EL OLVIDADO CASO DE LUIGI STURZO, EL SACERDOTE QUE HUBIERA DERROTADO A LA ITALIA FASCISTA.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 30/12/18 en: https://gzanotti.blogspot.com/2018/12/el-olvidado-caso-de-luigi-sturzo-el.html?fbclid=IwAR3V46PZvVtrf1QilRuPswu85Plwwma_b2U9WRTBf96UJsvEq7diUx2v3OE

 

De Judeo-cristianismo, civilización oriental y libertad, cap. 6.

(accesible gratis en https://www.amazon.es/Judeocristianismo-Civilizaci%C3%B3n-Occidental-Libertad-judeocristiano-ebook/dp/B079P7V1JC/ref=redir_mobile_desktop?_encoding=UTF8&__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85Z%C3%95%C3%91&dpID=51GJcML485L&dpPl=1&keywords=judeocristianismo%20zanotti&pi=AC_SX236_SY340_QL65&qid=1518158250&ref=plSrch&ref_=mp_s_a_1_1&sr=8-1 )

El caso de Luigi Sturzo nos plantea con tristeza los mundos paralelos posibles que hubieran sido, de no ser por la falta de visión histórica de quienes debían regir los destinos de la Iglesia. Como coherente injusticia, su figura excepcional sigue sumergida en el olvido, en medio del griterío del catolicismo ultramontano y el fanatismo anticatólico iluminista.

Luigi Sturzo[1], sacerdote católico nacido en 1871, fue nada más ni nada menos que el fundador del Partido Popular Italiano. Y dicho partido fue nada más ni nada menos que un partido democrático, anti-fascista, de orientación cristiana, aunque laical y anti-confesional. Con el pleno apoyo de Benedicto XV –quien como dijimos había levantado el non expedit– el partido popular va ganando el apoyo de los católicos y progresivamente va ganando elecciones y frenando el ascenso de los fascistas mussolinianos. Sí: una Italia no fascista, una Italia No aliada de los nazis, una Italia inspirada en una democracia cristiana –en un perfecto ejemplo de lo que hubiera sido una confesionalidad sustancial- laica, democrática, republicana, católica, hubiera sido perfectamente posible. Pero en Enero de 1922 fallece Benedicto XV y, como dijimos, Pío XI le retira su apoyo al Partido Popular. En 1924, Sturzo tiene que exiliarse de Italia, primero en Londres y luego en los EE.UU. Finalmente su proyecto renace con la democracia italiana de la post-guerra y en 1952 Luigi Einaudi lo nombre senador vitalicio. Muere en 1959. Durante su exilio escribe importantes obras que pocos católicos y pocos liberales han estudiado, entre ellas La Iglesia y el estado[2], monumental obra en cuya parte final destaca las figuras de los liberales católicos del s. XIX con gran fidelidad y detalle a las circunstancias históricas que hemos reseñado[3].

El caso Luigi Sturzo marca una tragedia permanente, intra-eclesial, de la cual aún no hemos salido. Podemos disculpar a Pío XI su falta de visión histórica, su ingenua alianza con Mussolini, pero evidentemente nada de ello hubiera sucedido si no se hubiera perseguido y descalificado con saña e injusticia a los liberales católicos del s. XIX, por parte de los católicos que luego forman el grupo de tradicionalistas ultramontanos de los cuales sale Lefebvre. Sí, es verdad que en esa guerra intelectual ganaron algunas batallas: las aclaraciones de Dupanloup, la moderación del magisterio de León XIII, las “no condenas” (si a eso se lo puede considerar victorias) de Lacordaire, Montalembert, Ozanam y Acton, pero la guerra, en su momento, fue perdida. Cómo fue posible que, a pesar de los esfuerzos visionarios de Benedicto XV, Pío XI hiciera una alianza con Mussolini; cómo fue posible que prácticamente la “doctrina oficial” de la Iglesia fuera en los 30 y los 40 una mezcla de corporativismo con autoritarismo; cómo fue posible que para revertir esa tendencia, Pío XII y Juan XXIII tuvieran que hacer ciclópeos esfuerzos que aún no han madurado… Sólo se explica por la imposibilidad de vacunas democráticas, para la mayoría de los católicos, ya sean laicos, sacerdotes, cardenales, teólogos o pontífices, luego del mazazo sin matices de la Mirari vos y la Quanta cura, donde Modernidad e Iluminismo no se distinguían en absoluto. Cómo puede ser posible que la Iglesia posterior, de los 60 en adelante, sucumbiera a los cantos de sirena del socialismo y del marxismo, problema en el cual aún estamos, se explica por el mismo motivo: la falta de vacunas intelectuales contra movimientos autoritarios que, ya de derecha o izquierda, desprecian absolutamente la institucionalidad liberal y la economía libre que el mismo Sturzo defiende con énfasis a partir de su regreso a Italia. En realidad los que comprendieron bien el vuelco del Vaticano II hacia la institucionalidad democrática fueron los que lo rechazaron, esto es, los lefebvrianos. Ellos sí se dieron cuenta de cuál fue el genuino resultado de los grandes Pío XII y Juan XXIII. Pero los demás, sólo repetían las notas, sin comprender lo que tocaban. Democracia, constitución, libertades civiles, derechos humanos, laicidad del estado, libertad religiosa, división de poderes, etc., sólo son palabras que se entienden –en el Catolicismo– a partir de los liberales católicos del s. XIX. De lo contrario, sólo son letra muerta que ocultan el permanente integrismo y clericalismo: la nación católica, el pueblo católico, ya sea en comunidades eclesiales de base, ya sea retornando a la Cristiandad Medieval de manos de algún dictador católico ilustrado. No hay ni debe haber “nación católica”, ya en alianza con Mussolini, en su momento, ya en alianza con Cuba, como hoy: esos proyectos no son compatibles con la libertad religiosa, con el debido pluralismo político y la legítima convivencia entre creyentes y no creyentes. Ya sea la alianza de Pío XI con Mussolini, ingenua en su momento y retrospectivamente vergonzosa, ya sea la alianza de los católicos de hoy con los populismos de izquierda filo-cubanos y marxistas, siempre es lo mismo: la carencia trágica de toda formación básica en los valores republicanos y en la economía de mercado[4].

[1] Sobre Sturzo, ver Antisieri, D.: Cattolici a difesa del mercato, Rubbettino, 2005.

[2] Church and State, New York, Longmans, Green And Co., 1939.

[3] Op. cit., cap. XII.

