El libre comercio no es pecado

Por Iván Carrino. Publicado el 5/10/17 en: http://www.ivancarrino.com/librecomercionoespecado/

 

Buenos días a todos.

Gracias Tobías por la invitación, al colegio por permitirnos el espacio y, por supuesto, también a todos ustedes por prestarme estos minutos de su atención.

A continuación vamos a hablar un poco acerca del comercio internacional, así que espero que encuentren este tema interesante y que pueda ayudarles a despejar algunos prejuicios que, a menudo, aparecen en la escena local y regional.

Ante todo quiero decirles que el título de mi presentación no es del todo original, sino que está inspirado en un libro de dos autores que valoro y admiro profundamente, que son Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo (este último profesor mío en la maestría que cursé en Madrid).

Allá por el año 2011, presentaron – en medio de la crisis en Europa, cuando el capitalismo era visto como el mismísimo demonio producto de las políticas de “austeridad”- un libro llamado “El Liberalismo no es Pecado”.

Así que bien, en un 2017 en donde –para muchos analistas, empresarios y políticos – no hay nada peor que la “apertura indiscriminada a las importaciones”, qué mejor que titular esta charla rindiéndoles un homenaje a Carlos y Juan Ramón.

Vivir con lo nuestro

Me gustaría que compartiéramos un video para meternos en tema. Lo que vamos a ver ahora es lo que hizo un supermercado en Hamburgo, en agosto de este año, cuando decidió que iba a vender, por un día, solamente los productos “Made in Germany”.

Veamos qué tan bien resultó la idea de “Vivir con lo Nuestro”.

Es interesarte notar la increíble escasez del supermercado. No extraña, una economía tan integrada al mundo como la alemana no podría siquiera pensar en aislarse. Hacerlo implica, como se ve en el video, quedarse sin prácticamente nada.

Es como decretar que vamos a ser mucho más pobres de la noche a la mañana.

¿A quién se le podría ocurrir semejante idea?

El mercantilismo

La idea de que hay que “vivir con lo nuestro” no es original de nuestro compatriota Aldo Ferrer, sino que tiene siglos de antigüedad. De hecho, data de más o menos los siglos XVI y XII.

(A mí me da cierta gracia cuando acusan a los liberales de querer traer ideas del siglo XVIII, cuando la mayoría defiende el mercantilismo, que es dos siglos más viejo. En fin.)

Las ideas mercantilistas partían del erróneo preconcepto de que la riqueza de una nación dependía de las cantidades de oro y plata que se pudieran acumular. Como en dicha época el oro y la plata eran el medio de intercambio del mundo, lo que los mercantilistas planteaban era que un país era más rico si acumulaba más dinero.

Esta medida de la riqueza –traída a la realidad cotidiana de cada uno- es como creer que Juan es más rico que Pedro porque tiene más plata en su billetera.

Seguramente estarán pensando: “Y sí, obvio. Si tiene más plata, es más rico”.

Ok, no niego que haya cierta intuición acá. ¿Pero qué pasa si Pedro tiene la mitad de la plata que Pablo en la billetera, pero tiene 5 autos más, 28 departamentos, acciones de Apple y Google y, además, ingresos mucho mayores?

¿Quién es más rico ahora?

Con esta idea equivocada los mercantilistas avanzaban en su agenda de políticas económicas. Con el objetivo de incrementar las cantidades de oro y plata en las naciones, entonces, buscaban restringir las importaciones y fomentar las exportaciones.

– Venderle al mundo es bueno: me genera oro.

– Comprarle al mundo es malo: el oro se va.

Restringir las importaciones no solo era bueno para acumular oro, sino para generar trabajo en el suelo nacional. Esta idea la creyó incluso un economista brillante y adelantado a su tiempo como Richard Cantillon.

A pesar de sus notables contribuciones en otras áreas, Cantillon sostenía que:

A fin de que el consumo de manufacturas de un Estado llegue a adquirir importancia en el extranjero, es preciso hacerlas buenas y estimables mediante un gran consumo en el interior del propio Estado; hace falta también desacreditar en el propio país las mercaderías extranjeras, y dar mucho trabajo a los conciudadanos.

Las ideas mercantilistas proliferaron en Europa durante doscientos años hasta que apareció un pensador escocés que revolucionaría la ciencia económica hasta el momento: Adam Smith.

La revolución del comercio

En 1776 se publicó Una Investigación Sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones, la obra magna de Adam Smith.

Smith destruyó los argumentos mercantilistas uno a uno, sosteniendo, en primer lugar, que la verdadera riqueza no radicaba en el oro y en la plata, sino en los bienes y servicios que los seres humanos pueden adquirir.

En definitiva, lo que beneficia a las personas es la satisfacción de sus necesidades, y éstas se satisfacen consumiendo bienes y servicios, no oro y plata.

De hecho, uno puede tener mucho dinero en su hogar, pero si no va al supermercado para evitar “gastar en importaciones”, entonces va a terminar muriéndose de hambre. Como se verá, los riesgos de llevar la doctrina mercantilista al extremo son verdaderamente elevados.

Otra de las críticas de Smith contra los mercantilistas fue por la idea de producir todo “puertas adentro” en lugar de aprovechar las ventajas del comercio. Es que si uno no decide fabricar todos los bienes y servicios que consume en su vida dentro de su propia casa: ¿por qué pensamos que esa es una buena idea para el país como un todo?

En esa línea iban las palabras de Smith:

Lo prudente en la conducta de una familia no puede ser insensato en un reino. Si un país extranjero puede proveernos con un producto de forma más económica de lo que podemos hacerlo nosotros, entonces mejor que lo compremos con algo de la producción de nuestra industria empleada en una forma ventajosa.

Otro punto flojo de los mercantilistas y el proteccionismo en general es que piensa que –porque las industrias protegidas efectivamente crecen al calor de la protección- entonces han tomado una buena decisión restringiendo las importaciones.

Esto no es así. Es que debemos entender que los recursos son escasos, por tanto lo único que va a hacer una barrera proteccionista es desviarlos hacia usos distintos de donde el mercado los habría llevado.

Por ejemplo: si en un pueblo existen 5 personas, tres dedicadas a fabricar sillas y 2 dedicadas a fabricar mesas, y el gobierno decide imponer un arancel proteccionista a las mesas del extranjero, entonces el precio interno de las mesas subirá. Ese aumento del precio hará que sea más rentable producir mesas. Por tanto, uno de los “silleros” se convertirá en “mesero”.

La producción de mesas aumentará.

“¡Boom económico!” dirán los mercatilistas, que no están mirando que la producción de sillas cayó.

Por este motivo sostenía Smith que el tamaño de la industria en general no puede aumentarse con restricciones al comercio, sino solo “desviar una parte (del capital) hacia una dirección distinta a la que habría tomado; y no está para nada claro que esta dirección artificial sea más ventajosa para la sociedad que aquélla que habría tomado por sí mismo”.

Finalmente, fue Smith el que descubrió y estableció con claridad los beneficios derivados de la división del trabajo. En su análisis, si cada persona se especializa en una tarea, entonces aumenta su productividad (produce más en menor tiempo), y la riqueza del conjunto aumenta sideralmente.

Ahora bien, esa especialización depende del tamaño del mercado. Hay más médicos especialistas en Buenos Aires que en un pequeño pueblo del interior del país. Cerrarse al mundo, por tanto, es achicar el tamaño del mercado, reducir la especialización, la productividad y, por tanto, volvernos más pobres.

