LO PRIMERO, PRIMERO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

En esta ocasión quiero abordar tres temas estrechamente vinculados entre si, por lo que es frecuente que se los trate de modo conjunto tal como lo he hecho en otra oportunidad señalando algunos elementos e interrelaciones en parte distintas a las que voy a disecar ahora con la intención de que se digieran mejor.

 

En primer lugar, la devaluación. Como es sabido, no pocos son los gobiernos que por razones electorales están incentivados a engrosarse. Entre muchos otros, Gordon Tullock en su ensayo “The Growth of Government” muestra el crecimiento del aparato estatal, especialmente a partir de lo que se ha dado en denominar “el estado benefactor”, esto es, entregar el fruto del trabajo ajeno como clientelismo y explica la falacia de que el crecimiento del producto bruto interno justifica un Leviatán más adiposo (por ejemplo, el caso de Alemania versus Estados Unidos donde en el primer caso se incrementó el gasto público al aumentar el producto mientras en el segundo se mantuvo estable el gasto gubernamental con mejores resultados en el progreso).

 

Además, en otros de sus escritos, apunta a que los gastos en seguridad y justicia no justifican para nada los referidos saltos exponenciales que se deben a la incorporación de nuevas funciones gubernamentales (que, por otra parte, el autor revela que aquellas se han tercerizado en alto grado, por ejemplo, en EEUU a través del arbitraje en la Justicia y también la seguridad privada que depende de la fuerza pública). Tullock agrega que otro canal de tentación ha sido la aparición de nuevos tributos. Por su parte, James M. Buchanan se detiene a considerar la influencia malsana de la economía keynesiana  en Democracy in Deficit. The Political Legacy of Lord Keynes (en coautoría con Richard E. Wagner).

 

Naturalmente, estas concepciones estatistas nacen en ámbitos educativos los cuales, solo en  raros casos, cuentan con la contratara al efecto de fundamentar las ventajas de adoptar los postulados de la sociedad abierta, especialmente para los más necesitados debido a las tasas de capitalización según las preferencias reveladas en el proceso de mercado.

 

Entonces, en el contexto descripto al que generalmente se introduce la manipulación del tipo de cambio, el antedicho gasto público después de agotar caminos vía presiones impositivas descomunales y endeudamientos siderales, entran en la zona del déficit que es financiado con inflación monetaria, lo cual, a su vez, desactualiza la relación entre la divisa local y la extranjera que tiende a paralizar el comercio exterior. En lugar de liberar el mercado cambiario se opta por devaluar, a saber, los gobernantes establecen nuevos “precios” que estiman convenientes sin permitir que surjan los indicadores basados en estructuras valorativas.

 

Sin duda que la depreciación del signo monetario se produce cuando se expande la base, esa es la devaluación de facto pero la devaluación decretada de jure es menor por lo que el desajuste permanece en relación directa a ese delta (si fuera la que indica el mercado no habría necesidad de la intervención gubernamental).

 

La segunda medida que acompaña la devaluación es el llamado ajuste que implica podar o recortar gastos sin ir al fondo del problema, es decir, eliminar funciones al efecto de que la política no es traduzca en enormes y, en última instancia, inútiles sacrificios (puesto que si se poda, tarde o temprano la vegetación crece con mayor vigor y estamos a fojas cero y, otra vez, se vuelve a hablar de devaluación y ajuste, y así sucesivamente). Como siempre hay candidatos entusiastas a ser secretarios y ministros, la idea es pasar la tormenta lo más disimuladamente posible para permanecer en el cargo hasta la próxima crisis y así se vuelve a las andadas.

 

El tercer capítulo se vincula a la transición, o sea, las elaboraciones de cómo pasar de la situación crítica del momento a una de cordura pero lamentablemente basada solo en retoques fiscales y monetarios y no en medidas de fondo que reviertan la situación del estatismo rampante. Es que en la mayor parte de los casos los ejecutores de la transición no comparten la idea de eliminar funciones de algún peso y, en su lugar, generalmente adoptan una inconducente cosmética que estiman más o menos ingeniosa pero sin sustento alguno ya que dejan en pie los ejes centrales de los incentivos y la maquinaria estatista. No comparten la reestructuración de raíz, por más que hablen de presupuesto base cero: cuando revisan las funciones que generan los problemas que atropellan derechos las pasan por alto y las confirman. Naturalmente, con estos criterios, se vuelve a recaer en los mencionados ciclos que cada vez desgastan más y acentúan sus efectos perversos.

 

En otras oportunidades me he referido en detalle a las funciones que estimo imperioso eliminar, en esta ocasión ilustro lo dicho solo con la necesidad de entender que la transición requiere objetivos de lo contrario no es una transición, es decir, es indispensable saber hacia donde se apunta. Como queda dicho, si se trata de medidas de ajuste se repetirá el ciclo de fracasos, y si se trata de ir al fondo de los problemas eliminando funciones incompatibles con una sociedad abierta, el griterío será descomunal puesto que no existe la comprensión necesaria respecto a las funciones del gobierno. No hay disimulos ni disfraces que puedan cubrir este hecho inexorable.

 

Lo primero, primero. No hay modo de escapar a la realidad. No puede colocarse el carro delante de los caballos. Primero debe existir una mínima comprensión de la necesidad de que el aparato estatal debe limitarse a sus funciones específicas de proteger la vida, la libertad y la propiedad de los gobernados y dejar de lado todas las funciones que contradicen esas metas. En otros términos, dedicar la máxima energía al debate de ideas y a la educación en general, de lo contrario todas las transiciones terminan en un rotundo fracaso.

 

No es posible insistir en la descripción de incendios con todas las cifras y gráficos que se quieran si no se mira el foco del fuego y se trabaja en el campo de las ideas para que se comprenda la naturaleza y los efectos devastadores del combustible estatista, como queda dicho, muy especialmente para los más pobres. Es un tema de prioridades: lo primero, primero. No es conducente primero ocuparse del techo y luego de los cimientos. No es que el techo resulte innecesario -la transición- es que primero van los cimientos.

 

De más está decir que trabajar en la transición y en las ideas de fondo no son incompatibles sino que son complementarias, siempre y cuando se tenga en claro las metas hacia donde apuntará la transición, de lo contrario se trata más bien de un estancamiento o de una repetición: en definitiva, más de lo mismo. Lo desafortunado de este asunto es la gigantesca desproporción entre los profesionales que se ocupan de describir el desastre junto a una supuesta transición sin objetivos de erradicar funciones y, por otro lado, los que se preocupan de las ideas de fondo para que se entienda y acepte una genuina transición hacia la libertad.

 

No se me escapa que en general se considera una quimera dedicarse a la educación y al debate de ideas de fondo y que son “más prácticas” las faenas políticas, pero por mi parte, al contrario, estimo que nada hay más práctico que despejar telarañas mentales, precisamente para que sea posible articular un discurso político consistente con la sociedad abierta y no forzar la mano con propuestas que si son débiles resultan inconducentes y si van al fondo no pueden aplicarse debido a la superlativa incomprensión reinante. Y tengamos en cuenta que las propuestas “prácticas” en el sentido apuntado son cada vez menos liberales debido al corrimiento en el eje del debate que producen los estatistas que si trabajan en el terreno educativo siguiendo el consejo del marxista Antonio Gramsci (“cambien la cultura y la educación y el resto se dará por añadidura”). En esta línea argumental y en medio del clima cultural imperante, cada vez serán más políticamente incorrectas las sugerencias liberales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

Tres décadas de democracia: Argentina y el mundo

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 10/2/14 en: http://economiaparatodos.net/tres-decadas-de-democracia-argentina-y-el-mundo/

 

Los problemas económicos son inocultables. Sólo un kirchnerista empedernido puede insistir en ignorar lo evidente

Mientras el mejor gobierno de los últimos 200 años está ocupado decidiendo quién debe ser el locutor de Fútbol Para Todos y cuál debe ser el logo televisivo, el país incrementa sus inocultables signos de serios problemas económicos y sociales. Mucho se ha hablado en los últimos tiempos de los 30 años de democracia Argentina. No viene mal refrescar la importancia que en el largo plazo tienen las instituciones. ¿Qué pasó en Argentina y el mundo en estos 30 años en términos de bienestar económico? ¿Cómo le ha ido a la Argentina respecto a otros países? Debe ser claro que “democracia” no es sinónimo de libertad, ni de república, ni de buena gestión económica.

