COSTOS DE CAMBIAR Y COSTOS DE NO CAMBIAR, UN BALANCE

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Lo primero que hay que recalcar es que no hay acción humana sin costo, lo cual implica que para obtener un valor debe dejarse de lado otro considerado por el sujeto actuante como de menor valor respecto al que se apunta a incorporar. En el terreno de la economía esto se denomina “costos de oportunidad”. Si quiero jugar al tenis debo dejar de lado la lectura si es que eso es mi segunda prioridad y así sucesivamente.

 

Ahora bien, respecto a la transición de una política gubernamental a otra debe destacarse en primer término que nada hay original en esto puesto que la vida misma es una transición. Todos los días cuando a alguien en su trabajo se le ocurre una buena idea para mejorar la productividad de la empresa o la actividad en la que se desempeña, está de hecho provocando una transición, es decir, un cambio, desde la situación anterior a la nueva, lo cual significa reasignar recursos humanos y materiales. Como he dicho en otras oportunidades, cuando apareció el refrigerador el hombre de la barra de hielo se reubicó en otras faenas y cuando apareció la locomotora Diesel, se colocó en otras tareas el fogonero y así con todo cotidianamente en todos los planos de la actividad humana. Si se decidiera congelar las transiciones no habría tal cosa como progreso puesto que el progreso inexorablemente se traduce en cambio.

 

Cuando un gobierno pretende pasar de una política populista a una liberal, naturalmente debe adoptar medidas para reducir el gasto público a niveles que se compatibilicen con un sistema republicano. Asimismo, debe reducir la presión tributaria, abrogar regulaciones absurdas que restan inútilmente espacios de libertad, apuntar a la eliminación del endeudamiento gubernamental al efecto de desempeñarse con recursos presentes y no extrapolar la idea del sector privado recurriendo a la mal llamada “inversión pública”. Para todo ello se requiere la antes mencionada reasignación de recursos humanos y materiales, esto es, minimizar el uso coactivo del fruto del trabajo ajeno lo cual mejora la situación económica de los más débiles que siempre son los que más se perjudican ya que la disminución en las tasas de capitalización debido a la merma de inversiones afecta severamente salarios en términos reales.

 

Reducir el gasto público no puede camuflarse con la “mejora en la calidad del gasto” como proponen algunos distraídos ya que lo malo no debe mejorarse puesto que si una función gubernamental es inconveniente resulta peor si se hace más eficiente. Tomemos un ejemplo horripilante: si en la época nazi se mejoraban las cámaras de gas la situación empeoraba, es mejor que falte gas o que las cámaras letales no funcionen.

 

Parcialmente reitero lo que he escrito antes en esta materia. Es de interés elaborar sobre los mecanismos idóneos para pasar de una situación de estatismo a una de libertad. Lo primero que en este contexto debe tenerse en cuenta es que el discurso y la ejecución del político están embretados en una franja de máxima y mínima que deriva del grado de compresión de la opinión pública de los diversos temas. El salirse de ese plafón se paga con menor apoyo electoral. Ahora bien, para correr el eje del debate y poder ampliar el discurso y la consiguiente ejecución es menester operar en el campo de las ideas. Son éstas, para bien o para mal, las que permiten convertir lo que al momento se considera políticamente imposible en políticamente posible.

 

Una vez que se cuenta con un número suficiente de personas que comprenden y comparten cierta idea, recién entonces es posible considerar la forma de llevarla a cabo de modo completo, lo cual no es óbice para que se transiten los primeros pasos de lo contrario no tiene sentido estar en el gobierno. Las explicaciones son irrelevantes, lo trascendental es la marcha de la gestión.

 

En esta línea argumental, lo que en esta nota quisiera plantear es si esa ejecución debe llevarse a cabo gradualmente para darle oportunidad a que ajusten sus conductas aquellos que se adaptaron a la legislación anterior de buena fe o si deben ejecutarse de una vez las medidas.

