Crecimiento económico: el mejor camino para superar la pobreza

Por Iván Carrino. Publicado el 9/5/17 en: https://es.panampost.com/ivan-carrino/2017/05/09/crecimiento-economico-camino-superar-pobreza/

 

Una pareja pasea por las calles de Buenos Aires. Tras caminar varias cuadras, ven a una persona durmiendo en la calle, junto con cartones, bolsas, y algunas mantas que la gente caritativa del barrio le alcanza para que no pase frío durante la noche. Se lamentan por la triste situación y comienzan un diálogo sobre el tema de la pobreza.

¿Por qué comenzaron a hablar de este tema? Es decir, ¿cómo percibieron que la persona que dormía en la calle era pobre? La pregunta puede parecer trivial y la respuesta demasiado evidente, pero para el tema que quiero tratar hoy, es importante responderla con claridad.

La situación de pobreza del hombre de la calle está dada por la carencia de bienes materiales.

Los pobres son precisamente pobres porque no tienen un mínimo de necesidades materiales satisfechas. A su vez, una persona será más pobre que otra en la medida que posea menos bienes y servicios para satisfacer sus necesidades.

La pareja siguió camino y llegó finalmente a su casa. Allí tenían, techo, comida, calefacción y vestimenta en abundancia. Eran claramente ricos.

La diferencia entre la riqueza y la pobreza es clara en este caso. Cuantos más bienes y servicios estén a disposición de un individuo, más rico será.

En el caso de los países, la situación es similar. Cuantos más bienes y servicios haya a disposición de sus habitantes, mejor será la condición de vida y menor será el nivel de pobreza. Es por este motivo que el indicador por excelencia de la riqueza de un país sea el PBI per cápita. El PBI per cápita es, esencialmente, la división entre el total de bienes y servicios producido por una economía y el total de su población. Así, este indicador busca arrojar una medida promedio de la prosperidad de los individuos que en cada país habitan.

Con este análisis en mente bastaría para comprender la importancia del crecimiento económico para la prosperidad de la población. Si la economía crece más, más bienes y servicios se producen y, por tanto, mejor es la calidad de vida de un país. Sin embargo, este planteo no satisface a todos.

Es que suele criticarse al PBI per cápita por no medir las desigualdades o la distribución del ingreso. Suele caricaturizarse esta medida diciendo que si Juan tiene dos pollos, mientras que Pedro no tiene ninguno, el PBI per cápita de ese pequeño país será de un pollo, ocultando la realidad de que Pedro no tiene nada.

Desde este punto de vista, lo que debe hacer el Gobierno para solucionar la pobreza es cobrarles impuestos a los ricos (a Juan) para subsidiar a los pobres (a Pedro). Solo así, Juan y Pedro podrán tener una riqueza mejor distribuida y Pedro saldrá de la pobreza.

Solamente con este ejemplo simplificado y estático, podríamos aceptar las conclusiones: si el estado cobrara 50 % de impuestos a Juan para subsidiar a Pedro, el PBI per cápita reflejaría realmente la situación (un pollo por persona) y ninguno de los dos habitantes estaría en la pobreza. Sin embargo, en economías más complejas, y considerando factores dinámicos, el ejemplo deja de servir.

Es que si el gobierno castiga la riqueza, entonces caerá el incentivo a crearla y finalmente todos terminarán siendo más pobres.

Hay que encontrar un sistema por el cual no se castigue la creación de riqueza, y al mismo tiempo, esa generación mejore la situación de todos.

La buena noticia es que ese sistema ya existe.

De acuerdo a los datos confeccionados y divulgados por el sitio Our World in Data, de la Universidad de Oxford, existe una relación inversa entre el PBI per cápita y la cantidad de personas que están en la pobreza. Es decir, cuanto mayor es el tamaño de la economía, menor es la pobreza.

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La publicación, siguiendo al Banco  Mundial, considera que una persona está en la “extrema pobreza” si ingresa menos de USD $1,9 por día. Además, concluye que:

“No hay ningún país con un PBI per cápita superior a los USD 15.000 (internacionales) en donde haya más de 5 % de la población viviendo en la extrema pobreza. Además, en la mayoría de los países con un PBI per cápita inferior a USD $4.000, entre un 25 % y un 75 % de la población sí se encuentra viviendo en la pobreza extrema”.

