Promoviendo la cultura de la violencia

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 17/3/16 en: http://www.panamaamerica.com.pa/opinion/promoviendo-la-cultura-de-la-violencia-1018155

 

Según el informe Panorama Fiscal de América Latina y el Caribe 2016, dado a conocer por la CEPAL en vísperas del XXVIII Seminario Regional de Política Fiscal -del 16 y 17 de marzo- en Santiago de Chile, “Durante 2015, las cuentas fiscales de América Latina registraron? un déficit del 3,0% del PIB y un nivel de deuda pública bruta del 34,7% del PIB. De los 19 países considerados, en 11 se incrementaron simultáneamente este déficit y la deuda pública como proporción del PIB”.

La CEPAL vislumbra un futuro heterogéneo en la región en 2016, ya que para la mayoría de los países de América del Sur se mantendrá la incertidumbre por la desaceleración de China y de otras naciones emergentes, mientras que México, Centroamérica y el Caribe se verán beneficiados por tasas de crecimiento positivas y, en las dos últimas subregiones, por la caída de los precios del petróleo.

En promedio, la región aumentó su presión tributaria en 0,2% del PIB, principalmente gracias al impuesto sobre la renta. Según el documento, aunque se comprobó un descenso generalizado de las tasas de evasión del IVA hasta 2007-2008, a partir de la crisis financiera se revirtió esta tendencia. La desaceleración del crecimiento económico y el deterioro de los términos de intercambio han tenido efectos muy significativos sobre las finanzas públicas de varios países, lo que ha obligado a realizar ajustes fiscales de magnitud.

Para la CEPAL, la evasión es una de las principales debilidades de los sistemas tributarios de la región. Para Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la CEPAL, sobre la base de estudios recientes, el incumplimiento asciende a un monto equivalente a 2,2% del PIB en el caso del IVA y 4,1% del PIB en el caso del impuesto sobre la renta, lo que suma un total de $320,000 millones en 2014. Estimaciones recientes sitúan en cerca del 70% la evasión del impuesto sobre la renta de las empresas en algunos países.

“Los ingresos tributarios constituyen la piedra angular del financiamiento básico de un Estado moderno y por ello es imprescindible priorizar la creación de una cultura impositiva en la que se penalice efectivamente a los evasores”, indica el organismo las Naciones Unidas. Con “penalice” efectivamente se refiere a utilizar el monopolio de la violencia estatal, la violencia, para forzar a quienes no quieren pagar voluntariamente.

Suena mal eso de forzar a las personas. Pero el problema no es que suene mal. El problema es que está mal. La ciencia ya ha demostrado que la violencia solo destruye: para decirlo rápidamente, existe un ordenamiento natural sapientísimo y la violencia -ya lo decían los filósofos griegos- es aquello que produce un cambio extrínseco (por fuera de la persona, de su voluntad) del desarrollo espontáneo de la naturaleza.

Las personas pagan de buen grado lo que les conviene. Nadie tiene reparos, por caso, en pagar a quién le brinda un buen servicio sobre todo cuando quiere que el servidor permanezca. Cuando se niegan a pagar voluntariamente es porque o no les interesa lo que se ofrece, o creen que su dinero se malgastará. Por tanto, es respetable su negativa y, en cambio, es inmoral -va contra las leyes naturales- “una cultura impositiva que penalice”, que violente. La eficiencia económica es el resultado, precisamente, de que voluntariamente las personas entregan su dinero a cambio de lo que les conviene más: así ganan.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

¡Es el intervencionismo, estúpido!

Por Iván Carrino. Publicado el 13/8/15 en: https://igdigital.com/2015/08/es-el-intervencionismo-estupido/

 

A menudo se cree que los problemas económicos de los países son el resultado inevitable del sistema capitalista. Sin embargo, las crisis de Argentina, Brasil y Venezuela son muestras concretas de todo lo contrario.

“China imprime yuanes para comprar acciones. La Fed imprime dólares para comprar bonos. ¿Por qué seguimos usando el término “mercados”?”

Jim Rickards

Si bien no son pocos los que insisten con que asistimos a la gran crisis del capitalismo global, lo cierto es que nuestras economías están cada vez más intervenidas por el gobierno. En su momento, el intervencionismo era responsable exclusivamente del hundimiento de los países que se ubicaban detrás de la cortina de hierro.

Hoy, sin embargo, esta realidad ha cambiado. Incluso en los Estados Unidos, antaño paradigma del capitalismo y la libertad, los principios fundacionales se encuentran en pleno declive.

La deuda pública del país del norte alcanzará este año, según estimaciones oficiales, los USD 18,6 billones, lo que equivaldrá al 103,6% del PBI, un nivel no visto desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Por otro lado, la Reserva Federal imprimió nada menos que 3,2 billones de dólares desde el año 2008, llevando la base monetaria desde el 5% al 23% del PBI, con el objetivo de “estimular la economía”. Finalmente, el número de páginas del Código de Regulaciones Federales, por medio del cual el gobierno controla desde la seguridad nacional hasta los bancos, las bolsas de comercio y el desarrollo urbano, pasó de tener 19 mil páginas en 1949 a tener 169 mil en el año 2011.

Esta ola de intervencionismo no deja inmune a América Latina y hoy, cuando la marea del llamado Súper Boom de los Commodities comienza a bajar, podemos ver quiénes quedaron peor parados por abusar del gasto público, la emisión monetaria y el control político de la economía.

Si bien toda la región muestra una desaceleración debido a un contexto internacional menos favorable, la realidad es que hay tres países que están atravesando verdaderas crisis económicas. Estos son Brasil, Argentina y Venezuela.

Brasil. Recesión e inflación: Brasil mantiene desde comienzos del gobierno de Lula da Silva un elevado gasto público que en 2014 ascendióal 40% del PBI.

Si bien el gobierno tiene un acceso limitado al Banco Central por el sistema de metas de inflación, la profundización del déficit fiscal, que en 2014 llegó al 6,2% del PBI, presiona sobre los precios. La inflación en Brasil se está acelerando: en julio del año pasado era del 6,5%, mientras que este julio ascendió al 9,6% anual.

Además, para financiar el gasto público, el gobierno acudió al endeudamiento. Desde el año 2003, la deuda bruta del gobierno de Brasil se multiplicó por 3, pasando de USD 438 mil millones a USD 1,35 billones, por lo que los acreedores comienzan a dudar acerca de la capacidad de pago del gigante de Latinoamérica.

Esto está generando incertidumbre, fuga de capitales y finalmente, la devaluación del real con respecto al dólar. Los pronósticos ya esperan una caída del 2% del PBI y así Brasil entra en recesión con inflación, un resultado típico de las políticas intervencionistas.

Argentina. Recesión y Megainflación: nuestro país vive una crisis en cámara lenta. Gracias al boom de la soja y la devaluación de 2002, los gobiernos kirchneristas tuvieron espacio para implementar políticas expansivas tanto a nivel fiscal como monetario. El gasto pasó del 20,5% del PBI en el año 2003 al 38,5% en 2014.

Este incremento fenomenal de las erogaciones no solo generó un aumento inédito de la presión tributaria, sino que llevó a expropiaciones como la de las AFJP, mediante la cual el gobierno se hizo de una caja adicional para seguir financiando su clientelismo.Finalmente, el déficit y la emisión monetaria terminaron impactando en los precios, que crecen en torno al 25% hace nada menos que 7 años. El incremento del gasto y la inflación, sumados a los controles de cambio, de precios y al comercio exterior, le quitan competitividad a la economía y destruyen el incentivo a invertir. El resultado, el país tiene la economía paralizada y una inflación extremadamente elevada para los estándares internacionales.

Venezuela. Megarecesión y ultrainflación: Venezuela es el ejemplo claro de cómo el intervencionismo exacerbado puede hundir a una economía y terminar con la libertad política de sus ciudadanos. Como porcentaje del PBI, el gasto público en Venezuela se disparó 17 puntos, pasando del 26,1% al 43,6% entre desde el comienzo del chavismo en 1999 hasta 2014. Semejante incremento del gasto dio lugar a sucesivos déficits fiscales, alcanzando el 15% del PBI en 2014 según las estimaciones del FMI.

