Cervantes versus Maduro

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 26/4/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/cervantes-versus-maduro/

 

Las políticas intervencionistas tienen malos resultados, salvo en un campo en el que se defienden bastante bien: las ideas. Puede razonarse teóricamente y demostrarse empíricamente que el control de precios desemboca en la escasez de aquellos bienes que el poder pretende abaratar artificialmente mediante la coacción política y legislativa. Y, sin embargo, vemos esa estrategia estéril repetida una y otra vez desde el emperador Diocleciano hasta los sátrapas bolivarianos.

Dirá usted: lo que pasa es que los déspotas emprenden políticas antiliberales porque no saben economía. Sospecho que la cosa es bastante peor: no es que no sepan economía, sino que saben una economía que es simplemente basura. Sea como fuere, no es necesario estudiar economía para comprender que el poder es capaz de violentar libertades, pero le es mucho más difícil impedir las consecuencias de su intervencionismo.

Para entender que no se pueden fijar coercitivamente los precios por debajo de los costes de producción y al mismo tiempo contar con una oferta creciente no es necesario que Nicolás Maduro empiece a estudiar economía de verdad, y no la propaganda marxista que seguramente cultiva. Basta con que lea a Cervantes.

Berganza, uno de los perros del célebre Coloquio, explica a propósito del aprovisionamiento de Sevilla el funcionamiento del mercado: “Y como en Sevilla no hay obligado de la carne, cada uno puede traer la que quisiere, y la que primero se mata, o es la mejor o la de más baja postura, y con este concierto hay siempre mucha abundancia”.

Cervantes puede enseñarle mucho a Maduros. Concretamente, puede enseñarle que el abastecimiento depende crucialmente de que los mercados sean libres. Así explican Luis Perdices de Blas y John Reeder los excelentes resultados en Sevilla: “en el abasto de la carne no hay obligado, es decir, no hay una persona que abastezca de carne a la ciudad a un precio fijado con el ayuntamiento y, por lo tanto, que tenga el monopolio en la introducción de dicho producto”.

Si el déspota venezolano quiere leer un poco más, puede consultar el ensayo de estos autores, “Arbitrismo y economía en el Quijote”, incluido en L. Perdices de Blas y M. Santos Redondo eds.,Economía y Literatura, Madrid: Ecobook, 2006.

Los arbitristas, el tema que trató Jean Vilar, guardaban relación con los problemas económicos y hacendísticos de España: estos autores elevaban arbitrios o memoriales al Rey para allegar recursos y afrontar dificultades diversas. Prácticamente nunca proponían medidas liberalizadoras y casi siempre se inclinaban (ya entonces…) por aumentar los impuestos. Son criticados por ello en elQuijote, donde el barbero dice: “tiene mostrado la experiencia que todos o los más arbitrios que se dan a Su Majestad, o son imposibles, o disparatados, o en daño del rey o del reino”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

UNA PERLA EN LA BIBLIOTECA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Días pasados buscando un libro me encontré con la grata sorpresa (afortunadamente suele ocurrir con alguna frecuencia) de una obra publicada por seis estudiantes universitarios, en 1974. Se titula The Incredible Bread Machine que, ni bien parió, tuvo los mejores comentarios en la prensa estadounidense y de académicos de peso y, consecuentemente, logró una venta sustancial en varias ediciones consecutivas y traducciones a otros idiomas. Los autores son Susan L. Brown, Karl Keating, David Mellinger, Patrea Post, Suart Smith y Catroiona Tudor, en aquel momento de entre 22 y 26 años de edad.

 

Abordan muchos temas en este libro, pero es del caso resaltar algunos. Tal vez el eje central del trabajo descansa en la explicación sumamente didáctica de la estrecha conexión entre las llamadas libertades civiles y el proceso de mercado. Por ejemplo, muchas personas son las que con toda razón defienden a rajatabla la libertad de expresión como un valor esencial de la democracia. Sin embargo, muchos de ellos desconocen el valor de la libertad comercial al efecto de contar con impresoras y equipos de radio y televisión de la mejor calidad si no existe el necesario respeto a la propiedad privada en las transacciones. Estos autores muestran la flagrante incongruencia.

 

Además, como nos ha enseñado Wilhelm Roepke, la gente está acostumbrada a fijar la mirada en los notables progresos en la tecnología, en la ciencia, en la medicina y en tantos otros campos pero no se percata que tras esos avances se encuentra el fundamento ético, jurídico y económico de la sociedad libre que da lugar a la prosperidad.

