Enrique VIII: El líder despótico

Por Luis del Prado:

 

El 2 de julio de 1613 (fecha en la que se incendió accidentalmente el Globe Theater de Londres) se estaba representando en su escenario “La famosa historia de la vida del Rey Enrique VIII”, de William Shakespeare, una de sus últimas creaciones. El drama narra todo un entramado político, social y religioso, por el que desfilan un sinfín de personajes, mostrando los acontecimientos de un período de la vida del rey Enrique VIII. La obra comienza en el momento de la destitución del Duque de Buckingham y se cierra con el nacimiento de Isabel, fruto de la relación del Rey con su segunda esposa, Ana Bolena. A lo largo del texto se describen las caídas en desgracia de la Reina Catalina de Aragón y del Cardenal Wolsey y se pinta el fuerte cambio político y sobre todo religioso que se produce en Inglaterra partir de la ruptura con el Vaticano. Shakespeare detiene la descripción de la vida de Enrique VIII en el momento del nacimiento de su hija Isabel, probablemente para evitar mencionar la decadencia del Rey y la inestabilidad política que volvió a aparecer en Inglaterra, derivada del divorcio del Rey y el casamiento con Ana Bolena. Al no mencionar los hechos posteriores, la obra concluye con la gran esperanza que supone el nacimiento de la princesa Isabel. Si bien la ruptura con la Iglesia de Roma generó conflictos importantes, el poder del Rey se reafirmó frente a su pueblo. Por otra parte, no puede dejar de mencionarse que el público de las obras de Shakespeare era testigo que Isabel I se había convertido en una gran reina, que produjo el desarrollo industrial y el crecimiento económico del país, y cuyo mito se agigantó con la victoria sobre la Armada Invencible española, hecho que convirtió a Inglaterra en la principal potencia marítima europea. Seguramente influido por una cuestión patriótica y religiosa, Shakespeare culmina la obra sin menciones elogiosas a María Tudor, primogénita del Rey, católica y con su lealtad dividida entre Inglaterra y España, la patria de su madre Isabel la Católica. A lo largo de esta obra, Shakespeare suaviza de manera evidente la oscuridad de este período de la historia inglesa (la reforma religiosa, las persecuciones, las ejecuciones de dos de sus esposas, etc.), seguramente motivado por no desagradar a su principal empleadora, la Reina Isabel I. Enrique VIII nació en 1547 y fue el segundo hijo de Enrique VII e Isabel de York. Se convirtió en el heredero de la corona debido a la prematura muerte de su hermano mayor, Arturo. Como era común en los príncipes del Renacimiento, había recibido una excelente formación humanista, hablaba francés, latín y español, componía poesía y pequeñas obras musicales y era un destacado deportista, aficionado a la caza y a las justas caballerescas.
Fue mecenas de varios artistas y pensadores europeos que acudieron a su corte. Entre los logros políticos de su reinado, se destacan la anexión a Inglaterra del País de Gales y de Irlanda. Enrique sucedió a su padre en 1509 y fue coronado a los 18 años de edad. Ese mismo año se casó con la viuda de su hermano Arturo, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos (Isabel y Fernando). Para poder celebrar ese casamiento, en esa época era necesaria una dispensa del Papa para revocar el “impedimento de afinidad”.1 El permiso del Papa fue concedido porque se afirmó que el matrimonio de Catalina con Arturo no había sido consumado, debido a la muerte de este último con solo quince años de edad. La relación entre Catalina y Enrique era de profundo entendimiento, tanto a nivel personal como político, hasta que surgió el problema de la sucesión. Catalina tuvo numerosos embarazos, pero la única sobreviviente fue su hija María. No existía impedimento legal alguno para que las mujeres accedieran al poder cuando no había varones en la línea de sucesión, pero la ausencia de un heredero varón era considerada un peligro para la continuidad de la dinastía. En el interín, Enrique fue seducido por una de las damas de la reina, Ana Bolena. Tomás Bolena quería mejorar la posición social de su familia, y no encontró mejor manera que alentar a su hija mayor María a tener un romance con el Rey. Enrique se cansaba pronto de sus amantes, por lo que Tomás Bolena tuvo que recurrir a su otra hija, Ana, quien estaba residiendo en la corte francesa. Ana logró el objetivo de seducir al Rey y quedó embarazada. En ese momento, Enrique VIII le planteó al Cardenal Wolsey la necesidad de divorciarse de Catalina y casarse con Ana para evitar que su futuro hijo fuera un bastardo. Wolsey fue el encargado de tramitar la anulación del matrimonio frente al Papa Clemente VII. El dilema que enfrentaba el Rey consistía en que los medios que tenía que utilizar para asegurar la continuidad de la dinastía eran contrarios a las leyes del Dios que lo había ungido en el trono. Enrique, determinado a conseguir su objetivo, utilizó el mismo argumento que esgrimió para poder casarse veinte años atrás con la viuda de su hermano, pero exactamente al revés. Un formidable ejemplo de “relato” para acomodar los hechos a su conveniencia. Enrique somete la cuestión a un tribunal canónico (obviamente manipulado por Wolsey) para determinar que había “vivido en pecado” durante todo su matrimonio con Catalina, ya que la unión no era legítima por la consumación del matrimonio previo con Arturo. La anulación del matrimonio lo dejaría en libertad para poder casarse con Ana.

