Franco, izquierda, Iglesia

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 5/9/18 en: https://www.actuall.com/criterio/democracia/franco-izquierda-iglesia/

 

Fusilamiento de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles durante la Guerra Civil Española.
Fusilamiento de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles durante la Guerra Civil Española.

El odio de la izquierda a Franco y a la Iglesia Católica son fáciles de entender. Lo peculiar son sus piruetas a la hora de practicar una de sus dos estrategias fundamentales: la mentira.

De entrada, la izquierda no odia a Franco por haber sido un dictador. Si los supuestos progresistas amaran la libertad y la democracia por encima de todo, entonces aborrecerían también el comunismo, el socialismo y el populismo, que han arrasado con vidas, derechos y libertades en medio planeta. En vez de eso, aprecian esos regímenes, o no los censuran tanto como a la dictadura franquista, o, en el colmo del falso equilibrio, los sitúan a la par, como si de verdad el régimen franquista y, digamos, el comunista camboyano, fueran equiparables en su carácter criminal, despótico y empobrecedor.

En realidad, el odio al franquismo se debe a que lo asocian con la derrota en la Guerra Civil, que pretenden ganar ahora con la mal llamada “memoria histórica”, y con la distorsión del pasado, que pretenden pintar de tal modo que creamos que los perdedores de esa guerra eran bondadosos defensores de la democracia.

En esa distorsión se inscribe su aversión a la Iglesia. Es verdad que ese rechazo es común a las izquierdas de todo el mundo, que abominan de la religión por lo que representa de “fortaleza privada”, como decía Schumpeter para referirse a las instituciones fundamentales de la sociedad libre, que median entre el Estado y los ciudadanos. Las diversas variantes del socialismo están en contra de esas instituciones —desde la religión hasta la propiedad privada— precisamente por lo que tienen de amparo del individuo.

España es un caso especial dentro de ese odio de la izquierda a las religiones judeocristianas. Y lo es por su relación con la Guerra Civil y el franquismo. Fue el conflicto el que produjo el respaldo abierto y declarado a uno de los bandos: la Iglesia se situó sin fisuras junto a los nacionales y en contra de los republicanos.

Nunca se explica esta circunstancia. Simplemente se añade el franquismo como un motivo más para condenar a la Iglesia, como si no hubiese habido ningún motivo por el cual la Iglesia secundó a uno de los bandos en la Guerra Civil.

Esta mentira es una constante en la izquierda y la hemos vuelto a vivir con los recientes debates a propósito del traslado de los restos de Franco. Así, hemos podido leer a personas de la izquierda indignadas recordando que los obispos homenajearon al dictador, y lo hicieron entrar bajo palio en las catedrales. Se rasgan las vestiduras y proclaman: ¡nada de eso queremos los demócratas!

La mentira en este caso no es simplemente, como acabo de señalar, el hecho patente de que ninguno de los bandos enfrentados en la Guerra Civil quería la democracia. Hay algo más y se trata de la otra estrategia fundamental de la izquierda: la violencia.

En efecto, al atacar a la Iglesia, identificándola con el franquismo, la izquierda elude la consideración de por qué apoyó la Iglesia a los nacionales. Y la explicación es clara. Lo que sucedió fue que las fuerzas de la izquierda practicaron una violencia brutal contra los católicos, y en particular contra los religiosos. Miles de monjas y curas fueron asesinados salvajemente. Pero de esto nunca se habla, de eso no hay “memoria histórica”. Y la Iglesia es condenada por franquista, como si hubiera respaldado a Franco porque sí, por pura maldad y sin razón alguna.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

‘El turismo y las ideas’

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 22/8/17 en: http://sotograndedigital.com/turismo-las-ideas-carlos-rodriguez-braun/

 

Un viejo refrán recuerda que el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones. Conviene no olvidarlo ante los peligrosos ingenieros sociales, que anhelan cambiar la sociedad de arriba abajo, violando los derechos individuales y los contratos voluntarios de los ciudadanos. Lo hemos visto en España, donde unos vándalos han atacado autobuses turísticos en Barcelona, han allanado yates y restaurantes en Mallorca, y han expuesto en pintadas en varias ciudades su rechazo al turismo.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, atribuyó estos ataques a una falta de ideas y “pequeñez mental”. En efecto, hostigar al turismo, que representa más del 10 % del PIB y da empleo a un par de millones de trabajadores es estúpido. ¿Alguien piensa que estaríamos mejor en Sotogrande sin turistas, sin restaurantes, y sin yates?

No digo que el turismo sea un bien perfecto, porque no es verdad, y todos padecemos los inconvenientes que el turismo acarrea, también en Sotogrande. Pero concluir que, en un balance global, los aspectos negativos superan a los positivos es como preferir las carreteras de hace cincuenta años, o fantasear con el paraíso perdido por la construcción de los modernos puentes sobre el río Guadiaro.

Sin embargo, en contra de lo que sugieren Rajoy, y otros, creo que estos ataques al turismo no brotan de la falta de ideas sino de la abundancia de ideas equivocadas, que no es lo mismo. Se trata de ideas que combinan elementos de dos doctrinas erróneas y letales para la libertad de los pueblos: el nacionalismo y el comunismo.

Los vándalos que atacan a los turistas defienden tanto el independentismo nacionalista de los Països Catalans, con toda su carga de xenofobia imperialista, y al mismo tiempo el socialismo más ultra, que ataca el comercio, el mercado, los contratos y la propiedad privada.

