Controles de precios y ley del mercado

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/03/controles-de-precios-y-ley-del-mercado.html

 

Es materia de ignorancia económica confundir causas con efectos. Esto sucede con ciertos aspectos de la economía tales como los controles de precios y no es de ahora, sino que ya sucedía en la época de los nazis:

“A mucha gente le fascinaba el supuesto éxito del control alemán de precios. Decían: Solo tienes que ser tan brutal y despiadado como los nazis y conseguirán controlar los precios. Lo que no veía esa gente, ansiosa por luchar contra el nazismo adoptando sus métodos, era que los nazis no aplicaron un control de precios dentro de una sociedad de mercado, sino que establecieron un sistema socialista completo, una comunidad totalitaria.”[1]

Ya aclaramos que los controles de precios no operan si se apadrinan como medidas aisladas que afectan a determinados productos y excluyen a otros. Las del nazismo, en consecuencia, no eran simples disposiciones intervencionistas de vigencia transitoria y temporal, sino que consolidó un total control de la economía en su conjunto. Había una cuestión de rótulos que lo disfrazaban y ocultaban como un real socialismo, y era justamente el hecho de que el régimen nazi decía no desconocer la propiedad privada de los medios de producción, lo cual -en apariencia- resultaba verosímil a la vista de todos aquellos que no conocieran a fondo la ciencia económica y como marcha una economía de mercado y otra socialista.

No obstante, fueron muchos los países que defendieron el sistema nazi de control de precios, inclusive hasta la actualidad y en regímenes que insisten en denominarse “democráticos” o “de mercado”. Por ejemplo, todos los partidos “progresistas” propician este tipo de políticas.

“El control de precios es contrario al fin si se limita solo a algunos productos. No puede funcionar satisfactoriamente dentro de una economía de mercado. Si el gobierno no deduce de este fracaso la conclusión de que debe abandonar todos los intentos de controlar los precios, debe ir cada vez más allá hasta que sustituya la economía de mercado por una completa planificación socialista.”[2]

La historia de los controles de precios demuestra exactamente lo que la cita indica. Las naciones que los llevaron hasta las últimas consecuencias culminaron todos en estados opresivos y criminales como demostraron los casos de la U.R.S.S. y sus estados satélites detrás de “la cortina de hierro” de Europa oriental; en Asia, China, Corea, Camboya y otros lugares; y en América: Cuba, Chile de Allende y la actual Venezuela castro chavista comunista. No sólo sus economías resultaron colapsadas, sino que las libertades civiles y políticas (como no podía ser de otra forma) terminaron también suprimidas.

Esto no significa que en otras latitudes los precios políticos no fueron aplicados. Por el contrario, hoy en día casi todos los pueblos los patrocinan formando parte de la política económica de la mayoría del mundo mal llamado “libre”. Lo que sucede es que, comprobado tiempo más tarde su fracaso, es abandonados temporalmente por periodos más o menos largos, hasta que vuélvese a implantar, por lo general, con cada cambio de gobierno, o dentro de un mismo gobierno con cada cambio de ministro de hacienda o de economía que crea o no en el sistema como medio de corregir los aumentos de precios. Esta variante dependiente de estos factores ha impedido que muchos de los territorios de occidente hayan colapsado económica y políticamente y hayan terminado en estados totalitarios como si ha sucedido en los casos mencionados anteriormente.

“La producción puede dirigirse o bien por los precios fijados en el mercado por los compradores y por la abstención de comprar por parte del público o puede dirigirse por el consejo central público de gestión de la producción. No hay disponible una tercera alternativa. No hay un tercer sistema social viable que no sea economía de mercado ni socialismo. El control público de solo una parte de los precios debe llevar a un estado de cosas que, sin ninguna excepción, todos consideran como absurdo y contrario a sus fines. Su resultado inevitable es el caos y la inquietud social.”[3]

Este aserto científico se ha venido cumpliendo década tras década de manera ineluctable como si se tratara de una profecía. Sin embargo, los intentos de creer y de establecer una “tercera vía” o “sistemas alternativos” perduran también hasta hoy, desconociendo la verdad científicamente afirmada en la cita anterior. La dirección del mercado solamente puede estar en dos manos, a saber: o la de los consumidores o en la de los burócratas. No existe, pues, ninguna otra posibilidad ni fórmula mágica por la cual la economía pueda manejarse en su totalidad. En otras palabras, o se trata de socialismo o de capitalismo (economía de mercado). Apenas se intenten “terceras días”, sistemas “intermedios” economías “mixtas”, “hibridas” o como quiera rotulárselas los resultados indeseables de tal política comienzan a aparecer, y sólo cesan cuando se abandonan los experimentos intervencionistas.