La década del ochenta terminó con una seria hiperinflación y un gobierno que entregó el poder antes de tiempo dada la inestabilidad de sus propias políticas. Un desbordado gasto público financiado con emisión monetaria y planes económicos inconsistentes (ej. Plan Primavera) dieron lugar a una década del 90 dónde la adicción política (esta vez del peronismo) al gasto público obligó a reformas llevadas a cabo por necesidad más que por convicción. La destrucción de la moneda llevó al gobierno a adoptar una Caja de Conversión heterodoxa manifestado en la Ley de Convertibilidad. Ante la imposibilidad de usar el BCRA a discreción, el gobierno se volcó a la venta de activos (privatizaciones) y créditos externos para financiar el gasto público. Al momento de tener que elegir entre un default histórico, devaluación fuera de escala y confiscación de los dólares en los bancos o una reducción racional del gasto la dirigencia política de turno eligió lo primero. No se puede decir que no se hayan inspirado en sus antecesores históricos; la devaluación es más una patología que una excepción en la historia Argentina. Luego de efímeros presidentes tras la caída de De La Rúa, el Kirchnerismo se encontró con el acceso a créditos externos cerrados, una importante capacidad ociosa y una opinión pública no muy favorable hacia instituciones internacionales y el mal llamado “neoliberalismo de los 90.” El Kirchnerismo pudo hacer uso de este contexto para financiar una nueva fiesta de consumo cuyos costos quedaron escondidos tras la utilización de la capacidad ociosa y el consumo del capital invertido en infraestructura durante la década gobernada por el “innombrable.” El aumento del gasto público, sin embargo, no fue revisado y esta vez se recurrió a la expropiación de activos y flujos (ej. AFJP, retenciones, etc.) y a la emisión monetaria cuando estos recursos comenzaron a escasear. Bien podría decirse que en estas tres décadas el radicalismo de Alfonsín y el peronismo de Menem y los Kirchner difieren en los modos de financiar el gasto público, pero no en los vicios políticos de fondo.

Estas tres décadas también vinieron acompañadas de una crónica devaluación institucional que ha llegado a los límites que actualmente el Kirchnerismo impone, donde se ha llegado al absurdo institucional de programas como “cuidar los precios” y “apagones de consumo” acompañado de afiches por agrupaciones afines al Kirchnerismo. Por más abstracto que parezca hablar de instituciones como “confianza, derechos de propiedad e igualdad ante la ley”, lo cierto es que es el marco institucional el que define el crecimiento y desarrollo a largo plazo de un país. La gestión puede ser mejor o peor, y el país puede andar marginalmente mejor o peor, pero no es puramente buena gestión lo que puede transformar a Corea del Norte en Corea del Sur, son las instituciones. Aquellos partidos políticos que confunden gestión con instituciones erran sensiblemente al diagnóstico.

El siguiente gráfico muestran al evolución desde 1980 hasta la fecha del PBI real per cápita (PPP) [ajustado por “costo de vida”] para (1) Argentina [azul], (2) el mundo [negro], (3) Chile [violeta], (4) Canadá [rojo], y (5) Australia [verde]. Salvo el errático comportamiento de Argentina, todas las series muestran una relativa estable tendencia creciente. Gracias a la intervención del Indec, la serie de Argentina no tiene datos más allá del 2006. No obstante se pueden tomar algunas lecciones importantes.

Si bien este gráfico admite muchas lecturas interesantes, quiero enfocarme en algunas conclusiones que considero importantes.

1-. Se puede apreciar una tendencia decreciente para la década del ochenta que se revierte rápidamente a partir de 1991. Es patente la importancia de tener un sistema monetario que inspire confianza. Si bien no existe tal cosa como el sistema monetario perfecto, la Ley de Convertibilidad fue un shock institucional con efectos positivos al lado de la hiperinflación del gobierno de Alfonsín. Sin embargo, un sistema monetario como el de la convertibilidad no es compatible un crónico déficit fiscal. Es un error de diagnóstico responsabilizar a la convertibilidad de la crisis del 2001, más allá de otros problemas que el diseño pueda tener.

2-. Recién en el año 1996 se alcanzan los niveles de PBI per cápita del año 1980. El desmanejo económico costó 16 años que no se puede recuperar para volver simplemente al mismo punto de partida.

3-. La crisis del 2002 retrocedió la serie a los niveles de 1991 (he hizo caer a Argentina casi a los niveles del mundo.) Es decir, en término de PBI per cápita, el gasto público del peronismo llevó a esta serie a su punto de partida.

4-. Lo que se aprecia luego de la crisis del 2001 es un recupero de la economía con algo de crecimiento genuino (especialmente el sector agrícola.) Es tan errado ver en los años post-2001 puro crecimiento económico como ver únicamente recupero sin nada de crecimiento en ciertos sectores productivos. Lo que sí es un error es el vicio Kirchnerista de continuamente compararse con el 2001-2003 y capitalizar el rebote de una fuerte crisis como propio. La Argentina post-2001 no se recuperó gracias al Kirchnerimo, lo hizo a pesar del Kirchnerismo.

5-. Durante el período 1980-2007 Argentina incrementó su PBI per cápita (PPP) en un 116%, Australia lo hizo en un 167%, Canadá un 155%, Chile un importante 234% y el mundo un 156%. Argentina no sólo creció a un ritmo menor al de Chile, que varios sectores Argentinos tanto gustan de criticar, sino que gracias a las crisis auto-provocadas Argentina creció a un velocidad menor a la del resto el mundo. En términos relativos, esto quiere decir empobrecimiento. Mientras, países como Australia y Canadá que tanta critica han sufrido por parte del gobierno poseen un PBI per cápita (PPP) de alrededor de tres veces el Argentino para el año 2006.

Los problemas económicos son inocultables. Sólo un kirchnerista empedernido puede insistir en ignorar lo evidente. Pero los problemas ecónoicos no son de origen puramente económico, son de origen institucional. Con instituciones ineficientes la pregunta no es sí va a haber o no problemas, sino cómo se van a manifestar. Por último, el nivel de desazón que sufre la sociedad Argentina al transitar un nuevo período de serias complicaciones económicas muestran que el largo plazo, eventualmente, se hace presente. Mientras Argentina siga eligiendo populismo de corto plazo, el mundo seguirá mostrando líneas ascendentes mientras que Argentina seguirá mostrando oscilaciones con una tendencia estable en lugar de creciente.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

La “maquinita” a toda máquina

Por Pablo Guido. Publicado el 22/1/14 en http://opinion.infobae.com/pablo-guido/2014/01/22/la-maquinita-a-toda-maquina-2/

La inflación, como cualquier otro fenómeno económico, ha sido explicada en sus causas por diversas teorías. Sin embargo, a esta altura es reconocido como verdadero que cuando se observa un proceso generalizado y sostenido de aumento en los bienes y servicios estamos frente a una expansión en la cantidad de dinero. ¿Qué significa esto? Que la inflación tiene orígenes monetarios, es decir, que uno debe enfocar sus miradas al Banco Central cuando desde la política se tiene la intención de solucionar el problema.

La fenomenal emisión monetaria de las décadas del setenta y ochenta del siglo XX tuvo como consecuencia niveles de inflación del 400% anual promedio, entre 1974 y 1991. Esos niveles altos de inflación generaron cuatro cambios de signo monetario, eliminando 13 ceros de los billetes; el proceso terminó en la hiperinflación de 1989 con un incremento anual de precios mayor al 5.000%.

Desde 2007 los precios en Argentina han subido, aproximadamente, un 330%, o sea más de cuatro veces. En el mismo período la cantidad física de dinero (base monetaria) creció un 365%, es decir, unas cuatro veces y media. Una gran parte de todo este dinero emitido fue a financiar el gasto público del Gobierno Nacional.

Lo sorprendente de toda esta historia es que, a pesar de la fenomenal suba de la recaudación nacional -aumentó 12 veces desde 2003-, los ingresos del Estado no alcanzan para financiar todas las erogaciones públicas, evidenciando también una “fiesta” del gasto público. Para hacer frente a ese “bache” fiscal el gobierno argentino, por enésima vez durante los últimos 70 años, ha tomado por asalto al Banco Central, obligándolo a emitir dinero para financiar el déficit.

