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Un momento fundacional para la ciencia económica. El iluminismo escocés y la tradición del orden espontáneo

Por Martín Krause. Publicado el 30/10/17 en: http://bazar.ufm.edu/momento-fundacional-la-cien-ia-economica-iluminismo-escoces-la-tradicion-del-orden-espontaneo/

 

Con los alumnos de la UNLP vemos Historia del Pensamiento Económico. En este caso, algunos capítulos del libro compilado por Adrián Ravier, Lecturas de Historia del Pensamiento Económico. Estamos considerando a los clásicos y uno de los capítulos es un artículo donde Ezequiel Gallo comenta “La Tradición del orden social espontáneo”, analizando las contribuciones de los escoceses Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith. De ese texto, reproduzco su explicación y comentario de la famosa frase del primero de esos autores cuando se refiere a los fenómenos sociales que son “fruto de la acción humana pero no del designio humano”. Esta es la esencia de un orden espontáneo, algo que cuesta mucho comprender.

Ferguson

“… ¿cómo fue posible que en ciertos momentos, ese ser frágil e imperfecto que es el hombre fuera capaz de crear riqueza y abandonar siquiera fugazmente, la condición de atraso y pobreza a la que parece condenado? Las primeras reflexiones a partir del interrogante planteado apuntan a señalar cómo no ocurrió ese tránsito. El cambio no fue originado por un plan “maestro” generado en la cabeza de un hombre o en un cónclave de notables. Tampoco fue el resultado de algún contrato original donde se acordaron de una vez las instituciones que habían de regir los destinos de la humanidad: “Ninguna sociedad se formó por contrato” —diría Ferguson—, “ninguna institución surgió de un plan [ … ] las semillas de todas las formas de gobierno están alojadas en la naturaleza humana: ellas crecen y maduran durante la estación apropiada”. Y luego redondea esta noción en uno de los más afortunados pasajes de su Ensayo sobre la sociedad civil:

“Aquel que por primera vez dijo: ‘Me apropiaré de este terreno, se lo dejaré a mis herederos’ no percibió que estaba fijando las bases de las leyes civiles y de las instituciones políticas. Aquel que por primera vez se encolumnó detrás de un líder no percibió que estaba fijando el ejemplo de la subordinación permanente, bajo cuya pretensión el rapaz lo despojaría de sus posesiones y el arrogante exigiría sus servicios.

Los hombres en general están suficientemente dispuestos a ocuparse de la elaboración de proyectos y esquemas, pero aquel que proyecta para otros encontrará un oponente en toda persona que esté dispuesta a proyectar para sí misma. Como los vientos que vienen de donde no sabemos [ … ] las formas de la sociedad derivan de un distante y oscuro pasado; se originan mucho antes del comienzo de la filosofía en los instintos, no en las especulaciones de los hombres. La masa de la humanidad está dirigida en sus leyes e instituciones por las circunstancias que la rodean, y muy pocas veces es apartada de su camino para seguir el plan de un proyectista individual.

Cada paso y cada movimiento de la multitud, aun en épocas supuestamente ilustradas, fueron dados con igual desconocimiento de los hechos futuros; y las naciones se establecen sobre instituciones que son ciertamente el resultado de las acciones humanas, pero no de la ejecución de un designio humano. Si Cronwell dijo que un hombre nunca escala tan alto como cuando ignora su destino, con más razón se puede afirmar lo mismo de comunidades que admiten grandes revoluciones sin tener vocación alguna para el cambio, y donde hasta los más refinados políticos no siempre saben si son sus propias ideas y proyectos las que están conduciendo el estado”.

Es conveniente subrayar dos aspectos de esta intuición tan fértil de Ferguson. En primer lugar, el autor escocés afirma que los hombres no “inventan” desde cero, sino que innovan a partir de circunstancias e instituciones que fueron el fruto de acciones humanas anteriores. En segundo término, esas circunstancias surgieron como consecuencia de la yuxtaposición de una multitud de planes individuales que al entrecruzarse produjeron muchas veces resultados que no eran queridos por sus autores. Así Hume, por ejemplo, afirmaba que las reglas de justicia, y especialmente de la propiedad, eran muy ventajosas para todos los integrantes de la comunidad “a pesar de que ésa no había sido la intención de los autores”. Es importante advertir, finalmente, que una parte muy significativa de nuestras instituciones (justicia, moneda, mercados, lenguaje, etc.) emergieron espontáneamente de esas interacciones humanas bastante antes que pensadores y analistas sistematizaran sus contenidos. Esto es, por ejemplo, lo que nos dice Ferguson sobre el lenguaje:

“Tenemos suerte de que en estos, y otros, artículos a los cuales se aplica la especulación y la teoría la naturaleza prosigue su curso, mientras el estudioso está ocupado en la búsqueda de sus principios. El campesino, o el niño, pueden razonar y juzgar con un discernimiento, una consistencia y un respeto a la analogía que dejaría perplejos al lógico, al moralista y al gramático cuando encuentran el principio en el cual se basa el razonamiento, o cuando elevan a reglas generales lo que es tan familiar y tan bien fundado en casos personales”.

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

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Distintas interpretaciones del teorema de Coase. Walter Block ofrece una crítica que vale la pena considerar

Por Martín Krause. Publicado el 19/10/17 en: http://bazar.ufm.edu/distintas-interpretaciones-del-teorema-coase-walter-block-ofrece-una-critica-vale-la-pena-considerar/

 

Con los alumnos de la materia Law & Economics vemos distintas visiones sobre el teorema de Coase.

“Hay dos interpretaciones que pueden hacerse de este teorema. En la primera de ellas, se critica a quienes ponen énfasis solamente en que en un mundo de costos de transacción igual a cero la distribución inicial de derechos de propiedad sería una cuestión irrelevante para la eficiencia de la solución alcanzada, ya que los recursos serían canalizados hacia sus usos más valorados. Una interpretación “benigna” de Coase diría que esa no fue simplemente su posición, sino que el sentido del teorema sería destacar que la existencia real de costos de transacción pone relevancia en el papel que las instituciones cumplen en la economía. Según esta interpretación, el modelo “costos de transacción cero” sería similar a lo que se planteó antes respecto al “imaginario estado de equilibrio”: una construcción ideal que nos permitiría comprender el mundo real, donde los costos de transacción se encuentran siempre presentes, e iniciar así un programa de investigación sobre el desarrollo de instituciones que permitan economizarlos[1]Coase. jpgEste interés por el papel que cumplen las instituciones en el funcionamiento de la economía y cómo las mismas nacen y evolucionan ha sido una preocupación de larga data. Esta fue manifestada por los filósofos escoceses y economistas clásicos (David Hume, Bernard de Mandeville, Adam Ferguson y Adam Smith). La explicación gradual y evolutiva del desarrollo de las instituciones fue retomada especialmente por Hayek (1978, 1988), en relación con el funcionamiento de los mercados y la evolución de las normas e instituciones sociales en general.

Hayek distingue tres niveles de evolución: la genética, la de las ideas y, la cultural operando entre el instinto y la razón. La cultura no sería determinada por la genética ni tampoco diseñada racionalmente; o según aquella frase de Ferguson, que Hayek cita con frecuencia: “el resultado de la acción humana, no del designio humano”. El resultado de una tradición de pautas de conducta aprendidas, cuyo papel es poco entendido aun incluso por aquellos que se sujetan a ellas, y que son transmitidas por un proceso “ciego”, en el sentido de que no es conscientemente planificado o controlado.

Qué normas surgen es una cuestión de accidente histórico, incluso haciendo lugar para el mejor diseño que la mente humana pueda crear, y otra cosa es cuáles sobreviven. Las últimas son determinadas por un proceso de selección que se encuentra en la evolución cultural; un proceso que opera en grupos que comparten las mismas pautas de conducta. Aquellos grupos que tienen éxito en desarrollar las pautas que mejor permiten las interacciones en la sociedad crecerán y desplazarán a otros grupos, o estos aprenderán de los anteriores copiándolas.

Como vemos, todo esto se acerca mucho al análisis que actualmente se hace en el marco de la “teoría de los juegos”, sobre todo a partir de las conclusiones obtenidas de los juegos repetidos del tipo “dilema del prisionero”, como vimos en el capítulo anterior (Axelrod 1984).

