ORIGEN, CORRUPCIÓN Y ENMIENDA DEL SIGNO MONETARIO

Por Alberto Benegas Lynch (h). 

En las economías primitivas donde las transacciones eran reducidas y el aislamiento con otras sociedades era grande debido a las dificultades en la comunicación y el transporte y también debido a estados beligerantes, los intercambios se llevaban a cabo a través del trueque, esto es el cambio directo. Esta modalidad tenía sus bemoles puesto que el que tenía la mercancía A y quería la B debía recorrer tres etapas ineludibles: primero encontrar alguien que necesitara A, luego que tuviera a su disposición B y por último que estuviera dispuesto a llevar a cabo el intercambio a cierta ratio, por ejemplo, de un A por un B y no diez A por un B. Esto a veces no solo se tornaba dificultoso sino que, a veces, resultaba imposible, como por ejemplo frente a un especialista en tocar el tambor que necesita pan es poco probable que el tenedor de pan aceptara recibir una lección de tambor a cambio de su pan y así sucesivamente.

A medida que las transacciones se fueron multiplicando se percibió que resultaba más expeditivo y más fluido el cambio indirecto, este es, el realizar los intercambios a través de una mercancía de valor generalizado y luego con ella adquirir lo que se requería. Así es que se recurrió como medio común de intercambio o dinero el cacao en Centroamérica, las sedas en Persia, el ganado en Grecia (de allí la expresión medios pecuniarios), el té en Turquía, el cobre en Egipto, el hierro en África, el azúcar en la India, el tabaco en la Virginia colonial, etc. Como queda dicho, se ofrecían bienes y servicios a cambio de dinero y, a su vez, con ese dinero se compraba lo que se deseaba.

A través del tiempo se fue produciendo naturalmente un proceso de selección y reselección de medios comunes de intercambio según su durabilidad, homogeneidad y fraccionabilidad. Cuando se percibían ventajas en la utilización de cierta moneda-mercancía simplemente se la remplazaba sin que a esa altura a nadie se le ocurriera esgrimir el argumento de la “soberanía monetaria”, un disfraz para que gobernantes pudieran explotar a sus súbditos a través del denominado curso forzoso.

En  esta especie de competencia entre monedas surgieron como mejores para los propósitos monetarios el oro y la plata, el primero para transacciones de mayor valor y el segundo para intercambios de menor cuantía, por lo que era común la adopción del bimetalismo. Esto explica lo que después se bautizó como el teorema de la regresión  monetaria con la intención de mostrar el fundamento no monetario (usos industriales, comestibles y otras aplicaciones) de los usos propiamente monetarios (hago un a digresión para apuntar que esto está hoy en entredicho debido a las denominadas monedas virtuales a través de las cuales se atribuye valor especulativo al efecto de concretar arbitrajes vía los cambios en las cotizaciones).

En todo caso, para seguir con esta línea argumental debe consignarse que la gente percibió que en lugar de tener que recurrir a pesas y balanzas para cada transacción y verse obligados a analizar la pureza del metal en cada oportunidad, resultaba mejor acuñar el oro y la plata y acreditar el peso y la pureza. Las monedas prestaron un servicio adicional en este proceso.

También por razones de seguridad se comprobó que resultaba un servicio adicional en ofrecer casas de depósito (generalmente provistas por los mismos orfebres) donde se emitía un recibo por el metálico depositado. Con el tiempo esas casas se denominaron bancos y los recibos billetes bancarios (el dólar deriva de la expresión thaler acuñada por el Conde Shlik en el siglo xvi). Muchas denominaciones aluden al peso metálico como el propio peso, la libra y otras, aun en la parla convencional se habla de “plata” para hacer referencia a la moneda.

En muchos casos los gobiernos monopolizaron primero la acuñación con lo que comenzaron los primeros fraudes al recortar la cantidad de metálico y otorgarle curso forzoso a la moneda y luego monopolizaron la convertibilidad con lo que se sucedían períodos de “cierres temporarios en la conversión” que más adelante fueron definitivos con la irrupción de la banca central.

A través de los Acuerdos de Génova de 1922 la resolución ix oficializó la liquidación del patrón oro clásico (abandonado de jure durante la Primera Guerra Mundial) y se decretó el mal llamado patrón cambio oro, es decir un sistema de pseudo patrón oro que se tradujo en que las reservas de los ya constituidos bancos centrales estarían formadas por dólares y libras (esta última divisa se dejó de lado a poco andar) y estas denominaciones a su vez estarían relacionadas con el oro a una razón fija concretada en la Reserva Federal estadounidense y en el Banco de Inglaterra a requerimiento de la banca central extranjera, con un acuerdo tácito de no producir esos reclamos (solo Jacques Rueff como ministro de De Gaulle pidieron el oro para mostrar la bancarrota del sistema), lo cual produjo emisiones sin respaldo del dólar que condujo al boom de los años veinte y al crack de los años treinta.

Finalmente para reseñar muy telegráficamente la columna vertebral de la moneda, tuvo lugar Breton Woods en 1945, el doble precio del oro en 1968 y finalmente las medidas de agosto de 1971 con la consiguiente crisis de 1973 debido a los tipos de cambio fijos.

Reiteramos que la inflación es uno de los problemas económicos y sociales más graves. Es siempre producida por los aparatos estatales que con el curso forzoso y la banca central no dan salida a la gente para defenderse de ese flagelo. Es realmente llamativo que a esta altura del partido, con toda la bibliografía moderna disponible, no se haya decidido cortar amarras con los gobiernos en materia monetaria y no se haya percibido que la única razón por la cual el Leviatán administre la moneda es para succionar poder adquisitivo de la gente al efecto de financiar sus propios desbordes.

Se ha dicho que la inflación es el aumento general de precios, lo cual revela dos errores garrafales de concepto. En primer lugar, pretende aludir a la causa de la inflación la cual consiste en la expansión exógena del mercado y, en segundo término, el efecto estriba en la alteración de los precios relativos y no en un aumento general. Si produjera un incremento generalizado, no se produciría el problema central de la inflación cual es la angustia por el desequilibrio entre precios e ingresos. Si mi salario (uno de los precios) se incrementara en un 50% mensual y el resto de los precios lo hace en la misma forma, no hay problema. Eventualmente habrá que modificar las columnas en los libros de contabilidad, habrá que expandir los dígitos en las máquinas de calcular y, tal vez, acarrear el dinero en carretillas pero no hay el problema central señalado.

La alteración en los precios relativos reviste la mayor de las importancias ya que se distorsionan todas las señales en el mercado, que son las únicas que muestran donde conviene invertir y donde desinvertir en los diversos sectores con lo que se consume capital y, por ende, bajan los salarios e ingresos en términos reales puesto que las tasas de capitalización son la únicas causas del nivel de vida.