Mientras que la base monetaria era de 80.066 millones de pesos a fines de 2006, para diciembre de 2013 alcanzaba la friolera de 374.056 millones de pesos. De ese incremento de casi 300 mil millones en los últimos siete años, unos 192 mil millones corresponden al financiamiento del Fisco, es decir, el 65% del total emitido. El monto restante -100 mil millones- fue emitido para comprar dólares. Lo preocupante, sin embargo, es la tendencia del proceso: mientras que en 2010 se emitieron 19 mil millones de pesos para financiar el déficit fiscal durante el año que acaba de terminar fueron casi 92 millones, es decir, casi cinco veces más que hace tres años.

Las dos preguntas que tenemos que hacernos es si este “festival” de emisión continuará al ritmo creciente, y de ser así, como terminará la historia. Respecto de la primera, tenemos que decir que la velocidad de emisión dependerá de la magnitud del déficit fiscal, que depende a su vez del ritmo de crecimiento de la recaudación y del gasto público. Lo que sabemos es que en 2013 la recaudación aumentó al 26% anual, y el gasto público (con datos hasta noviembre) lo hizo al 33%.

Si asumimos que la emisión monetaria seguirá acelerándose, el final de la historia es archiconocida por los argentinos: tasas de inflación cada vez mayores, devaluación creciente, caída de la demanda monetaria, pérdida de ahorros y colapso de la inversión y el consumo.

Dado que no es la primera vez que nos enfrentamos con este escenario fiscal y monetario, los partidos de oposición, que serán los que gobiernen a partir de diciembre de 2015, deberían ir dando a conocer cuál es la estrategia para terminar definitivamente con este flagelo recurrente. Esto significa anunciar cómo piensan reducir la brecha fiscal, para evitar el financiamiento monetario del Banco Central. Ya que nuevos aumentos de la carga tributaria no son aceptables por los contribuyentes y no es recomendable la estrategia de endeudar al Estado como en los años noventa, la propuesta de la oposición debería enfocarse en cuál será la estrategia para reducir el tamaño del gobierno en la próxima década.

 

Pablo Guido se graduó en la Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Doctor en Economía (Universidad Rey Juan Carlos-Madrid), profesor de Economía Superior (ESEADE) y profesor visitante de la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala). Investigador Fundación Nuevas Generaciones (Argentina).Director académico de la Fundación Progreso y Libertad.

Mirando el balance del BCRA

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 30/12/13 en: http://opinion.infobae.com/nicolas-cachanosky/2013/12/30/mirando-el-balance-del-bcra/

El BCRA ha sido noticia en los últimos meses del 2013. Motivos no faltan: viene perdiendo reservas a un ritmo acelerado, ha incrementado el ritmo de devaluación del tipo de cambio oficial y posee una dudosa política de adelantos transitorios al tesoro que alientan la alta inflación que el gobierno insiste en negar. ¿Qué se observa si miramos el balance del BCRA, no sólo los últimos meses, sino enfocándonos en todo el período K? ¿Cuál es el monto de reservas “propias” y qué otras cosas nos deja ver el balance del BCRA?

Las reservas

Hay dos maneras de ver las reservas que hay en el BCRA. Las reservas totales y las reservas netas de deudas. Es decir, cuántos de los dólares que posee el BCRA no son deuda de terceros. En mi billetera puedo tener en total unos $150 dólares, $50 de los cuáles son préstamo de un tercero. ¿Cuántos dólares (reservas) tengo, $150 o $100? Al 15 de diciembre, el BCRA tenía unos 30.509 millones de reservas totales. Las reservas netas, luego de descontar los depósitos en dólares (y los Cedines) que el sistema financiero tiene depositado en el BCRA, quedan unos 20.000 millones en reservas. Si además se descuentan otros pasivos como deudas multilaterales y depósitos del gobierno, las reservas netas quedan en unos 16.560 millones (un monto levemente superior al 50% del total de reservas). Este número se reduce a 4.560 millones si se asume que el BCRA seguirá pagando la deuda del Tesoro (12.000 millones de dólares en el 2014) como lo ha hecho en los últimos tiempos (aquí un breve comentario de Guidotti y Nuemeyer.) La fuerte aceleración de la devaluación del tipo de cambio oficial y las medidas para seguir apretando el cepo no son casuales.

El siguiente gráfico muestra la evolución histórica (1998-2013) de las reservas totales y netas del BCRA. En el gráfico se puede apreciar el final del período de la convertibilidad y el aumento de reservas post-crisis 2001. A principios del 2006 se ve una caída producto del pago de la deuda con el FMI por parte del BCRA a cuenta del Tesoro. A principios del 2008, un año luego de la intervención del INDEC y aumento de la inflación, se ve que las reservas netas comienzan a caer. A partir del cepo se ve una caída en tobogán de las reservas totales y una fuerte caída vertical de las reservas netas hacia fines del 2013 marcado en rojo. Es oportuno recordar que es responsabilidad del Tesoro pagar sus propias deudas, y no hacer uso de las reservas del BCRA. El rol del BCRA es proteger el valor de la moneda, no entregar las reservas al Tesoro. Esto es, en definitiva, poner en práctica un impuesto no legislado. Los recursos del gobierno están en el Tesoro, no en los activos del BCRA.

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La pérdida de reservas de los últimos tres años fue tan marcada que se retrocedió al nivel de reservas del 2005/2006. De hecho, sólo en el 2013 se perdieron más reservas que por la crisis del 2001. En el 2002 se perdieron unos 9.300 millones de reservas. En el 2011, 2012 y 2013 unos 5.800, 3.100 y 12.800 millones respectivamente. Esto quiere decir que en los últimos 3 años se perdieron un total de 21.700 millones de reservas, más del doble que en el 2002. Hay otra diferencia a tener en cuenta. Mientras que las reservas del 2002 se perdieron como consecuencia de la crisis a fines del 2001, a fines del 2013 la crisis aún no parece haber terminado de desarrollarse. De hecho, más de uno se pregunta cuándo va a venir la crisis como si la economía no estuviese ya prácticamente fuera de control. El siguiente gráfico muestra con una línea en negro el nivel de reservas totales (eje izquierdo) y con barras la variación de reservas totales (eje derecho). La línea roja que marca pérdidas es claramente superior a la del 2001. Las acelerada pérdida de reservas tampoco deja de ser notoria dado que otros bancos centrales no tienen problemas para acumular reservas, por el contrario, tienen dificultades para que no se les aprecie sus propias monedas.

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El contexto del 2001 no es el mismo que el del 2013. En el 2001, dada la ley de convertibilidad, el BCRA no podía tocar el tipo de cambio para administrar la demanda y oferta de dólares en el mercado de divisas. Esta sí es una herramienta que posee el BCRA desde la salida de la convertibilidad pero que no ha sabido o no ha querido utilizar eficientemente. El kirchnerismo cometió el mismo error de una política de atraso cambiario que se asigna a la tablita de Martinez de Hoz y a la convertibilidad. Si bien el kirchnerismo gusta de ubicarse en las antípodas de estos gobiernos, en algunos aspectos de política económica las similitudes con gobiernos pasados son llamativas.

 

El tipo de cambio

El acelerado ritmo de pérdida de reservas llevó al gobierno a actuar sobre el tipo de cambio oficial. Más allá de las repetidas afirmaciones de que este gobierno no va a devaluar, el balance del BCRA muestra que lo hace a un ritmo importante. En el 2008 la devaluación se aceleró de un 2,7% en el 2007 a un 9,6%. Del 2009 al 2012 la devaluación del tipo de cambio oficial fue de 9,9%, 4,7%, 8.2% y 14,3% respectivamente. Estas tasas de devaluación, por cierto importantes, se encuentran por debajo de la inflación (verdadera) anual para el mismo período. Recién en el 2013 la tasa de devaluación se empareja con la tasa de inflación. Al 19 de diciembre, la devaluación acumulada fue del 30%. Parece ser, sin embargo, que devaluar al 30% anual no es suficiente para el BCRA. El siguiente gráfico muestra que las tasas de devaluación anualizadas se aceleraron mes a mes durante el 2013 llegando a un importante 51% en noviembre. En lugar de bajar la inflación, el BCRA prefiere acelerar la tasa de devaluación. Al 19 de diciembre la tasa de devaluación anualizada del mes llega al 120%. Claramente, lo que el gobierno dice y lo que el gobierno hace son dos cosas bien distintas. Estas altas tasas de devaluación también muestran que el gobierno acusa recibo del importante problema que se niega  a reconocer. Si la brecha entre el tipo de cambio oficial y blue fuese trivial, el BCRA no estaría devaluando a un ritmo que supera el 100% anual mientras que intenta bajar al cotización blue como lo ha hecho en las últimas semanas. A pesar de un cepo cambiario cada vez más estricto, restricciones a las importaciones y una acelerada tasa de devaluación, el BCRA no ha podido evitar una notable perdida de reservas. Esto sumado a ya seis años consecutivos de alta inflación. Si existiese tal cosa como la mala praxis en materia de política monetaria, el BCRA sería un caso de estudio.

