Fantasías tributarias

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/07/fantasias-tributarias.html

Tratando de justificar la importancia y necesidad de los impuestos se ha dicho lo que sigue:”Pero estos diversos empleos del impuesto son más o menos facultativos, mientras que la satisfacción de las necesidades de los funcionarios públicos, es indispensable. El impuesto es una parte de las rentas generales tomadas por la autoridad para la manutención del gobierno y de sus agentes y algunas veces para otros usos reputados de útiles para la comunidad”[1]Si de repente, viene un ladrón y me roba mi dinero, ningún principio de valoración voluntaria se cumple, porque dichas valoraciones desaparecen: el ladrón no me entrega ningún valor a cambio de la propiedad de la que me despoja. No me genera riqueza sino pobreza. Es lo mismo que pasa con el gobierno, que vía impuestos quita a un tercero de su riqueza y con el construye -por ejemplo- un puente. Este no constituye ninguna riqueza para el desvalijado que de haber podido retener su dinero lo hubiera destinado a sus necesidades (un reloj, comida, ropa, muebles, ahorros para su familia, etc.) lo que ya no podrá hacer porque el gobierno ladrón lo ha asaltado y le dio otro destino diferente al fruto de su trabajo.Nada que haga un tercero con dineros ajenos “forma riqueza”, porque destina fondos que no les pertenecen a destinos que el dueño de esos fondos no les hubiera dado. Y si eventualmente el propietario hubiera querido darles a sus dineros esos destinos no se justifica la violencia del despojo estatal. El ladrón puede gastar el dinero de su víctima, pero al no estar sacrificando nada propio sólo genera riqueza para sí y para nadie más. Lo propio sucede con el gobierno, cuando cobra impuestos se enriquece a si mismo (en rigor a sus integrantes) pero a nadie más. Es falso que enriquezca a la comunidad, esta se ha visto -en su conjunto- empobrecida con el impuesto.Cuando la gente necesita una ruta la construye con fondos privados espontánea y voluntariamente colectados e invertidos, por ejemplo, a través de cooperativas u otras asociaciones particulares. En estos casos esa ruta se computa como riqueza. Pero si la hace el gobierno ese gasto se traducirá en una pérdida para los que pagaron el impuesto para su construcción, lo que es algo contrario a la riqueza. Ello porque los desfalcados no querían una ruta, ya sea porque no se encontraba dentro de sus prioridades o no estaban en condiciones de mantenerla luego de construida, o no hallaban en condiciones de transitarla por no tener ningún vehículo para hacerlo o -sencillamente- vivir lejos de ella. Por ello, todo lo que se llama “obra pública” no es más que el nombre que se le da el resultado del saqueo que se le ha hecho a la gente.Si alguien quisiera objetar esto diciendo que rutas, caminos, puentes, viaductos son “necesarios” debería demostrarlo poniendo dinero de su bolsillo y colectar voluntariamente de sus semejantes (que opinen igual que él) el caudal necesario para construirlos, y no pedir que se les robe a las demás vías impuestos para hacer cosas que no se desean y -por lo tanto- no se estiman como “riquezas”.”Señala un escritor español que la noción de impuesto no siempre ha sido la misma, sino que ha variado profundamente de época a época y de pueblo a pueblo. Esto no es de extrañar, porque el impuesto, lejos de ser una “categoría absoluta”, un concepto meramente doctrinal —como pretenden algunos teoricistas— es, ante todo, un producto del medio social, una verdadera “categoría histórica”. El impuesto y el derecho de imponer están, en efecto, condicionados por una porción de circunstancias: constitución político social del país, régimen jurídico, costumbres, ideas dominantes, luchas de clases y de intereses, grado de desenvolvimiento económico, etcétera. De lo cual resulta: a) que los impuestos no pueden aislarse, sino que hay que considerarlos en relación con todas esas circunstancias; y b), que el estudio de los impuestos no es un simple problema financiero, sino que es siempre al mismo tiempo un problema político, ético, social, económico.”[2]Una nueva ensalada de palabras que solo apunta a confundir al lector y no arroja ninguna luz sobre la verdadera naturaleza del impuesto. Nosotros, claramente, nos enrolamos en la teoría de la “categoría absoluta” del impuesto, que el autor denosta sin fundamento a nuestro juicio. Ya lo explicamos muchas veces: el impuesto ha sido y sigue siendo sencillamente una exacción, un pillaje de riqueza (en todo o en parte) por métodos y vías coactivas que el gobierno realiza de manera impune, y aun con respaldo de leyes creadas por ese mismo gobierno contra gente indefensa, cuya única protección reside en resistir el atraco legal poniéndose al margen de la ley (creada por el mismo ladrón). No hay más secreto que este para desentrañar la verdadera naturaleza jurídica, política, ética, filosófica y económica del impuesto.Cualquier otra cosa que se diga respecto del cómo funciona la pretendía y risueña “categoría histórica” no son más que figuras distractoras que buscan sacar de foco el verdadero problema que representa la existencia del impuesto en tanto factor de atraso económico de los pueblos. Es cierto que sus nombres han cambiado en el curso de la historia. También lo es que sus métodos de recaudación, asimismo, han mutado. Pero más allá de como se lo haya llamado o querido llamar, y de quienes, y cómo los recaudaron y recolectan hoy día, en todas las diferentes etapas de la historia siempre se ha caracterizado por una constante: su carácter coactivo, el que nunca ha cambiado y aún conserva. Esta condición coactiva del impuesto (o como se lo quiera denominar) ha encontrado siempre amplio respaldo legal por parte del autoconstituido acreedor del gravamen: el gobierno mismo, que por sí mismo crea las leyes fiscales a las que hace obligatorias, y en las cuales fija severísimas penas contra quien o quienes osen siquiera eludir o evadir su pago.Si hay coerción hay impuesto, con absoluta independencia de épocas, tiempos, lugares, etc. Todo lo demás que se diga es verborragia pura.