La segunda interpretación del teorema también acepta que, en un mundo de costos de transacción igual a cero, la distribución inicial de derechos de propiedad sería una cuestión irrelevante para la “eficiencia” de la solución alcanzada, ya que los recursos serían canalizados hacia sus usos más valorados. Pero la crítica ya no resulta “benigna” con Coase, ya que él puede no haber estado de acuerdo con la posición “eficientista” de Posner, pero dejó la puerta abierta para la misma. Dice Coase (1960, p. 37), refiriéndose a un caso de daños ocasionados por conejos a las plantaciones de maíz de su vecino (el caso Boulston, 1597): “… no es que el hombre que cría conejos sea el único responsable del daño; aquel cuyas cosechas son dañadas es igualmente responsable”[2].

Todo esto habría cambiado cuando se otorgó la prioridad a la eficiencia en la delimitación de derechos de propiedad, ya que los jueces debían decidir ahora quién tenía derecho a qué con base en cuál era la asignación más eficiente. Debían dejar de lado una larga tradición, basada en el derecho de propiedad, y utilizar cómo criterio de decisión solamente la maximización de la riqueza total[3]. El subjetivismo en las valoraciones y la imposibilidad de hacer comparaciones interpersonales de utilidad tornaría a la decisión judicial de maximizar la riqueza económica en algo complicado, si no imposible de realizar.

¿Qué se puede hacer entonces? Las enseñanzas del teorema de Coase señalan que una política para reducir los efectos de externalidades negativas sería delimitar claramente los derechos de propiedad, de tal forma que las partes puedan luego resolver esos problemas por medio de negociaciones. La definición de tales derechos reduciría los costos de transacción entre las partes, ampliando las posibilidades de estas soluciones voluntarias. Esto significa lograr una definición clara tanto de la asignación de la propiedad como de las limitaciones para su uso y disposición. En relación con los ejemplos mencionados, esto significa definir, por ejemplo: ¿cuál es el nivel de ruido, humos u otro tipo de emanaciones que puedo realizar, por encima del cual la situación se convierte en una externalidad que viola el derecho de mi vecino?

Por supuesto que, si bien es esta una solución “voluntaria” entre las partes, demanda que el mecanismo de gobernabilidad funcione. Esa definición de derechos puede obtenerse por la vía de las decisiones judiciales (particularmente en los sistemas de common law), o por la vía legislativa (normalmente resoluciones de gobiernos locales). En ambos casos, estos mecanismos deben funcionar adecuadamente

[1].      Así, Boettke (1997, p. 52), señala: “Tal vez en la mejor biografía intelectual de Coase hasta el momento, Steven Medema (1994) sostiene que Coase estaba interesado en examinar las consecuencias de distintos arreglos legales sobre el desempeño económico, más que en utilizar técnicas económicas para examinar la ley. Esta diferencia en énfasis explica la falta de interés de Coase por el enfoque de la ley y la economía de Posner, un movimiento más preocupado por examinar la eficiencia de distintos arreglos legales. Coase no solamente sugirió un programa alternativo de instituciones comparadas, sino que cuestionó profundamente la coherencia lógica de la economía neoclásica dominante. Parte del ejercicio de equilibrio que ocupó a Coase fue mostrar que perseguir la lógica de la maximización en un entorno de costos de transacción cero llevaba a conclusiones diferentes de las sugeridas por la economía del bienestar pigouviana. Si los costos de transacción fueran cero, los actores económicos negociarían para resolver el conflicto; si los costos de transacción (incluyendo costos de información) fueran positivos, ¿sabrían las autoridades cuál es el nivel correcto de impuesto o subsidio para corregir la situación? El programa de investigación de Coase era tanto una crítica de la práctica prevaleciente y un programa positivo alternativo que está emergiendo ahora en la Nueva Economía Institucional, de la cual Coase es aún el principal representante”.

[2].      Comenta Block: “Previamente, la visión de la profesión [económica] respecto a invasiones contra otra persona o su propiedad era la liberal clásica de causa y efecto. A era el perpetrador, B la víctima”. “Asimismo, en una perspectiva más tradicional, la maximización de riqueza era el subproducto de los derechos a la propiedad privada, no su progenitora. En otras palabras: las consideraciones económicas eran la cola y los derechos de propiedad el perro. Locke, por ejemplo, no se preguntaba si el homesteader era uien utilizaba más eficientemente el territorio virgen. Para este filósofo, era suficiente que una persona fuera la primera en ‘mezclar su trabajo con la tierra’; esto, y solamente esto, era suficiente para convertirlo en el legítimo propietario”. Walter Block, “Ethics, Efficiency, Coasian Property Rights, and Psychic Income: A Reply to Demsetz”, Review of Austrian Economics 8, no. 2 (1995): pp. 61-125.

[3].      “¿Y cuál es el consejo a los jueces que emana de este nuevo enfoque? Estos deben decidir de tal forma que se maximice el valor de la actividad económica. Bajo un régimen de costos de transacción cero, en verdad no importaría —en cuanto se refiere a la asignación de recursos— cuál de las dos partes en disputa recibió el derecho en cuestión. Si este era otorgado a la persona que más lo valorara, bien. Si no, el perdedor podría pagar al ganador para disfrutar de su uso. Pero en el mundo real con costos de transacción significativos, por el contrario, la decisión judicial es absolutamente crucial. Lo que el juez decida permanecerá; no habría oportunidad para intercambios mutuamente beneficios ex post”. (Block 1995, p. 63).

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

Adam Smith, el hombre que revolucionó las certezas de su tiempo

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 20/3/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1995791-adam-smith-el-hombre-que-revoluciono-las-certezas-de-su-tiempo

 

Al “padre de Economía” lo apasionaban todas las ciencias, y él siempre se consideró un filósofo moral

Antes que por su sabiduría, fue famoso por sus distracciones. Un día, el cochero de la diligencia de Edimburgo a Kirkcaldy divisó en pleno descampado, a varias millas de este pueblo, una figura solitaria. Frenó los caballos y preguntó al caballero si necesitaba ayuda. Sólo entonces, éste, mirando sorprendido el rededor, advirtió dónde estaba. Hundido en sus reflexiones, llevaba varias horas andando (mejor dicho, pensando). Y un domingo se lo vio aparecer, embutido todavía en su bata de levantarse, en Dunfermline, a quince millas de Kirkcaldy, mirando el vacío y hablando solo. Años más tarde, los vecinos de Edimburgo se habituarían a las vueltas y revueltas que daba por el barrio antiguo, a horas inesperadas, la mirada perdida y moviendo los labios en silencio, aquel anciano solitario a quien todo el mundo llamaba sabio.Lo era, y esa es una de las pocas cosas que conocemos de su infancia y juventud. Había nacido en Kirkcaldy un día de 1723. Es una leyenda falsa que lo secuestró una partida de gitanos. Fue a la escuela local y debió de ser un aprovechado estudiante de griego y latín porque la Universidad de Glasgow lo exoneró del primer año, dedicado a las lenguas clásicas, cuando entró en ella a los 14 años. Tres años más tarde obtuvo una beca para Oxford y de los seis años que pasó en Balliol College sólo sabemos que fue reprendido por leer a escondidas el Tratado de la naturaleza humana de David Hume -más tarde su íntimo amigo-, detestado por su ateísmo por la entonces reaccionaria jerarquía académica. Al salir de Oxford, pronunció célebres conferencias en Edimburgo, que sólo conocemos por los apuntes de dos estudiantes que asistieron a ellas. Desde entonces se lo consideraría una de las más destacadas figuras de la llamada Ilustración Escocesa.

Fue profesor en la Universidad de Glasgow, primero de Lógica y, luego, de Filosofía Moral y sus clases tuvieron tanto éxito que vinieron a escucharlas estudiantes de muchos lugares del Reino Unido y Europa, entre ellos James Boswell, quien ha dejado un vívido testimonio de su elegancia expositora. Mucho se hubiera sorprendido el señor Smith de que en el futuro lo llamaran el padre de la Economía. Él se consideró siempre un filósofo moral, apasionado por todas las ciencias y las letras, y, como todos los intelectuales escoceses de su generación, intrigado por los sistemas que mantenían el orden natural y social y convencido de que sólo la razón -no la religión- podía llegar a entenderlos y explicarlos.

Su primer libro, que se publicaría póstumamente, fue una Historia de la astronomía. Y, otro, un estudio sobre el origen de las lenguas. Vivió fascinado por averiguar qué era lo que mantenía unida y estable a la sociedad, siendo los seres humanos tan egoístas, díscolos e insolidarios, por saber si la historia seguía una evolución coherente y qué explicaba el progreso y la civilización de algunos pueblos y el estancamiento y el salvajismo de los otros.

