“El mal se hace todo junto, y el bien se administra de a poco”

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 27/4/17 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2017/04/el-mal-se-hace-todo-junto-y-el-bien-se-administra-de-a-poco.html

 

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Si se considera la teoría ortodoxa, el enfoque que matiza el modelo de gasto autónomo y política fiscal ―como determinante de la demanda agregada  y la renta de equilibrio― se complementa con los instrumentos que utiliza la política monetaria: cantidad de dinero y tipos de interés. Al utilizar dichos argumentos, el Banco Central y la política monetaria al menos reciben tanta atención como la política fiscal. Precisamente, el rol de la institución monetaria es lo que ha monopolizado el interés de los analistas económicos de Argentina, y su presidente, Federico Sturzenegger, se ha convertido en el principal foco de las críticas desde dentro y fuera de la alianza Cambiemos.

Lo que sucede es que con un tipo de cambio estancado y/o una leve tendencia hacia la baja producto del ingreso de divisas (debido al creciente endeudamiento destinado a financiar obras de infraestructura y de otra índole, en todos los niveles de gobierno), las principales objeciones se dirigen hacia al Banco Central y hacia sus políticas vinculadas con la tasa de interés de referencia fuertemente restrictiva.

Visto el escenario como un todo, la institución monetaria enfrenta una lucha desigual y perdida de antemano: el frente fiscal —el cual se encuentra fuera del ámbito de competencia del banquero central―. Tales expresiones pueden corroborarse en las propias palabras del titular del banco de bancos, Sturzenegger, durante la conferencia que brindó en Bloomberg Argentina Summit 2016, al momento de cumplir 100 días al frente de la entidad: “De cualquier manera, como ustedes saben, no hay posibilidad de un régimen monetario estable si no viene acompañado de una política fiscal que permita a la autoridad monetaria concentrarse en su trabajo de estabilización nominal. Esto no requiere de mucho análisis y es un prerrequisito básico para un país con baja inflación.” Sin embargo, como es natural, eventualmente, no sería la primera vez que el rol del funcionario político domeña a la labor profesional.

En este contexto, en el que se entremezclan intereses y egos (ocasionalmente exacerbados por defender una reputación personal), la prioridad absoluta de la autoridad monetaria es inducir a la baja sistemática y sostenida de la inflación a como dé lugar; objetivo al que habrá de llegarse manipulando el indicador a niveles similares a los que exhiben las economías que manejan su política monetaria bajo esquemas de metas de inflación. Pues, a pesar de las inconsistencia fiscal, se persiste en el logro de una moneda confiable y de poder de compra estable como el principal aporte que el Banco Central puede hacer para favorecer el cumplimiento de los otros objetivos que le manda su Carta Orgánica.

Con el claro objetivo de velar por la estabilidad monetaria, se trata de torcer la responsabilidad que ha sido deliberadamente desatendida por la administración anterior. Es decir, se pasó de un  Banco central que podía hacer casi de todo, menos su función específica, a un banco que se piensa que “no puede hacer casi nada” excepto bajar la inflación.

El riguroso esquema de control de la tasa de interés y fuerte contracción monetaria implementada por la actual gestión ha sido responsable de que el traslado a precios proveniente del movimiento cambiario (el denominado coeficiente de traslado o pass through) haya sido reducido y capaz de sojuzgar la evolución de la divisa norteamericana, frente a los precios domésticos, a lo largo de todo el presente mandato. Pero hay un corolario más fiero, la composición de la demanda agregada entre el gasto de consumo y el gasto de inversión se ha visto trastocada por el tipo de interés, y, como se ve cotidianamente en Argentina, sostener el gasto público se lleva a cabo a expensas de la inversión privada.

Por su parte Dujovne, Ministro de Hacienda, deposita su optimismo en una mirada que supone al problema fiscal como una diferencia lineal entre el déficit efectivo y el déficit estructural. La parte que falta para levantar las cargas del Estado y se conoce como déficit efectivo difiere del homónimo estructural en un componente cíclico, ya que refiere a aquella parte del déficit que se produce simplemente porque la economía no se encuentra en un alto nivel de empleo. Justo, lo que caracteriza al déficit estructural de pleno empleo, ajustado cíclicamente o de alto nivel de empleo.

Las diferencias se producen porque tanto los ingresos públicos como los gastos responden sistemáticamente a los ciclos económicos. Dados unos tipos impositivos que el ministro no está dispuesto a modificar, se espera que los aumentos del nivel de renta generen ingresos mayores y, como consecuencia de ello, disminuya el peso relativo de los gastos en el erario público. Todo un largo peregrinar de futuro incierto sesgado al único estímulo capaz de generar crecimiento genuino: las añoradas inversiones.

Aquí, resulta procedente el adagio de que para muestra basta un botón. La firma Amazon, el gigante del comercio electrónico, que planea instalar start-ups en la región consideró a Buenos Aires como una oportunidad de inversión. Sin embargo, cuando los ejecutivos de la empresa advirtieron que de cada 100 dólares invertidos el 40% se iban en impuestos y trámites burocráticos, se entrevistaron con la subsecretaria de Políticas y Gestión de la PyME, Carolina Castro, y corroboradas las medidas impositivas decidieron llevarse el proyecto de empresas emergentes a Chile.

Tal vez, sea este el momento de advertir a Dujovne para que lea la obra de Maquiavelo, El Príncipe, o, simplemente, contarle al ministro lo que dice el autor: “El mal se hace todo junto, y el bien se administra de a poco”.

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

La Burbuja Populista

Por Iván Carrino. Publicado el 3/11/16 en: http://www.ivancarrino.com/la-burbuja-populista/

 

Charla completa presentada el 1 de noviembre de 2016 en la Facultad de Ciencias Sociales de Lomas de Zamora, para el ciclo de debate de la cátedra de Economía General. Puede leerse completa con gráficos en PDF en este link o presionando sobre la imagen de abajo.

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Buenas tardes a todos, gracias por estar acá.

