La conjetura interpretable o de la filosofía pura

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 16/2/20 en: http://bactriana.com/la-conjetura-interpretable-la-filosofia-pura/?fbclid=IwAR3caVbt44VBRlKaqzgSlsPf-2W1668dTCFG8i9eymxojbjE0hCMO3KJSeo

 

Ante estas cuestiones, no tenemos más que aceptar la noción de conjetura interpretativa para la intentio auctoris, que puede tener diversos grados de certeza.

Habíamos dicho que la hermenéutica es perfectamente compatible con la verdad y la certeza, que tiene que ver con habitar un mundo. Yo puedo decir «el decano del departamento de filosofía depende en última instancia del rector de la universidad» y puede ser perfectamente verdadero y cierto dado que habito ese mundo, estoy en él y lo «digo». ¿Pero se puede decir lo mismo con respecto a habitar el mundo del autor? Ya vimos que no, porque no somos el autor. Pero cuanto más habite yo el mundo del autor, más cercano estaré a la intentio auctoris. Habitar el mundo del autor es ir a su «yo y circunstancias» y por eso Ortega pudo escribir su ‘En torno a Galileo’, donde el «en torno a» significaba ese habitar (que es lo que no se hace cuando se dice «Galileo dijo que…» sin explicar por qué lo dijo).

La conjetura interpretativa no debe confundirse con «lo que me dijo a mí el autor», porque ello, que a veces puede ser lo más importante y definitorio, es la intentio lectoris. Varias veces yo he trabajado autores diciendo «qué elementos tomo de…», pero para construir mi propia teoría. Ello, sin embargo, implica que mi conjetura sobre lo que el autor quiso decir tiene que ser lo más cercana a su mundo. O sea, desde mi horizonte, desde mis pre-conceptos positivos, ir al de él, habitarlo, luego volver y hablar a mi lector, sobre lo que yo pienso sobre la base de lo que él pensó.

Para que la conjetura sea lo más cercana al mundo del autor, hay que responderse las siguientes preguntas:

– ¿Qué problema estaba tratando de resolver el autor?
¿Sobre qué horizonte histórico de problemas trabajaba?
– A partir de allí, evitaremos decir el qué sin decir el porqué, lo cual es imposible en un sentido profundo de qué dijo como comprensión, aunque posible con la analogía de tocar las notas sin comprender la melodía, o hablar desde el contexto sintáctico-semántico sin el pragmático.

Eso es, al hablar del autor diremos «dado que…» (horizonte de problemas), entonces respondió… que).

– ¿Cuál es el núcleo central del autor?

– ¿Cuál es su «protoplasma»?

Veamos estas dos últimas preguntas.

El núcleo central es lo estrictamente original del autor. Es su aporte clave. Es «lo que fundamentalmente vio».

Veamos, por ejemplo, el caso de Popper. Uno, ¿cuál era el horizonte de sus problemas? Esto es: ¿a quién estaba respondiendo? ¿Con quiénes estaba «discutiendo»? ¿Con los agustinistas? ¿Con los tomistas? No, con los neopositivistas. ¿Y qué les respondió? Que su criterio de demarcación era erróneo. ¿Y qué dijo entonces? Que el criterio de demarcación era la falsación. O sea, afirmó la falsación porque estaba debatiendo el criterio de demarcación con los neopositivistas.

No digo que esto sea tan sencillo, digo más o menos cómo debemos proceder. Ese es su núcleo central.
Una vez que identificamos su núcleo central, pueden venir otras preguntas. Por ejemplo, ¿estamos de acuerdo con ese núcleo, en todo o en parte? ¿Qué me aporta a mí ese núcleo? ¿Cuáles son sus consecuencias no intentadas? ¿Qué se le puede criticar? Pero si el núcleo central está mal identificado, todas esas posteriores respuestas estarán mal planteadas. Es coherente, por ejemplo, que Adorno haya estado en desacuerdo con Popper, porque Adorno identificó bien ese núcleo central y fue eso lo que rechazó comparándolo con su núcleo central. Esto es, el núcleo central de Popper estaba inscrito en un método hipotético deductivo que desde Adorno era parte de la noción de dominio de la razón instrumental y que por eso debía ser rechazado desde un ideal emancipatorio de la razón. Pero cuando un tomista rechaza la falsabilidad popperiana porque no está de acuerdo con lo que Popper dijo sobre metafísica, sobre Dios, sobre la inmortalidad del alma, sobre el libre albedrío o sobre su interpretación de Platón o Aristóteles, entonces está errando en la interpretación de su núcleo central. Porque nada de ello es su núcleo. Yo puedo estar en desacuerdo con lo que Hawking haya dicho de la existencia de Dios, pero ello no refuta sus teorías del universo en expansión, que son tal vez su núcleo central. Ello implica que al lado del núcleo puede haber un protoplasma. Un autor es una célula de afortunado caos e incoherencia, sobre todo, cuantos más son los temas de los que ha hablado. Pero su ADN está en su núcleo.
Sus protoplasmas pueden ser diversos, coherentes, incoherentes entre ellos o con el núcleo, más cercanos o más alejados de él, etc., pero no afectan al núcleo. Ello quiere decir que ese núcleo puede ser trasladado a otro lugar y dar frutos igual que un ADN celular en otra célula. Si sale un monstruo o no, ello depende de la habilidad de ese cirujano que es el lector.