Su primer libro publicado, La teoría de los sentimientos morales (1759) explica aquella argamasa que mantiene unida a una sociedad pese a lo diversa que es y a las fuerzas disolventes que anidan en ella. Adam Smith llama simpatía a ese movimiento natural hacia el prójimo que, apoyado por la imaginación, nos acerca a él y prevalece sobre los instintos y pasiones negativos que nos distanciarían de los otros. Esta visión de las relaciones humanas es positiva, afirma que “los sentimientos morales” terminan por prevalecer sobre las crueldades y horrores que en toda sociedad se cometen. Libro curioso, versátil, que a ratos parece un manual de buenas maneras, explica sin embargo con sutileza cómo se forjan las relaciones humanas y permiten que la sociedad funcione sin disgregarse ni estallar.

Sólo una vez salió Adam Smith del Reino Unido, pero el viaje duró tres años -de 1764 a 1767- y, como tutor del joven duque de Buccleuch, lo llevó a Francia y Suiza, donde conoció a Voltaire, a quien había citado con elogio en La teoría de los sentimientos morales. En París, discutió con François Quesnay y los fisiócratas, a los que criticaría con severidad en su próximo libro, pese a la buena impresión personal que le causó aquél, con quien intercambiaría cartas más tarde. A su regreso a Escocia, se encerró prácticamente en Kirkcaldy, con su madre, a la que adoraba, y buena parte de los próximos años los pasó en su estupenda biblioteca, escribiendo Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones (1776). La primera edición tardó seis meses en agotarse y con ella ganó 300 libras esterlinas. Hubo cinco ediciones más en vida del autor -la tercera con muy importantes correcciones y añadidos- y éste alcanzó a ver las traducciones de su libro al francés, alemán, danés, italiano y español. Los elogios fueron desde el principio casi unánimes y David Hume, convencido de que ese “intrincado” libro tardaría pero conquistaría una gran masa de lectores, lo comparó, en importancia, a Decline and Fall of the Roman Empire, de Edward Gibbon.

Adam Smith nunca sospechó la importancia capital que tendría su libro en los años futuros en el mundo entero, incluso en países donde pocas gentes lo leyeron. Murió apenado por no haber escrito aquel tratado de jurisprudencia que, pensaba, completaría su averiguación de los sistemas que explican el progreso humano. En verdad, él fue el primero en explicar a los seres humanos por qué y cómo opera el sistema que nos sacó de las cavernas y nos fue haciendo progresar en todos los campos -salvo, ay, el de la moral- hasta conquistar el fondo de la materia y llegar a las estrellas. Un sistema simple y a la vez complejísimo, fundado en la libertad, que transforma el egoísmo en una virtud social y que él resumió en una frase: “No obtenemos los alimentos de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de su preocupación por su propio interés. No nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su egoísmo, y nunca hablamos de nuestras necesidades, sino de sus propias ventajas”.

El libro revolucionó la economía, la historia, la filosofía, la sociología. Estableció que gracias a la propiedad privada y a la división del trabajo se desarrollaron unas fuerzas productivas formidables y que la competencia, en un mercado libre, sin demasiadas trabas, era el mecanismo que mejor distribuía la riqueza, premiaba o penalizaba a los buenos y malos productores, y que no eran éstos, sino los consumidores, los verdaderos reguladores del progreso. Y que la libertad, no sólo en los ámbitos políticos, sociales y culturales, sino también en el económico, era la principal garantía de la prosperidad y la civilización. Mucho pueden haber cambiado el capitalismo, la sociedad y las leyes, desde que Adam Smith escribió ese interminable volumen de 900 páginas en el siglo XVIII. Pero, en lo esencial, ningún otro ha explicado todavía mejor por qué ciertos países progresan y otros retroceden y cuál es la auténtica frontera entre la civilización y la barbarie.

Era feo, torpe de movimientos y el lexicógrafo Samuel Johnson (a quien, en una discusión, Adam Smith mentó la madre) afirmaba que tenía una cara de “perro triste”. Pero fue siempre un hombre modesto, de costumbres austeras y sin vanidades, ávido de saber. Nunca se le conoció una novia y probablemente murió virgen, en 1790.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

Colación de Grados 2016:

Con motivo de la colación de grados académicos de 2016, el pasado Martes 6/12/16, el Dr. Guillermo Luis Covernton, en nombre de los exalumnos, dirigió unas palabras a los egresados:

 

Sr. Presidente del Consejo Directivo, Magíster Enrique Duhau.

Sr. Rector: Dr. Luis Del Prado.

Sres. Miembros del Consejo Directivo, Autoridades, Sres. Graduados, Damas y Caballeros. Amigos todos.

 

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En primer lugar, quiero agradecerles muy sinceramente la invitación que me han formulado, para dirigirles algunas palabras, en este, que pasará a ser un día muy especial, en la vida de todos y cada uno de Uds.

Conseguir un grado académico está entre aquellos muy contados logros que se pueden atribuir, casi exclusivamente a nuestro empeño, perseverancia, decisión y vocación. Prácticamente todo lo demás que logremos en nuestra vida va a tener muchos más ingredientes azarosos o compartidos. Y deliberadamente digo “conseguir un grado académico”, y no, como se dice a veces: “concluír una carrera académica”, porque precisamente este que están dando Uds. hoy, suele ser el primer paso para iniciar una carrera.

Por muchos años, todos nuestros empeños han estado apuntados a esto que Uds. están recibiendo hoy. Y lógicamente, una vez obtenido, nos invade una sensación rarísima.

Tranquilidad, satisfacción, alegría, por la obtención de un logro fundamental. Pero la Universidad nos ha dado muchísimo más. La Universidad nos ha despertado el ansia de conocer la verdad. De tratar de desentrañar todos aquellos aspectos aún inexplorados, o poco claros, o controvertidos de la ciencia objeto de nuestro estudio.

Si tenemos suerte, y hemos aprovechado los conocimientos recibidos, en breve sentiremos esa magia. Esa curiosidad, ese deseo de perfeccionamiento y de mirar mucho más allá. De modo tal que, en unos años, los conocimientos recibidos en las aulas se conviertan en apenas los cimientos de una monumental catedral.

Por otra parte, empezaremos a vivir alimentando posiciones controvertidas, escépticas. Y si tenemos suerte, nos ubicaremos en un enfoque casi antagónico a lo aceptado, solitarios y cuestionados: El punto de vista de quién investiga y descubre lo que no se conocía anteriormente. Lo ignorado. Lo complejo. Quien produce conocimiento científico deberá hacer gala de una muy fuerte personalidad, que le permita defender sus provisionales conclusiones, mientras, asimismo las sigue cuestionando y elaborando. Ya que estas serán las bases de una nueva teoría.

Cultivaremos un tipo de escepticismo, que al decir de David Hume:

“en su forma más moderada, se puede entender en un sentido muy razonable, Y que constituye un preliminar necesario al estudio de la filosofía, debido a que preserva en nuestros juicios la justa imparcialidad y despoja a nuestra mente de todos aquellos prejuicios que podemos haber absorbido por la educación o la opinión imprudente. Se trata de empezar por principios claros y evidentes por sí mismos, avanzar mediante pasos tímidos y seguros, revisar frecuentemente nuestras conclusiones y examinar rigurosamente todas sus consecuencias. Aunque por estos medios alcancemos en nuestros sistemas un progreso lento y reducido, son los únicos métodos mediante los que podemos esperar llegar a la verdad y obtener la debida estabilidad y certeza en nuestras determinaciones.”[i]

Pero, asimismo, deberemos conservar la necesaria humildad para entender y aceptar la falibilidad de nuestro pensamiento, el límite impuesto por la dispersión del conocimiento. Y esencialmente, por lo que modernamente aceptamos como el criterio de demarcación en ciencias. Como claramente expresó Imre Lakatos:

“Durante siglos conocimiento científico significó conocimiento probado; probado bien por el poder del intelecto o por la evidencia de los sentidos. La sabiduría y la integridad intelectual exigían que desistiéramos de realizar manifestaciones no probadas y que minimizáramos (incluso en nuestros pensamientos) el bache entre la especulación y el conocimiento establecido. El poder probatorio del intelecto y de los sentidos fue puesto en duda por los escépticos hace más de dos mil años, pero la gloria de la física newtoniana los sumió en la confusión. Los hallazgos de Einstein, de nuevo invirtieron la situación y en la actualidad muy pocos filósofos o científicos consideran aún que el conocimiento científico es, o puede  ser, conocimiento probado. Pero pocos entienden  que con esto se derrumba la estructura clásica  de valores intelectuales y que ha de ser reemplazada; No es posible atenuar simplemente el ideal de verdad probada llegando al ideal de “verdad probable” (como hacen algunos empiristas lógicos) o al de verdad por consenso (cambiante)” como hacen algunos sociólogos del conocimiento…

La honestidad intelectual no consiste en atrincherar o establecer la posición propia probándola (o “haciéndola probable”); más bien la honestidad intelectual consiste en especificar con precisión las condiciones en que estaríamos dispuestos a abandonar nuestra posición.