Sin embargo, abundan los “profetas” que intentan presentar como “nuevo” lo que ha venido fracasando durante siglos desde los tiempos de Hammurabi[4]. En tal sentido, se cumple -una vez más- aquello de que la práctica confirma la teoría.

“Es esto lo que los economistas tienen en mente al referirse a la ley económica y afirmar que el intervencionismo es contrario a las leyes económicas.”[5]

No se procura decir que el mercado sea perfecto en el significado de que resulta siempre capaz de resolver todas las necesidades humanas, por cuanto hablar de “perfecciones” en abstracto carece de toda coherencia, y mucho más en el campo de las ciencias sociales. De lo que se discute es de dejar en claro que el mercado tiene sus propias leyes, y que autoajusta por medio de las mismas las posibles imperfecciones de las cuales pudiera adolecer, es decir, no se debate sobre una perfección imaginaria ni utópica, sino que se reflexiona sobre una realidad científica comprobable, que muestra ciertas regularidades que se cumplen de manera inexorable, y que cuando se alteran por factores exógenos ocasionan consecuencias indeseables. Esto es tan solo lo que se quiere significar con la cita anterior.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 13

[2] L. v. Mises ibidem, pág. 13.

[3] L. v. Mises ibidem, pág. 13-14.

[4] Véase a Robert L .Schuettinger – Eamonn F .Butler. 4000 años de Control de Precios y Salarios. Cómo no combatir la inflación. Prólogo por David L. Meiselman. Primera Edición. The Heritage Foundation. Editorial Atlántida – Buenos Aires.

[5] L. v. Mises ibidem, pág. 14

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

El caso ChiChi: las tensiones entre instituciones y mentalidad económica.

Por Carlos Newland: 

Puede suponerse que si la mayor parte de la población de un país valora los atributos de una economía de mercado votará por  opciones políticas conducentes a marcos institucionales proclives a generar competencia, desarrollar la iniciativa privada y limitar a la acción gubernamental. La elaboración de un índice mundial de pensamiento pro mercado (FMMI) por parte de quien escribe estas líneas junto con Pal Czegledi, ha permitido ranquear a las naciones según el grado de apoyo popular al capitalismo. Gracias a esta métrica se ha podido constatar que  una alta valoración del sistema de mercado ha generado usualmente instituciones económicas eficientes (según, por ejemplo, el Índice Fraser de Libertad Económica), como es el caso de la Anglósfera (USA, Australia, Nueva Zelanda, Canadá), las naciones de Europa del Norte, y aquellas de la Sinósfera (como Japón, Vietnam o Taiwán). Por otra parte, los países donde domina una mentalidad más afín al socialismo o a la intervención gubernamental han generado instituciones adversas a la eficiencia económica, y con ello han afectado su desarrollo, como es el caso de Argentina, Ucrania o Egipto.  Puede entonces postularse que existe una relación directa entre mentalidad, instituciones y desarrollo económico. Pero este no siempre es el caso: pueden existir situaciones en que la mentalidad popular no ha podido expresarse libremente: en esos casos una minoría ha podido imponer sus instituciones de preferencia por la fuerza y sin consentimiento popular. Tal parece ser el caso de lo que denominamos Chichi, China y Chile. En ambas naciones parece existir un contraste entre la mentalidad popular y las instituciones o marco dentro de la cual sus agentes económicos operan.

China sería el caso de una población que presenta un positivo y moderado apoyo al sistema de mercado medido por el FMMI, o un muy alto apoyo según encuestas del Pew Research Center. Pero esta nación ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX la imposición de un muy duro y rígido sistema comunista. Los miembros del partido y su líder Mao lograron forzar una economía planificada y centralizada con resultados negativos de desempeño productivo. Esta situación comenzó a variar hacia 1978 cuando los integrantes de la jerarquía comunista fueron abandonando muchos postulados de su ideario, cambiando paulatinamente sus instituciones. Así, liberaron más y más su economía, permitiendo el funcionamiento de incentivos a la producción y a la eficiencia. Gracias a ello su crecimiento ha sido espectacular, transformándose hoy en día en una potencia mundial similar a los Estados Unidos. Se ha mencionado que un detonante del cambio en China fue la iniciativa de altísimo riesgo que tomaron algunos agricultores en 1979, de subdividir a los efectos prácticos la tierra comunal. Tan fue el éxito del experimento ilegal que las autoridades lo terminaron aceptando y promoviendo. En última instancia los gobernantes han ido aceptando la mentalidad de la población. Es altamente probable que, si China se transformara de una dictadura a una democracia, los partidos políticos proclives a la economía de mercado serían los dominantes y no lo contrario.

