Llegó la hora de la verdad para que los políticos demuestren que, en serio, son solidarios

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 24/3/2020 en: https://www.infobae.com/economia/2020/03/24/llego-la-hora-de-la-verdad-para-que-los-politicos-demuestren-que-en-serio-son-solidarios/

 

Entre Nación, provincias y municipios hay 3,1 millones de empleados estatales (Presidencia)

Entre Nación, provincias y municipios hay 3,1 millones de empleados estatales (Presidencia)

No entro a debatir la necesidad de la cuarentena que estableció el Gobierno, pero sí vale la pena formular algunas reflexiones sobre el impacto económico que está teniendo y cómo suavizarla. En rigor, salvo algunos sectores en particular, la economía no tendría que paralizarse tanto. En todo caso si se paraliza mucho será consecuencia del sobredimensionamiento estatal en empleo público.

El primer dato a tener en cuenta es que en el país hay, entre Nación, provincias y municipios, 3,1 millones de empleados estatales. La gran mayoría de ellos son burócratas que inventan sus propias regulaciones para justificar su existencia.

De acuerdo a datos del Directorio Legislativo, en 2019 la Cámara de Diputados sesionó 8 veces y la Cámara de Senadores lo hizo 7 veces. En ese período sancionaron 37 leyes de las cuales, 7 corresponden a Cultura y Patrimonio y 6 a fiestas nacionales o capitales nacionales (las típicas de la Capital Nacional del Salame Quintero o la Fiesta Nacional del Asado de Tira). Es decir, el 35% de las leyes son un delirio y otras se aproximan a esa calificación.

Es más, de las reuniones en comisión, la que mayor cantidad de veces se juntó en el año en Diputados fue la de Legislación Penal, 30 veces. Y en Senadores fue la Presupuesto y Hacienda, 14 veces.

Pero atención que si se miran los datos desde 2012 para acá, tampoco es que el Congreso trabajó tan poco solo este año. El año que más reuniones tuvo fue en 2012, cuando diputados sesionó 20 veces y senadores 23 veces. Menos de un mes por año calendario.

Lo que muestra lo anterior es que no hace falta la legión de asesores y empleados que tiene cada legislador (80 promedio por senador y 24 promedio por diputado, sin contar la biblioteca, la imprenta, etc.). Hay que agregar a esto la actividad legislativa de los congresos provinciales y los consejos deliberantes y se verá que ahí hay mucho movimiento de gente sin producir nada.

No se trata de cerrar los parlamentos ni los consejos deliberantes, salvo algún caso especial, no hace falta estar movilizando tanta gente todo el tiempo. Hay mucho dinero para ahorrar en esos rubros. Un gesto de recortar las dietas a la mitad, es lo mínimo que deberían hacer.

Pero, no todo pasa por el Poder Legislativo, los estados provinciales y municipales también tienen una gran burocracia para justificar su existencia que generan un movimiento de gente demasiado grande y producen el contagio del coronavirus.

En este momento de pandemia, si se analiza cuáles son los empleados del Estado nacional que tienen que moverse en la calle son 237.654 de 700.000 en la Administración Central, los cuales se desagregan en: 13.136 en salud, 110.546 Fuerzas Armadas y 113.972 en seguridad pública. El resto puede quedarse en su casa trabajando o no entorpeciendo al sector privado que sí produce. Solo el 34% tendría que movilizarse y no todos al mismo tiempo. Pero los empleados públicos provinciales también entorpecen.

De acuerdo a datos del Ministerio de Trabajo para 2017, que no cambiaron mucho hasta ahora, había en las provincias 2,3 millones de empleados públicos, de los cuales 345.500 eran policías. Esos tienen que salir a la calle, pero no todos al mismo tiempo. Aproximadamente 900.000 corresponden a educación, que trabajan desde sus hogares. El resto, salvo los que se desempeñan el sistema de salud, pueden hacerlo desde sus casas, incluso los miembros de la Justicia.

El gráfico anterior muestra la enormidad de empleo público en la mayoría de las provincias (el dato de Santa Cruz parece dudoso).

Si se logra que los empleados públicos no estorben al sector privado con burocracia innecesaria, y legislativos que no tienen que tratar temas muy urgentes, ya se podría sacar de circulación una buena parte de la gente que anda por la calle, agregando que, dado que el sector privado va a tener un serio impacto en sus ingresos, de los cuales sale el dinero para pagar los impuestos, luce solidario que salvo fuerzas de seguridad, fuerzas armadas, docentes y personal de la salud pública, el resto tenga una reducción en sus ingresos para aliviar al sector privado de manera de bajar la carga tributaria dadas las escasas ventas que tiene.

Respecto a los 6 millones de empleados en blanco en relación de dependencia en el sector privado, el grueso está concentrado en Buenos Aires, CABA, Santa Fe y Córdoba.

Como puede verse, son media docena de provincias las que mayor cantidad de empleados privados concentran, de los cuales muchos trabajan en inmobiliarias, turismo, organización de eventos y otras actividades que ya venían fuera de combate y ahora las mataron con la cuarentena.

La industria tiene poco más de 1 millón de empleados y puede seguir operando. Comercio y Reparaciones registra 1,1 millones, rubro que está muy golpeado y debería seguir operando. Construcción cuenta con 395.000 empleados y puede seguir operando pero viene en baja porque se redujo el interés en invertir en propiedades. Intermediación financiera son 160.000 empleados y buena parte del trabajo se hace online (homebanking).

Sectores con ingreso variable

El mayor problema se presenta para los monotributistas, los autónomos y una buena parte de la población que vive al día como el taxista, el plomero, el electricista, etc. Es gente que si no factura, directamente no come. Por otro lado está el problema de todos los que trabajan en el mercado informal.

En definitiva, se pueden identificar los siguientes puntos respecto de la movilidad de las personas activas en tiempo de cuarentena por la pandemia:

1. Se puede descongestionar mucho la circulación de gente y el riesgo de contagio si la mayoría de los empleados públicos se quedan en su casa. Está comprobado que hay sobreabundancia de personal en las administraciones estatales, en todos los niveles, que genera sus propios anticuerpos inventando trámites para justificar su existencia. Su ausencia se notará en un aumento de la productividad del sector privado;

2. Hay mucha descongestión de gente que trabaja haciendo teletrabajo gracias a internet y las nuevas formas de comunicarse; y

3. El grueso del problema parece estar concentrado en CABA y la Provincia de Buenos Aires.

Desde el punto de vista económico, es urgente bajar la carga tributaria. ¿Se puede? El gasto público consolidado (Nación más provincias más municipios) en salarios en lo que hace a la administración general (no incluye justicia, seguridad, defensa, salud, educación ni planes sociales), representa 3% del PBI. En estos momentos de angustia, es la oportunidad para que los políticos, que tanto hablan de solidaridad, hagan un sacrificio y reduzcan sus ingresos en un 50%. Eso significaría un ahorro de aproximadamente $500.000 millones, monto que se evitaría tener que emitir si no se siguen repartiendo subsidios, bonos y plata que alegremente reparten los legisladores y menor carga tributaria para el agobiado sector privado.