 

Este es un punto de gran trascendencia y que amerita que se lo mire con atención. Se ha dicho que los que defienden el mercado libre son “fundamentalistas de mercado”. Si bien la expresión “fundamentalismo” es horrible y se circunscribe a la religión y es del todo incompatible con el espíritu liberal que significa apertura mental en el contexto de procesos evolutivos en los que el conocimiento es siempre provisorio sujeto a refutación, es útil traducir esa imputación al respecto irrestricto a los deseos del prójimo puesto que eso y no otra cosa significa el mercado. Quien lanza esa consideración en tono de insulto es también parte del mercado cuando vende sus servicios, compra su ropa o adquiere su alimentación, su automóvil, su computadora o lo que fuere.

 

El asunto es que en general no se percibe el significado del “orden extendido” para recurrir a terminología hayekiana. Tal como nos dice Michael Polanyi, cuando se mira un jardín bien tenido o cuando se observa una máquina que funciona adecuadamente, se concluye que hay mentes que se ocuparon del diseño respectivo. Eso es evidentemente cierto, pero hay otro tipo de órdenes en lo físico y en la sociedad que no son fruto de diseño humano. Tal es el caso sencillo del agua que se vierte en una jarra que llena el recipiente con una densidad igual hasta el nivel de un plano horizontal. Y, sobre todo, remarca también Polanyi el hecho de que cada persona siguiendo su interés personal (sin conculcar derechos de terceros) produce un orden que excede en mucho lo individual para lograr una coordinación admirable.

 

En otras oportunidades he citado el ejemplo ilustrativo de John Stossel en cuanto a lo que ocurre con un trozo de carne envuelto en celofán en la góndola de un supermercado. Imaginando el largo y complejo proceso en regresión, constatamos las tareas del agrimensor en el campo, los alambrados, los postes con las múltiples tareas de siembra, tala, transportes, cartas de crédito y contrataciones laborales. Las siembras, los plaguicidas,  las cosechadoras, el ganado, los peones de campo, los caballos, las riendas y monturas, las aguadas y tantas otras faenas que vinculan empresas horizontal y verticalmente. Hasta el último tramo, nadie está pensando en el trozo de carne envuelto en celofán en la góndola del supermercado y sin embargo el producto está disponible. Esto es lo que no conciben los ingenieros sociales que concluyen que “no puede dejarse todo a la anarquía del mercado” e intervienen con lo que generan desajustes mayúsculos y, finalmente, desaparece la carne, el celofán y el propio supermercado.

 

Es que el conocimiento está fraccionado y disperso entre millones de personas que son coordinadas por el sistema de precios que, en cada instancia permite consultarlos al efecto de saber si se está encaminado por la senda correcta o hay que introducir cambios.

 

Los autores del libro que comentamos, se refieren a este proceso cuando conectan la libertad con el mercado abierto, al tiempo que se detienen a considerar los estrepitosos fracasos del estatismo desde la antigüedad. Así recorren la historia de los controles al comercio desde los sumerios dos mil años antes de Cristo, las disposiciones del Código de Hamurabi, el Egipto de los Ptolomeos, China desde cien años antes de Cristo y, sobre todo, Diocleciano de la Roma antigua con sus absurdos edictos estatistas.

 

Los autores también se detienen a objetar severamente el llamado sistema “de seguridad social” ( en realidad de inseguridad anti- social) que denuncian como la estafa más grande, especialmente para los más necesitados,  a través de jubilaciones basadas en los sistemas de reparto. Efectivamente, cualquier investigación que llevemos a cabo con gente de edad de cualquier oficio o profesión comprobaremos lo que significan los aportes mensuales durante toda una vida para recibir mendrugos vergonzosos, ya que puestos esos montos a interés compuesto puede constatarse las diferencias astronómicas respecto a lo que se percibe.

 

Incluso, aunque se tratara de sistemas de capitalización estatal (que no es el caso en ninguna parte) o de sistemas privados forzosos de capitalización (que si hay ejemplos), se traducen en perjuicios para quienes prefieren otros sistemas o empresas para colocar sus ahorros. Al fin y al cabo, los inmigrantes originales en Argentina, compraban terrenos o departamentos como inversión rentable hasta que Perón las destruyó con las inauditas leyes de alquileres y desalojos, perjudicando de este modo a cientos de miles de familias.

 

Por otra parte, las legislaciones que obligan a colocar los ahorros en empresas privadas elegidas por los gobiernos, no solo bloquean la posibilidad de elegir otras (nacionales o extranjeras), sino que esta vinculación con el aparato estatal indefectiblemente termina en su intromisión en esas corporaciones, por ejemplo, en el mandato de adquirir títulos públicos y otras políticas que, a su vez, hacen que los directores pongan de manifiesto que no son responsables de los resultados y así en un efecto cascada sin término.

