Elogio del liberalismo

 

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 4/1/19 en: https://elcultural.com/revista/letras/Elogio-del-liberalismo/41823

 

John Stuart Mill, inspirador de muchas de las tesis de Ruiz Soroa

 

Este es un libro valiente, porque hay que ser valiente para titular una obra Elogio del liberalismo, y escribir allí cosas como: “el capitalismo ha sido algo positivo y sus logros son impresionantes” o “la economía de libre mercado es el sistema más eficiente para crear riqueza que el mundo ha conocido”.

El liberalismo de José María Ruiz Soroa (Bilbao, 1947) trasciende la economía, como debe ser, y apunta a la salvaguardia de los individuos, porque la esencia del liberal es “no perder nunca de vista el reinado inapelable de los derechos de las personas individuales”, y tener presente que “el único agente moral que cuenta es la persona”. La gente ha de decidir su propio bien, no “el Gobierno o las comisiones de expertos, o el algoritmo… el sujeto que hay que proteger no es la nación, ni la grande ni la pequeña, sino las personas”. Como es lógico, critica a los radicales, populistas, nacionalistas, comunistas, etc.

Todo esto confluye en “la receta liberal por excelencia: miedo y desconfianza ante el poder, incluso ante el poder de los ciudadanos”. Es necesario “dividir el poder para neutralizar su amenaza”.

Dirá usted: ¡olé! Sin embargo, temo que el profesor Ruiz Soroa quiere conservar la tarta y a la vez comérsela, en la estela de su admirado John Stuart Mill, un autor mucho más confuso de lo que suele pensarse.

La confusión estriba en creer que la propiedad no es una condición de la libertad, y que la sociedad puede distribuir la producción como mejor le parezca: lo dijo Stuart Mill en sus Principios de 1848 y lo repite Ruiz Soroa, cuya defensa de la libertad individual se detiene ante los bienes de los ciudadanos. Poner énfasis en la defensa de dichos bienes es apoyar el liberalismo económico, “hijo bastardo del liberalismo político”, “darwinista social”, “manchesteriano y dogmático”, y propio de “ultraliberales” y “fundamentalistas del mercado”.

Insistirá usted: se puede ser individualista liberal pero sin subrayar la propiedad privada. Se puede, pero corremos el riesgo de proclamar al mismo tiempo una cosa y la contraria. Es el caso del libro que nos ocupa. El doctor Ruiz Soroa, como tantos en la apacible kermés del pensamiento único, propicia la intervención redistribuidora del Estado, y no cree que haya que frenarlo por principio sino por circunstancias y oportunidad: “Hay fallos del mercado y hay fallos de la política”, por lo que no cabe sostener que “uno debe maximizarse y otro jibarizarse”. En ningún caso el liberalismo debe defender un Estado pequeño en economía; la contraposición Estado-mercado es “plenamente equivocada”, porque se trata en ambos casos de construcciones artificiales. Así, el liberal recomienda que el Estado mantenga el mercado libre, pero no “dejar hacer”. Esta es la clave: “La alternativa no lo es entre más o menos intervención pública sino entre mejor y peor gobierno”. Es decir, si el gobierno es bueno: ¿por qué no va a ser grande?

Más aún, dice seriamente que ante la globalización “el Estado se ha quedado pequeño”. Usted igual desconfía, porque sus impuestos no se han empequeñecido, precisamente. Pero aquí, de precisión hay poco (y de impuestos, nada). Desde el entusiasmo por el contrato social como fuente del poder hasta la identificación entre poder político y poder económico, frente al cual también necesitaríamos protección, como si para su libertad, señora, representaran intimidaciones idénticas Amancio Ortega y la Agencia Tributaria.

Al final, para ser libres… no debemos serlo. Y en este lío el profesor Ruiz Soroa insiste en llamar liberales a hombres que propugnaron la expansión del Estado, como John Maynard Keynes, o que la llevaron a cabo sin pudor ni reparos, como Franklin D. Roosevelt, a quien Mussolini llamó “un verdadero fascista”. José María Ruiz Soroa, por tanto, reclama simultáneamente más libertad y menos.

En fin, he dicho que Elogio del liberalismo es un libro valiente, y lo mantengo. Exigirle coherencia ya sería demasiado.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Las expectativas racionales en la estanflación y el ciclo

Por Gabriel Boragina. Publicado el 3/1/16 en: http://linkis.com/www.accionhumana.com/NKobg

 

La literatura económica ha dado muchísima importancia (quizás correspondería decir excesiva importancia) al concepto de expectativas racionales que oportunamente hubiéramos examinado.

Cabe, en esta ocasión, hacer un análisis somero de cómo han considerado los economistas que estas expectativas juegan en diferentes situaciones y variables económicas. En tal sentido, se ha atribuido a dichas expectativas la generación de ciertos fenómenos como la estanflación. Veamos el concepto:

estanflación (o estanflación). Castellanización de la voz inglesa “stagflation” que es a su vez una combinación de las palabras inflación y estancamiento. La estanflación, que se presentó claramente por primera vez en la década de los setenta en los países más desarrollados, es una combinación altamente inconveniente de una recesión económica en la que a la vez hay una inflación sostenida. Estimulada principalmente por déficits fiscales que -al contrario de los supuestos de la economía keynesiana- son incapaces de revitalizar el aparato productivo, la estanflación fue una prueba práctica de las limitaciones de esta clase de política. Este fenómeno contribuyó, entre otros, al cambio radical de orientación en las políticas económicas seguidas por los Estados Unidos e Inglaterra, favoreciendo la revalorización práctica de la economía de libre mercado.