[1]   Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.[2]   Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Argentina: país fallido

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/12/argentina-pais-fallido.html

 

Las graves circunstancias que vive la Argentina después de la vuelta al gobierno del peronismo, esta vez con nuevo rótulo (“Frente de Todos”, ex “Frente para la Victoria”) ponen de manifiesto un sombrío panorama que revela el deterioro moral, político y económico que vive el país, inclusive podemos afirmar que en ese mismo orden. Con la salida de Macri del poder se esfuma la esperanza de una reconstrucción cívica perdida por los largos y penosos gobiernos peronistas que se han venido sucediendo durante décadas salvo escasas excepciones.
Pero los cimientos de esta debacle moral han comenzado siendo socavados desde lo más profundo, iniciándose por la destrucción de la educación en todos sus niveles, para seguir luego contaminando por completo los restantes estratos sociales. En medio de esa descomposición, la aparición de un hombre como Macri enarbolando valores republicanos y de respeto hacia el otro (elementos constantes en su prédica) resultó ser una especie de cuerpo extraño en un país carcomido cultural y socialmente como el regreso al poder del peronismo (en su última versión, justamente la que saqueó impiadosamente al país durante una larguísima década) termina de manifestar.
Es difícil ser optimista en Argentina, un país inmaduro, eternamente adolescente en el más cabal sentido de la palabra, principiando por la adolescencia de las más primordiales y fundamentales virtudes morales hoy poco más o menos desaparecidas. Y de allí a lo político, económico, educativo y -en suma- a todo el entramado social, desde lo más alto hasta lo más bajo, todo aparece infectado.
En el trato cotidiano se nota incluso la falta de respeto, la desconsideración por y del otro, las malas maneras, la mala educación o -en el mejor de los casos- la más total indiferencia. Esos son los rasgos que demuestra el argentino común y corriente, y lo raro es lo contrario, personas y situaciones cada vez más difíciles de encontrar. Prácticamente no hay sector que se analice que escape a esta descripción.
Y no es cuestión de culpar a los políticos exclusivamente ya que, como tantas veces hemos dicho, ellos son parte y resultado de la sociedad de la cual emergen, son un subproducto cultural de la misma. Por eso, en última instancia, lo que distingue a los políticos entre si son más que nada cuestiones de índole personal más que ideológicas, por mucho que parezcan discrepar en determinados tipos de temas. Ciertamente algunos se desemparejan más que otros, pero todos ellos tienen en común que son parte del mismo sustrato cultural del país en el que viven o donde se han criado y formado. Si la sociedad no cambia, difícilmente lo hagan sus políticos, porque el cambio no lo operan los políticos sobre la sociedad sino esta sobre aquellos.
Entonces, el lector se preguntará: si la sociedad no puede cambiarse a sí misma, ni tampoco los políticos pueden hacerlo ¿Quién pues? Y la respuesta es: los intelectuales, sean estos propios o ajenos, contemporáneos o clásicos, nacionales o extranjeros, muy conocidos o desconocidos en absoluto. Nuestra manera de pensar (que creemos tan “nuestra”) tanto individual como colectiva, la debemos (lo sepamos o no) a ellos, los intelectuales.
Aquí hay varios mitos a despejar: muchos creen que la intelectualidad es sinónimo de sabiduría lo que es un gravísimo error, porque intelectualidad y sabiduría pueden ir juntas como separadas. Otra ficción semejante es el de confundir intelectualidad con verdad lo que tampoco es necesariamente coincidente. Y un error harto difundido es el de embrollar intelectualidad con política. Quizás este es el más grave de todos los mitos sociales ampliamente extendidos: creer que un político es un intelectual. Poco más o menos podríamos decir que es su más exacto antónimo.
Pero en Argentina -a la hora de votar- a casi ningún elector parece importarle el nivel intelectual del candidato. Más bien, la historia ha demostrado que cuanto más bajo es ese nivel intelectual del candidato, más probabilidad tiene de ganar las elecciones. Esto por poco ha sido invariable en la historia política del país.
En Argentina no se elige a un presidente o gobernador por lo que este tiene dentro de la cabeza sino por lo que tiene fuera de ella, es decir, por su exterior y no por su interior. Son factores decisivos para su voto positivo o negativo: su cabello, sus expresiones faciales, modos, gestos y -finalmente- por lo que dice. Lo que hizo en el pasado o hace en el presente es algo completamente secundario y está en las escalas inferiores de las valoraciones por las cuales se decide su voto o se le niega el mismo. El resultado de estas últimas elecciones vuelve a probar la realidad de esta tesis.
Es un país poco serio el que elige sus candidatos por las simpatías o antipatías que les despierten o por sus estilos de expresión. Igual que las promesas de campaña, que es la materia prima sobre la cual trabaja todo aquel que quiere ser político o mantenerse dentro de la política. Eso es lo superficial, la cáscara, lo que -en definitiva- les importa a los argentinos promedio. Y lo que cuenta para este votante medio es la banalidad, lo trivial, lo externo. Muestra de ello es el bochornoso espectáculo armado por el gobierno entrante en la Plaza de Mayo, expresión del mal gusto, la grosería y la puerilidad que tanto agrada y atrae al peronista, pero también al no-peronista, aunque en grado menor.
Este es un análisis que excede el nombre puntual de los personajes, ya que se trata de algo inmutable que se repite a lo largo de la historia argentina a partir de la década del 30 del siglo XX. Los personajes políticos cambian, mientras la historia se reitera una y mil veces en lo grande y en lo pequeño.
Los cargos públicos de todos los niveles son ocupados por gente con cada vez mayor incapacidad para desempeñarlos. Y la falta de idoneidad para ello no sólo es de origen sino también de ejercicio, lo que queda plasmado -en la práctica- en los siempre negativos resultados obtenidos. La idoneidad de la que habla la Constitución de la Nación Argentina ha sido reemplazada por la mera afiliación partidaria o la adhesión incondicional al líder de turno. Con tales parámetros ningún país puede salir del pozo como en el que se encuentra la Argentina.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Economía, “neoliberalismo” y capitalismo:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 14/2/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/02/economia-neoliberalismo-y-capitalismo.html