¿Quién desearía eso?

Una mirada a los datos

A juzgar por los datos, la historia le dio la razón al pensador escocés. Una vez que sus ideas empezaron a cobrar relevancia, el mundo empezó a crecer a ritmos increíblemente más elevados de lo que venía siendo la tendencia de largo plazo.

Por alrededor de 500 años, el PBI per cápita en Inglaterra se había mantenido constante. Sin embargo, a partir de 1800 la riqueza comenzó a crecer de manera acelerada y su crecimiento se hizo exponencial. Este gráfico es el que se conoce como “el Palo de Hockey del Progreso Humano”. Un progreso humano solo posibilitado por el avance del capitalismo, del comercio y de la globalización.

Gráfico 1. PBI per cápita en Inglaterra.

pbi pc

Fuente: Iván Carrino en base a Angus Maddison

¿Ahora cómo contribuye el comercio libre a este proceso?

Uno de los mecanismos ya lo vimos. En la medida que el tamaño del mercado se expande, se incrementa la posibilidad de especialización y, por tanto, la productividad y la riqueza.

Ahora hay una manera mucho más directa de ver cómo las importaciones impulsan nuestra propia producción.

Los datos para Argentina son elocuentes. Aproximadamente el 80% de lo que importamos, desde la década del ’80 hasta la actualidad, son insumos para la producción.

Cuadro 1. Importaciones por Usos Económicos.

Bienes de capital

Bienes inter1/2

Combustibles y lubricantes

Piezas y accesorios para  Bs. K.

Insumos para Producir

Bienes de consumo

Vehículos de pasajeros

Resto

1980′s

18,8%

42,7%

10,0%

16,7%

88,1%

10,5%

1,0%

0,5%

1990′s

24,7%

33,3%

3,2%

17,0%

78,3%

16,8%

4,8%

0,1%

2000′s

22,5%

35,8%

5,8%

17,5%

81,5%

12,8%

5,4%

0,3%

2010-16

18,6%

28,9%

13,0%

20,7%

81,2%

11,0%

7,5%

0,4%

Fuente: Iván Carrino en base a OJF e INDEC

Bienes de capital, bienes intermedios, combustibles y piezas para bienes de capital llegan del extranjero para que los fabricantes nacionales puedan producir y abastecer al mercado interno (y también exportar).

Imagínense cerrar las importaciones de un día para el otro. El caos productivo sería indescriptible.

Ahora no hace falta usar la imaginación para comprender esto. Entre 2011 y 2016 la importación en el país estuvo más restringida que en los últimos 20 años previos. Las importaciones se desplomaron, cayendo un 25,2% en dólares.

¿Cómo le fue a la producción en dicho período? Mal.

El PBI apenas si avanzó 0,3% en todo el lapso y la producción per cápita cayó 3%. Más importación es más producción. Menos importamos, menos producimos.

Precios más bajos

En Argentina somos expertos en quejarnos. Que la humedad, que la frivolidad, que los corruptos, que Marcelo Tinelli, que los precios…

Estamos totalmente en contra de la inflación y acusamos por los precios altos a los “monopolios” que, aparentemente, serían una plaga propia de nuestro país.

Ahora al mismo tiempo que detestamos a los monopolios, a nadie se le ocurre ni por un segundo que habría que “combatirlos” generando más competencia… ¡importada!

El siguiente cuadro tiene una historia un poco curiosa. En momentos en que se debatía el “Puerta a Puerta”, la CAME, un grupo lobista local que busca limitar las compras externas, presentó una comparación de precios entre Argentina y China.

Se buscaba argumentar que “con estos precios” no podemos competir. Ahora lo que dejaron en evidencia es el altísimo costo que los argentinos pagamos por el proteccionismo.

Cuadro 2. Precios de productos seleccionados en Argentina vs. China.

2016.07.28_Proteccionismo

Fuente: Iván Carrino en base a CAME (Comunicado de Prensa – Julio 2016)

Como se observa, incluso pagando aranceles del 50% sobre los precios de los productos importados, la indumentaria resulta hasta 67,3% más barata si su origen es China. Así, restringir el ingreso de esos productos al mercado local, está haciendo que los argentinos paguemos hasta 3 veces más por un “vestido casual” para favorecer a los empresarios textiles.

Aún con aranceles, lo mismo ocurre en la industria juguetera, en los productos de decoración para el hogar y en la electrónica. Allí, los precios son de dos a tres veces más altos que los de origen extranjero.

Ahora bien, si se redujeran los aranceles a cero, los productos importados serían todavía más baratos. Para el caso de la indumentaria, los consumidores argentinos podrían pagar hasta 78,2% menos de lo que se paga por un producto “Made in Argentina”. Es decir, pagamos hasta 5 veces más. El proteccionismo genera pobreza.

Pero el libre comercio genera todo lo contrario. Si miramos el cuadro de los países más abiertos al comercio mundial según la Fundación Heritage, encontramos que su ingreso per cápita promedio es un asombroso nivel de USD 43.000.

Cuadro 3. Países que mejor puntaje obtienen en “apertura comercial” vs. PBI per cápita.

País

Apertura Económica (Puntos en Índice Heritage)

PBI Per Cápita (2016 – USD PPP)

Hong Kong

90

58.321,6

Singapur

90

87.855,4

Suiza

90

59.560,7

Georgia

88,6

10.043,8

Canadá

88,4

46.437,2

Islandia

88,0

49.135,6

Israel

88,0

35.178,7

Albania

87,7

12.567,9

Noruega

87,7

47.771,2

Croacia

87,4

24.052,9

Promedio

43.092,5

Fuente: Iván Carrino en base a Heritage y Banco Mundial

Es decir, aproximadamente 4 veces lo que tiene Argentina, y entre 5 y 6 veces más de lo que ostentan los países que están más cerrados comercialmente.

No es casualidad, entonces, que los países hayan ido abriéndose al comercio durante los últimos 50 años. Algo que Argentina copió tardíamente y que luego (especialmente a partir de 2005-07) parecería haberse arrepentido. Queda la pregunta de qué hará el gobierno actual en este sentido.

Por ahora, solo algunas medidas puntuales pueden mencionarse como  positivas.

El libre comercio no genera desempleo

A principios de 2015, el periodista Roberto Navarro, delineó el supuesto plan macabro que el gobierno de Mauricio Macri quería llevar a cabo abriendo las importaciones.

Para Navarro, Macri buscaba deliberadamente generar desempleo y pobreza en Argentina puesto que, en su visión eso es lo que hace “la derecha” cuando gobierna.

El maquiavélico plan del gobierno consistiría en buscar subir el nivel de desempleo en el país, de manera que las hordas de desocupados presionen a la baja los salarios y, de esta forma, los capitalistas explotadores puedan llenarse sus bolsillos.

Ahora bien, la cuestión pasa por cómo hará el gobierno para generar ese desempleo, y es ahí cuando, entre otras cosas, se menciona a la “apertura indiscriminada de importaciones” como una de las estrategias.

Lo curioso del asunto es que en el propio gobierno, que en la superficie parecería estar en las antípodas de lo que se dice en el programa de Navarro, también comparten esta visión.

Consultado acerca de la liberalización de las importaciones en noviembre del año pasado, Macri respondió:

No podemos abrir las importaciones. Nosotros tenemos que crear trabajo, no destruir el poco que tenemos.