[4] Al respecto es muy ilustrativa la aguda crítica de Gustavo Irrazábal a la falta de conciencia institucional republicana de las conferencias episcopales latinoamericanas, y su aguda crítica también a la “teología del pueblo”, en Iglesia y democracia, Buenos Aires, Instituto Acton, 2014.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

El tigre celta nos marca el camino para crecer

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 12/9/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/09/12/el-tigre-celta-nos-marca-el-camino-para-crecer/

 

En Argentina chocan la presión impositiva con las aspiraciones de crecimiento de largo plazo. Irlanda logró crecer con rebaja de impuestos

La modernidad también forma parte del paisaje de Dublín. (iStock)
La modernidad también forma parte del paisaje de Dublín.

En el mundo en general y en Argentina en particular, los gobiernos no buscan cuánto tienen que cobrar de impuestos para mantener un Estado eficiente, buscan el máximo de expoliación posible. Dado que la democracia parece haberse transformado en una competencia populista en la cual gana el que más y mejor promete quitarle a unos pocos para distribuirlos entre muchos, limitar el gasto público luce como una utopía.

Los gobiernos quieren gastar cada vez más, para eso necesitan recaudar más y es en ese punto en el que chocan la presión impositiva con las aspiraciones de crecimiento de largo plazo. Esa competencia populista lleva a tal voracidad fiscal que impide el proceso natural que consiste en primero generar más inversiones para luego, ante la mayor demanda de mano de obra y productividad de la economía, pagar mejores salarios y, como resultado final, mejorar el nivel de consumo. Veamos cómo se comportan los gobiernos.

GRÁFICO 1

El Gráfico 1 nos muestra la famosa curva de Laffer. En el eje vertical se mide cuánto recauda el gobierno y en el horizontal la tasa del impuesto a las ganancias. Si la tasa es cero se recauda cero y si la tasa es del 100% también se recauda cero porque no hay estímulo para producir dado que todas mis ganancias se las lleva el Estado.
A medida que el estado va aumentando la tasa impositiva, la recaudación va subiendo. En el gráfico que muestro con números que son solo ejemplos, si el estado cobra el 5% de impuesto, recauda 9. Si sube la tasa al 20%, la recaudación aumenta a 30 y así hasta llegar a la tasa del 50% (es solo un ejemplo) donde se recauda el máximo que es el punto C en el gráfico. A partir de esa tasa de impuesto, si el Estado sigue aumentándola, disminuye la recaudación. ¿Por qué?

Porque estimula el trabajo en negro, cierran empresas que no pueden bancar esa carga tributaria, conviene producir menos para pagar menos impuestos, etcétera. Digamos que en los estados populistas, el gobierno para esquilmar a la oveja directamente la mata.

El Gobierno debería plantearse qué desea: ¿recaudar más o crear un clima que atraiga las inversiones y cree puestos de trabajo? Planteo este punto porque la actual carga tributaria solo promete matar puestos de trabajo y espantar inversiones. Si el objetivo es llegar al punto C de la curva de Laffer, es posible que se logre, pero lo que seguro no se conseguirá es hacer crecer la economía, mejorar los ingresos reales y producir un verdadero tsunami de inversiones que permita absorber los 250.000 jóvenes que anualmente se incorporan al mercado de trabajo, pasar empleados públicos al sector privado y aumentar tanto la demanda laboral para que los piqueteros ya no tengan excusas para no trabajar.

¿Es posible lograr ese tsunami de inversiones bajando los impuestosy flexibilizando el mercado laboral? Veamos el caso de Irlanda. En 1981 tenía una tasa de impuesto a las ganancias de las corporaciones del 45% y a partir de la década del 90 comienza a reducirla aceleradamente hasta llegar al actual 12,5 por ciento.

GRÁFICO 2

Si bien la baja del impuesto a las ganancias de las corporaciones comienza a acelerarse a principios de los 90, es a fines de esa década que disminuye fuertemente. ¿Qué paso con la recaudación del impuesto a las ganancias a las corporaciones al bajarse la tasa?

GRÁFICO 3

A principios de los 90 cuando la tasa del impuesto a las ganancias de las corporaciones baja del 43% al 40%, 38% y continúa bajando, el impuesto pasó a representar el 1% del PBI hasta llegar a un máximo del 3,71% del PBI. La caída que se observa a partir de 2008 es producto de la crisis internacional pero luego se estabilizó por arriba del 2% del PBI con tendencia al alza. El último dato disponible de 2014 la relación era del 2,39% del PBI. A pesar de la crisis y de tener una tasa de impuesto del 12,5% en vez del 45% como era en 1981, hoy se recauda, en términos de PBI, un 54% más de impuesto a las ganancias de las empresas aplicando solo el 12,5 por ciento.

Este dato muestra lo falso que es el argumento de los populistas y progresistas de establecer un impuesto alto a las empresas para recaudar más y redistribuir. A mayor presión tributaria menos recurso para redistribuir.

GRÁFICO 4

Aún más, en 1982 el impuesto a las ganancias era del 50% para las empresas y representaba el 30% de la recaudación total (Gráfico 4). Con una tasa del 12,5% en 2015 el impuesto a las ganancias de las empresas representó casi el 40% del total de la recaudación. La simple observación del gráfico muestra la tendencia ascendente de la participación del impuesto a las ganancias a medidas que va bajando la tasa de imposición. Pero la gran ganancia estuvo en la Inversión Extranjera Directa (entrada neta).

En la década del 80, con tasas del 50% de impuesto a las ganancias la IED representaba el 1% del PBI, en 2016 representó el 26% del PBI, de acuerdo a datos del Banco Mundial. Puesto en euros fueron 25.300 millones. La IED creó más de 200.000 puestos de trabajo para un país con solo 4,5 millones de habitantes.

En síntesis, el caso de Irlanda muestra claramente que no es cierto que primero haya que combatir la evasión para bajar las tasas impositivas. La curva de Laffer ha demostrado que funciona perfectamente en el caso irlandés, donde no se perdió recaudación, creció fenomenalmente la inversión, el ingreso per capita supera al de Inglaterra y el déficit fiscal de 2016 fue de solo el 0,5% del PBI. Por algo le dicen a Irlanda el tigre celta.

