La Argentina no necesita más billetes impresos, necesita más capitales para crecer

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 3/12/2019 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/12/03/la-argentina-no-necesita-mas-billetes-impresos-necesita-mas-capitales-para-crecer/

 

La expansión monetaria para estimular el consumo va acompañada de controles de precios, una receta bien conocida en la Argentina

La expansión monetaria para estimular el consumo va acompañada de controles de precios, una receta bien conocida en la Argentina

Todo parece indicar que la nueva administración intentará reactivar la economía vía el incremento del consumo. Si bien es cierto que ese es el fin último del proceso económico, lo cierto es que para poder incrementar la demanda de bienes durables y no durables en forma sostenida hay que seguir un camino que lleve a lograr ese objetivo de modo sustentable.

No es cuestión de ponerle más dinero en el bolsillo a la gente para incrementar el consumo, porque los billetes no se comen. Ejemplo: “Todos los días compro una ensalada de frutas que viene en un vaso plástico. La última vez el vaso era más chico y el precio más alto, eso sí, ahora tengo más billetes en el bolsillo”. Antes salía a la calle con algunos billetes y ahora llevo más, pero puedo comprar menos cantidad de las mismas cosas que antes.

En definitiva, la gente no necesita tener más billetes en el bolsillo, sino tener más poder de compra de bienes y servicios, no cada vez menos como ocurrió en los últimos años.

Demanda de dinero

En un país que nunca tuvo inflación, es probable que vía expansión monetaria pueda estimularse transitoriamente el consumo.

En un país sin memoria inflacionaria, si el gobierno emite para reactivar la economía los incrementos de precios que se producen pueden ser vistos como algo transitorio por el consumidor y, por lo tanto, postergaría la compra de bienes (aumentando la demanda de moneda) a la espera de que bajen los precios. Pero si pasado cierto tiempo eso no ocurre sino que, por el contrario, si los precios siguen subiendo en respuesta al aumento de la oferta de dinero por parte del Banco Central, entonces el público comienza a comprar bienes antes de que sean más caros. En ese caso baja la demanda de moneda y se potencia la inflación, provocando la disminución del salario real.

De ahí que si las autoridades económicas quieren sostener el consumo artificial basado en emisión monetaria, correrá el riesgo de aumentar la fuga del dinero hasta llegar a procesos inflacionarios agudos o incluso hiperinflacionarios, si no se detiene a tiempo.

Generalmente estas expansiones monetarias para estimular artificialmente el consumo van acompañadas de controles de precios, lo cual termina generando desabastecimiento, caída en la calidad de los productos, mercado negro, etc. Esta historia los argentinos la conocemos en detalle .

Justamente, el argentino no solo tiene memoria inflacionaria, sino que hay toda una nueva generación que nació y vivió con una inflación de dos dígitos, lo cual los hace más proclives a buscar refugio contra la inflación.

Desde el 2002 para acá pasaron 17 años, por lo tanto, todos los que nacieron luego del 2002 o incluso unos años antes de la crisis del 2001 ya saben que es la inflación porque vivieron con ella. Además, tienen a sus padres que vivieron procesos inflacionarios agudos antes de la convertibilidad fija del peso y el dólar en los noventa, y le enseña a sus hijos a huir del peso.

Por lo tanto, el argentino es un agente económico con larga experiencia en tratar de sobrevivir en períodos de inflación. Sabe que tiene que refugiarse en bienes que lo proteja de la inflación o en el dólar, porque en Argentina el que apuesta al dólar nunca pierde.

Muchos de quienes tienen capacidad de ahorro cambian sus pesos por dólares, como refugio de valor (Juan Mabromata, AFP)

Muchos de quienes tienen capacidad de ahorro cambian sus pesos por dólares, como refugio de valor (Juan Mabromata, AFP)

El punto a tener en cuenta es que cuando se entra en estos procesos de reactivación artificial de la demanda, no es que se emite moneda una sola vez y luego se frena la maquinita. Estos estímulos artificiales del consumo exigen de expansiones monetarias crecientes que llevan a procesos inflacionarios cada vez más agudos.