Siguiendo con la analogía lakatosiana del núcleo central, su riqueza es proporcional a las hipótesis ad hoc coherentes con las cuales ese núcleo puede defender y a la vez expandirse a otros ámbitos. O sea, la riqueza del núcleo central puede ser su ventaja y a la vez su problema: tiende a ser «imperialista», tiende a «expandirse a otros ámbitos» precisamente porque su riqueza teorética le permite hacerlo, pero, a la vez, corre el riesgo de extrapolar indebidamente sus conclusiones, o sea, ir hacia lugares a los cuales llega solo negando otros ámbitos. El gran ejemplo de esto es Freud, cuando desde el núcleo central de su teoría de la neurosis (perfectamente apta para tratar acertadamente a un paciente, aunque no a todos en todo) se expande a la explicación del origen del judeocristianismo.
Lo interesante es que no lo hace incoherentemente, sino con la capacidad de expansión de su núcleo. La horda primitiva mata al padre, tiene culpa, le erigen el totem, surge el súper yo, la pulsión de vida se dirige a las hembras exogámicas, surge el tabú del incesto, y todo ello explicaría Dios, los mandamientos, el pecado original, la culpa, etc.

Claro, no es eso el cristianismo, pero puede ser explicado así porque el núcleo «da» para ello.
Refutar a Freud no es, entonces, decir que eso no es el cristianismo. Es obvio que el cristianismo no es eso, pero el núcleo central de Freud no es su noción del cristianismo. Refutar a Freud es negar que el inconsciente sea o exista tal cual él lo explica, y para ello se necesita una teoría de igual riqueza teorética.

Puede ser que estemos en desacuerdo con el núcleo central de un autor, pero aun así debemos reconocer su riqueza teórica, en generar en sus lectores y discípulos hipótesis ad hoc permanentes. Marx es un buen ejemplo de ello. Yo creo que su núcleo central es la dialéctica hegeliana convertida en una dialéctica materialista de la historia humana mediante su teoría de la explotación. Si me equivoco, será un caso de «autor hipotético». Pero ese núcleo central es fuente de innumerables hipótesis ad hoc y reinterpretaciones a lo largo del tiempo con el mismo esquema, cambiando contenidos. Lakatos lo ve como un caso de regresividad del núcleo central. Yo, no tanto. Los «nuevos colectivos explotados» se siguen reproduciendo, pero no arbitrariamente, sino coherentemente con ese núcleo. Antes, los explotados eran los obreros. Ahora son las mujeres, los indígenas, los gais, los trans, y el capitalismo se asocia con el heteropatriarcado blanco. Puede no divertirnos, pero sigue siendo Marx. Sigue siendo su riqueza. ¿Se le puede refutar? Claro que sí, pero no es fácil: hay que salir de Hegel e ir hacia el individuo, la persona individual (santo Tomás, Husserl), al individualismo metodológico y a la refutación de la teoría de la plusvalía de Marx: MengerBohm BawerkMisesHayek. No es nada fácil y por eso muchos que dicen ser no marxistas porque no coinciden con su materialismo, adoptan su teoría de la plusvalía: con ello su dialéctica y con ello su núcleo central de tal modo que, o viven felizmente
en la incoherencia, como casi todos, o se hacen totalmente marxistas. No se puede escapar. Es Hegel. O sales de él o entras en él, pero no hay medias tintas.
Las hipótesis ad hoc a veces se mezclan con las consecuencias no intentadas, pero se pueden diferenciar con el paso de la historia. La hipótesis ad hoc de Descartes para explicar la comunicación entre las dos res fue muy débil (la glándula pineal) pero una de sus principales consecuencias no intentadas es que hasta hoy se sigue hablando de «conciencia» para los problemas mente-cuerpo o mente-cerebro. Descartes sigue vivo.