 

Por supuesto que hay aquí siempre una cuestión de grado: es mejor tener una inflación del veinte por ciento anual que una del doscientos por ciento, pero de lo que se trata es de liberarse del flagelo.

 

En definitiva, haciendo honor al título, la obra comentada ilustra a las mil maravillas la increíble máquina de producir bienes y servicios por parte de los mercados libres. Concluyen afirmando que todo este análisis “no significa que el capitalismo es un elixir que garantiza que se resolverán todos los problemas que confronta el ser humano. El capitalismo no proveerá felicidad para aquellos que no saben que los hace felices […] Lo que hará el capitalismo es proveer al ser humano con los medios para sobrevivir y la libertad para mejorar en concordancia con sus propósitos”. Y, de más está decir, no se trata de un capitalismo inexistente como el que hoy en día tiene lugar donde el Leviatán es inmenso, fruto de impuestos insoportable, deudas y gastos públicos astronómicos y regulaciones asfixiantes.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

Precios cuidados en el Imperio Romano

Por Alejandro O. Gomez. Publicado el 4/2/2014 en: http://opinion.infobae.com/alejandro-gomez/2014/02/04/precios-cuidados-en-el-imperio-romano/

La idea de querer controlar los precios no es algo nuevo ni exclusivo de nuestro país. Como muy bien lo consignan Robert Schuettinger y Eamonn Butler en su libro “Forty Centuries of Wage and Price Controls” (editado por The Heritage Foundation en 1979), la quimera de querer establecer precios controlados (o cuidados como se ha decidido llamarlos en estos días) es algo que tiene sus orígenes en épocas previas a la era cristiana. Ya en las antiguas civilizaciones mesopotámicas encontramos indicios de este tipo de controles. Lo que se busca en todos los casos, de acuerdo al gobernante de turno, es lo mismo: evitar la especulación de comerciantes y empresarios que aumentan sus precios con el único fin de aprovecharse de los consumidores. Como se verá la situación no es novedosa. El gobierno excede su gasto por sobre sus ingresos y recurre a la expansión monetaria o depreciación del metálico, con lo cual el poder de compra de la moneda disminuye, reflejándose directamente en un aumento de precios. Así las cosas, al gobierno le quedan, básicamente, dos opciones: reconocer que han defraudado a los tenedores de moneda al haberle quitado valor o culpar por ello a los productores, acusándolos de aumentar descaradamente los precios. Pues bien, la opción a lo largo de la historia ha sido la segunda. Por eso el “remedio” que se les ha ocurrido ha sido siempre el mismo: controlar los precios.

Lamentablemente, los ejemplos ilustrados en el libro de Schuettinger y Butler no han servido de mucho, ya que a pesar del fracaso que reflejan los intentos de controlar precios a lo largo de la historia, la fórmula se repite una y otra vez con el mismo resultado. Quizás el “más famoso y el más extensivo intento de controlar precios y salarios ocurrió durante el reinado de Diocleciano” quien fue emperador de Roma entre los años 284 y 305 de  la era cristiana. A éste, le tocó gobernar en un período de una creciente inflación, la que “atribuyó enteramente a la avaricia de mercaderes y especuladores”; aunque claramente el diagnóstico era equivocado, ya que la causa de la creciente inflación estaba dada en el descontrolado gasto público en el que se había incurrido para sostener una burocracia y un ejército cada vez más grandes. La acuñación de monedas de oro y plata degradadas en su pureza, era el medio más sencillo para “resolver” este problema del gasto público en alza constante (a diferencia de lo que pasa en la actualidad, donde el problema se resuelve con facilidad emitiendo más billetes, en la antigüedad había que retirar las monedas circulantes y disminuir su contenido original mezclándolo con metales de menor valor con lo cual el proceso era bastante más costoso y lento que en el caso  de los billetes). Pero hasta el propio Diocleciano se daba cuenta de que el mercado “ajustaba por precio” cada vez más velozmente. Por tal motivo, el emperador se vio ante la siguiente disyuntiva: o continuaba acuñando monedas cada vez más depreciadas, o cortaba los gastos del gobierno. La respuesta no es difícil de imaginar: “Diocleciano decidió que la deflación, reduciendo los costos del gobierno civil y militar, era imposible”.

Ante esa desesperante situación, el emperador tomó una medida que “resolvería” el problema de una vez: seguiría acuñando monedas degradadas al tiempo que impondría controles de precios. Para ello, sancionó el famoso Edicto del año 301, que establecía una lista de los precios máximos  para determinados bienes y servicios. Pero como el emperador sabía que la medida acarrearía retención de mercaderías y desabastecimiento, dispuso una serie de penas para quienes se resistieran a cumplir las medidas establecidas en el edicto.  El castigo sería tanto para el que vendiera como para el que comprara por encima del precio establecido. A tales efectos se llegaron a confeccionar más de 30 listados cubriendo más de mil precios y salarios. El resultado de la aplicación de dicho edicto fue el que todos pueden imaginar. Al decir de un relato contemporáneo, “…hubo mucha sangre derramada sobre cuentas triviales e insignificantes; y la gente no llevó más provisiones al mercado, ya que no podían obtener un precio razonable por ellas y eso incrementaba la escasez tanto, que luego de que varios hubieran muerto por ella, fue dejada de lado”.