Chile parece ser el caso opuesto a China. Allí el apoyo al sistema de mercado es bajísimo según la medición del FMMI, donde presenta valores similares a los de Argentina. Ello no nos puede sorprender mucho ya que en 1970 la población eligió como presidente al marxista Salvador Allende, quien intentó aplicar un modelo socialista, lo que incluía nacionalizaciones, control público de la banca y la reforma agraria. El marco institucional en Chile no cambiaría por un cambio en la ideología de los votantes sino por imposición de un gobierno militar. En 1973 el gobierno golpista del General Augusto Pinochet encomendó a un grupo de economistas pro mercado, denominados allí “Chicago Boys”, el diseño e implementación de una política económica que incluyo desregulación, privatizaciones y el logro de la estabilidad monetaria. Inclusive Milton Friedman visitó al país en 1975 dando apoyo a las reformas que se estaban implementando. Con el tiempo esta política resultó muy exitosa y Chile ingresó a un notable sendero de crecimiento y reducción del nivel de pobreza, superando recientemente al ingreso per cápita (y la esperanza de vida, junto con una menor mortalidad infantil) de su tradicionalmente más próspero vecino Argentina. Pero el nuevo estadio de desarrollo obtenido no parece haber afectado estructuralmente la ideología económica de sus habitantes. La mentalidad popular que fue el sustrato de la elección como presidente de Allende sigue en gran medida vigente: el FMMI del país es bajo, muy similar al presentado por la población de Argentina. Es de destacar que los diversos gobiernos de centro izquierda que ganaron las elecciones a partir de la vuelta a la democracia en 1990 (hasta 2010, y de nuevo en 2014) no se atrevieron a desmantelar (aunque si atemperaron) el marco institucional recibido. Sin embargo, el país claramente estaba en una situación de un equilibrio político inestable. Si hubiera aparecido en ese país -uno de los pocos donde todavía se encuentra muy activo el Partido Comunista- un personaje carismático populista de izquierda, Chile podría haber seguido el camino de Argentina o Venezuela. El reciente estallido social no es más que una manifestación popular de una ideología reprimida que ha encontrado en las calles un modo de expresarse.

 

Carlos Newland es Dr. Litt. en Historia. Profesor y Ex Rector de ESEADE.

 

Intervencionismo y socialismo

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2019/12/intervencionismo-y-socialismo.html

 

El capitalismo no es necesariamente incompatible con un cierto grado de intervención en la economía por parte del gobierno. De hecho, si consideramos que para que exista un gobierno debe -al mismo tiempo- que contar con los fondos mínimos y necesarios para que cumpla con su función de tal y que dichos dineros no pueden ser generados por el gobierno mismo, va de suyo que la mera coexistencia de los impuestos cuyo destino es precisamente posibilitar la presencia y el sostén del gobierno implican necesariamente echar mano a los recursos de los particulares, dado que de otra manera ningún organismo que se atribuyera las ocupaciones de un gobierno podría moverse y ni siquiera darse.

“Mientras solo ciertas empresas concretas estén controladas públicamente, las características de la economía de mercado que determinan la actividad económica siguen esencialmente inmaculadas. También las empresas de propiedad pública, como compradoras de materiales en bruto, bienes intermedios y mano de obra, y como vendedoras de bienes y servicios, deben ajustarse a los mecanismos de la economía de mercado.”[1]

Podemos aquí diferenciar, quizás, entre un mercado libre y una economía de mercado. En el ejemplo dado en la cita anterior, si bien no podría hablarse en cabalidad de un mercado completamente libre ello no obstaría, en cambio, a decir que si hay allí una economía de mercado. En realidad, lo que parece quiere decirse es que un pequeño control sobre algunas empresas o -tal vez- un gran control sobre una sola empresa no empaña la concurrencia de una economía de mercado.