Paradójicamente, y como puede verse, el gobierno y Navarro coinciden en que la industria nacional debe “protegerse” y que abrir importaciones dejaría a la gente sin trabajo.

La realidad, empero, es que ambos están equivocados. Aquí abajo hay un gráfico que muestra a todos los países que ocupan los primeros diez puestos en términos de apertura al comercio internacional según el Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage[1]. Como se ve, existe una amplia variedad, aunque el promedio se ubica en el 9,4%.

Gráfico 2. Tasa de Desempleo en los países más libres del mundo.

comerciopecado1

Fuente: Iván Carrino en base a Heritage y Banco Mundial.

Si el promedio se compara contra países que ostentan altos niveles de desempleo, estamos hablando de una tasa baja. Piénsese que el desempleo en la Zona Euro en 2015 fue del 10,9%, pero en España y Grecia la cifra seguía superando el 20%.

Durante la crisis de 2001-2002, en nuestro país el desempleo llegó a afectar a 24,5% de la población, por lo que una tasa de 9,4%, si bien no es baja, tampoco puede considerarse excesivamente elevada.

Ahora lo que llama la atención es que dentro de este grupo que obtuvo el mismo elevado puntaje en términos de su apertura comercial, haya países con niveles de desocupación tan bajosHong Kong posee un 3,2%, Singapur un 3,0%, Suiza un 4,5%, Austria un 5,0% y Estados Unidos un 6,2% de acuerdo a datos de 2014.

En este sentido, el motivo del desempleo en los países no puede ser la apertura comercial, ya que abundan los ejemplos de países extremadamente abiertos que gozan de un nivel de ocupación sustancialmente elevado.

El error fatal de los proteccionistas

Ahora bien, una vez que uno mira estos datos, se pregunta cómo es posible que insistamos con las ideas proteccionistas y critiquemos el comercio libre.

Es que el error fatal de los proteccionistas consiste en concentrarse solo en “lo que se ve”, en lugar de mirar “lo que no se ve”.

Si abrimos la importación y una empresa quiebra producto de la mejor competencia, eso es “lo que se ve”. Sin embargo, “lo que no se ve” son todos los beneficios derivados de la llegada de la importación.

El primero, por supuesto, es una mejor satisfacción para los consumidores locales. Pero ahí no se acaba el ciclo.

Es que cuando el argentino paga menos por un producto importado, entonces con ese dinero puede hacer tres cosas:

–          O compra otros bienes, aumentando la demanda de otros productos que antes no podía demandar.

–          O ahorra, incrementando los saldos prestables y por tanto, bajando la tasa de interés.

–          O invierte en un negocio propio, produciendo bienes y servicios y demandando mano de obra.

Es decir, lo que se destruye en un lado se crea por el otro, pero con la diferencia de que la productividad es mayor porque los recursos están asignados por la gente y no por los burócratas.

Para terminar, déjenme decirles lo siguiente: el libre comercio no es pecado. De hecho, es la globalización la que genera nuevas ideas y formas de satisfacer nuestras necesidades, mejorando el nivel de vida de todos.

Pero el libre comercio es bueno no solo porque nos enriquezca en términos materiales, sino porque nos transforma en una sociedad abierta y tolerante. A mí no me interesa si la contraparte de una operación comercial es blanca, negra, hombre, mujer, china, árabe, musulmana, católica, judía, homosexual, heterosexual y un largo etcétera.

Lo que le interesa al comprador es obtener un bien de buena calidad a bajo precio. Y eso no distingue entre minorías.

El comercio une a la sociedad de manera pacífica y la enriquece en el proceso. Más que un pecado, es una virtud que no deberíamos rechazar a causa de meros prejuicios.

Muchas gracias,

*Versión completa de mi charla en el Colegio Cardenal Newman, el 5 de Octubre de 2017.

 

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

¿Son los costos los que determinan los precios? Böhm-Bawerk explica que es, precisamente, al revés

Por Martín Krause. Publicado el 8/11/15 en: http://bazar.ufm.edu/son-los-costos-los-que-determinan-los-precios-bohm-bawerk-explica-que-es-precisamente-al-reves/

 

Lo esencial, no es visible a los ojos, decía el Principito, de Saint Exúpery. Algo así sucedió por mucho tiempo en relación a los precios y a los costos (que también son precios). Durante

Por siglos, filósofos y luego economistas, discutieron la relación entre precios y costos, confundidos porque a simple vista parece que cualquier comerciante, por ejemplo, simplemente toma en cuenta su costo de compra y le suma un cierto porcentaje para establecer sus propios precios. Es cierto, ése es un método sencillo que utilizan muchos, pero no nos explica la real relación entre costos y precios. Sí lo hace Böhm-Bawerk:

Bohm Bawerk - Positive Theory of Capital

“En lo que sigue trataré, tan breve y claro como sea posible, de describir la concatenación entre Valor, Precio y Costos; y creo que no exagero al decir que, entender claramente esta conexión, es entender claramente la mejor parte de la Economía Política.”

“La formación del valor y el precio comienza con las valoraciones subjetivas de los consumidores sobre los productos terminados. Estas valoraciones determinan de la demanda de esos productos. Como oferta, contra esta demanda, se encuentra, en primer lugar, el stock de productos terminados que mantienen los productores. El punto de intersección de estas valoraciones bilaterales, la valoración de los pares marginales, determina, como sabemos, el precio y, por supuesto, determina el precio de cada clase de producto separadamente. Así, por ejemplo, el precio de rieles de hierro es determinado por la relación entre la oferta y la demanda de rieles, y, similarmente, el predio de todo otro producto hecho con el bien de producción hierro –tales como espadas, arados, martillos, láminas, calderas, máquinas, etc- es determinado por la relación entre la oferta y la demanda de cada uno de esos productos específicos.

Para que quede esto bien claro, asumamos que la relación entre los requerimientos y los stocks de distintos productos de hierro –y, por ende, sus precios- son diferentes; que el precio de una cantidad de un producto que puede fabricarse de una misma unidad de material- por ejemplo una tonelada de hierro- varía de 2 para el más barato a 20 para el más caro de los productos. Estos precios son el resultado de la posición del mercado en el momento, y hemos ya asumido que el stock de productos (la oferta) son una cierta cantidad. Pero lo son solamente por un momento. A medida que pasa el tiempo, están siendo siempre suplementados por la producción, y esto los convierte en una cantidad variable. Sigamos las circunstancias de esta producción.

Para la manufactura de productos de hierro los fabricantes, por supuesto, necesitan hierro. Bajo el sistema de la división del trabajo deben comprarlo en el mercado del hierro. Los fabricantes representan esta demanda de hierro. En cuanto a la magnitud de la demanda, está claro que cada productor comprará tanto hierro como le requiera producir la cantidad de bienes que espera vender entre sus clientes. Obviamente ningún fabricante pagará más por la tonelada de hierro de lo que pueda obtener de sus propios clientes en la forma del precio; pero hasta este punto, aun en el peor caso, podrá competir y competirá antes que dejar que su proceso se pare por falta de materia prima. El fabricante, entonces, que puede emplear rentablemente la tonelada de hierro si obtiene 20 de sus clientes será un comprador en el mercado; aquél que puede emplear rentablemente una tonelada de hierro a 16 naturalmente, no comprará a un precio superior a 16, y así sucesivamente.