Llegó la hora de la verdad para la dirigencia política que todo el tiempo habla de solidaridad: ¿está dispuesto a ser solidaria reduciendo a la mitad sus ingresos o seguirá viviendo a costa de un sector privado que ya no daba más y ahora agoniza manteniendo planeros y empleados públicos?

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky

 

Economía del conocimiento y seguridad jurídica

Por Martín Krause. Publicado el 30/1/20 en: https://www.cronista.com/columnistas/Economia-del-conocimiento-e-inseguridad-juridica-20200130-0061.html?utm_source=ecc_nota&utm_medium=cms&utm_campaign=refresh

 

¿Cómo podemos esperar que haya inversiones si cada cambio de gobierno modificamos las reglas de juego? La inversión siempre espera resultados a futuro, que pueden estar más cerca o más lejos. Dado que si hay algo que no conocemos con certeza es el futuro, toda inversión es incierta y todo inversor trata de reducir ese riesgo al mínimo.
Los gustos de los consumidores pueden cambiar (fíjese si hubiera invertido en Blockbuster), las dotaciones de recursos pueden modificarse (el shale oil no era considerado un recurso hace un par de décadas), pueden surgir nuevas tecnologías. Para invertir, además, hace falta una moneda que permita realizar cálculo económico en base a un valor relativamente previsible varios años hacia adelante.
Por último, mínimamente hay que saber cuáles serán los impuestos a pagar, la evolución de los salarios, los costos sobre la mano de obra, el acceso a divisas. Los países que reciben inversiones son aquellos que pueden ofrecer reglas de juego favorables (bajos impuestos y regulaciones) y estables.

También recursos, pero la definición de recurso ya no tiene que ver con factores provistos por la naturaleza sino con capacidad, educación, iniciativa, empresarialidad. Por eso son ricos Singapur o Hong Kong, sentados sobre un par de rocas.
Nos hemos cansado de escuchar que Argentina tiene muchos de esos recursos y últimamente también tiene los vinculados con el conocimiento, a punto tal que se espera, o esperaba, que estas industrias alcanzaran a ser la segunda o tercera exportación, detrás de los productos del agro.
Unanimidad y consenso
El año pasado se aprobó una Ley de Economía del Conocimiento, que pasó por el Congreso en forma prácticamente unánime. Supuestamente esto refleja un elevado grado de consenso y sería una señal de estabilidad en las reglas de juego para que los inversores desplieguen todos sus proyectos.
En nuestro caso, sin embargo, eso no es suficiente. Se acaba de suspender la aplicación de la ley hasta que se dicte una nueva reglamentación y ya se anuncian importantes cambios que han de modificar el cálculo económico de los inversores. Esta vez, la “estabilidad” duró unos pocos meses.
¿Cuál es la razón de que incluso normas aprobadas en forma unánime no puedan garantizar estabilidad? La respuesta es que ese consenso era falso. La centralización del poder en Argentina ha llevado a que el Congreso apruebe leyes de carácter muy general y luego delegue en el Poder Ejecutivo la capacidad de fijar las reglas de juego reales. Esto lo hace a través de la reglamentación.
Es decir, se aprueba una ley en la cual se sanciona la felicidad del pueblo argentino, o de un determinado sector, y todos están de acuerdo. Pero luego, los números son el resultado de la reglamentación.

Entonces, ahora, incluso quienes votaron a favor de la ley van a apoyar los nuevos cambios porque dirán que no estaban de acuerdo con lo reglamentado, o sostendrán que esto iba en contra del “espíritu” de la ley. Algunos quieren bajar a otros de los beneficios recibidos (“entraban hasta cervecerías artesanales”); otros quieren que el tren pare en su estación para subirse a los beneficios (pymes industriales). La calesita volvió a funcionar y la perinola está en juego.
Gobierno y oposición son responsables, porque disfrazan como consenso la delegación de funciones al ejecutivo, algo que el Congreso ha estado haciendo en estas décadas de estatismo centralista que nos ha dejado una simple fachada de la división de poderes.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). Síguelo en @martinkrause

Mitos sociopolíticos

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2019/12/mitos-sociopoliticos.html

 

A veces resulta interesante pararse a reflexionar sobre los mitos que anidan en la cabeza de los electores argentinos. Dicho análisis, especialmente cuando se conversa con personas comunes, revela significativamente el porqué de la desgracia de ciertos países como en el caso puntual que tratamos ahora: el de la Argentina. Por eso, me propongo reproducir (lo más textual posible) el diálogo con una persona que intentó controvertir mi análisis de la situación política que vive el país.

Todo comenzó cuando expuse que:

-En un país como Argentina, no es cuestión de culpar a los políticos exclusivamente ya que, como tantas veces hemos dicho, ellos son parte y resultado de la sociedad de la cual emergen, son un subproducto cultural de la misma-.

En ese punto, alguien del público intentó cuestionar mi afirmación diciendo lo siguiente:

-Es relativo. Los políticos manejan la educación, mantienen bruta a la gente para manipularla, sumirla en la pobreza y lavarle el cerebro para que los vuelvan a votar. Y encima esa gente se reproduce a alta tasa, en pocas décadas, te definen el futuro de un país-

Si bien la crítica estaba bien orientada, sin embargo, no llegaba al fondo del asunto y no resultaba del todo exacta.

Con el propósito de hacerle ver más profundamente el tema y no caer en lo que hubiera sido una conclusión absurda a la que llegaría lo que esa persona acababa de decir, le formulé la siguiente pregunta para observar si por si misma reconocía lo defectuoso de lo que estaba diciendo:

– ¿Y quién manejó la educación de los que después llegaron a ser políticos? –

Pero la persona en materia no captó su propio superficial razonamiento y se quedó encerrada en su inconsistente afirmación, lo que muestra su respuesta a mi pregunta:

-Otros políticos. Por eso, es relativo. –

Traté entonces de ser más explícito en mi intento de ayudarla a que se diera cuenta de lo ligero de lo que estaba diciendo y sobre todo de la manera falaz en la que trataba de razonar y le manifesté:

-Pero si los políticos manejaron la educación de los otros políticos estos nunca podrían haber llegado a ser políticos porque hubieran sido brutos, manipulados, pobres y con el cerebro lavado, es decir, nunca hubieran podido haber llegado a ser políticos, y -además- se hubieran reproducido a altas tasas en pocas décadas y hoy seriamos todos políticos. …siguiendo tu razonamiento claro. –

Al contestarme reveló otra falacia e ignorancia generalizada de cómo se maneja la educación en la Argentina. Veamos lo que respondió:

-Los políticos no van a escuelas públicas, perdón, me equivoqué. Lo que pasa es que ser político es fácil y cómodo, los que llegan acomodan a sus familiares y se perpetúan en el poder. –

Mas allá de la mezcolanza que hacía semejante respuesta revelaba no sólo una mentalidad al extremo prejuiciosa sino también muy ignorante. Aun así, intenté ayudar a dicha persona a razonar y de paso ilustrarla en ciertos puntos y le dije:

-Soy profesor. Te cuento que los contenidos y programas de las instituciones educativas públicas y privadas tienen que ser aprobados por el ministerio de educación que es del “estado”. Así que en el fondo son lo mismo. No todos los políticos *llegan* como decís. La mayoría no llega. Té aclaro: no soy político-

No hubo más respuestas de mi interlocutora.

