dinero, el derecho, el lenguaje, la ciencia” y otras instituciones sociales no fueron fruto de la premeditada decisión, ni de una persona, ni de un grupo de ellas, sino consecuencia de la acción humana, que, si bien indudablemente siempre es intencional en mira de resultados individuales, en sus consecuencias sociales no lo es.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.

[2] Boettke, P. ibidem

[3] Boettke, P. ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

 

5 grandes mitos en las venas abiertas de América Latina

Por Adrián Ravier: Publicado el 3/10/17 en: https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/5-grandes-mitos-en-las-venas-abiertas-de-america-latina

 

Eduardo Galeano tenía una pluma extraordinaria. Sus novelas y cuentos siguen deslumbrando al mundo hispano, aunque su clásico de historia titulado Las venas abiertas de América Latina haya tenido como resultado un lamentable impulso para una mentalidad anticapitalista que todavía predomina en la región. Este libro, que el autor escribiera siendo demasiado joven, fue prohibido durante las dictaduras de los años 1970, lo que contribuyó en convertirlo en un libro obligado en muchos colegios secundarios cuando recuperamos la democracia.

Me propongo a continuación desmantelar brevemente los mitos que Galeano presenta en aquel libro, los que se pueden resumir en las siguientes cinco ideas.

1. Ha existido una continua política de saqueo desde la época de la Colonia hasta nuestros días.

Galeano plantea en este libro una línea continua desde el saqueo de metales preciosos –en particular en la forma de oro y plata- generada por los conquistadores en los siglos XVI, XVII y XVIII, hasta los réditos que obtienen empresas multinacionales como General Motors en los siglos XX y XXI.

Lo cierto, sin embargo, es que esta línea continua constituye un mito. Mientras los conquistadores hicieron uso de la fuerza y la violencia para obtener los metales, General Motors y otras empresas multinacionales ofrecen intercambios voluntarios y pacíficos que enriquecen las regiones en las que se introducen ofreciendo inversiones, innovaciones, know how, trabajo y demás.

2. Fue precisamente ese saqueo el que impulsó el mayor desarrollo relativo europeo respecto de Latinoamérica.

Si uno considera hoy el mayor retraso relativo de España y Portugal en relación con sus vecinos europeos no parece haber razón en esta hipótesis. Más bien, los metales preciosos que llegaban a estos dos países permitieron incrementar el consumo de corto plazo, pero condenaron su futuro industrial. Por el contrario, otros autores como Deirdre McCloskey explican que el mayor desarrollo económico de Europa se explica por otras fuentes, a saber, el mayor espacio y dignidad que recibieron los mercaderes e inventores para que sus proyectos pudieran florecer, a medida que se eliminaban controles y regulaciones.

3. El orden económico vigente no es la consecuencia de un orden espontáneo, sino un orden generado a través de la planificación central americana, primero con el cuerpo de políticas gubernamentales, y luego con los tentáculos de las empresas multinacionales que saquean a todos los países en los que se introducen.

No seremos tan ingenuos de creer que Estados Unidos y ciertas potencias no participan en la formación del orden económico vigente. Seguramente lo hacen, y especialmente a partir del momento en que Estados Unidos abandona su política exterior de “no-intervención”, y más bien interviene en todos los conflictos militares y políticos que se generan en el mundo.

Pero asumir que cada empresa multinacional que se introduce en nuestra región es el medio para continuar con el saqueo de otros tiempos, constituye un exceso. Pienso más bien que confluyen en el orden económico vigente ciertos órdenes espontáneos, formando instituciones como el lenguaje, el derecho, el comercio, el dinero o la globalización, con otros factores políticos que vienen diagramados desde el norte.

4. La culpa de nuestros males (pobreza, indigencia, desocupación extendida) es del mundo desarrollado. Nuestra pobreza es la contrapartida de la riqueza de los países centrales.