La estanflación es producto esencialmente de la generación de expectativas racionales: los actores económicos anticipan las políticas gubernamentales, sobre todo el comportamiento del gasto público y las medidas de estabilización, impidiendo que éstas tengan éxito en aumentar el producto y haciendo que se traduzcan sólo en inflación.”[1]

Resulta por cierto curioso que se haya atribuido la génesis de la estanflación a las “expectativas racionales” de los actores económicos, cuando de la misma definición surge que “es una combinación altamente inconveniente de una recesión económica en la que a la vez hay una inflación sostenida”, dado que, tanto la recesión como la inflación son fenómenos (o mejor decir anomalías) originadas en políticas económicas erradas, en las que tales actores económicos tienen poco o nulo papel, ya que mal pueden influir en las políticas gubernamentales que son las que crean los escenarios recesivos e inflacionarios. Parecería desprenderse -de acuerdo a la definición dada- que la estanflación, contrariamente, es fruto exclusivo de los “actores económicos” que a su vez impiden (a juzgar por el párrafo final del concepto) que el gobierno corrija la situación. Nosotros creemos que es completamente a la inversa. La estanflación es una situación establecida exclusivamente por las autoridades económicas, y de la cual los agentes económicos tratan de defenderse a toda costa y a cualquier precio.

Esta interpretación, va incluso de la mano con la definición que el mismo autor nos ofrece de , cuando la conceptualiza como: “recesión. Fase del ciclo económico caracterizada por la disminución de la actividad, el empleo y la producción. En épocas de recesión suele caer también la inversión y hay una tendencia hacia la deflación o, en las economías modernas, hacia cierta disminución de la inflación”[2]. Luce claro que, tanto la inflación como la recesión (componentes de la estanflación) son creaciones gubernamentales. Nada juegan allí las “expectativas racionales” de los agentes económicos, ni pueden influir en las mismas. Y menos aun “impiden” que el gobierno estabilice la economía, cuando deviene ser el principal agente de desestabilización de ella.

“La secuencia de malinversión y sobreconsumo, seguida del ahorro forzoso y luego la liquidación y el desempleo, caracteriza el desequilibro intertemporal que es brevemente descrito como ciclo económico. La Teoría Austríaca del ciclo económico es consistente con la visión austríaca más amplia del mercado como un proceso y el sistema de precios como una red de comunicaciones (Hayek, 1945). La teoría permite que las expectativas afecten el curso del ciclo y ocasionen que cada episodio cíclico difiera en sus características particulares de los anteriores. Sin embargo, el supuesto de “expectativas racionales”, en la forma en que este término ha sido utilizado en la macroeconomía moderna, sería inconsistente con la Teoría Austríaca. Este supuesto colapsaría al proceso de mercado en su resultado final sobre la base de un supuesto conocimiento por parte de los participantes en el mercado de la estructura de la economía. “[3]

Esta idea contenida en la cita de arriba es un poco más acorde con lo que expusimos en los párrafos precedentes. Sin embargo, aquí el autor parece diferenciar el término “expectativas” (sin mas) del compuesto “expectativas racionales”, como tratándose de cosas diferentes. En cuanto al primero, dice que las expectativas (sin calificar) afectan el curso del ciclo, ocasionando que cada episodio cíclico difiera de los anteriores. Creemos que, en realidad, lo que está queriendo decir es que las “expectativas” tienen esos efectos en tanto y en cuanto se traduzcan en concretas actuaciones humanas y no en caso contrario. Porque una “expectativa” sin acción no puede dar principio a efecto alguno en el campo de la economía, si recordamos junto al profesor Ludwig von Mises) que la economía es acción humana.

Tampoco esta claro (y sobreviene por seguro relevante) si las expectativas a las que alude son a las de los agentes económicos, a las de las autoridades políticas, o a la de ambos, lo que -por supuesto- cambiaría por completo las conclusiones.

Aparece más explícito cuando apunta a las expectativas racionales y dice de ellas que “en la forma en que este término ha sido utilizado en la macroeconomía moderna, sería inconsistente con la Teoría Austríaca” con lo que estamos en completo acuerdo. Ya que en dicho contexto, “expectativas racionales” importaría un “supuesto conocimiento por parte de los participantes en el mercado de la estructura de la economía” lo que nos evoca al célebre conocimiento perfecto,presupuesto básico del modelo de competencia perfecta que pertenece a la microeconomía.

La teoría de las “expectativas racionales” vendría a ser un equivalente -en el campo de la macroeconomía (al decir del autor citado)- del conocimiento perfecto supuesto en el de la microeconomía para su erróneo modelo de competencia perfecta que ya hemos criticado en otros lugares.

[1] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. voz “estanflación”

[2] C. Sabino, Diccionario.…ob, cit. voz “recesión”.

[3] Roger W. Garrison. “CICLOS ECONÓMICOS: EL ENFOQUE AUSTRIACO”. Revista Libertas XII: 43 (Octubre 2005) Instituto Universitario ESEADE. Pág. 3

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.