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Adelantos transitorios al Gobierno Nacional

Uno de los puntos más controversiales en la reforma de la Carta Orgánica del BCRA es la facilidad que se le da al Banco Central para prestar dinero al Tesoro. Dada la alta presión fiscal (nivel récord) y la imposibilidad de acceder a los mercados financieros internacionales, el gobierno ha optado por confiscar y capturar flujos de fondos (por ejemplos, los fondos previsionales en las AFJP que ahora la ANSES entrega al Tesoro argumentando “inversión social”) y por financiar déficit con emisión monetaria. El balance del BCRA también ofrece una clara muestra de los envíos de recursos que el banco hace al gobierno en concepto de “adelantos transitorios.” Estos adelantos transitorios comenzaron en 2002 por un valor de 3.700 millones de pesos. Al 15 de diciembre del 2013 los adelantos transitorios alcanzaron un valor de 161.800 millones de pesos. Esto equivale a una tasa de crecimiento del 40% anual. Al 15 de diciembre, este concepto representa el 24% del total de activos del BCRA.

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Por otro lado, el gobierno también toma recursos del BCRA a cambio de “letras intransferibles”. Estos son bonos que el Tesoro entrega al BCRA pero que el BCRA no puede vender en el mercado en caso de necesitar liquidez. Al 15 de diciembre el 40% de los activos del Banco Central se encuentran “invertidos” en letras intransferibles de un gobierno con serios problemas de déficit fiscal. Los adelantos transitorios y letras intransferibles representan el 63% de los activos del Central.

Base monetaria e inflación

Estos desmanejos monetarios no son gratuitos. De una forma u otra, lo que se hace es convalidar expansión monetaria para financiar el déficit fiscal de un Estado sobredimensionado de dudosa eficiencia. Más allá de que distintos sectores allegados al kirchnerismo insistan en negar que la inflación es un fenómeno monetario, la relación entre expansión monetaria e inflación es innegable. Si bien lo más correcto sería comparar la evolución de agregados monetarios comoM2 con el nivel de precios, el siguiente gráfico compara la evolución de base monetaria (lo que el BCRA emite) y el nivel de precios. Para facilitar la comparación, ambas series se encuentran en base 100 para el año 2003. El paralelismo es inocultable. Se ve, también, que salvo el 2002 (por la devaluación) la base monetaria crece antes de que suban los precios. Decir que es el aumento de precios lo que lleva a emisión monetaria no sólo es inconsistente, tampoco se condice con los datos más básicos de la economía argentina.

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La situación delicada a la que han llegado el BCRA y la economía argentina se debe a la terquedad política de postergar soluciones de fondo con populismo. La correcciones que hubiesen sido fáciles de llevar a cabo en un período de bonanzas y recuperación económica son aún más difíciles en una economía que amenaza con entrar en estanflación. No sólo hoy día el contexto es menos favorable, sino que las soluciones de fondo necesarias con cada vez más exigentes. Los problemas económicos actuales no son meramente económicos, son síntomas de problemas institucionales más profundos. El acelerado deterioro del balance del BCRA en el 2013 sugieren que posiblemente éste siga siendo un tema de interés en las meses que se avecinan.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Democracia en venta

Por Carlos RODRÍGUEZ BRAUN Publicado el 04/10/2013 en: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/33416/Democracia_en_venta

El autor se refiere al recientemente aparecido libro. “Democracia en Venta”, de la autora italiana Loretta Napoleoni:

Nos hemos ocupado en El Cultural del anterior éxito de la economista italiana Loretta Napoleoni (Roma,1955): Economía canalla (http://goo.gl/5s4D6). Vuelve ahora con otro, que también es un disparate, pero no carece de ton ni de son, porque todo apunta sistemáticamente a que la libertad es mala. Identifica el capitalismo occidental con el canibalismo, nada menos, y asegura que el pérfido euro “parece confirmar que también en la época posmoderna el capitalismo, para prosperar, sigue necesitando delinquir y ejercer la violencia”.

No espere usted ningún análisis del socialismo, ninguna comparación con lo que sucede cuando el capitalismo es aniquilado. Pero las alusiones son claras: aquí lo malo sobreviene tras la crisis del comunismo, porque el capitalismo “ha utilizado la Unión Europea para seguir creciendo de la única manera que sabe: con la violencia y la colonización”. Podía haber preguntado en muchos países de Europa cómo crece el socialismo. Pero no: su idea es probar que el liberalismo va contra la democracia, y eludir la ponderación del respeto a la democracia cuando no hay liberalismo. Es entretenida cuando dice, por ejemplo: “desde la caída del muro de Berlín, la idea de que un Estado deba mantenerse en pie mediante un sistema ininterrumpido de préstamos siempre se ha abierto camino”; desde la caída del Muro, no antes; le haría gracia a Felipe II. El papel lo aguanta todo: “hoy en día sólo tienen voz los países sin deudas”.

Asocia al euro con la libertad que detesta, sin percibir que ha venido asociado a un crecimiento del poder político; igual que lamenta que Europa esté arrasada por un curioso “liberalismo” que se traduce en impuestos cada vez más altos. Hay desvaríos insólitos como la alabanza de la prohibición de la usura, que hoy sólo mantienen, y de aquella manera, los regímenes islámicos; o inquietantes, como la identificación entre pueblo y Estado.Hay topicazos marxistas como que el trabajo es una mercancía, y fantasías comunistas basadas en las mismas falacias que tantas víctimas han ocasionado, tras la consigna de “derrocar la ecuación hombre = mercancía y subordinar la economía a las necesidades y exigencias de la población y no a las del mercado”. Semejantes dislates encajan con una teoría económica tan insolvente que le permite soltar perlas como las siguientes: “la calidad de nuestra vida está directamente relacionada con la capacidad del Estado para garantizar cierto nivel de servicios, lo cual sólo es posible con un gasto público adecuado…los principios de cooperación y de competencia son inconciliables…la comunidad crea bienestar mediante el gasto público”.

Y tras proclamar que la deuda podría resolverse utilizando las reservas de oro, pide salir del euro, como si ello constituyera el Bálsamo de Fierabrás: a ver si alguien le explica que si devaluar la moneda fuera la receta de la prosperidad, Argentina sería rica y Suiza paupérrima. Me ha gustado en particular su recomendación de “anexar al Estado entidades de control como el Banco Central, que deberá volver a manos públicas”, cuando la banca central no sólo es pública sino que es lo que más se parece a la planificación socialista.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Tres clases de economistas y lo mínimo que hay que hacer

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 15/9/13 en: http://economiaparatodos.net/tres-clases-de-economistas-y-lo-minimo-que-hay-que-hacer/

No se deje engañar, de esta fiesta populista no se salen sin pagar costos.

Luego de tantas crisis económicas que hemos vivido, la gente presiente que, más temprano que tarde, llegará algún ajuste. Por supuesto que el gobierno niega tal posibilidad, por otro lado buena parte de la oposición minimiza el problema económico diciendo que puede resolverse sin grandes sacrificios para la población y, finalmente, algunos economistas sostienen que si bien el panorama económico es complicado, la solución no tiene porqué ser dolorosa.

Que el gobierno niegue el ajuste no es ninguna novedad. Que los políticos opositores digan que la solución no es tan grave, también es entendible (digo entendible y no justificable) porque ellos no van a tener el control del Ejecutivo luego de las elecciones de octubre y, además, ¿para qué asustar a la gente y perder votos mientras el gobierno niega el ajuste? En todo caso que sea el oficialismo el que se haga cargo del ajuste llegado del momento.

Ahora bien, donde la gente puede tener más confusión es en las declaraciones de los economistas, lo cual es entendible porque hay tres tipos de discursos dependiendo del economista que hable.

Como no soy corporativo, me parece que hay que distinguir, al menos, entre tres clases de economistas. Están los que siempre van a hacer declaraciones light porque su negocio es hacer lobby o bien entretener a la gente con un discurso suave para que las empresas los sigan contratando. No vaya a ser cosa que advierta sobre los peligros económicos y la empresa deje de contratarlo por miedo al gobierno. Lo he padecido en carne propia.