Les agradezco a los profesores por la invitación, y espero que sea fructífero el debate. Últimamente he participado de debates en programas de TV, donde la posibilidad de explayarse con ideas de fondo no es tan grande, así que creo que el hecho de que este intercambio se haga en este espacio nos va a dar mayores posibilidades en ese sentido.

Comencemos.

Llamé a mi presentación “la burbuja populista” porque creo que lo que se vivió durante el kirchnerismo fue un clásico ciclo de populismo macroeconómico y, por tanto, una situación clásica de burbuja insostenible.

Recientemente el economista Roberto Cachanosky[1] graficó bien la situación cuando comparó a la economía kirchnerista con una familia que vende su casa y su auto para hacer unas vacaciones en Europa. Claro, por un rato parece que todo va fenómeno, pero en el momento que se acaba el dinero, nos damos cuenta que cometimos un error tremendo y que ahora hay que pagarlo.

A lo largo de esta presentación voy a intentar dar fundamento a esta idea.

En el año 1989, los economistas Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards presentaron su tesis acerca del “populismo macroeconómico en América Latina”[2]. Para estos autores, el populismo económico es un enfoque que, mediante el uso de “políticas fiscales y crediticias expansivas (…) destaca el crecimiento y la redistribución del ingreso” al tiempo que “menosprecia los riesgos de la inflación y el financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de los agentes económicos ante las políticas agresivas ajenas al mercado”.

Para los autores, el econopopulismo se dividía en 4 etapas claramente definidas. Una primera etapa que podemos llamar “de auge”. Una segunda etapa donde predominan los “cuellos de botella”. Una etapa tercera que es la de “crisis”. Y, por último, el final del ciclo, con el ajuste inevitable.

El modelo económico del matrimonio Kirchner no se alejó demasiado de este libreto. El populismo kirchnerista fue muy similar, de hecho, al del primer gobierno de Perón. Durante el primer peronismo, la inflación llegó a niveles insospechados hasta el momento, y la “solución” a estos problemas fue el control de precios.

Es por esto que elijo caracterizar al modelo “de matriz productiva diversificada e inclusión social” como “populismo intervencionista, con generación de inflación y control de precios”.

Mi punto es que las economías, así, no pueden crecer de manera sostenible.

Pero veamos, de a una, las 4 etapas que mencioné.

Es claro que hubo una etapa de auge posterior a la devaluación de 2002. La salida de la convertibilidad fue una decisión política deliberada que destruyó el PBI per cápita, los contratos y abrió la puerta a la política inflacionista.

En un primer momento, sin embargo, aparecieron los resultados positivos.

Luego de la brutal caída del 10,9% del PBI en 2002, la economía se recuperó con fuerza. Durante los 4 años siguientes (2003-2007), el ritmo de aumento de la producción no bajó del 8% anual. Fueron las famosas “tasas chinas”.

Por esos años, la inflación no era un gran problema, y tampoco el precio del dólar, que era mantenido por el Banco Central en un “nivel de competitividad”.

Con una tan mala situación de partida, la gestión Kirchner-Lavagna pudo mostrar rápidos resultados. El desempleo cayó de manera sostenida, y también los niveles de pobreza.

Al tiempo que el país se beneficiaba por un cambio favorable en los términos de intercambio, el gasto primario crecía por arriba del 20%, lo que estimulaba la demanda agregada y el crecimiento de la producción.

Luego vino una segunda etapa donde comenzaron a aparecer los cuellos de botella. Con el incremento del gasto vino también la reducción sistemática del superávit fiscal. En el año 2004, el superávit de las cuentas públicas alcanzó al 3,8% del PBI. Sin embargo, en 2007 éste era solo del 1% y dos años después pasaría a terreno negativo, profundizándose la tendencia año tras año después de 2009.

En parte como consecuencia de la política de “tipo de cambio competitivo”, la variación de la base monetaria fue alta durante todo el primer período.

En 2006, por ejemplo, la cantidad de dinero creció 38% anual. ¿La demanda de dinero también había crecido tanto como para evitar que esto tuviera un impacto en precios?

En la segunda etapa, que podemos pensar que abarca de 2006 a 2011, el expansionismo fiscal y monetario comienza a mostrar signos de preocupación. La inflación en 2005 había sido del 12,3%. Al año siguiente, el INDEC dejó de ser un organismo de referencia. En 2007 la inflación ya estaba en niveles récord a nivel internacional, y los precios subieron 25,9%.

Luego del 2009 la emisión monetaria busca, principalmente, asistir a un tesoro cuyo ingresos no cubren el gasto. La oferta en exceso de su demanda, como en cualquier mercado, genera una baja en el precio, y eso fue lo que le pasó a nuestra moneda. Su precio, o poder adquisitivo, comenzó a caer de manera acelerada.

La inflación puede parecer buena porque suele asociársela al crecimiento. Sin embargo, es solo una apariencia. Sus efectos son, en primer lugar, redistributivos. En nuestro país eso se manifestaba con una transferencia de parte de los tenedores de pesos al estado nacional.

El gobierno es el primer receptor del nuevo dinero emitido por el Banco Central. Como tal, puede gastar nuevo dinero con precios viejos. Luego el dinero circula por la economía y va llegándole a todos los involucrados. Pero el último que recibe el nuevo dinero lo hace con precios más altos. Él pierde en el proceso, mientras que los políticos ganan.

Otra característica de la inflación es que distorsiona las señales del mercado. Por tanto, destruye la eficiente asignación de recursos y planta la semilla de la propia destrucción. Una economía que invierte mucho en aires acondicionados pero poco en infraestructura eléctrica está condenada a hacer un ajuste en algún momento. Y eso sucede con la inflación. Distorsiona los precios relativos, transmitiéndole al mercado malas señales de inversión que luego deben corregirse.

Obviamente, este proceso se agrava de manera feroz cuando aparecen los controles de precios, que añaden más distorsión a la previamente existente. El caso del sector eléctrico es paradigmático en este sentido y veremos su efecto en la etapa del ajuste.