1 En el Levítico del Antiguo Testamento, se afirma que “quien se case con la mujer de su hermano, será castigado y no podrá tener hijos”
Catalina no se doblegó, ya que, además de muy inteligente era una mujer sumamente determinada y estaba segura de su legitimidad como esposa y como madre. Por ello no aceptó la propuesta del Cardenal Wolsey que implicaba la reclusión de por vida en un monasterio. El reclamo de justicia de Catalina se ubica en el contexto de un sistema misógino, en el cual una mujer infértil podía ser condenada a muerte. Esta negativa colocó al Papa en una situación delicada, ya que estaba siendo presionado por Inglaterra para anular el matrimonio y por España para no hacerlo. Cabe mencionar que el Rey de España, Carlos V, era sobrino de Catalina y, además, Emperador del Sacro Imperio Romano. Ante la demora de los trámites y al comprobar que el Vaticano no accedería a su pedido, Enrique, ante la inminencia del nacimiento de su hijo, decidió romper con la Iglesia Católica Romana, repudiar a Catalina y casarse con Ana Bolena. Para no ofender a la Reina Isabel I, Shakespeare describe a Ana Bolena como una joven humilde, sin pretensión alguna de poder y gran admiradora de la Reina Catalina. Otros autores, como por ejemplo Calderón de la Barca (autor de “La Cisma de Inglaterra”), la muestran como un ser ambicioso, altivo y sin escrúpulos cuya vanidad y arrogancia la llevan a seducir al rey y ponerlo en contra de Wolsey y de Catalina. El Papa excomulgó a Enrique y este respondió con el Acta de Supremacía, por la que se declaraba la independencia de la Iglesia Anglicana, bajo la soberanía del rey, que se convertía en “Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra”. Enrique dictó una serie de decretos en los que se acusaba de alta traición y castigaba con la muerte a todos aquellos que no reconocieran este hecho. Enrique en realidad no deseaba la ruptura con Roma, ya que había buscado por todos los medios encontrar otra solución, pero lo traicionó su temperamento, sumado a la pasión que sentía por Ana y a la necesidad política de un heredero varón. Antes del cisma, Enrique había apoyado fuertemente al Vaticano en contra de Lutero, e incluso el Papa le había otorgado el título de “Defensor de la Fe” por un escrito realizado por el rey, en contra del credo luterano. Este hecho es un punto de inflexión que marca el inicio de la transformación de Enrique de un Rey brillante, culto y carismático a un soberano arbitrario, despótico y gobernado por sus pasiones.

Enrique VIII tuvo tres hombres de confianza a lo largo de su reinado: el Cardenal Wolsey, Thomas Cromwell y Tomás Moro. En el caso de los dos primeros, Enrique se dio cuenta muy tarde que se trataba de personas manipuladoras, astutas, intrigantes, ambiciosas y vengativas. Tomás Moro, por el contrario fue un ejemplo de servidor honesto y virtuoso.
Con el caso del Cardenal Wolsey, Shakespeare muestra que la ambición es una tentación de la condición humana que, llevada a un extremo, convierte en víctimas a los demás y termina destruyendo al ambicioso. Wolsey fue abusivo en el cobro de impuestos, arrastró al Rey al deshonor por incumplir pactos políticos, se enriqueció indebidamente y eliminó a sus enemigos con calumnias. Todo ello lo condujo a su propia ruina. Hay muchos ejemplos en la obra que ponen de manifiesto la fragilidad del poder, que nunca es eterno, aunque los personajes no son conscientes mientras están en la cima de la gloria. Existen innumerables ejemplos de personas que ocupan cargos muy importantes y se consideran insustituibles, de un día para el otro pierden su posición y su poder. Rolf Breintenstein2 llama a esto “el síndrome del Cardenal Wolsey”. El Cardenal fue el hombre de confianza del Rey Enrique VIII durante un largo período. Hacía y deshacía a voluntad. Promovía a sus favoritos y castigaba duramente a sus enemigos. Además, era un administrador muy eficiente y talentoso, lo que reforzaba el favor del Rey. Pero en algún momento, Wolsey se olvidó que el poder efectivo lo tenía el Rey y perdió de vista que, a pesar de su enorme poder, seguía siendo solo un empleado. Wolsey pensaba en realidad que él no dependía del Rey, sino el Rey de él, ya que nadie sabía dirigir los asuntos del reino tan bien como el Cardenal. En ese contexto, las personas suelen excederse y descuidarse. Sus numerosos enemigos le tendieron una trampa y le hicieron llegar al Rey dos documentos muy peligrosos: un informe sobre la fortuna personal de Wolsey y su correspondencia privada con el Papa, el gran adversario del monarca. Este leyó los documentos y le retiró la confianza a Wolsey en cuestión de segundos. Para el Cardenal supuso el despido y la incautación de sus bienes y escapó de milagro al castigo usual en esa época: la decapitación en la Torre de Londres. Un momento de revelación dio por tierra con años de confianza. La imposibilidad de conseguir la anulación del matrimonio del Rey, contribuyó de manera decisiva a la caída en desgracia del Cardenal, quien fue sustituido en su cargo por un querido amigo del Rey: Tomás Moro. Moro era un humanista de refinada cultura, amigo personal de Erasmo de Rotterdam, uno de los padres de la historiografía inglesa y autor de la célebre Utopía, uno de los textos fundamentales de la filosofía política. A partir de esta obra, la palabra “utopía” se incorporó a todas las lenguas europeas.