Argentina podría transformare en el tigre latinoamericano, pero para eso tiene que copiar a los países que les va bien y dejar de insistir con la medicina progresista, que lo único que ha logrado hacer progresar es la pobreza.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

La igualdad en la antigua Grecia (2)

Por Gabriel Boragina Publicado  el 12/3/17 en: http://www.accionhumana.com/#!/2017/03/la-igualdad-en-la-antigua-grecia-2.html

 

“En Atenas, los pequeños labradores abrumados de deudas pugnaban por variar su situación y la inminencia del movimiento social se hizo palpable en la época de Solón y favorecida por las divergencias existentes entre las clases privilegiadas. Los derechos políticos fueron graduados según la fortuna, y la elegibilidad para los cargos más elevados se reservó para aquellos poseedores de una importante extensión de tierra que le produjera una renta anual considerable (500 fanegas de grano o su. equivalente en vino y aceite). Concretamente, una serie de medidas hicieron disminuir “la omnipotencia de los eupátridas y permitió a los pobres defenderse con iguales armas, por procedimientos legales. “Eso es lo que se conoce como la Constitución de Solón y fue como la carta fundamental de la democracia ateniense, destinada en virtud de los principios mismos que estableció a determinar nuevos progresos en el sentido democrático”; aunque hay que reconocer que dicha Constitución era en parte plutócrata, porque sólo permitía a los más ricos ocupar los cargos públicos, y en parte aristócrata, porque sólo podían desempeñar funciones ejecutivas judiciales los hombres de reconocida experiencia.”[1]

Al parecer, Solón quiso introducir algo parecido a lo que hoy conocemos como la igualdad ante la ley. Con la salvedad que esa igualdad se limitaría a la igualdad política y no a otra, y sería bastante relativa, habida cuenta que -conforme nos explica el autor en comentario- su “Constitución era en parte plutócrata, porque sólo permitía a los más ricos ocupar los cargos públicos, y en parte aristócrata, porque sólo podían desempeñar funciones ejecutivas judiciales los hombres de reconocida experiencia”. Se puede inferir que esas deudas que afligían a los labradores eran ocasionadas por abusivos impuestos, lo que demuestra la temprana voracidad fiscal del estado, que -en rigor- fue una constante, no exclusivamente en la antigua Grecia sino en todas partes del mundo desde los tiempos prebíblicos hasta el presente. Este es un rasgo en que la humanidad no ha parecido avanzar demasiado, excepto en el periodo de la revolución liberal entre los siglos XVIII y comienzos del siglo XX. Desde esta última fecha hasta el momento en que escribirnos se ha producido un severo retroceso en materia fiscal. Hoy como ayer, el ciudadano esta posicionado frente al fisco tal como lo estaban aquellos antiguos labradores griegos agobiados de deudas.

“Hay que reconocer, no obstante, que Solón prepara el movimiento democrático ateniense, y es con la obra de Pericles que se llega al apogeo de la evolución, consolidándose el principio del gobierno del pueblo y ejercido por los ciudadanos, pero con la observación de que el pueblo sólo estaba integrado por el conjunto de ciudadanos atenienses cuyos padres también lo fueron y tanto es así que aparte de ellos, existían los metecos y por último los esclavos que eran considerados sin personalidad, como un instrumento animado, una cosa con vida (y tal vez con alma). La esclavitud constituía el motivo principal de las luchas políticas y sociales de la Grecia antigua y dividía a la sociedad en dos partes: ricos y pobres. “Esta polarización antitética —dice Corrado Barbagallo— entre la riqueza, o mejor aún, entre la fortuna, y la indigencia, provocaba efectos políticos igualmente malos, dentro de la nobleza y del bajo pueblo”.”[2]

Tenemos que inferir de este texto que los pobres eran los esclavos y los ricos sus dueños. Sin embargo, se menciona a los metecos, que únicamente se diferenciarían de los esclavos en que serían hombres libres, pero sin derechos políticos de ninguna clase dado que no se les consideraba ciudadanos, y sólo estos gozaban de derechos políticos. No es difícil imaginar que estos metecos entrarían también dentro de la categoría de pobres (aunque no esclavos) ya que -conforme venimos viendo- el poder político los ricos se lo reservaban para sí mismos. Del contexto se infiere que, de la igualdad que se sigue tratando es de la igualdad política que aquí el autor identifica con la democracia. Ese “gobierno del pueblo” de Pericles era bastante peculiar, dado que estaba reservado a una parte minoritaria de la sociedad ateniense. La circunstancia que no se les concedieran derechos políticos a los metecos y esclavos es muy fácil de deducir. Estos constituían la base económica de la clase gobernante (ciudadanos), de conferírseles igualdad de derechos políticos a la de estos, cómodamente se convertirían en clase gobernante y terminarían desplazando a los ciudadanos de su condición privilegiada.

“Del concepto de democracia expuesto por los historiadores y políticos griegos surgen principios de una doctrina moral y política, adquiriendo la democracia un significado humano. Tucídices, en su relato de la guerra del Peloponeso, hace decir a Pericles, en su discurso en homenaje a los atenienses muertos, que “nuestro régimen político es la democracia y se llama así porque busca la utilidad del mayor número y no la ventaja de algunos. Todos somos iguales ante la ley, y cuando la república otorga honores lo hace para, recompensar virtudes y no para consagrar el privilegio. Todos somos llamados a exponer nuestras opiniones sobre los asuntos públicos”.[3]

No obstante, ya hemos visto que ese “todos” en realidad era bastante restringido en los hechos. Se limitaba a los ciudadanos, excluyendo a metecos y esclavos que constituían la mayor parte de la población y servían de sustento económico a aquellos. Sin embargo, el concepto -como ideal en sí mismo- resulta brillante, aunque fuera puesto en práctica efectiva muchísimos siglos más tarde con el advenimiento del liberalismo, momento en que el vocablo “todos” adquirió su verdadera significación y se extendió a todos los individuos por igual, y no a los miembros de una determinada casta o clase social. Por lo demás, qué es lo que pretendió decir el autor al expresar “adquiriendo la democracia un significado humano” queda en la más completa de las nebulosas, ya que resulta dificultoso concebir un sentido inhumano de la democracia. Lo cierto es que, en las palabras de Pericles, resulta claro que entendía la democracia como el gobierno de la mayoría (“busca la utilidad del mayor número y no la ventaja de algunos”) recordando que en la concepción clasista griega (y del mundo antiguo en general) ese “mayor número” incluía a la nobleza, excluyendo todas las otras demás clases.

[1] Dr. Antonio Castagno. Enciclopedia Jurídica OMEBA Tomo 14 letra I Grupo 02. Voz “igualdad”

[2] Castagno, A. Enciclopedia….Ob. cit. Voz “igualdad”

[3] Castagno, A. Enciclopedia….Ob. cit. Voz “igualdad”

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Las encuestas, las urnas y una genuina rebeldía

Por Eduardo Filgueira Lima. Publicado el 28/11/15 en http://www.cepoliticosysociales-efl.blogspot.com.ar/2015/10/las-encuestas-las-urnas-y-una-genuina.html.

