LOS LIBERALES CLÁSICOS Y EL CORONAVIRUS.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/3/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/03/los-liberales-clasicos-y-el-coronavirus.html

 

Una nueva grieta ha surgido entre los liberales (clásicos) por este tema, con acusaciones muy fuertes de estupidez y maldad.

Me decidió a escribir esto un video de Juan Ramón Rallo donde aclara que Hayek no se oponía a la acción del estado en caso de las epidemias.

Así es. Por ende, la cuestión está mal planteada. La cuestión no es si el estado debe o no intervenir en estos casos. Ese es un debate entre los liberales clásicos y los anarcocapitalistas. Entre los liberales clásicos, que los estados, preferentemente municipales y excepcionalmente federales, tengan que intervenir cuando hay bienes públicos estatales que no puedan ser en lo inmediato privatizados, es algo en lo que hay bastante consenso.

Yo mismo (1) lo afirmé en 1989, en El humanismo del futuro (que ya quedó en el pasado…):

 “…Todas las reflexiones anteriores nos muestran lo inútil de la falsa dialéctica entre el “estado gendarme” y el “estado subsidiario”. El estado es subsidiario porque su misión específica es por definición, como hemos visto, subsidiaria, y basta la demostración, cada caso, de que tal o cual actividad no está relacionada necesariamente con dicha función específica –custodiar el derecho- para que, en principio, dicha actividad deba estar a cargo de los privados. Por supuesto, esto no excluye una gran zona que podríamos llamar “zona gris” que produce dificultades concretas a la hora de decidir si tal o cual actividad debe estar o no en manos del estado. Por supuesto, esto no implica negar que, como venimos diciendo, todas las actividades culturales –esto es: artísticas, científicas, deportivas, educativas, económicas, etc.- deben estar en principio dentro de la iniciativa privada pues ellas derivan del ejercicio de los derechos personales, y éste es ya un principio que brinda suficiente claridad. Pero hay casos, que analizaremos más adelante, que presentan dificultades: el caso de la subsidiariedad sociológica, ya aludida; los problemas de moral publica, los bienes públicos y las externalidades. Más adelante nos referiremos a esos casos. Por supuesto, son casos posibles de resolver, pero no nos parece sensato negar a priori la dificultad intrínseca que presentan, sea cual fuere la solución posterior que demos a la dificultad50b.”

En el caso de los bienes públicos y externalidades, una vez aclarado que la mayoría de ellas se puede internalizar y que gran parte de los bienes públicos pueden ser privatizados, dije:

“…Desde luego, cabe señalar que, en todos aquellos casos donde debido a las externalidades negativas y/o los bienes de públicos se produzcan problemas que afecten directamente al derecho a la vida y/o propiedad de las personas, y la acción del proceso de mercado no pueda, al menos a corto plazo, solucionar la cuestión, el estado, cumpliendo su misión específica de custodiar los derechos del hombre, debe intervenir. Por supuesto, cuanto más jurídicamente abierto sea el mercado, esos casos serán raros. Además la intervención del estado en esos casos no debe monopolizar el bien en cuestión, como tantas veces se ha señalado”.

Por lo tanto, NO es cuestión de decir que loe estados no deben intervenir en una epidemia. El debate se concentra en si las medidas tomadas para ESTA pandemia son las convenientes o podía haber habido otras.

A su vez, es extraño que algunos liberales piensen de otros lo que los estatistas en general piensan de los liberales en muchos sentidos. Habitualmente se nos acusa de malvados porque somos reacios a la intervención del estado en temas de pobreza, medio ambiente, etc., como si fuéramos unos malvados totales indiferentes ante el prójimo, cuando en realidad nos interesa, como a muchos, el bienestar de todos, sólo que recurrimos a otros métodos. Aquí es lo mismo. Si alguien opina que ESTAS medidas no son las adecuadas, NO es porque no le importe el número de muertos, NO es porque tenga desprecio por la vida, sino porque considera que podría haber otros modos de tratar la cuestión.

