El gran criterio económico de Jaime Balmes

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 9/7/18 en: http://www.redfloridablanca.es/gran-criterio-economico-jaime-balmes-alejandro-chafuen/

 

Aquellos que aprendimos de las bondades de la economía de mercado, incluso en países de habla hispana, seguramente fuimos primero atraídos a la libertad económica por autores de habla inglesa o traducciones de los grandes economistas austríacos. Entre los primeros es obvio que Adam Smith ocupaba un lugar especial, pero también libros más populares como el de Henry Hazlitt, Economía en una Lección. Los libros de Ludwig von Mises y F.A. Hayek también han sido enormemente influyentes. Los más especializados también fueron influenciados por los trabajos de Eugene Böhm-Bawerk y Carl Menger. Los autores de la escuela de Chicago, especialmente Milton Friedman y su Capitalismo y Libertad son otros que ayudaron a formar escuela.

Pese a que todos estos autores tocan el tema del valor económico, ninguno mencionó el gran ensayo de Jaime Balmés “Verdadera idea del valor.” Los grandes historiadores del pensamiento económico, como Joseph Schumpeter y Henry Spiegel, tampoco mencionan a Balmes en sus obras más importantes. No debería ser, pero muchos consideran que cuanto más desconectados los autores de ciencias sociales son con nuestras culturas, menos relevantes son para nosotros. Por suerte y por justicia, profesores y escritores de hoy están ayudando a dar nueva vida a los escritos económicos de Balmes.

León Gómez Rivas, profesor de historia de las ideas en la Universidad Europea, en un artículo para el Instituto Juan de Mariana, resume bien como vieron y ven a Balmes otros españoles. Escribe Gómez Rivas:

“En su conocido manual de Historia de las Doctrinas Económicas, el profesor Lucas Beltrán escribió un brevísimo epígrafe (dos páginas) titulado Un precedente español: Balmes, a propósito de su capítulo sobre el Marginalismo. Beltrán señala que, «aunque sería exagerado llamar a Balmes economista», en su artículo «la idea de la utilidad marginal se dibuja con suficiente precisión». Por su parte, en los Nuevos estudios de economía política, Jesús Huerta de Soto hace también una alusión al citado artículo de Balmes, explicando cómo este autor «tomista» fue «capaz de resolver la paradoja del valor y enunciar muy claramente la teoría de la utilidad marginal veintisiete años antes que el propio Carl Menger.»”

Billlete de 5 pesetas con el retrato de Jaime Balmes

Ubiratán Iorio, un profesor brasilero que influyó en miles de estudiantes, dedica un capítulo de su libro sobre orígenes de la economía austríaca a Jaime Balmes, y lo señala como uno de los grandes precursores de una correcta noción del valor económico.

Los párrafos esenciales de Balmés que sintetizan su análisis reconocen que el coste del trabajo contribuye “al aumento del valor de la cosa; pero es accidental siempre y nunca depende de aquí el verdadero valor de ella.” “El valor económico depende de dos factores, la utilidad y la escasez”: “siendo el valor de una cosa su utilidad o aptitud para satisfacer nuestras necesidades, cuanto más precisa sea para la satisfacción de ellas, tanto más valor tendrá; débese considerar también que si el número de estos medios aumenta, se disminuye la necesidad de cualquiera de ellos en particular” por lo que “hay una dependencia necesaria, una proporción entre el aumento y disminución del valor, y la carestía y abundancia de una cosa.”

Pero no solamente de valor escribió Jaime Balmés. En otro artículo para la Red Floridablanca resumí sus críticas al socialismo que aparecieron en una serie de siete ensayos que con claridad describían lo peligroso y dañoso de estas doctrinas.

Otros temas de relevancia para la economía donde Balmés hizo contribuciones es en el tema de las innovaciones tecnológicas, a las que no temía; el rol de los empresarios como patronos y como miembros de la sociedad civil; y el tema fiscal. Dada la importancia para España acerca de este tema, solo resumiré sus ideas sobre este último punto.

Para este sacerdote catalán, “los nuevos tributos son con harta frecuencia origen de motines y trastornos; quizás no se encuentra otro motivo que los haya causado en mayor número.” Añadía que “de esta clase de resistencia no se eximen las monarquías más absolutas[1]. Señalaba tres causas principales por los problemas fiscales: la pérdida de las rentas que el Estado percibía de la lglesia; los excesivos gastos militares; y la multiplicación de empleados públicos. Este último factor es el más relevante para hoy, Balmes repetiría que “el ministro de Hacienda que no atienda al origen del mal, no hará más que agravarle: en materia de hacienda los paliativos son fatales, su resultado es la bancarrota”. “No ignoramos que eran necesarias reformas en distintos ramos de administración; pero de aquí a multiplicar indefinidamente las oficinas  . . . hay una distancia muy grande”. Para solucionar el problema recomendaba “por de pronto no nombrar otros” y no copiar el sistema burocrático francés.