Como hemos dicho en tantas ocasiones, la banca central solo puede decidir entre uno de tres caminos posibles: a que tasa contraer, a que tasa expandir o dejar inalterada la base monetaria. Pues bien, cualquiera de los tres caminos deterioran los precios relativos respecto de lo que hubieran sido de no haber intervenido (incluso, como decimos, si los banqueros centrales deciden no modificar la base monetaria habrán desfigurado los precios relativos en relación al mayor o menor volumen de moneda que se hubiera decidido en el mercado…y si se hace lo mismo que hubiera hecho la gente en el mercado no hay razón alguna para la irrupción de la banca central ahorrándose todos los gastos administrativos correspondientes).

Más aun, una banca central independiente del secretario del tesoro o de hacienda o del Parlamento inexorablemente errará el camino debido a las razones antes apuntadas que no cambian por el hecho de recibir instrucciones o proceder autónomamente, esto no modifica la naturaleza del problema. Sin duda, que si a la existencia de la banca central se agrega el curso forzoso la situación se agrava exponencialmente ya que no deja salida a la gente para sus transacciones diarias y deben absorber quitas permanentes en su poder adquisitivo.

Conviene también precisar que la cantidad de dinero de mercado, es decir, de los activos financieros que la gente elija para sus transacciones una vez liquidada la banca central, no tienen porqué ser constantes. Esto dependerá de las respectivas valorizaciones, del mismo modo que ocurre con cualquier bien o servicio, lo cual, en nuestro caso, si se decide expandir, se trata de una expansión endógena, a diferencia de la exógena al mercado, esto es, la que ocurre debido a decisiones políticas que son el origen del problema inflacionario.

No hay tal cosa como “expectativas inflacionarias” como causas de la inflación. Se podrán tener todas las expectativas que se quieran pero si no están convalidadas por la expansión monetaria exógena, no hay inflación. Tampoco “inflación de costos” por idénticos motivos, ni inflaciones provocadas por el incremento en el precio de un bien considerado estratégico como, por ejemplo,  el petróleo ya que si aumenta el precio de este bien y no hay expansión monetaria habrá dos posibilidades: o se reduce el consumo de otros bienes si se decidiera mantener el nivel de consumo del petróleo o se debe contraer el consumo de este bien al efecto de permitir el mismo consumo de otros bienes y servicios. En todo caso, no resulta posible consumir todo lo que se venía consumiendo si el precio del petróleo se incrementó.

La errada definición que hemos comentado, además, conduce a otras dos equivocaciones técnicas. En primer lugar, el consejo para la banca central de emitir a una tasa constante similar al crecimiento económico para “permitir la previsibilidad de los actores  en el mercado”. Este consejo pasa por alto el hecho de que si la expansión “acompaña” el crecimiento económico, manteniendo los demás factores constantes, por ejemplo, se anulará el efecto de algunos precios a la baja que generan las importaciones y al alza de las exportaciones ya que la masa monetaria en un caso disminuye y en el otro aumenta y así sucesivamente.

La segunda equivocación, aun más gruesa, es que la expansión a tasa constante no trasmite previsibilidad puesto que, precisamente, los precios no se incrementan de modo uniforme, sino, como queda dicho, se alteran los precios relativos de modo que una tasa anunciada de expansión no trasmite información a determinado sector como afectará en sus precios.

Este análisis, a su vez, se traduce en el pensamiento que es posible recomponer el problema inflacionario a través de indexaciones lo cual no es correcto ya que pretendidos índices de corrección solo suben los valores absolutos en los rubros del balance, pero las distorsiones relativas se mantienen inalteradas.

A toda esta situación debe agregarse que para contar con un sistema monetario saneado debe eliminarse el sistema bancario de reserva fraccional que no solo genera producción secundaria de dinero, sino que permite que los bancos operen en un contexto de insolvencia permanente, con lo que se hace necesario implementar el free banking o el sistema de encaje total para los depósitos en cuenta corriente y equivalentes.

En este último sentido, hay un jugoso debate que viene de hace cincuenta años sobre si es mejor el free-banking (y no digo “banca libre” porque tiene otro significado ya que alude a la entrada y salida libre al sistema bancario) o la reserva total, pero en todo caso cualquiera de los dos es infinitamente mejor que la reserva fraccional que genera inflaciones y deflaciones con el apoyo de la banca central.

Resultan tragicómicos los esfuerzos y las acaloradas discusiones sobre “metas de inflación” y las correspondientes manipulaciones monetarias y cambiarias que impone la banca central, en lugar de comprender que el problema estriba en esa institución (en el medio argentino creada por el golpe fascista de los años treinta).

Como han expresado tantos economistas de gran calado, es de esperar entonces que no transcurra mucho tiempo antes de que se  perciban los inmensos daños de la banca central y el sistema bancario de reserva parcial con todas sus consecuentes políticas. Cual es el dinero que preferirá la gente dependerá de las circunstancias ya que si todo es dinero no hay dinero y preguntarse cual es la cantidad de dinero que habrá es lo mismo que interrogarse cual es la cantidad de cualquier otro bien en el mercado. No debe imponerse tal cosa como “curso forzoso” a ninguna divisa y, en esta instancia del proceso de evolución cultural, los gobiernos seleccionarán la moneda o monedas en las que cobrarán impuestos al efecto de proteger derechos. La denominada “dolarización” puede eventualmente servir solo como uno de los caminos para cerrar la banca central y entregar las reservas al público pero en ningún caso para otorgarle a esa divisa el curso forzoso. Ningún aparato estatal debe arrogarse la facultad de imponer cual es el activo monetario a que debe recurrir la gente. Esa es la manera con bancos independientes en la que se incentivan nuevas propuestas de solidez monetaria en el contexto de auditorias cruzadas y en competencia al efecto de proporcionar seguridad a los clientes, todos con la posibilidad de contratar sistemas de seguros contra posibles desvíos de lo pactado.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Capitalismo, iniciativa “privada” y propiedad

Por Gabriel Boragina Publicado el 9/9/18 en:  http://www.accionhumana.com/2018/09/capitalismo-iniciativa-privada-y.html

 