Las consecuencias no intentadas tienen que ver con lo que Popper llamaba el mundo, el mundo de las teorías en sí mismas. La teoría nunca puede estar «suelta» de ningún mundo, pero sí puede soltarse del mundo del autor y ser adoptada por el mundo del lector, en cierta medida, sin que el autor pueda hacer nada al respecto. Ningún problema con ello; sucede todo el tiempo, y por eso hay autores «clásicos»: porque siempre va a producir consecuencias en el horizonte de los lectores. Claro, eso produce grandes malentendidos cuando los lectores no saben diferenciar entre ellos y el autor, pero ni autor ni lector tienen, en general, conciencia teorética del tema hermenéutico. La mayor vergüenza es que muchas veces los filósofos no tienen conciencia de ello.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

LA DICTADURA DE LA RAZÓN INSTRUMENTAL POSITIVISTA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 4/3/19 en:  http://gzanotti.blogspot.com/2019/03/la-dictadura-de-la-razon-instrumental.html

 

(Ultimo punto del cap. 5 de “La hermenéutica como el humano conocimiento”, https://www.amazon.es/hermen%C3%A9utica-como-humano-conocimiento/dp/1733548300)

Como podemos ver, el positivismo, el hijo dilecto del Iluminismo, ha penetrado toda nuestra cultura, y el post-modernismo, con su desprecio a su razón, no hace más que retroalimentarlo. Ciencia, ciencias sociales, comunicación social, educación, organización curricular: todo, sencillamente todo, inundado por la razón instrumental. La racionalización del mundo de la vida, denunciada por Habermas, se ha cumplido perfectamente.

Pero el problema más grave consiste en su traslado a la estructura política. Comenzó cuando los estados-nación iluministas comenzaron a distinguir entre la medicina legal e ilegal, en sistema educativo “oficial” y el que no. Ahora bien, en una sociedad libre, cuando un paradigma dominante entra en crisis, podemos optar libremente por el alternativo, aunque no sea sencillo. Pero en una sociedad donde el paradigma dominante está unido al poder del estado, estamos encerrados. El estado iluminista convierte en delito al paradigma alternativo. Y hoy el paradigma dominante, a pesar de todo el parloteo postmoderno, es el positivismo. Porque el postmodernismo vive y se enseña en el sistema educativo formal estatal, el sancionado en el pacto de Bolonia. Quedan algunos espacios de libertad pero claro, hay que “acreditar”, hay que “ranquear” (qué horror) a las universidades y comienza entonces la lógica de una espiral asfixiante. Se habla mucho de diversidad pero se la entiende al modo de la dialéctica hegeliana, como “colectivos explotados” a los cuales estos estados deben compensar.  No se concibe la libertad del individuo. Por eso no se entiende qué es la libertad de enseñanza, como única salida para crear propuestas de crecimiento personal bajo paradigmas alternativos a las formas positivistas de pensar. Casi todos pasan por la primaria, la secundaria y la formación de grado positivista, con el modelo educativo memorístico y repetitivo, con notas como premios y castigos, y luego, coherentemente, todos se asombran de todo lo escrito en este libro. Circulan nuevas propuestas pedagógicas pero luego se termina tratando de adoptarlas a la estructura del “aula” de fines del s. XIX. No hay salida. Es la peor de las dictaduras: la de las masas alienadas y felices, incapaces totalmente de conocimiento, esto es, de creatividad y pensamiento crítico.

No tenemos más que terminar este libro como Adorno y Horkheimer terminaron el suyo del 44: “….Si el discurso de hoy debe dirigirse a alguien, no es a las denominadas masas ni al individuo, que es impotente, sino más bien a un testigo imaginario, a quien se lo dejamos en herencia para que no perezca enteramente con nosotros[1]

[1] La dialéctica de la Ilustración, op.cit.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

LA ASOMBROSA ACEPTACIÓN DEL MARXISMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Jean-Paul Sartre ha escrito que el marxismo todo lo impregna. A pesar de los estrepitosos fracasos, de la pobreza y miseria que generó y genera y de las horrendas matanzas y espeluznantes hambrunas que ha causado, a pesar de todo esto sus preceptos medulares siguen en pie y con variadas etiquetas se lo sigue aceptando.