Otro punto que debemos enfatizar en esta parte del análisis es el del gasto público. Milton Friedman sostenía que había cuatro formas de gastar el dinero[3].

a) O se gasta el dinero propio en uno mismo.
b) O se gasta el dinero propio en un tercero.
c) O se gasta el dinero de un tercero en uno mismo.
d) O se gasta el dinero de un tercero en un tercero.

Para Friedman, la forma más eficiente de gastar va a ser la primera. Ahí, uno se preocupa por el costo de lo que compra, y también por la calidad. “Cuida el mango”, digamos, y maximiza el beneficio sujeto a restricciones de recursos.

La última forma, en cambio, es la menos eficiente. El comprador no cuida los recursos, porque no son propios, y además no mira mucho la calidad de lo que compra. El resultado es una compra cara y de mala calidad.

Esta última es la forma en que gastan los gobiernos. Gastan dinero ajeno (que toman de los impuestos, de la inflación, o en préstamo como deuda) y lo gastan en otros, pero buscando el beneficio político personal. El resultado es un gasto público excesivo, y orientado a maximizar la utilidad política, no el bienestar de los ciudadanos.

Gasto público elevado, inflación y controles de precios no son una buena combinación.

En la tercera etapa llega la crisis. La inflación hizo que la gente buscara protegerse y comprara dólares como respuesta. Me dirán que son “unos pocos especuladores” los que compran dólares. Ok, pero si eso es así, siempre fueron unos pocos especuladores, sólo que llegó un momento en que ellos provocaron una crisis cambiaria, mientras que antes no lo hacían.

¿Qué cambió?

A mi juicio, o hubo muchos más “especuladores”, o ya nadie quiso vender sus dólares en Argentina a los precios vigentes. En 2011 el precio del dólar comienza a subir, pero el Banco Central intenta impedirlo.

El mismo Banco Central que antes luchaba porque el tipo de cambio no cayera, ahora estaba en la vereda opuesta, intentando que no suba.

Esta accionar tuvo un efecto en las reservas, que comenzaron a caer con fuerza y cuya caída se profundizó con la reelección de Cristina Fernández. La perspectiva de una “profundización del modelo” incrementó el miedo en la sociedad, y la corrida se intensificó.

La solución del gobierno fue verdaderamente predecible.

El intervencionista nunca cree que tenga que revisar sus políticas. En general, si una medida intervencionista fracasa, pensará que es culpa de que el intervencionismo no fue suficiente y que debe intervenir aún más. La imposición del cepo cambiario fue el corolario inevitable de esta situación.

Ahora hay que aclarar aquí que el cepo no fue el origen de los problemas argentinos. El cepo fue, más bien, un punto de llegada. Sin gasto público creciente, déficit fiscal creciente, e inflación récord, no habría habido corrida contra el peso y nunca nadie habría pensado en prohibir la compra de dólares.

El cepo tuvo efectos destructivos. El tipo de cambio real cayó. La devaluación de 2014 cambió esta tendencia de caída pero solo por un instante. Luego la inflación y el dólar controlado continuaron el movimiento a la baja del tipo de cambio real.

Las exportaciones se desplomaron. Al controlarles las ganancias a todos los exportadores, éste era un resultado previsible. El proceso es sencillo de entender. Si lo que el exportador vende a USD 100, en el mercado oficial se lo pagaban $ 900, mientras que en el mercado “blue” podría haberlo vendido a $ 1.400, es evidente que alguien se estaba quedando con los ingresos del exportador. Y si alguien se queda con tus ingresos, seguramente decidas buscar otras actividades.

Otra forma de verlo es la siguiente: el exportador vende por USD 100 y tiene gastos de USD 50. Ahora él no puede modificar el precio internacional, pero los costos en argentina subían al 25% en pesos con un dólar oficial que prácticamente no se movía. La pérdida de rentabilidad es notable y explica la caída de las exportaciones durante todo el período del cepo.

Ahora para evitar un colapso de la balanza comercial, el gobierno frenó importaciones con licencias discrecionales que violaban lo que establece la WTO. Por este motivo, éstas también cayeron con fuerza, afectando directamente a la industria.

El cepo también tuvo un efecto sobre la inversión y la entrada de capitales. Con tipos de cambio diferenciados y el “dólar oficial” siendo el más bajo, nadie quiere ingresar dólares al país.

“Para que me paguen 30% o 40% por debajo de su valor, mejor me voy con mi inversión en dólares a otro lado”, pensaban los inversores.

Y sin inversión no hay crecimiento posible.

Así que los resultados de esta etapa fueron muy malos. El PBI creció a una módica tasa del 0,3% anual, a pesar de que la política fiscal fue más expansiva que nunca, con una multiplicación del déficit fiscal. No alcanzó.

El mercado laboral formal privado se frenó, y el desempleo solo se mantuvo gracias al empleo público, un nuevo parche insostenible.

Finalmente, la pobreza aumentó, según la UCA, durante todos los años del segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner. Todo esto a pesar de haber implementado y profundizado un modelo que supuestamente iba a ayudar a los que menos tienen.

Un resumen de lo dicho hasta acá se ve en el gráfico de la diapositiva 23. Allí observamos que hubo una primera etapa de crecimiento con baja inflación. Luego una de inestabilidad con inflación alta. Y luego una etapa final de casi nulo crecimiento y precios disparados. Las políticas fiscales y monetarias expansivas fracasan, porque llega un momento en que se agotan los recursos para seguir expandiendo.

Con este escenario, nos acercamos a la cuarta etapa descripta por Edwards y Dornbusch, el ajuste.

El gobierno anterior fue suficientemente hábil como para hacer que el ajuste recayera enteramente en la nueva gestión. Independientemente de quienes estuvieran en el poder, las opciones eran pocas.

O llegaba el ajuste, o se profundizaba el modelo, que a mi criterio no era otra cosa que controlar cada vez más la economía y restringir cada vez más la libertad de los ciudadanos, de la misma forma que hoy sucede en Venezuela.

Ahora la etapa del ajuste, si bien es mejor que el escenario venezolano, no es agradable.

Segú los autores mencionados, en esta etapa cae el PBI per cápita, hay un salto en los precios, se reduce el salario real y, obviamente, se contrae la actividad económica.

Ahora como he intentado explicar en varias oportunidades[4], la mayor inflación de 2016 no es responsabilidad del gobierno actual. La inflación es resultado del descontrol monetario anterior pero que se buscó tapar con controles de precios. Entre los controles más conocidos están el cepo al dólar, el congelamiento de las tarifas de energía, y las retenciones a la exportación, que al inhibir la venta externa, generan una abundancia relativa de producto en el mercado local y presiona a la baja el precio.

Ahora como vimos, esta serie de controles estaban asfixiando a la economía e inhibieron el crecimiento, por lo que había que desterrarlos. Al hacer esto, el verdadero nivel de precios queda expuesto y aparece la “mayor inflación”.

No es culpa del que destapa la olla, sino de quien la cierra a presión y pone la hornalla al máximo.

Lo mismo sucede con la pobreza. Muchos miran el salto en el número de pobres y acusan al gobierno actual. Ahora lo único que hizo el gobierno fue sincerar la economía. Y si con menos controles de precios resulta que la cantidad de pobres es mayor, lo que queda claro es que los controles estaban buscando ocultar la realidad, pero a costa de mayor pobreza futura, puesto que los controles de precios inhiben la producción, que es la única fuente para derrotar la pobreza.

También se habla de una “transferencia de ingresos” a los sectores concentrados. Creo que esta también es una apreciación equivocada. Liberar la economía es dejar que todos acuerden libremente cómo incorporarse en la división internacional del trabajo y no puede representar, de ninguna forma, una transferencia arbitraria de recursos. En el mercado libre, las transacciones son voluntarias, y por definición, las transferencias de recursos e ingreso también lo son[5].

Para terminar, una mirada hacia el futuro. Creo que la clave de la prosperidad pasa por tener un país abierto al mundo y a la iniciativa privada. Los países más abiertos y libres económicamente del mundo son 6 veces más ricos que las economías reprimidas.

Necesitamos desregular la economía, algo de lo cual se ha hecho pero todavía falta (mercado laboral; permisos, etc). Necesitamos libre comercio, y no solo una normalización que implique continuar en un fracasado MERCOSUR. Necesitamos terminar con la inflación, una tarea que el Banco Central eligió conseguir de manera gradual.

Y, por último, necesitamos un equilibrio fiscal producto de la caída del gasto público. Hay que bajar los impuestos y no volver al déficit, por lo que la única variable de ajuste que queda es el gasto. No podemos volver al endeudamiento que tarde o temprano pasa factura. Y, por supuesto, ni se nos ocurra pensar en la inflación.

Creo que en 2017 la economía volverá a crecer producto de la parcial liberalización de la economía. Pero faltan muchas cosas por hacer, y el tema fiscal es la tarea más ardua que queda por delante.

Esperemos que esta vez sea diferente, que los políticos no se endulcen con el gasto y la deuda, y hagan las reformas necesarias para que Argentina sea parte, una vez más, de los países prósperos de la tierra.


[1] Cachanosky, Roberto: “¿Estábamos mejor con el kirchnerismo?”. Economía Para Todos. 30 de octubre de 2016. Disponible en: http://economiaparatodos.net/estabamos-mejor-con-el-kirchnerismo/

[2] Dornbusch, Rudiger; Edwards, Sebastián: “Macroeconomía del Populismo en la América Latina”. Fondo de Cultura Económica. México, 1992.

[3] Friedman, Milton; Friedman, Rose: “Libertad de para elegir”. Gota a Gota ediciones. Madrid, 2008.

[4] Carrino, Iván: “Guía para entender la transición”. Inversor Global. Buenos Aires, 2016. Disponible en: http://www.ivancarrino.com/wp-content/uploads/2016/04/2016.04_Gui%CC%81a-para-entender-la-transicio%CC%81n.pdf

[5] Sobre este tema escribí dos notas distintas: El mito de la transferencia de ingresos I (http://www.ivancarrino.com/el-mito-de-la-transferencia-de-ingresos-i/) y El mito de la transferencia de ingresos II: el cepo y las retenciones (http://www.ivancarrino.com/el-mito-de-la-transferencia-de-ingresos-i/)

 

El adiós a la heterodoxia inflacionista

Por Iván Carrino. Publicado el 26/9/16 en: http://www.ivancarrino.com/el-adios-a-la-heterodoxia-inflacionista/

 

Por años nos dijeron que la inflación era culpa de los empresarios. Hoy, con los mismos empresarios, la inflación está bajando. Es la política monetaria y el fin de la heterodoxia.

Los bancos centrales no son los mejores amigos de la gente común. Desde su aparición y proliferación a lo largo del globo, han sido los principales responsables de la destrucción de las monedas que emiten.

Es que los bancos centrales, por décadas, han sido los mejores amigos de los gobiernos. Y cuando un mejor amigo se queda sin plata, ahí está uno para prestarle. El problema, claro, es que cuando el único autorizado legalmente para emitir dinero, le “presta” al gobierno ese nuevo dinero, eso hace que su poder adquisitivo caiga. La inflación es lo que sigue, y luego la crisis y el empobrecimiento generalizado.

Esto sucedió en los Estados Unidos, nada menos que el país de referencia para muchos en materia de disciplina monetaria. Desde la creación de la Reserva Federal, el poder adquisitivo del dólar estadounidense se desplomó más de 90%. Por otro lado, el oro, que en 1915 estaba fijo en US$ 20 la onza, hoy cotiza cerca de los U$S 1.300.

Si miramos el “track record” de nuestra autoridad monetaria, la historia es mucho más lamentable. Cinco signos monetarios destruidos, dos hiperinflaciones, y numerosos controles del tipo de cambio que terminaron con estallidos y megadevaluaciones.

Como puede verse, lo que la historia tiene para ofrecernos es una relación directa entre la operación de los bancos centrales y la aparición de la inflación. Se desprende de esto la famosa frase de Milton Friedman, acerca de que la inflación es, en todo momento y en todo lugar, un fenómeno monetario. Y se desprende también que, si bien son los bancos emisores los responsables de la inflación, también son los únicos capaces de bajarla (a menos que decidamos cerrarlos).

Sin embargo, a pesar de esta numerosa evidencia empírica sustentada por siglos de teoría económica, en nuestro país muchos se resisten a entender.

Por los últimos doce años el país ha vivido un furioso proceso inflacionario, en donde el ritmo de aumento de precios pasó del 3,7% anual en 2003, al 38,5% en 2014. A fin de este año, probablemente también veamos una inflación cercana al 40%.

Por años, la explicación oficial pasó por dos vertientes muy claras. La primera, que “un poco de inflación es buena” y que si queremos crecer, tenemos que bancarnos hacerlo con precios que suben. Es la clásica explicación keynesiana de la demanda agregada. Si crece la demanda, crecerá la producción pero subirán los precios.

A la luz de los datos, esta teoría quedó obsoleta. De 2011 a 2015, los precios treparon 183%. Sin embargo, el PBI creció solo 0,3% anual, reduciéndose en términos per cápita.

La segunda explicación es que la inflación había que bajarla de manera “heterodoxa”, con políticas de ingresos y subsidios a la oferta. Es decir, con controles de precios, aumentos de salarios para incentivar el consumo, y créditos subsidiados para que las PYME produzcan más. Todas políticas contrarias al objetivo deseado, porque los controles de precios destruyen la producción, mientras que el crédito barato, al exigir subsidios que generan déficit, estimula la inflación.

La heterodoxia estaba tan orgullosa de su teoría que cuando el Banco Central de la República Argentina decidió emprender una política monetaria dura subiendo la tasa de interés y reduciendo la cantidad de dinero en circulación, se rió de él (véase aquí y aquí). Al mirar cómo los precios subían producto de la salida del cepo y el ajuste de tarifas (todo producto de la inflación reprimida por los controles); los heterodoxos afirmaron que la ortodoxia monetaria no había sido exitosa en detener la caída del poder de compra del peso.

Lamentablemente para ellos, está quedando claro que esto es falso. Si bien 2016 va a ser un año de un fuerte aumento en el IPC producto del acomodamiento de precios relativos; las proyecciones para 2017 muestran un contundente freno a la caída del poder adquisitivo. El gobierno prevé que los precios treparán 17% el año que viene, pero incluso errando por tres puntos el pronóstico (un dato más cercano a las proyecciones privadas), estaremos frente a la inflación más baja en 7 años.

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Recientemente en el BCRA disertaron los presidentes de los bancos centrales de Chile e Israel, dos países donde la inflación cayó desde niveles estratosféricos y hace al menos diez años que gozan de inflación baja. La receta no fue el control de precios, sino la más ortodoxa estrategia de las metas de inflación y el tipo de cambio flexible.

La inflación en Argentina está bajando. Y eso es gracias a la política monetaria. Si se consolida este camino, y no ingresamos en una nueva fiesta de endeudamiento para financiar el déficit, habrá dos motivos para festejar. El primero, es que las condiciones para el crecimiento económico crecerán considerablemente. La segunda, que será cada vez más difícil que regrese al poder la heterodoxia inflacionaria, que tanto daño le ha hecho al desarrollo económico y social de nuestro país.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

El fiasco de la política fiscal expansiva

Por Iván Carrino. Publicado el 11/8/16 en: http://www.ivancarrino.com/el-fiasco-de-la-politica-fiscal-expansiva/

 

En el gobierno creen que la economía va a reactivarse una vez que pongan en marcha la parafernalia del gasto estatal. Una pena que no se haya aprendido la lección de Kicillof.

Un joven emprendedor estaba preocupado por sus finanzas personales. Tras meses de pensar y pensar, no encontraba la forma de incrementar sus ingresos, por lo que decidió buscar ayuda consultando a dos amigos economistas.

El primer profesional que visitó se identificaba con la corriente principal del pensamiento económico. Es decir, esa que de acuerdo con Peter Boettke abarca desde David Hume y Adam Smith y llega hasta F. A. Hayek y James Buchanan.

La conversación se dio de esta forma:

– Estimado amigo, me gustaría ganar $ 100 más por mes: ¿Qué me aconsejas?

– Bueno querido amigo, te recomiendo que ahorres un poco cada mes, y luego busques invertir ese ahorro en un proyecto productivo que le sirva a la gente. De esa manera vas a generar una rentabilidad que te permitirá ganar esos $ 100 que estás buscando.

Luego de visitar a su primer contacto, se dirigió al segundo. Su nuevo consejero también era economista, pero identificado con la corriente keynesiana. La charla fue la siguiente:

– Estimado amigo, me gustaría ganar $ 100 más por mes: ¿Qué me aconsejas?

– Muy fácil mi estimado, tienes que salir a gastar $ 100.

Desde el punto de vista keynesiano, el motor del crecimiento económico es el gasto público. Cuando el gobierno gasta, entonces genera ingresos para una parte de la economía, pero esta parte luego lo vuelca a otros sectores generando un “efecto multiplicador” que reactiva el consumo, la demanda agregada y el bienestar social. Para que el efecto multiplicador tenga un impacto verdadero, el gasto debe ser preferentemente deficitario. Así, el déficit público aparece como la receta perfecta para encender la economía cuando ésta se encuentra alicaída.

La tesis keynesiana está prendiendo en el gobierno. Recientemente en La Nación, el periodista Néstor Scibona escribía que, para cambiar las expectativas de la economía, el gobierno tenía pensada una batería de instrumentos. Entre ellos, el principal era una “política fiscal expansiva, basada en mayor ritmo de ejecución de obras públicas de carácter social y licitaciones de nuevos proyectos de infraestructura vial y ferroviaria (…) y el pago de juicios y/o mejora de haberes a más de 2 millones de jubilados de ingresos medios”.

Como se observa, luego de reconocer que el déficit era uno de los principales económicos a resolver y que las cuentas fiscales debían ordenarse para bajar la inflación, ahora el gobierno parece que se compromete a hacer precisamente lo contrario. Darle “bomba” al gasto público (e incumplir sus objetivos de déficit) con la ilusión de que así la economía vuelva a crecer.

El problema de este enfoque es que ya se aplicó y fue un estruendoso fracaso.

Durante la segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, los ministros Lorenzino y Kicillof llevaron adelante una agresiva política fiscal. El déficit, que sin la contabilidad creativa ya ascendía a $AR 84.300 millones en 2012, se multiplicó por 4 en 2015, ascendiendo a $AR 370.000 millones o más del 6% del PBI.

El efecto de esta expansión del gasto deficitario del gobierno no fue el esperado por los keynesianos. Durante esos 4 años, la economía estuvo prácticamente estancada, creciendo al 0,3% promedio por año y reduciendo el producto per cápita de los argentinos. Por si esto fuera poco, el período estuvo signado por el aumento del nivel de pobreza.

Lo curioso del gobierno actual no es tanto que no haya aprendido la lección de “la era Kicillof”, sino que no escuche la opinión de los propios miembros de su equipo económico al respecto. En el año 2013, Federico Sturzenneger publicó un libro titulado “Yo no me quiero ir”. Allí explicaba por qué los aumentos del gasto público no reactivaban la economía:

Una manera de ver que el impacto (de aumentar el gasto público) puede no ser significativo, parte de entender que cuando el gobierno gasta, primero tiene que conseguir el financiamiento para ese gasto; es decir, tiene que cobrar impuestos o tomar la plata prestada. Pero esto implica que mientras gasta por un lado, le resta un poder de compra similar a quienes les está cobrando impuestos o de quienes está tomando deuda

Nada es gratis. Ni siquiera el déficit fiscal. Si el gobierno gasta y cobra impuestos, no hay un mayor gasto total. Si gasta con déficit, alguien tiene que financiar el déficit prestándole plata al tesoro. Si nadie lo hace, todavía queda la inflación, que no es otra cosa que la imposición de un nuevo impuesto que reduce la capacidad de consumo de la gente.

La idea de que el aumento del gasto público estimula la economía tiene pies de barro tanto en la teoría como en la práctica. Así que un consejo para el actual equipo económico es que deje de guiarse por los cantos de sirena de los gastoadictos y siga en el camino de equilibrar las cuentas públicas.

Solo si se baja el déficit achicando el gasto habrá posibilidad de bajar impuestos. Y solo con una menor carga tributaria Argentina tendrá la probabilidad de volver a crecer para alcanzar a los países que progresan en el mundo.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Sturzenegger en una lección

Por Adrián Ravier. Publicado el 28/3/16 en: http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2016/03/28/sturzenegger-en-una-leccion/

 

Estamos mal, pero vamos bien. Es la conclusión a la que he llegado luego de escuchar el diagnóstico que el presidente Mauricio Macri ofreció en el Congreso al inaugurar las sesiones ordinarias de este 2016. Es la conclusión a la que he llegado también luego de leer la disertación que el Dr. Federico Sturzenegger, presidente del Banco Central de la República Argentina, ofreció como expositor invitado a la sesión ordinaria de la Academia Nacional de Ciencias Económicas (se puede leer aquí).

Su exposición me recordó a un clásico de la economía. Me refiero a La economía en una lección, de Henry Hazlitt (1946). Un libro que he recomendado durante años a toda persona que desee tener una primera introducción a esta ciencia. Se analizan allí falacias económicas diversas que, en los últimos años de esta vapuleada Argentina, se han convertido en una nueva ortodoxia.

¿Pero cuál esa famosa lección? Consiste en la tendencia a considerar exclusivamente las consecuencias inmediatas de una política o sus efectos sobre un grupo particular, sin inquirir cuáles produciría a largo plazo y sobre toda la comunidad.

El libro en cuestión repasa diversos casos, como las obras públicas, el efecto de los impuestos o el crédito estatal sobre la producción, el odio a la máquina, los planes sociales, los aranceles, los controles de precios, el proteccionismo sobre una industria en particular, el salario mínimo, la inflación o el injustificado ataque de algunos economistas al ahorro, entre otras cuestiones.

He pensado durante mucho tiempo que si tales lecciones llegaran a las manos de un gobierno, se abandonarían tales falacias —esa nueva ortodoxia— y la economía iniciaría un proceso de desarrollo económico genuino sin precedentes.

La disertación de Federico Sturzenegger deja en claro que el presidente del Banco Central hizo propias aquellas lecciones. Su análisis es un poco más técnico, ya que distingue entre equilibrios parciales y equilibrio general, pero el mensaje es el mismo, lo cual resulta esperanzador.

Sturzenegger ofrece en este documento nuevos ejemplos, como la reciente baja en el precio del petróleo. Expertos en política económica mundial destacan que esta caída es mala por la pérdida de poder adquisitivo y de la voluntad inversora de los países exportadores, pero sin atender correctamente el poder expansivo sobre la demanda agregada de los países receptores.

Otro ejemplo fundamental está relacionado con el modelo de demanda agregada keynesiano, en el que se asume que una caída en el gasto público reducirá la demanda agregada. Un análisis más completo, sin embargo, puede mostrar que el gasto público no es independiente del gasto privado (consumo e inversión privados), y que una baja del gasto también implicará baja de impuestos y mayor poder de compra de parte de los consumidores, o mayor reinversión privada. La demanda agregada no tiene por qué caer ante un ajuste.

Lo mismo debemos decir respeto del ahorro, que según algunos economistas es nocivo, porque quita dinero del mercado, lo que implica a su turno menores compras, menores ventas y finalmente estancamiento y desempleo. Un economista que atiende al panorama completo observa que si alguien ahorra, depositando sus recursos en un banco a plazo fijo, por ejemplo, la institución bancaria intermedia ese dinero y lo canaliza hacia los inversionistas, que vuelven a introducir el dinero al mercado. “Si fuera cierto que el ahorro no genera demanda agregada, China debería ser el país más recesivo del mundo”.