De esta forma, el precio de mercado que cada productor de productos de hierro obtiene por sus productos específicos (o la proporción del precio de mercado que cae sobre el hierro según la ley de los bienes complementarios) lo provee de la valoración concreta que tienen en mente cuando se suma a la demanda de hierro.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

Si no hay precios, no hay “cálculo económico”, y si los precios no son libres, no habrá cálculo correcto

Por Martín Krause. Publicado el 14/8/15 en: http://bazar.ufm.edu/si-no-hay-precios-no-hay-calculo-economico-y-si-los-precios-no-son-libres-no-habra-calculo-correcto/

 

En Junio de 1959, Ludwig von Mises dictó seis conferencias en Buenos Aires. Éstas fueron luego publicadas y las consideramos con los alumnos de la UBA en Derecho. Su segunda conferencia se tituló “Socialismo” y trata ese tema. Mises comenta:

Mises4

“Los autores del socialismo nunca sospecharon que la industria moderna, y que todas las operaciones del negocio moderno, están basados sobre el cálculo. Los ingenieros no son, de ninguna manera, los únicos que hacen planes sobre la base de cálculos; los empresarios también deben hacerlos. Y los cálculos de los empresarios están basados sobre el hecho que, en la economía de mercado, los precios de las cosas, expresados en dinero, informan no sólo al consumidor, sino que también proveen al empresario de información vital sobre los factores de producción, siendo la principal función del mercado no meramente determinar el costo de la última parte del proceso de producción y transferencia de los bienes a las manos del consumidor, sino también el costo de los pasos previos que llevan a esa última etapa. Todo el sistema de mercado está ligado por el hecho que existe una división del trabajo, mentalmente calculada, entre los varios empresarios que compiten unos con otros pujando por los factores de producción – las materias primas, las maquinarias, los instrumentos – y por el factor humano de la producción, la remuneración pagada por el trabajo. Esta especie de cálculo hecho por el empresario no puede efectuarse en ausencia de los precios provistos por el mercado. En el mismo momento en que se decide abolir el mercado – que es lo que los socialistas querrían hacer – se convierten en inútiles todas las computaciones y todos los cálculos de los ingenieros y de los técnicos. Los tecnólogos pueden producir una gran cantidad de proyectos los cuales, desde el punto de vista de las ciencias naturales, son todos igualmente factibles, pero se requiere disponer de los cálculos del empresario, basados sobre el mercado, para determinar con claridad cuál de los proyectos es más ventajoso desde un punto de vista económico.

El problema que tratamos aquí es el tema fundamental del cálculo económico capitalista en oposición al socialismo. El hecho es que el cálculo económico, y como consecuencia toda la planificación tecnológica, es posible solamente si hay precios expresados en dinero, no sólo de los bienes de consumo, sino también de los factores de producción. Esto significa que debe existir un mercado para materias primas, uno para bienes semi-terminados, otro para herramientas y maquinarias Así como para todo tipo de trabajos y servicios brindados por las personas.

Cuando este hecho fue descubierto, los socialistas no sabían como responder. Por 150 años habían dicho: ‘Todos los males en el mundo provienen del hecho que hay mercados y precios de mercado. Deseamos abolir el mercado y con él, desde luego, la economía de mercado, y substituirla por un sistema sin precios y sin mercados’ Deseaban abolir lo que Marx llamaba ‘característica de commodity’ de los precios y del trabajo. Cuando enfrentaron este nuevo problema, los autores socialistas, no teniendo respuesta alguna, finalmente dijeron: ‘No aboliremos el mercado totalmente, fingiremos que existe un mercado, jugaremos al mercado como los niños juegan a la escuela’. Pero todos saben que cuando los niños juegan a la escuela no aprenden nada. Es sólo un ejercicio, un juego, y se puede ‘jugar’ a muchas cosas.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Los costos no determinan los precios: lo esencial, no es visible a los ojos, hay que pensar

Por Martín Krause. Publicado el 8/6/15 en: http://bazar.ufm.edu/los-costos-no-determinan-los-precios-lo-esencial-no-es-visible-a-los-ojos-hay-que-pensar/

 

Con los alumnos de OMMA-Madrid leemos a Böhm-Bawerk sobre la relación entre los costos y los precios.

Lo esencial, no es visible a los ojos, decía el Principito, de Saint Exúpery. Algo así sucedió por mucho tiempo en relación a los precios y a los costos (que también son precios). Durante siglos, filósofos y luego economistas, discutieron la relación entre precios y costos, confundidos porque a simple vista parece que cualquier comerciante, por ejemplo, simplemente toma en cuenta su costo de compra y le suma un cierto porcentaje para establecer sus propios precios. Es cierto, ése es un método sencillo que utilizan muchos, pero no nos explica la real relación entre costos y precios. Sí lo hace Böhm-Bawerk:

Bohm Bawerk - Positive Theory of Capital

“En lo que sigue trataré, tan breve y claro como sea posible, de describir la concatenación entre Valor, Precio y Costos; y creo que no exagero al decir que, entender claramente esta conexión, es entender claramente la mejor parte de la Economía Política.”

“La formación del valor y el precio comienza con las valoraciones subjetivas de los consumidores sobre los productos terminados. Estas valoraciones determinan de la demanda de esos productos. Como oferta, contra esta demanda, se encuentra, en primer lugar, el stock de productos terminados que mantienen los productores. El punto de intersección de estas valoraciones bilaterales, la valoración de los pares marginales, determina, como sabemos, el precio y, por supuesto, determina el precio de cada clase de producto separadamente. Así, por ejemplo, el precio de rieles de hierro es determinado por la relación entre la oferta y la demanda de rieles, y, similarmente, el predio de todo otro producto hecho con el bien de producción hierro –tales como espadas, arados, martillos, láminas, calderas, máquinas, etc- es determinado por la relación entre la oferta y la demanda de cada uno de esos productos específicos.

Para que quede esto bien claro, asumamos que la relación entre los requerimientos y los stocks de distintos productos de hierro –y, por ende, sus precios- son diferentes; que el precio de una cantidad de un producto que puede fabricarse de una misma unidad de material- por ejemplo una tonelada de hierro- varía de 2 para el más barato a 20 para el más caro de los productos. Estos precios son el resultado de la posición del mercado en el momento, y hemos ya asumido que el stock de productos (la oferta) son una cierta cantidad. Pero lo son solamente por un momento. A medida que pasa el tiempo, están siendo siempre suplementados por la producción, y esto los convierte en una cantidad variable. Sigamos las circunstancias de esta producción.

Para la manufactura de productos de hierro los fabricantes, por supuesto, necesitan hierro. Bajo el sistema de la división del trabajo deben comprarlo en el mercado del hierro. Los fabricantes representan esta demanda de hierro. En cuanto a la magnitud de la demanda, está claro que cada productor comprará tanto hierro como le requiera producir la cantidad de bienes que espera vender entre sus clientes. Obviamente ningún fabricante pagará más por la tonelada de hierro de lo que pueda obtener de sus propios clientes en la forma del precio; pero hasta este punto, aun en el peor caso, podrá competir y competirá antes que dejar que su proceso se pare por falta de materia prima. El fabricante, entonces, que puede emplear rentablemente la tonelada de hierro si obtiene 20 de sus clientes será un comprador en el mercado; aquél que puede emplear rentablemente una tonelada de hierro a 16 naturalmente, no comprará a un precio superior a 16, y así sucesivamente.

