ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE HISTORIA ECONÓMICA ARGENTINA

Por Guillermo L. Covernton 

El papel de la historia, en el análisis y diseño de medidas de política económica ha sido enfocado con muy diversos criterios, dependiendo de la formación intelectual de cada proponente: Así, por ejemplo para Mises, Las ciencias de la acción humana se dividen en Praxeología e Historia, siendo la Economía una rama de la primera. Para este autor, la Historia Económica no es más que Historia, y dado que para esta ciencia, el pasado constituye el objeto principal de su estudio, sus enseñanzas no pueden aplicarse a la totalidad de la actividad humana, concretamente no pueden aplicarse a la acción futura. No cabe construir esta ciencia en base a elaboraciones empíricas [1]. De todas formas, no encontramos enfoques que nieguen que el estudio de la historia económica nos permite ver y anticipar la comisión de errores que pueden ser de enorme trascendencia y ese es el objetivo de detenernos en el análisis de esquemas pasados de política económica. A pesar de ello, las conclusiones dependerán fuertemente del marco teórico en el que se haya formado el investigador, ya que este nunca alcanza a reflejar la totalidad de las circunstancias, sino solo aquellas que considera de interés, de acuerdo a los puntos de vista teóricos que sustente. Es por eso que tiene una importancia esencial la apoyatura técnica en la que se desarrollan [2].

Debe destacarse también que en lo referente a la historia económica de nuestro país, encontramos escollos similares a los que se le presentan al estudioso de otros aspectos generales de nuestra historia: El apasionamiento a veces no permite ver a las claras los indicios que los hechos nos brindan. Por ello es menester hacer gala de una actitud amplia y pluralista, que sin dejar de lado ciertas hipótesis, que siempre se apoyan en nuestro propio acervo teórico, permitan confeccionar algunas opiniones, que sin pretender ser absolutamente concluyentes, den lugar a la elaboración de explicaciones satisfactorias y útiles sobre los hechos del pasado, que nos ayuden a entenderlos y a construir a partir de ellos.

Pocos observadores disentirán en relación a uno de los rasgos más distintivos de la evolución de la actividad económica y de las finanzas de nuestro país, desde los albores de mayo, hasta fechas recientes: Nos referimos a uno de los más conspicuos protagonistas: Las Crisis. Como bien dijo Alberdi: “Si la crisis ha pasado, ¿para que sirve este escrito? Viniendo a deshora, en efecto, prueba que no ha sido hecho para conjurarla”. [3]

En este breve trabajo trataremos de presentar algunas de las características más frecuentes que han mostrado estas crisis, sus orígenes, causas, y efectos. El conocimiento de las causas y su naturaleza es útil, en tanto y en cuanto son hechos que acaecen en forma recurrente, a efectos de poder prevenirlas y evitarlas, o al menos, morigerar sus consecuencias y aplicar medidas que ayuden a superarlas rápidamente.

Estos procesos, a los cuales el padre de nuestra constitución adjudicó un origen relativamente reciente, (para los años en que escribía, siglo XIX), tenían su génesis, para su concepción, en la expansión del crédito y en el emisionismo de los “bancos de circulación” o bancos emisores. La prudencia en el manejo de las políticas crediticias es citada como uno de los medios para conjurarlas. Y el abuso en la utilización de tan excelente y fecundo instrumento, del mismo modo que ocurre con la libertad y el poder, es mencionado como nexo causal. Ya por aquellos tiempos, se escuchaban voces como las de Juglar, citado por Alberdi, quien en su libro: Las Crisis Comerciales aislaba ciertos indicadores, que en su opinión podían encontrarse en la información contable bancaria. Así por ejemplo mencionaba: La elevación del volumen de las operaciones de descuento, la caída de las reservas, (encajes), y la posterior reversión de la evolución de ambos índices, pasado el período de liquidación post-crisis, y recomendaba su monitoreo, a efectos de predecir la catarsis[4].