Our World in Data, especialista en divulgación y visualización de datos económicos, también cita el estudio de Dollar y Kraay de 2002, que concluye que, “en promedio, el crecimiento sí beneficia a los pobres tanto como al resto de la sociedad”. Esto es así al comprobar que la suba promedio del ingreso per cápita se traduce generalmente en una suba de los ingresos de los grupos más pobres de la sociedad.

Otra forma de ver esto es cómo evoluciona la pobreza extrema en cada país a medida que se incrementa el PBI per cápita promedio. El siguiente gráfico lo muestra.

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En el eje horizontal figura el PBI per cápita. A medida que nos desplazamos hacia la derecha, mayor es la riqueza del país. El eje vertical refleja el porcentaje de población viviendo en la extrema pobreza (es decir, cobrando USD $1,9 diarios). A medida que nos movemos hacia abajo, menor es el porcentaje de la población que vive en la pobreza extrema.

El gráfico muestra con claridad cómo en países como India, China, Indonesia o Brasil, entre otros, la relación entre crecimiento y menor pobreza es directa.

Las políticas asistencialistas y redistributivas pueden ser consideradas como medidas transitorias para aliviar situaciones de necesidad. Sin embargo, para salir de la pobreza de manera definitiva, se necesita crecimiento económico.

Mayor crecimiento es más riqueza para todos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Ingreso Básico Universal: ¿por qué ahora tampoco?

Por Iván Carrino. Publicado el 7/12/16 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2016/12/07/ingreso-basico-universal-por-que-ahora-tampoco/

 

La semana pasada, un colega y compañero de trabajo me pasó el link de una charla Ted protagonizada por Eduardo Levy Yeyati, destacado economista argentino, profesor de la Universidad Torcuato Di Tella y autor de varios libros, no solo de economía sino también de novelas como “El Juego de la Mancha” y “Chancho”.

Su más reciente trabajo es esta charla Ted, que se titula “Ingreso Básico Universal: ¿Por qué ahora?”. En dicha exposición, que ya cuenta con cerca de 9.000 visitas, Yeyati plantea que llegó la hora de pensar en un ingreso básico universal, financiado con impuestos, de manera de paliar un problema que parece inexorable: el avance tecnológico y sus negativas consecuencias para la distribución del ingreso y el crecimiento de la economía.

En lo que queda de esta nota intentaré explicar por qué creo que la propuesta de Yeyati está mal fundamentada y, por lo tanto, debería desestimarse por completo.

El economista parte de plantear un sombrío futuro para el desarrollo, producto del avance de la tecnología. En pocas palabras, sostiene que la “buena noticia es que en el futuro todos vamos a tener que trabajar menos” mientras que la mala es “que va a haber menos trabajos”.

El reemplazo del hombre por la máquina, para Yeyati, es un hecho indiscutido, y pone como ejemplos a los cajeros automáticos que reemplazan a los cajeros humanos, o las agendas telefónicas del celular, que reemplazarían a las secretarias.

Sin embargo, este es el primer punto en el que el argumento flaquea. Es que como explica David Autor en su trabajo enfocado en este tema, a pesar del avance de los cajeros automáticos, hoy hay más cajeros humanos que antes. El número de cajeros automáticos en EE.UU. se cuadriplicó, pasando de 100.000 a 400.000 entre 1996 y el año 2010. Esto redujo el número de cajeros humanos por sucursal bancaria. Sin embargo, el número total de cajeros humanos creció de 500.000 a 550.000 entre 1980 y 2010.