2 Breintenstein, Rolf. (2000). Shakespeare para managers. Plaza y Janés Editores. Barcelona, España.

También fue uno de los mejores abogados nacidos en Inglaterra, cuyos conocimientos jurídicos y sentencias despertaron la admiración de los colegas de su época e incluso hasta nuestros días, al punto de ser el santo patrono de los abogados, gobernantes y políticos. Hombre de fuertes convicciones religiosas, Moro también fue fiel a sus compromisos terrenales: como humanista, diputado, abogado especialista en derecho marítimo y comercial, juez, embajador, consejero real, esposo y padre de cuatro hijos. En menos de 25 años, de 1504 a 1529, pasó de miembro del Parlamento a Lord Canciller del Reino de Enrique VIII. Fue el primer laico que ocupó la más alta dignidad pública de Inglaterra. Dimitió al día siguiente de que el clero inglés se sometiera definitivamente a la supremacía del rey sobre la Iglesia, alegando motivos de salud. Pero la razón más profunda pasaba por el hecho de no estar dispuesto a que el poder temporal usurpara la primacía de la verdad. Consciente de que su decisión le acarrearía un sin fin de dificultades personales y familiares, Moro reunió a su mujer, hijos y yernos para adelantarles el incierto panorama que les aguardaba y las penurias económicas en las que vivirían en el futuro cercano. Moro intuyó lo que se le venía encima. Pero no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie rompiera la unidad y la paz de su familia. Todas las personalidades más influyentes y las instituciones acabaron doblegándose a la voluntad de Enrique VIII. Aceptaron su divorcio de Catalina, las segundas nupcias del rey y la escisión de la Iglesia inglesa de Roma. Todos, salvo el Obispo Fisher y Tomás Moro. Conociendo el temperamento impulsivo del rey, nadie dudaba de que el rechazo al juramento podía costarle una larga prisión o la vida. No sería la primera vez. Pero Moro fue coherente con su habitual forma de proceder. Todos le pidieron que firmara el Acta, incluso su familia. Moro amaba la vida, como la ama cualquier ser humano. Pero amaba a Dios por encima de todo. Thomas Cromwell (quien sería su sucesor) le exigió que jurara el Acta de Sucesión. Moro la examinó con atención y por dos veces rechazó el juramento. “Si lo hago”, dijo Moro, “expongo mi alma a la condenación eterna”. Enrique no admitió el rechazo de su ex-consejero, porque creía que una sola excepción estaría dando “ocasión para que todo hombre rehúse la integridad del texto o su contenido”. Ningún súbdito inglés podía cuestionar el segundo matrimonio del rey. Moro pasó cuatro días custodiado y rechazó una vez más el juramento. Finalmente, fue encarcelado en la Torre de Londres. Moro padeció mucho en prisión por las incomodidades y las restricciones que tuvo que soportar, pero su espíritu permaneció alegre, lo que le permitió bromear con su familia y amigos cuando le permitían verlos. Moro negó los cargos de la acusación y denunció al procurador general por perjurio. Sabía que iba a morir, pero no quería darles ningún pretexto. Al ser interrogado si
reconocía, aceptaba y consideraba al rey como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, se negó a dar una respuesta directa, declarando: “No quiero tener nada que ver con esto, porque he tomado la firme decisión de dedicarme a las cosas de Dios y meditar sobre su Pasión y sobre mi paso por esta tierra”. El jurado lo declaró culpable y lo condenó a ser colgado en las horcas de Tyburn. Sólo entonces, con toda la agudeza jurídica de la que era capaz, Moro declaró públicamente la ilegitimidad del Acta de Supremacía. Después de algunos días, Enrique cambió la sentencia, decretando que muera decapitado en Tower Hill. El martes 6 de julio de 1535 tiene lugar la ejecución. El hacha sólo pudo cortarle la cabeza, expuesta luego en una picota en lo alto del Puente de Londres durante un mes. Fue el único modo que tuvo Enrique VIII de apoderarse de ella. Sin embargo, el rey no pudo apropiarse de la conciencia del que había sido su colaborador más cercano y su representante directo. Enterrado su cuerpo en la capilla de San Pedro ad Vincula, su espíritu permanece vivo entre los hombres, porque eligió ser fiel a Dios y a su conciencia. La hoja afilada del verdugo le arrancó la cabeza de un solo tajo, le cercenó el pulso, interrumpió los latidos de su corazón. Pero en el mismo momento que rodaba por el suelo del patíbulo la cabeza del “gran traidor”, se alzaba la vida eterna de su espíritu. Tras su muerte, comenzó en Inglaterra la destrucción más despiadada de cualquier vestigio de su existencia. Enrique VIII y Cromwell estuvieron a punto de conseguirlo. Pero no contaban con la profunda huella que Moro había dejado entre la gente del siglo XVI. Chapuys, el embajador español en Londres, escribió a Carlos V llamando a Moro “santo mártir”. El pueblo londinense tejió pronto la leyenda de su Lord Canciller, que culminó en el teatro en tiempos de Isabel I, la hija de aquella mujer por la que Enrique le cortó la cabeza. La onda expansiva trascendió la isla británica y se desbordó por todo el mundo, hasta nuestros días. En 1886, el Papa León XIII lo beatificó y en 1935, Pío XI proclamó santo “al laico Tomás Moro”.