 

Estimo que es conveniente tener siempre presente que no hay tal cosa como derechos adquiridos contra el derecho. Es decir, para ilustrarlo con un ejemplo muy extremo, no podían otorgarse “derechos adquiridos” a los fabricantes de cámaras de gas en la época de los criminales nazis. Tampoco tiene sentido encaminar una política gradualista para las clínicas de abortos y permitir la exterminación de quienes son personas en el momento mismo de la fecundación del óvulo con toda la carga genética completa (a diferencia de los que adhieren a la magia primitiva de sostener que se produce una mutación en la especie en el instante del alumbramiento). Sin llegar a estos extremos donde está comprometida la vida de seres humanos de modo directo, podemos ejemplificar con empresarios que venden arena en el Sahara o helados en el Polo Norte. Estos últimos ejemplos pueden parecer ridículos pero en verdad equivalen y calzan en todos los casos en los que se presentan operaciones ruinosas como si fueran verdaderos negocios que solo benefician a los comerciantes prebendarios que fabrican componendas en la oscuridad de los despachos oficiales pero que literalmente arruinan la vida de millones de personas. Son como inmensos vampiros que succionan la sangre de sus congéneres. Vilfredo Pareto ya explicó que “El privilegio incluso si debe costar 100 a la masa y no producir más que 50 a los privilegiados, perdiéndose el resto en falsos costes, será en general bien aceptado, puesto que la masa no comprende que está siendo despojada, mientras que los privilegiados se dan perfecta cuenta de las ventajas de las que gozan”. Es imperioso cortar de raíz el cordón umbilical de estos privilegios inauditos y antieconómicos que consumen capital y, por ende, reducen salarios y así evitar desgastantes presiones y negociaciones por parte de los múltiples grupos de interés.

 

Como hemos dicho, es distinto si no se comprende ni se comparte la idea. En ese caso no se puede aplicar (eventualmente ni siquiera de forma gradual).  Se trata de proceder en consecuencia una vez que la idea es aceptada y, en ese caso, sugerimos evitar por todos los medios los gradualismos que, además, ponen en riesgo los mismos pasos  y etapas que se proponen.

 

Pero, como queda consignado, esto no debe ser un pretexto para no hacer nada. La política de ir al fondo de los problemas de una vez fue lo que, por ejemplo, llevó a cabo Ludwig Erhard quien en contra de las opiniones de todos los comandantes militares de posguerra y los empresarios alemanes (especialmente los del sector siderúrgico) y buena parte de la opinión pública, sorpresivamente anunció la eliminación de todos los controles de precios y subsidios. El resultado fue el llamado “milagro alemán”. Como ha dicho Albert Einstein: “No podemos resolver problemas con el mismo pensamiento que usamos cuando los creamos”.

 

No pocos intelectuales, en lugar de esforzarse en correr el eje del debate en dirección a lo que saben es la meta optan por adaptarse a lo que al momento se considera políticamente posible con lo que comprometen severamente el logro de los objetivos finales. En lugar de asumir sus responsabilidades prefieren “jugar a la política” y abandonar las tareas propias de sus funciones. Son los políticos los que negociarán y ejecutarán lo que es posible según la comprensión de las ideas en el contexto de la situación imperante, pero si los intelectuales se suman a la faena de marras queda completamente abandonada la posibilidad de progreso. Generalmente los primeros en dejar de lado sus responsabilidades en la materia comentada son aquellos que se dicen liberales pero en verdad son conservadores recalcitrantes, son los que le dejan el campo abierto a socialistas que difícilmente abandonan su trabajo intelectual con lo que ofrecen un ejemplo de consistencia y perseverancia y, por tanto, son los que en definitiva producen corrimientos en los ejes del debate y, con ello, obligan a todo el arco de sus oponentes a empeorar sus propuestas, precisamente porque persisten en presentar lo políticamente posible en lugar de mostrar la indispensable honestidad y coraje intelectual.