Luego están los economistas cuya función es siempre estar metidos en los partidos políticos con mayores expectativas de llegar al poder. Esos economistas pueden un día estar con Menem, luego con Duhalde, después con Kirchner y hoy con Massa. ¿Cuál es su negocio? Generar la expectativa de que pueden estar en el poder o muy cerca del poder para que empresarios buscadores de privilegios los contraten con el solo objeto de tenerlos como “amigos” llegado el momento de pedir alguna protección, un subsidio o cualquier otro “beneficio”. Incluso tener información privilegiada. Estos economistas en realidad son traficantes de influencias y, por lo tanto, su discurso económico se va acomodando a las necesidades políticas del partido político en el cual recalen. Van saltando de partido político en partido político y acomodando su discurso de acuerdo al perfil de su nuevo socio político. Obviamente, en este caso, sus discursos no tienen nada que ver con las perspectivas económicas, y el lector habrá notado lo difusas que son sus respuestas al momento de responder cómo solucionaría determinado problema. Responden como políticos en busca de votos y no como profesionales de la economía.

Finalmente estamos los que nos dedicamos a la economía como consultores, profesores, investigadores, etc. En esta tercera clase de economistas hay de diferentes tendencias o escuelas económicas. Puede haber diferentes posiciones entre nosotros, pero decimos libremente lo que pensamos sobre lo que está ocurriendo y qué puede llegar a ocurrir. Obviamente que podemos equivocarnos tanto en el diagnóstico como en el pronóstico, pero lo que no hacemos es un discurso para entretener a la tribuna para no perder el contrato o bien hablar como políticos para traficar influencias.

Como pertenezco a esta última clase de economistas, al igual que muchos otros colegas, es que me animo a decir que luce muy difícil que pueda salirse de este embrollo económico con dos medidas menores y sin ningún impacto en la sociedad. Solo con ver los $ 110.000 millones en subsidios que se gastan anualmente para financiar  las tarifas artificialmente bajas de los servicios públicos y que dada la inflación existente ni siquiera pueden quedar congelados, uno tiene idea de la magnitud del ajuste tarifario que en algún momento habrá que hacer en energía y transporte público (trenes, subtes, colectivos, etc.).

El tema del tipo de cambio real es otro problema. Dado que difícilmente alguien se anime a hacer reformas estructurales profundas que permitan ganar productividad en la economía y hacer fuerte el peso en forma genuina, las probabilidades de una mega devaluación son altas. Solo un dato, si el dólar de $ 1,40 con el que se salió de la convertibilidad hubiese aumentado al ritmo de la tasa de inflación interna menos la inflación de EE.UU., para no caer en términos reales hoy tendría que estar en $ 9,30. Es solo un indicador para advertir cómo cayó el tipo de cambio real.

La enorme carga tributaria que soportamos en el sector formal de la economía es la contrapartida de un gasto público récord, tanto en cantidad cómo en baja calidad. Encima ni siquiera alcanzan los impuestos para financiarlo y el BCRA sigue aplicando el impuesto inflacionario para sostener al tesoro. Esa situación no se arregla con maquillaje o dos curitas y una aspirina. Se arregla con cirugía mayor en el gasto público.

No nos engañemos, si bien no soy keynesiano, el economista inglés propuso su fórmula de aumentar el gasto público para reactivar la economía cuando el gasto representaba el 10% del PIB. Jamás se le hubiese ocurrido sugerir semejante receta con un gasto público que orilla el 50% del PBI. A mi juicio Keynes estaba equivocado pero no era un delirante como para formular semejante disparate.

Y la disciplina monetaria depende, en gran medida, de la disciplina fiscal. Para frenar este creciente proceso inflacionario hace falta poner orden en las cuentas públicas.

Pero el tema más complicado va a consistir en recuperar la confianza en las instituciones, entendiendo por instituciones respeto por los derechos de propiedad, estabilidad en las reglas de juego, etc. Si CFK se va a fines del 2015 sin que le explote la economía antes, el que venga tendrá que asumir el costo de poner orden económico y recuperar la confianza de una Argentina que hoy es una marginada en el mundo.

Arreglar el tema energético, la infraestructura (rutas, trenes, puertos, etc.) va a requerir de grandes inversiones que solo vendrán cuando tengan la certeza de que aquí se acabó esta locura confiscatoria, reguladora y apretador. Cuando sepan que pueden girar sus utilidades y dividendos. Cuando no haya más cepo cambiario, lo cual es todo un tema eliminarlo porque ya se transformó en otro corralito. Si la salida del corralito era traumática, la del cepo también lo será. Por lo menos con este nivel de dólar oficial.

El listado de problemas económicos a arreglar es muy importante y nada fácil de esquivar los costos de 11 años de populismo desenfrenado. Pero atención que no se puede arreglar la economía si no se recupera la confianza en el respeto por las reglas de juego.

No estoy diciendo que nos espera un tsunami económico luego del kirchnerismo, pero a diferencia de las otras dos clases de economistas que mencionaba anteriormente, ningún economista serio puede afirmar que de esto se sale suavemente.

Sí reconozco que del total de medidas económicas que yo tomaría, muchas de ellas serían inviables políticamente. Ahora bien, aun aceptando ciertas restricciones políticas a las medidas económicas que personalmente considero óptimas, hay un mínimo de medidas que sí o sí habrá que tomar.

Cuando tomaba examen a mis alumnos en los post grados, mi principio era que había un mínimo de conocimientos de la materia que tenían que saber sí o sí. Si no conocían ese mínimo, no podían pasar. El resto  de lo que sabían era el lujo de la excelencia académica. Pero había un mínimo que no podía no conocer.

Con las medidas económicas para salir de este berenjenal pasa lo mismo. Hay un óptimo que dudo que alcancemos, pero ojo que el mínimo de medidas a adoptar es cada vez más elevado porque la destrucción económica va avanzando a medida que se profundiza el “modelo” y va pasando el tiempo.

Muchos no podrán estar de acuerdo con lo que acabo de expresar. Otros creerán sinceramente que puede salirse suavemente. Pero de lo que puede estar segura la gente es que acabo de escribir estas líneas cómo economista y no como traficante de influencias que se hace pasar por economista.

No se deje engañar, de esta fiesta populista no se salen sin pagar costos.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

El mito del gasto público para estimular la economía

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 18/8/13 en: http://economiaparatodos.net/el-mito-del-gasto-publico-para-estimular-la-economia/

Como en economía no hay magia, lo primero que hay que preguntarse es: ¿cómo se financia todo aumento del gasto?

Suele decirse que el aumento del gasto público reactiva la economía y que una baja del gasto público la deprime. A quienes defendemos la reducción del gasto nos llaman ortodoxos, los desalmados que quieren ajustar a costa del pueblo y demás adjetivos que nos descalifican como si disfrutásemos viendo a la gente sin trabajo y sumergida en la pobreza.

Veamos qué hay de cierto en las dos posturas comenzando por el aumento del gasto como “reactivante”. Como en economía no hay magia, lo primero que hay que preguntarse es: ¿cómo se financia todo aumento del gasto?

Los mecanismos de financiamiento del aumento del gasto son los siguientes:

1)    Aumento de impuestos

2)    Endeudamiento interno y externo

3)    Emisión monetaria

4)    Consumo del stock de capital

5)    Confiscaciones

Si se aumenta el gasto financiándolo con aumento de impuestos, ese aumento lo único que hace es transferir recursos de los que pagan más tributos a quienes los reciben vía el gasto. Supongamos que se grava a los sectores de mayores ingresos para transferírselos a los de menores ingresos. En principio los sectores de menores ingresos consumen más, pero los sectores de mayores ingresos invierten menos o bien ahorran menos. Al haber menos ahorro hay menos recursos para financiar inversiones y consumo, con lo cual el efecto de corto plazo es neutro. Solo aumenta el consumo de ciertos sectores a costa de más inversiones. El nivel general de demanda es el mismo, lo que cambia es la composición de la demanda. Se incrementa la demanda de bienes de consumo y se deprime la demanda de bienes de capital. El efecto de largo plazo es que las menores inversiones se traducirán en menos productividad de la economía, salarios reales más bajos en el futuro y menos puestos de trabajo. Ahora, si el gasto sigue aumentando y la presión impositiva se extiende a amplios sectores de  la sociedad, la historia muestra que la gente termina rebelándose contra los gobiernos que los esquilman impositivamente.