 

En las recientes elecciones presidenciales los resultados distaron mucho de ser los previstos por las innumerables encuestas realizadas.

Las encuestas de opinión son una forma de investigación muy utilizada en ciencias sociales. Habitualmente se toma en consideración que si su metodología, su representatividad muestral y los métodos de evaluación son los adecuados es esperable cierta aproximación (aún estimando algún margen de error), pero en todos los casos su índice de confianza debería ser mayor del 95%.

Sin embargo este no fue el caso respecto de los pronósticos previstos por las consultoras para las recientes elecciones.

Dejando de lado que muchas empresas que las realizan son en realidad operadores políticos que intentan incidir sobre la opinión pública, esta consideración no se da en todos los casos. Lo relevante fue la gran dispersión (entre si) de los pronósticos por un lado y por otro que los mismos hayan estado muy alejados de los resultados finales.

Tanto es así que pareció evidente que incluso resultaron una sorpresa para los mismos candidatos. Nadie esperó el nuevo escenario.

No es el caso de introducirnos en el amplio campo de la metodología de la investigación en ciencias sociales, pero si en lo que cabría para explicar en la medida de lo posible, el comportamiento de la acción colectiva.

Los individuos tomamos decisiones todos los días, en las más diversas cuestiones, en infinitos temas y de diferentes formas. Y no en todos los casos nuestras decisiones son las mismas, entre lo que unos y otros deciden, como también pueden llegar a ser diferentes a las que uno mismo ha tomado en diferentes momentos.

Lo que debe considerarse es que las decisiones que cada uno toma son siempre subjetivas y están reguladas por la valoración de la utilidad marginal que cada uno otorgue a las consecuencias de su decisión, aunque en ello también se debe atender que otros aspectos (Ej. emocionales, psicológicos, culturales, conocimientos, etc.) que también forman parte importante en la toma de decisiones, lo que supone una conducta de racionalidad condicionada.

En 1651 Thomas Hobbes publicó su obra más conocida Leviatán, en el que nos dice: “..los hombres en apariencia suelen ser más iguales que desiguales, y es por ello que pueden desear las mismas cosas,… lo que los conduce a un estado de guerra permanente en su lucha por ellas,..(…)…el estado de guerra no es deseable para los hombres, porque en tal estado de naturaleza, no pueden dedicarse a sus tareas de la industria y el comercio,…(…),…el primer objetivo de los hombres es la búsqueda de la paz, pero ello supone que declinarán sus armas y su actitud de guerra,…(…),…para que la paz sea garantizada por el poder absoluto del monarca que velará por ella, cuidando la vida y seguridad de sus súbditos,..”

Estos párrafos merecerían muchas consideraciones. Por ejemplo que para Hobbes parecería que el hombre es más egoísta que cooperativo, aunque resulta contradictorio que sea de tal forma si es que necesita dedicarse al comercio y a la industria y a las tareas que pueden hacer su vida mejor, para lo que inevitablemente necesita intercambiar y cooperar con otros ya que ello es un supuesto inevitable en un orden social en el que producir, comerciar e intercambiar solo puede darse entre más de uno y aún en muchos casos –asumiendo su propio egoísmo– de él resulta que con sus acciones y decisiones puede aún sin proponérselo beneficiar a otros[1].

Lo anterior nos conduce a pensar que de la misma forma que sucede la espontánea búsqueda de equilibrio en el mercado, por la toma de infinitas decisiones que a cada momento asumen los individuos para sus intercambios, la sociedad encuentra “su” equilibrio en las infinitas decisiones que muchos individuos toman en cada momento, en un proceso dinámico y complejo, cuyo sustrato son sus preferencias, y su agregación nos presenta un resultado social.

Este proceso cuyo dinamismo es incontenible en el mercado se encuentra en el mismo en una búsqueda permanente pero asintótica de un equilibrio que nunca alcanza. Salvo que uno pudiera en un momento determinado detener ese proceso y decir: “aquí,.. ahora,.. y en estas condiciones –y solo para este proceso– este es el punto de equilibrio”.

Las elecciones son precisamente eso: lo que no se puede hacer (imposibilidad fáctica) en el mercado, en la vida social se detiene (asumamos esto como una figura teórica) el proceso dinámico de interacción, para poder decir “este es el punto de equilibrio que la sociedad ha preferido –como expresión de “preferencias agregadas”– en este momento, en estas circunstancias y para esta decisión,..”

Si por ejemplo hablamos de la paz, seguramente todos la valoramos y deseamos vivir en esa condición. Eso no quiere decir que la paz sea igualmente importante para todos, ni que todos entiendan la paz de la misma manera.

Para algunos la paz puede en la valoración de sus preferencias ser una condición de máxima importancia y para otros una condición relativa y hasta puede ser intrascendente o incluso (en un grado menor) lo sea algún grado de violencia o agresión. Me refiero a la diferente intensidad de la valoración de preferencias individuales.

Pero aún existiendo las diferencias, el valor de la paz y el menor grado de violencia o agresión posibles, son de suponer lo deseable o preferible en el ciudadano medio. Porque ello –retomando a Hobbes– permite a cada uno hacer su vida más útil y provechosa, para dedicarse al comercio, a su vida, a su familia, al ocio, y a todo tipo de intercambios que le permitan llevar adelante su propio proyecto de vida.

Y para ello Hobbes supone un contrato implícito entre gobernantes y gobernados, en que los primeros garantizan esa primera condición: convertirse en garantes de la paz.

Y recurro a su concepción solo de manera metafórica ya que soy de la opinión que las instituciones nacen y evolucionan hacia un orden social espontáneo[2] producto de infinitos intercambios entre los ciudadanos, que los gobernantes no pueden controlar,.. aunque sin límites lo intenten.

De cualquier forma bien vale la metáfora del contrato hobbesiano para explicar que lo acontecido en nuestra sociedad es mayoritariamente valorado como una forma de ruptura o incumplimiento de ese hipotético “contrato” por el gobierno, asunto que J. Locke legitima como una genuina rebelión social ante el soberano que no responde al mandato de los ciudadanos.[3]

Porque el gobierno en sus formas –como intermediario entre el Estado y los ciudadanos, lo que modela la democracia[4]– ha ejercido esa intermediación imponiendo una forma u otra, en mayor o menor medida, la oposición de unos contra otros, tanto como que la violencia, la agresión, o la descalificación sean moneda corriente.