Al igual que en Argentina, el déficit se financió con la emisión  descontrolada de bolívares y hoy Venezuela es el país con más inflación del planeta, con precios que se duplican año tras año. La implementación de extendidos controles de precios no hizo más que agravar el problema, destruyendo la competitividad y la rentabilidad de las empresas venezolanas y, con ellas, las bases del crecimiento económico.

Hoy Venezuela vive una verdadera catástrofe económica y política, con ciudadanos que deben acudir a medicinas veterinarias por la imposibilidad de conseguir medicamentos aptos para humanos y con centenares de presos políticos, resultado de un sistema cada vez más represivo en todos los ámbitos de la vida.

Es una moda, especialmente entre políticos e intelectuales, acusar de todo al malvado capitalismo. Sin embargo, una mirada detenida a los hechos, muestra que la crisis que viven los países de la región no es culpa del sistema de la libre empresa, sino de todo lo contrario.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.

Deudas y pagos

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 26/4/15 en: http://www.libremercado.com/2015-04-26/carlos-rodriguez-braun-deudas-y-pagos-75469/

 

El presidente Obama dijo en una oportunidad que el gran aumento de la deuda pública durante su mandato no era preocupante porque una gran parte no estaba en manos extranjeras: “Nos la debemos a nosotros mismos”. El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz dijo que el impago de la deuda no es malo: “Los períodos de cesación de pagos marcan el comienzo de la recuperación económica”, y puso como ejemplo mi Argentina natal.

El argumento de que la deuda pública no importa si el Estado la coloca entre sus súbditos es una antigua falacia mercantilista: es como si una mano le debiera a la otra, decían. Los economistas clásicos, desde Adam Smith, refutaron la idea y sostuvieron que la supuesta bondad de esa deuda simplemente indicaba que al Estado le resultaba más fácil colocarla puesto que podía subir los impuestos a los mismos que la compraban, cosa que no podía hacer con los compradores extranjeros. En la época actual, con deudas denominadas en monedas cuya emisión a menudo los propios Estados controlan, se añade que es más fácil para los Estados expropiar a sus súbditos con impuestos explícitos, con inflación (un impuesto implícito) y con impagos que tienen consecuencias menos nocivas para los gobernantes, que además pueden forzar la colocación con medidas (por ejemplo, sobre bancos o fondos de inversión o pensiones) difícilmente aplicables a los acreedores foráneos.

Los clásicos concluían de todo ello que había que limitar las emisiones de deuda pública, salvo en caso de guerra, porque era un recurso mediante el cual el Gobierno podía aumentar el gasto público sin necesidad de recaudar en cada momento para sufragar el gasto de cada momento. No era, por tanto, inocuo que la deuda fuera colocada localmente, entre otras cosas porque, al revés de lo que dijo Obama, esos “nosotros mismos” no somos iguales ante la ley: el Estado es más poderoso que los ciudadanos.

Una variante de la trampa conforme a la cual la deuda no importa si es comprada por nacionales es que tampoco importa no pagarla. Es lo que dicen Stiglitz y muchos otros con demasiada precipitación. Es verdad que la Argentina creció después de declarar el default a comienzos de 2002, pero ese año el PIB cayó un 12%, y después el país tuvo dos considerables ventajas de las que sus incumplidores gobernantes se beneficiaron. La primera, bien conocida, fue la apreciable subida en los precios de las materias primas. La segunda, sobre la que se reflexiona menos, es que el país no sufrió mucho con la reciente crisis financiera porque tampoco registró la burbuja previa. En efecto, al haber impagado la deuda… nadie quería prestarle. Pero de ahí a decir que el default es bueno porque después de él la economía crece hay un considerable trecho.

El argumento de los que recomienda impagar nunca pondera los efectos negativos de esa medida. Sostienen, así, que si un país deja de pagar, entonces puede destinar el dinero a otras cosas, como políticas monetarias y fiscales expansivas, lo que reanima la economía bajando los tipos de interés. Todo ello puede tener efectos perjudiciales, que rara vez son tenidos en consideración, del mismo modo que nunca se atiende a los intereses de las personas físicas y jurídicas que prestaron dinero a los Estados en su día, sólo para que después les digan tararí.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Ricardo López Murphy: “El default de Argentina fue un fracaso colectivo inexplicable”

Entrevista realizada por Belén Marty. Publicada en:   http://es.panampost.com/belen-marty/2014/08/01/ricardo-lopez-murphy-el-default-de-argentina-fue-un-fracaso-colectivo-inexplicable/

 

Fue candidato a presidente de Argentina en 2003 y 2007, y a jefe de Gobierno de Buenos Aires en 2011. También fue ministro de Economía, ministro de Defensa y ministro de Infraestructura y Vivienda durante la presidencia de Fernando de la Rúa (1999-2001). Actualmente preside la Red Liberal de América Latina (RELIAL) y la Fundación Cívico Republicana (FCR). Su nombre es Ricardo Lopez Murphy y, además de político y profesor universitario, es un hombre sencillo. Me encontré con él ayer a la mañana en su oficina de la avenida Córdoba. La altísima humedad fue el segundo tema más recurrente de las conversaciones del jueves. El primero fue, sin lugar a dudas, el default y el futuro de la economía argentina. Me cuenta que estaba con la agenda apretadísima por el tema de la cesación de pagos. Y es verdad, durante el tiempo que duró la entrevista lo llamaron al menos cuatro veces. Ricardo López Murphy en su oficina de Buenos Aires.

Empecemos por el contexto local. ¿Qué opina usted de cómo se manejó la Argentina con respecto a la negociación con los fondos buitre?

En el contencioso que hubo entre los fondos que se ocupan de deuda en mora —yo nunca les digo buitre, porque si ellos son buitre nosotros somos carroña— yo entiendo que es un slangque se usa en Argentina pero implica para nosotros temas muy delicados… Estos fondos se habían puesto como clave en toda su estrategia hacernos caer en default. Esa era la más grande amenaza que ponían sobre Argentina. Y esa era una amenaza complicada puesto que si caíamos en default, ellos también pierden porque van a la cola del default. Era como si hubiesen dicho acá “vuela el avión” si no hacen caso a mi demanda. Y la verdad que eso fue lo que ocurrió. Para la Argentina es una tragedia. El núcleo de la amenaza era el default. Argentina tenía tres características que es muy importante entender para ver la irracionalidad de la situación en donde estamos. Argentina tiene una baja deuda pública, no por austeridad sino porque nadie nos presta, y eso es un factor importante. En general los países que defaultean son aquellos que tienen una enorme deuda pública. También, la deuda argentina tenía un bajo servicio anual. Los costos de intereses de la deuda argentina eran de menos de 1%. Ningún país defaultea con una deuda pública chica y bajo servicio. Forzarnos a defaultear es hacer un daño a un país que ya tiene un problema enorme en vinculación con el mercado de capitales. Yo creo que esto ha sido mal manejado y terminamos en este desastre. Y este desastre es triple. Esto agrava los problemas de Argentina, que es quien más va a sufrir. Por un lado es un mal resultado para el juez. La idea del juez era resolver la controversia. Yo creo que a lo mejor si se hubiese podido correr la resolución a enero, hubiese sido mas fácil superar un tema que en el acierto, en el error, traumatiza al gobierno argentino: la cláusula RUFO (Rights Upon Future Offers). Yo diría “hay que tener cuidado” porque no es un tema menor. Tercero, es un muy mal resultado para los holdouts, porque es como los terroristas que se matan ellos mismos. ¿Qué queda después de volar esto? Si hay default y no se paga, perdemos todos. Fue un fracaso colectivo casi inexplicable. La paradoja de Argentina es que ha hecho dos cosas increíbles: Tuvo el default más grande de la historia y el default más pequeño de la historia. En 2002 tuvimos un default inmenso y ahí teníamos un problema que la deuda era más grave y teníamos condiciones externas muy adversas. Ahora tenemos buenas condiciones y una deuda pequeña. Argentina es el único país del mundo que logra el default en estas condiciones. Yo creo que el Gobierno argentino ha subestimado este problema, ha usado una retórica inconducente de consumo doméstico que no ayuda a resolver problema y me parece que no percibe de la misma manera que yo lo hago, los inmensos costos que tiene el default. El Gobierno tiene una visión alegre sobre eso. Uno sabe como entra al default pero uno no sabe como sale de él. En este proceso todos aprendimos. Yo creo que los que entraron aprendieron que a losholdouts le fue mucho mejor que a los holdins. ¿Tu volverías a entrar sabiendo cómo les fue a los que pleitaron? ¿O pleitarías también? Ahora, si todos pleitean, el tema no tiene solución. Es decir para resolver estos problemas inventaron las leyes de quiebra, las sociedades de responsabilidad limitada. Hay en el mundo mecanismos para resolver estos problemas pero no los hay para los deudores soberanos, por eso es tan complejo el tema, por eso todo el mundo es tan prudente en su retórica. Nadie habla sin el abogado al lado. Lo que ayer hizo el ministro Kicillof de hablar después de negociar cinco horas bajo un estrés extraordinario no lo hace nadie porque es muy difícil controlar las emociones en esa circunstancia. Y es muy difícil que uno diga cosas que después no tienen arreglo.