Si se acepta que la expansión monetaria es como un impuesto no legislado, al cual se lo suele llamar “impuesto inflacionario”, la curva de Laffer le aplica perfectamente.

El economista Arthur Laffer estudió que a medida que aumenta la tasa del impuesto (eje horizontal) se incrementa la recaudación (eje vertical), pero llega un punto, el C en el gráfico precedente, en que ese proceso deriva en una disminución de los recursos tributarios porque la economía comienza a operar en negro, desaparecen los productores marginales, etc.

Si se supone que la tasa de impuesto es la de la expansión monetaria por parte del Banco Central y que el eje vertical es la recaudación del impuesto inflacionario, si la gente no tiene memoria inflacionaria, la curva puede moverse entre 0 y 50. Pero a partir de la huida del dinero, comienza a disminuir. Ese sería el punto C, en el cual ya está la Argentina, o se encuentra próximo a alcanzarlo por la fresca memoria inflacionaria, todo intento de reactivar la economía vía expansión monetaria puede llevar tasas crecientes de emisión cayendo en un proceso inflacionario descontrolado con riesgo de hiperinflación por huida del dinero.

Primero invertir, luego consumir

La única forma de incrementar el consumo en forma sostenida es iniciando el proceso normal que es primero crear las condiciones para atraer inversiones, para incrementar la productividad y tener más bienes.

Si Robinson Crusoe quiere incrementar su consumo de cocos, en vez de treparse todos los días al cocotero para bajar un coco, tiene que ahorrar (consumir medio coco por día) y al tener libre el segundo día porque consume el otro medio coco, podrá destinar el tiempo a construir una escalera para subir y bajar más rápido con más cocos en menos tiempo.

Y si en lugar de consumirse todos los cocos que bajó en un día, vuelve a ahorrar y consume sólo una parte, ahorra para el día siguiente y hace una red de pescar que le permitirá pescar mayor cantidad de peces, alcanzará un nuevo incremento de su productividad que le permitirá intercambiar cocos y peces con los isleños por los productos de las huertas, diversificar sus consumos y construir su choza.

En síntesis, si no se entiende el ABC de la economía que enseña que el consumo solo se puede incrementar en forma sostenida con más inversión, se seguirá emitiendo moneda con la esperanza de que la mayor cantidad de papeles impresos generen más riqueza, pero nunca se alcanzará ese objetivo.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky

 

Salarios, pobreza e impuestos

Por Gabriel Boragina Publicado  el 19/11/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/11/salarios-pobreza-e-impuestos.html

 

Desde prácticamente muy pequeños se enseña a los niños en las escuelas y en sus hogares que el nivel de los salarios depende básicamente de la buena o de la mala voluntad de los empleadores y de aquello que hagan los gobiernos contra los “malos” patrones obligándolos a pagar más y mejores sueldos. A los niños se les explica con un lenguaje que puedan entenderlo. Ya en tránsito hacia la escuela secundaria y aún más en de la universidad la enseñanza se refuerza, se la reitera con una terminología un poco más sofisticada y se la machaca hasta que en la mente del estudiante se transforma en un dogma que “debe” creer. No es fácil desentrañar esta falacia, aunque la realidad es muy distinta:

“El nivel del salario de cada trabajador de­pende de sus conocimientos y de la canti­dad de bienes de capital disponibles para realizar su trabajo. No tiene la misma pro­ductividad y, por lo tanto, no recibe el mis­mo salario quien cultiva la tierra detrás de un buey que quien lo hace arriba de un tractor. Sin ahorro e inversión en bienes de capital no es posible un aumento es­tructural de la productividad y, en conse­cuencia, de empleos mejor remunerados. (Pág. 120 y 121) [1]

Ninguna otra razón existe para explicar el aumento de los salarios e ingresos en términos reales más que la inversión en capital. La razón por la cual un labrador africano gana mucho menos que otro norteamericano no tiene nada que ver con la bondad o maldad de sus respectivos empleadores ni con la indiferencia o intervención de sus respectivos gobiernos. Lo único que hace la diferencia en un caso como en el otro es sencillamente la cuantía de capital invertido en cada lugar. Allí donde el volumen de capital disponible sea mayor que en otra parte, precisamente y sin necesidad de ninguna intervención de nadie se verán los salarios subir. E inversamente, donde el volumen de capital sea menor también se apreciará la manera en que los salarios decaen. Esto sucede por más que se dicten cientos o aun miles de leyes que procuren contrarrestar este fenómeno inexorable de la economía.