En El Criterio, una de sus obras más famosas, Jaime Balmes trató de combinar la mejor teología con la mejor ciencia del momento. En economía fue un avanzado. Un verdadero progresista. Volvamos a aprender de su estupendo criterio económico.

[1] Jaime Balmes, Escritos Políticos, Edición 1847,

 

Alejandro A. Chafuen es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), fue miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Es Managing Director del Acton Institute, International y miembro del Consejo Asesor de Red Floridablanca. Fue profesor de ESEADE.

La gran falacia del “ajuste necesario”

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 9/5/18 en: https://alejandrotagliavini.com/2018/05/14/la-gran-falacia-del-ajuste-necesario/

 

Los conservadores argentinos, debido a su proverbial desconocimiento de cómo funciona el mercado natural, insisten en falacias y recomendaciones que convienen al “establishment” pero que perjudicarían severamente al país. Claramente buscan conservar los privilegios: los oligopolios, como el financiero, y prebendas como crédito barato apalancado desde el Estado, etc.

La primera falacia es la de la “herencia recibida”. Sin dudas, Macri recibió un país en pésima situación en todos los órdenes, no solo en economía. Pero esto no justifica la caída en el PIB del 2.3% que ocurrió en 2016, según datos oficiales. El nivel que dejó el gobierno anterior es un piso desde el que Argentina debió levantarse inmediatamente de haber seguido -aunque sea un gradual y lento- camino hacia una economía de mercado.

Lo bueno -la tendencia hacia una economía de mercado natural- solo puede tener resultados buenos, es simple lógica, y la lógica es una ciencia. Por caso, aunque al sector agropecuario se le redujeron -reales- solo en 25% los impuestos a la exportación –“retenciones”-, y a pesar de que parte de este alivio se esfumó debido a la inflación y otros aumentos, aun así, el sector creció notoriamente, en tiempo real, a tal punto que produjo una catarata refleja que significó que la venta de maquinaria agrícola creciera 27% en 2016, respecto de 2015.

Queda claro, que si el resto de la economía cayó fue sencillamente porque no solo que no se aplicaron medidas -ni “gradualistas” ni de ninguna especie- promercado, sino todo lo contrario: aumentó la presión fiscal total y el peso -en general- del Estado sobre el sector privado.

La segunda gran falacia de los conservadores -a los que ahora se suma el FMI- es que es necesario un “ajuste” -que sería “doloroso”- para llegar a una economía sana. Esto es falso de toda falsedad, es incoherente, ofende a la lógica – ¿lo malo trae bueno? – y es extremadamente peligroso porque provocaría el rechazo frontal de la sociedad que terminaría apoyando políticas más estatistas, de izquierda o de derecha.

El torpe “caballito de batalla” de los conservadores es que todos los males de la economía parten del déficit fiscal. Y, entonces, aseguran que la primera y fundamental medida del gobierno debe ser recortar el gasto. Proponiendo, básicamente, el despido de empleados y la baja en los montos de las pensiones. El despido en estas circunstancias provocaría un aumento del desempleo y una caída del salario real, y la baja de las jubilaciones una gran injusticia, sin que se produjera un mejoramiento inmediato de la economía nacional.

La realidad es muy distinta. El problema no es el déficit fiscal en sí mismo sino el modo como se financia, ya que, si se financia con exagerada emisión monetaria o con endeudamiento o con suba de impuestos, la economía cae como ha venido sucediendo.

La solución del mercado natural a la situación actual es la siguiente. El déficit del Estado argentino ronda los US$ 23.000 millones anuales. Lo primero que debe hacerse es empezar a desregular toda la economía de modo que se expanda aumentando la recaudación sin subir la presión fiscal y, por ende, disminuyendo el déficit. El resto puede solventarse fácilmente con privatizaciones y venta de propiedades estatales por varios años.

Para que las privatizaciones sean políticamente viables hay que adoptar tres criterios: primero, vender propiedades de bajo impacto en la opinión pública (el gobierno ya vendió algunas por un monto que ronda los US$ 300 millones y nadie se alteró). Segundo, realizar una campaña de difusión que explique con honestidad cuál es la situación. Y tercero, privatizar de manera “popular” al estilo de Margaret Thatcher.