Queda claro en el planteo de Alberdi la visión del proceso de crisis con un gran paralelo al de la situación de insolvencia privada: En sistemas monetarios de paridad con activos externos, (para el caso moneda convertible en oro), el parangón era insoslayable por aquellos años [5]. Asimismo era también consciente de que la falta o disminución del crédito, por problemas políticos o fiscales, también actuaba como factor desencadenante, observándose ya en los períodos en que este autor analizó, un alto grado de correlación entre las dificultades crediticias y las tasas de interés que para obligaciones de riesgo soberano debían enfrentar los países vecinos o con estructuras de producción y grados de industrialización similares [6]. En su ilustrador análisis, también relacionó los niveles de ahorro, como formador de capital, y su contrapartida, el gasto, y no dudó de calificar al gasto del estado como “improductivo”. Aunque reconocía su carácter de necesario a ciertos niveles, advertía claramente los riesgos de la proliferación de una clase social empleada exclusivamente en esta función [7].

Autores posteriores han observado, asimismo, que la ineficiencia de las políticas tributarias y fiscales, en razón de su complejidad, inestabilidad en el tiempo y su contradicción con elementales principios de la tributación, así como el uso de esquemas mercantilistas, prebendarios y estructuras recaudatorias pesadas y onerosas provocaban fuerte inestabilidad política. Esta última, a su vez, al generar incertidumbre en la aplicación en el tiempo de las políticas proyectadas, actuaba retroalimentando el sistema y generando un crecimiento de ambos factores críticos [8].

La gestión de Rivadavia durante el gobierno de Martín Rodríguez, ( 1821-1824 ), es citada como un ejemplo de saneamiento de las arcas fiscales y de sus fuentes, merced al uso de herramientas como el presupuesto, el análisis de las fuentes de financiación y de la onerosidad de la gestión de cobros de algunos gravámenes, todas medidas que redundaron en una mejora en la recaudación, posibilitando la derogación de aquellos gravámenes perfilados como los más objetables desde el punto de vista de su base imponible, ( como por ejemplo la “contribución de comercio”, la “alcabala de venta” la “sisa” y la “media anata de oficios” [9].

Otro enfoque interesante de analizar es el efecto que sobre la totalidad de las relaciones económicas origina el ajuste sobreviniente con posterioridad a la inflación, así Burgin destaca que los desórdenes políticos, y la excesiva emisión monetaria produjeron, durante los años que van de 1826 hasta mediados de 1830, importantes cambios en la distribución de la renta, variaciones en la relación entre sueldos, artículos de consumo y ganancias, impactando de forma muy diversa en las distintas clases de mercaderías y precios de servicios. El ingreso real de los asalariados disminuía, y buena parte del ajuste era soportado por industriales, comerciantes, y quienes producían para el mercado interno [10]. El intento vano de compensar con aranceles estas traslaciones de recursos de un sector al otro, las presiones de los distintos grupos de poder involucrados y el altísimo grado de complejidad que estas estructuras tarifarias alcanzan, está documentado muy claramente desde los albores de la organización nacional [11].

Es sumamente interesante reparar en que este tipo de inconvenientes no solo no han sido privativos de los dirigentes de nuestro país, sino que, además, se han seguido repitiendo en el espacio y en el tiempo, como bien lo retratan algunos estudios referidos a la Europa de pos-primera guerra. Así von Mises, en una célebre conferencia pronunciada en Checoslovaquia, en Febrero de 1931, [12] destaca los riesgos de pretender, desde el sector oficial, impulsar ciertas y determinadas actividades económicas, en desmedro o a subsidio de otras consideradas menos importantes o con menor capacidad de impulsar la economía. De todas formas, ya en aquellos años, y de la mano del unitarismo, se escuchaban una gran cantidad de ideas de neto corte liberal, tendientes a abrir la economía a los mercados internacionales y a la obtención de capitales de los mercados financieros externos, alentando la colonización y la inmigración, que formaban parte de las ideas predominantes en el campo económico. Pero también, del mismo modo que sucede en la actualidad, las urgencias presupuestarias del gobierno, la ineficiencia en la administración fiscal, y la búsqueda de solucionar estos desequilibrios mediante la financiación a través de impuestos distorsivos y que impedían la integración internacional, actuaron conspirando contra el éxito de estos planes gubernativos [13].