Es que el control del gobierno sobre una o algunas empresas no implica por sí mismo la presencia de regulaciones sobre el resto de las variables económicas (por ejemplo, precios, salarios, producción, ventas, exportaciones, importaciones, moneda, etc.). Mientras estas permanezcan libres de intrusismo estatal seguirnos estando -conforme nos enseña L. v. Mises- en una economía de mercado, aunque, añadimos nosotros, no podamos referirnos a un mercado completamente libre.

Y así se dice que esas empresas:

“Están sujetas a las leyes del mercado, tienen que buscar beneficios o, al menos, evitar pérdidas. Cuando se intenta mitigar o eliminar esta dependencia cubriendo las pérdidas de dichas empresas con subvenciones tomadas de fondos públicos, la única consecuencia es un cambio de esta dependencia en otro lugar”[2]

Es decir que, aun siendo empresas de control estatal o semiestatales se hallan bajo la órbita de las leyes del mercado. En este punto se hace alusión a las leyes de la oferta y la demanda, para lo cual deben buscar mercados con el objeto de poder colocar sus productos, implicando ello que deben ofrecer artículos o servicios de calidad a un precio competitivo, lo que da por supuesto un régimen de libre competencia. Resulta claro que se trata el caso de empresas que comenzaron siendo privadas y a las que luego se les añadió un cierto control estatal, las que son conocidas en la jerga legal-económica como empresas mixtas o con participación estatal (que puede ser minoritaria o mayoritaria).

Aun siendo frecuente que se intente enjugar sus pérdidas (las que son habituales en la medida de la injerencia estatal) a través de subvenciones (subsidios) los resultados de esta medida no dejan de darse dentro del ámbito de la economía de mercado.

“Esto pasa porque los medios para las subvenciones se han tomado de algún sitio. Pueden conseguirse recaudando impuestos. Pero la carga de dichos impuestos tiene sus efectos en el público, no en el gobierno que recauda el impuesto. Es el mercado, y no el departamento de ingresos, el que decide sobre quién recae la carga del impuesto y cómo afecta a la producción y el consumo. El mercado y sus leyes inevitables son supremos.”[3]

En realidad, la contundencia de la frase final de la cita precedente marca el destino de cualquier política estatal sea cual fuere la misma. “El mercado y sus leyes inevitables son supremos” y se abren camino en medio de toda la maraña de intervenciones y regulaciones que los gobiernos quieren de continuo infligirle a cada paso. Los obstáculos que las políticas estatales oponen continuamente a las leyes del mercado no anulan a estas últimas, sino que solamente desvían las consecuencias que aquellas producen hacia otros sectores, como en genial analogía se ha dicho puede representarse al mercado como un sistema de vasos comunicantes, y las secuelas de aplicar una restricción en un sector tendrán inexorablemente sus repercusiones en otro u otros. Pero siempre en obediencia a las leyes del mercado.

“Segundo: Hay dos patrones para la consecución del socialismo. El patrón uno (podemos llamarlo el patrón marxista o ruso) es puramente burocrático. Todas las empresas económicas son departamentos del gobierno igual que la administración del ejército y la armada o el sistema postal. Cada fábrica, tienda o granja tiene la misma relación con la organización centralizada superior, igual que una oficina de correos con el Cartero General. Toda la nación forma un solo ejército laboral con servicio obligatorio: el comandante de este ejército es el jefe del estado.”[4]

Es el estatismo total, donde no queda sector alguno que este fuera de la esfera del gobierno. No hay ni libertad, ni propiedad privada, ni derechos de ninguna índole o -mejor dicho- donde quien define “qué es” un “derecho” o “no lo es” es el jerarca de turno. El mundo ha conocido este nefasto sistema en la URSS, los países que dependían del bloque oriental soviético, China, Cuba y en otros lugares. Toda la actividad económica queda subordinada y depende de manera exclusiva de un solo ente o persona: el gobierno central. El jefe del estado es quien determina los precios a los que se ha de vender y comprar absolutamente todo, qué debe producirse y qué no y en qué cantidades hacerlo, qué se vende, se compra, y qué no debe venderse ni comprarse y así con cada detalle de la vida comercial y empresarial, hasta llegar a la del menor consumidor particular. Ningún aspecto del universo económico -sea empresarial o particular- queda fuera de la regulación estatal.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). Pág. 7

[2] L. v. Mises ibidem, pág. 7

[3] L. v. Mises ibidem, pág. 7

[4] L. v. Mises ibidem, pág. 7

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

CHILE, CONJETURAS Y REFUTACIONES.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 10/11/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/11/chile-conjeturas-y-refutaciones.html

 

El caso chileno ha dejado estupefactos a todos los partidarios de la democracia constitucional y la economía de mercado, esto es, a los liberales clásicos. Chile era el caso exitoso, era la corroboración de la conjetura que afirma que hay que aplicar una economía de mercado y una constitución liberal (en orden dudoso) y que la cosa iba a dar resultado.