Por ejemplo, supongamos que la petrolera estatal -YPF- vale unos US$ 10.000 millones. Se pueden emitir 10 millones de acciones por valor de US$ 1000 cada una y pagar a empleados públicos y proveedores del Estado -que voluntariamente acepten- con esas acciones.

Una vez compensado el déficit de modo genuino, al bajar la inflación y el endeudamiento estatal, el PIB crecerá, ahora sí, genuinamente (no como en 2017). Durante ese tiempo debe desregularse aún más toda actividad económica liberando la creatividad del mercado. Y, fundamentalmente, como se hizo en los EE.UU., se debe desregular completamente la actividad sindical de modo de quitarle la fuerza política y convertir a los sindicatos en meras mutuales de ayuda al obrero.

Ahora sí, pueden eliminarse las leyes laborales y esto sumado al crecimiento genuino de la economía provocará un aumento en la demanda privada de mano de obra absorbiendo naturalmente -sin despidos- a los empelados públicos. Y entonces podrá reducirse sustancialmente la carga fiscal, potenciando aún más el crecimiento de la economía lo que debería aprovecharse para desregular -y privatizar- completamente el sistema de pensiones.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Nuestros hijos, esos anticapitalistas

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 16/2/18 en: https://www.elcato.org/nuestros-hijos-esos-anticapitalistas?utm_content=buffer7ffb6&utm_medium=social&utm_source=twitter.com&utm_campaign=buffer

 

Hace un cuarto de siglo publiqué un artículo en Cambio 16 titulado: “Nuestros hijos, esos socialistas”. Había visto los libros de Economía del bachillerato de entonces, y denuncié que predominaba en ellos el ataque al capitalismo, el mercado, la propiedad privada y las empresas; cuando se mencionaba la realidad de los países que habían suprimido el capitalismo y esas instituciones, los textos eran notablemente comprensivos con esa realidad. En los años transcurridos he visto algunos trabajos sobre el tema, y no parece que la cosa haya mejorado. Ahora puedo confirmar que, en efecto, no lo ha hecho.

El Nº 154 de Economistas, la revista del Colegio de Economistas de Madrid, lleva este título: “Análisis de los textos de economía, empresa e historia económica utilizados en el bachillerato español”. Incluye un estudio cuyos autores son los profesores Rocío Albert López-Ibor, Francisco Cabrillo Rodríguez, Amelia Pérez Zabaleta, Jaime Requeijo González (véase también el último número de la revista Actualidad Económica).

El balance que hacen es que los manuales son de calidad irregular, como era de esperar, pero subrayan que los textos publicados por algunas editoriales relevantes presentan una visión “claramente sesgada en contra de los principios de la economía de mercado”.

Es el caso de Economía, de Editorial Anaya, escrito por Juan Torres Carmen Lizárraga, que contiene errores técnicos, como afirmar que “tener más o menos recursos es lo que hace que unos pueblos sean más ricos que otros…Por el contrario, la escasez o dificultad para obtener recursos suele ser el origen de la pobreza y del sufrimiento social”. Es una falacia, como si no fuera patente que Suiza o Japón tienen menos recursos naturales que Nigeria o Venezuela.

Las falacias anticapitalistas son persistentes, como sus deficiencias técnicas (en comercio exteriormercado de trabajofallos del mercadobanca, Hacienda, etc.) y “su nada oculto desprecio por la actividad económica…uno cree que, en realidad, está leyendo un panfleto de principios del siglo XX y no un texto del siglo XXI”.

Nunca explican la creación de riqueza, sólo su necesaria redistribución en contra de las empresas, presentadas habitualmente en tonos muy negativos. Mientras idealizan la izquierda y condenan el “neoliberalismo”, sostienen que bajar impuestos es malo en sí mismo, y desbarran sugiriendo que en España el gasto público se redujo de forma notable.

Nunca explican qué pasó con el anticapitalismo en el mundo real, e incluso llegan a la temeridad de plantear que su deterioro económico se debió a…¡los países capitalistas! En América Latina, lógicamente, no hablan de los desastres de Cuba y los países víctimas del populismo. Y jamás apuntan que la economía de mercado asegura democráticamente la libertad individual, que el anticapitalismo viola siempre.