El gobierno ha perseguido desde los medios adictos o afines, los oficiales, hasta el atril de la Casa de Gobierno, o las cadenas nacionales, todas las formas posibles de agresión y descalificación a todo aquel que no se aviniera a sus deseos, a todo aquel que apenas pusiera en duda sus decisiones o sus “verdades”.

También existió coerción y coacción contra empresas que intentaron publicar sus propias estadísticas. Contra otras empresas hubo multas y persecución selectiva por el organismo de control impositivo. Como objetivos de su acción fueron a su vez los medios de comunicación y los periodistas críticos. O la coacción sobre la Justicia. Toda apreciación perdió legitimidad e ingresó en el campo de la duda, incertidumbre, carencia de autenticidad, certeza o respondía a oscuros intereses.

Y todo ello para sostener –sin ninguna disidencia– su relato épico, su forma de ver la realidad, que solo concibe a la sociedad (como lo hiciera C. Schmidtt) entre buenos y malos, ellos y nosotros: los que adhieren a nuestras ideas que son “nacionales” y “populares” y defienden a la gente (y de ello se ocupa el gobierno) y por otro lado los enemigos que son cipayos, explotadores, enemigos del pueblo, que lucran con las necesidades de la gente,..

Esta visión simplista y binaria del comportamiento de los individuos y de la sociedad, se ha impuesto y legitimado “de arriba hacia abajo”, como producto de similar origen y consecuencias que las que Hayek nos expone es su obra La fatal arrogancia[5] y ha sido en extremo dañina para la convivencia social.

De esta forma se ha perdido la noción de cohesión en pos de objetivos que pudieran –aunque fuera solo en parte– significar intereses que ofrezcan oportunidades de encuentro en puntos comunes de coincidencia para el individuo medio de nuestra sociedad. La sociedad en su conjunto fue maltratada.

Para muchos (por agregación de sus preferencias), pueden pensar que esta situación no solo no tiene importancia sino que a su vez es necesaria para mantener el liderazgo de quien propone y manda, y/o para mantener el relato épico, y/o para mostrar que la sociedad hobbesiana está presente y es justa porque los habilita a luchar por una verdad que consideran absoluta y omnipresente –que es solo la suya– y que en ellos tiene a sus defensores: los gladiadores. Y esa guerra les abona el ideario patriótico.

Sin dudas estas circunstancias conducen a una sociedad partida, a una sociedad en conflicto, a una sociedad en confrontación permanente, a un status social hobesiano, que solo supone la lucha de “nosotros vs. ellos”, que no conduce a nada, salvo la pérdida de la paz.

Si para Hobbes el estado de naturaleza imponía la paz como requisito pre-social y pre-político, de similar manera para muchos otros –y según mi opinión la mayoría– la paz es una condición y prerrequisito para lograr sus objetivos de vida y su pérdida significa su imposibilidad o un riesgo para lograrlos.

La forma de ejercicio del poder impuso a nuestra sociedad una convivencia fragmentada, y temerosa. Temor que extendió al vecino, al amigo o al familiar, o incluso a hablar libremente (incluso a las encuestadoras), porque las represalias estaban en la violencia, la descalificación o la agresión en cualquiera de sus formas y podían provenir de cualquier lado.

Los gladiadores, custodios del relato y la epopeya, se convertían en verdugos.

Los ciudadanos de a pié sintieron así amenazada hasta su propia libertad,..(y no siempre es cuestión de armarse para la guerra), sucedía que casi sin advertirlo (y entrando en el mismo juego), la misma ansiada paz se había esfumado. Algunos ya habían advertido de este proceso que denominaron “la grieta”.  Y estas son variables (dificlmente identificables) que no pueden recoger las encuestas con total fidelidad y de allí a su error de cálculo hay solo un paso. Eso no invalida las encuestas; solo da cuenta de sus limitaciones.

Y los ciudadanos tuvieron que optar. Las elecciones hicieron un “corte transversal” en la vida social, para preguntarles por sus preferencias agregadas y en una sociedad lastimada, las expresiones fueron muchas, pero la preferencia agregada, en función de la utilidad marginal esperada, hizo optar a la mayoría por quienes le permitían no solo un cambio, sino la esperanza de recuperar la paz. Una genuina rebeldía en el sentido lockeano.

En la Argentina se respira ahora un aire nuevo.

La mayoría espera que la sociedad hobbesiana –en estado de guerra y crispación permanente– sea en poco tiempo solo un lejano e ingrato recuerdo.

 

[1] Smith, A. “Una investigación y causa de la riqueza de las naciones” (1776)

[2] Heyk, F. “Derecho, Legislación y Libertad”. (1976)

[3] Locke, J. “Segundo tratado sobre el gobierno civil” (1689)

[4] Strasser, C. “La democracia y lo democrático” (1991)

[5] Hayek, F. “La fatal arrogancia”. (1988)

 

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social,  Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE y Profesor Universitario.

El autoritarismo contable de la segunda vuelta

Por José Benegas: Publicado el 11/10/15 en: http://josebenegas.com/2015/10/11/el-autoritarismo-contable-de-la-segunda-vuelta/

 

La segunda vuelta electoral parte de un supuesto falso desde el punto de vista de lo que se considera actualmente como el parámetro de legitimación por excelencia, que es el bien de los gobernados. Este supuesto es que un país necesita un gobierno con capacidad de hacer lo que quiere hacer, de acuerdo a la última versión del humor político general.

No se entiende que el estado es poder y que el estatismo es autoritarismo, por lo tanto tampoco se entiende que eso de la “gobernabilidad” es un valor para el pensamiento despótico, no  para el republicano. Ni se entiende, ni se enseña, por eso cuando escucho que todo se solucionará con educación y veo alejarse a la sociedad de los objetivos que planteaban Jefferson o Sarmiento de instruir sobre la nueva institucionalidad de la libertad y sus condiciones, me alarma tanta inconsciencia sobre lo que se está diciendo.

Montesquieu y los Padres Fundadores en los Estados Unidos imaginaban a las ramas del gobierno compitiendo entre si. No había necesidad de que una de ellas “ganara” ninguna contienda, sino de que se controlaran entre unas a otras. El destino de un país no depende de una política sino de las instituciones y de la ley, no entendida como mera voluntad legislativa sino como los principios de derecho que parten de la libertad individual. Esa es la función del gobierno, las variantes en cuestiones de administración e inversión del gasto limitado del estado de acuerdo a criterios de distintas facciones, son contingentes. Si el partido A las puede llevar adelante o no, no importa al interés general. Hará acuerdos o tal vez no los logre y un determinado gobierno se vaya sin haber conseguido lo que quería hacer. No tiene ninguna importancia y si eso es producto de que no ha logrado convencer a suficiente gente así debe ser.