 

Un buen número de intelectuales se dejaron seducir por el marxismo que recién abandonaron una vez que comprobaron de primera mano los desastres irreversibles que produce. Hoy se suele renegar de la etiqueta marxista pero se adoptan y suscriben buena parte de sus recetas, lo cual está presente en aulas universitarias, en círculos sindicales, en medios periodísticos, en ámbitos empresarios, en iglesias, en organismos internacionales financiados por gobiernos, en un número nada despreciable de los libros publicados. Incluso los hay quienes se proclaman abiertamente anti-marxistas pero incorporan sus principios.

 

Ha habido y hay fervientes revisionistas que objetan distintos aspectos del marxismo pero vuelven una y otra vez a sus ejes centrales. Aparecen marxistas edulcorados que rechazan enfáticamente la violencia sin percatarse que está en la naturaleza de todo régimen totalitario el uso sistemático de la fuerza al efecto de torcer voluntades que pretenden operar en direcciones distintas a las impuestas por los mandones de turno.

 

También ha habido casos de extraordinarios escritores que han demostrado gran disgusto por todo tipo de abusos de poder pero muy paradójicamente se han declarado comunistas, como es el caso de Tolstoi, especialmente en sus trabajos menos conocidos pero muy sustanciosos, a diferencia de Dostoievsky quien recibió influencias bienhechoras de los dos profesionales rusos becados en la cátedra de Adam Smith. Debido al sistema de privilegios que lo rodeaba, Tolstoi consideraba que la institución de la propiedad privada provenía del otorgamiento de prebendas. Tolstoi, a diferencia de Dostoievsky, no se interiorizó del rol de la propiedad privada como esenciadísimo al efecto de asignarla en las manos más eficientes para atender las demandas de la gente a través del sistema de ganancias y pérdidas.

 

En el tercer capítulo del Manifiesto Comunista escrito en 1848 por Marx y Engels se consigna el aspecto central de su tesis “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada”. Si no hay propiedad privada, no hay precios, ergo, no hay posibilidad de contabilidad, evaluación de proyectos o cálculo económico. Por tanto, no existen guías para asignar eficientemente los siempre escasos recursos y, consecuentemente, no es posible conocer en que grado se consume capital. Y conviene enfatizar que los daños se producen en la medida en que se afecte la propiedad sin necesidad de abolirla.

A este enjambre crucial imposible de resolver dentro del sistema, se agrega el historicismo inherente al marxismo, contradictorio por cierto puesto que si las cosas son inexorables no habría necesidad de ayudarlas con revoluciones de ninguna especie. También es contradictorio su materialismo dialéctico que sostiene que todas las ideas derivan de las estructuras puramente materiales en procesos hegelianos de tesis, antítesis y síntesis ya que, entonces, en rigor, no tiene sentido elaborar las ideas sustentadas por el marxismo.

Esta dialéctica hegeliana aplicada a las relaciones de producción pretende dar sustento al proceso de lucha de clases. En este contexto Marx fundó su teoría del polilogismo, es decir, que la clase burguesa tiene una estructura lógica diferente de la de la clase proletaria, aunque nunca explicó en que consistían las ilaciones lógicas distintas ni como se modificaban cuando un proletario se ganaba la lotería ni cuando un burgués es arruinado y en que consiste la estructura lógica de un hijo de un proletario y una burguesa.

Las contradicciones son aún mayores si se toman los tres  pronósticos más sonados de Marx. En primer lugar que la revolución comunista se originaría en el núcleo de los países con mayor desarrollo capitalista y, en cambio, tuvo lugar en la Rusia zarista. En segundo término, que las revoluciones comunistas aparecerían en las familias obreras cuando todas surgieron en el seno de intelectuales-burgueses. Por último, pronosticó que la propiedad estaría cada vez más concentrada en pocas manos y solamente las sociedades por acciones produjeron una dispersión colosal de la propiedad tal como en un contexto más amplio hoy explican autores como Anthony de Jasay cuando critican a Thomas Piketty.