Quizás lo más peligroso de aceptar el punto anterior, es justamente pensar que nuestros males son producidos por cuestiones ajenas a nuestras decisiones. Estados Unidos y Europa no deciden nuestro futuro, y debemos hacer un mea culpa nosotros mismos de los errores que hemos cometido. Los intercambios voluntarios son un juego de suma positiva, donde ambas partes ganan. Si intercambiamos nuestro trabajo con el de nuestros vecinos y eso nos genera mayor riqueza, ¿por qué pensamos que una frontera política puede cambiar el resultado del mismo proceso? Nuestra pobreza no es la riqueza de los países centrales, sino la consecuencia de no haber sabido crear un contexto favorable a la inversión y a la formación de capital, como sí ocurrió en Europa a partir de lo que comentamos arriba es la tesis de McCloskey.

5. La única forma de interrumpir este proceso y darle esperanza a los pueblos latinoamericanos, es a través de la violencia, expropiando la propiedad privada de los medios de producción a quienes han abusado de él.

Quizás sorprenda al lector que Galeano suscriba las siguientes palabras de Josué de Castro: “Yo, que he recibido un premio internacional de la paz, pienso que, infelizmente, no hay otra solución que la violencia para América Latina”. Sus palabras a favor de la revolución cubana, acompañaron y justificaron el ataque a innumerables derechos humanos de los cubanos que aun hoy sufren las consecuencias de una dictadura, carentes de libertades individuales fundamentales.

Los países latinoamericanos tienen dos opciones. O somos parte del mundo, o nos mantenemos ajenos a él. Y la experiencia muestra que mantenerse aislados o ajenos a él, no trae buenas consecuencias para el pueblo. Más bien, pienso que debemos aprovechar la división internacional del trabajo y la globalización, integrar los mercados y aprovechar los beneficios del intercambio, que siempre genera valor para sus participantes.

En sus últimos comentarios sobre Las venas abiertas Galeano señaló: “Yo no sería capaz de leer el libro de nuevo. Para mí esa prosa de izquierda tradicional es pesadísima. […] Fue el resultado de un intento de un joven de 18 años de escribir un libro sobre economía política sin conocer debidamente el tema. […] Yo no tenía la formación necesaria. No estoy arrepentido de haberlo escrito pero fue una etapa que, para mí, está superada”.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

I´M DONE WITH HOUSE OF CARDS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/7/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/07/im-done-with-house-of-cards.html

 

Sí. Basta, the end, and the story.

Me vi las cuatro primeras temporadas y comencé la quinta. Me hartó.

¿Por qué?

Algunos supondrán que pienso que el mundo es mejor.

No. La historia de la humanidad es, en gran parte, la historia de los psicópatas en el poder, llámense reyes, emperadores, presidentes o gran conductor. Y el problema no son ellos, individualmente, que no deberían estar sino en tratamiento psiquiátrico, sino las masas que los siguen y que les dan el poder. Pero eso se llama alienación, fenómeno social permanente que ha sido estudiado muy bien por Freud (Psicología de las masas y análisis del yo) y por Fromm (El miedo a la libertad). La relación de la alienación con el poder es un tema de psicología política MUY importante que debería ser tenido más en cuenta por todos aquellos que se preguntan cómo pasa lo que pasa.

Por lo demás, como buen liberal clásico, para mí la lectura de Buchanan es obligada, y por ende ya sé lo que es la “política sin romance”. Hemos sido casi todos educados en que el gobernante busca el bien común, mientras que el privado, su bien particular. Ok, que “deba” buscar el bien común es una cosa, pero que lo busque, es otra. Y en general no lo busca porque la política, precisamente al no ser el mercado, es la oferta y demanda de bienes públicos, que NO son el bien común escolástico. Son los bienes estatales que el político ofrece a su demanda, los votantes, y él se los ofrece, buscando precisamente su bien particular (su fama, su poder, su reelección), y se los da, total, él no los paga. En todo caso lo pagan las futuras generaciones con impuestos y endeudamiento. Qué bien.