Hay otros temas, además, que desde el liberalismo clásico se pueden aportar para pensar en esta cuestión.

Uno, el conocimiento disperso. El libre intercambio de puntos de vista favorece un mayor conocimiento, y de igual modo sucede con los bienes y servicios. Por ende, estar abiertos a escuchar los diversos pareceres de los epidemiólogos ayudaría mucho.

Dos, los beneficios del libre mercado para las situaciones de emergencia. En ese caso, medicamentos, servicios médicos, etc., son áreas donde no se debe, más que nunca, eliminar al mercado, sino dejarlo actuar para que se coordinen mejor las necesidades de la demanda frente a esos bienes.

Tres, los beneficios de una sociedad libre, el libre mercado, la libre educación y la libre medicina para el descubrimiento de nuevas tecnologías. Así como el mercado libre acelera la producción de tecnologías limpias que ayudan al medio ambiente, así también ayuda al descrubrimiento de nuevos medicamentos y nuevas vacunas que además bajarán de precio en la medida que no se intervenga en la coordinación entre oferta y demanda.

Cuatro, dejar actuar a los servicios privados de salud, con sus propias ofertas y decisiones, va en la misma línea.

Cinco, los liberales sabemos qué es una corrida bancaria y qué la causa. El sistema bancario colapsa si todos los depositantes exigen sus fondos. La cuestión es por qué se comportan así. De igual modo colapsa cualquier sistema hospitalario, y mucho más si no se deja al mercado reaccionar. La cuestión es: ¿el conocimiento disperso, bajo un sistema abierto y libre de conocimiento, produce que la demanda (subjetiva) de un servicio suba de golpe? ¿Si?

Como ven no me he introducido en la discusión biológico o si la cuarentena es apropiada o no. Sólo quise mitigar los enojos en el debate y tratar -de modo quijotesco como siempre- de frenar la guerra de acusaciones de estupidez y-o maldad entre unos y otros.

Pero chocaré una vez más contra los molinos de viento.

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(1) Perdón que me cite a mí mismo, es que ya se me ha “acusado” de negar TODA acción del estado, cuando hace 31 años que tengo fijada mi posición al respecto.

50b Creemos que un análisis moderno del principio de subsidiariedad debería completarse con el tratamiento de las “fallas de la gestión del Estado” desarrollado por la escuela de “Public Choice” liderada por J. Buchanan. Sobre este y otros aportes de Buchanan, véase Romer, T.; “On James Buchanan’s Contributions to Public Economics”, en Journal of Economic Prospectives,Vol. 2, No4, otoño de 1988, pja. 163-179. (*11: A lo largo de estos años nos hemos convencido cada vez más de la importancia de los análisis de J. Buchanan sobre la rent seeking society para la comprensión de la crisis de la democracia constitucional y la relación con los grupos de presión. Lo aclararemos en una próxima nota, por ahora téngase en cuenta que ese mismo tema es importantísimo para el principio de subsidieriedad y el tema de los “privilegios” para tal grupo o sector. Por supuesto, sabemos que habitualmente partidarios del Public Choice y partidarios de la subsidiariedad del estado se ignoran, pero si se conocieran es posible que tuvieran choques en algunas de sus premisas antropológicas y éticas últimas. Aunque no sea este el momento de tratarlo, creemos que los análisis específicos de Buchanan sobre la Constitución Federal, la economía y las finanzas son en sí independientes de esa cuestión. Al respecto, ver The Logical Foundations of Constitutional Liberty, vol. I de The Collected Works of James M. Buchanan, Liberty Fund, 1999.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

Formalidad y respeto

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/04/formalidad-y-respeto.html

 

Empecemos definiendo los términos a tratar, y para ello vayamos al diccionario de la Real Academia Española:

formalidad

De formal e -idad.

  1. f. Exactitud, puntualidad y consecuencia en las acciones.
  2. f. Cada uno de los requisitos para ejecutar algo. U. m. en pl.
  3. f. Modo de ejecutar con la exactitud debida un acto público.
  4. f. Seriedad, compostura en algún acto.

respeto

Del lat. respectus ‘atención, consideración’.