El principal beneficiario de la caída de Tomás Moro fue Thomas Cromwell, un abogado sumamente ambicioso de origen humilde que supo servir con fidelidad al Cardenal Wolsey y ubicarse cada vez más cerca del círculo de confianza del Rey Enrique. Cromwell fue un ejemplo del hombre de confianza que no tenía escrúpulos y que estaba dispuesto a hacer el trabajo sucio para poder trepar en la escala social. Cromwell ejecutó la orden de disolución de los monasterios (para hacerse de sus bienes) y llevó a cabo el proceso de Tomás Moro y de la familia Bolena, cuando cayeron en desgracia. También fue responsable de las gestiones que colocaron a la familia Seymour en un lugar privilegiado de la corte, a partir del casamiento del Rey con Jane, su tercera esposa. Su caída se inició por la prisa con la que había impulsado a Enrique VIII para que se volviera a casar con Ana de Cleves después de la muerte prematura de Jane Seymour. La boda tenía como indisimulado objetivo hermanar a las dos ramas de la Reforma protestante: la anglicana y la luterana. Pero resultó que a Enrique le repelía físicamente su nueva esposa hasta el extremo de no poder consumar el matrimonio. Tras seis meses de casados, el enlace fue anulado y la furia real cayó sobre Cromwell. Thomas Cromwell había hecho numerosos (y poderosos) enemigos en sus años al servicio de la corona. En primer lugar, por su ferviente apoyo a la Reforma y la disolución de monasterios católicos, que lo había enfrentado a los sectores más tradicionalistas. Y, sobre todo, por lo que los nobles consideraban un imperdonable arribismo: hijo de un modestísimo herrero, tras graduarse en Derecho había ido ascendiendo por la escala social gracias a su inteligencia y, también, a sus acciones corruptas, siendo sucesivamente parlamentario, abogado de la corte, consejero real y finalmente secretario de Estado. Así las cosas, cuando sus oponentes vieron la oportunidad de derrocarlo merced al “asunto Ana de Cleves” la aprovecharon y fabricaron una serie de acusaciones contra él: traición, herejía y corrupción. Cromwell fue arrestado, encerrado en la Torre de Londres y condenado a muerte, y Enrique VIII, cegado por la ira, dio el visto bueno a los cargos y no atendió su petición de una audiencia. Más tarde, Enrique se lamentó de su decisión (tal como ocurrió con Wolsey y Moro) con esta frase: “Con el pretexto de algunas ofensas insignificantes, dejé que mataran al sirviente más fiel que tuvo el rey”.

La grandeza de Shakespeare radica, además de la belleza de su lenguaje, en su capacidad de transmitir que los seres humanos somos muy complejos, y detrás de las apariencias, hay razones que ocultamos a los demás y a nosotros mismos. Así, el lector de Enrique VIII, encontrará que existen muchos motivos entrecruzados que subyacen “por debajo” del discurso “aparente” de los personajes. Uno de estos asuntos es el temor a la usurpación del trono y el deber de asegurar la continuidad de la dinastía. En el siglo XVI aún no había desaparecido el temor a un posible usurpador. Los padres de Enrique, (Enrique VII de Lancaster e Isabel de York) habían logrado pacificar al país al unir sus linajes, que durante muchos años se habían disputado el trono durante sangrientas guerras civiles, siendo la Guerra de las Dos Rosas la última de ellas. La unión dio origen a una nueva dinastía: los Tudor. Enrique VIII hereda un reino en relativa tranquilidad, pero tenía el mandato de asegurar la continuidad de la dinastía por medio de un heredero varón. Tal como mencionamos anteriormente, este hecho desencadena la trama y el proceso de transformación del protagonista. Al escribir sobre Enrique VIII, Shakespeare no hace hincapié en sus comportamientos negativos ni en sus excesos, hechos que puntualiza en la vida de los reyes anteriores. Quizás la causa sea que el contexto histórico era distinto. Enrique VIII no era un rey medieval, sino renacentista y, en esta época, el poder absoluto de la monarquía se había impuesto en todo el continente europeo.
Los reyes renacentistas perdieron parte del simbolismo religioso de los reyes medievales, pero, por el contrario, aumentaron su poder terrenal y sus decisiones no podían ser discutidas. Harold Bloom3 afirma que: Shakespeare tuvo más libertad para hablar del pasado que de un rey más cercano en el tiempo. Además, de esta forma, logra proyectar en la mente de sus contemporáneos una reflexión sobre los errores del pasado que no deberían repetirse en el presente

Enrique es un claro ejemplo de alguien que disponía de todos los requisitos para ser un gran gobernante: educación, recursos, buenos consejeros, carisma, alianzas, etc. Y de hecho lo fue durante muchos años pero, a partir de su propia debilidad y de la obsesión por el heredero varón, acabó transformándose en un déspota. El miedo es el elemento esencial de un líder despótico. El miedo induce a desconfiar de todo el mundo y a jugar un perpetuo juego de ocultamientos; se ocultan las propias emociones y los valores creando relatos que justifican los desvíos morales y los actos aberrantes. Entre las personas que forman parte de estos círculos perversos suelen darse tres comportamientos bastante típicos: el resignado, el temeroso y el colaboracionista. El temeroso funciona como un sujeto inmaduro que necesita depender de otro. En un sistema absolutista como era la monarquía, no había espacio para trasgredir ni para disentir. Cuanto más fuerte es la cultura, más incómodo es no sumarse a ella. Como dice Aristóteles: “No existe opinión, por absurda que sea, que los hombres no hayan adoptado rápidamente cuando se les consigue persuadir de que es aceptada por la mayoría”. El resignado sufre en silencio por tener que cometer actos que reprueba. El colaboracionista es, sin duda, el comportamiento más vil y peligroso. Puesto en la necesidad de obedecer, se lleva a cabo la tarea con entusiasmo, delatando a sus pares y tratando de obtener alguna ventaja por el camino. Thomas Cromwell es un perfecto ejemplo de este comportamiento. Como reflexión final, la siguiente: Enrique no era alguien de naturaleza perversa que abusó del poder desde el instante que accedió a su posición. Por el contrario, fue un buen líder hasta el momento en que una situación límite puso de manifiesto que en su “árbol de liderazgo” lo que se veía en la superficie aparecía lozano, pero las raíces bajo tierra estaban podridas.