Claro que ese inmenso poder puede ser aprovechado por psicópatas como Frank Underwood. Pero no son ellos los que han producido ese poder: lo han producido los intelectuales buenitos que han generado las ideas que han conducido a la ampliación de las atribuciones de los poderes ejecutivos y legislativos. Todos los que con buena voluntad pensaron y piensan que el estado debe ocuparse de la salud, la educación, la seguridad social, la política fiscal, la redistribución de ingresos, el comercio exterior, el comercio interior, el dinero, la banca, etc etc etc. Todos esos intelectuales, seguramente muy buena gente, generan las “estructuras de pecado” que luego son aprovechadas por los miles de frankes underwoods vestidos y revestidos de mil maneras culturales.

Ahora bien, si la situación fuera, como dice Hayek, una “política bajada de su pedestal”, donde los bienes públicos estatales son pocos y el poder del gobierno es limitado, entonces uno podría darse el lujo de no ocuparse de una política que no puede interferir en nuestras vidas. Pero la situación no es así y el sistema tiene que cambiarse desde dentro. Quedarse afuera no es opción, porque estas situaciones en la historia terminan en el colapso del sistema o en una revolución violenta.

Por ende el problema de los tiempos actuales es que es un tiempo de crisis donde se necesita que la gente honesta se involucre de algún modo, pero NO para ocupar los mismos puestos gubernamentales que los intervencionistas, sino para derogar, desregular, eliminar, desmantelar, todo ese sistema, desde el poder mismo. Como en la Europa de la post-guerra, donde gran parte de sus primeros ministros fueron santos varones que nada tenían que ver con un Aníbal Fernández ni con una Hilary Clinton. O como la reconstrucción del Japón de la post-guerra.

¿Pero entonces qué necesitamos? ¿Una guerra?

No, claro. O sí, claro, si no hacemos nada. Y series como House of Cards son un incentivo para no hacer nada. Ah, esa es la política de miércoles, piensa el ciudadano honesto. Ya está, jamás me meteré en eso. Ok, entonces los Frank Underwood florecerán como por encanto, que en EEUU serán los Underwood, y en otros lares son los Maduros, los Castro, los Pol Pot, y toda la lista de pequeños o grandes hítleres que, como bien sabemos hoy, estaban ya muy chiflados desde pequeñitos.

No, señores, la política no es necesariamente House of Cards. La política concreta no será para mí, que no sé jugar su ajedrez, pero sí es para gente con piel dura e ideas claras y distintas. Ronald Reagan no fue Frank Underwood. Gandhi, tampoco. Mandela, tampoco. J.F. Kennedy, tampoco. Estaban, sí, un poco locos, pero no eran psicópatas del poder, eran estadistas (NO estatistas). Y si no te gusta ninguno de ellos, selo tú, y deja de protestar contra la política para que luego termines asesinado por ella mientras pensabas que tu mundillo seguiría inalterable.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Las inconsecuencias del “capitalismo de estado”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 14/5/16 en:  http://www.accionhumana.com/2016/05/las-inconsecuencias-del-capitalismo-de.html

 

Como ya dijéramos en otras ocasiones, la expresión “capitalismo de estado” se hecho más frecuente que la de socialismo, según L. v. Mises con el objetivo deliberado de encubrir a este último sistema y, con ello, simular sus notorios defectos. Pero, en esencia, no hay que llamarse a engaño y creer que el “capitalismo de estado” sería algo diferente al socialismo, aunque no faltan autores que hacen ciertas distinciones y que acercan más la fórmula “capitalismo de estado” a lo que L. v. Mises ha denominado intervencionismo. No obstante -y desde nuestro propio punto de vista- hemos de coincidir con el maestro austriaco en cuanto a que lo que se describe como tal no es ninguna otra cosa que un nombre un poco más “elaborado” para renombrar a lo que siempre se ha conocido como socialismo liso y llano.