De esta forma, el precio de mercado que cada productor de productos de hierro obtiene por sus productos específicos (o la proporción del precio de mercado que cae sobre el hierro según la ley de los bienes complementarios) lo provee de la valoración concreta que tienen en mente cuando se suma a la demanda de hierro.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

Así funcionan los bazares (mercados). Comenzamos como Adam Smith, por la division del trabajo

Por Martín Krause. Publicado el 1/5/15 en:

 

Los alumnos de la materia Economía e Instituciones de OMMA-Madrid comienzan a leer el libro “El Foro y el Bazar”. En su primer capítulo se explica el funcionamiento de los “bazares”, esto es, de los mercados. Adam Smith, en su famoso libro La Riqueza de las Naciones, comienza a hacerlo destacando el fenómeno de la división del trabajo.

El primer capítulo de la obra Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, de Adam Smith, se titula “De la división del trabajo”. En él Smith explica los beneficios que de ello se obtienen y afirma que el origen de la riqueza se basa en ella. Ilustra su afirmación con un ejemplo muy sencillo, que nos ahorra la tarea de poner otro .

La división del trabajo aumenta la producción, que es, en definitiva, la riqueza ya que lo que realmente queremos es satisfacer ciertas necesidades, y los bienes y servicios son medios para alcanzar tales objetivos. Cuantos más medios se produzcan, más se reduce su escasez y se facilita la satisfacción de esas necesidades.

Smith dice que son tres las circunstancias que explican el aumento de la cantidad de productos obtenidos por el trabajo (hoy diríamos “la productividad del trabajo”):

  1. la mayor destreza de cada obrero en particular;
  2. el ahorro de tiempo que comúnmente se pierde al pasar de una tarea a otra;
  3. la invención de un gran número de máquinas, que facilitan y reducen el trabajo necesario.

Mises (2001, p. 189) cita otras tres circunstancias:

  1. La primera de ellas se refiere a las habilidades innatas que cada uno de nosotros tiene para realizar determinadas tareas: algunos son buenos para efectuar tareas que demandan una enorme destreza y otros, en cambio, lo son para realizar grandes esfuerzos.
  2. La segunda es que los recursos de la naturaleza se encuentran repartidos también en forma desigual sobre la superficie de nuestro planeta, por lo que algunos abundan en ciertas zonas y escasean en otras.
  3. La tercera se refiere a cierto tipo de tareas, cuya magnitud es tal que requieren el esfuerzo conjunto de más de una persona. Crusoe sabía bien de esto, pues había muchas tareas que no podía realizar cuando estaba solo.

Las diferencias de recursos y habilidades antes mencionadas llevan a la división del trabajo, y esta, a su vez, profundiza la especialización: a medida que una persona se dedica a una tarea, va aumentando su conocimiento sobre ella y descubriendo formas de realizarla de manera más eficiente.

La especialización originada en la división del trabajo permite el aumento de la productividad y, por lo tanto, libera a cada individuo de la pesada tarea de abastecerse en sus necesidades básicas, permitiéndole diversificar sus actividades hacia otras de su interés. El crecimiento de las actividades relacionadas con el ocio, tales como el “entretenimiento”, no es otra cosa que el resultado del incremento de la productividad, alcanzado gracias a la división del trabajo.

Crusoe aprende rápida y amargamente el alto costo de perder los beneficios de esta división. Un joven, de clase media londinense hasta ese momento, amanece en una isla inhabitada y se ha convertido en un pobre completo: tiene que comenzar a preocuparse por descubrir los satisfactores de sus necesidades más básicas —agua, comida, refugio— que podía satisfacer antes gracias, precisamente, a que otros se dedicaban a producir esos productos o servicios, y él podía intercambiarlos por lo que a su vez produjera.

El grado de división del trabajo lo va a determinar la extensión del mercado. La llegada de Viernes y la voluntad de cooperar entre ambos permitirá dividir las tareas que han de realizar, por lo que ahora podrán hacer más cosas y más diversas al mismo tiempo. Además, podrán aprovechar las habilidades específicas de cada uno. Si nos imaginamos la llegada de otras diez personas, podemos considerar las posibilidades adicionales que ahora se presentan para la extensión de la división del trabajo. Esta extensión del “mercado” no es otra cosa que el incremento de las actividades destinadas a producir con destino a los demás, a diferencia de las actividades destinadas simplemente a satisfacer las necesidades propias. Si los que ahora habitan esa isla establecen contacto y pueden realizar intercambios con los habitantes de otras islas o del continente, esas oportunidades se amplían aún más: pueden aprovecharse habilidades de otros para elaborar tejidos, forjar herramientas, etc. Lo que ahora llamamos “globalización” no es otra cosa que la extensión de la división del trabajo a nivel global.

Gracias a la división del trabajo podemos dedicarnos a muchas cosas, sin tener que ocuparnos de atender a las necesidades más elementales. Imaginemos por un momento que esto no fuera así; tendríamos que pensar en cosas que hoy ni se nos cruzan por la cabeza: ¿dónde conseguir agua?, ¿qué podremos comer esta noche?, ¿dónde habrá un refugio para dormir?.

La cooperación social es posible, porque es conveniente. Pero la sociedad no surge porque un día se hayan reunido los hombres y hayan decidido hacerla. Los hombres, persiguiendo sus objetivos personales, fueron creando un orden social, basado en la colaboración, en compartir sacrificios y esfuerzos, en la división del trabajo.

Esa colaboración no surge por sentimientos de simpatía, de amistad o de un innato sentido de la colaboración por parte de la especie. El hombre se ve impelido a abandonar las conductas salvajes y aisladas cuando llega a comprender que las acciones realizadas bajo la división del trabajo dan mejores frutos que el aislamiento. Si no hubieran advertido eso, los hombres habrían continuado como los peces, comiéndose unos a otros, viendo en el otro únicamente a un enemigo. Más que su causa, la simpatía y la amistad son el resultado de la cooperación.

El principio de la división del trabajo ha sido el motor de la cooperación social y convertido a los otros hombres de enemigos en potenciales colaboradores, pues es fácilmente demostrable que de la cooperación puede obtenerse un resultado muy superior al que se obtiene de las acciones aisladas. Pero de poco serviría esta división del trabajo si luego no intercambiáramos los resultados que cada uno obtiene de ella.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

¿Alguien embargaría un evita?

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 13/7/14 en: 

 

La semana pasada el Senado le dio media sanción a una ley por la cual se establece que las reservas son inmunes de ejecuciones o de embargos judiciales de tribunales locales.

Realmente este proyecto de ley luce casi irónico al ver como el tesoro vacía al BCRA de reservas y lo llena de papeles sin ningún valor de mercado.

Al 30 de junio las reservas del BCRA representaban solo el 20% del total del activo, el resto son papeles sin valor que el tesoro le entrego al Central. Por ejemplo, el balance del Central en pesos muestra que dicha entidad tiene reservas por $ 177.821 millones, mientras que en su activo contabiliza Letras Intransferibles del Tesoro, con vencimientos entre el 2016 y 2022, por $ 348.950 millones. Es decir, las letras representan el 51% de activos tóxicos.

Pero sumemos los adelantos transitorios que son un paga Dios que le entrega el tesoro al BCRA a cambio de la emisión monetaria que hace esa institución para cubrir el déficit fiscal. Al 30 de junio los adelantos transitorios sumaban $ 196.350 millones contra los $ 177.821 millones de reservas.