3 Bloom, Harold (1998). Shakespeare, the invention of the human”. Riverhead Books. New York, USA

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

Enrique V: El líder carismático

Por Luis del Prado:

 

“Todas las cosas están listas si nuestra mente lo está”  (Enrique V)

Enrique V es el gran líder carismático de Shakespeare. La clave del liderazgo de Enrique V es la comprensión que nada puede ser logrado sin las personas que él conduce. Pero, a pesar de ello, el autor no lo muestra como un perfecto héroe mítico, sino como un ser humano que en algunos momentos se equivoca y es dominado por sus pasiones.

La obra de Shakespeare refleja profundamente el alma humana: aunque uno llegue a la cima, derrote a sus enemigos contra todas las probabilidades, y sea feliz en su matrimonio, siempre existen momentos oscuros. Incluso en el mayor de los éxitos, hay que esperar angustia y dolor.

El mensaje es duro. Tener poder significa ensuciarse las manos. La ambigüedad moral, las contradicciones y las soluciones de compromiso son moneda corriente en el ejercicio del poder.

Enrique oscilaba entre la luz y la oscuridad. A veces lideraba como un caballero con brillante armadura y otras veces como un salvaje desalmado.

Harold Bloom dice irónicamente que Enrique V era[1]:

…brutalmente astuto y astutamente brutal, cualidades necesarias para ser un gran Rey.

Y Tomás Abraham se pregunta[2]:

¿Henry V es un personaje despótico, un mandatario de una crueldad rayana en la inescrupulosidad propia de genocidas? ¿O es un héroe que lucha por la dignidad y la libertad de los ingleses frente a la invasión francesa?

Enrique era un gran motivador y para lograr sus objetivos utilizaba el profundo conocimiento de las personas que lideraba. Las dos batallas que aparecen en la obra, son precedidas por brillantes arengas que tienen por objetivo motivar a sus tropas.

Enrique podía haber apelado en sus discursos a las cualidades técnicas de sus arqueros y de sus caballeros. Pero lo que realmente le importaba era conectar la tarea (la batalla) con una visión transformadora que los hombres fueran capaces de sentir: el valor, la cercanía con el rey, el servicio a la patria.

En el medio de la batalla de Harfleur, Enrique se dirige a los pobladores que estaba tratando de conquistar, amenazándolos con las peores pesadillas si no accedían a la rendición.

Esta es una lección poderosa: Shakespeare nos muestra de qué manera la misma persona en el mismo día, puede desplazarse del punto más alto del heroísmo a la peor bajeza. En un momento es un gran líder que motiva y transforma a sus hombres a través de sus palabras. En el momento siguiente es alguien que amenaza con rapiñas y asesinatos.

Esta dualidad encierra importantes connotaciones morales. Es bueno tener claro cuáles son los límites que uno está dispuesto a traspasar en aras de conseguir sus objetivos. La batalla sigue y los pobladores de Harfleur se rinden. En la victoria, vuelve el caballero: Enrique le ordena a sus tropas que no cometan ningún acto agresivo contra la población.

Es sabido que Enrique V, en su etapa de príncipe, no se comportó de la manera esperada para alguien de su condición. En vez de quedarse en el ámbito protegido de la corte, optó por conectarse con la gente común, a través de amigos con los cuales pasaba el tiempo divirtiéndose, emborrachándose y aprovechando esa amistad para comprender las similitudes y las diferencias con la gente común.

Varios de esos amigos de la juventud formaban parte del ejército con el que Enrique invadió Francia. Luego de la batalla de Harfleur, uno de ellos roba un crucifijo y Enrique lo condena a la horca. Shakespeare nos deja otra enseñanza: cada decisión, además de su valor individual como tal, también es una lección para los demás.

El pináculo del éxito de Enrique V se produce en la batalla de Agincourt, una de las tres batallas decisivas de la Guerra de los 100 años, junto con las de Crecy y Poitiers.

Las tropas francesas sobrepasaban diez veces en número a las inglesas, las que, además, estaban enfermas y exhaustas. Los franceses pecaron de soberbia y subestimaron el evento, seguros de obtener una fácil victoria. Pero se equivocaron.

Durante el desarrollo del encuentro, los franceses percibieron la derrota inminente y mandaron a su caballería por detrás de las tropas inglesas a atacar el campamento, matando a todos los jóvenes que habían quedado a cargo del equipaje. Enrique volvió al campamento, vio a los chicos asesinados y se puso furioso[3]:

No estuve enojado desde que llegué a Francia

hasta este instante…

Les cortaremos la garganta a todos los que atrapemos

Ni uno solo de ellos probará nuestra misericordia.

Es evidente que no se recuerda a Enrique porque ordenó matar a prisioneros desarmados. Se lo recuerda porque fue valiente y noble. Pero fundamentalmente porque ganó la batalla.

Shakespeare podría haber mostrado a Enrique como un líder heroico y brillante, omitiendo esta escena. En ese caso, la lección habría sido la siguiente: cuando se es bueno, noble y valiente hay muchas probabilidades de convertirse en un gran líder.

Pero no es esta precisamente, la lección que Shakespeare nos quiere transmitir. Los grandes líderes viven en un mundo difícil, en el que hay que tomar decisiones comprometidas. La decisión de Shakespeare, incluso cuando escribió la historia de su héroe más carismático, fue la de mostrar a los seres humanos de una manera mucho más realista, lidiando con sus limitaciones y con sus propias contradicciones.

Enrique estaba determinado a ser un gran rey. Para ello se preparó concienzudamente oscilando entre las tabernas del bajo mundo y la corte real, arriesgándose a perder el favor de su padre, el Rey Enrique IV, quien desaprobaba sus amistades y su vida fuera de la corte.

Ese comportamiento fue deliberado y era consecuencia de su convicción acerca de que su “redención” cuando se convirtiera en rey, lo haría aparecer más atractivo que alguien que hubiera vivido toda su vida en el prolijo ámbito de la corte.

El punto aquí es demostrar que para ser un buen líder es muy importante conocer a las personas que uno va a liderar. Esto trasciende la idea de ser “popular”. Se necesita trabajar para consolidar la relación con las personas, no solamente desde el momento en que uno se convierte en líder, sino mucho antes, desde que uno decide o vislumbra que puede llegar a serlo.

Cuando una persona desarrolla esta relación con los demás, también se está desarrollando a sí mismo. Shakespeare enseña que pasar tiempo con las personas que van a ser nuestros colaboradores significa aprender a liderar. Un líder necesita conocer las necesidades, motivaciones, creencias y temores de las personas que conduce.

Los líderes que no dominan el lenguaje de sus colaboradores no pueden comunicarse efectivamente con ellos, y sin comunicación efectiva no hay motivación.

El punto importante es que no se puede aprender la cultura leyendo un folleto o viendo un video. Hay que vivir la experiencia. El príncipe Hal (tal era el apodo de Enrique) podría haber contratado a una persona común para que le cuente como vivía la gente común o a un profesor de lengua para que le enseñe su manera de hablar. Pero no lo hizo. Eligió involucrarse personalmente y compartir experiencias de vida con la gente del pueblo. No hay sustituto para las vivencias.

A pesar de que el príncipe Hal sabía que iba a obtener el trono simplemente por el transcurso del tiempo, siempre se sintió compelido a perfeccionar sus competencias de conducción.

La batalla de Agincourt (1415) es el momento clave de la obra, en el cual Enrique hace gala de su liderazgo, triunfando contra todos los pronósticos.

Una importante lección pasa por el tiempo que insumió Enrique para preparar la batalla. No es solo cuestión de resolver los problemas logísticos, sino estar preparado personalmente para ser un gran líder en circunstancias difíciles, de modo que tanto el conductor como sus colaboradores tengan confianza en el logro de los objetivos.

La lección en este punto es la siguiente: si uno solo le presta atención al título que le otorga la organización, o al tamaño de la oficina o al monto del salario, será incapaz de manejar la situación. Si, por el contrario, le presta atención a la persona que cada uno es y al aprendizaje que debe efectuar sobre sí mismo y sobre sus colaboradores, podrá obtener logros aún en contra de todas las probabilidades.

Enrique no pudo evitar la confrontación en Agincourt, pero pudo anticipar las competencias que iba a necesitar en esa crisis en su proceso de preparación previa. La habilidad de Enrique para escuchar y aprender fue la competencia que lo salvó, tanto a él como a su ejército.

En Agincourt, Enrique enfrentaba un grave problema: sus tropas estaban enfermas, cansadas y mal equipadas. Enfrente estaba el enorme y descansado ejército francés.

Enrique le dice al mensajero del Rey de Francia[4]:

Tal como estamos, no buscamos la batalla,

Pero tal como estamos, tampoco huiremos.

El ejército de Enrique estaba débil, en inferioridad numérica y en una localización desventajosa. Para tener alguna chance, debía maximizar el rendimiento de sus recursos.

Tanto el Rey como su ejército sabían que todas las probabilidades indicaban que iban a perder la batalla y, como consecuencia de ello, iban a morir. No es el mejor modelo mental para enfrentar un conflicto.

Enrique tenía una ventaja táctica: sus arqueros podían disparar doce flechas por minuto, mientras que las ballestas francesas solo podían disparar dos proyectiles en el mismo lapso. Pero también sabía que era fundamental levantar la moral de sus tropas, aunque estaba seguro que si mentía acerca de las posibilidades de ganar la batalla, nadie le creería.

La única manera de hacerlo era conociendo los verdaderos sentimientos de los soldados. Por eso, la noche anterior a la batalla, dejó su Consejo de Guerra y salió a caminar entre los soldados, disfrazado para que no pudieran reconocerlo.

Durante la noche habló con los guerreros sobre la batalla y sobre su Rey. El era capaz de hablar en el lenguaje de los soldados y entendía perfectamente su cultura. Gracias a esa preparación previa, pudo conocer lo que sus soldados realmente pensaban y sentían. Una información realmente invalorable.