Imaginemos ahora que el aumento del gasto se financia con crédito interno. En ese caso, la mayor demanda de crédito por parte del sector público eleva la tasa de interés y desplaza al sector privado del mercado crediticio, con menor consumo e inversión. Nuevamente, hay más actividad por el aumento del gasto pero menos actividad por el costo crediticio más alto para invertir.

Si en vez de recurrir al ahorro interno se recurre al ahorro externo para financiar el aumento del gasto, puede haber una reactivación de corto plazo dado que se consume más utilizando el ahorro de los japoneses, alemanes o italianos, pero el efecto de largo plazo es que aumenta el gasto por mayores intereses a pagar, lo cual exigirá nuevas fuentes de financiamiento para pagar tanto los intereses como el capital. El ejemplo más claro que puede darse son los 90 cuando se financió el aumento del gasto con endeudamiento externo lo cual disparó el gasto y la deuda hasta que fue insostenible.

Si el aumento del gasto se financia con emisión monetaria, inicialmente puede generar una ilusión monetaria que lleve a más consumo, pero a medida que sube la tasa de inflación, caen los salarios reales y se contrae el consumo. El efecto de corto plazo puede ser más actividad pero en el largo plazo se entra en procesos de recesión con inflación o estancamiento con inflación. Es lo que vemos hoy día en la economía argentina. Si bien la fiesta de consumo artificial responde a varios factores adicionales (soja, crecimiento del mundo hasta la crisis del 2008, Brasil con un dólar barato etc.) la fuerte expansión monetaria para financiar el gasto está haciendo estragos en la actividad económica. Nuevamente, ilusión de consumo de corto plazo, caída de actividad en el largo plazo.

En cuarto lugar veamos el financiamiento del gasto consumiendo stock de capital. El Estado puede destinar recursos que deberían ir al mantenimiento de la infraestructura del país hacia sectores que al recibir esos recursos aumentan el consumo. En este caso no hay aumento de la actividad, solo cambia el tipo de actividad, se compran más bienes de consumo y baja la actividad en los rubros ligados al mantenimiento de rutas, trenes, sistema energético, puertos, etc. Desde el punto de vista macro, los que venden bienes de consumo festejan, los que se dedican al mantenimiento de la infraestructura ven disminuir sus ingresos, con el agravante que este mecanismo de financiamiento puede derivar en muertes como las que hemos visto en varias tragedias ferroviarias y en las rutas.

Finalmente, se puede financiar el gasto confiscando, como ocurrió con nuestros ahorros en las AFJP. Ahí si tenemos un aumento del consumo y de la actividad a costas de un sector de la sociedad que en el futuro vivirá en la miseria cuando tenga que jubilarse.

Como puede verse, no es tan cierto que el aumento del gasto público siempre incremente el nivel de actividad en el corto plazo. En unos casos solo genera cambios en el tipo de bienes que se demandan, pero la demanda global se mantiene constantes. En otros casos puede estimular la economía en el corto plazo pero con efectos contractivos en el largo.

El punto es cuando llega el largo plazo y el nivel de gasto es insostenible,  generando recesión e inflación. Llegado a este punto, a quienes sostenemos que debe bajarse el gasto público se nos acusa de ortodoxos del ajuste, cuando en realidad lo que se busca es la forma menos traumática de evitar una crisis de envergadura que le genere mayores penurias a la población.

¿Qué hizo Duhalde en el 2002? Generó una fenomenal devaluación, llamarada inflacionaria y caída del ingreso real para licuar el gasto público, pero con un costo para la población que fue infinitamente mayor a la reducción de gasto público que  en su momento había sugerido Ricardo López Murphy y fue atacado a mansalva por las medidas que había propuesto.

Obviamente que solamente bajar el gasto no sirve de nada si no está hecho en un contexto de política económica e institucional creíble que rápidamente encauce la economía hacia el crecimiento. Eso es lo que ocurrió con la devaluación del 2002. Solo cambió los precios relativos de la economía, licuaron el gasto público con la inflación pero no hubo un plan de crecimiento económico de largo plazo. Solo pudo sostenerse esa brutal devaluación porque la suerte hizo que subiera el precio de la soja y el viento de cola nos empujara en estos diez años.

Salvando las diferencias, el rodrigazo de 1975 fue un intento por solucionar el problema fiscal y de distorsión de precios relativos que había dejado José Ber Gelbard. Una vez más, creo necesario destacar que la historia ha sido injusta con Celestino Rodrigo porque fue a él al que le tocó destapar la olla a presión que le había dejado Gelbard. El error de Celestino Rodrigo fue hacerlo en un contexto político e institucional totalmente adverso, limitándose al flanco fiscal sin avanzar en otras reformas estructurales que requería la economía para ser encauzada.

En síntesis, es una ficción que el aumento del gasto público sea la panacea de la economía que mágicamente produce una explosión de actividad. En todo caso puede ser asimilada, dependiendo de la forma en que se lo financie, a drogar la economía, con el efecto desastroso que luego tiene sobre la sociedad cuando luego llega el momento de la verdad. Primero se pide más droga, pero ese exceso de dosis de droga terminan destruyendo el sistema económico y luego la cura es dolorosa.

Justamente porque es dolorosa los políticos tratan de esquivar el costo político de poner disciplina fiscal, monetaria y calidad institucional para atraer inversiones. Las cosas se van postergando hasta que, finalmente, los costos de los desatinos económicos se terminan pagando de la peor forma posible con más sufrimientos para la población.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

 

Cepo a las exportaciones

Por Aldo Abram. Publicado el 31/5/13 en http://www.libertadyprogresonline.org/2013/05/30/cepo-a-las-exportaciones/

 Cuando el gobierno habla del actual modelo, lo presenta como “proexportador” y se basa en la impresionante evolución de las ventas al exterior que, desde 2002, acumulan casi un 220% de incremento. Sin embargo, cuando miramos qué ocurrió, en el mismo período, con los restantes países de la región, vemos que todos tuvieron un crecimiento de sus exportaciones superior al de la Argentina. Conclusión: un contexto internacional favorable impulsó las ventas locales al exterior, a pesar de que el “modelo” actuó como un lastre.

No es de extrañar. Es imposible pensar que políticas económicas como las retenciones y los cupos a la exportación pueden ser un incentivo. Sin embargo, hacia adelante la perspectiva es peor. Te preguntarás, ¿no era que un mayor dinamismo de Brasil y una buena cosecha garantizaban un buen 2013?

 

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La evolución de las exportaciones ha sido decreciente hasta el primer trimestre de 2013, a pesar de que la economía brasileña muestra una lenta mejora en su tasa de crecimiento. Es que los vecinos pueden querer comprar más productos en el exterior; pero los productores argentinos tienen que poder proveérselos a un precio competitivo respecto del de otros países. Y, ahí, empiezan nuestros problemas. Las crecientes restricciones a las importaciones obligaron a muchos productores a usar insumos locales de menor calidad y mayor precio; por lo que sus bienes finales son peores y más costosos. Por otro lado, se dificulta la posibilidad de bajar costos produciendo con stocks mínimos (“just in time”), aún en el caso de proveedores locales que incorporan insumos importados que pueden ser trabados en su ingreso al país. Todo esto es una mochila pesada a la hora de competir en los mercados mundiales.

Por otro lado, el Banco Central deprecia la moneda nacional para cobrar un creciente impuesto inflacionario y transferírselo al gobierno para que financie sus excesos de gasto; pero, con el cepo, no reconoce plenamente la devaluación del peso en el tipo de cambio oficial. Actualmente, el gobierno les paga, a quiénes producen bienes exportables, alrededor del 60% del valor real de sus dólares y esta diferencia se ampliará a medida que pase el tiempo. El problema es que la inflación sí se refleja totalmente en los costos de los productores que pierden competitividad. Ejemplo de ello, son las economías regionales y aquellas industrias que son relativamente menos eficientes, que ya han empezado a tener dificultades para poder producir a precios atractivos para los compradores extranjeros. Este impacto negativo tenderá a agravarse y, cada vez, mayor cantidad de sectores tendrán que reducir su nivel de actividad, inversión y empleo.

Es cierto, se está levantando la cosecha de soja, no estará a la altura de las expectativas más optimistas; pero no será mala. Por lo tanto, las exportaciones crecerán en los próximos meses. Sin embargo, cuando el productor vea que le pagan alrededor del 40% de lo que vale su producto afuera, contra más de 60% que cobraba en 2011, y se de cuenta de que, en 2014, será peor (cercano a 30%), invertirá mucho menos en la próxima siembra. Por lo tanto, los rendimientos serán menores e, incluso, en muchas áreas marginales de producción, no se va a sembrar. Es decir, aún el sector más eficiente de la economía va a tener serios problemas de competitividad gracias al cepo cambiario. Por ello, no extrañaría que, luego de un repunte coyuntural, volvamos a ver que las exportaciones se desaceleran e, incluso, vuelven a caer.