No consideré necesario abundar en cuanto a que muchos de los políticos (contrariamente a lo que ella sostenía) si habían concurrido a las escuelas “públicas”, por lo que decidí hacerle advertir el trasfondo del punto, que era que -en definitiva- toda la educación en Argentina es estatal (mal llamada “pública”) porque lo que en aquellas se enseña (y no se enseña) esta digitado por el gobierno a través de los ministerios o secretarías (según el caso) de educación que, en realidad, son de deseducación.

El coloquio, de todos modos, fue significativo por cuanto confirma que los mitos socio-políticos de antaño siguen tan vigentes entre la gente común como nunca, pese a la gran difusión que han tenido quienes procuraron deshacerlos, entre los cuales he tratado de aportar mi pequeño granito de arena.

Y entre esos mitos que revela el intercambio reproducido se encuentra el que sigue creyéndose que hay una educación “pública” a la cual sólo asisten los pobres e ignorantes y no los ricos. Se sigue entendiendo que la educación se limita a la escuela primaria (mi oponente no cuenta como educación ni el colegio secundario ni la universidad, ámbitos donde también el estado-nación extiende sus tentáculos).

Aclaré a mi interlocutora que no soy político porque evidentemente desconocía toda mi obra, y pensaba que mi afirmación quería constituir una defensa a la clase política cuando lejos estaba y estoy de ello.

También el breve intercambio sirvió para poner de manifiesto que el común de la gente se considera víctima de los políticos y a estos sus victimarios. Este pensar podría quizás tener algún justificativo en regímenes dictatoriales, pero no cabe la menor duda que no conserva ninguna validez en lugares donde al menos formalmente (como en la Argentina) cada cuatro o dos años se vota para presidente, gobernadores y legisladores respectivamente.

En todo caso, resulta medio extraño -en el argumento de mi opositora- que las víctimas voten a sus victimarios sin que les quepa ningún grado de culpa en lo que están haciendo. No corresponde sostener, después de cierto tiempo y cierta regularidad votando en las urnas, que la consecuencia de absolutamente todas las elecciones se deba a un estado de ignorancia permanente e irreversible (como daba a sugerir aquella) ya que no es en modo alguno así. Si, en cambio, puede decirse que las secuelas de la gran mayoría de las elecciones políticas en Argentina son fruto de errores y, muchas veces, graves de los votantes, pero no se puede confundir ligeramente error con ignorancia pese a que tengan -en muchos casos- las mismas consecuencias.

La educación sigue siendo la clave del problema, pero no se agota en la educación formal sino también alcanza a la informal. Se parcializa mucho el análisis si -como sucede popularmente- por “educación” se considera exclusivamente la primaria y de las escuelas mal llamadas públicas.[1]

[1] Ver nuestra obra la educación

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Enrique VIII: El líder despótico

Por Luis del Prado:

 

El 2 de julio de 1613 (fecha en la que se incendió accidentalmente el Globe Theater de Londres) se estaba representando en su escenario “La famosa historia de la vida del Rey Enrique VIII”, de William Shakespeare, una de sus últimas creaciones. El drama narra todo un entramado político, social y religioso, por el que desfilan un sinfín de personajes, mostrando los acontecimientos de un período de la vida del rey Enrique VIII. La obra comienza en el momento de la destitución del Duque de Buckingham y se cierra con el nacimiento de Isabel, fruto de la relación del Rey con su segunda esposa, Ana Bolena. A lo largo del texto se describen las caídas en desgracia de la Reina Catalina de Aragón y del Cardenal Wolsey y se pinta el fuerte cambio político y sobre todo religioso que se produce en Inglaterra partir de la ruptura con el Vaticano. Shakespeare detiene la descripción de la vida de Enrique VIII en el momento del nacimiento de su hija Isabel, probablemente para evitar mencionar la decadencia del Rey y la inestabilidad política que volvió a aparecer en Inglaterra, derivada del divorcio del Rey y el casamiento con Ana Bolena. Al no mencionar los hechos posteriores, la obra concluye con la gran esperanza que supone el nacimiento de la princesa Isabel. Si bien la ruptura con la Iglesia de Roma generó conflictos importantes, el poder del Rey se reafirmó frente a su pueblo. Por otra parte, no puede dejar de mencionarse que el público de las obras de Shakespeare era testigo que Isabel I se había convertido en una gran reina, que produjo el desarrollo industrial y el crecimiento económico del país, y cuyo mito se agigantó con la victoria sobre la Armada Invencible española, hecho que convirtió a Inglaterra en la principal potencia marítima europea. Seguramente influido por una cuestión patriótica y religiosa, Shakespeare culmina la obra sin menciones elogiosas a María Tudor, primogénita del Rey, católica y con su lealtad dividida entre Inglaterra y España, la patria de su madre Isabel la Católica. A lo largo de esta obra, Shakespeare suaviza de manera evidente la oscuridad de este período de la historia inglesa (la reforma religiosa, las persecuciones, las ejecuciones de dos de sus esposas, etc.), seguramente motivado por no desagradar a su principal empleadora, la Reina Isabel I. Enrique VIII nació en 1547 y fue el segundo hijo de Enrique VII e Isabel de York. Se convirtió en el heredero de la corona debido a la prematura muerte de su hermano mayor, Arturo. Como era común en los príncipes del Renacimiento, había recibido una excelente formación humanista, hablaba francés, latín y español, componía poesía y pequeñas obras musicales y era un destacado deportista, aficionado a la caza y a las justas caballerescas.
Fue mecenas de varios artistas y pensadores europeos que acudieron a su corte. Entre los logros políticos de su reinado, se destacan la anexión a Inglaterra del País de Gales y de Irlanda. Enrique sucedió a su padre en 1509 y fue coronado a los 18 años de edad. Ese mismo año se casó con la viuda de su hermano Arturo, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos (Isabel y Fernando). Para poder celebrar ese casamiento, en esa época era necesaria una dispensa del Papa para revocar el “impedimento de afinidad”.1 El permiso del Papa fue concedido porque se afirmó que el matrimonio de Catalina con Arturo no había sido consumado, debido a la muerte de este último con solo quince años de edad. La relación entre Catalina y Enrique era de profundo entendimiento, tanto a nivel personal como político, hasta que surgió el problema de la sucesión. Catalina tuvo numerosos embarazos, pero la única sobreviviente fue su hija María. No existía impedimento legal alguno para que las mujeres accedieran al poder cuando no había varones en la línea de sucesión, pero la ausencia de un heredero varón era considerada un peligro para la continuidad de la dinastía. En el interín, Enrique fue seducido por una de las damas de la reina, Ana Bolena. Tomás Bolena quería mejorar la posición social de su familia, y no encontró mejor manera que alentar a su hija mayor María a tener un romance con el Rey. Enrique se cansaba pronto de sus amantes, por lo que Tomás Bolena tuvo que recurrir a su otra hija, Ana, quien estaba residiendo en la corte francesa. Ana logró el objetivo de seducir al Rey y quedó embarazada. En ese momento, Enrique VIII le planteó al Cardenal Wolsey la necesidad de divorciarse de Catalina y casarse con Ana para evitar que su futuro hijo fuera un bastardo. Wolsey fue el encargado de tramitar la anulación del matrimonio frente al Papa Clemente VII. El dilema que enfrentaba el Rey consistía en que los medios que tenía que utilizar para asegurar la continuidad de la dinastía eran contrarios a las leyes del Dios que lo había ungido en el trono. Enrique, determinado a conseguir su objetivo, utilizó el mismo argumento que esgrimió para poder casarse veinte años atrás con la viuda de su hermano, pero exactamente al revés. Un formidable ejemplo de “relato” para acomodar los hechos a su conveniencia. Enrique somete la cuestión a un tribunal canónico (obviamente manipulado por Wolsey) para determinar que había “vivido en pecado” durante todo su matrimonio con Catalina, ya que la unión no era legítima por la consumación del matrimonio previo con Arturo. La anulación del matrimonio lo dejaría en libertad para poder casarse con Ana.