Autores como Alemann mencionan también que las muy escasas decisiones que en el marco de la economía positiva se tomaban en aquellos años actuaban de manera claramente anti cíclica, ya que se expandía la moneda al solo efecto de financiar gastos corrientes y no inversiones reproductivas: El gobierno corría detrás de las circunstancias que le tocaba vivir, más que influir sobre ellas [14]. La expansión del crédito, el aumento desproporcionado del gasto público y las malas inversiones originadas en una poco estudiada inversión inmobiliaria para la especulación en tierras es mencionada nuevamente en otros estudios, a la hora de tratar de explicar los fenómenos que desembocaron en la recesión de los años 1875 a 1878. También se observaba en esos años la perjudicial práctica de financiar con endeudamiento externo las erogaciones corrientes no productivas, como el gasto militar [15].

En el análisis de los hechos que causaron la débacle de 1891, tanto autores locales, (Aristóbulo del Valle, José Terry), como del extranjero, (John Clapham), coinciden en señalar que el emisionismo generado a partir de la política de Bancos Garantidos, así como la corrupción administrativa, jugaron un rol fundamental. El proceso impactó indudablemente de modo mucho más marcado en la economía de los comerciantes e inversores financieros que en el de los productores de bienes exportables [16].

Esta ha sido una constante a lo largo de los años siguientes, que de tal modo dio origen esquemas tributarios y arancelarios fuertemente discriminatorios contra estos sectores, que por estas mismas razones mantenía una mayor capacidad económica. En una primera instancia, se dio un fuerte ingreso de capitales, (1886 – 1887), que no originó una fuerte caída de los activos externos y la consiguiente revaluación del peso, dada la fuerte presión de las importaciones y la expansión de la demanda de bienes de consumo. Ambas corrientes se financiaban, como en épocas bien recientes, con el ingreso de divisas, apoyado en la mayor confianza que el país generaba en las plazas financieras internacionales. La imposibilidad de continuar con el endeudamiento, muy agravada ya en 1890, gatilló el crack. La audacia de los emprendedores de financiar proyectos cuyo plazo de maduración exigía fondeos de largo plazo, con obligaciones que eran exigibles en plazos mucho más breves dejó sin capacidad de repago a buena parte de las inversiones encaradas, generando una situación de iliquidez que obligó a un muy oneroso proceso liquidativo.

La suma de otros factores, como la caída del precio de los productos exportables, que eran un número muy exiguo, (lo que acentuaba la vulnerabilidad del esquema), más el hecho de que los volúmenes de producción estaban fuertemente influidos por el riesgo climático acrecentó la gravedad de la caída. La encrucijada en la que se encontró el gobierno juarista fue la misma que muchos años después, y aún contemporáneamente ha enfrentado nuestra nación: Aplicar un fuerte ajuste recesivo, muy impopular, con incremento de la presión fiscal, o repudiar la deuda, (lo que modernamente los estados hacen mediante una devaluación de su moneda). También en aquellos años, las opiniones que más se hacían oír eran las de los sectores exportadores y las de quienes se beneficiaban con la devaluación ganando competitividad. El abandono de la ortodoxia económica, y la pérdida de valor de la moneda que siguieron a la política Juarista que termina con la revolución y el ascenso de Pellegrini, ya no son medidas que puedan causar sorpresa a los estudiosos contemporáneos de estos procesos [17].

El peso de la deuda externa tuvo también un papel protagónico, habida cuenta de que buena parte de ella había sido tomada no tanto para la realización de inversiones reproductivas, como decíamos, sino más bien para el pago de servicios de deudas anteriores y de obras públicas, (aguas corrientes, etc.). El incremento del gasto público corriente hizo que los rubros de sueldos y expensas corrientes alcanzaran el 30 % del presupuesto. La desproporción entre el gasto y los recursos, (95,3 millones contra 29.1 en 1890), así como el crecimiento de este, sin una contrapartida similar en las fuentes genuinas de financiamiento, (ya que en 1895 ambos rubros alcanzaron a 167,2 y 38,2 mill. respectivamente), evidencian que si no hubiera sido por la relativamente alta confianza de las plazas financieras internacionales, el proceso acumulativo se hubiera frenado mucho antes y con una recesión aún mucho más feroz.