Algunos plantean que el problema se resuelve con un desdoblamiento cambiario. Por ejemplo, haciendo que gran parte de las exportaciones y las importaciones pasen por el actual “cepo”, pero llamándolo “comercial”, y se permita que el, hoy, mercado paralelo funcione legalmente como un tipo de cambio “financiero” o “turista”, por el que se realicen el resto de las operaciones. Esto puede permitir algún alivio coyuntural del aumento de la brecha y, por ende, brindar una brisa de aire al ahogo de los exportadores. Sin embargo, estos seguirán dependiendo de un “dólar oficial” que no reflejará la verdadera depreciación del peso y, por ende, no se resolverá nada, sólo demora un poco la crisis.

Entonces, ¿la única solución es devaluar? Error, esa pregunta asume la versión oficial de que “impusimos el cepo para no devaluar”; lo cual es falso. Lo que se deprecia es el peso y el Banco Central lo ha devaluado fuerte para cobrarnos el impuesto inflacionario que le ha estado transfiriendo al gobierno, para que financie sus excesos de gasto. Sin embargo, desde fines de 2011, no refleja esa pérdida de valor en el tipo de cambio oficial. De la misma forma, a principios de 2007, el gobierno intervino el INDEC para que no muestre el verdadero incremento del índice de precios al consumidor o, a principios de este año, “congeló” los precios en los hipermercados, para “ocultar” la verdadera inflación en las góndolas. El problema es que la mentira tiene patas, y vida, cortas.

Decir que el INDEC debería mostrar la verdadera inflación, de alrededor de 25%, en lugar del “dibujo” actual de poco más de 10%, ¿es pedir más inflación? No, es reconocer la realidad, que es lo que debería hacer el Banco Central con el valor del peso, que hoy debe rondar, como mucho, un octavo de dólar. Pueden seguir mintiéndose a sí mismos y a todos los argentinos; pero a costa de agravar los problemas y de que la realidad se imponga en forma desordenada, derivando en una típica crisis cambiaria y bancaria argentina.

¿Hay solución? Sí, pero no sin costo, ya que el daño está hecho. Sin embargo, se puede atenuar actuando sobre los problemas de fondo que nos llevaron a esta situación. El primero, un gasto público desmadrado que ha llevado a saquear al Banco Central, obligándolo a cobrarnos un creciente impuesto inflacionario y, al perder solvencia, implementar el nefasto cepo actual. Habrá que aprovechar su licuación inicial para, en un tiempo prudencial, reordenarlo reasignando eficientemente los recursos y, a partir de allí, hacer un manejo austero del erario público.

El segundo, son las políticas que han destruido la credibilidad y la seguridad jurídica de la Argentina, incentivando a los argentinos y extranjeros a huir de los activos locales y refugiarse en los del exterior. Una justicia cada vez más dependiente del poder político, cuya capacidad de defender los derechos ante los atropellos del gobierno de turno se diluye; expropiaciones o confiscaciones de empresas sin respetar los pasos que marca la ley, la Constitución Nacional y los acuerdos internacionales; las ilegales retenciones o cupos a la exportación; los “congelamientos” que se sustentan en normas inexistentes y en la capacidad de daño de un gobierno que usa arbitraria y hegemónicamente el poder; los ataques contra la libertad de expresión; la impunidad de la creciente corrupción; y una lista interminable a la que cada uno puede ir agregando lo que su buena memoria le permita.

Si convencemos a los argentinos y al mundo que no volveremos a avasallar sus derechos, entre ellos el de propiedad, puede ser que decidan volver a traer sus ahorros e inversiones. Esto permitiría superar más rápido los costos sociales y económicos de los desmanejos políticos de los últimos años.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

 

¿Ante el abismo cambiario, el suicidio?

Por Enrique Blasco Garma. Publicado el 7/5/13 en http://www.ambito.com/diario/noticia.asp?id=687062

 La depreciación del peso, medida por el dólar “blue” o marginal, despierta temores a alteraciones de parámetros, con consecuencias imprevisibles, e incentiva propuestas de urgentes acomodamientos. Reclamos de ajustes inmediatos, para corregir la inflación y el abusado “atraso cambiario”. Todo lo cual genera gran inquietud. En estas circunstancias, los gobiernos que se apresuraron y dispusieron medidas no bien evaluadas fueron siempre suicidas. En poco tiempo, el salto devaluatorio precipitó desplomes de la demanda global, del poder adquisitivo del salario, quebrantos empresarios, del sistema financiero, conflictos sociales que recortaron la aceptación y sustentabilidad de los gobiernos. Un hito dramático fue el Rodrigazo de 1975, que devaluó el peso y elevó las tarifas de servicios públicos dramáticamente, fulminando los activos financieros y patrimonios de los ahorristas, empresas y diezmó la clase media y llevó la miseria a estratos desconocidos. Enseguida, el desorden y conflictos resultantes también alumbraron la caída del Gobierno y el golpe del último Gobierno militar.

No sólo gobiernos democráticos sufrieron las consecuencias de devaluaciones apresuradas. El proceso militar, al final de la gestión Videla-Martínez de Hoz, alteró la “tablita” cambiaria, con un ajuste de “apenas” un 10%. Ese quebrantamiento de expectativas alimentó perspectivas de nuevas “correcciones”, que se materializaron en pocos meses, con sendas devaluaciones del 30% cada una, para “reacelerar” la economía y “corregir el atraso cambiario”. Si bien el ministro y su jefe duraron poco, los argentinos volvieron a experimentar los rigores de “correcciones” para alentar la economía, que no hicieron más que contraer los ingresos y engrosar desazones y descontentos.

Ya en democracia, la devaluación del 6 de febrero de 1989 no sólo tumbó al gabinete si no que aseguró la pérdida del Gobierno en las próximas elecciones. En consecuencia, el desprestigio del Gobierno de Alfonsín fue tan grave que precipitó un traspaso anticipado, aun antes del término del mandato constitucional, a Menem, triunfador en los comicios. Repasando la historia argentina, no existe ninguna circunstancia en que un Gobierno produzca una devaluación brusca, a mitad de su mandato, y lo concluya.

En los análisis y recomendaciones de propulsores de medidas correctoras se advierten algunas fallas gruesas. La cotización del “blue” es un valor de salida, y al mismo tiempo de entrada, el precio del billete para sacar, unas personas, y entrar otras, capitales al país, en las actuales circunstancias. Cada comprador encuentra un vendedor, ambos dispuestos a efectuar la transacción contraria, unos compran la misma y exacta cantidad que otros venden. El valor del billete no incide en los niveles generales de precios, que vienen anclados, fundamentalmente, por el tipo de cambio único oficial. Los salarios, precios y tarifas se pactan con una expectativa cambiaria y de evolución de la demanda y condiciones productivas y normativas. No es verdad que la suba del “blue” eleve los niveles generales de precios. La competencia de oferentes y demandantes comprime los precios del mercado en una franja acotada por costos de importación e ingresos de exportación, salarios, impuesto, regulaciones y otros costos. El “blue” no tiene injerencia, aunque algunos pretendan utilizarlo como excusa.

Si queremos realmente atenuar la inflación, nunca se puede proponer devaluar la moneda. Devaluar es siempre elevar precios internos. No obstante, muchas propuestas para combatir la inflación comienzan recomendando devaluar.

El actual abismo cambiario guarda similitud con el abismo fiscal y las discusiones de la deuda pública en EE.UU. Frente al abismo, los funcionarios y legisladores responsables lo evitaron. En nuestro medio, advierto una pulsión suicida, similar a la de los experimentos de Henri Laborit, biólogo francés nacido en Hanoi. De sus experimentos con cobayos, Laborit saca las siguientes conclusiones, que extrapola al psiquismo humano:

1°) Ante una situación displacentera, un cobayo huirá o intentará controlarla. 2º) Si el cobayo no puede ni huir ni dominar la situación distresante, sufrirá afecciones psicosomáticas y le bajarán las defensas del sistema inmunitario hasta que probablemente muera como consecuencia de un “suicidio” instigado. Esas condiciones incentivan el salto “hacia adelante”, el hacer algo aunque finalmente provoque su propia destrucción.