Rechacemos las ideas y los actos de los bárbaros, pero no caigamos en la trampa de aceptar las ideas de los que se presentan como mansas alternativas, y en realidad son sus culpables creadores. Son los políticos que anhelan en el fondo lo mismo que los vándalos, pero que rechazan la violencia (sólo faltaba que la aplaudiesen), y al mismo tiempo comprenden “las críticas”, piden “cambiar el modelo turístico” (o sea, quieren imponerlo ellos) y, por supuesto, pretenden falsamente defender los “derechos de los trabajadores”.


Tourism and Ideas

An old proverb reminds us that the road to hell is paved with good intentions. It is important not to forget this in the face of dangerous social engineers, who wish to change society from top down, violating individual rights and the voluntary contracts of citizens. We have seen this in Spain, where vandals have attacked tourist buses in Barcelona, raided yachts and restaurants in Mallorca, and expressed their rejection of tourism in several cities via graffiti.

The Prime Minister, Mariano Rajoy, attributed these attacks to a lack of ideas and “small-mindedness”. Indeed, it is stupid to harass tourism, which represents more than 10% of the GDP and provides employment for a few million people. Does anyone think that we would be better off in Sotogrande without tourists, restaurants and yachts?

I am not saying that tourism is perfect, because it is not, and we all suffer from the setbacks entailed by tourism, also in Sotogrande. However, to conclude that the negative aspects outweigh the positive ones overall is like preferring the roads of fifty years ago, or fantasising about the paradise lost due to the construction of modern bridges over the Guadiaro River.

However, in contrast to what Rajoy and others suggest, I do not believe that these attacks on tourism come from a lack of ideas but rather from an abundance of wrong ideas, which is not the same. These are ideas that combine elements from two false doctrines which are lethal for the freedom of people: nationalism and communism.

The vandals that attack tourists defend the nationalist independence of the Països Catalans(Catalonia) with its full charge of imperialist xenophobia, while simultaneously supporting the most extreme socialism, which attacks trade, the market, contracts and private property.

We should reject the ideas and actions of barbarians, but let´s not fall into the trap of accepting the ideas of those that present themselves as meek alternatives, but who are in reality guilty creators. They are the politicians that ultimately want the same as the vandals, but reject violence (all that remains is for them to applaud it), and at the same time they understand “the criticisms”, they request “a change to the tourism model” (in other words, they want be the ones to impose it), and of course, they falsely pretend to defend the “rights of workers”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

“Paz, amor y libertad”

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 13/11/15 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/paz-amor-y-libertad/

 

Así es el título en castellano de un libro que podría pasar por texto jipi, pero es mucho más. Peace, love and liberty es un breve e interesante volumen que me regaló Francisco José Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Editado por Tom G. Palmer, lleva el subtítulo de “La guerra no es inevitable”.

Diversos autores repasan los problemas de la guerra, empezando por la decisión de emprenderla, que, como señala Palmer, es muy difícil de justificar, y tiene consecuencias calamitosas, desde la pérdida de vidas hasta la aniquilación de derechos, libertades y valores. Las guerras contribuyen a fortalecer el mismo poder político que las desencadena. Por eso dijo Charles Tilly: “La guerra hizo el Estado, y el Estado la guerra”.

La naturaleza humana no invita a la guerra forzada, dice Steven Pinker, y de hecho la violencia bélica ha disminuido en nuestro tiempo. Emmanuel Martin recurre a Jean-Baptiste Say para refutar la idea de la suma cero: a todos nos conviene que el vecino sea rico, y al revés: nos daña el que no lo sea. Palmer apunta una conocida regularidad de los medios de comunicación a propósito de la violencia: no es noticia que millones de personas cooperen pacíficamente, sino que se maten.

Hay un potente sustrato ideológico de las guerras, que es el antiliberalismo: los conflictos más sanguinarios fueron fomentados siempre por ideas contrarias al liberalismo, como el nacionalismo, el imperialismo, el comunismo, el socialismo, el fascismo y el nacional-socialismo. El liberalismo, en cambio, es antitético con la idea de la inevitabilidad del conflicto, y subraya la cooperación pacífica, mientras que los estatistas de todos los partidos siempre se centran en conflictos que son presentados como insolubles desde la libertad individual. Las diversas variantes del antiliberalismo se ceban en estos enfrentamientos inventados o exagerados, y por eso siempre son hostiles al capitalismo, al mercado y a la propiedad privada.

La disminución de víctimas mortales por guerras no significa que el belicismo haya desaparecido sino que ha cambiado de forma, pero sigue teniendo aspectos inquietantes, como la militarización de la policía, sobre la que escribe Radley Balko (con grandes éxitos de propaganda como la serie S.W.A.T. o Los hombres de Harrelson).

Cathy Reisenwitz advierte sobre la legitimación de un poder político y legislativo creciente y cada vez más intrusivo, mediante el uso de nuevas “guerras” y “luchas” contra las drogas, el terror, el fraude, la desigualdad, la discriminación, etc. Se trata de guerras contra adversarios indefinidos, que no se pueden ganar con claridad y que son por ello perdurables –además de ser en muchos casos alimentadas por los propios Estados, como sucede con la elevada presión fiscal, que fomenta la evasión, contra la cual después “lucha” el mismo Estado que la propicia.

Una vieja idea es que la literatura es inútil ante la guerra. Sin embargo, hay notables ejemplos de lo contrario, y este libro termina con algunos, como la célebre Oración de guerra de Mark Twain.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.