Parece mentira que siga habiendo gente que continúe diciendo que vivimos en un mundo capitalista. Lo máximo que podemos afirmar, en tal sentido, es que vivimos en un mundo que sigue disfrutando -en una muy buena medida- de los logros de una época de pleno capitalismo que, evidentemente, hoy en día ya no existe en la mayor parte del planeta, donde los estados y sus gobiernos no han parado de avanzar, aunque más disimuladamente que cuando se lo hacía a mediados del siglo pasado.
Una visión en perspectiva claramente lo indica. Pero, desde luego, también es importante que se tengan conceptos claros respecto de lo que es y no es capitalismo, ya que no para todos es lo mismo. De allí que, sea siempre significativo aclarar que nuestra idea de capitalismo es algo bastante diferente a lo que la mayoría de la gente entiende por tal término.
En una mirada retrospectiva histórica, puede afirmarse -sin temor a error- que el capitalismo jamás operó a un cien por ciento de su potencialidad. Entendemos por capitalismo un conjunto de factores, de los cuales podemos enumerar solamente algunos, por ejemplo: libertad individual, iniciativa privada, y muchos otros más. Pero, de momento, me detengo en cuanto a este requisito fundamental del capitalismo que es la iniciativa privada.
Dado que es esencial al capitalismo este “tipo” de iniciativa, va de suyo que expresiones tales como “capitalismo de estado” no pueden tener cabida dentro de las posibles caracterizaciones del capitalismo, porque si es “de estado” resulta obvio que no puede haber aquí ninguna iniciativa privada, ya que de querer hablarse de “iniciativa” (al ser “de estado”) la única “iniciativa” seria estatal. Pero henos aquí que, en ningún “estado” puede tener lugar clase alguna de iniciativa, porque toda iniciativa puede recaer nada más que en individuos, que son los únicos entes vivos poseedores de voluntad, y sin voluntad es imposible que aparezca ningún ejemplo de iniciativa. Este es uno de los tantos usos deformados de nuestro lenguaje, cuando se utilizan términos de imposible plasmación práctica, como el de “iniciativa estatal” (por evidentemente imposible) o, asimismo, el de “iniciativa privada” que es una redundancia, porque no puede existir ninguna otra clase deiniciativa que no sea -justamente- privada. De donde, se hace necesario distinguir entre iniciativa privada y estatal, habida cuenta el grado de confusión semántica y conceptual en el que vivimos.
Pero es que, no basta la iniciativa “privada” para que tengamos capitalismo, toda vez que los burócratas también actúan dentro de la esfera estatal bajo su propia iniciativa (aunque estén constreñidos por ciertas leyes) sino qué debemos agregar otro factor más, y que es que tal iniciativa privada ha de recaer sobre el destino que se la da al fruto del propio trabajo y no del trabajo ajeno, es decir, necesito (para saber que estoy dentro de un sistema capitalista) no sólo de mi iniciativa privada, sino de poder usar y disponer de lo que es mío, porque si aplico toda o parte de mi iniciativa privada a tomar, usar y disponer de lo ajeno ya no estoy dentro de un sistema capitalista, sino de otra clase, que puede ser intervencionista, o socialista/comunista. Precisamente, el estatismo se maneja de esta última manera, donde un ejército de burócratas aplica su iniciativa privada o propia al uso y disposición de bienes y fortunas ajenas.
Cuando el capitalismo operó apenas a un 30% de su capacidad, lo que es lo mismo a afirmar que la iniciativa particular (mal distinguida como privada cuando no puede haber otra forma de iniciativa que no sea la de los individuos) tuvo una libertad de acción de alrededor de ese porcentaje para usar y disponer de lo suyo, la pobreza disminuyó allí donde lo hizo. Los registros históricos confirman esto, especialmente entre los años 1780 y la primera o segunda década del siglo XX. Puede verse en la bibliografía de Mises, Hayek, Rothbard, Hazlitt, y otros autores de la Escuela Austríaca de Economía.
Estos notables efectos en un período histórico relativamente breve pueden calificarse como de verdadero milagro económico para la humanidad.
De allí que, podemos inferir que, si se le permitiera hacerlo a escalas mayores, la pobreza disminuiría de manera inversa a esa escala. La brecha se acortó. También la historia confirma que ese “estado benefactor” jamás existió. Los estados fueron y siguen siendo hoy en día intervencionistas, como antes y durante la guerra fueron totalitarios en Alemania, Italia y España entre otros. En rigor, el “estado liberal” es una contradicción en términos.
No hay rico más peligroso para el pobre que el funcionario o burócrata enquistado en el gobierno. Este rico estatal es peligroso, el otro privado no. Es al rico gobernante al que no le importa el pobre. Al otro rico (el privado) si le importa, ya que lo necesita, sea como empleado sea como cliente, sea en ambos roles.
A veces se critica a los defensores del capitalismo diciendo que queremos regresar a la “época de los terratenientes”. Pero, tales críticos deben tranquilizarse, porque no vamos a “regresar” a los tiempos de los terratenientes, puesto que estamos viviendo esos tiempos. Ya hemos regresado. Al menos, en Sudamérica ese tiempo es el tiempo de hoy. Los grandes terratenientes de la modernidad son los Estados, mediante sus legislaciones, que otorgan dádivas y privilegios de toda índole a ese ente ficticio estatal que es administrado -de tanto en tanto- por personas diferentes que pertenecen a diversos partidos políticos pero que, en base a esas legislaciones estatistas, tienen un tremendo poder sobre vidas y haciendas ajenas. Hoy en día, los estados no sólo son terratenientes, sino que también dueños de nuestros patrimonios. No sólo tienen grandes posesiones en tierras, sino también en divisas, oro y dinero. El simple hecho de pensar que solamente los gobiernos tienen la facultad legal de despojarnos del fruto de nuestro trabajo (el instrumento se denomina impuesto, forma legal de llamar a lo que es robo en cualquier otro caso) nos da la pauta que la verdadera riqueza reside en los gobiernos, pero no por derecho propio, sino por derecho impuesto, es decir por saqueo.
Sólo que en lugar de hablar de “terratenientes” tendríamos que hacerlo de “dineros tenientes”. Para salir del dominio de estos poderosos es que tenemos que volver al capitalismo.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Análisis de la guerrilla (2)

Por Gabriel Boragina Publicado  el 19/2/17 en: http://www.accionhumana.com/#!/2017/02/analisis-de-la-guerrilla-2.HTML

 

Como hubiéramos dicho antes[1] la historia de la guerrilla demostró como la misma degeneró, de ser una fuerza defensiva irregular hasta transformarse en una fuerza ofensiva (manteniendo -no obstante- su carácter de irregular).