Enrique Blasco Garma es Ph.D (cand) y MA in Economics University of Chicago. Licenciado en Economia, Universidad de Buenos Aires. Es Economista del Centro de Investigaciones Institucionales y de Mercado de Argentina CIIMA/ESEADE. Profesor visitante a cargo del curso Sist. y Org. Financieros Internacionales, en la Maestria de Economia y C. Politicas, ESEADE.

 

Marcó del Pont: a favor del Gobierno, en contra de los argentinos

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 20/8/12 en http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=3834

La presidente del Banco Central defendió, en un discurso, el vaciamiento de la institución cuyo fin es defender el valor de la moneda nacional y mantener la estabilidad de precios.

Realmente delirantes y preocupantes son las afirmaciones que realizó la semana pasada Mercedes Marcó del Pont, titular del Banco Central, al justificar el uso de reservas para pagar deuda. Lo que, puesto en otras palabras, significa hacer una defensa del vaciamiento de la institución que preside.

Veamos algunos párrafos de su discurso en el Congreso Anual de la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina (AEDA), en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), para vislumbrar lo que viene.

[ Nota relacionada: Intervención de Ciccone: ¿desde cuándo el peso es moneda? ]

Dijo la presidente del BCRA: “Esta política de usar reservas para pagar deuda no ha afectado el balance del Central”. Evidentemente Marcó del Pont parece no distinguir entre valor contable y valor de mercado. ¿Por qué digo que no distingue entre ambos conceptos? Porque el BCRA entregó reservas al Tesoro para pagar la deuda que éste no podía afrontar con recursos propios. A cambio de las reservas, el Tesoro le entregó al Central letras intransferibles que vencen entre el 2016 y el 2022. ¿Cuánto tiene en el activo de esas letras según el último balance del BCRA al 7 de agosto pasado? $ 147.347 millones, algo así como uno U$S 32.074 millones al tipo de cambio oficial. Es decir, aproximadamente el equivalente al 71% de las reservas que declara.

Ahora bien, al ser letras intransferibles quiere decir que no se pueden vender, por lo tanto su valor de mercado es igual a cero. Por eso decía antes, una cosa es el valor contable, el numerito que ponen en el BCRA en el balance por estos bonos, y otra muy diferente el valor que tienen en el mercado que, por obvias razones, es algún valor cercano a cero. Si el patrimonio neto que declara el Central a esa fecha era de $ 50.380 millones, pero del activo hay que restarle esos bonos que no tienen valor de mercado, el patrimonio neto del BCRA pasa a ser negativo en $ casi $ 97.000 millones. Y peor se pone la cosa si también le restamos del activo los $ 84.530 millones de emisión monetaria para financiar al tesoro que se contabilizan como Adelantos Transitorios, porque no tienen nada de adelantos ni de transitorios ya que el tesoro nunca le devuelve la plata ni está en condiciones de devolverla. Por el contrario cada vez le pide al Central que emita más moneda para cubrir el rojo fiscal. Haciendo bien las cuentas, el patrimonio neto del BCRA llegaba al 7 de agosto a $ 181.530 millones.

De manera que la primera burrada es decir que no se afectó el patrimonio del BCRA, al no distinguir entre valor contable y valor de mercado. Si se hace la distinción, se advierte fácilmente que lo que el Central tiene en el activo es un valor contable, pero con cero valor de mercado.

[ Nota relacionada: La falacia del récord de reservas del Banco Central ]

Segundo delirio económico de Marcó del Pont en su discurso: “Se han pagado 32.000 millones de dólares a organismos y acreedores privados desde mayo del 2003 a la fecha y sin embargo el Banco Central mantuvo la capacidad de maniobra para hacer política monetaria de manera eficiente”. Bueno, emitir al 36% anual no es tener gran capacidad de maniobra para hacer política monetaria de manera eficiente. Más bien es destruir el peso, aunque ya sabemos que ellos niegan que haya inflación.

Pero si tanta maniobra tenía para hacer política monetaria, ¿por qué tuvieron que prohibir la compra de dólares, el giro de utilidades y dividendos, frenar las importaciones, etc.? La respuesta es elemental: la gente huye del peso porque se deprecia, a pesar de que ella diga que hacen una política monetaria eficiente, y compra dólares. Por lo tanto, no hubo tal cosa como una política monetaria eficiente, sino un incentivo a la fuga de capitales.

Además deterioraron de tal manera el tipo de cambio real que impacta en el comercio exterior al punto que las economías regionales están más que complicadas. Para decirlo de otra forma, el Gobierno adoptó una política similar a la de la tablita cambiaria de Martínez de Hoz, es decir, el dólar aumenta menos que la inflación, con lo cual se deteriora el tipo de cambio real y afecta el sector externo al punto que, como decía antes, el dólar de 4,50 es un dólar virtual porque solo puede usarse para ciertos casos de comercio exterior, pero para el común de la gente ese dólar no está disponible. Ergo, los U$S 32.000 millones que se usaron para pagar deuda dejaron tan debilitado al BCRA que como no puede enfrentar una corrida cambiaria recurre al expediente de prohibir que la gente compre dólares para ahorrar, viajar, hacer turismo, pagar utilidades, etc. Hasta se metieron con los pobres jubilados que reciben su pago del exterior porque les liquidan en pesos los euros que le remiten y al tipo de cambio oficial. Es decir, estafan hasta a los pobres jubilados.

[ Nota relacionada: ¿Por qué es importante la Carta Orgánica del Banco Central? ]

En otro párrafo que tiene que ver justamente con esta violación al derecho de la gente de comprar dólares con el fruto de su trabajo, Marcó del Pont sostuvo: “En los últimos nueve años se generó un marco de condiciones que eliminó uno de los problemas históricos y estructurales, las restricciones de la economía externa”. Esta frase, que se asemeja al listado de frases cohete que he tratado en otra oportunidad, tiene un leve problema: las restricciones de la economía externa no se eliminaron, sino que se barrieron debajo de la alfombra prohibiendo la compra de dólares, porque la fuga de 25.000 millones de dólares anuales tumbaba al Banco Central con una facilidad impresionante. La forma en que se “eliminó” la restricción externa que defiende Marcó del Pont es como si hubiese dicho que se solucionó el problema previsional porque el Gobierno decidió matar al 70% de los jubilados para pagar menos jubilaciones. Obvio que violando derechos se “eliminan” problemas, pero también se elimina la libertad.

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Sobre el endeudamiento del Tesoro con el BCRA dijo: “Eso es cierto. Pero es más saludable que se endeude con el Banco Central que con los mercados”. Por empezar, si Marcó del Pont estudió economía tendría que saber que no son los mercados, es el mercado, en singular, porque el mercado, que no es un lugar físico, es un proceso que conecta a todos los sectores de la economía (financiero, real, etcétera).

Formulada esta primera aclaración correspondiente a Introducción a la Economía, vamos al punto: ¿por qué más saludable endeudarse con el Central que con el mercado? ¿Acaso el Central no piensa cobrarle la deuda al tesoro?

Marcó del Pont no advierte que al debilitar al BCRA en su patrimonio, una corrida cambiaria puede derivar en una corrida financiera, esto es: gente retirando sus depósitos de los bancos. Esa corrida seguramente se traducirá en emisión monetaria para otorgarles redescuentos a las entidades financieras para hacer frente a los pagos en ventanilla, lo que generará más inflación e impulsará la suba del tipo de cambio. Es decir, que el Gobierno se endeude en pesos o en dólares no evita que el ajuste recaiga sobre el sector privado vía caída del salario real por una llamarada inflacionaria y una devaluación.

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En definitiva, a partir de sus declaraciones queda claro que Marcó del Pont, fiel soldado kirchnerista, parece estar dispuesta a vaciar el BCRA y dejarlo agonizando para sostener al Gobierno en sus aventuras populistas y de poder hegemónico, en lugar de cumplir con su función que consiste en defender el valor de la moneda para que la población viva con el beneficio de no tener inflación.

Como resultado de ese comportamiento lo único que podemos esperar es más inflación con recesión, más pobreza, desocupación e indigencia, porque un país sin moneda es un país que rompió sus vías de comunicación, siendo que la moneda es una suerte de autopista que permite agilizar las transacciones y operar en el largo plazo.

Bien, Marcó del Pont está dinamitando esa autopista que facilita las transacciones en nombre del modelo Nac&Pop.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.