Cuando uno ve estos dos datos, no puede dejar de sonreír al ver que el Congreso sanciona una ley para proteger las reservas del Central. ¿Proteger contra quién? En todo caso la ley debería proteger las reservas contra el destrozo patrimonial que el tesoro está haciendo del BCRA. La sonrisa surge porque parece realmente de locos: ¡mientras el tesoro vacía al Central de reservas y lo llena de papeles sin valor, el Congreso sanciona una ley para proteger las reservas que el tesoro está dilapidando! No son los holdouts los que están vaciando de reservas al BCRA, sino que es el gobierno el que está vaciando de reservas al Central. La ley debería proteger al Central del tesoro,  no de los holdouts u otros particulares.

En rigor, cuando uno ve la historia del BCRA, creado en 1935, no puede menos que preguntarse: ¿para qué sirve el BCRA? Lejos de defender el valor la moneda local, se ha encargado de destruir un signo monetario atrás de otro. En 79 años de existencia destruyó 5 signos monetarios, aun promedio de uno 16 años de vida por moneda. El peso moneda nacional, el peso ley 18.188, el peso argentino, el austral y este que está en terapia intensiva.

Veamos, la moneda no es un invento de los gobiernos, sino un descubrimiento de la gente, es decir, del mercado. La gente descubrió que ciertas mercaderías eran aceptadas ampliamente como medio de intercambio, lo cual facilitaba las transacciones comerciales. Como economista no tengo que darle clases de economía al panadero a cambio de su pan, sino que le doy clases de economía al que quiere contratar mis servicios y con el dinero que me paga le compro el pan al panadero. La moneda acelera o facilita las transacciones. La moneda es como una autopista que agiliza el flujo de tránsito. Lo que hace la moneda es facilitar el intercambio indirecto y a división del trabajo aumentando la productividad de la economía y el bienestar de la población. Claro que para eso tiene que cumplir con dos requisitos: a) ser ampliamente aceptada como medio de intercambio y b) servir como reserva de valor.

El peso que emite el BCRA solo lo aceptamos para transacciones de corto plazo. Son como una especie de vales para hacer intercambios en el almacén de ramos generales, pero lejos están de ser reserva de valor. Más bien son como barras de hielo que se derriten a pleno solo con 45 grados de temperatura en pleno sol en verano.

La realidad es que el BCRA no sirve para nada, o más bien sirve para entorpecer el sistema económico al destruir la moneda. Al destruir la capacidad de reservas de valor de la moneda, el BCRA impide hacer cálculo económico (estimar costos y precios futuros para evaluar una inversión) y también destruye el mecanismo para que la gente vuelque su ahorro al mercado de capitales, es decir que el ahorro se transforme en crédito para el consumo y la inversión. Con una moneda que se destruye día a día no hay crédito a largo plazo y, por lo tanto, las transacciones son todas el día a día. Un país sin moneda es un país que no puede pensar en el largo plazo. Su horizonte más lejano puede llegar a ser de una semana, si es que el BCRA no destruye más rápido la moneda. Recordemos la hiperinflación de 1989 cuando los jubilados cobraban su jubilación y salía disparados a las casas de cambios a comprar sus U$S 50 dólares para ir vendiéndolos de a poco a medida que los necesitaban. El que se quedaba en pesos moría por inanición.

Ahora, la pregunta es: si el peso no se deprecia al punto  que lo presentan como una fortaleza volante, ¿por qué proteger las reservas si lo que tiene que proteger es la moneda, es decir el peso, que es el que, según el gobierno, tiene valor? Francamente no se entiende. Si el peso es la moneda fuerte, la ley debería haber protegido de embargos a los pesos y no a las reservas, salvo,  claro está, que el peso tenga solo un hilo de vida, y eso hilo de vida está atado a las reservas del BCRA, que no son otra cosa que monedas que emiten otros países o zonas como EE.UU. y la Unión Europea.

En definitiva, con esta ley, el gobierno acaba de reconocer que el peso no sirve para nada y que lo que la gente realmente valora son esos billetes que se emiten en los países imperialistas. Un imperialismo tan satánico, que hasta respeta la división de poderes.

No hay nada que hacer, EE.UU. y los países europeos se desarrollaron de pura casualidad. Gracias al viento de cola del mundo y al colonialismo. Como dijo nuestro ilustre vicepresidente el 9 de julio, esos países no crecieron porque respetaron las instituciones, sino porque fueron colonialistas. Pero gracias a él y ella, nos liberamos de ese colonialismo, empezamos una nueva era de prosperidad, aunque todavía tenemos que sacar una ley para que no embarguen las monedas fuertes como el dólar y el euro, porque parece ser que a nadie se le pasa por la cabeza embargar un evita.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Ludwig von Mises: El gran desmitificador de la viabilidad del Socialismo

Por Gabriel Gasave. Publicado el 27/5/13 en http://independent.typepad.com/elindependent/2013/05/ludwig-von-mises-el-gran-desmitificador-de-la-viabilidad-del-socialismo.html

Corresponde rendirle homenaje a quien por su obra y prestigio, se hiciera merecedor a ocupar un importante sitial en la historia de las ideas del siglo veinte. Alguien que fuera un tenaz paladín de los emprendedores y de los innovadores tanto intelectuales como empresariales, cuya tarea constituye la llave para el progreso de la humanidad y quienes, como él nos lo demostrara, solamente pueden florecer en el contexto de una sociedad libre.

Ese hombre es Ludwig von Mises quien nació un 29 de septiembre de 1881 en la ciudad de Lemberg, en territorio que por entonces pertenecía al imperio austrohúngaro. La vasta cantidad de libros y artículos por él publicados y de conferencias brindadas conforman un valioso conjunto de obras que aquellos que deseen abocarse al estudio de la epistemología, la economía y la filosofía de la libertad no pueden soslayar. Sus dos trabajos más importantes y los que mejor reflejan su pensamiento son Socialismo (1922) y La Acción Humana (1949). Para quienes recién se inicien en el pensamiento miseano, su lectura quizás debería estar precedida por alguna de sus obras más populares, tales como Burocracia (1944) y Planificación para la Libertad (1952).

Mises era un ferviente defensor de la economía de mercado y de la sociedad abierta. Su oposición al socialismo, y a toda forma de intervención gubernamental, derivaba de su simpatía por el capitalismo y su afecto por la libertad individual y convicción de que los intereses individuales de los hombres libres pueden convivir en armonía, en razón de que en una sociedad abierta la ganancia de un individuo no está constituía por la perdida de otro, sino en realidad por el beneficio que el primero le proporciona a sus semejantes.

La puesta en práctica de sus enseñanzas resulta necesaria para la preservación de la civilización. Con Mises quedó demostrado que en su esencia la vida en sociedad se basa en la división del trabajo. Si careciéramos de la mayor productividad laboral que nos brinda la división del trabajo, sencillamente gran parte de la humanidad moriría de inanición. Al mismo tiempo, encontramos que la propia existencia y el eficaz funcionamiento de esa división del trabajo dependen fundamentalmente de que contemos con las instituciones básicas de una sociedad abierta, es decir: gobierno limitado y libertad económica, propiedad privada, moneda sana, ahorro e inversión, libre competencia, y afán de lucro. Como vemos, se trata de instituciones que en todas partes, y en especial en nuestro país, han sido severamente atacadas desde hace ya varias décadas.