“Los guerrilleros abundaron en las acciones de independencia americana: así Martín Güemes en Argentina, José A. Páez en Venezuela, Manuel Rodríguez en Chile. Los hubo luego en Francia ocupada (“partisans”), en los países árabes, en Rusia, en China, en Vietnam. T. E. Lawrence, Mao y el “Che” Guevara las practicaron y también adoctrinaron sobre las mismas, siguiendo las huellas de Karl von Clausewitzí (On War, 3 ed., 1940), el primer teórico militar que dedicó atención a la estrategia guerrillera.”[2]

Este párrafo hace una mezcolanza que es importante aclarar. Las guerrillas de Mao y el “Che” Guevara no tuvieron que ver con la independencia americana, ya que lo que Mao y Guevara pretendían eran dar golpes de estado mediante acciones guerrilleras, que fue lo que también hizo Fidel Castro en Cuba con lamentable éxito. Mao dio el golpe en China, pero Guevara fracasó en sus intentos de golpes en países extranjeros. En este punto, es trascendental explicar que cualquier guerrilla se deslegitima cuando inicia el uso de la fuerza, lo que claramente no ha tenido que ver con países ocupados o invadidos. La historia de la guerrilla (hasta aquí reseñada) revela que hubo una degeneración de la misma, pasando de ser una fuerza defensiva (excusable) a ser otra ofensiva (inexcusable). Así, por ejemplo, la guerrilla argentina en el siglo XX tuvo dicho sesgo ideológico marxista-maoísta-guevarista y condición claramente ofensiva, no defensiva. Ha sido el caso, particularmente del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) FAL (Fuerzas Armadas de Liberación), Montoneros (peronistas) y otras organizaciones similares a estas.

“En la actualidad, las guerrillas tienen un fuerte sustento ideológico, y tratan de arraigar en el pueblo, al que ofrecen alimentos, dinero, atención médica y distintos servicios que tienden a popularizarlas. Su organización es severamente militar, sobre la base de células pequeñas que actúan como compartimientos estancos, sin conexión inmediata entre sí, para evitar delaciones o infidencias.”[3]

Es de destacar que el autor escribe su artículo en pleno auge de la guerrilla argentina, lo que puede ser un factor de importancia a la hora de observar la notable ambigüedad de su artículo. Aunque no aclara a cuáles guerrillas -en concreto- se está refiriendo en la cita, por lo que también resulta forzoso aclarar que -siempre en el caso argentino- no se dio el intento de la guerrilla de “arraigar en el pueblo” ofreciendo “alimentos, dinero, atención médica y distintos servicios”. Por el contrario, la guerrilla argentina arremetió contra civiles y militares sin discriminación. En cambio, su organización fue –en efecto- severamente militar.

“Las armas de la guerrilla son, en principio, obtenidas de sus propios adversarios, a quienes procuran despojar. Asimismo, una guerrilla organizada siempre cuenta con posibilidades de fabricación “casera” de armamentos, explosivos y ropas, que a veces se montan en gran escala en campamentos o “santuarios”. Tales “santuarios”, que sirven para descanso, aprovisionamiento y organización, han sido, como en el caso de las fuerzas de Tito en Yugoeslavia, verdaderas catacumbas. La guerrilla, originariamente rural, se ha trasladado actualmente a las ciudades; y con frecuencia utiliza métodos sorpresivos, muy difíciles de prever, así como el sabotaje y el terror indiscriminado; y asaltos o secuestros para obtener dinero, que siempre necesita en cantidad.”[4]

En el caso de la guerrilla argentina de los años 70, se dieron todas estas combinaciones. Pero, además, es menester señalar que las organizaciones guerrilleras contaron con profusa provisión de armamento altamente sofisticado y de última generación proveniente de países extranjeros que promovían sistemáticamente la guerrilla a nivel internacional. Las fuentes de provisión de material bélico pesado procedían de la entonces existente URSS (en esa época poderosa potencia militar), Libia, al mando de Muammar El Kadafi, y -en nuestro propio continente- de Cuba con Fidel Castro a la cabeza, entre otros países de ideología afín, que adiestraban y alentaban el fenómeno guerrillero en el exterior. Montoneros, ERP, FAL, y otras facciones menores por el estilo, practicaron profusamente y con entusiasmo la metodología de secuestro, tortura y pedidos de sumas millonarias en concepto de rescate de sus víctimas.

“Existe además una permanente tendencia de los equipos guerrilleros a “regularizarse”, y algunos jefes árabes han recibido cierto “status” aún por parte de las Naciones Unidas. Las fuerzas antiguerrilleras, en cambio, pretenden siempre tratarlos como simples bandidos, que no deben recibir, pues no practican tampoco, ninguno de los beneficios de las leyes de guerra. Esa lucha es muy difícil, en parte porque cierto conservadorismo de la oficialidad regular, apegada a procedimientos tradicionales, dificulta la adopción de tácticas eficientes e imaginativas. Asimismo, porque la lucha antiguerrillera suele causar molestias a la población inocente, irritándola contra los elencos regulares (Peter Paret • John Shy, Guerrilla y contraguerrilla, Ed. J. Alvarez, B». As., 1964, que incluye La guerra de guerrillas de Ernesto Guevara).”[5]

Recordemos que el autor en examen escribe su artículo en épocas de auge guerrillero. Resulta de interés remarcar que aquel atribuye la dificultad de combatir la guerrilla al hecho de que la oficialidad regular se resiste a adoptar la misma sistemática que practicaban los guerrilleros. Se deja en claro, una vez más, que el combate contra la guerrilla se da en un estado de guerra.

“Las guerrillas han logrado éxitos importantes; sin embargo, adolecen de ciertas limitaciones. En primer lugar la constante necesidad de mantener la ofensiva, arriesgando a veces una derrota que las suprima o desprestigie; además, su carácter “secundario”, ya que normalmente sirven como elemento de apoyo, pero por sí solas son poco aptas para tomar el poder.”[6]

La guerrilla argentina estuvo a un punto de tomar el poder, pero no depusieron las armas voluntariamente. De alguna forma, la cita señala la inutilidad final de la guerrilla. Los guerrilleros expertos estaban bien conscientes de aquellas limitaciones, no obstante lo cual arremetieron cada vez con más saña. El rechazo de la población civil víctima de sus ataques y el apoyo explícito (o implícito) civil a las fuerzas armadas que contrarrestaron a los guerrilleros, fueron factores determinantes que evitaron la toma del poder por parte de estos últimos.

[1] Análisis de la guerrilla

[2] Dr. Horacio J. Sanguinetti. Voz “Guerrilla” en Enciclopedia Jurídica Omeba. Apéndice 2 Letra G

[3] Dr. Sanguinetti, H. J. Op. Cit. Ídem.

[4] Dr. Sanguinetti, H. J. Op. Cit. Ídem.

[5] Dr. Sanguinetti, H. J. Op. Cit. Ídem.

[6] Dr. Sanguinetti, H. J. Op. Cit. Ídem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Crisis de deuda: una lección de la historia

Por Alejandro O. Gomez. Publicado el 18/6/2014 en: http://opinion.infobae.com/alejandro-gomez/2014/06/18/crisis-de-deuda-una-leccion-de-la-historia/

 

Como consecuencia de la resolución de la Corte Suprema de Estados Unidos de no revisar el fallo del Juez Thomas Griesa, el gobierno se ve inmerso en un verdadero dilema sobre cómo resolver este problema sin profundizar los costos ya asumidos por su impericia o desidia. Lamentablemente, esta no es la primera vez que el país se ve inmerso en una crisis provocada por un alto endeudamiento o condiciones macroeconómicas externas poco favorables. Veamos por caso lo que sucedió durante la presidencia de Nicolás Avellaneda (1874-1880), quien debió afrontar la crisis de 1873-76.

 

Si bien es cierto que una de las principales medidas que tomó el gobierno en su oportunidad fue la de honrar la deuda pública por sobre todas las cosas, eso no fue lo único que caracterizó el accionar del gobierno nacional en esa oportunidad. Roberto Cortés Conde en su libro Dinero, Deuda y Crisis, al referirse a Avellaneda dice: “No hubo gobierno en la Argentina que, enfrentado a una drástica caída de ingresos, haya asumido, con tanta decisión, la difícil determinación de reducir los gastos.” En estas líneas se puede apreciar la primera gran diferencia entre las medidas tomadas por las autoridades actuales y Avellaneda, me refiero a la firme decisión de bajar el gasto público.

¿Por qué el país había llegado a la crisis en 1873-76? Una respuesta muy simple sería que se gastó más de lo que ingresó. Desde 1862, el país estaba organizado definitivamente como una nación unificada, pero tenía muchas tareas pendientes, ya que entre 1810 y 1860 se había consumido sus ingresos en luchas externas e internas. La labor de los llamados presidentes fundadores (Mitre, Sarmiento y Avellaneda) era la de poner en marcha el país. Para ello se recurrió al crédito público, ya que el país no había generado recursos propios. En estos primeros años (1860-1875) la deuda  pasó de 10 millones de pesos fuertes a 40 millones. Este gran ingreso de divisas incrementó notablemente la actividad económica en un país en el que estaba todo por hacerse, sobre todo en el rubro obras públicas. Según el ministro de Hacienda, 1872 fue un año de enorme progreso económico, ya que la actividad económica estaba impulsado por el empréstito de 1870.

En este marco de euforia y crecimiento constante, el problema principal estuvo dado por el aumento desmedido del gasto. La administración pública estimó una recaudación mayor de la que finalmente obtuvo. Cortés Conde señala que “los problemas financieros tuvieron su origen en la práctica de autorizar por leyes especiales y acuerdos de gabinete gastos no previstos en el presupuesto, disponiendo para ello rentas generales, que  ya estaban afectadas”. Al finalizar el año 1874, los primeros síntomas de la crisis ya se podían apreciar, los ingresos habían caído un 20% con respecto al año anterior.  En 1876, los recursos seguían cayendo, y el gobierno nacional no podía hacer frente a los gastos presupuestados. La mayor parte de los recursos provenían de las rentas de la Aduana, y estos a su vez estaban íntimamente ligados a las exportaciones, que no habían crecido al mismo ritmo que los gastos. A esto habría que sumarle la caída de los precios internacionales de los productos agropecuarios.

Este es el panorama que tiene ante sí el presidente Avellaneda. ¿Qué medidas tomaría para salir de la misma? A mediados de 1876 envía al Congreso el proyecto de ley de presupuesto. En el mismo se estima una disminución del gasto en 25%; al tiempo que se establece una reducción del 15% en todos los sueldos, pensiones, jubilaciones, retiros y comisiones, lo que complicó notablemente la situación de todos los empleados públicos. De todos modos, esto no era suficiente, ya que el gobierno tenía que hacer frente a los vencimientos de deuda de corto plazo (una gran parte de los mismos estaban relacionados con el empréstito de 1870 para obras públicas). Fue ante esta dramática situación que el presidente pronunció la conocida frase:

“La República puede estar hondamente dividida en partidos internos; pero tiene sólo un honor y un crédito como sólo tiene un nombre y una bandera ante los pueblos extraños. Hay dos millones de argentinos que economizarán sobre su hambre y su sed, para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros.”

Estas palabras nos muestran el carácter del presidente Avellaneda ante una situación de crisis. Si bien, uno de los principales problemas que enfrentó fue el de la deuda pública, no agotó sus medidas en la  renegociación de la misma, sino que buscó las causas que habían llevado a la situación de insolvencia del Estado Nacional. La respuesta la encontró en el desmedido gasto público, por este motivo dispuso la reducción del mismo en todos los sectores de la administración pública, al tiempo que renegoció el vencimiento de la deuda.

Ante situaciones de crisis extremas no alcanza con quejarse de la mala suerte o la poca predisposición negociadora de los “fondos buitres” sino que hay que demostrar qué se ha hecho en todos estos años para ser un país más confiable y digno del crédito público. Claramente se aprecia que las palabras de Avellaneda no han llegado al oído de las actuales autoridades ya que el costo del mal manejo de la deuda público es algo que no sólo afecta al gobierno si no a todos los ciudadanos del presente y del futuro.

 

Alejandro O. Gomez se graduó de Profesor de Historia en la Universidad de Belgrano, en el Programa de Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Master of Arts in Latin American Studies por la University of Chicago y Doctor en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella. Es profesor de Historia Económica en la Universidad del CEMA

El estado colgado del mercado

Por José Benegas. Pubicado el 2/8/13 en http://josebenegas.com/

En su novela más conocida, “La Rebelión de Atlas”, Ayn Rand pone en boca del personaje Francisco D´Anconia un memorable discurso sobre el dinero. Ahí explica cuál es la naturaleza moral de ese instrumento creado por el mercado llamado dinero del que los gobiernos después se apropiarían para extender su dominación. Se trata de una visión de valores opuesta a la de ese puritanismo del lucro llamado izquierda que tiene raíces religiosas:

El dinero es un instrumento de cambio, que no puede existir a menos que existan bienes producidos y hombres capaces de producirlos. El dinero es la forma material del principio que los hombres que desean tratar entre sí deben hacerlo por intercambio y dando valor por valor. El dinero no es el instrumento de mendigos que claman tu producto con lágrimas, ni el de saqueadores que te lo quitan por la fuerza. El dinero lo hacen posible sólo los hombres que producen”. En Internet puede encontrarse con facilidad la versión completa.