No se sabe exactamente cuánto tiempo estuvo en vigencia el Edicto de Diocleciano, pero sí se sabe que a cuatros años de sancionada la reforma monetaria, el precio del oro en términos de denarios había subido 250 %. “Diocleciano había fracasado en su intento de engañar al pueblo y en suprimir la habilidad de éste para comprar y vender como les pareciera conveniente”.

Este caso puede ser una de las tantas muestras que podemos encontrar en la historia de gobernantes que confunden las causas con las consecuencias, y que en su intento de mantener un excesivo gasto público pretenden culpar a los ciudadanos por los males que la clase dirigente crea por su falta de límites a la hora de gastar. Hoy nos encontramos en una situación de naturaleza similar a la descripta en estas líneas. Por lo visto en la obra citada, a lo largo de dos mil años, los controles de precios han fracasado en todos los lugares y épocas.

Alejandro O. Gomez se graduó de Profesor de Historia en la Universidad de Belgrano, en el Programa de Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Master of Arts in Latin American Studies por la University of Chicago y Doctor en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella.

Otra vez, precios máximos:

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 13/1/14 en: http://www.cronista.com/contenidos/2014/01/13/noticia_0036.html

Reconozco que es muy tedioso repetir conceptos archiconocidos. Desde Diocleciano en Roma, se vienen explicando los efectos nocivos que se suceden cuando los aparatos estatales intervienen en el mecanismo de precios bajo el rótulo de ‘acuerdos de precios’ o bajo cualquier otra pantalla. Como en nuestro medio estamos enredados con los tomates y otros menesteres tragicómicos, es pertinente volver sobre el asunto.
Como es sabido, el precio surge como consecuencia de la interrelación de las estructuras valorativas entre compradores y vendedores. No mide el valor puesto que éste opera en direcciones opuestas en la demanda y la oferta (si tuvieran el mismo valor no tendría lugar la transacción). Es como si se tratara de un tablero donde se indican las diversas posiciones (permanentemente cambiantes) que revelan los distintos márgenes operativos que observan los actores en el mercado al efecto de invertir o desinvertir.
Cuando el Leviatán se inmiscuye e impone un precio máximo (es decir un techo obligatorio que naturalmente es más bajo que el de mercado), inexorablemente tienen lugar varios efectos. Primero, se producirá una expansión en la demanda ya que habrá más gente que puede adquirir el bien en cuestión.
Segundo, en ese mismo instante se sucede un faltante artificial del producto puesto que por arte de magia no puede incrementarse la oferta. De allí las colas y las frustraciones debido a que hay quienes pueden comprar pero el bien no está disponible.
Tercero, en la escala de los comerciantes hay los más eficientes que cuentan con márgenes operativos mayores y los menos productivos cuyos beneficios son reducidos. Éstos últimos son los primeros en desaparecer del mercado porque entran en el terreno del quebranto.
Cuarto, se agudiza el faltante mencionado ya que no solo aumenta la demanda sino que ahora se contrae la oferta. Y quinto, se alteran los márgenes operativos del antedicho tablero situación que, al leerse señales falsas, resulta que se tiende a invertir en áreas que la gente en verdad considera menos urgentes (que aparecen relativamente con ganancias más atractivas) y se abandonan justamente los sectores que más se necesitan por deprimir sus márgenes operativos artificialmente.
Si se tiene en cuenta que habitualmente los precios máximos recaen sobre productos de primera necesidad, es en éstos sectores en los que paradójicamente se producen los primeros problemas. En la medida en que se generalizan los precios máximos, se generalizan sus efectos y se extienden las dificultades en la evaluación de proyectos, la contabilidad y el cálculo económico en general puesto que se basan en números que en ese momento le agradaron al burócrata y no en precios en el sentido técnico de la expresión.
Es justamente el problema de los precios lo que condujo al Muro de la Vergüenza y a su demolición: si no hay precios por los ataques a la propiedad privada, se pierde por completo el rumbo de la economía y se desconoce la magnitud del consumo de capital puesto que no hay forma de detectarla en ausencia de precios. Por eso hemos ilustrado antes el problema con que, en el extremo, no se sabe si conviene construir caminos con oro o con asfalto.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.