Los marxistas y freudianos comprometidos rehúsan especificar tales condiciones: tal es la señal de su deshonestidad intelectual. [ii]

Como vemos, el desafío de acuñar teorías nuevas, que constituyan verdaderos aportes a la ciencia es enorme, pero no por eso, menos atractivo. Y por ende, deberemos afrontarlo con alegría, con audacia y con perspicacia. Todas características inherentes a la juventud.

Y es por eso que el estudio nos mantendrá jóvenes, a cualquiera que sea la edad cronológica en que lo encaremos. Por eso, los invito a recordar el himno universitario por excelencia:

 

Gaudeamus igitur,

iuvenes dum sumus.

 

Alegrémonos pues,

mientras seamos jóvenes…

 

Florezca la Universidad

que nos ha educado,

y ha reunido a los queridos compañeros

que por regiones alejadas

estaban dispersos.

 

Felicidades. Muchas gracias.

 

[i] Hume, David:  “Investigación sobre el conocimiento humano” Edit. Biblioteca Nueva, Madrid 2002. ISBN: 84-9742-037-3. Pag 94.

 

[ii] Lakatos, Imre: “La metodología de los programas de investigación científica”. Alianza Editorial. Madrid. 1998. ISBN: 84-206-2349-0 Pag. 17.

 

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Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Magíster en Economía y Administración, (ESEADE). Es Profesor Titular de Finanzas Públicas, Macroeconomía, Microeconomía, y Economía Política  en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Es empresario y consultor. Preside la asociación de Ex alumnos de ESEADE. Fue Profesor Titular de Proceso Económico en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, (UFM). Fue secretario de Confederaciones Rurales Argentinas, corredor de granos y miembro de la Cámara Arbitral de Cereales de la Bolsa de Comercio de Rosario. Fue asesor de la Comisión Nacional de Valores para el desarrollo de mercados de futuros y opciones. Fue director académico de la Fundación Bases. 

El fiasco de la política fiscal expansiva

Por Iván Carrino. Publicado el 11/8/16 en: http://www.ivancarrino.com/el-fiasco-de-la-politica-fiscal-expansiva/

 

En el gobierno creen que la economía va a reactivarse una vez que pongan en marcha la parafernalia del gasto estatal. Una pena que no se haya aprendido la lección de Kicillof.

Un joven emprendedor estaba preocupado por sus finanzas personales. Tras meses de pensar y pensar, no encontraba la forma de incrementar sus ingresos, por lo que decidió buscar ayuda consultando a dos amigos economistas.

El primer profesional que visitó se identificaba con la corriente principal del pensamiento económico. Es decir, esa que de acuerdo con Peter Boettke abarca desde David Hume y Adam Smith y llega hasta F. A. Hayek y James Buchanan.

La conversación se dio de esta forma:

– Estimado amigo, me gustaría ganar $ 100 más por mes: ¿Qué me aconsejas?

– Bueno querido amigo, te recomiendo que ahorres un poco cada mes, y luego busques invertir ese ahorro en un proyecto productivo que le sirva a la gente. De esa manera vas a generar una rentabilidad que te permitirá ganar esos $ 100 que estás buscando.

Luego de visitar a su primer contacto, se dirigió al segundo. Su nuevo consejero también era economista, pero identificado con la corriente keynesiana. La charla fue la siguiente:

– Estimado amigo, me gustaría ganar $ 100 más por mes: ¿Qué me aconsejas?

– Muy fácil mi estimado, tienes que salir a gastar $ 100.

Desde el punto de vista keynesiano, el motor del crecimiento económico es el gasto público. Cuando el gobierno gasta, entonces genera ingresos para una parte de la economía, pero esta parte luego lo vuelca a otros sectores generando un “efecto multiplicador” que reactiva el consumo, la demanda agregada y el bienestar social. Para que el efecto multiplicador tenga un impacto verdadero, el gasto debe ser preferentemente deficitario. Así, el déficit público aparece como la receta perfecta para encender la economía cuando ésta se encuentra alicaída.

La tesis keynesiana está prendiendo en el gobierno. Recientemente en La Nación, el periodista Néstor Scibona escribía que, para cambiar las expectativas de la economía, el gobierno tenía pensada una batería de instrumentos. Entre ellos, el principal era una “política fiscal expansiva, basada en mayor ritmo de ejecución de obras públicas de carácter social y licitaciones de nuevos proyectos de infraestructura vial y ferroviaria (…) y el pago de juicios y/o mejora de haberes a más de 2 millones de jubilados de ingresos medios”.

Como se observa, luego de reconocer que el déficit era uno de los principales económicos a resolver y que las cuentas fiscales debían ordenarse para bajar la inflación, ahora el gobierno parece que se compromete a hacer precisamente lo contrario. Darle “bomba” al gasto público (e incumplir sus objetivos de déficit) con la ilusión de que así la economía vuelva a crecer.

El problema de este enfoque es que ya se aplicó y fue un estruendoso fracaso.

Durante la segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, los ministros Lorenzino y Kicillof llevaron adelante una agresiva política fiscal. El déficit, que sin la contabilidad creativa ya ascendía a $AR 84.300 millones en 2012, se multiplicó por 4 en 2015, ascendiendo a $AR 370.000 millones o más del 6% del PBI.

El efecto de esta expansión del gasto deficitario del gobierno no fue el esperado por los keynesianos. Durante esos 4 años, la economía estuvo prácticamente estancada, creciendo al 0,3% promedio por año y reduciendo el producto per cápita de los argentinos. Por si esto fuera poco, el período estuvo signado por el aumento del nivel de pobreza.

Lo curioso del gobierno actual no es tanto que no haya aprendido la lección de “la era Kicillof”, sino que no escuche la opinión de los propios miembros de su equipo económico al respecto. En el año 2013, Federico Sturzenneger publicó un libro titulado “Yo no me quiero ir”. Allí explicaba por qué los aumentos del gasto público no reactivaban la economía:

Una manera de ver que el impacto (de aumentar el gasto público) puede no ser significativo, parte de entender que cuando el gobierno gasta, primero tiene que conseguir el financiamiento para ese gasto; es decir, tiene que cobrar impuestos o tomar la plata prestada. Pero esto implica que mientras gasta por un lado, le resta un poder de compra similar a quienes les está cobrando impuestos o de quienes está tomando deuda

Nada es gratis. Ni siquiera el déficit fiscal. Si el gobierno gasta y cobra impuestos, no hay un mayor gasto total. Si gasta con déficit, alguien tiene que financiar el déficit prestándole plata al tesoro. Si nadie lo hace, todavía queda la inflación, que no es otra cosa que la imposición de un nuevo impuesto que reduce la capacidad de consumo de la gente.

La idea de que el aumento del gasto público estimula la economía tiene pies de barro tanto en la teoría como en la práctica. Así que un consejo para el actual equipo económico es que deje de guiarse por los cantos de sirena de los gastoadictos y siga en el camino de equilibrar las cuentas públicas.

Solo si se baja el déficit achicando el gasto habrá posibilidad de bajar impuestos. Y solo con una menor carga tributaria Argentina tendrá la probabilidad de volver a crecer para alcanzar a los países que progresan en el mundo.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Cuba Y Venezuela, La Paradoja De La Historia

Por Armando Ribas. Publicado el 28/6/16 en: http://institutoacton.org/2016/06/28/cuba-y-venezuela-la-paradoja-de-la-historia-armando-ribas/

 

No puedo menos que apreciar la posición adoptada por el nuevo secretario de la OEA Luis Almagro respecto a la situación en Venezuela. Evidentemente el organismo ha dado un paso hacia delante en defensa de la libertad, decididamente contrastante con el que fuera bajo la dirección del chileno José Miguel Insulza. Al respecto recuerdo que cuando la OEA decidió echar a Honduras de la OEA por haber destituido a su presidente, Insulza con el apoyo de Estados Unidos le pidió a Fidel Castro que entrara en la OEA. Por supuesto Fidel Castro se negó.

Hoy en Venezuela se encuentra muerta la libertad, y en razón de ello el nuevo secretario de la OEA está planteando la necesidad de un diálogo del gobierno con la oposición. Igualmente ha propuesto que se acepte por parte del gobierno el referéndum para que el pueblo decida si el presidente Maduro continúa en el poder. Demás está decir que la posibilidad de que Maduro acepte estos presupuestos lo considero un sueño de una noche de verano. Pero más aún ha propuesto la obligación del presidente de liberar  a todos los presos políticos venezolanos.