  1. m. Veneración, acatamiento que se hace a alguien.
  2. m. Miramiento, consideración, deferencia.
  3. m. Cosa que se tiene de prevención o repuesto. Coche de respeto.
  4. m. miedo (‖ recelo).
  5. m. desus. respecto.
  6. m. germ. espada (‖ arma blanca).
  7. m. germ. Persona que tiene relaciones amorosas con otra.
  8. m. pl. Manifestaciones de acatamiento que se hacen por cortesía.

(Real Academia Española © Todos los derechos reservados)

Como el mismo diccionario lo explica sin más análisis que el examen de cada una de las locuciones arriba transcriptas, la formalidad y el respeto -que casi todo el mundo confunde o asimila como si fueran la misma cosa- no guardan punto de contacto entre sí. Se tratan de dos cosas diferentes, que bien pueden ir juntas o separadas, pero que no se confunden ni identifican.

Yo siempre he privilegiado el respeto por sobre la formalidad, porque -para mí- la formalidad tiene que ver con el aspecto extrínseco en materia de relaciones sociales, en tanto que el respeto tiene que ver con el intrínseco.

De donde, se puede ser respetuoso e informal, como asimismo y -en sentido contrario- se puede ser formal e irrespetuoso. Una cosa no va con la otra, como mucha gente cree en contrario.

Siempre he sido enemigo de las fórmulas acartonadas y aparatosas, tan caras a mis colegas de profesión.

A veces, y con personas desconocidas, esto me ha obligado a hacer las aclaraciones respectivas. Con el objeto de lograr un acercamiento y un mejor entendimiento, sobre todo si el contacto es con el objeto de tener un trato más o menos frecuente, en el corto, mediano o largo plazo, cuando me presentan o conozco a alguien comienzo tuteándolo con la expectativa de la devolución de un trato similar por parte de mi interlocutor. En el 99% de las situaciones la devolución se produce y el trato sucesivo se entabla en esos términos, de cordialidad, y mutua confianza. Tengo probado en lo personal que allana el camino y -al menos a mí- me facilita mucho el futuro desempeño laboral -o de otro tipo- con la persona recién conocida.

En el escaso 1% restante, cuando esa devolución no se produce, procedo a aclarar este punto en los mismos términos que aquí lo hago ahora. Explico que con el tuteo no busco faltar el respeto del otro, sino que -en mi caso- es lisa y llanamente una demostración de acercamiento, cordialidad y simpatía hacia el otro. Y que lo interpreto de idéntica manera cuando soy yo el objeto del mismo trato verbal.

Salvo contextos muy puntuales, trato de “usted” a alguien cuando estoy muy irritado (lo que es rarísimo), o cuando específicamente esa persona me irrita o procura hacerlo. Esto es otra demostración de que formalidad y respeto no son sinónimos, porque si bien en estos escenarios suelo ser formal no lo soy con la intención de respetar a quien deliberadamente me está ofendiendo, ya sea con el trato verbal o con su conducta. Pero aun en estos supuestos lo hago como recurso de última instancia. Hasta donde me es posible, intento entablar o restablecer con mi agresor verbal un trato de familiaridad respetuosa. Si no lo logro, pese a mis esfuerzos, entonces cambio de actitud. Fuera de estas circunstancias, sólo dejo de tutear al otro cuando me lo pide, expresamente o por otros medios. Si yo continuara dispensándole un trato que explícitamente me ha pedido que no le dé, yo le estaría faltando el respeto a él (o ella). Y viceversa.

Cuando me veo obligado a tratar de “usted” a alguien (cosa que jamás hago espontáneamente) siento que estoy poniendo una distancia con mi interlocutor que en el hipotético contrario no existiría. En realidad, es quien me obliga a tratarlo de ese modo quien trata de imponer esa distancia de mí y no al revés. Hay personas para las cuales esa distancia es importante para sus vidas de relación. Algo así como una especie de “autodefensa”. Pero no es mi cuestión.

