Defender la libertad es tarea y responsabilidad de todos

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 19/3/20 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/defender-la-libertad-es-tarea-y-responsabilidad-de-todosdefender-la-libertad-es-tarea-y-responsabilidad-de-todosirilisis-dolorti-scilla-alit-ulla-facilla-feu-feugait-la-feu-facil-nid2344922

 

El respeto recíproco es la base de la sociedad civilizada, pero, aunque parezca una conquista ya garantizada, es algo por lo que hay que trabajar cada día

Es muy pertinente -más en los momentos que corren- subrayar la importancia de que cada uno de los adultos (no digo todos porque, como decía Borges, “cada uno es una realidad, mientras que todos es una abstracción”) asuma la responsabilidad de contribuir a que se lo respete. El respeto recíproco no es algo que provenga de las nubes y caiga automáticamente sobre los humanos. Requiere estudio, comprensión y fundamentación. Es la base de la sociedad civilizada. Se presenta como algo evidente, pero cuando comienzan los debates sobre políticas concretas asoman las tensiones y los conflictos que desembocan en faltas de respeto sistemáticas.

Los Padres Fundadores en EE.UU. machacaban: “El precio de la libertad es su eterna vigilancia”, y para ser libre es indispensable contribuir al permanente mantenimiento de la libertad. Alexis de Tocqueville escribía que es común que en países de gran progreso la gente diera eso por sentado, momento fatal pues la esclavitud está a la vuelta de la esquina. Y no se trata necesariamente de la esclavitud de la antigüedad, sino de la moderna: la dependencia de los aparatos estatales para todo lo relevante en la vida. Los Espartacos modernos son los que contribuyen al respeto recíproco.

No es admisible que la gente se recline en sus butacas en una especie de teatro inmenso que ocupa una multitudinaria audiencia esperando que los que están en el escenario les resuelvan los problemas. Este es un buen modo para que el teatro se desmorone encima de los espectadores, que solo aplauden o abuchean, pero que no tienen rol activo. No importa a qué se dedique cada cual: el baile, la jardinería, la literatura, la economía o el derecho; cada uno es responsable de contribuir con su tiempo, con sus recursos o con ambas cosas al mismo tiempo para estudiar y difundir los principios y valores de una sociedad civilizada.

Conjeturo que si todos los que se dicen partidarios de la libertad procedieran en consecuencia, el mundo no se vería envuelto en los problemas graves que hoy padece con los crecientes nacionalismos, xenofobias, cargas impositivas insoportables, deterioros monetarios crecientes, deudas gubernamentales astronómicas y regulaciones asfixiantes, todo para financiar un Leviatán desbocado que en lugar de proteger derechos los conculca.

¿Cómo puede calificarse la irresponsabilidad de las actitudes pasivas? No es condenable que cada uno se ocupe de sus intereses personales, es loable y necesario para la división del trabajo y la prosperidad, pero no es aceptable que solo hagan eso. O, en todo caso, es necesario que se percaten de que está también en su interés personal el velar por el respeto de cada cual. Es urgente que cada uno tome la posta y no la delegue en el vecino. No hay pretexto posible que justifique el suicidio colectivo que surge de la apatía y el negacionismo o, en todo caso, de limitarse a algún comentario crítico a la hora del almuerzo para luego volver a las andadas: ocuparse de lo que está cerca de la nariz y abandonar la faena de hacer de escudo protector al efecto de que los vándalos no ocupen todos los espacios.

Incluso hay quienes frente a peligros extremos dicen que se mudarán a otro país para repetir la experiencia y ser free riders de otros que se esfuerzan por contener la hecatombe. Finalmente, si las cosas siguen así, no habrá otro lugar que el mar para ser devorados por los tiburones, pues las agendas se van corriendo a pasos agigantados si nos guiamos por muchos de los acontecimientos más sobresalientes de nuestra época.

Afortunadamente, no todos se comportan irresponsablemente: los hay que se preocupan y ocupan del problema, pero no son suficientes. Al contrario de lo que ocurre con las izquierdas, que trabajan denodadamente y son perseverantes en sus propósitos de colectivización.

Hay un libro escrito por Norbert Bilbeny titulado El idiota moral , que principalmente está dirigido a la monstruosa canalllada nazi, pero allí se consigna que “la necedad constituye un enemigo más peligroso que la maldad. Ante el mal podemos al menos protestar, dejarlo al descubierto y provocar en el que lo ha causado alguna sensación de malestar. Ante la necedad, en cambio, ni la protesta surte efecto. El necio deja de creer en los hechos [?] El mal capital de nuestro siglo tiene su causa en la apatía moral”.