“En el capitalismo de Estado más inexorablemente que en sistemas sociales más abiertos, una cosa lleva a la otra, y cuando se elimina una inconsecuencia, aparecen otras que a su vez reclaman su eliminación. La sección final y futurista de este libro («En la plantación») versa sobre la lógica de un Estado que posee todo el capital, necesitando poseer también a sus trabajadores. Los mercados de trabajo y bienes, la soberanía del consumidor, el dinero, los empleados-ciudadanos que votan con los pies son elementos extraños que estorban a algunos objetivos del capitalismo de Estado. En la medida en que se relacionan con él, el sistema social llega a incorporar algunas características del viejo Sur paternalista.”[1]

Por otra parte, si se aceptara la existencia de un “capitalismo de estado”, ello nos llevaría forzosamente a la necesidad de distinguirlo de un capitalismo privado, con lo cual se crearía una categoría que -a renglón seguido- daría lugar a otras y así sucesivamente. Ya hemos dado en varias partes razones que creemos suficientes como para estar convencidos que recurrir al neologismo capitalismo privado no consiste en otra cosa más que en una redundancia, que no hace más que generar confusión y la necesidad de entrar en recurrentes aclaraciones respecto de qué se está hablando cuando se lo hace naturalmente del capitalismo. Hemos sido pertinaces en cuanto a que si queremos tener en claro qué es el capitalismo debemos separarlo necesariamente de toda connotación estatal. El capitalismo es un sistema económico que, como tal, no puede funcionar adecuadamente si el estado-nación lo interfiere y –lógicamente- si termina anulándolo.

“El pueblo tiene que convertirse en esclavos mobiliarios en aspectos relevantes. No poseen, sino que deben su trabajo. No hay «desempleo», los bienes públicos son relativamente muy abundantes, y los «bienes de mérito» como alimentación sana o discos de Bach, baratos, mientras que los salarios son poco más que calderilla según los niveles medios del mundo exterior. El pueblo tiene su ración de vivienda y transporte público, atención sanitaria, educación, cultura y seguridad en especie, en vez de recibir cupones (de dinero, ni hablar) y la correspondiente responsabilidad de elección. Sus gustos y temperamentos se modifican de acuerdo con esto (aunque no todos se convierten en adictos; algunos pueden volverse alérgicos). El Estado habrá maximizado su poder discrecional antes de que finalmente descubra que se encuentra ante un nuevo apuro.”[2]

La descripción anterior de lo que sería un “capitalismo de estado” recuerda más bien al tristemente célebre “estado de bienestar” o “benefactor”. Y efectivamente, bastante poca es la diferencia que aparta a este tipo de “estados” del estado socialista como siempre se lo ha conocido y tanto se lo ha estudiado. Pero nos parece suficientemente descriptivo el párrafo cuyo resumen se encuentra perfectamente sintetizado en la primera oración del mismo, cuando el autor dice muy claramente que en el “capitalismo de estado” “El pueblo tiene que convertirse en esclavos mobiliarios en aspectos relevantes”. Llámesele como se le quiera llamar, “capitalismo de estado” o socialismo, o los sistemas intermedios que conducen hacia este último como el intervencionismo del que participan el “estado benefactor” o “de bienestar”, todos ellos que, en realidad no son más que uno –al fin de cuentas- conducen a la pérdida de toda libertad, y con ella se anula la acción y la motivación del ser humano. Principalmente, se elimina todo incentivo a progresar, porque se diluye el sentido de la responsabilidad personal.

“Volvamos a la idea de una sociedad donde los individuos tienen un título sobre su propiedad y sus cualidades personales (capacidad de esfuerzo, talentos) y son libres de venderse o alquilarse en condiciones voluntariamente acordadas. La producción y la distribución en tal sociedad estarán simultáneamente determinadas, aproximadamente, por el título y por el contrato, mientras que sus acuerdos políticos estarán al menos estrechamente limitados (aunque no completamente determinados) por la libertad de contratar. Sólo el Estado capitalista, con los fines metapolíticos que le atribuimos para conservarse en su sitio, puede sentirse cómodo dentro de tales límites. El Estado adversario, cuyos fines compiten con los de sus ciudadanos y que confía en el consenso para ganar y conservar poder, debe proceder a echarlos abajo. En el caso extremo, sustancialmente puede abolir el título de propiedad y la libertad de contratar. La manifestación sistemática de este extremo es el capitalismo de Estado.”[3]