Tal como se ha visto muchos años después, la confianza y el crédito internacional, pueden llegar a actuar como un verdadero salvavidas de plomo al no forzar al ajuste cuando la virtual bola de nieve es aún manejable y no exige tan costosos sacrificios [18]. El fenomenal endeudamiento en que se incurría, que llegó a cuadruplicarse en este período, no guardaba relación con el crecimiento de las exportaciones, apenas incrementadas en solo un 50 %. El destino poco atinado y generador de escasa o nula capacidad de repago, de los créditos así como el prolongado plazo de maduración de los proyectos y aún el fraude han sido nuevamente mencionados en algunos estudios muy documentados.

En el período de recuperación de la crisis es de destacar la visión y la diligencia de los gobernantes en atacar con plena ortodoxia otra de las causas más disimuladas de las dificultades de financiamiento del sector público: la licuación de sus recursos genuinos en virtud del proceso de pérdida acelerada del poder adquisitivo de la moneda. Esto fue atacado principalmente con la fijación del cobro de los derechos de importación inicialmente en un 50 % en oro y luego en su totalidad en esta divisa. Asimismo se mencionan la contención de la expansión del crédito y la reducción del gasto público corriente [19]. Otro elemento muy ilustrativo y que permite echar luz y reflexionar también en situaciones que se han visto con mucha posterioridad en la república es la relación directa que sobre la cantidad de moneda tiene las exportaciones, más precisamente el superávit comercial, como no puede ser de otra forma, en un marco de moneda convertible: Con la ley de convertibilidad de 1899, y al no ser nuestra patria un exportador neto de oro, el superávit comercial se monetizaba, provocando presiones inflacionarias, a la vez que una mayor confianza de las instituciones crediticias, que generaba un mayor flujo de divisas desde el exterior para su colocación en los mercados financieros. Esto producía una gran volatilidad del mercado financiero y de divisas, con base en la inestable oferta de nuestras producciones exportables, (como apuntábamos antes, por razones ecológico-climáticas). El sistema financiero operaba en forma muy endeble, y opiniones como la de Martínez destacaban la muy baja integración de capital con la que iniciaban y realizaban sus operaciones los bancos extranjeros que participaban en la plaza. El total de depósitos del sistema, en pesos papel, (507 millones), convertidos a pesos oro, (a la paridad de 2,2727), más el monto de depósitos en pesos oro, (6.6 millones), daba algo así como una relación de 5,76 a uno, (que surge de relacionar 229 mill. de pesos oro de depósitos totales con 39.7 mill. de capitales totales), lo cual implica un respaldo de algo más del 17 % de los depósitos, en patrimonios de las entidades receptoras [20]. Esta asimetría, así como la evidencia de que se contaban en el país con los capitales suficientes para el financiamiento de un sistema bancario genuino, hicieron que el banco de la Nación Argentina fundado en plena crisis acumulara, luego de la reforma de su carta orgánica en 1904, y gracias a su extensa red de sucursales en el interior el 50 % de los depósitos del sistema en 1917.

Algunos autores atribuyen a la acertada política de este banco, entre las que podemos mencionar: El hecho de no utilizar nunca su facultad de emitir billetes; Su escaza influencia en el mercado de redescuentos, en el que se abstuvo de expandir el crédito y los altos encajes que mantenía, buena parte de los fundamentos de la estabilidad monetaria y económica del período que llegó a sus finales en la crisis de 1929 [21]. En este sentido, también encontramos opiniones en apoyo a las políticas ortodoxas, que afirman que al no recurrirse a la emisión monetaria, si bien las crisis se profundizan, sus efectos son revertidos y superados en breves lapsos, y el crecimiento posterior se hace sobre bases mucho más genuinas y sostenibles [22].

Todas estas opiniones, muy fundamentadas y con una fuerte base en conocimientos de la teoría económica, por parte de sus autores son las que nos han llevado a pensar en lo que ha sido el eje central de este trabajo. Tal es que la observancia, el estudio y la reflexión profunda sobre los hechos, las medidas adoptadas, los efectos mediatos y su impacto político tanto en el contexto, como en las instituciones, son de enorme utilidad a la hora de tratar de prever los alcances que las diferentes medidas de economía positiva que se intentan podrán tener sobre las condiciones futuras.

 

Referencias:

[1] Mises, Ludwig von, La Acción Humana, Madrid, Unión Editorial, 1980, pp. 61 y 62.

[2] Mises, Ludwig von, La Acción Humana, Madrid, Unión Editorial, 1980, pp. 1252 y 1253.

[3] Alberdi, Juan B. Escritos Póstumos: Tomo I ,Estudios Económicos, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 33

[4] Alberdi, Juan B. Escritos Póstumos: Tomo I, Estudios Económicos, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 38.

[5] Alberdi, Juan B. Escritos Póstumos: Tomo I , Estudios Económico, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 42 y 43.

[6] Alberdi, Juan B. Escritos Póstumos: Tomo I, Estudios Económicos, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 48 a 55.

[7] Alberdi, Juan B. Escritos Póstumos: Tomo I , Estudios Económicos, Universidad Nacional de Quilmes, 1996, pp. 70 a 74.

[8] Burgin, Miron, Aspectos Económicos del Federalismo Argentino, Ediciones Solar SA Buenos Aires 1987. pp. 75.

[9] Burgin, Miron, Aspectos Económicos del Federalismo Argentino, Ediciones Solar SA Buenos Aires 1987. pp. 77 y 78.

[10] Burgin, Miron, Aspectos Económicos del Federalismo Argentino, Ediciones Solar SA Buenos Aires 1987. pp. 103 a 105.

[11] Burgin, Miron, Aspectos Económicos del Federalismo Argentino, Ediciones Solar SA Buenos Aires 1987. pp. 105 a 107.

[12] Mises, Ludwig von, On The manipulation of Money and Credit, Free Market Books. Dobbs Ferry NY 1978. p.: 193 a 200.

[13] Burgin, Miron, Aspectos Económicos del Federalismo Argentino, Ediciones Solar SA Buenos Aires 1987. pp. 128 a 130.

[14] Alemann, Roberto T. Breve Historia de la Política Económica Argentina: 1500 – 1989, Editorial Claridad, Buenos Aires 1997. pp. 71 a 72.

[15] Gallo, Ezequiel y Cortés Conde, Roberto, La República Conservadora, Edit. Paidós Buenos Aires 1995. pp. 19 a 22.

[16] Gallo, Ezequiel y Cortés Conde, Roberto, La República Conservadora, Edit. Paidós Buenos Aires 1995. pp. 80 a 81.

[17] Gallo, Ezequiel y Cortés Conde, Roberto, La República Conservadora, Edit. Paidós Buenos Aires 1995. pp. 82 a 85.

[18] Gallo, Ezequiel y Cortés Conde, Roberto, La República Conservadora, Edit. Paidós Buenos Aires 1995. pp. 149 a 151.

[19] Alemann, Roberto T. Breve Historia de la Política Económica Argentina: 1500 – 1989, Editorial Claridad, Buenos Aires 1997. pp. 165 a 169.

[20] Vazquez Presedo, Estadísticas Históricas Argentinas, Ediciones Macchi SA. Buenos Aires 1971.

[21] Gallo, Ezequiel y Cortés Conde, Roberto, La República Conservadora, Edit. Paidós Buenos Aires 1995. pp. 156 a 161.

[22] Alemann, Roberto T. Breve Historia de la Política Económica Argentina: 1500 – 1989, Editorial Claridad, Buenos Aires 1997. pp. 129 a 131.

 

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Magíster en Economía y Administración, (ESEADE). Es Profesor Titular de Finanzas Públicas, Macroeconomía, y Emprendimiento de Negocios en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Ha sido profesor de Microeconomía, y Economía Política en la misma universidad. Fue Profesor Titular de Proceso Económico en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, (UFM). Fue secretario de Confederaciones Rurales Argentinas, corredor de granos y miembro de la Cámara Arbitral de Cereales de la Bolsa de Comercio de Rosario. Fue asesor de la Comisión Nacional de Valores para el desarrollo de mercados de futuros y opciones. Fue director académico de la Fundación Bases. Es empresario y consultor.  Preside la asociación de Ex alumnos de ESEADE.

Una sugestiva llamada de Trump disgusta a China

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 8/12/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1965351-una-sugestiva-llamada-de-trump-disgusta-a-china

 

Entre los distintos temas de política exterior que Donald Trump abordara específicamente durante su reciente campaña electoral, el de la relación de su país con China ocupa un lugar central. Ocurre que, de alguna manera, la política comercial del gigante asiático es la razón principal de las propuestas proteccionistas de Donald Trump que, entre otras cosas, apuntan a gravar con derechos de importación del orden del 45% el acceso de los productos chinos al mercado norteamericano, lo que podría ciertamente derivar en una guerra comercial que hasta ahora siempre ha podido ser evitada.

Por ello una sorprendente llamada telefónica que tuviera lugar el viernes pasado agitó inmediatamente el ambiente en China. Y generó reacciones y comentarios ansiosos de disgusto, incluyendo desde la agencia oficial de noticias “Xinhua”, vocero del gobierno chino. Porque con ella se volvió a poner sobre la mesa una larga y sensible disputa aún no resuelta, que estaba semi-aletargada: la que enfrenta a China con Taiwán.

Me refiero a la conversación que Donald Trump mantuvo -inesperadamente- con la presidente de Taiwán, Tsai Ing-wen, quien fuera electa este año encabezando a un partido político -el Demócrata Progresista- que propugna abiertamente la independencia de Taiwan respecto de China. La llamada en cuestión fue iniciada por la presidente Tsei, pero es bien difícil suponer que ella no hubiera sido previamente acordada entre ambos líderes. Es más, hay quienes afirman que había sido discreta y cuidadosamente planeada.

Taiwán, recordemos, está separado de China desde 1949 cuando el ejército comunista al mando de Mao Zedong derrotara al nacionalista comandado por el General Chiang Kai-shek, quien se refugió en Taiwán que desde entonces se ha gobernado a sí mismo. Ambas partes consideran, por igual, que tienen derechos soberanos que cubren la integridad territorial de China, en su totalidad. Para las dos se trata, entonces, de un tema realmente existencial.

Esa disputa se transformó en uno de los temas centrales de la Guerra Fría en Asia. La Unión Soviética reconoció a la República Popular China, mientras que los Estados Unidos apoyaron a Taiwán.

No obstante, aceptando la realidad, la banca de las Naciones Unidas (con su derecho de veto) pasó a manos de la República Popular China en 1971 y, al año siguiente, los Estados Unidos reconocieron explícitamente a la República Popular China, con el llamado “Comunicado de Shangai”.

En 1978, bajo la presidencia de Jimmy Carter, el país del norte reconoció a la República Popular China como “la única China”. Sin por ello abandonar a su suerte a Taiwán, a la que desde entonces apoyaron militarmente y mantuvieron como a una contraparte cercana y funcionalmente independiente. La relación de intimidad continuó a través de mecanismos diplomáticos “ad-hoc”, que hasta emiten visas y prestan toda suerte de servicios consulares.

Desde 1992, ambas potencias adoptaron semi-oficialmente la llamada política de “una sola China”, diseñada entonces por Henry Kissinger, quien (a los 93) años, ha vuelto a estar muy activo en el tema y acaba de visitar al presidente Xi Jingping en Beijing. Kissinger es considerado como un asesor muy escuchado por Donald Trump.

Con el largo tiempo transcurrido desde 1978, no es demasiado sorprendente que, en Taiwán, particularmente los más jóvenes defiendan la que entienden es su propia identidad: la “taiwanesa”. Ocurre que Taiwán, a diferencia de la República Popular China, hoy aloja a una democracia vibrante y a una sociedad abierta y moderna.

La conversación telefónica a la que nos hemos referido no modifica la política mencionada, ni la alude. Pero parecería abrir un interrogante acerca de cómo será la relación hacia adelante. Genera entonces incertidumbre y una cuota de fragilidad. Todo lo contrario a la previsibilidad.

Para hacer las cosas más complejas, Donald Trump se refirió a su conversación con la presidente de Taiwán como una que fuera mantenida con “la presidente” de esa nación. Y se preguntó, no sin alguna razón, cómo se puede tratar de impedir que el presidente electo norteamericano hable por teléfono con la Jefa de Estado una nación a la que su país vende constanteente toda suerte de pertrechos militares de última generación, con el propósito ostensible de asegurar su defensa.

Es cierto que reconocer el carácter de presidente de Tsai no está muy distante de aceptar y tratar a Taiwán como nación independiente. El diálogo de Donald Trump y la presidente Tsai augura una relación distinta entre ambas partes después de nada menos que 37 años de un “status quo” cuyo protocolo Donald Trump acaba, a su manera, de quebrar.

Por esto en Taiwán se habla ya de un cambio “histórico” de dirección en su relación bilateral con los Estados Unidos. Y es posible que así sea.

Queda visto que, aún antes de acceder al poder, Donald Trump está provocando preocupaciones. No sólo respecto de Taiwán. También con relación al controvertido presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, un hombre acusado de violar los derechos humanos de su pueblo, con quien Trump ha mantenido otra inesperada conversación telefónica. Y a Nawaz Sharif, a quien prometiera visitar Pakistán, un país sospechado de tener vínculos cercanos con grupos del terrorismo islámico, ante el comprensible asombro de muchos, incluyendo a la India.

El tema de China, sin embargo, tiene otro perfil, también complejo. El de la belicosa y desafiante Corea del Norte y sus ambiciones de todo orden que, sin el concurso de China, difícilmente podrá ser encarrilado por la comunidad internacional.

Por esto, todo lo que tiene que ver con la relación entre los Estados Unidos y China es un tema particularmente delicado, en el que cada paso o señal no pueden perderse de vista. Porque como señala el mencionado Henry Kissinger en su reciente libro sobre China, la relación entre los Estados Unidos y China es simplemente “esencial para la paz y estabilidad del mundo”. Para la Argentina, que ha estructurado una “relación estratégica” con China, la prudencia debe ser la regla en la cuestión de Taiwán.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Con estos impuestos no hay recuperación posible:

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 15/3/15 en:

 

La reforma impositiva también es clave para recuperar el sistema republicano de gobierno

Sé que no es fácil, pero como tarea para el futuro gobierno queda implementar una profunda reforma tributaria. Este gobierno ha llevado la presión impositiva hasta niveles realmente confiscatorios, pero los disparates tributarios vienen desde hace rato.

Un primer problema que tenemos con el sistema tributario es no solo que es ineficiente, asfixiante e injusto, sino que además es invasivo de los derechos individuales. La información que hay que brindarle al ente recaudador, en un país que respeta los derechos individuales, solo podría pedirla un juez y con causa justificada. Es más, todavía no entiendo cómo no fue declarada inconstitucional la ley de procedimiento fiscal.

Algunas propuestas muy sólidas de reforma del sistema impositivo preparadas por el reconocido economista y tributarista Antonio Margariti les he acercado a algunos legisladores de la oposición, pero claramente no les ha interesado el tema. Nunca tuve respuesta ni siquiera para decirme que no les parecía bien.

El primer disparate que tiene nuestro procedimiento fiscal es que el contribuyente es culpable hasta que demuestre lo contrario. Lo he sufrido en carne propia a lo largo de la década k al punto que hasta la prestigiosa revista The Economist se encargó de citar mi caso entre otros casos emblemáticos (http://www.economist.com/node/21559384 ).

La realidad es que si yo reclamo que alguien me debe dinero, tengo que demostrarlo. En Argentina el sistema funciona al revés. El ente recaudador dice que alguien le debe dinero y el contribuyente tiene que demostrar que no lo debe.

En definitiva, hemos aceptado que en nombre de la santa recaudación se violen todos los derechos individuales, la propiedad privada y de procedimientos que garanticen la defensa del contribuyente. Un disparate inconstitucional.

El segundo disparate del sistema tributario que uno puede señalar es que se le pide a los impuestos que financian al fisco, que redistribuyan ingresos y que asignen los recursos productivos.