D´Anconia es un argentino que padece la decadencia de su país sometido al colectivismo, la omnipotencia estatal y la persecución al que produce en nombre del bienestar popular. Un país que paga con fracaso y pobreza el saqueo de sus gobernantes. Es decir a esta altura realismo puro.

Lo más hipócrita del estatismo que alimenta la culpa sobre el dinero para poder despojarnos de él y limpiarnos de pecado, es que sin dinero no iría a ningún lado. Y esto es en el fondo una dependencia total de la acción individual egoísta.

Con el apoyo de la intelectualidad parasitaria de América Latina el pensamiento anti mercado pretende convencer de que las relaciones económicas voluntarias no alcanzan, que son necesarios azotadores como secretarios de comercio o ministros de economía, para que las ovejas no nos descarriemos. Nos dicen que sin el estado el mercado colapsa y que menos mal que los políticos existen porque si no, ahogados por nuestro egoísmo (que contrasta con la generosidad de ellos) llegaríamos rápido al apocalipsis. Pero la realidad es la opuesta, sin la acción voluntaria el estado como lo conocemos no duraría 24 horas. Por eso es que el gobierno recauda dinero, en vez de obligarnos a trabajar para él de manera directa.

Si fuera verdad que para producir se necesitara la disciplina impuesta por la política, cuando no los estímulos, entonces el estado no necesitaría pagar, es decir, dar valor por valor para obtener lo que consume (desperdicia).

Sin embargo el estado no recurre a sus doctrinas para absorber los bienes y el trabajo que requiere. Ni mucho menos se fija a si mismo precios máximos a pagar para que la gente y las empresas estén dispuestas a hacer o darle algo. Recaudar le resulta fácil, se trata de un despojo, pero para conseguir ayuda o bienes debe lograr que la gente quiera hacerlo, por lo tanto paga. El estatismo que nos enseña lo peligrosa que es la voluntariedad y lo nefastas que son las ambiciones privadas, compra lo que necesita en el mercado. Su botín llamado recaudación vale gracias al mercado.

Los precios coordinan expectativas, ambiciones, recursos disponibles de gente que actúa de manera libre, sin látigos. Los precios nos aseguran que las cosas se hacen o se obtienen porque no dependen ni de la buena voluntad ni del castigo. Controlar los precios es ahuyentar a las personas y al capital (trabajo que se acumuló) que intervienen en la producción y distribución. El estado hace en cambio esto con nuestros precios porque que nosotros nos quedemos sin lo que necesitamos no le interesa mucho y encima de cualquier manera la casta que lo regentea obtiene votos de las víctimas que están más asustadas y culpabilizadas que atentas a que se las está perjudicando. Ahora, a si mismo no se aplica precios máximos, sale y compra porque además ni siquiera produce para obtener su dinero.

Incluso lo falsifica y lo hace para que la gente esté dispuesta a trabajar y darle cosas de manera voluntaria. Al final del día, hasta el estado tira por la borda sus doctrinas anti-mercado para subsistir.

Imaginemos que en vez de comprar el estado tuviera cada cosa que tiene con leyes, reglamentos y resoluciones que nos obliguen a darle en especie y hacer cosas por el, con el mismo espíritu con el que los legisladores sacan todas esas leyes estúpidas que nos dan instrucciones económicas.

El mercado,  que no es otra cosa que una abstracción que grafica la acción pacífica de la gente del modo en que Ayn Rand lo describe, es más grande que el estado. Sin el mercado el estado no dura una jornada. El problema es que nos tiene metidos en una jaula quitándonos recursos, esa vejación es sencilla y barata, es hasta ahí donde puede llegar. Pero como el ladrón que saca la pistola para quitarnos la billetera, a la hora del almuerzo es un cliente más pagando las cuentas.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

 

 

 

Intentado desentrañar el fenómeno inflacionario (I): ¿De qué depende el valor de las cosas?

Por Gabriel Gasave. Publicado el 23/3/13 en http://independent.typepad.com/elindependent/2010/03/procurando-desentra%C3%B1ar-el-fenomeno-inflacionario-i-de-qu%C3%A9-depende-el-valor-de-las-cosas.html

Iniciamos una serie de entregas destinadas a intentar explicar con la mayor sencillez posible las causas de la inflación, mal que en la actualidad con distinto grado asola gravemente a varios países de la región.

 En virtud de que tanto los diferentes gobiernos con sus habituales engaños, como diversos sectores de la opinión pública con sus teorías erróneas, argumentos falaces y el uso indebido de algunos términos, no brindan una respuesta válida y clara que posibilite comprender este fenómeno, pretendemos aproximarnos al tema desde el otro lado de la biblioteca con la esperanza de poner algo de claridad sobre el mismo.

En el entendimiento de que no tenemos otra alternativa a efectos de alcanzar nuestro propósito que ir paso a paso, es que comenzaremos analizando de qué depende el valor de los bienes para luego avocarnos en sucesivos artículos a explicar el significado y las funciones de los precios en el mercado, cómo y para qué irrumpe la moneda en las sociedades, qué ha ocurrido con ella una vez que su manejo se convirtió en un atributo discrecional del poder gubernamental y cuál es la verdadera causa de la inflación.

El valor de los bienes

El del valor ha sido desde siempre para la teoría económica uno de los puntos más relevantes a resolver. ¿De qué depende el valor de las cosas? ¿En dónde radica la fuente u origen del valor?

Es importante destacar que aquí estamos refiriéndonos al concepto de valor como el grado de satisfacción que una cosa o un bien nos brinda y no como sinónimo de costo o precio.

Aunque habitualmente se utilicen expresiones tales como ¿cuánto vale esa casa? a efectos de indicar que lo que deseamos saber es su precio en el mercado, no es ese el sentido de la palabra valor aquí.

Como veremos, el valor es algo previo al precio. Existe un precio para una bien debido a que previamente el mismo ha sido valorado.

A lo largo de la historia del pensamiento económico, se han ofrecido básicamente dos grandes tipos de respuestas a estos interrogantes, los que pueden agruparse en: a) las teorías objetivas del valor y b) la teoría subjetiva del valor.

a) Teorías objetivas del valor

Intentan descubrir qué característica o rasgo presente en las cosas constituye la fuente del valor. Sostienen que el valor se encuentra en las cosas y según la corriente de pensamiento correspondiente, esas características han sido la escasez, la utilidad, los costos de producción y el trabajo.

– Teoría de la escasez: Considera a la escasez como la fuente u origen del valor. Sin embargo, vemos que este rasgo no aporta ninguna solución. Existen infinidad de cosas que son escasas en nuestras vidas, pero que carecen de valor.