No existe ningún problema con un gobierno “débil”, en tanto no lo es nunca para hacer cumplir la ley. Lo puede ser en todo caso respecto de sus propósitos políticos particulares, pero no para aquello establecido en la Constitución que se resume en la defensa de los ciudadanos.

Se que me van a decir que esto es sólo la versión liberal (si tienen quemado el cerebro me dirán “neoliberal”) de la república. Por supuesto que lo es. El asunto es este, que tampoco quieren asumir: si un gobierno no se sostiene en principios liberales, lo hace en principios autoritarios. No hay búsqueda de mayoría artificial si no se cree que la sociedad tiene un “conductor” que tiene que tener capacidad para llevarla como si fuéramos todos súbditos. Es la visión del gobierno como central en la vida del país, opuesta a la de aquellos que sabiamente lo dividieron por quererlo limitado, la que se preocupa por la falta de apoyo de quién administra al estado. Por el contrario si pensamos que la sociedad se conduce básicamente por contratos y por una vida privada libre y que el gobierno está para determinadas cosas, el problema de un gobierno minoritario no importa, en cambio alarma el deseo de muchos de convertirlo en mayoritario cuando no lo es.

¿No hay alternativa? Bueno, un gobierno un poquito autoritario es un gobierno que es dueño un poquito de las libertades de los individuos. Yo diría que éstos están un poco perdidos porque con los recursos y poder del gobierno y los dilemas que describe Hayek en Camino de Servidumbre, una vez que se inicia ese camino es difícil volver atrás.

Pero hay algo más, que desarrollo en mi libro 10 Ideas Falsas que favorecen a sus víctimas. Las dictaduras del siglo XXI en las mentes de sus víctimas. Esto es que el andamiaje institucional político de la división de poderes sólo tiene sentido para preservar la libertad individual de la libertad del gobierno (su “gobernabilidad”) . Se trata de un corset, de unas reglas que entorpecen la consecución de los deseos del gobernante. El día que nos convencieron de que el país fluye si el gobierno goza de “gobernabilidad”, es el día en que nos hicieron comprar el autoritarismo siendo sus víctimas, no sus beneficiarios, aún cuando la cosa siempre se presentará como de vida o muerte para nosotros.

La trampa consiste en convencer (se enseña en los colegios y las universidades) de que la “democracia” requiere un gobierno que tenga fuerza suficiente, para no ser entorpecido por la división de poderes. Se le asigna un papel vindicativo y todo vengador necesita una espada grande. Así como suena y en la misma línea va lo de las segundas vueltas para que una minoría se convierta en mayoría con tirabuzón. Está implícito en el razonamiento que los votos hacen al mandamás menos vulnerable a las críticas, las decisiones desfavorables en el Congreso y los fallos adversos. Los gobiernos necesitan, nos dicen, una credencial pesada para no tener que discutir tanto y hacer lo que pensaban hacer. Este es un pensamiento puramente anti institucional y autoritario. Se lo disfrazará de paternalismo, por supuesto.

Ni los gobiernos mayoritarios ni los minoritarios deben estar habilitados para hacer cualquier cosa. O por lo menos a esa habilitación no se le debe dar tinte de ningún tipo de santidad, es la vieja ansia de unos por someter a los otros. Pero hacer de las minorías mayorías por medio del balotaje, es una directa apuesta al sentido despótico del poder. Si pensamos que eso es lo mejor, obligar a la gente a elegir entre los que otros eligieron para que las matemáticas unjan a un favorito en nombre de todos, entonces deberíamos acabar con la farsa republicana y otorgarle el consagrado el poder absoluto. Más gobernabilidad que esa no se puede tener.

Esto con independencia de que en un sistema totalmente desquiciado puede ocurrir que una banda criminal tenga la primera minoría y la segunda vuelta sea el método se sacársela de encima porque todo lo demás falló, no se quiso usar o los contendientes prefieren negar que están frente a un grupo fuera de la ley y hacerse cargo de eso. La segunda vuelta en sí, es una aberración.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

 

A RAÍZ DE FELIPE GONZÁLEZ EN VENEZUELA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

A pesar de algunas de las ideas patrocinadas en su momento por el ex presidente del gobierno español y a pesar de algunos desaciertos y problemas que tuvo su gobierno, es necesario destacar las valientes y sumamente oportunas declaraciones de Felipe González en Caracas y luego en Madrid. “Venezuela es un país en proceso de destrucción” es lo menos que ha dicho el ex mandatario español a lo cual agregó que “Podemos hace de monaguillo de Maduro”.

 

Son muchos las destacadas personalidades de muy diversos rincones que se muestran grandemente preocupadas por la situación venezolana. Mario Vargas Llosa acaba de concluir también, esta vez en la Universidad de Alicante, que “el país [Venezuela] se va deshaciendo por sus políticas” a lo que sumó el magnífico artículo de hoy titulado “La Venezuela que dejó al desnudo Felipe”. Por mi parte, quiero ahora introducir otro aspecto a las referencias de la catástrofe venezolana como las apuntadas, para marcar la necesidad de una revisión y corrección de la brutal desfiguración del concepto de democracia.

 

En Venezuela claro que la situación es extrema: atropellos al Poder Judicial, a todos los organismos de contralor y a los mismos tribunales electorales se agregan al ataque más despiadado a la libertad de prensa, a las crecientes detenciones a opositores, a la politización de las fuerzas armadas, a los controles de precios, a las reiteradas confiscaciones, a la inflación galopante, al crecimiento sideral del gasto público, al déficit fiscal incontrolable y otras tantas tropelías, hacen que la vida de los venezolanos se torne insoportable en medio de persecuciones y la escasez más despiadada de lo elemental para sobrevivir.

 

Esta lamentable situación de quienes son empleados del régimen carcelario cubano, nos tiene que llamar a la reflexión sobre el verdadero significado de la democracia que, en el caso que nos ocupa, se alega para cometer todo tipo de desmanes. No es aceptable bajo ningún punto de vista puesto que constituye un insulto a la inteligencia, el considerar un sistema como el descripto como si fuera “democrático”, cuando en verdad se trata de cleptocracia, a saber, el gobierno de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de proyectos de vida.