¿Resolverá algo el hecho de que Argentina vaya al tribunal de la Haya a protestar?

Podrás ir a la Haya, protestar, pero eso no va a solucionar el problema. Solo puede darles alivio y gratificarlos emocionalmente. Es como un luto, como un proceso de luto del fracaso. Eso no arregla el problema del default ni el acceso nuestro al mercado de capitales.

En el diario tenemos muchos lectores venezolanos, ¿cómo ve usted la situación económica de ese país?

Venezuela no está en default. Argentina está en una categoría más baja. El único país latino que está en default en mi conocimiento es Cuba. Estamos en una situación extremadamente crítica. Venezuela no ha dejado de pagar el servicio de su deuda, nosotros sí. En el caso de Venezuela, su deuda es significativa, en nuestro caso no. Lo que es increíble es que Argentina tenga un problema con una deuda tan pequeña.

El gasto público del Gobierno es un tema recurrente de la crítica opositora. ¿Cómo resolvería el problema del alto gasto público?

Para ponerlo en perspectiva, el gasto que era 30 puntos del producto [interno bruto] paso a ser 50. Y va a haber que volver a un nivel razonable. Va a haber que ir para abajo. Eso se hará gradualmente si hay recursos y mas enérgicamente si no los hay. A veces uno corrige porque no hay remedio. No siempre es por inteligencia o lucidez. No es algo que uno elige. Esa idea de que uno puede hacer o no va a depender de los recursos que tengas. El gasto público exagerado e ineficiente lo que hace es bajar el nivel de vida porque baja la creación de puestos de trabajo, baja la productividad, entonces uno puede empobrecerse terriblemente. El caso de Venezuela es el caso más claro, es un país inmensamente rico —mucho más que la Argentina— y vive mucho más pobremente porque ha desbordado el sector público y ha quebrado todas las actividades rentables en el país. Eso termina mal. Uno puede corregir inteligentemente o porque tuvo una terrible crisis. Yo creo que Maduro y compañía van a corregir ahora no porque se han vuelto lúcidos sino porque no tienen más espacio, la situación se les ha hecho inmanejable.

¿Cómo resumiría brevemente la década kirchnerista en Argentina?

Una década desperdiciada con un enorme costo para las generaciones más jóvenes, un lastre muy grande para nuestro futuro y a mi me produce una inmensa tristeza. Me genera esto por lo que perdimos, por lo que desaprovechamos, por las consecuencias que van a quedar, por haber hecho tanto daño a nuestra cultura y a nuestro sistema de pensamiento. Se ha machacado tanto con una retórica disparatada que los argentinos nos hemos deseducado, hemos perdido nuestra capacidad de entender nuestro dilema por eso nos pasan cosas patológicas como el caso de la deuda.

¿Qué opina de la polémica secretaría de Pensamiento Nacional que creó el gobierno semanas atrás?

La idea de que uno pueda imponer un pensamiento único desde el Estado endiosando a sus líderes es el paradigma del totalitarismo. Se relaciona con hacer del Estado el centro de nuestra vida y endiosar al líder de la experiencia estalisnista, maoísta, la experiencia fascista. Se subordinan los derechos individuales y las libertades al Estado. Esto es lo que define al colectivismo que para mí es la pesadilla del siglo XX.

¿Dónde está parado el liberalismo en la región?

Yo lo veo en una enérgica lucha ideológica, conceptual y cultural. La batalla más importante es la batalla por las ideas. Ojalá maduremos en esta batalla para poder librar una en el campo electoral. Pero el primer plano precede al segundo. Los valores de la libertad, los éxitos de la libertad, el tipo de sociedad que ha construido la libertad, me parece que no tienen comparación. Cuando uno lo mira desde un ángulo racional es casi imposible creer que alguien elija el otro camino. En este sentido hemos cumplido en resistir la ola colectivista y totalitaria y pasar vigorosamente a la ofensiva. Nadie nos ve ahora callados. Han surgido jóvenes líderes que con un fervor extraordinario en sociedades donde la agresión a la libertad es tremenda están dispuestos a jugarse la vida en las calles. Yo eso no lo había visto en mi juventud. Los que venimos hace años batallando por estas ideas hoy sentimos una compañía inmensa. Y eso a mi me llena de placer. Parte de esto es un proceso educativo, de la difusión de las ideas. Esa batalla cultural no ha concluido, al contrario, la estamos librando.  Desgraciadamente, hay mucha gente que vive del esperpento totalitario. Yo diría que una de las cosas que mas me han impactado es la percepción del éxito y del crecimiento de estas ideas en la literatura, en el debate público, en los jóvenes. Te lo voy a decir con emoción: nada me gustaría más que vivir para verlo. Lo que ha sido casi una cátedra, se convierta en un foro, y que el foro se convierta en una legión de jóvenes que defiendan estas ideas. A esto le he dedicado mi vida, así que imagínate lo que me gustaría que estas ideas prevalecieran. En este sentido somos invencibles, porque nos tienen que matar para quebrarnos.

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.

A las puertas de un doble default

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 20/6/14 en: http://opinion.infobae.com/nicolas-cachanosky/2014/06/20/a-las-puertas-de-un-doble-default/

 

Si nos guiamos por las propias palabras del gobierno, Argentina estaría cerca de entrar en un default de su deuda pública sin siquiera haber terminado de salir del previo. Si bien es difícil predecir qué pueda suceder luego de entrar o no en default, sí es importante tener un diagnóstico acertado de cuál es el problema de fondo para no repetir los mismos errores. Bien podría decirse que Argentina no aprendió del default del 2001 si a poco más de una década se encuentra ante un problema similar (el famoso “una crisis cada 10 años en Argentina”). Si bien la situación amerita velocidad de reacción por parte del gobierno, hay dos puntos importantes importantes de resaltar para que no se pierdan en el análisis de corto plazo. En primer lugar el rol del déficit fiscal, en segundo lugar una diferencia fundamental en este default respeto al anterior que no parecer estar recibiendo la atención que merece.

 

El Déficit Fiscal

Lamentablemente el problema de la deuda pública y el juicio con los holdouts (peyorativamente llamados fondos “buitre”, cuando en realidad son “fondos de inversión de riesgo”) es convenientemente tratado por la clase política como si fuese algo caído del cielo. No hay bonos (deuda) que pagar sin déficit fiscal. Y el déficit fiscal se debe a un insostenible nivel de gasto público proveniente de una clase política adicta al clientelismo político y al populismo. No existe tal cosa como el populismo (clientelismo político) bueno y malo, en todas sus versiones el populismo generan más costos que beneficios. Son los representantes del pueblo en el Congreso quienes firman los presupuestos deficitarios y les cabe a ellos, por lo tanto, la responsabilidad de los desequilibrios fiscales. En una República, el Poder Ejecutivo ejecuta el presupuesto que los representantes del pueblo le envían en forma de ley. La clase política, sin embargo, parece guiarse más por una ciega ideología nacionalista que por la racionalidad que sus cargos requiere. El siguiente gráfico muestra el déficit financiero (déficit total) del gobierno desde la vuelta de la democracia hasta el 2013.