Cuando Mises ingresa al mundo de las ideas, el marxismo y otras corrientes socialistas detentaban un monopolio intelectual de facto, situación a la que coadyuvaron ciertos errores e inconsistencias significativas en los trabajos de Adam Smith (1723-1790) y David Ricardo (1772-1823) y algunos de sus seguidores. A su vez, las obras de William S. Jevons (1835-82), y de los primeros economistas austriacos—Carl Menger (1840-1921) y Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914)—no eran lo suficientemente extensas como para ofrecer una contraofensiva eficaz frente a los socialistas. Por su parte, Frédéric Bastiat (1801-1850) si bien había procurado ofrecer una, falleció muy joven, y de todos modos probablemente hubiese carecido de la profundidad teórica necesaria.

Así las cosas, cuando el profesor von Mises irrumpió en el mundo de las ideas, virtualmente no había ni una oposición intelectual al socialismo ni una defensa del capitalismo que tuviesen un carácter sistemático. Las murallas intelectuales de la civilización estaban desguarnecidas y lo que Mises logró, y que constituye la esencia de su grandeza, fue la construcción de una defensa intelectual de la sociedad abierta.

Por entonces, el núcleo del argumento colectivista sostenía que las instituciones de una sociedad liberal estaban al servicio de los intereses de tan solo un puñado de poderosos explotadores, especuladores y monopolistas y que dichas instituciones se desenvolvían en flagrante oposición al bienestar de la gran mayoría de la sociedad, bienestar del que supuestamente el socialismo sí vendría a ocuparse.

La respuesta que solía ofrecerse frente a este planteo era una que exclusivamente se avocaba a pergeñar mecanismos tendientes a quitarle a los emprendedores un poco menos del fruto de su trabajo que lo que exigían los socialistas. Mises en cambio, desafió esa conjetura simplista y generalizada y demostró que una sociedad basada en el respeto por la libertad de acción y la propiedad privada favorece los intereses individuales de todos sus integrantes, incluidos aquellos que no son “capitalistas”—sino “proletarios”, según la jerga de la época.

En una sociedad libre, demostraba el profesor von Mises, la propiedad privada de los medios de producción está al servicio del mercado. Los beneficiarios directos de las empresas y comercios son todos aquellos que adquieren sus productos y utilizan sus servicios. Y, junto con el incentivo de las perdidas y las ganancias y la libertad para competir que el mercado implica, la existencia de la propiedad privada garantiza una siempre creciente oferta de productos para todos.

La mayor y más original contribución al pensamiento económico que hiciera Mises fue la de demostrar que el socialismo no solamente elimina el incentivo que proporcionan las ganancias y las perdidas y la libertad de competir junto con la propiedad privada de los medios de producción, sino que torna imposible el cálculo económico, y en consecuencia es un sistema que redunda en el caos. Por socialismo entendemos a la abolición del sistema de precios y la división del trabajo; y la concentración de todo el proceso de toma de decisiones en manos de una junta de planificación centralizada o dictador supremo.

Sin embargo, la planificación de un sistema económico está más allá del poder y del conocimiento de alguien: el número, la diversidad, y las características propias de los distintos factores de producción, las diferentes alternativas tecnológicas que están abiertas a ellos, y las disímiles combinaciones posibles de lo que se podría llegar a producir con ellos, escapan a las facultades de incluso el más grande de los genios que pudiésemos concebir.

Mises probó que la planificación económica requiere de la cooperación de todos los participantes del sistema económico. Ella solamente puede existir en una sociedad libre y capitalista en la cual, cada día, los empresarios efectúen sus planes basándose en el cálculo de las ganancias y las pérdidas; donde por su parte los trabajadores, hagan lo mismo en función de los salarios que se están abonando por servicios similares a los que ellos ofrecen y los consumidores planifiquen ponderando los precios de los bienes de consumo a su disposición.

Sostenía que el cálculo económico es esencial para una economía desarrollada; y de ello se colige una importante conclusión adicional: Solamente en una economía capitalista puede tener lugar el cálculo monetario. Una economía centralmente planificada no tiene manera de calcular económicamente y de esa forma no puede prosperar. Mises demostró la imposibilidad de todos los esquemas socialistas, porque los mismos dejan a los planificadotes económicos sin medio alguno con el cual desarrollar el calculo económico. Una oficina central de planificación no posee ningún mecanismo que pueda suplir el rol que los precios desempeñan en el mercado.

Las contribuciones que Ludwig von Mises hizo a la confrontación teórica entre el capitalismo y el socialismo son inmensas. Antes de su aparición en escena, la mayoría de los individuos no eran concientes de que en una sociedad libre existe una planificación económica. Aceptaban, sin entrar en detalles, el dogma marxista de que el capitalismo implicaba una anarquía en materia de producción y que el socialismo venía a representar a la planificación económica racional.

Quienes viven en una sociedad capitalista, se encuentran literalmente rodeados por la planificación económica, y sin embargo no se dan cuenta de su existencia. A diario, hay incontables empresarios que están planificando expandir o achicar sus empresas, introducir nuevos productos o discontinuar alguno de los más vetustos, abrir nuevas sucursales o cerrar alguna de las existentes, modificar sus métodos de producción o seguir con los métodos y procesos actuales, contratar a nuevos trabajadores o dejar que se marchen algunos de los que ya trabajan para ellos. Y también, a cada instante existen innúmeros trabajadores que están planificando mejorar sus habilidades, cambiar de empleo, o seguir como están; y cientos de miles de consumidores, planificando adquirir una casa, automóviles, electrodomésticos o simplemente helados.

No obstante ello, la gente no utiliza el término planificación para referirse a todas esas tareas, reservándolo pura y exclusivamente para describir los vanos esfuerzos de un puñado de burócratas gubernamentales, quienes, habiendo obstaculizado o directamente prohibido la planificación por parte de los demás, presuponen que con su sapiencia e inteligencia pueden reemplazar las decisiones de millones de seres. Cualquier similitud con la presuntuosa actitud de los líderes de nuestra Argentina actual no es mera coincidencia.

Mises fue quien destacó la existencia de la planificación dentro de la economía de mercado, la circunstancia de que la misma se basa en los precios, es decir en el cálculo económico, y el hecho de que el sistema de precios es el único que nos brinda a cada instante la información necesaria para coordinar las actividades de decenas de millones de planificadores individuales.

Demostró que cada individuo, al preocuparse por obtener un ingreso y limitar sus gastos, es guiado de manera tal que ajusta sus planes individuales a los planes del resto de la sociedad. Por ejemplo, aquel empleado que decide convertirse en ingeniero en lugar de dedicarse a la música, en virtud de que al valorar más los mayores ingresos que obtendrá como ingeniero, modifica los planes atinentes a su carrera profesional en respuesta a los planes que otros tienen de solicitar sus servicios de ingeniería y no de demandar sus composiciones musicales. O el caso de la persona que decide que un automóvil es demasiado costoso y por ende claudica en su plan de adquirirlo, que está de manera similar involucrada en un proceso tendiente a ajustar sus propios planes con los planes de los demás; en virtud de que lo que vuelve demasiado costoso al vehículo en cuestión son los planes de los otros de comprarlo al tener la posibilidad y el deseo de pagar más por él.

Fundamentalmente, lo que Mises demostró fue la circunstancia de que toda empresa, al procurar obtener ganancias y evitar las pérdidas, es guiada en la planificación de sus actividades de un modo en el que no tan solo la misma resulta útil para los planes de sus propios clientes, sino que toma en cuenta además los planes de todos los demás usuarios de los mismos factores de producción en el mercado.