 

Sin llegar a estos extremos venezolanos, hay síntomas peligrosos en Grecia, en España y en muchos lugares antes insospechados en el continente americano y en el europeo (además de los casos mencionados). Por tanto, es imperioso pensar y proponer nuevos límites al Leviatán antes que resulte demasiado tarde.

 

Se han propuesto reformas constitucionales con la intención de ponerle coto a extralimitaciones groseras, se han sugerido modificaciones en el sistema electoral y otras equivalentes pero la situación es de tal gravedad que se requieren cambios más radicales para interponer vallas al atropello constante a los derechos individuales. No resulta congruente esperar resultados distintos recurriendo a las mismas recetas que condujeron al problema. No puede esperarse un milagro.

 

Sin duda que la educación es clave puesto que es improbable que se busquen mecanismos que defiendan derechos si no se cree en ellos. Son en realidad dos brazos de un mismo proceso: incentivos para la autoprotección y sistemas educativos que trasmitan los valores y principios de una sociedad abierta.

 

Sin embargo, en líneas generales, no se observa que se pongan manos a la obra  mientras se sigue consumiendo tiempo en debates sobre candidatos en la próxima contienda electoral, situaciones más o menos irrelevantes de la coyuntura y equivalentes.

 

Ya hemos dicho en varias oportunidades que existen tres propuestas de gran calado para mitigar y frenar los avances del monopolio de la fuerza sobre las autonomías individuales, como lo son las de Hayek para el Poder Legislativo, la de Bruno Leoni para el Poder Judicial y la relectura de un pensamiento clave de Montesquieu que en general ha pasado desapercibido y que es aplicable al Poder Ejecutivo.

 

No es del caso repetir aquí lo expresado por esos tres pensadores que hemos reproducido en otras instancias, pero lo que si es conveniente reiterar es la urgente necesidad de abrir debates respecto a introducir diques de contención para los abusos de poder que a diario se observan en distintos puntos del planeta,  los cuales se hacen descaradamente en nombre de una democracia inexistente.

 

Vamos eso si a repetir las advertencias de varios autores sobre este problema mayúsculo del poder ilimitado de los votos sin contemplar la esencia de la democracia cual es el respeto por los derechos de las minorías para así evitar el “síndrome Hitler”. Comenzando por Cicerón quien escribió que “El imperio de la multitud no es menos tiránica que la de un hombre solo, y esta tiranía es tanto más cruel cuanto que no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma y nombre del pueblo”. Giovanni Sartori consigna que “cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde con todo el pueblo, es decir, con la suma total de la mayoría y la minoría. Debido precisamente a que el gobierno de la mayoría está limitado, todo el pueblo (todos los que tienen derecho al voto) está siempre incluido en el demos”.

 

Por su parte, Gottfried Dietze apunta que “La democracia que supuestamente debe promover la libertad se ha convertido en un desafío para la libertad”. Bertrand de Jouvenel afirma que “la soberanía del pueblo no es, pues, más que una ficción que a la larga será destructora de las libertades individuales” y Benjamin Constant nos ha enseñado que “los ciudadanos poseen derechos individuales independientes de toda autoridad social o política y toda autoridad que vulnere estos derechos se hace ilegítima”.

 

Los tres autores que mencionamos ut supra como propulsores de límites de importancia al poder político se pronuncian de esta manera sobre el problema que enfrentamos. Hayek: “Debo sin reservas admitir que si por democracia se entiende dar vía libre a la ilimitada voluntad de de la mayoría, en modo alguno estoy dispuesto a llamarme demócrata”. Leoni: “Donde las autoridades y las mayorías prevalecen, como en la legislación, los individuos deben rendirse independientemente si están en lo correcto o no”. Montesquieu: “Decir que no hay nada justo ni injusto fuera de lo que ordenan o prohíben las leyes positivas, es tanto como decir que los radios de un círculo no eran iguales antes de trazarse la circunferencia”.

 

Por último, es pertinente citar a uno de los Padres Fundadores estadounidenses, en el país en el que, salvo la inaceptable copia de lo que tenía lugar en el resto del mundo respecto a la espantosa esclavitud eliminada en su momento, resume el pensamiento de la revolución más exitosa en la historia de la humanidad en cuanto a la difundida libertad (hasta los tiempos modernos en los que se ha abandonado buena parte de esos valores). Así, James Madison ha sentenciado que “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo […] Este es el fin del gobierno, solo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo”, en el contexto de lo expresado por Jefferson en cuanto a que “Un despotismo electo no fue el gobierno por el que luchamos”.

 

Estos preceptos fueron tomados por las sociedades que aspiraban a la libertad, entre los cuales se destaca el caso argentino con el ideario alberdiano debido a su portentoso progreso cuando se siguieron esos principios rectores, protegidos por consideraciones institucionales como las formuladas por Juan González Calderón quien ha advertido y puntualizado que la democracia falsificada de los números “se basa en dos ecuaciones falsas: 50% más 1%= 100% y 50% menos 1%= 0%”.

 

Autores como Ronald Coase, Harold Demsetz y Douglass North han enfatizado el rol vital que tienen los incentivos, y en el caso considerado existen muy pocos obstáculos que limiten la posibilidad de coaliciones y alianzas que arrasen con los derechos individuales. De allí, por ejemplo, los incentivos para centrar la atención en proteger derechos por parte de quienes tienen un pesado “velo de ignorancia” (para usar una expresión de Rawls) que introduce la elección por sorteo propuesta por Montesquieu. De todos modos, si no resultaran atractivas las sugerencias de éste último autor, ni las de Hayek y de Leoni, insistimos, es imperioso pensar en otros mecanismos para evitar a toda costa la farsa que en gran medida tiene lugar en nombre de la democracia. Y todo está ubicado en el plano institucional fuera del debate de quienes serán los nombres de los que ocuparán cargos públicos, puesto que como ha señalado Popper, el tema no consiste en la concepción del “filósofo rey” de Platón sino en establecer marcos institucionales “para que el gobierno haga el menor daño posible”.

 

Para mayor precisión, en muchos documentos constitucionales se recurrió a la expresión “república” en lugar de “democracia” como fue el caso de la estadounidense y la original argentina, ya que el primer término explicita la alternancia en el poder, la publicidad de los actos de gobierno, la igualdad ante la ley, la responsabilidad del gobernante por sus actos frente a los gobernados y la separación de poderes.

 

A veces nos invade cierto escepticismo cuando observamos la apatía por discutir estos temas, al tiempo que se abandona la educación “porque es un tema de largo plazo” (sic), mientras se desperdician mentes embarcadas en debates más o menos irrelevantes.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

¿Cambios en la política exterior china?