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El gráfico deja apreciar algunos detalles importantes. Se ve que la norma durante más de treinta años fue la de déficit, no la de una administración responsable. Es claro al ver el gráfico que culpar del posible default a fondos de inversión roza lo infantil. Tener un presupuesto equilibrado no es de izquierda ni de derecha, es del más elemental sentido común de administración pública. Se aprecia, también, que en la década del 90 el aumento de déficit (y por lo tanto de deuda pública) comienza en 1993 durante el primer mandato de Menem. Esto también muestra que el problema en la década del 90 no fue el “1 a 1″ en sí, sino el llevar la deuda a niveles insostenibles. De allí el default en el 2001 y la devaluación que licuaron el gasto público produciendo un superávit más accidental que planeado. El gráfico también nos muestra que Néstor Kirchner heredó este superávit accidental y que la tendencia en su mandato fue a empeorar el resultado fiscal de manera consistente. Tendencia que Cristina Kirchner continuó también de manera consistente. En otras palabras, Cristina Kirchner es una continuación de Néstor Kirchner. Sostener que Néstor Kirchner se preocupaba por tener un superávit fiscal se contradice con la tendencia decreciente del gráfico.

En términos del PBI del 2013, lo que el gobierno debe pagar a los holdouts (1500 millones de USD) es medio punto del PBI. Si se suman los 15.000 millones de USD que eventualmente podrían sumarse, se llega a 5% del PBI. Con Alfonsín el déficit llegó a 8 puntos del PBI (el mayor desde la vuelta a la democracia). Con Menem el déficit llegó a casi 5 puntos del PBI. De la Rúa lo llevó a 7 puntos del PBI. Cristina Kirchner ya lo tiene casi en 5 puntos del PBI. Si la clase política sintiese el mismo rechazo a estos niveles de déficit que le tiene al pago que debe hacer a los houldouts Argentina sería un país mucho más estable. La clase política escapa a su responsabilidad haciendo mal uso de términos como “neoliberalismo” para desviar la atención del insostenible déficit fiscal en los 90 o de “fondos buitres” durante el Kirchnerismo. Problema similar pueden estar en el futuro del país los políticos insisten en buscar excusas para evitar hacer frente al problema de insostenible gasto público.

Los dos Defaults

El potencial default al que se enfrenta Argentina tiene una diferencia fundamental con el del 2001 que no debe pasar desapercibida. De no pagar, Argentina entraría en un doble default. Por un lado el no pago de deuda. Por otro lado, a falta de mejor nombre, en un “default institucional” al decidir ignorar la sentencia de la corte de justicia a la que Argentina voluntariamente eligió someterse. Luego de la crisis del 2001 el país se vio en la necesidad de importar seguridad jurídica para tener algo de credibilidad dado que la seguridad jurídica del país no es confiable. De entrar en default (o intentar un cambio de jurisdicción), Argentina estaría unilateralmente saliéndose de la legislación NY. En el 2001 Argentina podía ofrecer la legislación NY (o la de Londres, por ejemplo), como alternativa a la local. Pero si Argentina decide ignorar los fallos del juez Griesa, ¿qué puede ofrecer a cambio de la justicia local la próxima vez que quiera pedir crédito en los mercados internacionales? Es por esto que Argentina se enfrenta a algo más que un default de deuda pública.

Un litigio como en el que se encuentra Argentina requiere que las partes voluntariamente acepten y cumplan las sentencias. No existe una policía internacional que haga cumplir los fallos del juez como es el caso de la justicia local de cada país a través de la fuerzas policiales. De allí la importancia que tiene que Argentina sea respetuosa de las instituciones. En un picado de fútbol entre vecinos de barrio, donde la AFA no puede hacer cumplir los fallos del referee, aquel que no sigue las reglas del juego e ignora las faltas cuando le conviene, difícilmente sea nuevamente invitado al próximo picado.

Esto dista de ser una diferencia menor. Si un país entra en default, pero respeta las instituciones, entonces es posible negociar una salida y hacer un canje de deuda. El problema se soluciona en el corto plazo. Pero si un país decide abiertamente ignorar las instituciones y la legislación a la que voluntariamente se somete, no puede solucionar la falta de credibilidad “negociando” dado que la credibilidad institucional de un país no se puede comprar. Al costo de corto plazo de tener que renegociar una deuda en default, Argentina estaría sumando un costo de largo plazo al mostrar que ante la posibilidad de pagar y negociar, decide no hacerlo con argumentos considerados muy poco serios fuera de la militancia Kirchnerista.

Esperemos que la cordura y la racionalidad, que tan esquiva la resulta al Kirchnerismo, ilumine esta última etapa de gobierno. Los Argentinos ya han tenido que hacerse cargo de demasiados desequilibrios fiscales para sumar problemas innecesarios

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Mitos y verdades sobre deuda e intereses

Por Enrique Blasco Garma. Publicado el 10/4/14 en http://blascogarmaconsulting.blogspot.com.ar/2014/04/mitos-y-verdades-sobre-deuda-e-intereses.html

 

Existe una fuerte discusión política y económica respecto del peso de la deuda pública sobre el crecimiento de los países y el gasto en intereses de servir esas obligaciones. Ese debate da lugar a falacias, que existen porque siguen un razonamiento fácilmente comprensible, aunque dejan de lado elementos sustanciales. La falacia se construye así. A mayor deuda pública corresponden mayores gastos de intereses para cumplir la deuda y, por ende, mayores impuestos y menor crecimiento. Este razonamiento penetra en todas las mentes, sin exigir demostración alguna. Sigue así: a mayor endeudamiento público más riesgo, peor calificación, y mayor tasa de interés exigida. Esta visión se vio fuertemente respaldada por el trabajo de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, dos prestigiosísimos economistas de EE.UU. Ellos concluyeron: cuando la deuda pública excede el 60% del PBI, el crecimiento cae en un 2% anual. Y cuando supera el 90%, la tasa de crecimiento cae a la mitad. Esto lo publicaron, en un artículo muy influyente en la discusión política, en el más prestigioso de los Journals, American Economic Review de diciembre 2010. El impacto fue tal que dio lugar a un libro, “Esta vez es diferente”, de gran éxito e influencia política en EE.UU., especialmente en el Partido Republicano, aportando munición para las reducciones de gastos federales y mayores impuestos de 2013. Y también prendió en Europa, tanto en la eurozona como en el Reino Unido. Los partidarios de la austeridad fiscal encontraron un fuerte soporte en este paper. Más tarde, varios autores criticaron la calidad de los datos, empañando la contundencia del relato.
Desde finales de la década de 1960, la deuda pública de la mayoría de las naciones ha estado creciendo en forma continuada. En EE.UU. la relación deuda pública total/PBI era del 41% en 1980. Ahora supera el 100%; no obstante, la tasa de interés a 10 años primero creció del 6,67% anual, al final de la década de 1960, hasta casi el 14% en 1981 por la contracción monetaria para frenar la inflación, hasta la actual del 2,7% nominal. Y en títulos ajustados por inflación, el rendimiento cayó del 3% anual, antes de la crisis en 2007, al actual 0,6% anual. Es ese lapso, la deuda federal de EE.UU. aumentó del 58% al 104%. Lo mismo el Reino Unido y demás países avanzados. El caso de Japón es emblemático, con una deuda del 50%, en 1980, y superior al 240% en 2013, paga las menores tasas de interés del planeta, el 0,6% nominal anual a 10 años y el 1,75% a 40 años. El conjunto de los países de la OECD presenta un endeudamiento público del 110%, cuando en 2008 alcanzaba sólo el 40%. Y las tasas pagadas por la deuda nacional cayeron drásticamente. Cabe advertir que al término de la Segunda Guerra Mundial, el endeudamiento había alcanzado los niveles actuales para luego caer a un poco más del 25%, a finales de la década de 1960 y principios de 1970.
No obstante la creciente deuda pública, manifestada desde mediados de la década de 1970, las tasas reales de interés tocaron un pico en 1982 -época de la crisis de la deuda en la Argentina y el resto de Latinoamérica- para luego ir descendiendo paulatinamente. Hoy los países con nexos financieros fluidos pagan tasas de interés reales muy cercanas a cero.
Seguramente existen varias y diversas explicaciones de por qué las tasas reales de interés han estado
decreciendo marcadamente hasta llegar a cerca de cero, o incluso negativas, a pesar de las deudas públicas tanto más voluminosas, en continuado ascenso. El Fondo Monetario Internacional dedica todo un capítulo de su último World Economic Outlook al tema, donde propone varias explicaciones.
Desde el punto de vista de la economía que enfatiza los encuadres institucionales, la mayor confianza generada por gobernanzas transparentes/previsibles, con funcionarios responsables ante el electorado, la Justicia y demás entes de control ciudadano justifica la baja del riesgo y, con ello, la menor inflación y menores tasas reales de interés. En general, las deudas tanto públicas como privadas se expanden en contextos de desarrollo económico y social. El progreso conduce a la progresión de contratos. El mismo acto o actividad económica se divide en mayor número de contratos para satisfacer a un número más grande de actores económicos y así obtener mayores valores. Más riqueza. En consecuencia, a medida que las naciones maduran se multiplican los instrumentos financieros y las deudas. El desarrollo aumenta los activos financieros, las deudas de los actores económicos, más que la producción de bienes y servicios.
La falacia de la incidencia de la deuda pública merece mayores estudios. Su influencia en la política económica de una nación es muy considerable.