 

Y esto no se circunscribe a desatar la infame maraña de regulaciones y disposiciones contraproducentes en el ámbito interno del país, sino habitualmente a la desactivación de políticas mal llamadas “proteccionistas” en el ámbito de las relaciones internacionales, medidas que protegen a los empresarios del privilegio pero que desprotegen a toda la comunidad que se ve obligada a comprar más caro, de peor calidad o ambas cosas a la vez. En este sentido, es de gran interés seguir el consejo del decimonónico Bastiat quien insistía en la conveniencia de prestar atención “a lo que se ve y a lo que no se ve”: en nuestro caso, se ven las empresas de los privilegiados trabajar pero lo que no se ve es el derroche que se traduce en empobrecimiento y la generalizada privación de adquirir los bienes y servicios que no existieron debido a los elefantes blancos instalados merced a la dádiva gubernamental. El propio Bastiat ilustra este tema con su característica ironía sugiriendo en su época que el gobierno obligue a tapiar todas las ventanas “para que los fabricantes de velas no se vean perjudicados por la competencia desleal del sol”.

 

Cabe añadir que, además de los intelectuales y los políticos, están quienes operan en “think tanks” entre los que básicamente  aparecen dos tipos: aquellos que difunden ideas (en esto se aproximan más a los trabajos de centros educativos) y los que se circunscriben a preparar políticas públicas. Y, por último, están los fantoches -que en buena medida engrosan las filas de los políticos- que lo único que les interesa es el protagonismo, la figuración y embolsarse alguna jugosa canonjía: persiguen la foto a cualquier costo y, consecuentemente, se venden al mejor postor y se acomodan a cualquier viento no importa para donde sople. Al decir de Borges “ya se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien, para que no se descubriera su condición de nadie”. Son los cortesanos, genuflexos y rastreros de todas las épocas, tal como refiere Erasmo: “¿Qué os puedo decir que ya no sepaís de los cortesanos? Los más sumisos, serviles, estúpidos y abyectos de los hombres y sin embargo quieren aparecer siempre en el candelero”.

 

En todo caso, lo que en esta columna intento demostrar muy telegráficamente es que debe intentarse adoptar las ideas de respeto recíproco cuanto antes de forma que no quede amputada a través de etapas y recortes de diversa naturaleza que abren las puertas a presiones de los grupos de intereses prebendarios siempre al acecho para reconquistar sus privilegios para explotar a sus congéneres. Es caer en una trampa fatal el suponer que se protege a los más necesitados cuando se mantiene la red infame de derroche y subsidios puesto que, como decimos, esto reduce indefectiblemente sus ingresos.

 

El punto crucial consiste en hacer un balance de costos: si la situación vigente significa costos altísimos -un sistema responsable de la pobreza extrema- es menester salir del atolladero cuando antes pagando menores costos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Un año de Cambiemos

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 4/12/16 en: http://economiaparatodos.net/un-ano-de-cambiemos/

 

Falta que el gobierno comience a cambiar el discurso populista por un discurso que hizo grande a Argentina: me refiero al discurso de la cultura del trabajo

A punto de cumplirse un año desde que asumió Macri la presidencia, en mi opinión se observan cambios muy relevantes y estancamiento en otros.

Basta con recordar los discursos de violencia verbal de Cristina Fernández buscando enfrentar a la sociedad y compararlos con los actuales discursos de Macri en que prima la buena educación, el respeto hacia el que piensa diferente, como para reconocer un cambio de ambiente que tiende a pacificar los espíritus. Se podrá disentir con muchas de las cosas que dice Macri, pero eso no pasa de visiones diferentes sobre cómo recuperar la prosperidad de la Argentina. Francamente no recuerdo, en todo este año, una sola palabra descalificadora de Macri hacia nadie como solía hacer CF con su famoso abuelito amarrete, el empleado de la inmobiliaria escrachado en cadena y mil cosas más.

Tampoco los discursos de Macri están montados en una escenografía en la que se convoca a los aplaudidores de siempre como hacía CF. Necesitaba de los aplausos para satisfacer su inmenso ego. Para algunos estos puntos podrán resultar indiferentes o superficiales, para mí hacen a la convivencia de un pueblo civilizado y respetuoso. A la buena educación de sus gobernantes, punto de partida para construir un país. Y el ejemplo de convivencia y respeto ahora parte del presidente de la nación, cuando antes partía de la boca de CF el resentimiento, la agresión y la descalificación.