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 30/7/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1713985-cambios-en-la-politica-exterior-china

 

En la reciente reunión de los Brics celebrada en Brasil, la sensación de que ese grupo de “potencias emergentes” está siendo liderado por China resultó evidente. Por primera vez, China mostró un inequívoco apetito por ser considerada públicamente como una de las dos más importantes potencias mundiales. Al mismo nivel de los Estados Unidos. Esto supone un cambio importante en la actitud mantenida por China en el escenario internacional en los últimos años, basada en participar en los diálogos más trascendentes del mundo, pero no liderar en la acción.

China no es una democracia y será difícil que alguna vez lo sea. Al menos por las vías tradicionales. Porque la democracia, por definición, supone pluralismo y diversidad de opiniones. Y esto contradice rotundamente el principio rector del “partido único”, proclamado por el Partido Comunista de China, del cual depende su propia existencia.

Por ello, en lo inmediato, el objetivo de la comunidad internacional ha sido que China respete el Estado de Derecho, incluyendo las libertades individuales esenciales y los derechos humanos de su pueblo, cumpla con sus obligaciones externas y respete el derecho internacional, ajustando al mismo su conducta en sus relaciones con el resto del mundo.

Por primera vez, China mostró un inequívoco apetito por ser considerada públicamente como una de las dos más importantes potencias mundiales

Lentamente se ha ido avanzando en esa dirección. Pero lo cierto es que todavía el objetivo no se ha alcanzado. La masacre de la Plaza Tiananmen, hace ya 25 años, fue -en su momento- una tragedia y nada asegura que no pueda repetirse.

Lo cierto es que con el reciente cambio de liderazgo en China, ha crecido la impresión de que la lenta marcha china hacia la convergencia con la comunidad internacional se ha acelerado. No obstante, cuando la economía china sigue produciendo un milagro inédito de crecimiento, algunos resentimientos chinos han vuelto a la superficie.

Prueba de ello es que, simultáneamente, aparecieron actitudes agresivas en los conflictos fronterizos de China con sus vecinos asiáticos, lo que ha generado una ola de inquietud. Todo parecería estar alimentado por un nacionalismo resentido derivado de lo que China llama (no sin razones) “un siglo de humillaciones” por parte de las naciones occidentales. Ese nacionalismo parece estar estimulado desde lo más alto del poder y comprende a las fuerzas armadas.

El nacionalismo flota en la administración del presidente Xi Jinping. Y genera inquietudes. Porque transforma los conflictos de soberanía en un proceso irreversible de “recuperación de lo que ha sido robado a China”, en el que no debe necesariamente descartarse el uso de la fuerza. Y porque, en los hechos, posterga la sed de libertad. Como ocurre hoy con los habitantes de Hong Kong, que han salido a la calle a protestar contra el autoritarismo.

En las últimas semanas, China y los Estados Unidos -como es habitual- han conversado bilateralmente sobre estos temas, en busca de armonizar posiciones en un mundo que nuevamente está lleno de serios peligros. Y de limar asperezas y diferencias que no ayudan cuando de definir políticas conjuntas ante problemas comunes se trata.

Disminuye tensiones y remplaza una actitud de provocación que amenazaba a la paz y seguridad

Quizás como resultado de esas conversaciones China acaba de tomar una decisión importante, que cabe aplaudir. Porque con ella disminuye tensiones y remplaza una actitud de provocación -y de prepotencia- que amenazaba a la paz y seguridad.

La de retirar de las costas de Vietnam la plataforma de exploración petrolera que allí había instalado hace dos meses. Que operaba custodiada por naves de guerra, que habían establecido una “zona de exclusión” de doce millas en su alrededor, en la que nadie podía navegar. Para ello, además de la presencia naval, los aviones de caza chinos sobrevolaban la plataforma, regular y amenazadoramente.

Hablamos de la plataforma de China National Petroleum Corporation, denominada HD 981. Que ahora se desplazó hacia la isla de Hainan, en China, fuera de las aguas disputadas con Vietnam. Estaba explorando en busca de hidrocarburos en las disputadas costas de las Islas Paracel, en el Mar del Sur de China.

Esta es una señal positiva. Que distiende las tensiones con Vietnam. Las que hasta habían provocado -en distintas ciudades de Vietnam- revueltas populares en las que (aparentemente de modo espontáneo) se agredieron distintas fábricas de empresas chinas, taiwanesas y coreanas del sur que operan en Vietnam.

Originalmente se había anunciado que la enorme plataforma de exploración petrolera permanecería en la zona de las Islas Paracel hasta el mes de agosto venidero, cuando -cabe recordar- comienza efectivamente la temporada en la que aparecen los peligrosos tifones, propios de esa región.

La empresa petrolera china aseguró que el retiro anticipado de su equipo tuvo que ver con haber finalizado, antes de lo previsto, las labores que en su momento le habían sido asignadas. Anunciando, además, que habría encontrado “signos positivos” que, aparentemente, sugieren la presencia de hidrocarburos.

La plataforma de exploración -del tamaño de un estadio de fútbol y con una altura similar a la de una casa de 40 pisos- está de regreso en China. Y no porque se acercaba el tifón Rammasun, sino porque se ha buscado reducir el nivel de tensión con Vietnam, que era preocupante y transmitía inestabilidad a la región toda.

También hay una señal adversa: la reciente distribución de nuevos mapas oficiales chinos en los que la zona fronteriza que China tiene en litigio con la India aparece ahora como propia

Lo sucedido en torno a las Islas Paracel con la remoción del equipo petrolero cuya presencia era desafiante, es una buena señal. Ella podría sugerir el comienzo de un cambio de actitud en materia de política exterior china. En dirección a la flexibilidad y a ser algo más contemporizadora. Y -por ende- menos arrogante.

No obstante, también hay una señal adversa: la reciente distribución de nuevos mapas oficiales chinos en los que la zona fronteriza que China tiene en litigio con la India aparece ahora como “propia”. Sin mención alguna al conflicto de soberanía.

China no sólo contiene una antigua y fascinante civilización. Es una nación conformada nada menos que por la quinta parte de la población mundial. Imposible -por ello- de ser ignorada.

Queda visto que, en materia de política exterior, China ha comenzado a reclamar la posición de liderazgo que, cree, le corresponde. Aunque eludiendo todavía, de alguna manera, asumir un rol protagónico en las crisis más sensibles.

Una nueva etapa puede haber comenzado, donde lo inesperado de pronto se transforme en inevitable. Con China siempre en el escenario.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.