 

Enrique Blasco Garma es Ph.D (cand) y MA in Economics University of Chicago. Licenciado en Economia, Universidad de Buenos Aires. Es Economista del Centro de Investigaciones Institucionales y de Mercado de Argentina CIIMA/ESEADE. Profesor visitante a cargo del curso Sist. y Org. Financieros Internacionales, en la Maestria de Economia y C. Politicas, ESEADE.

El fin del patrón dólar

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 6/10/13 en:

http://www.eluniversal.com/opinion/131006/el-fin-del-patron-dolar

Los más optimistas dicen que pasarán décadas, los más pesimistas pocos años, en cualquier caso dos cosas son seguras, que el dólar como moneda patrón global “tiene los días contados” porque es la ley de la vida que todo lo que crece muere y que los políticos están yendo con prisa por “el camino correcto” para destruirlo. Recordemos que la libra esterlina ocupó su lugar durante 200 años hasta que la Segunda Guerra Mundial (SGM), dicen los mejores historiadores, selló su muerte: los costos y la destrucción, además del triunfo ideológico de la izquierda, ergo, el aumento del gasto estatal que trajo destruyeron a la economía inglesa y a la libra.

Dicho sea de paso, vista ahora en perspectiva, la SGM no alcanzó su objetivo de terminar con la tiranía, por el contrario fortaleció a la más poderosa de la historia, la soviética (luego desmontada sin violencia), que apoyó a guerrilleros hoy convertidos en gobernantes populistas por todo el mundo. La SGM significó el triunfo ideológico del marxismo y un nivel de destrucción en vidas humanas (60 millones, además de los 30 millones que asesinó Stalin) y material, un empobrecimiento global, que jamás hubiera logrado el tirano Hitler por su cuenta antes de caer como cayó pacíficamente la mucho más poderosa URSS.

Sucedió que, debido a que comenzó el año fiscal y el presupuesto no fue aprobado por el Congreso, el Gobierno se quedó sin fondos y se “cerró” lo que, en rigor, ya sucedió 17 veces en la historia solo que ahora la crisis económica es mucho más seria. Llama la atención que Obama, aunque se suspenderá el pago a los civiles en Defensa, aseguró por ley los fondos para las Fuerzas Armadas y subrayó que las tropas en todos los países se quedarán, con acuerdo entre demócratas y republicanos ya que nadie quiere ser culpado de que los militares (1.400.000 en servicio) no reciban su paga.

Esto viene al caso porque el militar total de EEUU llega casi al 20% del gasto del Gobierno Federal cuya deuda crece a razón de US$200 millones por hora y que, incluidos organismos y empresas descentralizadas, supera los US$20 billones. EEUU debe más que cualquier otro país en la historia, más que toda la Unión Europea junta. Considerando una tasa en torno al 4% anual, debería pagar solo de intereses casi un billón por año. Su gran “ventaja” es que puede imprimir dólares para pagar su deuda, y es lo que ha venido haciendo la Reserva Federal (Fed) a un ritmo de US$85 millones mensuales. Pero esto tiene un límite y la gran pregunta es ¿qué sucederá cuando se termine esta ventaja?

La trampa es que hoy Washington no puede dejar de imprimir porque no tiene con qué pagar la deuda, a menos que reduzca muy drásticamente los gastos, empezando por el militar (de casi US$2 billones anuales) o venda, privatice propiedades masivamente. Pero es muy improbable, vista la situación política, que algo de esto ocurra, con lo cual la caída del patrón dólar parece inevitable en un plazo no muy lejano, de hecho, hace un tiempo que hay movimientos lentos de países como China que, irónicamente, no desean acelerar demasiado los plazos precisamente porque tienen fuertes posiciones en divisas de EEUU y una devaluación del dólar (que ya cayó 10% desde junio 2010 gracias a la aceleradísima tasa de emisión de la Fed) conllevaría grandes pérdidas.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

¿Hoy somos todos keynesianos?

Por Adrián O. Ravier. Publicado el 2/8/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/08/02/hoy-somos-todos-keynesianos/

Las ideas de John Maynard Keynes surgieron en el marco de la Gran Depresión de los años treinta. Entre los años 50 y 60 muchos economistas coincidían en afirmar “ahora somos todos keynesianos“. Incluso Milton Friedman llegó a decirlo en 1965. La nueva crisis revitalizó el pensamiento de Keynes y The Economist colocó a dos prestigiosos economistas a responder la gran pregunta: ¿Somos hoy todos keynesianos? De un lado Brad De Long, del otro Luigi Zingales. ¿Qué respondieron?

La respuesta de Brad De Long

Se suponía que Brad De Long iba a defender la postura, pero pidió disculpas y afirmó que ya no, “hoy no somos todos keynesianos”. Por ejemplo, leyendo The New York Times encuentra que William Poole, ex presidente de la Reserva Federal de St Louis, considera que “el gasto del gobierno no puede liderar el camino hacia una recuperación sostenida, debido a que su efecto de estímulo se verá compensado por anticipado con impuestos más altos y con la necesidad de financiar el déficit”.

En 1970 William Poole fue un keynesiano que daba por sentado que la política de déficit y el gasto fiscal tenían un papel adecuado y
eficaz en la lucha contra las recesiones. Pero Poole no está solo. Robert Barrode Harvard Universitydijo sobre la propuesta de estímulo fiscal de Obama: “Este es probablemente el peor proyecto de ley que se ha presentado desde la década de 1930. No sé qué decir. Quiero decir que está perdiendo una enorme cantidad de dinero, que tiene una teoría simplista que no creo que funcione (…) No creo que vaya a expandir la economía (…) Va más en la línea con tirar el dinero a la gente (…) Creo que es basura”.

John Cochrane, de la Universidad de Chicago, agrega: “Nadie ha enseñado esto a estudiantes de postgrado desde 1960 (…) Son los cuentos de hadas que se han demostrado falsos. Es muy reconfortante en tiempos de crisis volver a los cuentos de hadas que escuchábamos cuando éramos niños, pero esto no los hace menos falsos”. Cochrane agrega que “el gobierno emitirá bonos para pedir prestado, lo que significa que los inversores al comprar bonos del Tesoro de EEUU dejarán de invertir en acciones o productos, anulando el efecto de estímulo”.

Edward Prescott, de la Arizona State University, quien ganó un premio Nobel de Economía en 2004 por su estudio sobre los ciclos económicos, hizo esta contribución: “Los economistas en el campo están profundamente divididos sobre la cuestión del estímulo federal (…) No sé por qué Obama dijo que todos los economistas están de acuerdo en esto. Ellos no lo están”.

Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, declaró: “Los rescates y planes de estímulo son financiados mediante la emisión de más deuda pública (¡el dinero debe venir de alguna parte!). La deuda, agregó, absorbe los ahorros que de otro modo irían a inversión privada… a pesar de la existencia de recursos ociosos, los rescates y planes de estímulo no agregan nada a los recursos actuales en uso. Acaban de mover recursos de un uso a otro”.

De Long concluye que “el argumento de los señores Fama, Prescott, Cochrane, Barro, Poole y compañía es lo que los economistas llaman la Ley de Say. Es la afirmación de que las decisiones de aumentar el gasto, ya sea que vengan del gobierno o de cualquier otra persona, no pueden estimular la economía y aumentar el empleo y la producción porque la demanda debe ser creada por la oferta. Si el gobierno gasta, alguien más debe recortar sus gastos“. ”Así que ahora, no puedo decir que somos todos keynesianos. Lo más que puedo decir es que deberíamos serlo”.

La respuesta de Luigi Zingales

Y que podemos tomar de lo dicho por Luigi Zingales, quien se suponía defendería una posición opuesta a la de De Long. Se pregunta: “¿Qué significa ’ser keynesiano’? Simplemente creer en el papel de los componentes de la demanda en la determinación de la producción total es una caracterización insuficiente. Un verdadero keynesiano difiere, en tanto que él también cree que: 1) La política monetaria no es la herramienta más eficaz para estabilizar la economía y puede ser completamente ineficaz en algunas circunstancias (trampa de liquidez); 2) la política fiscal es eficaz y el gasto del gobierno es la herramienta preferida; 3) la intervención del gobierno funciona y las consecuencias a corto plazo son más importantes que las de largo plazo”.

“Con esta definición en mente, hay cuatro formas en las cuales la afirmación ‘todos somos keynesianos’ puede ser interpretada. Sugiero que la declaración es falsa en tres de cuatro de estas interpretaciones”. “La primera interpretación es que la profesión económica ha llegado a un consenso sobre las posiciones keynesianas. Esta declaración es definitivamente falsa. Si usted navega a través de los artículos publicados en la revista líder de la American Economic Association en 2008, verá que sólo uno de los 12 artículos que se ocupan de las cuestiones macroeconómicas (Código JEL E) soporta (aunque muy indirectamente) la idea de una política fiscal de expansión como una herramienta política. Un desequilibrio aún mayor está en el pináculo de nuestra profesión. Entre los 37 ganadores del premio Nobel de Economía en los últimos 20 años, cuatro recibieron el premio por sus contribuciones a la macroeconomía. Ninguno de ellos podría ser considerado keynesiano. De hecho, es difícil encontrar trabajos académicos que apoyan la idea de un estímulo fiscal”.

“La segunda interpretación posible es que existe un consenso entre los economistas en que las causas de la crisis actual es keynesiana. Incluso en esta interpretación la declaración es falsa. No creo que ningún economista se atrevería a decir que la actual crisis económica de EEUU ha sido causada por subconsumo. Con cero de ahorro personal y un gran déficit presupuestario del gobierno de Bush hemos tenido una de las políticas keynesianas más agresivas en la historia”. “La adhesión a los principios de Keynes no sólo no evitaron el desastre económico actual, sino que incluso han contribuido enormemente a la causa. El deseo keynesiano de gestionar la demanda agregada, haciendo caso omiso de los costos a largo plazo, impulsado por Alan Greenspan y Ben Bernanke a mantener las tasas de interés extremadamente bajas en 2002, impulsaron el consumo excesivo de las familias y la asunción de riesgos excesivos por parte del sector financiero. Más importante aún ha sido la formación keynesiana de nuestros responsables políticos lo que les ha llevado a ignorar el papel que desempeñan los incentivos en las decisiones económicas.

La principal diferencia entre Keynes y la economía moderna es el énfasis en los incentivos. Keynes estudió la relación entre los agregados macroeconómicos, sin ninguna consideración por los incentivos subyacentes que conducen a la formación de estos agregados. Por el contrario, la economía moderna basa todos sus análisis sobre los incentivos. En 1998, cuando el co-Fed coordinó el rescate de Long Term Capital Management, no se preocuparon por el impacto que esta decisión tendría sobre los incentivos para asumir riesgos y la liquidez adecuada de precios. Cuando el señor Bernanke diseñó el rescate de Bear Stearns, no se preocuparon por el impacto que esta decisión tendría sobre los incentivos de los otros bancos de inversión para aumentar el capital social a precios bajísimos. Cuando cambió de posición dos veces en el espacio de dos días, dejando a Lehman caer, pero rescatando a AIG, no se preocuparon por el impacto que tendría en la confianza de los inversores y los incentivos para invertir.

Éste es el comportamiento errático que ha asustado al mercado y ha creado la actual crisis económica: en una encuesta reciente el 80% de los estadounidenses declaran que tienen menos confianza de invertir en el mercado como consecuencia de la forma en que el gobierno ha intervenido”. “Si los principios keynesianos y la educación son la causa de la depresión actual, es difícil imaginar cuál puede ser la solución. Por lo tanto, incluso la tercera interpretación que deben seguir las recetas keynesianas para combatir la actual crisis económica, es falsa. No discuto la idea de que algún tipo de intervención del gobierno puede aliviar las condiciones económicas actuales, y que una política económica keynesiana puede hacerlo. Con un déficit de cuenta corriente que en 2008 fue de 614 mil millones dólares, un déficit presupuestario que fue 455 mil millones dólares y los gastos militares de 731 mil millones dólares, es difícil argumentar que el gobierno no está estimulando la demanda lo suficiente.

La crisis actual no es una crisis de demanda, es una crisis de confianza. El mal gobierno corporativo, junto con las políticas del mal gobierno, ha destruido al sector financiero, asustando a los inversores y congelando los préstamos. Es como si una bomba nuclear hubiera destruido todas las carreteras de EEUU, y afirmaran que para mitigar el impacto económico de un evento semejante, debería invertir en los bancos. Es posible que con el tiempo haya un efecto goteo. Pero si el problema es de los caminos, lo que necesitamos es reconstruir los caminos, no subsidiar al sector financiero. Y si el problema es el sector financiero, se deseará solucionar este problema y no la construcción de carreteras”.

“La única interpretación en virtud de la cual la declaración en cuestión es cierta es que ‘nosotros’ el pueblo estadounidense y sus
representantes elegidos sean todos keynesianos. El keynesianismo ha conquistado los corazones y las mentes de los políticos y las personas comunes y corrientes, ya que proporcionan una justificación teórica para el comportamiento irresponsable. La ciencia médica ha establecido que uno o dos vasos de vino al día son buenos para su salud a largo plazo, pero ningún médico recomienda a un alcohólico en recuperación seguir esta receta. Lamentablemente, los economistas keynesianos hacen exactamente esto. Le dicen a los políticos, que son adictos a gastar nuestro dinero, que los gastos del gobierno son buenos. Y qué decir a los consumidores, que se ven afectados por problemas graves de gasto, que el consumo es bueno, mientras que el ahorro es malo. En la medicina, tal comportamiento tendría que ser expulsado de la profesión médica; en economía, le ofrece un trabajo en Washington”. Un 37 % de los lectores de The Economist que votaron en la encuesta afirmaron que SÍ, que “hoy somos todos keynesianos”. Un 63 % dijo que NO, que esta afirmación carece de sentido.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

“Volver al futuro” o cómo se repite la misma telenovela económica

Por Aldo Abram. Publicado el 31/5/13 en http://www.ambito.com/diario/noticia.asp?id=690964

Los gobiernos populistas son como las telenovelas. Cuando comienzan parecen diferentes a las anteriores que hemos visto. Algunos actores no son los mismos, se desarrollan en otros lugares o, incluso, en diferentes épocas; los protagonistas son de condiciones sociales distintas; pero, a medida que avanzan los capítulos, nos vamos dando cuenta de que el fondo del relato es igual. Pronto, más allá de las ocurrencias y parches de los autores para alargar la llegada del final, éste resulta más que previsible.Tras 10 años de kirchnerismo, la conclusión es que estamos viviendo un “deja vú o una especie de “Volver al futuro”. Si miramos nuestra historia, podemos encontrar otros gobiernos cuya gestión se le parece más; pero, por eso, es más interesante compararla con otra década, la menemista. No importa si las políticas populistas son de izquierda o de derecha, todas tienen un mismo desarrollo, generan un inicial e insostenible auge de gasto y, después, un período en el que empiezan a llegar las “facturas” que inevitablemente habrá que pagar con un ajuste.