El líder que realmente respeta y conoce a sus colaboradores sabe que no tiene sentido mentirles. Gracias a la conversación con los soldados, Enrique llega a las siguientes conclusiones:

  • Las tropas pensaban que no había modo de ganar la batalla, por lo que al día siguiente estarían todos muertos
  • Los soldados creían que, pese a la apariencia de coraje, el Rey era un cobarde que prefería no estar con ellos
  • Si el Rey quería pelear, debería hacerlo solo. De esa manera salvaría las vidas de sus soldados.

A pesar de estas revelaciones, Enrique no reveló su condición de Rey. Consideró seriamente sus puntos de vista y discutió con ellos, pero como un par.

Uno de los soldados le dijo a Enrique que seguramente iban a morir, sus familias quedarían en la pobreza y sus almas serían condenadas por una causa que no compartían y que todo eso era culpa del Rey.

En realidad, a ese soldado no le importaba lo que le pasara al Rey. Esta es una visión habitual que tienen los niveles inferiores acerca de la alta dirección: creen que las dificultades que los acechan son solamente consecuencia de la incompetencia de sus superiores.

Por supuesto, esta es una posición que pone toda la culpa en el otro lado. Una de las maneras de ejercer el rol de seguidor es dejar de lado la capacidad individual de decisión y reemplazarla por las decisiones del líder. En este caso, no hay posibilidades que los colaboradores tomen la iniciativa ni generen ninguna innovación. La gente hace las cosas porque se las ordenaron. Si el resultado no es el esperado, la culpa la tiene el que emitió las órdenes.

En la discusión con los soldados, Enrique afirma que ellos tienen libre albedrío.  Les dice que cada soldado debe hacerse responsable de su posición y mejorarla en la medida de lo posible. Existía una deuda con el Rey, pero cada uno tenía una deuda con sí mismo. Los individuos son responsables por sus propias acciones y por sus propias almas. El rey no es responsable de ello.

La respuesta de los soldados a este argumento era decisiva: si las tropas pensaban que todo era responsabilidad del Rey y que ellos no tenían ninguna posibilidad de acción, estaban todos en graves problemas.

Los dos soldados que charlaban con Enrique coinciden con el punto de vista. De esta manera, justo antes de una batalla en la cual tanto el Rey como los soldados esperaban morir, el Rey logra convencer a dos de ellos que están a cargo de su propio destino. Incluso uno de ellos está tan convencido que afirma que va a luchar a muerte por el Rey.

Es una excelente manera de motivar: las personas son seres libres y actuarán mucho mejor si toman conciencia de ello.

La jornada de la batalla amaneció lluviosa y gris. Los franceses estaban listos para atacar. A Enrique le quedaban pocos minutos para levantar el ánimo de sus tropas y prepararlas para la batalla.

Sabía que sus hombres pensaban que iban a morir y que era bastante probable que el Rey pudiera salvarse de alguna manera. Para empeorar la situación, uno de sus comandantes, su primo Westmoreland, en frente de los hombres, se lamenta por no poder contar con las tropas que quedaron en Inglaterra.

El célebre discurso de Enrique comienza con la respuesta a Westmoreland[5]:

¿Quién es el que desea eso?

¿Mi primo Westmoreland?. No, mi querido primo.

Si estamos destinados a morir, somos suficientes.

En ese caso, nuestro país saldrá derrotado. Pero si vivimos,

Cuantos menos seamos, más grande será el honor.

No deseo ni un hombre más…

Ten fe, primo, no desees más hombres de Inglaterra:

No quisiera compartir tan grande honor

Ni siquiera con un hombre más.

Tal es la esperanza que tengo.

En primer lugar, contradice a uno de sus principales comandantes (y pariente cercano) en frente de sus soldados. Y comienza a explicar su punto: si ganamos, el honor se repartirá solamente entre nosotros. Al mismo tiempo se está dirigiendo a sus hombres: estamos frente a una batalla, ustedes son soldados y esa es su obligación. Lo único que puede quedar al cabo de ella es el honor. El honor de los franceses queda devaluado por el hecho de tener muchos más hombres.

Enrique continúa con su discurso:

¡No desees un solo hombre más!

En vez de eso, Westmoreland, proclama de parte mía

Que aquel que no tenga estómago para esta lucha,

Tiene permiso para partir. Se le dará un salvoconducto

y dinero para el viaje.

No moriremos junto a hombres que

Tengan miedo de morir en nuestra compañía.

El desafío que hace Enrique a sus hombres, lo hace basado en el conocimiento que muchos de ellos estaban aterrorizados. A todos les ofrece la posibilidad de la salida. Pero la retirada debía ser pública, delante de todo el mundo.

Este desafío también les otorgaba a los hombres la opción que ellos suponían que el Rey iba a utilizar para sí mismo, dada su condición. Sabiendo esto, Enrique les hace la misma oferta a todos: váyanse si quieren, pero sepan que yo me estoy quedando a pelear.

También les dice que no quiere morir con alguien que no quiera morir a su lado. Con eso les está diciendo que hay una hermandad en la muerte: estamos juntos en esto y yo, el Rey, estoy aquí como miembro de esa “banda de hermanos”.

La muerte es el gran ecualizador que utiliza Enrique para nivelar la relación con sus hombres: si morimos juntos, ustedes van a morir en compañía de un Rey.