1 En el Levítico del Antiguo Testamento, se afirma que “quien se case con la mujer de su hermano, será castigado y no podrá tener hijos”
Catalina no se doblegó, ya que, además de muy inteligente era una mujer sumamente determinada y estaba segura de su legitimidad como esposa y como madre. Por ello no aceptó la propuesta del Cardenal Wolsey que implicaba la reclusión de por vida en un monasterio. El reclamo de justicia de Catalina se ubica en el contexto de un sistema misógino, en el cual una mujer infértil podía ser condenada a muerte. Esta negativa colocó al Papa en una situación delicada, ya que estaba siendo presionado por Inglaterra para anular el matrimonio y por España para no hacerlo. Cabe mencionar que el Rey de España, Carlos V, era sobrino de Catalina y, además, Emperador del Sacro Imperio Romano. Ante la demora de los trámites y al comprobar que el Vaticano no accedería a su pedido, Enrique, ante la inminencia del nacimiento de su hijo, decidió romper con la Iglesia Católica Romana, repudiar a Catalina y casarse con Ana Bolena. Para no ofender a la Reina Isabel I, Shakespeare describe a Ana Bolena como una joven humilde, sin pretensión alguna de poder y gran admiradora de la Reina Catalina. Otros autores, como por ejemplo Calderón de la Barca (autor de “La Cisma de Inglaterra”), la muestran como un ser ambicioso, altivo y sin escrúpulos cuya vanidad y arrogancia la llevan a seducir al rey y ponerlo en contra de Wolsey y de Catalina. El Papa excomulgó a Enrique y este respondió con el Acta de Supremacía, por la que se declaraba la independencia de la Iglesia Anglicana, bajo la soberanía del rey, que se convertía en “Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra”. Enrique dictó una serie de decretos en los que se acusaba de alta traición y castigaba con la muerte a todos aquellos que no reconocieran este hecho. Enrique en realidad no deseaba la ruptura con Roma, ya que había buscado por todos los medios encontrar otra solución, pero lo traicionó su temperamento, sumado a la pasión que sentía por Ana y a la necesidad política de un heredero varón. Antes del cisma, Enrique había apoyado fuertemente al Vaticano en contra de Lutero, e incluso el Papa le había otorgado el título de “Defensor de la Fe” por un escrito realizado por el rey, en contra del credo luterano. Este hecho es un punto de inflexión que marca el inicio de la transformación de Enrique de un Rey brillante, culto y carismático a un soberano arbitrario, despótico y gobernado por sus pasiones.

Enrique VIII tuvo tres hombres de confianza a lo largo de su reinado: el Cardenal Wolsey, Thomas Cromwell y Tomás Moro. En el caso de los dos primeros, Enrique se dio cuenta muy tarde que se trataba de personas manipuladoras, astutas, intrigantes, ambiciosas y vengativas. Tomás Moro, por el contrario fue un ejemplo de servidor honesto y virtuoso.
Con el caso del Cardenal Wolsey, Shakespeare muestra que la ambición es una tentación de la condición humana que, llevada a un extremo, convierte en víctimas a los demás y termina destruyendo al ambicioso. Wolsey fue abusivo en el cobro de impuestos, arrastró al Rey al deshonor por incumplir pactos políticos, se enriqueció indebidamente y eliminó a sus enemigos con calumnias. Todo ello lo condujo a su propia ruina. Hay muchos ejemplos en la obra que ponen de manifiesto la fragilidad del poder, que nunca es eterno, aunque los personajes no son conscientes mientras están en la cima de la gloria. Existen innumerables ejemplos de personas que ocupan cargos muy importantes y se consideran insustituibles, de un día para el otro pierden su posición y su poder. Rolf Breintenstein2 llama a esto “el síndrome del Cardenal Wolsey”. El Cardenal fue el hombre de confianza del Rey Enrique VIII durante un largo período. Hacía y deshacía a voluntad. Promovía a sus favoritos y castigaba duramente a sus enemigos. Además, era un administrador muy eficiente y talentoso, lo que reforzaba el favor del Rey. Pero en algún momento, Wolsey se olvidó que el poder efectivo lo tenía el Rey y perdió de vista que, a pesar de su enorme poder, seguía siendo solo un empleado. Wolsey pensaba en realidad que él no dependía del Rey, sino el Rey de él, ya que nadie sabía dirigir los asuntos del reino tan bien como el Cardenal. En ese contexto, las personas suelen excederse y descuidarse. Sus numerosos enemigos le tendieron una trampa y le hicieron llegar al Rey dos documentos muy peligrosos: un informe sobre la fortuna personal de Wolsey y su correspondencia privada con el Papa, el gran adversario del monarca. Este leyó los documentos y le retiró la confianza a Wolsey en cuestión de segundos. Para el Cardenal supuso el despido y la incautación de sus bienes y escapó de milagro al castigo usual en esa época: la decapitación en la Torre de Londres. Un momento de revelación dio por tierra con años de confianza. La imposibilidad de conseguir la anulación del matrimonio del Rey, contribuyó de manera decisiva a la caída en desgracia del Cardenal, quien fue sustituido en su cargo por un querido amigo del Rey: Tomás Moro. Moro era un humanista de refinada cultura, amigo personal de Erasmo de Rotterdam, uno de los padres de la historiografía inglesa y autor de la célebre Utopía, uno de los textos fundamentales de la filosofía política. A partir de esta obra, la palabra “utopía” se incorporó a todas las lenguas europeas.