 

Es habitual escuchar en muchas partes que, una cosa es “lo económico” y otra diferente es “lo social”, y que “lo social” es consecuencia de “lo humano”. Quienes así “razonan” parecen creer que “lo económico” habría sido impuesto por una cuadrilla de platos voladores portando maléficos seres extraterrestres que vinieron a infectar el planeta Tierra con “el virus” de “lo económico”. Y también demuestran ignorar que la economía es una ciencia social, por lo que mal podría existir el divorcio alegado entre “lo económico” y “lo social”.
“Lo económico” es resultado de lo humano y cultural. Y no al revés. Ni tampoco cosas diferentes. La economía no viene de las hortalizas. Deriva del factor humano. Por eso, los que afirman que se necesita una “economía humana” ni siquiera saben que es de lo que están hablando. Y lamentablemente cada vez es más frecuente observar los casos de personas (incluso profesionales destacados) que se lanzan imprudentemente a hablar de economía sin tener la menor idea del ABC de esta ciencia, incurriendo en dislates de los más variados, como el que venimos comentando. Pero este no es el único disparate que arrojan los ignorantes en economía, hay otros más “divertidos” (hay que encontrarle el lado humorístico al tema después de todo) aunque no menos ridículos. Veamos seguidamente los más absurdos.
A los partidarios del mercado libre nos acusan con asiduidad de defender al “neoliberalismo“. Vaya uno a saber “qué cosa” podría ser para nuestros detractores el famoso “neoliberalismo”, que -en rigor- no pasa de ser un término peyorativo que usan todos los que no saben nada del verdadero liberalismo, excepto que esta última palabra no les gusta.
Cuando se piden “ejemplos” de “neoliberalismo” se suelen citar países con altos impuestos; monopolios de diverso calibre pero, habitualmente, en manos privadas por decreto o por ley nacional; desempleo; estímulos a las exportaciones; endeudamiento público (en rigor, estatal) y privado y, muy en general, a las políticas económicas seguidas -con desemejantes variantes y grados- en EEUU y Gran Bretaña, y en otras naciones latinoamericanas, durante las décadas de los años 80 y 90 del siglo XX, según los casos. Pues bien, si es a esto lo que se considera “neoliberalismo” ha de saberse que -en lo personal- no soy defensor del “neoliberalismo”.
En realidad, las políticas económicas mencionadas anteriormente y que se atribuyen al “neoliberalismo” no son otra cosa que lo que Ludwig von Mises (y con él la Escuela Austriaca de Economía normalmente) designó con el nombre deintervencionismo, también llamado otras veces sistema “mixto”, “hibrido”, “dual”, “intermedio”, etc. que -en definitiva- poco o nada tienen que ver ni con el verdadero liberalismo ni con el capitalismo que, como hemos señalado en otras oportunidades, constituye este último “el anverso” económico de “la moneda” del liberalismo. No han faltado tampoco quienes han rotulado aquellas políticas con el nombre de mercantilismo, que -en resumidas cuentas- no viene a ser, a nuestro modo de ver, más que una especie del intervencionismo.