El motivo de esta suba es que, al reducir los costos de operar una sucursal, la cantidad de sucursales se multiplicó, lo que incrementó la demanda de personal. Así, la instalación de cajeros automáticos terminó por incrementar la demanda de cajeros humanos, quienes ahora no sólo entregan billetes al cliente, sino que le brindan un servicio más general de relación y contención.
Lo mismo podría suceder con el caso de las secretarias. Las computadoras y los teléfonos inteligentes pueden reemplazar alguna parte del trabajo que hoy realizan las secretarias. Esto hará que en el futuro sea mucho más barato montar una oficina. Y el resultado puede ser una menor cantidad de secretarias por empresa, pero no una menor cantidad en términos agregados. De hecho, la Oficina de Estadísticas Laborales sostiene que desde 2014 hasta 2024, la cantidad de secretarias y asistentes personales crecerá en 119.000.

Otro punto que impacta de la charla Ted es la relación entre avance tecnológico y concentración de la riqueza. En una de las frases más aplaudidas de toda la exposición, Eduardo Levy Yeyati pregunta:

“¿De qué sirve el progreso tecnológico, si crea abundancia que se concentra en pocas manos a las que les sobra todo?”

De acuerdo con el argumento, el progreso tecnológico genera una abundancia “mal repartida”, porque el ahorro de los costos de producción beneficiará solo al dueño de la máquina, pero no al trabajador reemplazado por ella. Para que se comprenda el argumento, Yeyati lo lleva al extremo y plantea qué ocurriría si todo fuera producido por máquinas y esas máquinas estuvieran en posesión del 1% más rico de la población.

En ese caso el 1% sería infinitamente rico pero el 99% estaría en la miseria. A menos, claro, que el gobierno cobre impuestos mucho más progresivos y redistribuya la riqueza. Es decir, imponga el Ingreso Básico Universal y obligue a que lo paguen “los ricos”.

El problema con todo este razonamiento es que parte del desafortunado supuesto de que solo el 1% de la población tendrá acceso a “las máquinas”. Uno se pregunta por qué se asume este escenario si una simple mirada de la realidad lo refuta.

Según un estudio del Pew Research Center, en Corea del Sur, 88% de la población tiene un “Smartphone”, el último grito tecnológico en telefonía móvil. En Australia este número es 77%, en EE.UU. 72%, en Canadá 67% y en Chile 65%. En Argentina, 48% de la población posee un teléfono celular inteligente.

Puede que no lo parezca, pero son éstas “las máquinas” del futuro que amenazan nuestro trabajo, como el propio Yeyati sugirió en su ejemplo de la secretaria. Sin embargo, no es cierto que el 1% de la población las posea. Muy por el contrario, la tecnología está cada vez más democráticamente distribuida y es, por tanto, un igualador social, en lugar de un generador de desigualdades.

El profesor de economía Donald Boudreaux planteaba justamente esto en un breve artículo en su blog titulado “Uber contra Piketty”. Allí, sostenía que:

“Uber permite que un bien de consumo se convierta fácilmente en un bien de capital (…) La intervención del gobierno contra Uber constituye un ataque contra las fuerzas del mercado que están incrementando la cantidad de capital que las personas comunes pueden poseer, controlar y poner a producir”.

No son los ricos ni el 1% de mayores ingresos quienes se benefician de la tecnología, sino las “personas comunes”, que cada vez tenemos más acceso a la tecnología.

Hay muchas otras cosas que objetar de la exposición sobre el Ingreso Básico Universal. Entre ellas, si alcanzará lo recaudado para financiarla, si es cierto que una mayor desigualdad frena el crecimiento económico, si imponer una medida de este tipo no destruirá el sistema de incentivos, o si no se trata de una medida demagógica e inmoral. Son todos temas para seguir discutiendo.
Sin embargo, hoy debería quedar clara una cosa: el argumento por el cual se pide que se imponga un Ingreso Básico Universal no está debidamente fundamentado. En primer lugar, no está claro que la tecnología destruya empleo en términos agregados. En segundo, es directamente falso que el avance tecnológico vaya a favorecer sólo a los más ricos de la sociedad.

En este sentido, y hasta que no aparezcan razones de mayor peso, creo que es necesario descartar de plano esta propuesta y liberarse de la culpa que nos imponen algunos discursos.

El avance tecnológico, a diferencia de lo que se quiere sugerir, trae dos buenas noticias. La primera es que, en el futuro, todos vamos a tener que trabajar menos. La segunda es que si se permite que avance, todos seremos más ricos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.