En este muy apretado resumen periodístico, cabe mencionar que la visión errada de Marx respecto a la teoría del valor-trabajo dio lugar a la noción de la plusvalía. Aquella concepción sostenía que el trabajo genera valor sin percatarse que las cosas se las produce (se las trabaja) porque se les asigna valor y no tienen valor por el mero hecho de acumular esfuerzos (por más que se haya querido disimular el fiasco con aquella expresión hueca del “trabajo socialmente necesario”).

En el primer libro que Marx y Engels escribieron juntos publicado en 1845, La sagrada familia. Crítica de la crítica crítica aluden a estudios realizados por Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egbert. La obra contiene muchas aristas pero la que ahora subrayo es el materialismo de Marx (determinismo físico según la terminología popperiana) ya puesto en evidencia en su tesis doctoral sobre Demócrito.

Lenin era más sagaz que sus maestros ya que nunca creyó que el llamado proletariado podía dirigir y mucho menos gobernar una revolución (ni en ninguna circunstancia). Por eso escribió lo que aparece en el quinto tomo de sus obras completas en el sentido que “no es el proletariado sino la intelligentsia burguesa: el socialismo contemporáneo ha nacido en las cabezas de miembros individuales de esta clase”. Por esto también es que Paul Johnson en su Historia del mundo moderno destaca que “Lenin nunca visitó una fábrica ni pisó una granja”.

Curiosa es en verdad la noción de los marxistas sobre la división del trabajo: Marx y Engels consignan en La ideología alemana que “en una sociedad comunista, en la que nadie tenga una esfera exclusiva de actividad sino que cada uno pueda formarse en cualquier sector que desee, la sociedad regula la producción general y por tanto me hace posible hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al atardecer, criticar después de cenar, como me apetezca, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico”.

A pesar de esta visión idílica, la violencia está indisolublemente atada al marxismo. Por esto es que en el antedicho Manifiesto comunista declara que “no pueden alcanzar los objetivos más que destruyendo por la violencia el antiguo orden social”. Por esto es que Marx en Las luchas de clases en Francia en 1850 y al año siguiente en 18 de Brumario condena enfáticamente las propuestas de establecer socialismos voluntarios como islotes en el contexto de una sociedad abierta. Por eso es que Engles también condena a los que consideran a la violencia sistemática como algo inconveniente, tal como ocurrió, por ejemplo, en el caso de Eugen Dühring por lo que Engels escribió El Antidühring en donde subraya el “alto vuelo moral y espiritual” de la violencia.

Lo dicho no va en desmedro de la conjetura respecto a la honestidad intelectual de Marx en cuanto a que su tesis de la plusvalía y la consiguiente explotación no la reivindicó una vez aparecida la teoría subjetiva del valor expuesta por Carl Menger en 1870 que echaba por tierra con la teoría del valor-trabajo marxista. Por ello es que después de publicado el primer tomo de El capital en 1867 no publicó más sobre el tema, a pesar de que tenía redactados los otros dos tomos de esa obra tal como nos informa Engels en la introducción al segundo tomo veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. A pesar de contar con 49 años de edad cuando publicó el primer tomo y a pesar de ser un escritor muy prolífico se abstuvo de publicar sobre el tema central de su tesis de la explotación y solo publicó dos trabajos adicionales: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de Paris.

Parte de la  tesis de esta nota estriba en que, mal que les pese a “los progres” y a los “fachos”, la manía de identificar una postura intelectual por la localización geográfica de derecha e izquierda presenta una falsa disyuntiva.

La representación más fuerte de las derechas está constituida por el nazi-fascismo. En los hechos, Hitler tomó cuatro pilares del marxismo: la teoría de la explotación, el ataque a la propiedad, el antiindividualismo y la teoría del polilogismo. Por su parte, Mussolini fue secretario del Círculo Socialista y colaboró asiduamente en el periódico Avenire del Lavoratore, órgano del movimiento socialista, época en que sus lecturas favoritas incluían a George Sorel, Kropotkin y la dupla Marx-Engels. Luego fue colaborador del diario Il Populo y director de Avanti. Tal como consigna Gregorio De Yurre en Totalitarismo y egolatría , “era la figura más destacada y representativa del ala izquierdista del marxismo italiano”.

En realidad, tanto los nazis como los fascistas, al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno, lanzan un poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo respecto del marxismo que, abiertamente, no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente.