Tal ya se ha explicado, como corriente filosófica, moral, política o económica el “neo-liberalismo” no existe. Y el empleo de dicho término a nada conduce, si lo que se pretende con el mismo es atacar al liberalismo, habida cuenta que este último nada tiene en común con aquel. En el mejor de los casos, el “neoliberalismo” podría entenderse como un periodo de transición de una economía socialista a otra economía de tipo liberal/capitalista. Pero en la medida que la transición se detenga y no se opere, el “neoliberalismo” no obtendrá resultados diferentes a los que consigue el intervencionismo. El llamado “neoliberalismo” sólo tendría razón de ser si su meta es llegar al liberalismo y no en ningún otro caso.
En la línea de las barrabasadas más hilarantes que se pueden leer o escuchar seguido, figura la que dice que el capitalismo es “una visión radical”.
 El capitalismo no es una “visión radical”. Ni siquiera se trata de una “visión”. Sino que no es más que un sistema de producción que, como L. v. Mises lo caracterizara más de una vez, su principal rasgo es que “produce en masa para las masas”. Decir que es “radical, extremo, etc.” sería tanto como quejarse de que el capitalismo produce “demasiado”, o sea que alimenta, viste, da empleo, vivienda, cura y también recrea a excesiva gente. Es cierto que el capitalismo hace todo esto y lo hace bien, pero quien se lamente de que todo esto es “radical” implica que esta implícitamente patrocinando el sistema opuesto, es decir otro que hambreé, desnude, desemplee, deshabite, enferme y también aburra a la mayor cantidad de gente posible, es decir, lo que hacen el socialismo y el intervencionismo. Si ser “radical” implica tanto como elegir entre la riqueza y la pobreza para un pueblo, yo, sin duda, optaré siempre por la riqueza capitalista y rechazaré la miseria socialista
Ahora bien, si analizamos el capitalismo, pero desde el punto de vista del régimen atinente a la propiedad, hay que decir que es un justo medio entre un sistema en el cual la propiedad es estatal de jure (socialismo/comunismo) y otro donde lo es de facto (fascismo/nazismo). En este caso, el capitalismo es un sistema intermedio entre ambos, en el cual la propiedad siempre es privada, tanto de jure como de facto. A este respecto -y como prueba de lo dicho- es importante poner de relieve el colapso tanto el socialismo/comunismo como del fascismo/nazismo.
Cuando los anticapitalistas me reprochan repetitivamente que defiendo “a ultranza” el capitalismo, siempre les respondo que lo que defiendo “a ultranza” es la verdad. Que no soy un dogmático. Soy muy flexible. Que estoy abierto a ser convencido de lo contrario…pero con razones, datos, cifras y sobre todo…argumentos sólidos y firmes que me demuestren de manera contundente que el capitalismo es algo diferente o distinto a lo que creo. Y que si me demuestran que estoy equivocado les daré la razón. Pero los anticapitalistas no me han dado ni me dan ni razonamientos ni pruebas que me convenzan. Cuando me los den, si eso algún día ocurre…con mucho gusto se los aceptaré. Como hasta el momento no lo han hecho, sigo pues pensando que estoy en lo cierto.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.