A esta batalla se ha unido el expresidente de España José Luis Rodríguez Zapatero, así como el actual presidente Mariano Rajoy. La posición respecto a la situación venezolana parece haberse convertido en el hito en discusión en las próximas elecciones españolas. Recientemente los gobiernos de Argentina, Chile y Uruguay presentaron un comunicado pidiendo un llamado a un diálogo político en Venezuela. O sea apoyando la posición de Almagro al respecto. Por supuesto Maduro se ha opuesto paladinamente a todas estas propuestas y en particular a Almagro. A quien ha insultado ordinariamente. Todas estas sugerencias internacionales han sido consideradas por Maduro como la provocación de un golpe de estado legal iniciado por el imperialismo americano.

Permítanme pasar a un tema preocupante y que a mí me causa la mayor tristeza y desesperanza. Yo no puedo entender toda esta retórica favorable a defender la libertad en Venezuela, al tiempo que Obama con la anuencia y colaboración del Papa, llega a un acuerdo con Raúl Castro de reiniciar las relaciones internacionales de los dos países. Y más parece ante el mundo que la culpa de la pobreza cubana la habría tenido el embargo americano. Así aparentemente se ignora en el mundo Occidental, incluido América Latina la falta de libertad de los cubanos, los crímenes de los Castro y la formación de la guerrilla latinoamericana en la década del setenta.

Asimismo me pregunto cómo se puede ignorar que el Socialismo del Siglo XXI, no ha sido más que un proyecto venezolano para alcanzar por otra vía el poder absoluto que reina en Cuba. Y digo reina, pues el medio no ha cambiado por el acuerdo con Estados Unidos. Nadie pide que se liberen a los presos políticos en Cuba, y se sabe que desde la firma del acuerdo a la fecha se han apresado a unos 50.000 cubanos. Recientemente la escritora cubana Yoani Sánchez escribió al respecto del acuerdo de Raúl Castro con el otro país más totalitario del mundo que es Corea del Norte. Ella sostiene: “En un mundo donde en la sociedad civil los llamados a respetar los derechos humanos y los movimientos que impulsan el reconocimiento ideal de la libertad se hacen escuchar cada vez más alto, resulta difícil que el gobierno cubano explique sus relaciones con el último dictador de Europa”.

Evidentemente el gobierno venezolano pretende ignorar las propuestas de diálogo del resto del mundo. Y la dictadura prevaleciente se basa en la continuidad del poder absoluto. Por supuesto allí está presente el principio de Macchiavello: “El príncipe no puede controlar el amor, pero si el miedo”. Pensar que Maduro, cuya personalidad y su carácter político es un hecho indiscutible pueda aceptar un diálogo democrático que lo destituya del poder en nombre del pueblo, es cuanto menos una candidez política. En Venezuela por una parte prevalece el poder militar en manos de Maduro y su adlátere Diosdado Cabello. Y en el ámbito constitucional todo parece indicar que el poder judicial depende del gobierno. Y como reconociera Adam Smith: “Cuando el Poder Judicial está unido al Ejecutivo, la Justicia es no más que eso que se reconoce vulgarmente como política”.

Otro aspecto a considerar en el caso de Venezuela es que tal como sostiene un movimiento político de jóvenes que me entrevistara recientemente, sostiene que la oposición también es socialista. Y por supuesto ya debiéramos saber que la dictadura comunista es un proceso político, pero el socialismo es el determinante de la pobreza. Tal fue el caso de Cuba a partir de 1959, cuando el país tenía el nivel de vida más elevado de América Latina y después Venezuela con la llegada de Chávez y su sucesor Maduro a lo que se ha unido la caída en el precio del petróleo.

Por otra parte no puedo evitar el insistir en el hecho de que tal como había predicho Nietzsche en su “The will to power” (La voluntad de poder) “La democracia y el socialismo son lo mismo”. Y ahí tenemos el caso de la Unión Europea. La realidad histórica y filosófica política es que muestra que cuando los derechos son del pueblo se violan los derechos individuales. La economía que creó el sistema político que permitió la libertad en el mundo por primera vez en la historia se basó en la conciencia de la naturaleza humana y por consiguiente la necesidad de limitar el poder político. Y como bien señala David Hume: “El problema no son las mayorías sino las asambleas que pretenden representarlas”.

Recordemos entonces que como bien dijera Séneca: “Para el que no sabe dónde va, nunca hay viento favorable”. Y esta es el problema que existe hoy en el mundo incluido los Estados Unidos, donde todo parece indicar que se ignoran los principios de los Founding Fathers. Según ya se sabe Obama ha violado la Constitución americana. Y ni qué decir de la candidata demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, la Sra. Hillary Clinton. Toda mi discusión parece ser de un pesimismo histórico, pero el mismo no es más que una preocupación por la realidad que estamos viviendo. Así podemos ver también que el embajador americano en Venezuela Michael Fitzpatrick exigió la liberación de los presos políticos, denunció el bloqueo a las iniciativas de la Asamblea Nacional y dio un respaldo al referéndum revocatorio contra Maduro. Todo ello al tiempo que Obama visita a Raúl Castro en la Habana y se permiten los vuelos entre Cuba y Estados Unidos. Y para terminar cito nuevamente a  José Martí: “Ver cometer un crimen en calma, es cometerlo”.

 

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.

Mientras haya déficit, habrá inflación

Por Martín Krause. Publicada el 23/5/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1901436-mientras-haya-deficit-habra-inflacion

 

Muchos argentinos decidieron dejar de lado el relato de los últimos doce años y cambiar. Con el regreso a la actividad política de la ex presidente, muchos se han preguntado de qué magnitud ha sido ese cambio y cómo es que algunos siguen atados a tal relato pese a las noticias, sobre todo judiciales, que leemos a diario.

En efecto, en algunos temas el relato estatista y populista sigue tan vivo como siempre, entre otras cosas porque presenta explicaciones simples que apelan más a las pasiones que a las razones. Esto se refleja en una cuestión tan acuciante como la inflación. Desde el escolástico de la Escuela de Salamanca Juan de Mariana o el escocés David Hume, la ciencia económica ha comprendido la relación que existe entre el crecimiento de la oferta de dinero más allá de su demanda y el aumento generalizado de los precios. Mariana observaba entonces el fenómeno debido al ingreso a España de metales provenientes de América.

El relato populista sostiene que la causa de la inflación no es la emisión monetaria, sino la “puja distributiva“: distintos sectores de la sociedad pujan por subir sus ingresos vía mejoras de sus precios y esto desata una espiral inflacionaria. Los empresarios aumentan sus precios, luego los sindicatos buscan aumentar los salarios y así sucesivamente. El Estado se ve forzado a convalidar esos nuevos precios con una mayor cantidad de moneda para que se realicen todas las transacciones y no caiga la actividad económica. A la luz de lo que ocurrió estos últimos meses, esta explicación pareciera tener cierto sentido.

Esta explicación cae como anillo al dedo a la visión estatista porque, según ella, el Estado no es el causante de la inflación. Es más: debe intervenir en ese proceso a través de una “política de ingresos” para intermediar en la puja o para aplacarla. Y le permite también echar la culpa de la inflación a otros. Y conviene echársela a los empresarios o, en particular, a los supermercados, ya que son pocos en comparación con los votos que pueden obtenerse de los asalariados y el conjunto de los consumidores.

Sin embargo, es falsa. Si cuando los empresarios suben sus precios el Estado no emitiera más moneda, los consumidores no tendrían con qué pagarlos y los precios bajarían. Es decir, aun si hubiera tal puja, sin emisión monetaria, si unos precios suben otros han de bajar: no hay moneda para todos. Otras cuestiones serían: ¿y en todos los países donde no hay inflación acaso no hay puja distributiva? O ¿qué es lo que tienen todos los bienes y servicios en común para que todos aumenten al mismo tiempo, en lugar de algo más normal, como que unos suban y otros bajen? Respuesta: la moneda; es ésta la que está perdiendo valor.

Los estatistas contraatacarían: “Vean Estados Unidos, han emitido grandes cantidades y no hay inflación”. Correcto. Pero es necesario afinar el análisis. No hay un vínculo directo entre la cantidad de moneda emitida y todos los precios. Por un lado, tenemos lademanda de dinero: puede haber situaciones donde la autoridad monetaria emita pero aumente la demanda de dinero, o aumente la producción de bienes y servicios cuyas transacciones requieren utilizar más dinero. Por otro lado, no todos los precios aumentan al mismo tiempo y en la misma proporción. Lo que sucede en Estados Unidos es que ese aumento de la oferta monetaria ha terminado en un aumento de las reservas de los bancos, reacios a prestar luego de la crisis (es decir, aumento de la demanda de dinero) y, por otro, que el índice de precios al que normalmente suponemos mide la inflación no mide los precios de todos los bienes. Tal vez los que están en el índice no aumenten pero otros sí lo hagan (a esto le llamamos “burbujas”). O tal vez los precios deberían estar cayendo y la emisión monetaria genere inflación porque impide que caigan.