2 Breintenstein, Rolf. (2000). Shakespeare para managers. Plaza y Janés Editores. Barcelona, España.

También fue uno de los mejores abogados nacidos en Inglaterra, cuyos conocimientos jurídicos y sentencias despertaron la admiración de los colegas de su época e incluso hasta nuestros días, al punto de ser el santo patrono de los abogados, gobernantes y políticos. Hombre de fuertes convicciones religiosas, Moro también fue fiel a sus compromisos terrenales: como humanista, diputado, abogado especialista en derecho marítimo y comercial, juez, embajador, consejero real, esposo y padre de cuatro hijos. En menos de 25 años, de 1504 a 1529, pasó de miembro del Parlamento a Lord Canciller del Reino de Enrique VIII. Fue el primer laico que ocupó la más alta dignidad pública de Inglaterra. Dimitió al día siguiente de que el clero inglés se sometiera definitivamente a la supremacía del rey sobre la Iglesia, alegando motivos de salud. Pero la razón más profunda pasaba por el hecho de no estar dispuesto a que el poder temporal usurpara la primacía de la verdad. Consciente de que su decisión le acarrearía un sin fin de dificultades personales y familiares, Moro reunió a su mujer, hijos y yernos para adelantarles el incierto panorama que les aguardaba y las penurias económicas en las que vivirían en el futuro cercano. Moro intuyó lo que se le venía encima. Pero no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie rompiera la unidad y la paz de su familia. Todas las personalidades más influyentes y las instituciones acabaron doblegándose a la voluntad de Enrique VIII. Aceptaron su divorcio de Catalina, las segundas nupcias del rey y la escisión de la Iglesia inglesa de Roma. Todos, salvo el Obispo Fisher y Tomás Moro. Conociendo el temperamento impulsivo del rey, nadie dudaba de que el rechazo al juramento podía costarle una larga prisión o la vida. No sería la primera vez. Pero Moro fue coherente con su habitual forma de proceder. Todos le pidieron que firmara el Acta, incluso su familia. Moro amaba la vida, como la ama cualquier ser humano. Pero amaba a Dios por encima de todo. Thomas Cromwell (quien sería su sucesor) le exigió que jurara el Acta de Sucesión. Moro la examinó con atención y por dos veces rechazó el juramento. “Si lo hago”, dijo Moro, “expongo mi alma a la condenación eterna”. Enrique no admitió el rechazo de su ex-consejero, porque creía que una sola excepción estaría dando “ocasión para que todo hombre rehúse la integridad del texto o su contenido”. Ningún súbdito inglés podía cuestionar el segundo matrimonio del rey. Moro pasó cuatro días custodiado y rechazó una vez más el juramento. Finalmente, fue encarcelado en la Torre de Londres. Moro padeció mucho en prisión por las incomodidades y las restricciones que tuvo que soportar, pero su espíritu permaneció alegre, lo que le permitió bromear con su familia y amigos cuando le permitían verlos. Moro negó los cargos de la acusación y denunció al procurador general por perjurio. Sabía que iba a morir, pero no quería darles ningún pretexto. Al ser interrogado si
reconocía, aceptaba y consideraba al rey como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, se negó a dar una respuesta directa, declarando: “No quiero tener nada que ver con esto, porque he tomado la firme decisión de dedicarme a las cosas de Dios y meditar sobre su Pasión y sobre mi paso por esta tierra”. El jurado lo declaró culpable y lo condenó a ser colgado en las horcas de Tyburn. Sólo entonces, con toda la agudeza jurídica de la que era capaz, Moro declaró públicamente la ilegitimidad del Acta de Supremacía. Después de algunos días, Enrique cambió la sentencia, decretando que muera decapitado en Tower Hill. El martes 6 de julio de 1535 tiene lugar la ejecución. El hacha sólo pudo cortarle la cabeza, expuesta luego en una picota en lo alto del Puente de Londres durante un mes. Fue el único modo que tuvo Enrique VIII de apoderarse de ella. Sin embargo, el rey no pudo apropiarse de la conciencia del que había sido su colaborador más cercano y su representante directo. Enterrado su cuerpo en la capilla de San Pedro ad Vincula, su espíritu permanece vivo entre los hombres, porque eligió ser fiel a Dios y a su conciencia. La hoja afilada del verdugo le arrancó la cabeza de un solo tajo, le cercenó el pulso, interrumpió los latidos de su corazón. Pero en el mismo momento que rodaba por el suelo del patíbulo la cabeza del “gran traidor”, se alzaba la vida eterna de su espíritu. Tras su muerte, comenzó en Inglaterra la destrucción más despiadada de cualquier vestigio de su existencia. Enrique VIII y Cromwell estuvieron a punto de conseguirlo. Pero no contaban con la profunda huella que Moro había dejado entre la gente del siglo XVI. Chapuys, el embajador español en Londres, escribió a Carlos V llamando a Moro “santo mártir”. El pueblo londinense tejió pronto la leyenda de su Lord Canciller, que culminó en el teatro en tiempos de Isabel I, la hija de aquella mujer por la que Enrique le cortó la cabeza. La onda expansiva trascendió la isla británica y se desbordó por todo el mundo, hasta nuestros días. En 1886, el Papa León XIII lo beatificó y en 1935, Pío XI proclamó santo “al laico Tomás Moro”.