El día de la batalla es la Fiesta de San Crispin (25 de octubre). Enrique continúa su discurso puntualizando que, a partir de la batalla, los soldados celebrarán esa fecha como un día de gloria:

Este dia es la Fiesta de San Crispin:

Aquel que sobreviva y vuelva a su hogar

Se pondrá de pie cuando se nombre este día…

Quien vea hoy ese día y viva muchos años,

Cada año los vecinos lo invitarán a beber:

Se arremangará el brazo y enseñará las cicatrices:

“¡Son las heridas del dia de San Crispin!”

Los ancianos olvidan; pero cuando todo esté olvidado

recordarán las hazañas que ocurrieron ese día.

Entonces nuestros nombres aflorarán en sus labios

De modo fluido: Harry, el Rey, Exeter y Bedford,

Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester.

El hombre honrado deberá educar a su hijo

Para que no pase el dia de San Crispin,

Desde hoy hasta el fin del mundo,

Sin que se acuerden de nosotros

Enrique deja de hablar de la muerte y del honor para describir la vida de los soldados que sobrevivan. No dice que todos van a sobrevivir, sino de una manera realista exclama “aquellos que sobrevivan”.

Describe una escena posible en una taberna de Londres en el futuro: un viejo soldado recordando con orgullo las batallas peleadas. Probablemente los soldados al escuchar esta parte del discurso habrán sonreído y pensado: “Enrique realmente nos conoce. Sabe quienes somos y como actuaremos”. Este es otro claro ejemplo del uso que Enrique hace del conocimiento del lenguaje del hombre común.

Es importante destacar que en ningún momento del discurso, Enrique hace referencia a que van a ganar la batalla y van a ser ricos. Esto no hubiera sido demasiado creíble. Lo que dice es que es posible que algunos sobrevivan.

Concluye el discurso reforzando el concepto de hermandad y volviendo a hacer referencia al escaso número de hombres:

Nosotros somos pocos, pocos y felices, una banda de hermanos;

Aquel que hoy derrame su sangre junto a mí

Será mi hermano. Por muy humilde que sea, este día ennoblecerá su condición.

Y los nobles en Inglaterra se lamentarán de no haber estado aquí

Y se sentirán inferiores cuando alguien les cuente

Que peleó con nosotros.

Una vez más, Enrique se enfoca en la preocupación de las tropas acerca de que el Rey podía salvarse por su condición, mientras que ellos estaban condenados a morir. Por eso puntualiza que él también va a derramar su sangre y que es su hermano. También les está diciendo: “Imagínense poder contar esa historia a sus amigos: yo y el rey contra los franceses con una desventaja de 10 a 1

Para poder apelar con éxito a sus soldados como hermanos de sangre, hace falta un profundo conocimiento del lenguaje y de la cultura.

El éxito también radica en que apela a su orgullo como soldados. Vinieron a Francia a pelear. No hay motivación más potente que el significado de la tarea.

Cuando concluye el discurso, Enrique es advertido que los franceses están a punto de atacar. Concluye diciendo:

Todas las cosas están listas cuando la mente lo está

Las tropas de Enrique tuvieron la oportunidad de abandonar la batalla. Si eligieron quedarse son “hombres libres” que están en esa situación porque quieren estar ahí. De hecho, en la batalla, dan lo mejor de sí porque están altamente motivados.

La motivación la logra mediante la articulación de una visión que tiene impacto directo en los valores. Involucra a los hombres en la construcción de esa visión escuchando sus preocupaciones y lidiando inteligentemente con ellas.

Harold Bloom afirma que el Enrique V de Shakespeare tiene connotaciones que nos remiten a Alejandro Magno, ya que la visión que persigue es la de expandir el reino de Inglaterra en terreno francés, como una manera de expiar las culpas de su padre por haber usurpado la corona y asesinado a su antecesor.

El carisma es una herramienta sumamente poderosa para ejercer el liderazgo, pero conlleva riesgos, ya que algunas veces, como en el caso de Enrique, se transforma en un paraguas que eclipsa los momentos de brutalidad y la deslealtad con los amigos de la juventud, a quienes desecha para conseguir sus objetivos políticos.

La obra de Shakespeare finaliza con las negociaciones de paz en Troyes y Enrique como pretendiente de Catalina Valois, la hija de Carlos VI de Francia. Durante el cortejo, ambos intentan hablar el idioma del otro y la escena parece ocurrir inmediatamente después de la batalla de Agincourt, cuando en realidad habían pasado cinco años.

Finalmente, Enrique se casó con Catalina y murió un año después. La viuda, de solo veintiún años vuelve a casarse pocos años después con el tesorero Owen Tudor. Ambos fundaron la fructífera y pacificadora dinastía de los Tudor a través de su nieto, que subió al trono en 1485 como Enrique VII, setenta años después de la célebre batalla de Agincourt.

[1] Bloom, Harold. (1998). Shakespeare. The invention of the human. Riverhead Books. New York. USA:

[2] Abraham, Tomás. (2014). Shakespeare, el antifilósofo. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, Argentina.

[3] Shakespeare, William. (1996). Obras completas. Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Miguel Angel Conejero. Editorial Cátedra. Madrid, España. Acto 4. Escena 7

[4] Shakespeare, William. (1996). Obras completas. Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Miguel Angel Conejero. Editorial Cátedra. Madrid, España. Acto 3. Escena 6.

 

[5] Shakespeare, William. (1996). Obras completas. Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Miguel Angel Conejero. Editorial Cátedra. Madrid, España. Acto 4 Escena 3.

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.