Pero la conjetura parece enfrentarse con una aguda refutación, o, si se quiere, el núcleo central parece no dar una respuesta ante la anomalía.

Siempre me ha preocupado el constructivismo como modelo de construir una sociedad desde la nada de un horizonte. Hay casos que parecen ser exitosos. Alemania e Italia después de la Segunda guerra, idem Japón. Incluso Argentina parece que fue uno de ellos. Urquiza pactó con liberales más franceses que hayekianos y mandaron a la miércoles a Rosas y al caudillismo, y al parecer llegó a ser la Suiza de Latinoamérica hasta 1930 más o menos.

Pero por eso digo que me preocupan los cambios políticos en paz, porque parece que no los hay. El caso de la evolución de las instituciones inglesas parece ser la excepción, si es que lo fue. Porque en los casos referidos, que son cualitativamente importantes… Alemania e Italia, luego de la Segunda Guerra. Japón, idem, más dos bombas atómicas.

Y salvando las distancias, Chile, después de Pinochet. Argentina, después de Caseros. Y después de Caseros, algo, sí, de mercado libre, de Constitución, de alambrado, de ferrocarriles, de alfabetización, de ciudades europeas, etc., sí, pero a sangre y fuego. ¿Había cambiado el horizonte cultural caudillezco y autoritario? ¿Sí? ¿Y entonces por qué la revolución del 30, por qué el peronismo, que llegó para quedarse?

En Chile, ¿hubo un cambio cultural? Es hora de evaluarlo, y es eso lo que no miden los famosos datos.

Tocqueville sostuvo en su momento que la Revolución Francesa se produjo precisamente por las mejoras de Luis XVI. Sólo en ese caso los agentes revolucionarios pudieron actuar, alimentando expectativas que no estaban en el conjunto de valores de los más liberales de Luis XVI.

¿Podría haber algo parecido? Entre los agentes revolucionarios seguramente hay gente muy pacífica y otros que no lo son tanto, algunos más espontáneos y algunos más dirigidos, pero en ambos casos cuentan con el apoyo de unas masas de gentes relativamente jóvenes inmunes a los datos de los economistas. Hay valores que se están instalando en todo el mundo y no son falsos, aunque difíciles de manejar por quienes valoramos tanto la libertad. La igualdad, por ejemplo. Vino viejo en odres nuevos.

Las masas, por lo demás, no responden a los valores racionales que los liberales tanto pensamos y demostramos. Las masas tienen otra rebelión. Lamentablemente para mis amigos randianos, la rebelión sigue siendo la de las masas, la explicada por Ortega, y no la del Atlas. Las masas que no saben de dónde viene ese progreso que les permite ilusionarse con progresos más rápidos. Sólo lo dan por sentado y lo demandan, especialmente movidas por los señoritos satisfechos que verdaderamente creen que la escasez es sólo un fruto perverso del capitalismo. Por eso su peculiar violencia.

Fromm habló del miedo a la libertad. Las masas no responden a nuestros argumentos éticos a favor de la libertad. Le tienen miedo, en parte por los motivos expuestos por Fromm. El miedo a ser individuo y la unión simbiótica y sado-masoquista con los líderes autoritarios.

Freud explicó también, ya en 1915, los procesos neuróticos que llevan a la masificación. Es cuestión de leerlo y estudiarlo. Pero los liberales, que no leemos a Fromm porque era “de la escuela de Frankfurt”, y no leemos a Freud porque Hayek pensaba que era malo malo malo, no entendemos de psicología política y luego nos llevamos grandes sorpresas.

Y Mises, que sí entendía y elogiaba a Freud (cosa que algunos liberales ocultan) sí habló, en medio de sus sueños iluministas, de la ilusión racionalista de los viejos liberales, ya después del 40, cuando él mismo lloró el quiebre de sus sueños con la terrible amargura de “Notes and Recolections”.