Otro caso polémico que cita el economista es el del plan Procrear. Los economistas parecen atender sólo al efecto positivo que este plan tiene sobre la demanda agregada, como si esos recursos no se obtuvieran de otros destinos. Si el plan fracasó en impulsar la actividad económica, es porque aquello que generó por un lado se detrajo por el otro.

Finalmente, Sturzenegger llega al mercado monetario, de radical importancia para nosotros, no sólo por el alto nivel de inflación que nos acompaña, sino también porque Sturzenegger es el máximo responsable de paliar esta situación. El presidente de Banco Central explica la importancia del equilibrio monetario, y cómo una mayor oferta de dinero respecto de su demanda es la única causa de este flagelo. Con este conocimiento, y destacando el trabajo conjunto con el ministro de Hacienda, señala que en estos últimos meses se ha reducido a cero la monetización del déficit fiscal, que resulta posible por la reducción parcial de subsidios y también por el paro casi total de la obra pública. Hay un rezago, por supuesto, pero la rápida baja de la inflación en los próximos meses será una consecuencia lógica de lo que se viene haciendo.

¿Por qué entonces se ha acelerado el aumento de precios en estos últimos meses? Esto es un reacomodamiento de precios que surge como consecuencia de la herencia recibida. No sólo hubo que ajustar tarifas de servicios públicos (algunas aún están pendientes), sino también enfrentar la famosa venta de dólar futuro, que generó un gran daño al país.

Ya en una nota previa ofrecí un positivo análisis del primer mes de gestión. A cien días del inicio de este nuevo Gobierno mantengo mi pronóstico esperanzador. Sin desconocer los desafíos que quedan por delante (el déficit fiscal sigue siendo elevado, mientras que la obra pública no puede mantenerse parada por mucho más tiempo), el proceso de normalización continúa, más lento de lo que todos quisiéramos, pero en la buena dirección.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

 

Irlanda: ni inflación ni buitres

Por Iván Carrino. Publicado el 17/3/16 en: http://www.ivancarrino.com/irlanda-ni-inflacion-ni-buitres/

 

Hay una idea que, sin distinciones, une a toda la clase política argentina por el rechazo que le genera: la de bajar el gasto público. El caso irlandés, sin embargo, debería hacerla reflexionar.

A menudo me sucede lo siguiente: en cualquier debate o intercambio de ideas respecto de nuestros problemas económicos, si propongo reducir el déficit fiscal por la vía del achicamiento del gasto público recibo como respuesta un encendido enojo y muchas voces de alarma.

Lo mismo observo en cualquier canal de televisión o medio de comunicación donde se plantea el asunto. Frente a la mínima insinuación de que el problema argentino es un nivel de gasto público impagable, panelistas, funcionarios y opinólogos responden espantados.

La adoración del gasto del gobierno no es patrimonio exclusivo del kirchnerismo. La actual administración también se refiere al ajuste del sector público de una  manera despectiva.

Al debatir acerca de la necesaria resolución del conflicto con los holdouts, el ministro de hacienda Prat-Gay afirmó que la misma evitará que se realice un “salvaje ajuste del gasto público”. Más recientemente, el mismísimo presidente Macri afirmó que las únicas alternativas restantes si no se habilitaba un nuevo endeudamiento externo eran la hiperinflación o el ajuste, como si ambas cosas estuvieran en el mismo nivel de calamidad económica.

Frente a este generalizado consenso a nivel político, cabe preguntarse si realmente sería tan terrible reducir el gasto del estado.

Desde una perspectiva keynesiana, la respuesta es afirmativa. La lectura superficial de los modelos inspirados en el oriundo de Inglaterra iguala el gasto público con la “demanda agregada” y a esta última con la prosperidad nacional. Así, más gasto es mayor demanda y mayor demanda es mayor producción, empelo y riqueza. En este contexto, nada peor que la austeridad. Ni siquiera la hiperinflación.

La realidad, sin embargo, es muy diferente de lo que estas teorías nos quieren hacer creer. De hecho, es la austeridad estatal la que garantiza el crecimiento.

Recientemente se conoció el dato de crecimiento económico de Irlanda, el país europeo de 4,5 millones de habitantes que en 2008-09 atravesó una profunda crisis económica, con caída de la producción y brusco ascenso del nivel de desempleo.

La economía irlandesa avanzó nada menos que 7,8% en 2015, convirtiéndose en la de más rápido crecimiento en todo el viejo continente. Entre los factores que contribuyeron a este fuerte crecimiento se encuentra principalmente la inversión, que avanzó 28,2% y las exportaciones, que subieron 13,8%.

El caso irlandés es más que interesante. En el año 2010, el país venía de dos años de recesión profunda, el desempleo ascendía al 13,9% y el déficit fiscal se había disparado a la astronómica cifra del 32,3% del PBI, principalmente por el rescate bancario.

Al año siguiente cambió el Primer Ministro y asumió el líder del llamado Fine Gael, un partido identificado con la rectitud fiscal, la mínima intervención del estado en la economía y políticas pro-mercado. Inmersos en un programa de rescate con fondos prestados por el FMI y la Unión Europea, el nuevo gobierno puso como objetivo encarrilar las cuentas fiscales.

En 2011 el gasto público se redujo nada menos que en 20 puntos del producto, lo que redujo el desequilibrio presupuestario en igual magnitud. A partir de allí, el camino seguido fue siempre el mismo. El gasto volvió a achicarse otros 11,6 puntos entre 2011 y 2015, llegando al 33,9% del PBI en la actualidad, un guarismo muy reducido en comparación con la media europea e incluso inferior al argentino.

Además, el año pasado el déficit fiscal cerró en 2,6% del PBI.