En fin, la historia se repite. Si nuestros hijos o nietos van a reconocer en el futuro alguna virtud en el capitalismo no será porque se lo han enseñado bien en el colegio sino a pesar de que se lo han enseñado mal.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Liberales versus libertarios

Por Adrián Ravier.  Publicado el 19/1/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/01/19/liberales-versus-libertarios/

 

¿Por qué es importante llamar la atención de los lectores acerca de las diferencias de estos movimientos? Porque el fracaso del kirchnerismo abrió la puerta en la Argentina para un aporte liberal que busque reducir los excesos de la política económica de los años 2003-2015, pero no demanda la Argentina hoy una posición radical anarquista que propone eliminar al Estado

El cambio ideológico que hubo en la Argentina a partir de 2015, tras el fracaso del kirchnerismo, en reducir la pobreza y resolver otros males como la inflación o el estancamiento económico, no solo ha llevado a Maurico Macri a la Presidencia, sino que además ha dado lugar a nuevas posiciones de filosofía política y económica que contribuyen hoy al debate público.

Liberales y libertarios, que tenían limitado acceso a los medios, hoy reciben una renovada atención, pero no queda claro para la mayoría de los televidentes y los lectores qué diferencia a estas posiciones.

La confusión proviene de una deformación que en Estados Unidos se le ha dado al término “liberal” frente al que utilizamos en América Latina. “Liberal” en Estados Unidos es, por ejemplo, John Rawls, un intelectual cuya obra se utiliza frecuentemente como fundamento de la redistribución del ingreso. Un liberal en América Latina defiende más bien la libertad individual, la economía de mercado, la propiedad privada y el gobierno limitado, por lo que se opone en general a la obra de John Rawls y a los distintos fundamentos que sugieren quitar a unos lo que le pertenece para darles a otros lo que no les pertenece.

Es por ello que en Estados Unidos han creado un nuevo término para denominar a lo que nosotros entendemos como liberal, y es el término libertarian o, en español, ‘libertario’.

El libertario incluiría en Estados Unidos a quienes defienden los cuatro principios recién mencionados, aunque habría una calurosa y abierta disputa respecto del último término, esto es, el gobierno limitado. Los libertarios norteamericanos se podrían dividir entre los libertarios minarquistas, que consideran útil y necesario al gobierno, aunque en funciones limitadas, y los libertarios anarco-capitalistas de propiedad privada, que piensan que es innecesario contar con el ente gubernamental no solo en materia de educación, salud, infraestructura y pensiones, sino también en cuanto a dinero, seguridad y justicia.

La escuela austriaca fundada en 1871 y consolidada en los años 1920 es quizás la más representativa del movimiento libertario, pero no es hasta los años 1970 que surge puertas adentro una línea anarquista que subdivide a su tradición de pensamiento. Es importante notar que los principales pensadores de la tradición como Ludwig von Mises y Friedrich Hayek defendieron una posición liberal o libertaria minarquista, mientras que Murray Rothbard defendió una posición libertaria anarquista.

Es curioso también notar que el Ludwig von Mises Institute, con base en Auburn, Alabama y que fuera creado por el mismo Rothbard junto a Lew Rockwell, le ha dado a esta tradición de pensamiento austriaca una mirada más anarquista de la que el propio Mises defendió a lo largo de su vida.

¿Por qué es importante llamar la atención de los lectores acerca de las diferencias de estos movimientos? Porque el fracaso del kirchnerismo abrió la puerta en la Argentina para un aporte liberal que busque reducir los excesos de la política económica de los años 2003-2015, pero no demanda la Argentina hoy una posición radical anarquista que propone eliminar al Estado.

El debate filosófico que plantea el anarco-capitalismo o anarquismo de propiedad privada es sumamente interesante para los ámbitos académicos, pero distraen y confunden a la opinión pública cuando se plantean ideas extremas en ausencia de un adecuado contexto para estas propuestas. El resultado es un lógico y total rechazo a estas ideas.

Que hoy aparezcan libertarios radicales afirmando que el impuesto es un robo o que todos los políticos son delincuentes contribuye poco, me parece, a los problemas urgentes que debemos resolver.

El liberal o libertario minarquista hace un llamado mucho más oportuno y relevante para la Argentina de hoy, que es, sin ánimo de ser exhaustivo, insistir en terminar con los controles de precios, dejar de monetizar el déficit público, no abusar del endeudamiento, reducir todo lo posible el gasto público o al menos congelar el número de empleados públicos, abrir la economía e integrarla al mundo, respetar la división de poderes y fortalecer las instituciones.