El principal beneficiario de la caída de Tomás Moro fue Thomas Cromwell, un abogado sumamente ambicioso de origen humilde que supo servir con fidelidad al Cardenal Wolsey y ubicarse cada vez más cerca del círculo de confianza del Rey Enrique. Cromwell fue un ejemplo del hombre de confianza que no tenía escrúpulos y que estaba dispuesto a hacer el trabajo sucio para poder trepar en la escala social. Cromwell ejecutó la orden de disolución de los monasterios (para hacerse de sus bienes) y llevó a cabo el proceso de Tomás Moro y de la familia Bolena, cuando cayeron en desgracia. También fue responsable de las gestiones que colocaron a la familia Seymour en un lugar privilegiado de la corte, a partir del casamiento del Rey con Jane, su tercera esposa. Su caída se inició por la prisa con la que había impulsado a Enrique VIII para que se volviera a casar con Ana de Cleves después de la muerte prematura de Jane Seymour. La boda tenía como indisimulado objetivo hermanar a las dos ramas de la Reforma protestante: la anglicana y la luterana. Pero resultó que a Enrique le repelía físicamente su nueva esposa hasta el extremo de no poder consumar el matrimonio. Tras seis meses de casados, el enlace fue anulado y la furia real cayó sobre Cromwell. Thomas Cromwell había hecho numerosos (y poderosos) enemigos en sus años al servicio de la corona. En primer lugar, por su ferviente apoyo a la Reforma y la disolución de monasterios católicos, que lo había enfrentado a los sectores más tradicionalistas. Y, sobre todo, por lo que los nobles consideraban un imperdonable arribismo: hijo de un modestísimo herrero, tras graduarse en Derecho había ido ascendiendo por la escala social gracias a su inteligencia y, también, a sus acciones corruptas, siendo sucesivamente parlamentario, abogado de la corte, consejero real y finalmente secretario de Estado. Así las cosas, cuando sus oponentes vieron la oportunidad de derrocarlo merced al “asunto Ana de Cleves” la aprovecharon y fabricaron una serie de acusaciones contra él: traición, herejía y corrupción. Cromwell fue arrestado, encerrado en la Torre de Londres y condenado a muerte, y Enrique VIII, cegado por la ira, dio el visto bueno a los cargos y no atendió su petición de una audiencia. Más tarde, Enrique se lamentó de su decisión (tal como ocurrió con Wolsey y Moro) con esta frase: “Con el pretexto de algunas ofensas insignificantes, dejé que mataran al sirviente más fiel que tuvo el rey”.

La grandeza de Shakespeare radica, además de la belleza de su lenguaje, en su capacidad de transmitir que los seres humanos somos muy complejos, y detrás de las apariencias, hay razones que ocultamos a los demás y a nosotros mismos. Así, el lector de Enrique VIII, encontrará que existen muchos motivos entrecruzados que subyacen “por debajo” del discurso “aparente” de los personajes. Uno de estos asuntos es el temor a la usurpación del trono y el deber de asegurar la continuidad de la dinastía. En el siglo XVI aún no había desaparecido el temor a un posible usurpador. Los padres de Enrique, (Enrique VII de Lancaster e Isabel de York) habían logrado pacificar al país al unir sus linajes, que durante muchos años se habían disputado el trono durante sangrientas guerras civiles, siendo la Guerra de las Dos Rosas la última de ellas. La unión dio origen a una nueva dinastía: los Tudor. Enrique VIII hereda un reino en relativa tranquilidad, pero tenía el mandato de asegurar la continuidad de la dinastía por medio de un heredero varón. Tal como mencionamos anteriormente, este hecho desencadena la trama y el proceso de transformación del protagonista. Al escribir sobre Enrique VIII, Shakespeare no hace hincapié en sus comportamientos negativos ni en sus excesos, hechos que puntualiza en la vida de los reyes anteriores. Quizás la causa sea que el contexto histórico era distinto. Enrique VIII no era un rey medieval, sino renacentista y, en esta época, el poder absoluto de la monarquía se había impuesto en todo el continente europeo.
Los reyes renacentistas perdieron parte del simbolismo religioso de los reyes medievales, pero, por el contrario, aumentaron su poder terrenal y sus decisiones no podían ser discutidas. Harold Bloom3 afirma que: Shakespeare tuvo más libertad para hablar del pasado que de un rey más cercano en el tiempo. Además, de esta forma, logra proyectar en la mente de sus contemporáneos una reflexión sobre los errores del pasado que no deberían repetirse en el presente

Enrique es un claro ejemplo de alguien que disponía de todos los requisitos para ser un gran gobernante: educación, recursos, buenos consejeros, carisma, alianzas, etc. Y de hecho lo fue durante muchos años pero, a partir de su propia debilidad y de la obsesión por el heredero varón, acabó transformándose en un déspota. El miedo es el elemento esencial de un líder despótico. El miedo induce a desconfiar de todo el mundo y a jugar un perpetuo juego de ocultamientos; se ocultan las propias emociones y los valores creando relatos que justifican los desvíos morales y los actos aberrantes. Entre las personas que forman parte de estos círculos perversos suelen darse tres comportamientos bastante típicos: el resignado, el temeroso y el colaboracionista. El temeroso funciona como un sujeto inmaduro que necesita depender de otro. En un sistema absolutista como era la monarquía, no había espacio para trasgredir ni para disentir. Cuanto más fuerte es la cultura, más incómodo es no sumarse a ella. Como dice Aristóteles: “No existe opinión, por absurda que sea, que los hombres no hayan adoptado rápidamente cuando se les consigue persuadir de que es aceptada por la mayoría”. El resignado sufre en silencio por tener que cometer actos que reprueba. El colaboracionista es, sin duda, el comportamiento más vil y peligroso. Puesto en la necesidad de obedecer, se lleva a cabo la tarea con entusiasmo, delatando a sus pares y tratando de obtener alguna ventaja por el camino. Thomas Cromwell es un perfecto ejemplo de este comportamiento. Como reflexión final, la siguiente: Enrique no era alguien de naturaleza perversa que abusó del poder desde el instante que accedió a su posición. Por el contrario, fue un buen líder hasta el momento en que una situación límite puso de manifiesto que en su “árbol de liderazgo” lo que se veía en la superficie aparecía lozano, pero las raíces bajo tierra estaban podridas.

3 Bloom, Harold (1998). Shakespeare, the invention of the human”. Riverhead Books. New York, USA

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

LA DICTADURA DE LA RAZÓN INSTRUMENTAL POSITIVISTA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 4/3/19 en:  http://gzanotti.blogspot.com/2019/03/la-dictadura-de-la-razon-instrumental.html

 

(Ultimo punto del cap. 5 de “La hermenéutica como el humano conocimiento”, https://www.amazon.es/hermen%C3%A9utica-como-humano-conocimiento/dp/1733548300)

Como podemos ver, el positivismo, el hijo dilecto del Iluminismo, ha penetrado toda nuestra cultura, y el post-modernismo, con su desprecio a su razón, no hace más que retroalimentarlo. Ciencia, ciencias sociales, comunicación social, educación, organización curricular: todo, sencillamente todo, inundado por la razón instrumental. La racionalización del mundo de la vida, denunciada por Habermas, se ha cumplido perfectamente.