Cuando digo que se le pide al sistema tributario que redistribuya recursos me refiero, por ejemplo, al nefasto impuesto a las ganancias. Y es nefasto porque no solo viola los derechos individuales al pedir información reservadísima, sino que además castiga a los más eficientes. Al ser un impuesto progresivo, cuánto más gana una persona, y gana más porque es eficiente y satisface las necesidades de sus semejantes si estuviera un sistema de libre competencia, paga proporcionalmente más. Si gana un 10% más paga un 14% más. Se castiga al que mejor sirve a sus semejantes con su labor diaria produciendo aquellos bienes y servicios que demanda la gente, en los precios y calidades que el consumidor requiere. De manera que cambiar el impuesto a las ganancias por un flat tax no es el ideal, pero al menos es menos invasivo de los derechos individuales y mucho más sencillo de liquidar. El flat tax implica pagar un porcentaje igual para todos estableciendo un mínimo no imponible, y de ahí para arriba todos pagan el mismo porcentaje. Sencillo de liquidar y no pretende redistribuir ingresos.

Si alguien quiere redistribuir, entonces que lo haga vía el gasto público. Que diga a quién le va a dar un subsidio, por qué monto y por cuanto tiempo. Que se debata en el Congreso y que el que recibe un subsidio tenga nombre y apellido y que la gente sepa a quién y por qué le está dando parte de sus ingresos. Que la gente sepa por qué le quitan parte del fruto de su trabajo y se lo dan a otro.

En lo que hace a la asignación de recursos podemos citar, por ejemplo, el caso de los derechos de importación. Cuando el burócrata establece que se pague una tasa mayor por la importación de los bienes de consumo que los bienes de capital, en última instancia está diciendo que prefiere que se produzcan bienes de consumo y no bienes de capital. El burócrata reemplaza a la gente en la decisión de asignar los recursos. Propuesta: que los derechos de importación sean bajos y uniformes para todos los productos. Una tasa única de, digamos, el 3% para todos los productos solo tendría un fin recaudatorio.

Otro disparate que tenemos en funcionamiento es el impuesto al cheque. Es un nefasto impuesto que no solo expulsa a la gente del sistema formal sino que, además, implica pagar impuestos para pagar impuestos. Cuando uno hace un cheque para pagar el anticipo de ganancias, bienes personales, ingresos brutos o el impuesto que sea, paga el 0,6% del impuesto al cheque para pagar un impuesto. ¡Una locura!

De más está decir que los derechos de exportación son otra barbaridad que sin duda hay que eliminar y el listado sigue. Mi primera conclusión es que el actual sistema tributario es inviable. Imposible de corregir. Hay que meterlo en un tacho, tirarle nafta y prenderle fuego y establecer uno completamente nuevo que debe incluir el tema de la coparticipación federal, algo que en realidad no existía en nuestra Constitución de 1853. Esto de la coparticipación es un invento del siglo XX que terminó en un desastre económico y político, destruyendo el federalismo.

En rigor, llegamos a este estado de locura impositiva, en su estructura y su carga tributaria, porque el populismo se impuso en Argentina y como un cáncer está destruyendo el país.

Antiguamente los reyes mataban con impuestos a sus súbditos para financiar sus conquistas territoriales. Si mal no recuerdo, la revolución que dio lugar a la independencia norteamericana fue por la mayor carga tributaria que quiso imponerle el rey a los colonos para financiar los gastos de su guerra con Francia. Lo irónico es que finalmente los franceses terminaron ayudando a los colonos y al ejército continental contra el ejército inglés.

Hoy día los gobiernos nos matan con impuestos para financiar su populismo. Pero ese populismo llevó a la destrucción de la república. Los populistas buscan matar con impuestos a unos pocos para repartir entre muchos. Esa es su forma de conseguir votos.

Es lo que vemos hoy en día en Argentina. Muchos se preguntan cómo hacer para desarmar la maraña de subsidios llamados sociales que deja el kirchnerismo y que es infinanciable. Desarmar se puede desarmar, pero habrá que crear las condiciones para generar una fuerte corriente inversora.

Lo que me queda bastante claro es que la reforma del sistema tributario y de los procedimientos fiscales, no solo es necesario para poner en funcionamiento la economía. La reforma impositiva también es clave para recuperar el sistema republicano de gobierno.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.