Un ejemplo puede mostrar la diferencia. El liberal sabe que la Argentina tiene que plantearse, como la mayoría de los países del mundo, un nuevo debate acerca del sistema de pensiones, modificar el sistema de reparto. Sin embargo, dado un déficit fiscal consolidado en torno al 8% del PBI, no es oportuno plantear la discusión, porque no hay forma de financiar la transición. Recordemos que cuando Chile planteó la privatización del sistema, acumuló muchos años de superávit fiscal del 5% para garantizar los medios necesarios para que los jubilados y los pensionados del momento pudieran contar con ingresos acordes con los aportes de las décadas anteriores. El mismo menemismo, y en esto tiene responsabilidad Domingo Cavallo, debería comprender que el fracaso de la convertibilidad es en gran parte un problema fiscal que proviene especialmente de no haber pensado una transición para la privatización del sistema de pensiones. De haber continuado con el sistema de reparto, el gobierno no habría tenido déficit fiscal, lo cual hubiera reducido las necesidades de financiamiento externo, con intereses de deuda muchos más bajos, y la situación del país habría sido mucho más sólida para afrontar los shocks externos que fueron el tequila de México en 1995, la crisis asiática de 1997, el default ruso de 1998 o la devaluación de Brasil en 1999. Está claro que el 2001 se pudo haber evitado.

Los libertarios hoy tenemos que plantear un debate inteligente. Hay un espacio para los debates puros que están en el aula, en los congresos académicos y en las revistas especializadas, pero hay otro debate que es el de los medios de comunicación, donde la preocupación está puesta en otros problemas más urgentes. Si Argentina tiene éxito en normalizar su situación institucional y macroeconómica, asemejándose a la situación de países vecinos que integran la Alianza del Pacífico, entonces seguramente surgirán nuevos espacios para discutir otros problemas que hoy lamentablemente están presentes, pero lejanos en la atención que se le puede dar.

Como cierre, me parece que el libertario debe insistir en que el gradualismo está justificado, en la medida en que lo caractericemos como reformismo permanente, pero el problema es que Cambiemos en muchas áreas ha transformado el gradualismo en inacción.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE MACRI

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 3/12/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/12/carta-abierta-al-presidente-macri.html

 

Al Sr. Presidente de la Nación,

Ing. Mauricio Macri:

Sé que en este momento tiene temas más urgentes que el que le voy a plantear. El submarino y el problema de los Mapuches son temas que demandan su atención ya, sin dilación, y no quisiera yo distraerlo de su concentración. Por eso, por suerte para usted, lo más probable es que esta carta, despachada a la nueva y aleatoria nube que nos rodea, nunca le llegue. Pero, si así sucediera, le aseguro que no es mi intención molestarlo.

Yo voté por usted sin mayores expectativas, sabiendo que iba a seguir la Argentina de siempre, excepto por la salida de los psicópatas del poder más peligrosos con los que se enfrentó la Argentina en toda su historia. Lo único que yo esperaba, usted lo hizo: sacarnos del camino a Venezuela. Por ende, gracias. No espero nada más.

Pero no esperar no es igual a no deber. Y debo decir ante usted y ante todos que, por favor, nos escuche.

Los liberales hemos recibido todo tipo de epítetos a lo largo de la historia argentina. Bueno, en realidad habría que ver quiénes son los liberales. Al menos yo, un liberal clásico, partidario de la democracia constitucional anglosajona y la economía de mercado fundada en la Escuela Austríaca (y, para colmo, católico) he recibido todo tipo de elogios. Fascista, demente, utópico, esquizofrénico, neoliberal y, el último que se ha puesto de moda, también: liberalote.

Usted, Señor Presidente, no confía en nosotros. Le asiste algo de razón: contrariamente a lo que piensan muchos, nunca hemos sido gobierno. La primera y última vez fue con la Constitución de 1853. Luego, hubo de todo, desde lo parecido hasta lo grotesco: conservadores, antiperonistas, autoritarios, menemistas, y se me acabaron los adjetivos. Así que tiene razón: ¿qué esperar de quienes nunca se embarraron las manos en la política concreta? La única respuesta a eso puede ser la esperanza de lo nuevo. Como dice un famoso título de un famoso autor: ¿por qué no probar la libertad?

Señor presidente, escúchenos. Sé que sus asesores más cercanos le dirán que no lo haga, pero, finalmente, uno de los dramas del poder es que usted, finalmente, está solo. Solo con su conciencia. Finalmente, es esta última la que tiene que escuchar.

Usted juega el papel, aunque no lo haya buscado, de ser una esperanza. Eso no es raro en una Argentina bipolar que siempre cae tan bajo. El autoritarismo de los conservadores. El golpe del 30, casi nazi. El ascenso del Mussolini argentino. El peronismo sin Perón del 56 en adelante. El golpe del 66, con toda su rudeza. Las guerrillas que ya se estaban preparando. La guerra de los 70, con la corrupción, bajeza y banalidad del gobierno de Isabelita. El golpe del 76. La guerra sucia. Su tristísimo final. Pero ahora, escuche más: el Alfonsín cuya economía no le deja terminar su mandato. El Menem que sigue con el gasto público, la deuda pública y la presión impositiva. Su enorme corrupción. Y de vuelta, la esperanza democrática. El gobierno de la Alianza. Que sigue, sin embargo, con lo mismo. La explosión de la deuda pública y la deuda externa. El default. Otra vez, el tristísimo final, y lo que sigue es tan sencillamente horroroso que no quiero, ni hace falta, que se lo recuerde.