Entre los autores que han enfatizado las similitudes y parentescos de la izquierda y la derecha se destaca nítidamente Jean-François Revel, quien en La gran mascarada apunta: “No se puede entender la discusión sobre el parentesco entre el nazismo y el comunismo si se pierde de vista que no sólo se parecen por sus consecuencias criminales sino también por sus orígenes ideológicos. Son primos hermanos intelectuales”.

Tengamos muy presente lo que señala el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su Barbarism with a Human Face : “Aplíquese marxismo a cualquier país que se quiera y siempre se encontrará un Gulag al final”. Respecto de la social democracia de Eduard Bernstein conviene subrayar que a pesar de su revisionismo respecto de Marx, insiste en el redistribucionismo que significa reasignar factores productivos desde las áreas preferidas por los consumidores hacia las deseadas por los aparatos estatales, con lo que el consiguiente derroche de capital reduce salarios e ingresos en términos reales. La actual quiebra de los llamados “sistemas de seguridad social” coactivos en distintas partes del mundo, los desplantes del sindicalismo compulsivo, la maraña y caos fiscal son el resultado de la antedicha visión, que termina empobreciendo a quienes se dice se desea proteger y la destrucción del derecho a manos del pseudoderecho, son algunos de los resabios marxistas.

Es de interés remontarse a Marx y tomar su noción de ideología como algo enmascarado, un engaño que oculta otros intereses, por ende, en este contexto, se trata de algo falso que encubre intenciones espurias. En esta línea argumental, toda cultura sería ideológica excepto la marxista que sería transideológica. En un sentido más amplio y de acepción más generalizada, un ideólogo es aquel que profesa un sistema cerrado, terminado e inexpugnable. En otros términos, lo contrario al liberalismo que, por definición, está abierto a un proceso de constante evolución.

Es así que, en definitiva, la tesis marxista, crítica de la ideología y de la religión (“el opio de los pueblos”) se convierte en una ideología y en una caricatura de religión con dogmas, creencias y ortodoxias no susceptibles de revisarse y los que han  pretendido alguna oposición han sido condenados severamente como herejes. Una propuesta cerrada y terminada que debe tomarse en bloque.

En todo caso, es pertinente detectar la conexión entre ideología y violencia, puesto que el peligro es enorme de cazas de brujas cuando se considera que se posee la verdad absoluta y se busca el poder. El adagio latino lo explica: ubi dubium ibi libertas (donde no hay dudas, no hay libertad puesto que se sabe a ciencia cierta donde dirigirse sin necesidad de sopesar alternativas ni decisiones).

Es muy fácil para el ideólogo deslizarse hacia el uso de la fuerza “para bien de la humanidad” aun destrozando las libertades del hombre concreto. Si está todo dicho y es la verdad absoluta hay una tentación para imponerla y excomulgar a los no creyentes. Son seres apocalípticos que pretenden rehacer la naturaleza humana y a su paso dejan un tendal de cadáveres. Son “redentores” que aniquilan todo lo que tenga visos de humano. Son militantes (esa palabreja espantosa que usan algunos desprevenidos) que obedecen ciegamente los dictados de sus dogmas y consignas tenebrosas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

BRADEN O PERÓN, FONDOS BUITRES O CRISTINA, LA MISMA PATOLOGÍA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 22/6/14 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/2014/06/braden-o-peron-fondos-buitres-o.html

Sin asumir la dialéctica hegeliana, se podría decir, sin embargo, que muchos argentinos han construido su propia identidad a partir de su enfrentamiento al amo, el mundo anglosajón, malo, feo, sucio, que le impide a él, al esclavo, la libertad y la manifestación de toda su belleza, bondad, plenitud y poder.

 

Como la Argentina fue un empate entre las tendencias tradicionalistas antiliberales y el liberalismo continental francés –Alberdi es la excepción- los argentinos tienen amplios recursos dentro de su tradición cultural como para racionalizar su odio atávico al inmundo imperialista anglosajón. El nacionalismo llamado católico argentino encuentra en Rosas su héroe principal; la Constitución del 53 es vista como un adefesio anglosajón y el fracaso de dicha constitución, que nunca termina de hacer carne cultural, no es casualidad. Esa visión del mundo no tiene ningún problema, en la década del 20, de tomar a Mussolini y luego a Franco como modelos; ello gana el corazón del ejército, e incluso resulta extraño que el golpe del 30 no haya barrido con todas las instituciones republicanas. El antisemitismo, siempre patológico, que los rodea, los hace coquetear con Hitler, y encuentran en Perón –un típico dictador autoritario fascista y protector de nazis- la concreción de sus ideales. Perón capta inmediatamente –como en casi todo- el odio a lo anglosajón como un componente básico de dicho pensamiento y su famoso “Braden o Perón” no es más que la genial instauración discursiva de un modelo de pensamiento donde todos nuestros males no son nuestros: son fruto del auténtico dominador colonial, al auténtico explotador, protestante y enemigo para siempre de las más preciadas tradiciones nacionales y “católicas”: los ingleses y, peor aún, los “yanquis”.