Y nuevamente reiteramos: no es que sea ilícito el desear y buscar una vida feliz, rodeada de afectos en el contexto del autoperfeccionamiento y de otras ocupaciones privadísimas. Este es el objeto de la vida, pero para esa meta muy razonable es indispensable ocuparse de los medios que permitirán aquellos logros. Es inadmisible que se alegue desconocimiento, deben llevarse a cabo las tareas necesarias para contar con las argumentaciones que demanda el debate. Lo otro es pura comodidad mal entendida, pues así se prepara la debacle. Edmund Burke con razón ha sentenciado que “todo lo que se necesita para que las fuerzas del mal triunfen es que haya un número suficiente de personas de bien que no hagan nada”.

Nos dice Bilbeny en su obra: “La locura ha dejado lugar a la razón de Estado [?] La apatía moral es competencia del individuo, aunque se multiplique por cien mil y adquiera la forma del decreto”. En el contexto de esta nota periodística puede aparecer como extremo tildar de idiota moral al que se desentiende de los embrollos del momento, pero mirado de cerca no es así, puesto que el problema que tenemos entre manos es grave, y con solo revertir la apatía podríamos enderezarlo. Es la esperanza de producir un sacudón en los callados frente al peligro y mostrar que la situación podría ser luminosa si cada uno asumiera su rol de frenar los avances del espíritu autoritario. No hay posibilidad de esconderse ni de escapar a este llamado. Entre las acepciones de la palabra idiota, en el diccionario se encuentra: poco inteligente, fatuo, necio, ignorante, que incomoda con sus palabras o acciones. En nuestro caso lo circunscribimos al desconocimiento de la conducta moral en el ámbito mencionado. Muchos de los abstemios en estas cuestiones son personas de gran valía, lo cual es una razón adicional para involucrarlos en la contienda contra el abuso y el atropello a las autonomías individuales.

En medio de tanto desacierto, hay un aspecto en el que ha hecho estragos el llamado positivismo legal, que apunta a que cualquier cosa en cualquier sentido que promulgue el legislador debe aceptarse, en lugar de interiorizarse de los mojones o puntos de referencia extramuros de la norma positiva para que tenga sentido la Justicia. Ya que estamos comentando un aspecto del libro de Bilbeny, es del caso mostrar que los juicios de Núremberg reflejan el aserto debido a la inmediata abrogación de las leyes criminales de los nazis.

El mismo autor nos recuerda que el abominable Hitler ha enfatizado que “la conciencia es un invento de los judíos”, pero es una condición inherente al ser humano y debe ser revisada en el caso que nos ocupa al efecto de despertar la carga ineludible de obligación moral que a todos nos incumbe. Por su parte, Gustave Thibon en El equilibrio y la armonía nos enseña que “Mientras más pisos se añaden a un edificio, más hay que vigilar los cimientos”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

LOS QUE SOLO SE QUEJAN

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No se necesita ser muy avezado para percatarse que el mundo está en problemas. Aparatos estatales adiposos que atropellan derechos por doquier, corrupciones alarmantes, gastos públicos enormes, impuestos descomunales, deudas gubernamentales astronómicas, desempleos vergonzosos, miserias estremecedoras, inflaciones crecientes, regulaciones asfixiantes, modales grotescos, valores morales en decadencia, marcos institucionales deteriorados y, sobre todo, pésima educación, son algunas de las características más sobresalientes de la época.

Estas muestras solo pueden corregirse si se trasmiten principios opuestos al efecto de contar con una sociedad abierta donde prima el respeto recíproco. Hay mil maneras de contribuir: docencia, publicación de obras, ensayos y artículos, asambleas barriales, influencias sociales, reuniones sistemáticas para discutir libros que postulan las ventajas del espíritu liberal, el establecimiento de centros educacionales, cartas de lectores, distribución de textos en la vecindad, participación política en base a claros valores de la libertad y muchísimas otras maneras. Hay tarea para todos los que sepan leer y escribir. No hay excusas. De más está decir que antes de proceder debe estudiarse el tema ya que no tiene sentido difundir lo que no se sabe en que consiste, lo cual también implica un esfuerzo que debe llevarse a cabo.

Pero aquí nos encontramos con un grave problema: la enorme mayoría de las personas que simpatizan con la sociedad abierta y se oponen a los autoritarismos se limitan a quejarse en la sobremesa y una vez finiquitada la comida se olvidan de lo dicho y se dedican a sus quehaceres y arbitrajes personales. Se expresan como si fueran otros los responsables de enderezar la situación.