En 1991, el Plan de Convertibilidad llegó para recuperar la estabilidad, tras pasar una hiperinflación, por bastardear la moneda nacional para financiar excesos de erogaciones del sector público. La solución fue atar el peso al dólar y restringir al mínimo la posibilidad del Banco Central de transferirle recursos al Estado para que gaste. Sin embargo, el menemismo no dejaba de tener su impronta populista y, a pesar de haberse encorsetado, buscó otros caminos para alimentar el “hambre del Estado”.

Consiguió recursos privatizando las empresas públicas que eran deficitarias y proveían pésimos servicios.

También, utilizaron el crédito y aunque es cierto que el sistema de capitalización bajaba los pasivos previsionales futuros, la deuda registrada (visible) de corto y mediano plazo se incrementó a pasos agigantados.

Lamentablemente, el exceso de gasto público basado en financiamiento externo terminó destruyendo el tipo de cambio real y quitándole competitividad al sector privado.

Todo esto derivó en un necesario ajuste a partir de la segunda mitad de 1998 y que quitó sustento político a quienes tuvieron que pagar la “fiesta”. El resto es historia conocida.

Luego de la crisis que obligó a los argentinos a afrontar todas las facturas pendientes y ya en los inicios de un proceso de recuperación económica, en mayo de 2003, asume la presidencia el Dr. Néstor Kirchner. Con una visión peronista de izquierda “setentista”, que bautizaron como “progresismo”, empezó una nueva telenovela populista que asumimos distinta al “peronismo de derecha” de Menem. Empezamos una fiesta de gasto público y privado, financiado con los recursos de la reactivación y los que se les quitaba a los sectores beneficiados por un escenario internacional extraordinariamente favorable. También, nos consumimos el capital acumulado en los sectores de servicios públicos, en los que se incentivó una insuficiente e ineficiente inversión y mantenimiento, para subsidiar a los demandantes de esas prestaciones. Un ejemplo, hoy, visible del resultado de este desmán es el sector de la energía, donde los niveles de producción y de reservas han mermado fuertemente; pero, además, donde el estado de las redes de distribución es de una extrema fragilidad, ya que faltó hasta el mantenimiento mínimo necesario. Podemos sumar, la pérdida de rodeo ganadero y los menores niveles de cosecha de trigo en cien años para “priorizar la mesa de los argentinos”, como otros botones para la muestra.

Si vemos el gráfico adjunto, no queda duda que el auge se acabó; ya que “el mundo no se está cayendo” y sólo estamos empezando a pagar las facturas de la “fiesta”. La provisión de energía será cada vez más escasa e incierta, con niveles de subsidios y necesidades de importación crecientes. Lo mismo se observará en la calidad de las prestaciones de todos los otros servicios públicos “intervenidos” o estatizados por el gobierno. “Nada nuevo bajo el sol” para los que recordamos la década del ´80.

La necesidad de financiar los excesos de gasto público llevó a exprimir a más no poder al Banco Central. La primera consecuencia fue el fuerte aumento del impuesto inflacionario; pero, también, la merma del tipo de cambio real. Esto se agravó con el saqueo de las reservas internacionales, derivando en la pérdida de solvencia del BCRA que lo llevó a imponer el “cepo” a fines de 2011. A partir de allí, el gobierno se ha financiado devaluando fuertemente el peso; pero sin reconocerlo en el tipo de cambio oficial. El problema es que esta depreciación de la moneda nacional sí se refleja en la inflación y, por ende, en los costos de los productores. Por lo tanto, la pérdida de competitividad será mucho mayor a la que se venía observando antes del cepo.

Un ejemplo, la producción más eficiente de la Argentina, zona núcleo sojera. En el 2011, un productor recibía, descontadas sólo las retenciones, más de 60% del precio internacional. Este año, por la actual cosecha va a obtener, con suerte, alrededor de 40%. Cuando vea el resultado y se de cuenta que el cepo es equivalente a una retención creciente (en 2014 el porcentaje percibido estará más cerca de 30%), decidirá invertir menos en la próxima siembra. Por lo tanto, habrá menos rendimiento y producción. Si eso sucederá en el sector más competitivo de la economía, ¿qué le quedará a los que son relativamente menos eficientes?

Ya no quedan cajas para exprimir (más allá de parches como el blanqueo) que permitan darle impulso a la economía con un gasto público excesivo. El cepo se ha transformado en un corset cada vez más asfixiante para todos los productores de bienes exportables. La creciente inseguridad jurídica de un gobierno que se extralimita en el ejercicio del poder que fija la ley y la Constitución, ahuyenta a los inversores. Los próximos años habrá que pagar los costos de la fiesta K. Lástima que muchos se dieron cuenta tarde de que esta telenovela era igual a las anteriores. Nos hubiéramos ahorrado estos 10 años que, en definitiva, son el mismo relato de fracaso populista.

Aldo Abram es Lic. en Economía y director del Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados de Argentina (Ciima-Eseade) .

 

El tema de la deuda gubernamental

Por Alberto Benegas Lynch. Publicado el 26/4/13 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7769

A raíz de mi exposición en el congreso con motivo de los 25 años de la Fundación Libertad en Rosario (Argentina), a principios del corriente mes de abril, en la que sugerí distintas medidas para revertir la difícil situación por la que atraviesan muchos países, algunas personas allí presentes me solicitaron que me explayara sobre uno de mis puntos que aludió al endeudamiento público, lo cual hice sumariamente en esa ocasión y me propongo hacer ahora en forma algo más detenida, aunque he desarrollado el tema extensamente en dos de mis libros.

En 1798, Thomas Jefferson, en carta dirigida a John Taylor relata la impresión que en su momento tuvo al leer la flamante Constitución estadounidense cuando era embajador en París: “Desearía que fuera posible introducir un enmienda a nuestra Constitución. Estaría dispuesto a depender solamente de ella para la reducción de la administración de nuestro gobierno en base a los principios genuinos de la Constitución: quiero decir, un artículo adicional por el que se saque del gobierno federal el poder de endeudarse”.

Es de interesante detenerse a considerar esta preocupación circunscripta principalmente al gobierno central debido a la atención primordial que los Padres Fundadores le atribuían al federalismo (por ello muchos de ellos insistían en limitarse a revisar los Artículos de la Confederación y no elaborar una Constitución nueva y de donde parió el fértil y sonado debate entre federalistas y antifederalistas), pero el tema se extiende también a la deuda de los estados miembros de la unión.

El asunto es bifronte, por un lado, se apuntaba a minimizar el poder forzando a que se financiaran con el producto de los recursos presentes, es decir, los impuestos y, en el límite, cuando los gobiernos se extralimitan y abusan del poder que les fue conferido, alentar la rebelión fiscal tan consubstanciada con la Revolución Norteamericana, comenzando con los impuestos al té en Boston. Pero, por otra parte, mostrar que la deuda gubernamental es incompatible con la democracia en el sentido de que compromete patrimonios de futuras generaciones que no han participado en el proceso electoral que eligió a los gobernantes que contrajeron la deuda.

Se podrá argüir que, como contrapartida, las futuras generaciones podrán gozar de los beneficios de las obras que se construyeron con los recursos provenientes de la deuda. Esto debe analizarse desde varios ángulos. En primer lugar, no puede concluirse que existen beneficios cuando el procedimiento fue realizado compulsivamente con los recursos detraídos del fruto del trabajo de otros. Diferente es cuando el proceso es voluntario asumiendo los riesgos con patrimonio propio, en ese caso los resultados podrán criticarse por futuras generaciones pero no puede objetarse la legitimidad de usar y disponer de lo propio que no comprometen bienes pertenecientes a terceros.