Lo cierto es que la inflación es claramente un fenómeno monetario. Y en el caso argentino su explicación es relativamente simple: el Estado gasta de más (aquí sí podemos hablar de puja o “piñata” distributiva, porque todos los sectores quieren más gastos, subsidios, etc.), luego emite para pagar sus gastos, ese dinero sale a la calle a través de los pagos que el Estado realiza y quienes los reciben salen a su vez a gastar o, tal vez, alguno ahorre o compre dólares.

Tan simple como eso, o no tanto. Los argentinos hemos vivido con grandes déficits fiscalesalta inflación y hasta hiperinflación durante décadas. La mayoría hemos nacido y vivido en tiempos inflacionarios. Y así y todo nos cuesta entenderlo. Hemos dicho “basta de dictaduras”, “basta de violaciones de derechos humanos”, pero no logramos comprender las causas para decir “basta de déficit fiscal” y, por ende, basta de inflación. No le saltamos a la yugular de un gobierno cuando tiene déficit de la misma forma en que lo haríamos si descubriéramos que es corrupto o que hace fraude.

Tan fuerte es nuestra creencia en la versión popular de la teoría de la puja distributiva que demandamos permanentemente que el gobierno haga algo para detener la suba de los precios. Hace poco, un funcionario era entrevistado en un programa de televisión y la periodista le preguntaba: “¿Están tomando alguna medida concreta para detener la suba de los precios?”. El funcionario comenzaba a argumentar que se buscaba arreglar el tema de los holdouts para poder tomar deuda y cubrir el déficit, así reducir la emisión monetaria y, por lo tanto… Y la periodista insistía: “Pero, dígame una medida concreta para hacer frente a la inflación”. Y así más de una vez.

Obviamente, o la periodista quiere reflejar la opinión popular al respecto o no sabe nada de la relación entre emisión monetaria y precios. Entonces, si tenemos votantes que compran la versión barata de la teoría (la culpa es del carnicero) y eventualmente pueden llegar a votar en consecuencia, el Gobierno responde a eso. Se vuelve supermercadista: vamos a crear unos 50 mercados que tendrán precios “cuidados”, no descuidados, confirmando entonces que la versión populista de la inflación ha de tener razón, o algo, aunque estén actuando desde la otra perspectiva. Vamos a multiplicar estos planes sociales, etc. ¿De dónde va a salir el dinero para todo eso, teniendo en cuenta que el mismo gobierno ha señalado que hereda un déficit fiscal de más de 5 puntos del PBI? No niego la necesidad coyuntural de alguna de estas acciones, pero tampoco hay que negar que ese mayor gasto o se cubre con más emisión y, por ende, más inflación, o se cubre con más deuda.

La emisión monetaria y la deuda son dos cosas poco visibles para el votante. Éste observa los precios, que afectan directamente su presupuesto. La emisión y la deuda son cosas algo lejanas. Y los gobiernos argentinos oscilan entre una y otra cosa, llevándonos ya sea a la híper o al default, o moviéndonos en la dirección de uno o el otro.

Así seguiremos, en tanto no se derrumbe el mito del Estado paternalista al que le pedimos de todo, para luego desentendernos de cómo se paga. No me cobren impuestos porque no me gusta, pero adelante con la emisión o la deuda, que no noto que las pague a menos que genere una crisis. El populismo argentino ha alimentado las dos variantes.

Estamos saliendo de la versión inflacionista, ¿para reingresar en la versión deudora? ¿O será esto algo pasajero para salir del mal momento heredado? No hay límites institucionales, o legales, ni para uno ni para otro caso. En definitiva, dependerá de los argentinos y cuán dispuestos estemos a dejar atrás un relato que lleva ya varias décadas.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

TENSIÓN ENTRE LO QUE ES Y EL DEBER SER

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Cualquier situación que ocurra (cualquier es) inexorablemente tiene como meta el respeto recíproco como el debe ser, con exclusión de quienes se dirigen a la falta de respeto al prójimo en provecho propio, en otras palabras, los espíritus totalitarios. Pero en lo que podemos denominar una sociedad civilizada, es decir, en el único modo de contar con armonía de intereses, como queda expresado, el deber ser consiste en el respeto recíproco a los proyectos de vida de todos cualesquiera sean éstos.

 

Todos los seres humanos tienen como meta pasar de un situación menos favorable (es) a una que le proporcione mayor satisfacción (debe ser). En este contexto el es constituye el medio para el logro del objetivo cual es el deber ser, es por ello que la ética no constituye mera decoración sino algo eminentemente práctico y de gran utilidad para la realización de las potencialidades de cada cual en busca del bien. Todos cometemos faltas, nadie puede “tirar la primera piedra”, de lo que se trata es de distinguir entre el pantano y la huella para no idealizar el pantano y realizar esfuerzos al efecto de retomar la huella.

 

Viene ahora un interrogante de la mayor importancia: ¿cómo proceder en la vida diaria frente a las más variadas circunstancias? Muchas veces hemos escuchado que si bien se está de acuerdo en que las cosas deberían ser de tal o cual manera, dado que son de otra, para seguir viviendo no hay más remedio que actuar de forma distinta y amoldarse.

 

Por ejemplo, imaginemos a uno de los asesinos seriales de la SS en la Alemania hitleriana irrumpe en el domicilio de alguien en busca del hijo del dueño de casa  y para contrarrestar semejante barrabasada el padre soborna al oficial de marras para salvar a su hijo. El padre sabe que está enriqueciendo a un criminal,  sin embargo estima que se ve obligado a proceder de aquella manera. Este ejemplo extremo ocurre de modo muy atenuado de forma cotidiana con gobiernos autoritarios de muy diversas corrientes. Esto alegan empresarios que dicen estar embretados por el poder de turno a riesgo de perder sus empresas y muchas otras situaciones de quienes se ven envueltos en trámites burocráticos muy variados.

 

Sin duda que hay un límite al desvarío pero la encrucijada existe y sin duda que hay conductas ejemplares que no admiten ninguna acción contraria a valores esenciales y, por ende, renuncian a lo más preciado con tal de mantener principios, pero el común de los mortales se ve compelido a entrar por la variante para seguir viviendo. Empresarios que declaran que se ven compelidos a acceder a los caprichos del mandamás del momento, aunque vean claramente la distancia entre lo que aceptan ser y el deber ser y así con tantos casos equivalentes.

 

Si  los límites se sobrepasan, aceptando algo que es absolutamente incompatible con el deber ser “para seguir viviendo y estar en sintonía con la tendencia dominante de la actualidad” no es justo involucrar a otras personas, como cuando se acepta la incorporación a socios impresentables a un club que disgustan a otros miembros. Ilustra otras situaciones similares que comprometen a terceros el caso de quienes apoyan el razonamiento anacrónico de sindicalistas que pretenden bloquear la competencia al oponerse a Uber que, en diversas ciudades, presta servicios de transporte atractivos en calidad y precio, es como si hubiera que eliminar las refrigeradoras para volver al hombre de la barra de hielo.

 

No es del caso juzgar ahora las diversas conductas pero lo que si debe remarcarse es que todos los seres humanos deben contribuir de un modo u otro para que prevalezca el respeto recíproco, de lo contrario, cualquiera sea la actividad de cada cual, indefectiblemente todo perecerá. Los que proceden en base a la componenda por lo menos deben contribuir con un reaseguro destinando tiempo, dinero o las dos cosas al efecto de cubrir la retirada puesto que si solo se las pasan justificando la necesidad de ceder en principios deben saber que consolidan la barranca abajo y que si pretenden vivir a costa del esfuerzo de terceros para mantener vestigios de la sociedad abierta (freeriders) su final ni siquiera será mudarse de país sino el mar con los tiburones.

 

Por supuesto que en esta instancia del proceso de evolución cultural no nos estamos refiriendo a los políticos que, como tales, necesariamente abandonan lo que debe ser para amoldarse a lo que es, en otros términos, a lo que la opinión pública puede al momento digerir, si es que desean continuar en la tribuna política. Cuando despotrican en sus discursos ponen énfasis desmedido, generalmente en voz muy alta, de los supuestos principios que defenderán a capa y espada pero la verdad es que su profesión consiste en ceder, componer y conciliar. Y el que se cree el discurso, cuando reclama airadamente y con gran desilusión de su candidato, le replican con toda naturalidad “y que quiere, se trata de un político”.