 

Con la introducción de la teoría marxista de la dependencia en los 60 y los 70, esto tiene un giro aunque siempre coherente. Las categorías marxistas de análisis internacional –deterioro de los términos de intercambio, centralidad-periferia, norte-sur, etc- son asumidas por casi todos (y cuando digo casi todos, me refiero a todos, excepto los que hayan sido vacunados con la trivalente Mises-Hayek-Rothbard) pero en el peronismo encaja con máxima coherencia; los demás tenían la feliz incoherencia de tratar de protegerse del imperialismo y la explotación manteniendo las instituciones republicanas. Para el peronismo de los 70, en cambio, ello es pura retórica burguesa y lo que vale es la revolución armada. Los teólogos de la liberación de la época colaboran intensamente con todo ello convenciendo a casi todos los católicos de que la revolución marxista era el mandamiento número 11 –cosa por la cual jamás pedirán perdón, por supuesto- y prácticamente los ingredientes están todos puestos para la cosmovisión nacionalista-marxista que sigue hundiendo al país en el abismo. Habría tantos acontecimientos históricos que son fruto de esta concepción, pero es imposible dejar de mencionar que la guerra de Malvinas (apoyada en su momento por casi TODOS los argentinos) es la apoteosis de esta locura ideológica en la más terrible y asesina retro-alimentación de sí misma.

 

Así las cosas, los kirchneristas, los actuales herederos y sobrevivientes de toda esa cosmovisión, no están en condiciones de entender el fondo del problema de la deuda externa. Es obvio que para ellos la deuda se inscribe en los perversos mecanismos financieros del inmundo capitalismo anglosajón explotador. Critican a los gobiernos argentinos anteriores por haberse endeudado, atribuyendo el origen ideológico de ese endeudamiento al supuesto capitalismo con el cual habrían negociado los vendepatrias de la dictadura, del “neoliberalismo de los 90”, etc. Son totalmente incapaces de entender a autores como P. Bauer o L. von Mises. Las deudas externas, para estos últimos, no son fruto del “capitalismo” o del mercado libre, sino todo lo contrario. El FMI y el Banco Mundial son bancos centrales internacionales que tienen todos los males y defectos intrínsecos que tiene cualquier banco central, siempre advertido por la Escuela Austríaca de Economía. No es un detalle: el estatismo en la moneda, el crédito y consiguientemente en el mercado financiero es tan compatible con el mercado libre como un cáncer de cerebro con un organismo sano. Esos organismos sólo sirven para incentivar el gasto público y financiarlo por medio de préstamos inter-gubernamentales para más gasto público. Claro, para el realismo mágico de los populismos latinoamericanos, ello les produce aporías trágicas. Por un lado tienen que besar la mano del inmundo explotador para que les otorgue préstamos para financiar su gasto público, gasto que es fruto de creer mágicamente que el estado lo resuelve todo. Cuando la situación explota, por un lado insultan, furiosos de rabia y odio ideológico, a los prestamistas, ante los cuales tienen que arrodillarse nuevamente para refinanciar la deuda. A veces, coherentemente, festejan el default cantando la marchita peronista, el himno, aplaudiendo de pie, gritando, bailando, en un éxtasis de sobredosis de ideología, como el peronismo del 2002, para luego tener que besar nuevamente los pies del explotador, para ahora, nuevamente, decirles de todo en un discurso y luego tener que arrodillarse nuevamente y así sucesivamente hasta que la Patagonia sea invadida por chinos y japoneses, y el resto, declarado territorio arqueológico internacional por las Naciones Unidas.