Si pensamos en las antiguas maquinas de telex, los televisores blanco y negro, los primigenios teléfonos celulares, para no mencionar a los carruajes tirados por caballos, notamos que todos ellos son hoy en día sumamente escasos, pero no por eso se han vuelto más valiosos.

En definitiva, al afirmar que algo es escaso debemos preguntarnos ¿para quién?.

– Teoría de la utilidad: Con respecto a la utilidad ocurre lo mismo que con la escasez. Por sí sola, esa característica que puede a llegar a tener un bien no nos resuelve el problema, es decir no nos explica la realidad, que es a lo que una sana teoría debe apuntar.

Por ejemplo, tal vez no exista nada más útil para nuestra vida que el agua potable, pero no obstante ello su provisión no es algo que nos preocupe de manera constante y a lo que le damos gran valor en circunstancias normales. Es más, a diario valoramos más otro tipo de bebidas menos saludables y esenciales que ella. Distinto es si nos encontramos intentando realizar una caminata a través del desierto de Atacama o emprendiendo una travesía a través del océano, circunstancias en las que el liquido elemento será sumamente apreciado.

Por tal motivo, cuando decimos que una cosa es útil hay dos interrogantes que deben ser respondidos ¿útil para quién? y ¿en qué circunstancias?.

– Teoría de los costos de producción: Intenta explicar el origen del valor de los bienes en virtud de los costos de producción de los mismos. Esta teoría tampoco nos ayuda dilucidar el problema del valor.

Imaginemos el caso de alguien que gasta varios miles de dólares en comprar los mejores y más refinados elementos necesarios para pintar un cuadro. Si carece de talento, por más que le pruebe fehacientemente a quien contempla su obra cuáles han sido los costos que afrontó para su realización y aunque incluso le exhiba las correspondientes facturas, nadie por el mero hecho de contar con esa información ha de valorar dicha creación.

Posiblemente, un mero garabato dibujado sobre la servilleta de un bar realizado por alguien talentoso, con apenas centavos como costo, será más valorado que la obra pictórica de nuestro ejemplo.

En conclusión, los costos de producir una cosa no determinan su valor. Si la misma no representa algo para alguien, no vale nada.

– Teoría del valor-trabajo: Lo mismo que hemos expresado con relación a los costos de producción se aplica respecto del trabajo.

Siguiendo con nuestro ejemplo del cuadro, supongamos que además de los elevados costos en los que incurrió el artista, la obra le haya insumido tres años para terminarla. El esfuerzo invertido durante ese lapso no significa que la obra será luego de manera automática valiosa para alguien. Puede valer mucho más para el admirador de un artista o deportista famoso su autógrafo estampado en un simple trozo de papel, faena que posiblemente no le llevó más de 10 segundos, que el cuadro de nuestro aspirante a pintor con sus 36 meses “incorporados”.

¿Por qué sucede esto? Sencillamente porque el trabajo no es fuente de valor. Es más, diríamos que el valor es anterior al trabajo, ya que dedicamos esfuerzo a aquellas cosas que previamente valoramos. A la hora de valorar o no un bien, nos es indiferente la cantidad de horas de trabajo (el trabajo “socialmente necesario” en palabras de Marx) que el mismo precisó para su concreción.

b) La teoría subjetiva del valor

Vemos como aquellas cuatro teorías que resumimos muy rápidamente eran de carácter objetivo, es decir que según ellas el valor era algo intrínseco a las cosas.

Recién alrededor del año 1870, un grupo de intelectuales de la Universidad de Viena, algunos de los cuales dieron luego origen a la corriente de pensamiento que se conoció como la Escuela Austriaca de Economía, descubrió que el origen o la fuente del valor de las cosas no se encuentra en ellas, sino en la persona que en un determinado momento debe juzgar la relevancia de la misma para él o ella.

Ellos se referían a la utilidad y la escasez como algo subjetivo. Subjetivo significa en este caso la utilidad y la escasez que determinada cosa tiene para una determinada persona en una determinada circunstancia.

Ambas cualidades, la utilidad y la escasez en su carácter subjetivo, deben estar presentes para que un bien sea valorado.

Todo lo que nosotros valoramos es útil y es escaso. ¿Para quién y cuándo? Para nosotros y en este preciso instante.

Volviendo a nuestro ejemplo de más arriba, cuando estoy caminando en el desierto o navegando en altamar, el agua potable además de útil también se vuelve escasa, por lo tanto un litro de ella resulta muy valioso para mí en esas circunstancias.

¿Qué valor podría tener el autógrafo de una estrella de la NBA para una anciana que vive en un pueblito perdido en medio del Mato Grosso? Ninguno. El autógrafo indudablemente sería algo escaso para ella, pues no cuenta con otro, pero no sería útil, no le representaría nada. Distinto sería si se lo exhibimos a un niño de Nueva Jersey o Inglewood, para quien además de “escaso” ese autógrafo también será “útil”. De igual manera, el mejor de los equipos de música carecería de valor para una persona que no puede oír, lo mismo que el más sofisticado de los televisores LCD para alguien que haya perdido la vista.

Es de destacar que estos pensadores descubrieron la subjetividad del valor, no la inventaron. Las leyes económicas solamente pueden descubrirse observando la naturaleza humana. Lamentablemente muchos, tal como los mercantilistas de los siglos 16 y 17, aún hoy consideran que esas leyes dependen exclusivamente de la voluntad de las mayorías o de la autoridad de quien circunstancialmente detenta el mando. Para ellos, las leyes económicas se inventan

Asimismo, aceptar la Teoría subjetiva del valor no implica sostener que dado que los valores son subjetivos, entonces todas nuestras opciones serán acertadas e infalibles y que nunca cometemos errores.

No significa tampoco que “todo es según el cristal con que se mire” y que la realidad esté determinada por nuestros gustos, caprichos y preferencias.

La Teoría subjetiva del valor tan solo explica de qué manera los seres humanos valoramos. Lo sensato y racional es tener presente que existe un valor por encima de todos los demás que es el de la vida humana. Así, siempre que valoremos algo tendríamos que tener en cuenta si ese algo ayuda a nuestra vida o si en cambio la amenaza, es decir si es bueno o malo para ella.

Tan trascendental ha sido el aporte austriaco a la dilucidación del problema del valor, que a modo de anécdota podemos señalar que para algunos su irrupción fue el motivo por el cual Marx decidió no publicar los dos últimos tomos de su obra El Capital, dado que veía derrumbada la falacia del trabajo como fuente de valor, base de toda su teoría, siendo finalmente su amigo Engels el encargado de hacer conocer esos escritos entre 1885 y 1894.