Otra cosa valiosa para mí es haber recuperado los actos patrios como actos patrios no como actos partidarios en los que solo había banderas de La Cámpora, imágenes del Che y fotos de NK, uno de los corruptos más grandes de la historia argentina.

Aún con las fuertes diferencias que tengo con el gobierno en materia de política económica, no puedo dejar de reconocer que el gobierno de Macri nos ha devuelto el sentido de Argentina para todos los argentinos y no para una fracción de fanáticos al estilo fascista.

No es tema menor que Argentina haya recompuesto relaciones con los países que respetan los derechos individuales. Hoy tenemos una mejor relación con el mundo civilizado. Nuestros funcionarios ya no se juntan con genocidas como Fidel Castro o el tirano Maduro y su corrupto régimen chavista.

El punto más débil del gobierno está en la política económica y en su discurso al respecto. Por el momento ha sido incapaz de avanzar en reformas estructurales del sector público, en materia impositiva, reforma laboral y otros puntos clave. Por el contrario, se ha limitado a cambiar la forma de financiar un déficit fiscal descomunal. El kirchnerismo lo financiaba con expropiaciones y emisión monetaria y el macrismo recurre al endeudamiento para cubrir el bache. Cambió la forma de financiar el déficit pero no se intentó disminuirlo, por el contrario, aumentó. Además sigue usando el tipo de cambio como ancla contra la inflación al igual que la mayoría de los gobiernos anteriores, incluido el kirchnerismo.

El gasto público no se anima a bajarlo y hacen recaer todo el peso del ajuste de la economía sobre el sector privado, que continúa perdiendo puestos de trabajo mientras que en el sector público y su legión de ñoquis heredada parece intocable. Es como si hubiese ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Los empleados estatales, en sus tres niveles, son intocables y no pueden perder sus puestos de trabajo porque hay que evitar el conflicto social. Pero que el sector privado pierda 105.000 puestos de trabajo entre diciembre pasado y agosto, parece no importarle a nadie del gobierno.

Uno comprende que décadas de populismo y el destrozo heredado de los últimos 12 años no permiten solucionar todo de un día para otro. Ni siquiera pasa por mi mente creer que el déficit fiscal heredado pueda eliminarse en un año. Lo que me preocupa es el discurso económico del gobierno por el cual el “asistencialismo” sigue siendo un derecho en vez de un apoyo transitorio que el contribuyente, no el gobierno ni el estado, le otorga a determinadas personas. Se insiste con que son derechos adquiridos y eso hace que el macrismo contribuya a consolidar los valores que destrozaron la Argentina. En vez de defender la cultura del trabajo, insisten con defender la cultura de la dádiva.

Por otro lado, la política impositiva sigue tratando a los que trabajamos en blanco como esclavos que tenemos que mantener a una legión de planeros, empleados públicos y demás gastos inútiles del estado. Gastos que se solventan con el trabajo de gente decente que es saqueada impositivamente para sostener un estado sobredimensionado propio de los sistemas fascistas y populistas.

De nuevo, no digo que de un día para otro se solucione el monumental problema fiscal heredado, pero sí esperaba que de un día para otro el gobierno empezara a tener un discurso diferente al populismo que nos viene hundiendo desde hace décadas.

En síntesis, en estos 12 meses se ha logrado frenar las políticas de confrontación del kirchnerismo y tenemos un comportamiento mucho más educado y presentable ante el mundo y ante nosotros mismos.

Falta que el gobierno comience a cambiar el discurso populista por un discurso que hizo grande a Argentina: me refiero al discurso de la cultura del trabajo, de respetar la propiedad privada y, particularmente, dejar de tratarnos a quienes pagamos impuestos como esclavos a los que hay que humillar impositivamente para que el gobierno mantenga el poder y otros vivan a costa de nuestro trabajo.

Veremos si al comenzar el segundo año de mandato el gobierno cambia el rumbo de su discurso que todavía está impregnado de populismo o mantiene el rumbo decadente de la cultura de la dádiva.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE