En economía, magia no hay:

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 21/12/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1754172-en-economia-magia-no-hay

En los primeros diez meses del año, el gasto del sector público nacional base caja aumentó 43,6% en relación con igual período de 2013. El Gobierno sigue empecinado en incrementar el gasto público como mecanismo de reactivación económica. Sigue creyendo que hay algún efecto mágico por el cual, si le quitan $ 100 de impuestos a un contribuyente, esos $ 100 se transforman en una demanda de $ 120 si la gasta el Estado. Aquí no hay ninguna multiplicación de los panes. Los $ 100 que deja de gastar el contribuyente por la mayor carga tributaria los gastará algún burócrata, subsidiado o contratista del Estado. Y así, la demanda global es la misma. Unos pueden gastar $ 100 más y otros, $ 100 menos. No existe tal cosa como el efecto multiplicador del gasto público por la sencilla razón de que en economía no hay magia. El mayor consumo no surge de la nada.

Hay una única forma de que, en el corto plazo, el Estado puede aumentar el gasto público, generar más actividad económica artificialmente y no castigar, en lo inmediato, al sector privado. Esa forma es recurrir al ahorro externo. Pedirles prestado sus ahorros al dentista de Roma, al médico de Denver, al arquitecto de Tokio o al ingeniero de Berlín. Con ese financiamiento, en el corto plazo, el Estado puede subir el gasto público. En el largo plazo, habrá que pagar el capital más los intereses, con lo cual habrá que cobrarles impuestos a los contribuyentes y eso contraerá el nivel de actividad. La fiesta de consumo se acaba cuando se acaba el financiamiento externo. Eso fue lo que pasó en los 90 y lo que intentó este Gobierno con la colocación de bonos por US$ 3000 millones, pero hizo el gran papelón del año. El pésimo resultado en el intento por volver al mercado voluntario de deuda no fue por una cuestión de mal manejo técnico; la realidad es que nadie le presta a un país mal administrado, insolvente, que está en default financiero y comercial y en desacato con la justicia.

Si se considera que 2015 es un año electoral en el que el oficialismo pone en juego los legisladores que obtuvo en 2013 cuando tuvo un buen resultado electoral, no hay que hacerse muchas ilusiones de que vaya a bajar el gasto público. Primero, porque ellos hacen del gasto público su construcción de poder político; segundo, porque si no lo hicieron hasta ahora, menos lo van a hacer en un año electoral.

El argumento del Gobierno es que quienes proponemos bajar el gasto público proponemos el ajuste. La realidad es que hoy el ajuste lo paga el sector privado con caída del salario real, una presión impositiva que asfixia la actividad económica, más desocupación y pobreza. Aquí hay dos posibles ajustes. Uno, el que hace el Gobierno que es recién mencionado. El otro es ajustar a la legión de empleados públicos que consumen sin producir y, encima, entorpecen a quienes generan lo que ellos luego van a consumir sin pagar. Otros que alguna vez tendrán que ajustar son los que han hecho del subsidio una forma de vida. Tener 18 millones de beneficiarios de planes sociales sólo muestra un país que destruyó la cultura del trabajo y el esfuerzo personal. Un fracaso como construcción de prosperidad. Por último, el ajuste también pasa por eliminar los millones de pesos que paga el contribuyente para financiar la corrupción de la obra pública.

Si el ajuste pasa por terminar con la legión de empleados públicos que entorpecen a quienes producen, a quienes han hecho del subsidio su forma de vida y a los corruptos que lucran con la obra pública, no sólo me parece eficiente desde el punto de vista económico, sino también moralmente recomendable.

Ahora bien, sabemos que esto último no va a ocurrir, por lo tanto, será el sector privado, empleados y empresas, los que sufrirán el ajuste. El cada vez más reducido sector productivo del país sufrirá un mayor ajuste con menores salarios reales, más desocupación y menos rentabilidad en las empresas. Esto quiere decir que, frente a un gasto público creciente, el déficit fiscal se ampliará y habrá que buscar la forma de financiarlo.

No tiene tantas opciones el Gobierno. Difícilmente vaya a abrirse el mercado voluntario de deuda para captar el ahorro externo y financiar así el gasto. Ni arreglando con los holdouts tendría el mercado muchas ganas de comprar deuda argentina. ¿Opciones? Veo básicamente dos. Una alternativa es darle más a la máquina de imprimir billetes y dejar que tanto la inflación se escape y el blue vuele. La otra es absorber esa emisión monetaria con más deuda que coloca el Banco Central y profundizar el proceso recesivo. En vez de financiar el gasto con más impuesto inflacionario, financiarlo con endeudamiento interno. Esto lo viene haciendo el Banco Central este año. El stock de Lebacs, Nobacs y pases aumentó de $ 100.000 millones a fines de 2013 a $ 231.000 millones en noviembre. En 11 meses, el Central más que duplicó su deuda con el sistema financiero. Esos bonos que las entidades financieras le compran se financian básicamente con los depósitos de la gente. Por eso ahora escasea el crédito para el sector privado. El Estado es un elefante en un bazar que se lleva buena parte del escaso ahorro interno.

Ante la negativa a bajar el gasto público, una opción es dejar que se dispare la inflación y el dólar blue. La otra es concentrarse en controlar el blue, a costa de retrasar el tipo de cambio real que hará caer más las exportaciones, mantener la inflación en el orden del 2% mensual y generar una fenomenal recesión. El Gobierno tiene la palabra. Eso sí, que quede claro. Magia en economía no hay.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

¿Ante el abismo cambiario, el suicidio?

Por Enrique Blasco Garma. Publicado el 7/5/13 en http://www.ambito.com/diario/noticia.asp?id=687062

 La depreciación del peso, medida por el dólar “blue” o marginal, despierta temores a alteraciones de parámetros, con consecuencias imprevisibles, e incentiva propuestas de urgentes acomodamientos. Reclamos de ajustes inmediatos, para corregir la inflación y el abusado “atraso cambiario”. Todo lo cual genera gran inquietud. En estas circunstancias, los gobiernos que se apresuraron y dispusieron medidas no bien evaluadas fueron siempre suicidas. En poco tiempo, el salto devaluatorio precipitó desplomes de la demanda global, del poder adquisitivo del salario, quebrantos empresarios, del sistema financiero, conflictos sociales que recortaron la aceptación y sustentabilidad de los gobiernos. Un hito dramático fue el Rodrigazo de 1975, que devaluó el peso y elevó las tarifas de servicios públicos dramáticamente, fulminando los activos financieros y patrimonios de los ahorristas, empresas y diezmó la clase media y llevó la miseria a estratos desconocidos. Enseguida, el desorden y conflictos resultantes también alumbraron la caída del Gobierno y el golpe del último Gobierno militar.

No sólo gobiernos democráticos sufrieron las consecuencias de devaluaciones apresuradas. El proceso militar, al final de la gestión Videla-Martínez de Hoz, alteró la “tablita” cambiaria, con un ajuste de “apenas” un 10%. Ese quebrantamiento de expectativas alimentó perspectivas de nuevas “correcciones”, que se materializaron en pocos meses, con sendas devaluaciones del 30% cada una, para “reacelerar” la economía y “corregir el atraso cambiario”. Si bien el ministro y su jefe duraron poco, los argentinos volvieron a experimentar los rigores de “correcciones” para alentar la economía, que no hicieron más que contraer los ingresos y engrosar desazones y descontentos.

Ya en democracia, la devaluación del 6 de febrero de 1989 no sólo tumbó al gabinete si no que aseguró la pérdida del Gobierno en las próximas elecciones. En consecuencia, el desprestigio del Gobierno de Alfonsín fue tan grave que precipitó un traspaso anticipado, aun antes del término del mandato constitucional, a Menem, triunfador en los comicios. Repasando la historia argentina, no existe ninguna circunstancia en que un Gobierno produzca una devaluación brusca, a mitad de su mandato, y lo concluya.

En los análisis y recomendaciones de propulsores de medidas correctoras se advierten algunas fallas gruesas. La cotización del “blue” es un valor de salida, y al mismo tiempo de entrada, el precio del billete para sacar, unas personas, y entrar otras, capitales al país, en las actuales circunstancias. Cada comprador encuentra un vendedor, ambos dispuestos a efectuar la transacción contraria, unos compran la misma y exacta cantidad que otros venden. El valor del billete no incide en los niveles generales de precios, que vienen anclados, fundamentalmente, por el tipo de cambio único oficial. Los salarios, precios y tarifas se pactan con una expectativa cambiaria y de evolución de la demanda y condiciones productivas y normativas. No es verdad que la suba del “blue” eleve los niveles generales de precios. La competencia de oferentes y demandantes comprime los precios del mercado en una franja acotada por costos de importación e ingresos de exportación, salarios, impuesto, regulaciones y otros costos. El “blue” no tiene injerencia, aunque algunos pretendan utilizarlo como excusa.

Si queremos realmente atenuar la inflación, nunca se puede proponer devaluar la moneda. Devaluar es siempre elevar precios internos. No obstante, muchas propuestas para combatir la inflación comienzan recomendando devaluar.

El actual abismo cambiario guarda similitud con el abismo fiscal y las discusiones de la deuda pública en EE.UU. Frente al abismo, los funcionarios y legisladores responsables lo evitaron. En nuestro medio, advierto una pulsión suicida, similar a la de los experimentos de Henri Laborit, biólogo francés nacido en Hanoi. De sus experimentos con cobayos, Laborit saca las siguientes conclusiones, que extrapola al psiquismo humano:

1°) Ante una situación displacentera, un cobayo huirá o intentará controlarla. 2º) Si el cobayo no puede ni huir ni dominar la situación distresante, sufrirá afecciones psicosomáticas y le bajarán las defensas del sistema inmunitario hasta que probablemente muera como consecuencia de un “suicidio” instigado. Esas condiciones incentivan el salto “hacia adelante”, el hacer algo aunque finalmente provoque su propia destrucción.

Enrique Blasco Garma es Ph.D (cand) y MA in Economics University of Chicago. Licenciado en Economia, Universidad de Buenos Aires. Es Economista del Centro de Investigaciones Institucionales y de Mercado de Argentina CIIMA/ESEADE. Profesor visitante a cargo del curso Sist. y Org. Financieros Internacionales, en la Maestria de Economia y C. Politicas, ESEADE.