En realidad todos los que están interesados en que se los respete deberían hacer algo diariamente para explicar o difundir los principios que dicen defender. De lo contrario, el fracaso está garantizado. En su libro más conocido, Ortega ilustra magníficamente el punto al escribir que “Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted por sostener la civilización…se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. Un descuido y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado.” Por su parte, desde el lado marxista, Antonio Gramsci consignó el 11 de febrero de 1917: “Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos por como ha desempeñado el papel que la vida le ha dado y le da todos los días, por lo que ha hecho y sobre todo por lo que no han hecho.”

Por supuesto que arremangarse y contribuir en la faena para que se entienda y acepte la necesidad de vivir en libertad no es sencillo y no está exento de costos. No pain, no gain reza el proverbio anglosajón. Es fácil endosar el esfuerzo sobre las espaldas de otros argumentando que esos otros tienen facilidades e inclinaciones para luchar en pos de una sociedad libre. Esto es casi canallesco, puesto que nadie nace sabiendo, todos los que han logrado algo por si se debe a esfuerzos, constancia y mucho trabajo. Es cómodo (y cobarde) replegarse en los sillones de la casa o la oficina y concentrarse en ganancias personales y dejar que otros hagan las tareas sin ver que la peor pérdida es la de la libertad. Si esto se deja correr, es posible que cuando se pretenda reaccionar sea tarde. Es ciertamente duro el entrenamiento y la gimnasia de estudiar e influir sobre el prójimo al efecto de que se entiendan las enormes ventajas del respeto recíproco, pero es lo que hay que hacer por las razones apuntadas.

En no pocas oportunidades se estima que la lesión al derecho por parte del Leviatán ha sido leve y, por ende, no amerita una reacción y se opta por mirar para otro lado, pero como ha dicho Tocqueville “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin la otra.”

Si en algunos momentos excepcionales no se pudiera contribuir cotidianamente a lo sugerido, se deben destinar recursos a aquellas instituciones que congregan a personas que trabajan en pos de los referidos ideales nobles. Pero, en no pocas ocasiones, desafortunadamente se observa que empresarios irresponsables no apoyan -ni material ni moralmente- a entidades que apuntan a defender valores que no solo son del todo compatibles con el mundo empresario sino que deja de existir la empresa donde no opera el mercado abierto para convertirse los operadores en alcahuetes del poder de turno. Creen así que salvan a sus empresas sin percibir que, en estos contextos, el flujo de fondos se lo manejan burócratas desde la sede gubernamental. Es como ha dicho Lenin “los comerciantes que miran solo sus ganancias se pelearán por vender las cuerdas con que serán ahorcados.”

Y reitero una vez más que lo que venimos comentando nada tiene que ver con la ideología que es la antítesis del liberalismo, puesto que alude a un esquema cerrado, terminado e inexpugnable lo cual contrasta con la apertura mental, el contexto siempre evolutivo del conocimiento, las corroboraciones en todos los casos provisorias y las posibilidades siempre presentes de la refutación.

Es que lamentablemente la naturaleza no nos provee de libertad automáticamente. La civilización no aparece por arte de magia, su elaboración y formación inexorablemente se traduce en una ruta trabajosa no exenta de tragos amargos. No es para nada una originalidad sostener que se quiere vivir en paz, cada uno dedicado a sus cosas personales y a su familia y abstenerse de invertir esfuerzos para lograr el respeto recíproco. Pero el asunto no está en el terreno de la elección: es indispensable la faena de dedicar tiempo, dinero o las dos cosas como dique de contención a las agresivas influencias que socavan los pilares de la civilización. El hartazgo de vivir en un país decadente no se resuelve simplemente mudándose de país (lo cual es del todo respetable, tal como hicieron nuestros ancestros), puesto que en el nuevo lugar de residencia tampoco funciona el endosar en otros la responsabilidad de contención frente a la avalancha de amenazas, ya que en la media en que se generalice esta actitud suicida habrá que preparar otra mudanza hasta que solo quede como reducto el mar rodeado de tiburones. Del mismo modo que no es divertido gastar en alarmas en nuestros domicilios, tampoco es entretenido ni es un pasatiempo agradable el destinar “sudor y lágrimas” para defender la sociedad abierta, es una cuestión de supervivencia.

De más está decir que el dedicarse a los asuntos personales es no solo legítimo sino absolutamente necesario pero no es suficiente, precisamente, porque si no se dedica tiempo a proteger derechos el titular se quedará sin asuntos personales ya que se los arrebatarán.

En verdad, si se computaran todos los que dicen que adhieren a la libertad, la propiedad y el gobierno con poderes limitados a la protección de derechos, y cada uno hace su parte, la batalla estaría ampliamente ganada. El mundo está como está, en gran medida, debido a los apáticos, a los que esperan un milagro para que la situación se revierta en lugar de poner manos a la obra de inmediato.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.