La utilidad marginal

Junto con la Teoría subjetiva del valor, el descubrimiento de la Ley de la utilidad marginal ha sido otro gran aporte a la ciencia económica que hiciera la Escuela Austriaca de Economía. Es por eso que a esta escuela también se la conoce como la Escuela Marginalista.

Se preguntará usted por qué diablos nos ponemos a analizar aquí la Ley de la utilidad marginal si lo que procuramos demostrar es qué causa la inflación. Le aseguro que no se trata de un capricho ni de algo fuera de contexto. Si realmente pretendemos llegar a comprender las causas de la inflación, su análisis es de gran relevancia.

Hasta aquí sabemos que el valor de los bienes es subjetivo y que depende de la utilidad y de la escasez pero desde un punto de vista individual, es decir, para una determinada persona en una determinada situación.

Una vez que valoramos un bien, por ser útil y escaso para nosotros en ese instante, ¿qué ocurre con esa valoración cuando de ese bien tenemos varias unidades disponibles? Aquí es donde aparece la cuestión de la utilidad marginal de ese bien.

Utilizaremos un ejemplo similar al que daba Carl Menger, pionero de la Escuela Austriaca. Imaginemos que un campesino para hacer frente a sus siempre infinitas necesidades, el único bien o recurso con que cuenta son cinco bolsas de trigo.

Esas bolsas de trigo son idénticas, exactamente iguales y brindan la misma satisfacción. Simplemente las enumeramos a fin de poder distinguirlas.

Bolsas de trigo

Lo que hará el campesino es lo mismo que hacemos cada uno de nosotros a cada instante. Tenemos “x cantidad de billetes en nuestro bolsillo (medios) e infinitas necesidades (fines). Por lo tanto, debemos establecer un orden, una jerarquía, entre nuestras necesidades para determinar cuáles son las más urgentes e importantes, y asignarles esos “x” billetes de los que disponemos.

En esa lista imaginaria estableceremos de manera decreciente, según nuestras prioridades, cuál será nuestra primera necesidad (la más importante), la segunda, la tercera y así sucesivamente.

Este orden de prioridades es eminentemente subjetivo y personal y a la vez siempre dinámico.

Por ejemplo, podría ocurrir que al salir de su casa por la mañana alguien pensase en ir por la noche al cine, siendo esta su máxima prioridad en ese momento. Si en la mitad de la tarde esa persona cayese enferma, el orden de su lista de prioridades cambiaría de repente y el dinero destinado a la entrada ahora lo deberá utilizar para adquirir medicamentos. La importantísima necesidad de ver una película a las 9 am fue reemplazada a las 4 pm por la de curarse lo más pronto posible.

Constantemente en nuestra vida tenemos instantes en los cuales un acontecimiento inesperado cambia de un plumazo todas nuestras prioridades, haciendo que lo que hasta entonces era algo primordial se convierta en segundos en una nimiedad.

Volvamos a nuestro ejemplo. Supongamos que en el caso del campesino su primera necesidad, la más imperiosa, sea la de alimentarse. Por lo tanto, decide emplear a las Bolsas 1 y 2 para destinarlas a ese fin. Consideremos que su segunda necesidad es la de beber, y que entonces usará a la Bolsa 3 para la destilación de alguna bebida. Su tercera necesidad imaginemos que es la de distraerse, motivo por el cual destinará a la Bolsa 4 para alimentar a unos pajarracos que habitan la zona y lo mantienen entretenido durante buena parte del día. Finalmente, para él es importante contar con una reserva por si algo le ocurriese a las otras cuatro bolsas o para eventualmente intercambiarla por algún otro bien si el día de mañana llegase a cruzarse con alguien. Así es que a la Bolsa 5 la empleará con esa finalidad.

Bolsas de trigo - necesidades

Si el campesino tan solo contase con una bolsa de trigo, ¿a qué la destinaría?: A su alimentación, en virtud de que esa es su necesidad más importante.

Y si en lugar de cinco bolsas de trigo tuviese cuatro, ¿qué necesidad dejaría de satisfacer? La última obviamente. Si sus prioridades siguen siendo las mismas y de cinco bolsas le quedan cuatro, deberá privarse de tener una reserva “por las dudas”.

Esa necesidad era la última dentro de su escala valorativa, la que se encuentra “en el margen” y a la unidad destinada a satisfacerla (en el ejemplo la Bolsa 5) la denominamos unidad marginal.

Las cinco bolsas de trigo idénticas van a tener para el campesino un idéntico valor, pero ese valor análogo estará dado por lo que subjetivamente representa para él la satisfacción de su necesidad menos importante, más remota, más “marginal”, en su lista de prioridades. En el ejemplo, en función de lo que para él representa la Bolsa 5-con la cual satisface su necesidad menos importante-le asignará valor al lote completo de bolsas a su disposición.

No es que la Bolsa 3 valga menos que la 2 o que la 1 vale más que la 4. Recordemos que las mismas son exactamente iguales, que las que son distintas y en orden de importancia decreciente son las necesidades que con ellas satisface.

Y si el número de unidades se incrementase y el campesino pasase a tener a su disposición más de cinco bolsas de trigo ¿qué ocurre?

En ese caso, el valor para él de la unidad marginal será cada vez menor, dado que con esas nuevas unidades podrá comenzar a satisfacer necesidades cada vez menos importantes dentro de su escala de valores.

Así es que si en lugar de 5 bolsas tuviese 500, la necesidad que va satisfacer con la bolsa 500 es menos importante que aquella que atiende mediante el empleo de la bolsa 5.

De esta forma, la Ley de la utilidad marginal nos dirá que a medida que aumenta la cantidad de unidades de un mismo bien (al que valoramos subjetivamente según la dupla utilidad-escasez), el valor de la unidad marginal será cada vez menor. Y como el valor de cada una de las unidades es igual al valor de la unidad marginal, tenemos que si aumenta el número de unidades, el valor de cada unidad es menor.

Resumiendo, conforme la Ley de la utilidad marginal el valor de un bien es inversamente proporcional al número de unidades disponibles del mismo. En otras palabras, cuanto más tenemos de algo, menos vale para nosotros.

Téngase presente esta última definición. Si la entendemos correctamente, habremos dado un gran paso para empezar a entender el fenómeno de la inflación monetaria.

Continuará.

Gabriel Gasave es investigador para el  Center on Global Prosperity del The Independent Institute. Se graduó de Abogado en la Universidad de Buenos Aires, estudió Ciencias Políticas en Lock Haven State College en Pennsylvania, Y realizó una maestría en Economía y Administración en ESEADE. Ha sido secretario académico  de ESEADE.