¿Y entonces? Entonces nada. Sin una lenta transformación de los horizontes culturales, estos siguen viviendo hasta que pueden rebelarse, y pueden rebelarse precisamente cuando están mejor.

Por ahora la única buena noticia es tener conciencia de esto, para no llevarnos sorpresas. Porque si alguien sabe de algún cambio político en paz y cómo hacerlo, que lo diga please. Si, Inglaterra tuvo una evolución lenta, de siglos, al Rule of Law, y la revolución norteamericana no fue cultural, sino mandar a la miércoles a Jorge III, mientras que el humus cultural era totalmente libertario y sus adeptos eran granjeros, comerciantes y navegantes. Y los redactores de la Constitución, por suerte, no fueron filósofos. Fueron abogados. Pero EEUU también está sufriendo ahora un cambio cultural terrible y…. Dios sabrá.

¿Y la Argentina? Me pregunto qué pasaría si Espert fuera el presidente con el apoyo del Ejército de EEUU con Trump como comandante en jefe. ¿Todo solucionado? ¿Seguro?

Mi conjetura es que sin cambio cultural profundo no hay cambio duradero.

¿Estará ya corroborada?

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

VENEZUELA SOMOS TODOS.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 30/4/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/04/venezuela-somos-todos.html

 

Una psicótica delirante escribe un libro y millones lo compran, se presenta a elecciones y millones la votan. De manual. En la Argentina y en todo el mundo.

De manual porque la gran utopía del iluminismo liberal fue suponer que las democracias se iban a sostener con la madurez del “hombre nuevo” que aparecería con el paso del Antiguo Régimen a la Revolución. No: lo que aparece es un nuevo tipo de alienación. Una alienación concomitante con las sociedades de masas. La Rebelión de la masas de Ortega, Psicología de las masas y análisis del yo de Freud, El Miedo a la libertad de Fromm, son todos textos que, aunque de autores diferentes, analizan el mismo fenómeno: la irracionalidad de las masas, su identificación con una nueva figura del Padre, su ausencia total de pensamiento crítico, carne de cañón ideal para personalidades psicopáticas que las seducen con utopías que son relatos de poder para instalarse en eso: un poder sin el cual no pueden vivir. La diferencia entre Hitler y sus votantes y Cristina Kirchner y sus votantes es sólo de espacio y tiempo. Responden al mismo fenómeno analizado por Ortega, Freud y Fromm.

El único proyecto político que pudo poner un momentáneo freno a la masificación fueron las instituciones de la Constitución norteamericana, escritas desde la fuerte convicción aristocrática de los límites constitucionales que necesitamos ante los locos con poder, y apoyada por una cultura no exenta de masificación, pero sí constituida por granjeros y comerciantes que querían sacarse de encima a Jorge III y vivían mientras tanto, sin saberlo, de los beneficios de un common law evolutivo que no se repitió nunca más.

Podríamos extender este análisis a lo que ahora está sucediendo en EEUU y Europa, pero Latinoamérica y sus instituciones débiles siempre fue un cruel caldo experimental de cultivo para todo tipo de proyectos autoritarios, donde el diagnóstico de Fromm sobre la psiquis humana, sadomasoquista, de dominante a dominados, su ve a la perfección. Las democracias no autoritarias son estrellitas fugaces a merced de las masificaciones más ridículas y violentas que surgen de las votaciones. Estamos todos a merced de leviatáns potenciales que surgen aparentemente de golpe pero cocinados en la intimidad de una psiquis humana que proyecta en un psicópata sus más inconscientes frustraciones y pulsiones de agresión.

Esto no quiere decir que debemos abandonar la terea de fomentar el pensamiento crítico y difundir por medio de la razón la importancia de las libertades individuales y la economía de mercado. Tampoco implica, obviamente, utopías autoritarias de sesgo aristocrático cuya intrínseca violencia es su intrínseco fin. Sabemos lo que no debemos hacer, pero no qué hacer ante estas malas noticias de psicología política. Las ciencias sociales han avanzado mucho en temas como Economía, Law and EconomicsPublic Choice, Instituciones, etc., pero para el cambio social, las conjeturas se enfrentan más con refutaciones que con corroboraciones. Porque la clave es algo muy difícil, que es el cambio cultural. Algunas sociedades evitaron lo peor con algún estadista, que puede generar cambios culturales positivos, pero la aparición de ese estadista es totalmente aleatoria. Alemania y Japón, desde 1945 en adelante, parecen haber cambiado, pero a un precio que obviamente no permite establecer ninguna conjetura general. La pura es verdad es que cualquier parte del mundo puede ser Venezuela, en cualquier momento, y si no, es al precio de ser dictaduras totalitarias, algunas de las cuales tienen la perversa inteligencia de permitir algo de mercado como un instrumento más de dominación.