Usted tiene ahora dos alternativas. O dentro de algunos años es uno más en esta lista de fracasos, o pasa a la historia como el estadista que quiere ser.

Yo, Señor Presidente, no soy nadie como para explicarle de política concreta. Yo jamás podría haber hecho lo que usted hizo: vencer al kirchnerismo en las elecciones. Jamás. Soy sólo un profesor de filosofía, pero me atrevo a seguir porque sé distinguir entre el corto y el largo plazo.

A corto plazo está haciendo lo que puede y lo que pudo. Pero permítame hablarle del largo. Si, sé que es un largo camino, pero es usted el presidente.

Usted sabe perfectamente que el gasto no puede seguir como está. Lo sabe en su conciencia, aunque mucho no lo pueda decir. Usted sabe que no puede emitir moneda para financiarlo. Usted sabe que no puede elevar más la presión impositiva. Y usted sabe que, según fuentes serias, la deuda pública llega en estos momentos a 293.789,3 (¿importa que sea 790) millones de dólares.

Usted no confía en nosotros porque lo han convencido de que somos unos locos e insensibles que en lo único que pensamos es en echar a todo el mundo a la calle. No. No es verdad, aunque injusto es que los argentinos en general miren bien a los que engañan sumando al estado la desocupación real de la economía en subdesarrollo. Pero no se trata de echar gente y que luego le incendien la Casa Rosada. Aunque, recuerde, a De la Rúa se le incendió. Nunca lo olvide.

Por favor le pido que piense en las funciones del estado. Usted tiene más o menos unos 35 organismos, entre ministerios y secretarías, sin contar las sub, sub y sub y etc. Tiene todo ello porque cree que todo ello es necesario. Ha sacado a los corruptos y ha puesto a gente honesta, pero cree que todo ello es necesario. No. Si usted sabe cómo funciona una economía de mercado y una sociedad libre, y creo que lo sabe, usted puede quedarse con una Secretaría de Hacienda y un Ministerio de Relaciones Exteriores. No mucho más.

Todo lo demás, usted lo puede eliminar. Y al mismo tiempo, eliminar todas las legislaciones y reglamentaciones que esos organismos se encargan de controlar. Piense en todo el gasto que se reduciría ipso facto. Piense en todos los impuestos que podría bajar y eliminar, comenzando con el de la renta. ¿Y qué sucedería? Que todos los emprendedores de los que usted siempre habla, quedarían libres para emprender todas esas funciones, que burócratas detrás de sus escritorios creen que pueden ejercer cuando, claro, no tienen nada que perder.

Al mismo tiempo, formalizaría ipso facto a todos esos sectores carenciados que no pueden pasar a la economía formal porque esas reglamentaciones y organismos se lo impiden.

Así sí, a mediano plazo, las cuentas públicas podrían comenzar a reordenarse. ¿Y los empleados públicos? Mantenga a todos los de planta, aunque no vayan a ejercer funciones. Déjelos si es necesario tres años cobrando sus sueldos, mientras amortiza las cuentas públicas con el ahorro que implica todo el conjunto de medidas anteriores. Las cuentas dan. Reúnase con los directores de la Fundación Libertad y Progreso (Agustín Etchebarne, Aldo Abram, Manuel Solanet) y haga las cuentas. Dan. Porque no es sólo cuestión de calculadora, sino de concepción del estado.

¿Y las provincias? Olvídese de la coparticipación. Prepare una reforma de mediano plazo. Las provincias no deben depender más de Nación. Pero no todas las provincias son económicamente auto-sustentables. Divida al país en 6, no muchas más, regiones administrativas autosustentables, que comiencen a financiarse solas, y suspenda toda relación económica entre Nación y Provincias. El estudio fue hecho por Roberto Dania y Constanza Mazzina en el 2008. Será la primera vez, además, que habrá un federalismo genuino, con gobernadores realmente autónomos del poder ejecutivo nacional.

Y el estado no tiene por qué dejarse de ocupar de salud, educación y seguridad social. Sencillamente, una vez hecha esta transformación, delegue todo ello en las seis regiones mencionadas. No tiene por qué ponerles un nombre, son sólo regiones administrativas. Y desregule totalmente al sector privado en materia de salud, educación y seguridad social. O sea, des-monopolice, quite las regulaciones nacionales, abra al país a la diversidad, tan nombrada, y tan poco practicada en un país monopólico y unitario.