Pero el problema más grave consiste en su traslado a la estructura política. Comenzó cuando los estados-nación iluministas comenzaron a distinguir entre la medicina legal e ilegal, en sistema educativo “oficial” y el que no. Ahora bien, en una sociedad libre, cuando un paradigma dominante entra en crisis, podemos optar libremente por el alternativo, aunque no sea sencillo. Pero en una sociedad donde el paradigma dominante está unido al poder del estado, estamos encerrados. El estado iluminista convierte en delito al paradigma alternativo. Y hoy el paradigma dominante, a pesar de todo el parloteo postmoderno, es el positivismo. Porque el postmodernismo vive y se enseña en el sistema educativo formal estatal, el sancionado en el pacto de Bolonia. Quedan algunos espacios de libertad pero claro, hay que “acreditar”, hay que “ranquear” (qué horror) a las universidades y comienza entonces la lógica de una espiral asfixiante. Se habla mucho de diversidad pero se la entiende al modo de la dialéctica hegeliana, como “colectivos explotados” a los cuales estos estados deben compensar.  No se concibe la libertad del individuo. Por eso no se entiende qué es la libertad de enseñanza, como única salida para crear propuestas de crecimiento personal bajo paradigmas alternativos a las formas positivistas de pensar. Casi todos pasan por la primaria, la secundaria y la formación de grado positivista, con el modelo educativo memorístico y repetitivo, con notas como premios y castigos, y luego, coherentemente, todos se asombran de todo lo escrito en este libro. Circulan nuevas propuestas pedagógicas pero luego se termina tratando de adoptarlas a la estructura del “aula” de fines del s. XIX. No hay salida. Es la peor de las dictaduras: la de las masas alienadas y felices, incapaces totalmente de conocimiento, esto es, de creatividad y pensamiento crítico.

No tenemos más que terminar este libro como Adorno y Horkheimer terminaron el suyo del 44: “….Si el discurso de hoy debe dirigirse a alguien, no es a las denominadas masas ni al individuo, que es impotente, sino más bien a un testigo imaginario, a quien se lo dejamos en herencia para que no perezca enteramente con nosotros[1]

[1] La dialéctica de la Ilustración, op.cit.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Elecciones, motivaciones y socialdemocracia

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/01/elecciones-motivaciones-y.html

 

Si bien el factor económico -se dice- es un móvil muy importante y muy frecuente por el cual el ciudadano decide su voto, no es el único. Las elecciones económicas (las que incluyen el voto a candidatos políticos -agregan quienes así argumentan-) están influenciadas por las emociones humanas.

Desde el punto de vista praxeológico la opinión expresada arriba puede ser objeto de varias objeciones.

Comencemos diciendo que, para la praxeología, economizar es optar, elegir entre diferentes alternativas. Y como toda acción implica una opción toda acción es económica, en la que se descartan unas alternativas por otras. En nuestro tema, esto incluye al voto político, también llamado sufragio. Al votar por un pretendiente al cargo, automáticamente estoy descartando a los restantes. Se trata, praxeologicamente, de una acción económica.[1]

Aun cuando se acepte que una decisión este influida -en mucho o en poco- por elementos emocionales, la acción final que se emprenda será económica en el sentido apuntado.

Ahora bien, las motivaciones por las cuales un votante elige al aspirante “A” en lugar del “B”, también son, en última instancia, económicas.

Vivimos en un mundo estatista, donde esta tan aceptado que los gobiernos intervengan, manipulen o dirijan por completo la economía, que tenemos en cuenta este último componente a la hora de concurrir a emitir el sufragio. La gente está convencida que sus destinos económicos están y seguirán estando -sino enteramente- si en una proporción muy importante. en manos del partido de quien resulte el postulante electo. En consecuencia, su voto se orientará hacia aquel que promete más bienestar económico a corto o mediano plazo.

Las llamadas motivaciones “no-económicas”, como -por ejemplo- la educación, la salud, la previsión social, la seguridad personal y jurídica, la corrupción, etc. son todas, en última instancia, también económicas por todo lo que llevamos dicho. Lo sepa la gente o no, todas esas actividades solo pueden sustentarse y desarrollarse contando con los respectivos fondos que, en el imaginario colectivo, han de ser adelantados por los gobiernos, cuando sabemos -desde la más pura ciencia económica- que esto nunca ha sido así, ni puede ser así. Nada que el gobierno gaste no ha sido sino previamente detraído del bolsillo de alguno o de todos nosotros mediante impuestos u otros artilugios “legales”.

Entonces, a la hora de votar, evaluamos como fue la gestión económica del mandato (si pretende ser reelecto) o como suponemos que lo será en caso de que no hubiera aun ejercido el cargo. Y comparamos todo ello con nuestra personal situación económica. Esto es más acusado en aquellos lugares donde los gobiernos son más intrusivos en la vida ciudadana que en aquellos otros donde lo son menos.

Claro que, también en nuestras elecciones entran a jugar otros constituyentes, ya más de índole personal como, por ejemplo, el carisma del candidato, su liderazgo, sus actitudes personales, familiares, etc. Pero, más bien, cumplen un lugar secundario en relación a las motivaciones económicas, salvo casos excepcionales.

La cultura media del elector es otro ingrediente decisivo. No solamente cuenta su formación cívica, sino su nivel total de educación es relevante, porque de acuerdo a ellos será la opinión que se haga de los candidatos y lo que determine su voto.

Nos parece que -en promedio- las motivaciones económicas (según se las entiende popularmente) ocupan un 50% de la intención de voto, y el otro 50% lo representan las llamadas (o percibidas por el ciudadano como) no-económicas (educación, salud, seguridad, justicia, previsión social, etc.). El político que ofrezca mejorar estas cosas respetando esas prioridades del votante será quien finalmente se alce con el triunfo.

La visión socialdemócrata del electorado para la cual el gobierno-estado es una especie de Santa Claus o Robin Hood moderno, terminará votando al candidato que mejor prometa hacerle cumplir con dichos roles. La socialdemocracia -a la cual nos hemos referido en muchísimas oportunidades anteriores- representa un grado por encima al más básico del saber económico. Este nivel ultra elemental de “conocimiento” económico es el que ofrece el marxismo. Y radica en la pura intuición de lo que parece “evidente” a los ojos de cualquier persona sin discernimiento de economía: que hay gente que posee cosas que otros no tienen. De allí a concluir que lo que ostentan unos se debe a que no lo poseen otros hay un paso tan simple como es el que terminan dando la mayoría de las personas.

Es a esto a lo que se refería Friedrich A. von Hayek cuando insistía que la economía es una ciencia contraintuitiva. Sus verdades no son evidentes por sí mismas. Y es por esto que no ha existido jamás en la historia ningún gobierno liberal, ni democrático ni antidemocrático.

Aquel razonamiento errado marxista es matizado por el no menos equivocado socialdemócrata, en el sentido de que el estado-nación debe cumplir con la mal llamada “justicia social”, es decir, quitarles a unos lo que les pertenece para darles a otro lo que nos les pertenece, lo que -en esencia- no tiene demasiada diferencia con la fórmula marxista que proponía lo mismo por medio de la fuerza bruta revolucionaria. La única discrepancia con la socialdemocracia es que esta persigue idéntico fin, pero a través de los votos. Por eso, antes se usaba una expresión más clara, como la de socialismo democrático, y luego se la abrevió para disimular mejor, y quedó como socialdemocracia.