Sí, Cristina puede volver porque la cultura que la sostuvo nunca se fue. Putin está firme donde está porque la cultura zarista nunca se fue. Alemania y Japón están donde están porque la cultura que casi los destruye fue expulsada a los bombazos, dos de ellos totalmente injustificables. Cómo cambiar una cultura pero en paz, culturas donde la rebelión es la de las masas y no la del Atlas, es la gran pregunta que yo, al menos, no puedo responder.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Marx, derechos y libertades

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 13/4/19 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/marx-derechos-y-libertades/

 

Karl Marx apoyó el liberalismo pero rechazó los derechos humanos de la Revolución Francesa. En ambos casos, lo hizo con la lógica antiliberal del socialismo.

Si un gran enemigo de la libertad defiende el liberalismo, hay que mirar el contexto. Si Marx aplaudió la extensión del capitalismo por el mundo no fue porque apreciara la economía de mercado sino porque rechazaba aún más las economías primitivas, y pensaba que el capitalismo era el necesario estadio previo al socialismo. Por eso respaldó a los librecambistas: “el sistema de libre comercio acelera la revolución social. Es solo en este sentido revolucionario, caballeros, que estoy a favor del libre comercio”. Del mismo modo, si llamó a no pagar impuestos desde la Neue Rheinsische Zeitung, no era para promover la libertad sino la agitación política.

Lo que Marx rechazaba de los derechos humanos era la idea moderna y liberal que separa al individuo del ciudadano. El Estado antiguo, en cambio, era universal: Aristóteles no distinguía entre hombre y ciudadano. El socialismo quiere volver a eso: al Estado total. En el Estado moderno y burgués la vida privada, la propiedad, los contratos y el comercio se independizan del Estado, con lo que los derechos adquieren forma de libertades y plantean un compromiso entre la política y la sociedad. Eso es lo que Marx rechazaba, como dice Stedman Jones: “Los derechos del hombre eran la expresión apenas disimulada del predominio de la propiedad privada y el individuo burgués en su relación con el Estado moderno”. Esa fue la razón, por cierto, del odio que los socialistas siempre tuvieron a las religiones judeocristianas: ellas también postulan la existencia de personas libres independientemente de su carácter de ciudadanas.

Lo que atrajo a Marx y a los socialistas posteriores fue un aspecto fundamental de la Revolución Francesa: el terrorismo revolucionario, la violencia como “partera de la nueva sociedad”, que arrasa con los derechos humanos. En suma, no les gusta 1789 sino el bienio 1792-93. No por azar Pablo Iglesias es admirador de Robespierre. Marx y Engels no querían la democracia pacífica sino la revolución planetaria, sin importar las víctimas que pudiera generar. Engels esperaba que “la próxima guerra mundial conducirá a la desaparición de la faz de la tierra no solo de las clases y dinastías reaccionarias, sino de todos los pueblos reaccionarios”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

El gran criterio económico de Jaime Balmes

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 9/7/18 en: http://www.redfloridablanca.es/gran-criterio-economico-jaime-balmes-alejandro-chafuen/

 

Aquellos que aprendimos de las bondades de la economía de mercado, incluso en países de habla hispana, seguramente fuimos primero atraídos a la libertad económica por autores de habla inglesa o traducciones de los grandes economistas austríacos. Entre los primeros es obvio que Adam Smith ocupaba un lugar especial, pero también libros más populares como el de Henry Hazlitt, Economía en una Lección. Los libros de Ludwig von Mises y F.A. Hayek también han sido enormemente influyentes. Los más especializados también fueron influenciados por los trabajos de Eugene Böhm-Bawerk y Carl Menger. Los autores de la escuela de Chicago, especialmente Milton Friedman y su Capitalismo y Libertad son otros que ayudaron a formar escuela.