 

En medio de todo esto, los partidarios de la Escuela Austríaca, que consideramos que tanto el FMI como Fidel Castro son parte del mismo problema –la ingeniería social- seguiremos habitando en el desierto. Si no fuera porque somos más de uno –al menos en los Liberty Fund o en la UFM uno se encuentra con algunos amigos- se podría decir que ser liberal clásico o libertario es la única experiencia humana contradictoria con el gran concepto husserliano: no tenemos mundo.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

LÓGICA DE CLASES

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

 Para todo x, si x es S, entonces x es P. Qué bello que era. Recuerdo esos días de juvenil despliegue de la razón donde descubría que Łukasiewicz había pasado a lógica de clases toda la silogística de Aristóteles. Impresionante.

Pero hay otra lógica de clases que nunca me convenció. Lógica que de lógica tiene poco; más bien es la dialéctica  hegeliana pasada por Marx, que más que coherencia, implica conflicto.
Ahora parece que es cuestión de representar, o defender, o ser, una clase media. Que si la manifestación del 13-9 fue de clase media, si está bien que así sea, si la clase media piensa en sus dolarcitos en Miami o es de gente trabajadora que quiere progresar.
No, mal planteado.
No se trata de clases: no las hay si por clase se entiende lo que entendía Marx. Hay, sí, tipos ideales weberianos, o clasificaciones de sectores sociales, muy elásticos, muy intuitivos, muy opinables, tan confusos como las nacionalidades y las razas.
No se trata de clases, se trata de personas. Se trata de personas y sus derechos ante cualquiera que quiera violarlos, esto es, se trata de cada persona humana, in concreto, sea quien fuere: es sujeto de derechos que no deben ser violados, y esa violación permanente es el verdadero conflicto, es la moderna esclavitud amada y defendida por las masas, que es la dependencia del estado.
Pero a veces, no siempre y tal vez las menos de las veces, las personas salen de la Matrix, del sueño, de la cabaña del Tío Tom, de 1984 o de cualquier otra analogía literaria que se quiera hacer. Cuando el gobierno le saca a un tercero para darnos a nosotros, no pasa nada, y es inmoral que no pase nada, pero eso es la masificación. Pero cuando nos saca directamente, ah, allí nos damos cuenta de la esclavitud.
No es cuestión, por ende, de ninguna clase. Es cuestión de quien no puede llegar a fin de mes porque suben los impuestos y la inflación. Es cuestión de quien quiere ahorrar para su familia y no puede. Es el problema de quien tiene que cerrar su empresa, grande, pequeña, marciana o venusina, porque no hay insumos que dependen de la importación. Es cuestión del que no encuentra trabajo porque esa empresa cerró. Es cuestión de quien quiere girar dólares a su familia en el exterior y no puede. Es cuestión de quien tiene dinero para salir del país pero no puede porque el gobierno le impide el cambio de divisas. Es cuestión de quien está esperando un medicamento que no llega. Es cuestión de quien piensa diferente del gobierno y le mandan a la AFIP. Es cuestión del que tiene que cerrar, del que tiene que mal vender, del que tiene que sufrir la humillación de que ladrones llamados funcionarios lo vigilen todo el día. Es cuestión de quienes son encarcelados por jueces adictos a las órdenes del poder ejecutivo. Es cuestión de las amenazas a la libertad de expresión con la excusa de la democratización de los medios. Es cuestión, por ende, de derechos violados. Vuelvo a decir: derechos violados. No importa si la víctima es rica, pobre o marciana. Lo que importa es que violar derechos es inmoral, y más cuando se hace desde el estado.
Y todo por lo de siempre: por creer que el estado puede superar la escasez y proveer de todo para todos. Claro, finalmente llega la inflación y entonces, para evitar la figa de capitales, se cierra el comercio de divisas. No sólo es la banalidad del mal, es la lógica del mal. Y la falta de inversiones lleva a la pobreza, a depender inmoralmente de un plan trabajar, de la dádiva que convierte en esclavo sumiso, de la dádiva que algún día quebrará, pero que mientras tanto genera millones de esclavos sumergidos en el temor y la manipulación, mientras los hipócritas gobernantes llenan sus bolsillos de iniquidad.
Y es cuestión, también, del que tiene millones y tiene ganas de ir a Miami a tirarse panza arriba. Que no es mi situación ni lo sería aunque los tuviera. Pero, ¿saben qué? Tiene derecho. A ver si alguna vez lo entendemos. Tiene derecho. No, no será el premio nobel de la paz, no será la Madre Teresa pero tiene derecho. Cuarta vez: tiene derecho. Y violarlo es inmoral, definitivamente inmoral.

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.