Y hable con la CGT. Usted sabe cómo, yo no. Pero explique ante la opinión pública que nuestro sistema sindical es el de la Italia Fascista de Mussolini. La gente no lo sabe. Vaya, dígalo, explíquelo. Y elimine el sindicato único por actividad.

¿Le parece mucho? Creo que es poco, pero si no, usted sabe cuál es la alternativa. Usted puede seguir con todo como está, y puede ser que los organismos internacionales le sigan prestando. Como si la escasez no existiera. Pero usted sabe, en conciencia, en esa conciencia a la que estoy apelando –jamás podría apelar, por ejemplo, a la de una nueva senadora muy conocida- que ello no es posible. Si usted no hace estas reformas estructurales de fondo, va camino al default. Tal vez no ahora, pero sí dentro de unos años. Lo sabe, lo sabe perfectamente. No hay salida. Se le acabarán los dólares, terminará en el control de cambios, será como Kicillof pero le terminarán diciendo Macrillof. ¿Quiere usted eso? ¿No? ¿Y entonces?

Señor presidente, hay una diferencia entre un simple político y un estadista. El político sigue a la opinión pública, el estadista, en cambio, la cura. Le hace una especie de terapia social, y eso sólo se logra con auténtico liderazgo moral e intelectual. Mandela, Gandhi, educaron a su pueblo. No fueron demagogos, ni siguieron lo que todos pedían, ni engañaron: tenían un norte, sabían a donde iban, tenían un sólido fundamento moral y lo supieron decir. Su decir fue resultado de su ser, y no al revés, como le recomiendan algunos. Señor presidente, sea estadista. Mire para adelante, mire al largo plazo, y entonces sabrá AHORA qué hacer y cómo decirlo.

La verdad, no creo, en mi interior, que nada de esto suceda, pero sí creo que tenía que decirlo. Mientras tanto, no estoy desilusionado, porque yo no me ilusioné con usted. Seguiré con mi docencia, en la Argentina de siempre, con sus males de siempre, si es que un piquete no me mata antes o algún otro joven idealista no me pone otra bomba. Pero qué hermoso sería que me sorprendiera. No por mí: sorpresas, casi todas buenas, me dan mis alumnos. Pienso en la extrema pobreza, en las zonas más subdesarrolladas, en los niños desnutridos del Chaco y de 3 km a mi redonda. Contrariamente a la mayoría de los argentinos, sé que el mercado, para ellos, no es lo que sobra, sino lo que les falta. Vamos. En Venezuela ya no estamos. Gente honesta ya tenemos. Vamos. Sólo falta visión. La suya. La argentina sigue siendo presidencialista.

No hay otra salida.

Su liberalote amigo

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

La industria ya está grande, que compita sola

Por Iván Carrino. Publicado el 11/6/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2032231-la-industria-ya-esta-grande-que-compita-sola

 

Por ser el padre del liberalismo, muchos creen que Adam Smith defendía a capa y espada a los empresarios. Sin embargo, el lúcido pensador escocés advertía, ya en 1776, que “las personas de un mismo ramo comercial rara vez llegan a reunirse sin que la conversación termine en una conspiración contra el público, o en alguna maquinación para elevar los precios”.

Los empresarios no son ni buenos ni malos, pero como cualquier otro ser humano, están interesados en maximizar su bienestar individual. Si eso implica vulnerar los intereses de terceros, que así sea. De aquí la importancia que Smith, así como toda la tradición liberal posterior a él, le asignó a la competencia inherente a la economía de mercado.

En nuestro país, sin embargo, la advertencia de Smith sigue vigente. La opinión pública muestra una excesiva preocupación por el desempeño de la “industria nacional”. Esto es aprovechado por los industriales, para avanzar en una agenda intervencionista que genera beneficios para ellos, pero a costa de todos los demás.

Las alarmas encendidas por el desempeño de la manufactura son algo contradictorias. En 2014, cuando el sector se contrajo 4,9% (Indec), nadie ponía en duda el carácter industrialista del gobierno de Cristina Kirchner. En 2016, cuando la caída fue de 4,8%, el clamor contra la “desindustrialización” fue ensordecedor.

Hay que tener en cuenta es que la mirada sesgada proindustria no tiene mucho sentido hoy. En su momento se habló de países “industrializados” como sinónimo de “desarrollados”, pero hoy los países donde mejor se vive tienen un sector manufacturero inferior al 25% del PBI. Los servicios explican cerca del 70%. En EE.UU. la industria representaba el 29,4% del PBI en 1947 y hoy representa solo el 13,8%. En ese período, la riqueza de los estadounidenses se multiplicó por cuatro.