Por otra parte, hay aquí  una cuestión de finanzas públicas que debe ser considerado. Por definición, una inversión es realizada voluntariamente sopesando la preferencia temporal en el sentido de evaluar las ventajas de consumir en el presente o ahorrar e invertir al efecto de conjeturar que el beneficio será mayor en el futuro. Por ello es que “ahorro forzoso” constituye una contradicción el los términos. Del mismo modo, tal como nos enseña Rothbard en su tratado de economía, la clasificación de “inversión pública” (o estatal) carece por completo de rigor en economía, puesto que siempre se trata de un gasto. La noción de inversión no parte de una idea caprichosa y arbitraria, como si fuera simplemente lo que genera un bien durable puesto que las pirámides egipcias son por cierto durables pero difícilmente puedan catalogarse seriamente como inversiones. En otros términos, la inversión no está escindida del mercado y es del todo ajena a las imposiciones políticas.

En el caso que nos ocupa, no es procedente intrapolar lo que ocurre en una empresa privada a la administración pública en cuanto a la evaluación de proyectos referida al pago al contado frente al pago diferido al contraer una deuda, del mismo modo que en la visión convencional del gobierno no es pertinente calcular el retorno sobre la inversión de la Justicia.

Las llamadas obras públicas deben privatizarse con lo que las formas de pago se derivan de la situación de mercado en cuyo contexto cada cual asume los riesgos correspondientes. Por otra parte, la historia muestra el testimonio de obras colosales realizadas por el sector privado se traten de represas, telefonía, electricidad y autopistas (en mi libro Las oligarquías reinantes. Buenos Aires, Editorial Atlántida, 1999 -que prologó mi querido amigo J. F. Revel- me detengo en este último punto desde los peajes en los ríos navegables hasta las modernas carreteras y calles y los diferentes sistemas aplicados en zonas residenciales, industriales y centros comerciales).

Por otra parte, son precisamente las obras públicas la fuente más potente de corrupción en todos los gobiernos. Sin duda que al referirnos a la deuda gubernamental, no estamos diferenciando entre la externa y la interna puesto que la naturaleza del problema es la misma en ambos casos (también en este contexto debe tenerse en cuenta que no habría lugar para programas tales como la mal llamada “seguridad social” que, además de constituir un estafa a los más necesitados, significa la confiscación de los ingresos de todos).

En situaciones extremas, se ha sugerido tercerizar el servicio correspondiente con pagos al contado que signifiquen beneficios al tercerizado que compensen el descuento. En este panorama general, de más está decir que resulta indispensable cerrar los grifos posibles para la inflación monetaria a través de la liquidación de la banca central al efecto de que la gente pueda elegir los activos monetarios que estime convenientes, tal como lo han propuesto autores de renombre como Hayek , Gary Becker, Buchanan y en la última versión monetaria de Friedman, siempre  en un cuadro de situación en el que queda abolida la manipulación política de los encajes bancarios (sea a través del free-banking o de la reserva total para cuentas corrientes según prospere este muy jugoso debate).

Hoy vivimos la crisis de las deudas elefantiásicas como consecuencia de astronómicos incrementos en los gastos del Leviatán, fomentados por instituciones inauditas como el Fondo Monetario Internacional que, como han expresado Anna Schwartz, Peter Bauer, Karl Brunner, Melvyn Krauss, James Bovard y tantos otros, ha servido y sirve para financiar y consolidar -con recursos detraídos a los contribuyentes de diversos países -absurdas políticas que demuelen instituciones clave como la propiedad privada, la moneda sana, la razonabilidad tributaria y la prudencia en el gasto y en la referida deuda estatal (hay gobiernos como el actual argentino que se separan del FMI al solo efecto de evitar auditorias de organismos oficiales que fabrican cifras falsas, y ha reemplazado con creces su deuda con ese organismo vía endeudamiento interno).

En línea equivalente a lo expresado, el antes mencionado premio Nobel en Economía James Buchanan arriba a varias conclusiones sobre la deuda gubernamental. Primero, subraya lo que denomina la peligrosa  “ilusión fiscal” que genera ese tipo de deuda que permite que se gaste en el presente con recursos que se demandarán en el futuro (en “Public Debt, Cost Theory and Fiscal Illusion”, Public Debt and Future Generations, J. M. Ferguson, ed., University of North Carolina Press). Segundo, sostiene que “es inmoral que una generación imponga el pago a otra para el beneficio de la primera” (en “Budgetary Bias in Post-Keynesian Politics: The Erosion and Potential Replacement of Fiscal Norms”, Deficits, J. M. Buchanan, C. K. Rowley y R. Tollison eds.,  Basil Blackwell). Tercero, enfatiza que la generación que se hace cargo “no tuvo derecho a participar en la decisión” (en “The Ethics of Debt Default”, también en Deficit, op.cit.). Y finalmente, para rematar la situación, Buchanan sostiene que, por ejemplo, “el gobierno de los Estados Unidos ha incurrido repetidamente, de hecho, en default  de la deuda a través de la inflación” (en “Bugetary…op. cit.).

La vida se traduce en trade-offs puesto que no es posible realizar todo al mismo tiempo. La vida es una constante elección de prioridades. En el caso de la deuda gubernamental, deben sopesarse las ventajas circunstanciales del endeudamiento con los peligros manifiestos del Leviatán desbocado y, para recurrir a una expresión futbolística, abstenerse de “patear la pelota para adelante” y jugar lo que se debe jugar en el momento sin endosar los problemas al futuro que, en el caso que nos ocupa, además significa hacer de cuenta que se disponen de más recursos de los que en verdad existen para ganar elecciones sin importar la carga de la herencia que se trasmite.

Por supuesto que se han sugerido otras limitaciones constitucionales para embretar a los aparatos estatales con el propósito de que se circunscriban a lo que en esta instancia del proceso de evolución cultural se estima son las misiones específicas en un gobierno republicano. Algunas de ellas son el establecimiento de topes para el gasto en relación al producto (siempre atentos a la trampa de que incrementos en ese guarismo justifican aumentos en el gasto), pero la prohibición de incurrir en déficit fiscal no tendría sentido puesto que se tornaría irrelevante y superflua la iniciativa si se presta atención a lo que aquí dejamos consignados puesto que no resultaría posible endeudarse ni falsificar moneda.

En Estados Unidos, durante parte de la administración de Reagan, se introdujo una política conocida como starve the beast aconsejada por personalidades como quien había sido hace tiempo Secretario del Tesoro, el formidable William E. Simon. La idea consistía en bloquear la posibilidad de elevar tributos y la emisión monetaria para que el gobierno se vea impelido a reducir el gasto. Pues bien, el resultado fue una acelerada elevación de la deuda pública y el gasto trepó a niveles inusitados, lo cual se complicó con compromisos parlamentarios incumplidos. Si esto ocurrió en la administración de quien insistía a los cuatro vientos hasta el final de su mandato que “el gobierno no es la solución, es el problema”, podemos imaginar la política de otros países. Aquella política estadounidense bienintencionada es lo que hizo que renunciara David Stockman, una de las cabezas del equipo económico, relato que se encuentra consignado en su libro bajo el sugestivo título de The Triunph of Politics. The Inside Story of the Reagan Revolution (episodios también revelados en la obra de Edwin Meese, ex Procurdor General de Reagan, titulada With Reagan).

La deuda estatal no solo afecta el mercado de capitales en cuanto a que sustrae parte de los siempre escasos factores productivos, sino que afecta la tasa de interés con lo que se modifica artificialmente la relación consumo presente-consumo futuro (además de la ingerencia gubernamental directa en este delicado precio). En la actualidad, como no resulta suficiente succionar ahorros locales e incluso ahorros del exterior en gran escala se permite que entre departamentos del mismo gobierno se pueda emitir y adquirir deuda, es decir, monetizarla, lo cual no solo compromete patrimonios futuros sino que grava con inflación el presente distorsionando los precios relativos con el consecuente consumo de capital y reducción de ingresos y salarios en términos reales.

Si estamos interesados en preservar espacios de libertad y proteger así las autonomías individuales, debemos atender las causas del avance de los gobiernos sobre las vidas y las haciendas de las personas y no meramente quejarnos por las consecuencias del atropello. Como bien ha puesto Cervantes en boca del Quijote: “La libertad Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida; y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.