Pese a que todos estos autores tocan el tema del valor económico, ninguno mencionó el gran ensayo de Jaime Balmés “Verdadera idea del valor.” Los grandes historiadores del pensamiento económico, como Joseph Schumpeter y Henry Spiegel, tampoco mencionan a Balmes en sus obras más importantes. No debería ser, pero muchos consideran que cuanto más desconectados los autores de ciencias sociales son con nuestras culturas, menos relevantes son para nosotros. Por suerte y por justicia, profesores y escritores de hoy están ayudando a dar nueva vida a los escritos económicos de Balmes.

León Gómez Rivas, profesor de historia de las ideas en la Universidad Europea, en un artículo para el Instituto Juan de Mariana, resume bien como vieron y ven a Balmes otros españoles. Escribe Gómez Rivas:

“En su conocido manual de Historia de las Doctrinas Económicas, el profesor Lucas Beltrán escribió un brevísimo epígrafe (dos páginas) titulado Un precedente español: Balmes, a propósito de su capítulo sobre el Marginalismo. Beltrán señala que, «aunque sería exagerado llamar a Balmes economista», en su artículo «la idea de la utilidad marginal se dibuja con suficiente precisión». Por su parte, en los Nuevos estudios de economía política, Jesús Huerta de Soto hace también una alusión al citado artículo de Balmes, explicando cómo este autor «tomista» fue «capaz de resolver la paradoja del valor y enunciar muy claramente la teoría de la utilidad marginal veintisiete años antes que el propio Carl Menger.»”

Billlete de 5 pesetas con el retrato de Jaime Balmes

Ubiratán Iorio, un profesor brasilero que influyó en miles de estudiantes, dedica un capítulo de su libro sobre orígenes de la economía austríaca a Jaime Balmes, y lo señala como uno de los grandes precursores de una correcta noción del valor económico.

Los párrafos esenciales de Balmés que sintetizan su análisis reconocen que el coste del trabajo contribuye “al aumento del valor de la cosa; pero es accidental siempre y nunca depende de aquí el verdadero valor de ella.” “El valor económico depende de dos factores, la utilidad y la escasez”: “siendo el valor de una cosa su utilidad o aptitud para satisfacer nuestras necesidades, cuanto más precisa sea para la satisfacción de ellas, tanto más valor tendrá; débese considerar también que si el número de estos medios aumenta, se disminuye la necesidad de cualquiera de ellos en particular” por lo que “hay una dependencia necesaria, una proporción entre el aumento y disminución del valor, y la carestía y abundancia de una cosa.”

Pero no solamente de valor escribió Jaime Balmés. En otro artículo para la Red Floridablanca resumí sus críticas al socialismo que aparecieron en una serie de siete ensayos que con claridad describían lo peligroso y dañoso de estas doctrinas.

Otros temas de relevancia para la economía donde Balmés hizo contribuciones es en el tema de las innovaciones tecnológicas, a las que no temía; el rol de los empresarios como patronos y como miembros de la sociedad civil; y el tema fiscal. Dada la importancia para España acerca de este tema, solo resumiré sus ideas sobre este último punto.

Para este sacerdote catalán, “los nuevos tributos son con harta frecuencia origen de motines y trastornos; quizás no se encuentra otro motivo que los haya causado en mayor número.” Añadía que “de esta clase de resistencia no se eximen las monarquías más absolutas[1]. Señalaba tres causas principales por los problemas fiscales: la pérdida de las rentas que el Estado percibía de la lglesia; los excesivos gastos militares; y la multiplicación de empleados públicos. Este último factor es el más relevante para hoy, Balmes repetiría que “el ministro de Hacienda que no atienda al origen del mal, no hará más que agravarle: en materia de hacienda los paliativos son fatales, su resultado es la bancarrota”. “No ignoramos que eran necesarias reformas en distintos ramos de administración; pero de aquí a multiplicar indefinidamente las oficinas  . . . hay una distancia muy grande”. Para solucionar el problema recomendaba “por de pronto no nombrar otros” y no copiar el sistema burocrático francés.

En El Criterio, una de sus obras más famosas, Jaime Balmes trató de combinar la mejor teología con la mejor ciencia del momento. En economía fue un avanzado. Un verdadero progresista. Volvamos a aprender de su estupendo criterio económico.

[1] Jaime Balmes, Escritos Políticos, Edición 1847,

 

Alejandro A. Chafuen es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), fue miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Es Managing Director del Acton Institute, International y miembro del Consejo Asesor de Red Floridablanca. Fue profesor de ESEADE.