Lo relevante para que mejore la calidad de vida de la gente, no es el avance de un sector particular, sino de toda la producción. Y para ello no se necesitan “políticas activas” o proteccionismo, sino libertad económica. Es totalmente insignificante si lo que se produce son bienes materiales o servicios. Si la economía crece, la prosperidad aumenta y se reduce la pobreza.

La agenda de los industrialistas implica restringir el comercio, otorgar subsidios y privilegios especiales. Eso lo paga el consumidor, con precios más altos, y toda la economía, con una tasa menor de crecimiento. Si el Gobierno quiere cambiar en serio, tiene que abandonar por completo la idea de defender una industria nacional. La industria ya está grande. Que compita sola, como hacemos todos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

De duelo a dueto de emperadores

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 11/4/17 en: http://www.eltiempo.com/opinion/de-duelo-a-dueto-de-emperadores-76844

 

En medio de tantas noticias, el encuentro entre dos auténticos emperadores pasó casi desapercibido. Uno de ellos, con aires de Napoleón, era Donald Trump, y el otro, Xi Jinping, del antiguo imperio del dragón rojo y, quizás por eso, algo más sabio. Antes de la cumbre, lo único seguro era que “no habría golf”, ya que el chino le tiene aversión a ese deporte, que en su país se ha vinculado a casos de corrupción.

Se reunieron por primera vez el primer jueves y viernes de abril, en Mar-a-Lago, propiedad del norteamericano en Florida. Son las dos principales economías del mundo, pero, irónicamente, figura primero la ‘comunista’ de China, gracias a que fue liberando su mercado hasta conseguir un crecimiento del 14 por ciento anual, relegando a EE. UU., que fue ‘liberando’ su Estado hasta lograr reprimir más al mercado.

China intenta presentarse como nuevo líder de la globalización tras la retirada de EE. UU., papel que ya reivindicó en el foro de Davos. Insólitamente, ante las quejas del proteccionista Trump, Pekín da clases de economía de mercado al asegurar que “el mercado (libre) dicta cómo se estructuran los intereses de los países, ambos lados deben trabajar… para que el pastel sea cada vez más grande y no simplemente pretender que se distribuya de forma más justa”, dijo un portavoz del Ministerio de Exteriores chino.

Trump tuiteó que la reunión sería difícil, pero parece que triunfó la sabiduría milenaria, o el magnate se está moderando y desoyendo lo que había dicho en su campaña, en la que fue particularmente duro con China e insinuó un acercamiento a Taiwán. Sin embargo, ninguna medida se ha concretado. Por ahora, el mandatario estadounidense aceptó de forma explícita la política de “una sola China” y terminó diciendo que “hemos logrado un progreso tremendo en nuestra relación… y progresaremos más”. Por su parte, el Gobierno chino anunció que Trump visitará el país asiático este año.

China tiene un superávit que representa la mitad del déficit comercial de EE. UU., y Trump quiere que compre más productos estadounidenses y cree más empleos en su país. El comercio entre las dos naciones ha pasado de unos magros US$ 2.500 millones en 1979, cuando ambas establecieron relaciones diplomáticas, a los casi 520.000 millones, pero el saldo negativo en este apartado para EE. UU. asciende a 347.000 millones.

China parece dispuesta a importar más, lo que se corresponde con su nuevo enfoque económico de elevar el consumo nacional. Y también es creíble que aliente más inversiones en EE. UU. y que invite a empresas estadounidenses a participar en su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, la red de comunicaciones e infraestructuras que la conectarán por mar y tierra con Occidente. Y es que el ahorro bruto anual chino representa el 75 por ciento del ahorro de EE. UU. y la Unión Europea juntos, superando los US$ 5 billones en el 2016, monto que China no puede absorber sola.

En cuanto a seguridad internacional, Washington quiere persuadir a Pekín para que presione a su vecino Corea del Norte ‒pues China es su principal aliado, ya que representa el 90 por ciento del comercio norcoreano‒, y parece que el país asiático está dispuesto a hacerlo, pues ha mostrado como ejemplo su reciente embargo a las importaciones de carbón norcoreanas, una de las principales fuentes de ingresos del gobierno de Kim Jong-un. Por su parte, Pekín insiste en sus reclamaciones territoriales en el mar del Sur de China, muy criticadas por EE. UU., y en recibir garantías sobre las intenciones de Washington respecto a Taiwán.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.