En definitiva, el profesor von Mises logró demostrar que el proceso de mercado implica la existencia de un sistema económico planificado de manera racional mediante la combinación de los esfuerzos basados en el interés propio de todos aquellos que participan en él. El fracaso del socialismo, probó Mises, se debe al hecho de que el mismo no representa una planificación económica, sino su destrucción, dado que la misma solamente puede existir en el marco de una sociedad libre y del sistema de precios.

Demostró también que la competencia que tiene lugar en el proceso de mercado es de una naturaleza totalmente distinta a la que observamos por ejemplo en el reino animal. No se trata de una competencia por los escasos medios de subsistencia que suministra la naturaleza, sino una competencia por la creación de una nueva y adicional riqueza, de la cual todos se benefician.

Por ejemplo, las consecuencias de la competencia que en su momento tuvo lugar entre los técnicos que se dedicaban a la reparación de las antiguas máquinas de escribir y aquellos que comenzaron a desempeñarse en el incipiente campo de la industria informática no fueron las de que el primero de los grupos pereció a causa de una hambruna, sino la de que todos comenzaron a disponer de más recursos e ingresos para adquirir también cantidades adicionales de otros bienes. Esto fue cierto incluso respecto de los técnicos que “perdieron” la competencia, tan pronto como fueron reubicados en otras áreas del de mercado, las que lograron expandirse precisamente debido a las innovaciones en el rubro de la cibernética.

Al repensar la Ley de las ventajas comparativas de David Ricardo, el profesor von Mises demostró que en el proceso competitivo que tiene lugar en el mercado hay lugar para todos, incluso para aquellos que posean las más modestas de las habilidades. Esos individuos solamente precisan concentrarse en las áreas en las cuales su inferioridad productiva sea menor en términos relativos. Por ejemplo, una persona que no es capaz de desempeñarse más que como un mero albañil no tiene que temerle a la competencia del resto de la sociedad, en la que casi todos sus miembros podrían ser mejores albañiles que él, si a eso deseasen dedicarse. La persona de capacidad limitada que está deseando trabajar como albañil por menos de lo que otros pueden percibir en otras actividades, no tiene porque preocuparse respecto de la competencia de aquellos. En verdad, los está dejando fuera de competencia para el puesto de albañil al desear aceptar un ingreso más bajo que el de ellos.

Von Mises demostró que una armonía de intereses prevalece también en este caso. La existencia del albañil del ejemplo permite que individuos más talentosos dediquen su tiempo a tareas más exigentes, mientras que la existencia de estos últimos le permite a su vez al albañil acceder a bienes y servicios que de otra forma resultarían imposibles de obtener para él.

Sostuvo con una lógica incontestable que las causas económicas de los conflictos bélicos son el resultado de la interferencia gubernamental, bajo la forma de barreras comerciales y migratorias, y que dicha interferencia que viene a restringir las relaciones económicas con el extranjero es a su vez una consecuencia de otra ingerencia gubernamental, aquella que restringe la actividad económica interna. Por ejemplo, los aranceles se vuelven necesarios como una forma de evitar la desocupación solamente en un contexto en el cual existan leyes de salario mínimo y una legislación favorable a los sindicatos, la cual impide que la mano de obra interna enfrente de igual a igual a la competencia extranjera mediante la aceptación de salarios más bajos cuando fuese necesario. Mises demostró también que el fundamento de la paz mundial es una política de laissez-faire tanto a nivel interno como internacional.

Algo que von Mises puso en evidencia es el hecho de que todas las acusaciones en contra del mercado libre eran infundadas o que las mismas debían ser dirigidas contra la intervención gubernamental, la cual distorsiona y destruye las realizaciones y logros del mercado.

Estuvo entre los primeros en señalar que la pobreza que existía en los albores de la Revolución Industrial era fruto del legado de toda la historia previa. La misma se debía a que la productividad del trabajo era todavía sumamente baja, y a que los científicos, inventores, empresarios, ahorristas e inversionistas solamente podían alcanzar progresos de un modo muy paulatino pues les resultaba dificultoso acumular el capital necesario para poder incrementarlos con el paso del tiempo.

Demostró que todas las políticas legislativas tendientes supuestamente a mejorar la condición de los trabajadores y de las masas eran en verdad contrarias a los intereses de aquellos a los que estaban diseñadas a ayudar—que su efecto era el de generar desempleo, retardar la acumulación de capital, y de esa manera mantener baja la productividad del trabajo y el estándar de vida de todos.

En una trascendental y original contribución al pensamiento económico, demostró que las depresiones eran consecuencia de las políticas de expansión crediticia auspiciadas por el gobierno, diseñadas para lograr que la tasa de interés se mantuviese por debajo de los niveles del mercado. Dichas políticas, evidenció Mises, daban lugar a malas inversiones a gran escala, las que privaban al mercado del capital liquido necesario y resultaban a posteriori en contracciones del crédito que provocaban los ciclos económicos de depresión.

Fue uno de los principales defensores del patrón oro y del laissez-faire en el ámbito de la industria bancaria, la cual consideraba que alcanzaría en ese marco virtualmente una reserva cercana al 100%, lo que imposibilitaría de ese modo tanto la inflación como la deflación de la moneda.

En síntesis, Mises fue capaz de demostrar: que la expansión de los mercados libres, la división del trabajo, y la inversión privada de capital constituyen el único sendero posible hacia la prosperidad y el florecimiento de la especie humana; que el socialismo sería desastroso para una economía moderna en virtud de que la ausencia de propiedad privada de la tierra y de los bienes de capital impide cualquier clase de determinación racional de los precios, o estimación de costos, y que la intervención gubernamental, además de obstaculizar y paralizar al mercado, resultaría ser anti productiva, conduciendo inevitablemente al socialismo a menos que el conjunto entero de las intervenciones fuese derogado.

En el prologo de la edición en español de Planificación Para la Libertad, el Doctor Alberto Benegas Lynch en su carácter de Presidente del Centro de Estudios sobre la Libertad escribía sobre Mises estos conceptos que compartimos en su totalidad y que cobran una vigencia inusual en nuestro medio por estos días: “De las enseñanzas de Mises resulta claro que es perjudicial sostener que primero hay que producir y luego distribuir, porque la producción y la distribución son simultáneas y sólo se logra la productividad óptima en el marco del respeto a la propiedad y a la libertad. Nadie va a invertir sus ahorros y capitales con entusiasmo si le dicen que cuando haya producido la abundancia que promueve el bienestar general, el estado, compulsivamente, le va a confiscar una parte de la producción para distribuirla de otra manera que no sea mediante el libre juego de los factores productivos. Mises explica con claridad meridiana que ninguna distribución es más justa y equitativa que la que resulta del mercado no intervenido, en el cual cada factor de producción recibe su parte en función de su aporte al proceso productivo”.

Desde el deceso de Mises acaecido el 10 de octubre de 1973 en la Ciudad de New York a los 92 años, su doctrina e influencia han experimentado un renacimiento. Si bien nadie que analice las actuales circunstancias que vive el mundo y en particular América Latina, puede evitar tener un dejo de pesimismo respecto al futuro, las tendencias pueden cambiar y ello en gran medida dependerá de cuán diestros y tenaces seamos en la difusión de ideales tan nobles como los que Ludwing von Mises nos dejara.

Gabriel Gasave es investigador para el  Center on Global Prosperity del The Independent Institute. Se graduó de Abogado en la Universidad de Buenos Aires, estudió Ciencias Políticas en Lock Haven State College en Pennsylvania, Y realizó una maestría en Economía y Administración en ESEADE. Ha sido secretario académico  de ESEADE.