Aunque nosotros insistimos en aislar (y mantener alejadas) las esferas que corresponden al capitalismo por un lado, y al “estado” por el otro, podemos comprender perfectamente la idea que nos describe el autor en la cita que antecede. Según su nomenclatura, lo que él llama “Estado capitalista” puede garantizar la existencia de lo que simplemente vamos a rotular comoderechos de propiedad comprendiendo en esta última locución tanto la posibilidad de poseer a nombre propio bienes materiales como la de disponer de su propia fuerza de trabajo. El criterio de distinción que parece esbozar el autor, consiste en que el “estado capitalista” reconoce límites que le impiden competir con los fines de los ciudadanos que operan bajo su órbita. Al aludir al caso extremo, lo que denomina “estado adversario” no es otra cosa que el “capitalismo de estado” o -lisa y llanamente- según nuestro propio léxico, el estado socialista.

[1] Anthony de Jasay. El Estado. La lógica del poder político. Alianza Universidad. Pág. 22/23

[2] Anthony de Jasay. El Estado. ..ob. cit. Pág. 22/23

[3] Anthony de Jasay. El Estado ….ob. cit.. Pág. 174

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La empresa, culpable de la crisis económica

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 4/8/14 en: http://bit.ly/1zRz6v9

 

Todas las crisis explotan el recurso al mejor amigo del hombre, que no es el perro sino el chivo expiatorio. La última no ha sido ninguna excepción. Como ya sucedió ampliamente en los años 1930, se echó la culpa al malvado mercado libre, al pérfido capitalismo y a la peor y más cruel de las sanguijuelas: la empresa.

La argumentación más extendida, en efecto, ha sido que la crisis se debió principalmente a la codicia de unos empresarios irresponsablemente obsequiados por el poder político y legislativo con una libertad excesiva.

Esto de la codicia es un viejo truco para demonizar a los empresarios. Ante todo, se convierte en vicio lo que en realidad es una virtud: intentar mejorar nuestra propia condición. ¿Por qué va a ser malo? Y, sobre todo, si no es malo que los trabajadores procuren ganar más, ¿por qué va a serlo en el caso de los empresarios? Si no hay violencia ni fraude, la búsqueda y el logro de un mayor beneficio para el capital es algo tan bueno, noble y provechoso como la búsqueda y el logro de un mayor salario.

El absurdo

Pero, además, recurrir a la codicia para explicar la crisis es absurdo: si las crisis se debieran a la existencia del vicio, viviríamos siempre en crisis. Asimismo, resulta entrañable que alguien pueda pensar seriamente que el pecado es sectorial, y que lo cometen los empresarios pero no los trabajadores. Aún más delirante, e implícita en esta demonización de los empresarios, es la fantasía de que la codicia es un atributo de los empresarios o en todo caso del mercado o el sector privado de la economía, como si no tuviéramos suficiente experiencia como para afirmar que algún papel cumple en la política y las Administraciones Públicas.

Posiblemente, el mayor desatino, relacionado con el punto que abordamos en el artículo anterior, es atribuir la crisis a una libertad económica excesiva. Esto nunca ha sido así, pero proclamarlo a raíz de la reciente crisis no resiste la menor contrastación con la realidad. Por un lado, como ya vimos, lejos de haber sido privatizados o desmantelados en beneficio de una supuestamente imparable expansión empresarial, los estados son más grandes que nunca. Y los impuestos, los gastos y la deuda pública alcanzan niveles históricos, en flagrante contradicción con un pretendido triunfo del liberalismo que sólo ha existido en la imaginación de la corrección política. La intervención, por fin, ha sido particularmente generalizada y profunda allí donde precisamente estalla la crisis: el dinero, la banca y las finanzas. En el caso concreto de nuestro país habría que añadir por supuesto el sector de la construcción, también ampliamente intervenido por la política y la legislación en todos los niveles de la Administración.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.