 

En este contexto, siempre debe haber personas que actúen desde afuera para señalar con rigor el camino que conduce al irrestricto respeto recíproco sin componendas de ninguna naturaleza. Solo así -y no con los aplaudidores y serviles de siempre- es posible abrigar alguna esperanza de vivir en una sociedad civilizada.

 

Hay todavía otro canal que pretende debilitar las obligaciones morales, no para actuar en dirección a lo que otros demandan sino en puro beneficio propio ya que el bien hace bien. Ese canal es el que pretende confrontar las emociones con la razón por medio de lo cual se justifican acciones u omisiones que van a contracorriente de principios éticos.

 

En este sentido, Nathaniel Branden explica en The Psychology of Self-Esteem que las emociones provienen de evaluaciones conscientes y subconscientes sobre la conveniencia o inconveniencia de ciertos procederes. Más aun, sostiene que las subconscientes son producto de lo que alguna vez fue consciente respecto a los valores o desvalores de cada uno. En otros términos, no hay incompatibilidad entre emociones y razón, no se trata de conceptos mutuamente excluyentes sino de fenómenos complementarios: uno quiere o desea tal o cual cosa porque primero estimó más o menos detenidamente que el objeto deseado o querido le conviene, le agrada, lo satisface (de lo cual no se desprende que el sujeto actuante necesariamente acierte en sus conjeturas).

 

En esta línea argumental, tengo muy presente un pensamiento de Viktor E. Frankl enmarcado en mi biblioteca y bordado por mi hija Marieta: “Never let the is cach up with the oughts”, lo cual considero es el secreto de la vida puesto que empuja a tener siempre proyectos que una vez alcanzados deben inmediatamente renovarse y sustituirse por otros, ya que si uno queda satisfecho con el logro de un proyecto sin contar con otros nuevos se termina la vida propiamente dicha.

 

La moral alude a lo prescriptivo mientras otras ramas del conocimiento se refieren a lo descriptivo. El primer campo apunta a lo normativo mientras que los segundos centran su atención a lo positivo. Dicho sea al pasar, esto último para nada significa adherir al positivismo, la tradición de pensamiento que sostiene que solo lo verificable empíricamente puede considerarse verdadero o falso. Pero, por un lado, como ha señalado Morris Cohen en Introducción a la lógica, la antedicha proposición no es verificable y, por otro, como ha destacado Karl Popper en Conjeturas y refutaciones, nada en la ciencia es verificable solo es posible la corroboración provisoria sujeta a refutación.

 

Hay autores que mantienen que ninguna acumulación de experiencias (sumatoria de es) puede conducir lógicamente a lo que debe ser (el caso de David Hume que aunque atenuado su alcance por Alasdair McIntyre es bien refutado por John Searle), lo cual constituye un error de apreciación puesto que en todos los casos se infiere una cosa de la otra. Si deseo (lo que considero debiera ser) convertirme en un abogado tengo que estudiar derecho (es), lo primero es la meta lo segundo es el medio para el logro de aquél objetivo. Si prometí pagar cierta suma, de allí se desprende el deber ser (cumplir con la palabra empeñada). En definitiva todos nuestros actos presentes (los es) están dirigidos a lo que debe ser.

 

Este razonamiento desde luego incluye latus sensus acciones que lesionan derechos de terceros y/o hacen daño al mismo sujeto actuante, pero en un sentido ético más preciso y restringido, tal como apuntamos antes, el deber ser se refiere a conductas de respeto al prójimo.

 

Finalmente dos pensamientos de Ortega, uno referido a lo que decíamos sobre la pretensión de los free-riders (“garroneros” según un argentinismo) y el otro sobre la trascendencia de hacer valer el individualismo que es a lo que aspira la sociedad abierta. En el primer caso, escribe en El espectador que “Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted por sostener la civilización, se ha fastidado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. Un descuido y cuando mira usted a su derredor todo se ha volatilizado”. Por ello es de tanta importancia preocuparse y ocuparse de trabajar por la libertad que es el oxígeno vital de la vida civilizada, pero apartarse de los timoratos y estrechar filas con los honestos intelectuales (es muy gráfica la condena de la Biblia a los tibios).

 

El segundo pensamiento pertenece a La rebelión de las masas: “Ahora, por lo visto, vuelven muchos hombres a sentir nostalgia del rebaño. Se entregan con pasión a lo que en ellos había aun de ovejas. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída. Por eso, en muchos pueblos […] andan buscando un pastor y un mastín. El odio al liberalismo no procede de otra fuente. Porque el liberalismo, antes que una cuestión de más o menos en política, es una idea radical sobre la vida: es creer que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Hayek: no hay dos orígenes de las normas (innatas y racionales), sino tres: fruto de las costumbres

Por Martín Krause. Publicado el 7/11/15 en: http://bazar.ufm.edu/hayek-no-hay-dos-origenes-de-las-normas-innatas-y-racionales-sino-tres-fruto-de-las-costumbres/

 

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca) vemos ahora contribuciones de los autores de esta escuela que se extienden hacia otras disciplinas. En esta oportunidad leemos a Hayek sobre las teorías evolutivas, la sociobiología y la evolución de las normas:

Los errores de la sociobiología

El desafío que me ha llevado a reordenar mis pensamientos sobre este tema fue una afirmación insólitamente explícita de lo que ahora reconozco como un error implícito en gran parte de la polémica contemporánea. La encontré en un nuevo e interesante trabajo en el campo de la que se considera la nueva ciencia americana de la sociobiología, The Biological Origin of Human Values, de G. E. Pugli, libro que recibió muchos elogios del jefe reconocido de esta escuela, el Profesor Edward D. Wilson, de la Universidad de Harvard. Lo sorprendente es que toda su argumentación se basa en el supuesto explícito de que existen sólo dos tipos de valores humanos que Pugh designa como «primarios» y «secundarios», indicando con el primer término aquellos valores que están genéticamente determinados y que por tanto son innatos, mientras que con el segundo designa los que son «producto del pensamiento racional».

La biología social, obviamente, puede hoy considerarse como un desarrollo bastante largo. Los miembros más veteranos de la London School of Economics recordarán sin duda que hace más de cuarenta años se creó en ella una cátedra de sociobiología. Desde entonces ha tenido lugar un gran desarrollo del fascinante estudio de la etología fundada por Sir Julian Huxley, Konrad Lorenz y Niko Timbergen, hoy en rápido desarrollo por obra de muchos seguidores de talento, y de numerosos estudiosos americanos. Debo admitir que incluso respecto a la obra de mi amigo vienés Lorenz, que he seguido de cerca durante cincuenta años, me he sentido a veces incómodo ante la aplicación un tanto apresurada de las conclusiones derivadas de la observación de animales a la explicación del comportamiento humano. Sin embargo, ninguno de ellos me ha hecho el favor de fijar como tema básico, para luego desarrollarlo de manera coherente, lo que en oíros parecían formulaciones ocasionales y apresuradas, es decir que estos dos tipos de valores son los únicos valores humanos.

Lo que más sorprende a propósito de esta opinión tan frecuente entre los biólogos, es que parecía lógico que éstos fueran más bien simpatizantes de ese proceso de evolución selectiva, análogo, aunque en muchos aspectos distinto, al que se debe la formación de estructuras culturales complejas. En realidad, la idea de evolución cultural es sin duda anterior al concepto de evolución biológica. Incluso es probable que su aplicación a la biología por parte de Charles Darwin derivara, a través de su abuelo Erasmus, del concepto de evolución cultural de Bernard Mandeville y David Hume, si no más directamente de las escuelas históricas contemporáneas de derecho y lingüística. Es cierto que, después de Darwin, aquellos «darwinistas sociales» que precisaron de Darwin para aprender la que era una tradición más antigua en sus propias materias, dieron al traste con todo al centrarse sobre la selección de los individuos congénitamente más aptos, selección cuya lentitud la hace comparativamente poco importante para la evolución cultural, y al mismo tiempo descuidando la evolución selectiva de normas y usos, que es la realmente decisiva. Ciertamente no había justificación para que algunos biólogos descuidaran la evolución como proceso únicamente genético, y olvidaran completamente el proceso análogo, aunque mucho más rápido, de la evolución cultural, que actualmente domina la escena humana y presenta a nuestra inteligencia unos problemas que aún no hemos aprendido a dominar.