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En paralelo con esta contundente política de austeridad, la economía no solo no colapsó, sino que se convirtió en una de las más rápidas en recuperarse de toda la eurozona. El desempleo, que bordeó el 15% en 2011 y 2012 se redujo de manera considerable en los años siguientes. De acuerdo con el último dato publicado, la tasa de desocupación es de 8,8%. Por otro lado, el PBI per cápita ya está en niveles superiores al momento previo al estallido de la crisis, superando los 43.000 euros anuales. Por supuesto, la inflación es inexistente.

Pese a que estos resultados puedan sorprender a muchos, no hay mucho secreto aquí. La reducción del gasto y el déficit permitió a Irlanda mantener un sistema impositivo atractivo para las empresas y, además, garantizar que así se mantendrá en el futuro. Por otro lado, contribuyó a reducir el nivel de endeudamiento y la incertidumbre de la economía, estimulando la inversión.

Volviendo a nuestro país, gobierno y oposición tienen amplias diferencias en muchos aspectos. Sin embargo, coinciden en que reducir el gasto público desataría un vendaval de calamidades económicas y sociales.

Así que a ellos los invito humildemente a que se den una vuelta por Irlanda. Y si no es posible, que al menos lean sus datos. Así podrán observar, con sus propios ojos, que el crecimiento económico, la reducción del desempleo y el crecimiento de la riqueza son perfectamente compatibles con el ajuste del gasto público por más “salvaje” que este pueda parecer.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Argentina: Una muestra más de que el gasto público no genera progreso

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 29/2/16 en: http://es.panampost.com/carlos-salguero/2016/02/29/argentina-una-muestra-mas-de-que-el-gasto-publico-no-genera-progreso/

 

Aunque a priori impopulares, es imperativo que el presidente Macri tome las medidas necesarias para la futura creación de riqueza, sin estancarse en el keynesianismo

 

Murray N. Rothbard escribió en America’s Great Depression que sostener posiciones inestables pospone la liquidación y agrava la inseguridad del sistema. La mirada de este autor, sin embargo, un ícono del pensamiento libertario, en nada coincide con la política económica implementada por el ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay, quien ha sido adoctrinado en los estándares del intervencionismo.

He aquí las aguas que dividen el pensamiento económico en Argentina de hoy: por un lado, los economistas que se oponen a seguir incrementando el gasto público y proponen un shock de ajuste fiscal; por el otro, los seguidores de John Maynard Keynes (en sus múltiples vertientes), la principal autoridad de la corriente intervencionista durante el siglo XX, quienes recomiendan, de hecho, persistir en el déficit público como una vía para salir de la crisis (aunque ello implique una reducción gradual de los desequilibrios), justamente, incurriendo en las mismas recetas que introdujeron el problema.

Bajo el presente contexto, un incremento del gasto público —en términos absolutos— no produce ningún efecto expansivo de relevancia en el nivel de renta de equilibrio, sino, simplemente, una subida del tipo de interés. Dada la baja correlación entre la demanda de dinero y el tipo de interés, la curva de equilibrio en el mercado de dinero, a corto plazo, expresa un comportamiento inelástico y solo existe un nivel de renta en el que hay equilibrio en dicho mercado.

El aumento de los tipos de interés, a su vez, reduce el gasto agregado y, por lo tanto, amortigua los efectos pretendidamente expansivos de la política fiscal. Incluso, en ocasiones, los anula totalmente. Además de atenuar los efectos expansivos de la política fiscal, las variaciones de los tipos de interés producen efectos adicionales, porque la composición de la demanda agregada, entre el gasto de consumo y el de inversión, depende de ellos.

El crecimiento de los tipos de interés desalienta la demanda agregada al reducir la inversión; en este punto, existe la influyente opinión de expertos de que no debería utilizarse la política fiscal como instrumento para influir en la demanda, porque el incremento del gasto público se lleva a cabo a costa de la inversión privada.

Los hechos dan cuenta de que el incremento del gasto público provocó únicamente aumentos del tipo de interés durante la administración kirchnerista, especialmente en la última etapa, donde un muy abultado déficit tuvo lugar a costa de la fuerte reducción de inversión privada (la tasa de capitalización de la economía y la legislación vigente hicieron que el sector privado en lugar de absorber mano de obra se comportara como expulsor del factor trabajo).

Asimismo, desde la administración central se buscó compensar la contracción del sector privado mediante políticas de mayor gasto público. La producción permaneció inalterable, pero el gasto público más elevado implicó necesariamente una disminución del sector privado. En rigor de verdad, el efecto denominado “desplazamiento” o la reducción del gasto privado (concretamente de inversión) asociado al incremento de los tipos de interés fue originado en el gasto público asfixiante. En este caso, una política fiscal expansiva —tal como lo ilustra el caso clásico— produjo, por consiguiente, un efecto desplazamiento pleno o completo.

Según el informe N° 350 del Instituto Argentino de Análisis Fiscal, Iaraf, “el hecho que el gasto público nacional crezca impulsado fundamentalmente por erogaciones de alta rigidez impone un piso en la evolución del peso relativo del gasto público nacional, lo que constituye a futuro una restricción de política económica”. Todo lo cual ha llevado a que la participación del Gobierno, en el consolidado nacional, prácticamente se duplicara durante la última década.

A largo plazo, sin embargo, todo bien de capital se consume, incluso aquellos que no suelen calificarse de perecederos. Circunstancia que opera ya sea por el desgaste provocado en los procesos productivos o porque algún acontecimiento lo priva de interés económico. Por lo tanto, no es cierto que el capital per se genere beneficio. Es fruto necesario de una acción deliberada y puede malograrse si los cálculos en los que se fundamente carecen de pericia, virtud o adecuadas estimaciones de las condiciones futuras.

Frente a tamaño desafío, el presidente Macri no debe vacilar y tomar las medidas necesarias, aunque a priori impopulares, para la futura creación de riqueza. Solo las medidas que incentiven el ahorro, el primer paso obligado para cualquier alargamiento del período de producción, conducirán hacia un mayor bienestar material, ya que preserva los stocks necesarios para subsistencia ulterior, y constituye la condición sine qua non para cualquier posterior progreso.

 

El autor es Doctor en Economía y máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.