Es muy interesante constatar que el uso del “vos” -que alguna gente lo considera no sólo una “informalidad” sino también una “falta” de respeto- comenzó siendo todo lo contrario, es decir, un tratamiento verbal que representaba la forma más elevada de respeto. Así lo explica el siguiente lingüista:

“La lengua castellana, […], no escapa a la dialéctica de la inmutabilidad y la mutabilidad del signo lingüístico, padeciendo mutaciones tanto conscientes como inconscientes, replicando el ritmo en que deviene el mundo de la vida en su despliegue epocal. Nos puede servir también el caso del ‘voseo’ que nos caracteriza como hispanohablantes sudamericanos, a fin de reforzar esta idea que venimos desarrollando. Los españoles que llegaron a nuestro continente durante la Conquista todavía utilizaban el voseo en sus dos vertientes de forma reverencial y de signo de confianza. Este uso del ‘vos’ arraigó en América, en parte a través de la literatura incipiente y en parte porque los españoles mismos lo usaban reverencialmente entre ellos para diferenciarse de los nativos. El tiempo transcurrió y hoy millones de latinoamericanos lo usamos sin reverencialidad alguna. Sin embargo, el voseo comenzó a desprestigiarse en el siglo XVI en España, donde el castellano peninsular decantó unívocamente por el ‘tú’. Como se puede apreciar, estas metamorfosis lingüísticas dependen del devenir de los acontecimientos históricos, que siempre es circunstancial, contingente y orientado por la dinámica del mundo de la vida.”[1]

Pero el respeto -insistimos- pasa por otro lado, que trasciende el uso del “vos” o del “usted”. Pasa por una actitud integral hacia el otro, que tiene que ver -en parte- con el contenido del lenguaje y no con su forma. Por ejemplo, un insulto siempre será un insulto, sea que se diga en un contexto de “vos” o de “Ud.” No será menos insulto porque quien lo emita lo haga en un lenguaje formal, por muy “educado” que dicho sujeto se crea.

Que la formalidad nada tiene que ver con el respeto lo brindan también otros ejemplos por el estilo. La familia es una más de esas muestras típicas. ¿alguien puede imaginar un ámbito donde reine la informalidad más absoluta entre sus miembros que el seno de una familia característica? Y sin embargo ¿alguien puede, asimismo, afirmar que -por dicho motivo- tales miembros de la familia están continuamente faltándose el respeto por tal causa? Creo que nadie en su sano juicio podría aseverar una cosa semejante. Y ello, sin perjuicio que, en algún evento aislado, pudiera registrarse una que otra desavenencia familiar pasajera, pero lo que nos interesa aquí es la regla general, no la excepción, y según aquella, en y dentro de las familias conviven armónicamente tanto la más incondicional informalidad como el más puro respeto.

En un nivel algo más bajo, lo mismo podría decirse de los amigos, los compañeros de trabajo, de estudios, etc. Se tratan todas de relaciones informales, pero siempre (en la mayoría de las condiciones) de franco respeto reciproco al mismo tiempo.

Esto se puede trasladar perfectamente a otros planos de análisis que exceden las relaciones interpersonales de amistad, negocios, comerciales, laborales, educativas, profesionales, etc.

Un ejemplo son las leyes, que son el paradigma de la formalidad más escrupulosa. No obstante, la gran generalidad de las leyes (al menos las argentinas) constituyen una soberana falta de respeto hacia los legislados por parte de los legisladores. Ejemplo inconfundible son las leyes fiscales, pero no son las únicas. Las leyes que violan las libertades individuales, la propiedad privada y las transacciones comerciales son el modelo, tanto de la formalidad como de la falta de respeto más abyecta que pueda concebirse.

[1] “A propósito del lenguaje inclusivo”, por Claudio Marenghi -Pág. 6-Copyright © 2019 Instituto Acton, All rights reserved.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.