Lo que, sin embargo, no había previsto era que un examen más atento de este error, común entre algunos especialistas, habría conducido precisamente al núcleo de algunas de las más palpitantes cuestiones políticas y morales de nuestro tiempo. Lo que a primera vista puede parecer un problema relativo sólo a los especialistas resulta en cambio ser el paradigma de algunas de las más graves concepciones erróneas dominantes. Aun cuando espero que lo que voy a exponer sea de algún modo familiar a los antropólogos culturales — y el concepto de evolución cultural ha sido naturalmente subrayado no sólo por L. T. Hobhouse y sus seguidores, y más recientemente en particular por Sir Julián Huxley, Sir Alexander Carr-Saunders y C. H. Waddington en Gran Bretaña, y más aún por G. G. Simpson, Theodosius Dobzhansky y Donald T. Campbell en Estados Unidos—, creo que la atención de filósofos morales, politólogos y economistas necesita aún orientarse hacia la comprensión de su importancia. Lo que todavía precisa ser ampliamente reconocido es que el actual orden social es en gran parte resultado no ya de un plan deliberado, sino del predominio de las instituciones más eficaces en un proceso competitivo.”

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Pobreza fuente de riqueza

Por Armando Ribas. Publicado en: http://www.laprensapopular.com.ar/17789/pobreza-fuente-de-riqueza-por-armando-ribas?utm_medium=Email&utm_source=Newsmaker&utm_campaign=8&utm_content=http%253A%252F%252Fwww.laprensapopular.com.ar%252F17789%252Fpobreza-fuente-de-riqueza-por-armando-ribas

 

Cada vez se hace más evidente la tendencia socialista de ignorar que en nombre de la igualdad aumenta la pobreza y surge la riqueza de los que la reparten. Desde hace 2500 años Aristóteles advirtió: “Cuidado porque los pobres siempre serán más que los ricos”. Ese riesgo se está corriendo en Argentina y también en el mundo Occidental, al cual pertenece la América Latina. Pobreza mediante se genera un proceso que culmina en una oligarquía democrática, que representa el sistema antitético al que generara riqueza por primera vez en la historia. Ese sistema se basó en que las mayorías no tienen el derecho a violar los derechos de las minorías. Así escribió James Madison en la Carta 51 de El Federalista: “En una sociedad bajo la cual la facción más poderosa se puede unir y oprimir a la más débil, puede decirse que reina la anarquía, como en el estado de naturaleza, donde el individuo más débil no está seguro contra la violencia del más fuerte”.

Al respecto de esa problemática fue David Hume quien sabiamente previno que el problema no son las mayorías sino las asambleas que pretenden representarlas. Pero el problema está presente aun en los propios Estados Unidos. Basta oír el reciente debate de los candidatos a presidente del partido demócrata. Al oír hablar a algunos de ellos, con Hillary Clinton a la cabeza, pareciera estar oyendo a los políticos latinoamericanos, con honrosas excepciones tales como fueran en Argentina Sarmiento y Mitre. O sea está presente la temática de la desigualdad social creada por el sistema capitalista. Por tanto la llegada al poder se basa no en la igualdad de oportunidades sino de resultados.

La consecuencia de esa supuesta preocupación por los pobres y la igualdad, que en algunos casos puede ser producto de un sentimiento y un error de concepción, en la práctica es el principio por antonomasia para llegar al poder e ignorar el sistema ético político que generó riqueza por primera vez en la historia. Y como dice Ayn Rand: “La compasión no genera una hoja verde y menos una hoja de trigo”. Así no podemos ignorar que a través de la historia la riqueza pertenecía a los que tenían el poder. O sea los monarcas y la aristocracia. Riqueza que en términos de los bienes que hoy están a nuestro alcance o nuestros deseos era una ficción.

La riqueza no la crea la naturaleza, sino que por el contrario tal como lo señala William Bernstein en su “The Birth of Plenty”: “Antes de la era moderna, hambre, enfermedades y guerras, más a menudo que no, abrumaban la inclinación humana de procrear”. Ya en el siglo XVII el terremoto de Lisboa en el que murieron cientos de niños produjo una discusión que todavía está presente. Rousseau culpo del desastre al hombre por haber construido la iglesia. Por supuesto Voltaire le refutó diciendo: “Que culpa tenían esos niños de la construcción de la Iglesia”. La creación de riqueza partió  de la organización de un sistema de gobierno en el que se tomaba en cuenta la naturaleza humana y no la pretensión de cambiarla y así surgió la libertad.  Es un hecho evidente que es la naturaleza la que ha creado al hombre con distintas capacidades de ahí resulta la creación la fortuna, que no solo favorece a quien la crea sino a la sociedad en su conjunto. Por ello Adam Smith dijo: “El individuo en la persecución, frecuentemente promueve el de la sociedad más efectivamente, que cuando realmente intenta promoverlo. Yo nunca he conocido mucho bien hecho por aquellos que pretenden actuar por el bien público”.

Ese principio sin lugar a dudas es fundamental para establecer el sistema de libertad que genera riqueza, y que en la actualidad está amenazado, no solo por el socialismo, sino que el surgimiento del recalentamiento global se ha unido a la desigualdad como la excusa para descalificar éticamente al sistema capitalista. Si Marx viviese no solo diría que es la explotación del hombre por el hombre sino también el destructor de la naturaleza. O sea es la nueva excusa en la búsqueda del poder y la descalificación de la creación de riqueza. Así son los ricos también culpables de la posible destrucción de la naturaleza, Y en esa descalificación se ignora que los ricos también viven en la tierra. Tanto así que se produjo una reunión de 80 empresarios de las principales empresas americanas para acordar como financiar el costo de eliminar las causas del recalentamiento.

Otro factor en desmedro del sistema capitalista, que como he repetido hasta el cansancio no es económico sino ético, político y jurídico y la economía la consecuencia de la acción de los hombres en concordancia con el sistema. Así se ha pretendido culpar  a los bancos y al sistema financiero por la crisis del 2007 en Estados Unidos. Así se ignora que la misma resultó de la ley de Carter por la cual se establecía que todos los americanos tenían derecho a una casa propia. Entonces se crearon Fannie May y Freddie Mac con el propósito que prestaran a quienes no alcanzaban a tener un ingreso promedio. La consecuencia fue el denominado Bubble (Burbuja). O sea la culpa de la crisis no fue de los bancos sino de la política del gobierno que fue el que creó las condiciones para que se iniciara la especulación. Según Stephen Moore en su artículo publicado por Heritage Foundation en la actualidad Freddie Mac y Fannie May están de nuevo prestando en las mismas condiciones que durante la crisis del 2004-2007. Por ello considera que Estados Unidos no ha aprendido nada y está de nuevo al borde de otra crisis.

El sistema financiero es el sistema sanguíneo de la economía. Por supuesto es fundamentalmente especulativo, pues todo accionar cuyo resultado depende del futuro es fundamentalmente especulativo. Pero debe tenerse en cuenta que los resultados de esa especulación y que generan crisis se deben a factores externos. Por ello haber salvado al sistema bancario vía el Federal Reserve es una obligación de su accionar como prestamista de última instancia. Ya debiéramos saber que no puede existir un sistema bancario de reservas fraccionarias sin la existencia de un prestamista de última instancia. En si ese salvataje a quien protege fundamentalmente no es a los dueños de los bancos, sino a todos los depositantes.

Pero volviendo directamente a la pobreza y sus efectos políticos, no cabe la menor duda de que es el origen de la demagogia implícita en el sistema socialista y por supuesto en el llamado populismo. Y el socialismo por definición  desconoce directa o indirectamente el derecho de propiedad, y por supuesto el derecho a la búsqueda de la propia felicidad que está implícito en el concepto de la mano invisible. Y es un hecho incontrovertible que cuando en nombre de las mayorías y de la igualdad se desconoce el derecho de propiedad no hay creación de riqueza. China es el mejor ejemplo reciente por el salto que dio entre Mao Tse Tung y Deng Tsiao Ping.

Y es un hecho que cuando el gasto público alcanza o supera el 50 % del PBI el nivel de los impuestos determina una violación paladina de los derechos de propiedad. Es un hecho reconocido que cuanto mayor es el nivel del gasto público en búsqueda de la igualdad, menor es la tasa de crecimiento de la economía. Esa es la causa de la crisis de la Unión Europea La consecuencia es una mayor pobreza en tanto que la riqueza restante pasa al poder político. Y por ello es que igualmente genera una mayor corrupción que según CATO se desarrolla en Bruselas. Y ni que hablar de los países de América Latina.

 

Armando P. Ribas, se graduó en Derecho en la Universidad de Santo Tomás de Villanueva, en La Habana. Obtuvo un master en Derecho Comparado en la Southern Methodist University en Dallas, Texas. Es abogado, profesor de Filosofía Política, periodista, escritor e investigador y fue profesor en ESEADE.