Lo que no parece aceptarse de ningún modo -al tiempo de hoy- es que el gobierno se abstenga de intervenir en la economía, fruto de esa ideología socialdemócrata que se impone mundialmente, y en la cual se enrolan la generalidad de los partidos políticos internacionales con mayores o menores variantes, pero todos encolumnados detrás de la “filosofía” socialdemócrata. Por supuesto, si esto se les dice a algunas de estas personas lo negarán enfáticamente. En su lugar, dirán “No. Yo soy de izquierda”, o “de derecha” o “de centro”, pero pocos admitirán ser socialdemócratas. Es que la gente prefiere manejarse con expresiones estereotipadas y ordinarias, corrientemente términos que divulga el periodismo, que es la fuente principal de información y, lamentablemente, hasta de formación de numerosas personas.

[1] véase Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿A dónde se fue la plata de la deuda?

Por Iván Carrino. Publicado el 27/12/18 en: https://contraeconomia.com/2018/12/a-donde-se-fue-la-plata-de-la-deuda/

 

Llega el fin de año y con él las reuniones del trabajo,  las de los amigos y las de la familia para pasar en conjunto las fiestas.

Es una tradición que se repite a nivel global, casi independientemente de la religión de cada uno. Llega la navidad y todos esperan dar y recibir regalos. Pocos días más tarde, un año nuevo comienza, junto con todos los deseos y las expectativas para los 365 días que vienen.

Otra tradición, tal vez más argentina, a causa de nuestras repetidas y casi inevitables crisis económicas, es la discusión política. En algunas mesas, esto prefiere evitarse, ya que puede dar lugar a grietas. En otras, el tema se lleva mejor.

Este año en mis reuniones hubo una pregunta que se repitió bastante. Ya sea en mi grupo de amigos de la vida o entre la familia, una duda recorría las mentes de todos: ¿qué se hizo con la plata de la deuda?

¿Con toda la deuda que tomó este gobierno, cómo  es posible que sigan igual (o incluso peor) la seguridad, la salud, y el estado de la economía?

A continuación, intentaré responder esta pregunta.

El estado como una empresa

Por más que a algunos les resulte totalmente irritante la comparación entre el gobierno y una empresa, para analizar este tema en particular el recurso es realmente útil.

Así que imaginemos que una empresa tiene gastos anuales por USD 10.000, que cubre con sus ingresos anuales por USD 12.000. A fin de año, la ganancia de la compañía es de USD 2.000.

Los USD 10.000 de gasto están divididos de la siguiente forma:

  • USD 5.000 son salarios.
  • USD 2.000 se llevan los gastos de electricidad, gas y agua.
  • USD 1.000 es decoración de las oficinas.
  • USD 1.000 se van en servicio técnico de las computadoras.
  • USD 1.000 son impuestos a los ingresos brutos.

En este esquema, si la empresa decidiera comprar una nueva computadora de unos USD 3.000, no podría hacerlo con los ingresos corrientes. Dado que de sus USD 12.000 solo le quedan USD 2.000 una vez que se deducen los gastos, si quisiera comprar un bien de capital por USD 3.000, entonces le estarían faltando USD 1.000.

Aquí es donde ingresa el endeudamiento. La empresa podría ir al banco y pedir mil dólares en préstamo, comprometiéndose a pagar intereses y devolver el monto en un plazo futuro.

Frente a este escenario: ¿qué responderíamos a la pregunta de a dónde se fue la plata de la deuda?

Rápidamente, seguro que diríamos que los USD 1000 de deuda fueron a parar a la compra de la nueva computadora. Y eso es parcialmente cierto, pero dado que el dinero es fungible, también podríamos decir que  fueron a pagar la decoración de las oficinas.

Dicho de otra forma, si en el año 2019 la empresa decidiera no decorar nuevamente la oficina, entonces habría tenido los mil dólares disponibles para comprar la máquina,  por lo que no hubiera sido necesario endeudarse.

Pero dado que sí decidió decorar las oficinas, entonces ese préstamo permitió que eso ocurra.

Con esto en mente, analicemos el caso del gobierno durante los años de la “Gestión M”.

El problema es el gasto

En el caso particular del endeudamiento, al estado le ocurre lo mismo que a la empresa privada. Si gasta más de lo que ingresa, entonces tiene que endeudarse.

En 2018, de acuerdo con los datos del presupuesto aprobado recientemente en ambas cámaras del congreso, el cuadro de ingresos y gastos fue el siguiente:

Concepto Monto (en millones de pesos)
Ingresos Totales (Impuestos, rentas, otros) 2.625.000
Gasto Primario Corriente 2.758.000
Gasto de Capital 232.000
Pago de Intereses 400.000
Resultado Total -765.000

 

Aclarando un poco los números, resulta que los ingresos totales del estado nacional, explicados fundamentalmente por la recaudación de impuestos, ascendieron este año a $ 2,6 billones.

Por otro lado, el gasto primario corriente, que incluye jubilaciones, subsidios económicos, gastos de funcionamiento y transferencias a provincias, totalizó $ 2,76 billones. Por su parte, el gasto en obra pública fue de solo $ 232.000 millones, y el pago de intereses de la deuda se llevó $ 400.000 millones.

¿Qué nos dice esto?

En primer lugar, que el resultado fiscal del gobierno fue de menos 765.000 millones. Es decir, USD 19.000 millones de agujero fiscal que alguien tendrá que financiar. No extraña, entonces, que excluyendo Letes y Lecap, las emisiones de deuda de 2018 hayan totalizado USD 30.000 millones.

Es que el gobierno no solo se endeuda para poder solventar su nuevo déficit, sino también para pagar los intereses que le generaron sus déficits pasados. Si sumamos los $ 765.000 millones y los $ 400.000 millones y los dividimos por un tipo de cambio de $ 39, llegamos a una cifra de casi USD 30.000 millones.

Respuesta final

Entonces, al final, ¿a dónde se va la plata de la deuda?

Pues muy sencillo: a pagar el déficit fiscal del gobierno y los intereses de deuda contraída en el pasado, explicados también por el déficit fiscal del gobierno.

O sea que discutir en qué se va el dinero de la deuda es lo mismo que discutir el cómo y cuánto gasta el gobierno. En resumidas cuentas, si se quiere menor deuda, pero no se quieren subir impuestos, entonces la única solución es tener menor gasto.

La deuda es hija del gasto público, y el único motivo de su existencia es todos y cada uno de los rubros del gasto que, una vez que superan a los ingresos, deben necesariamente financiarse con endeudamiento.

Para cerrar, la plata de la deuda no va a la fuga de capitales como dicen algunos. Va a pagar subsidios, jubilaciones, salud, educación, seguridad, salarios estatales, Aerolíneas Argentinas, pauta publicitaria oficial, diputados, senadores, etc. etc. etc.

¿Te molesta la deuda? Entonces andá pensando qué rubro del gasto te parece que es mejor reducir.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.