“Paradójicamente, el llamado proteccionis­mo laboral en la mayoría de los países eu­ropeos y latinoamericanos, que encarece y dificulta la creación de empleos, es el cau­sante de su menor generación y de que la mayoría de los existentes sean informales, al margen de todas las prestaciones que garantizan las constituciones y leyes en esos países. (Pág. 121) [2]

Lamentablemente, y por mucho que se lo intente, las leyes jurídicas no pueden contradecir las leyes económicas. Tarde o temprano, estas últimas terminan imponiéndose por sobre las primeras, y ello con independencia del lugar o nación donde las mismas se verifiquen. Las leyes económicas son universales, y su cumplimento es inapelable, por grande que se crea que el voluntarismo político pueda torcer el curso de los fenómenos económicos. Estos -a su turno- son consecuencia de otras leyes, las de la lógica, que interpretan la acción humana a la luz de los conocimientos praxeológicos.

“Las políticas gubernamentales que casti­gan a quienes evaden o se atrasan en el pago de impuestos deben estar acompa­ñadas, para tener una justificación social y moral, de transparencia, aplicación al bien común y castigo a todos los funcio­narios que no dan cuenta de su destino e impunemente hacen ostentación de las riquezas obtenidas con los impuestos que se roban. (Pág. 158)” [3]

Desafortunadamente, esto es uno de los pocos puntos en lo que no podemos estar de acuerdo con el autor de la cita. En un contexto de generalizado intervencionismo económico las tasas impositivas siempre tienden a ser mayores de lo que serían en otro de mercado libre. Y esta diferencia es bastante crucial a la luz de juzgar el comportamiento de los mal llamados contribuyentes a la hora de pagar sus impuestos. No se trata, simple y exclusivamente, de un problema de transparencia como indica el profesor citado, sino de algo que va bastante más allá de ese factor. Bajo el enfoque de la enseñanza que nos brinda la llamada Curva de Laffer, la tasa de evasión fiscal siempre será incrementada a medida que la tasa de imposición aumente más allá de cierto punto, que Laffer dio en denominar el punto óptimo fiscal. Como ha ilustrado otro eximio profesor[4], mejor resultaría procurar dirigirse a un punto mínimo fiscal, para evitar los efectos malsanos de niveles impositivos confiscatorios como los que se observan en no pocos lugares.

“El desconocimiento por la mayoría de la población y de gran parte de los legislado­res, de los efectos a largo plazo de las polí­ticas económicas, debido a una pobreza de educación económica, permite a los gober­nantes vender la idea de que mejorarán las condiciones económicas con políticas equivocadas, atractivas en el discurso o el papel, pero que producen en la realidad un efecto contrario al proclamado. (Pág. 171)[5]

La reflexión en este caso resulta atinada. Es verdad que los problemas económicos no se arreglan con demagogia o populismo barato en sus distintas vertientes y según los localismos regionales. Tiene gran importancia la mala educación económica sobre la que hemos insistido en otras ocasiones y que, como bien indica la cita, afecta no sólo a amplios sectores de la población, sino que también a muchos políticos e incluso académicos. Resulta atrayente -por ejemplo- creer que los salarios pueden elevarse dictando decretos o leyes, y que la pobreza también puede suprimirse de la misma manera. Pero es la sana economía y su estudio detenido la única que nos revelará que, más allá de las muy buenas intenciones que pueden tener los agentes económicos y los políticos de turno, como dijimos anteriormente, la economía tiene leyes propias cuya violación generan siempre -y en todo lugar- efectos malsanos que nos condenan a la pobreza.

[1] Luis Pazos. Educación económica contra demagogia electorera, Centro de Investigaciones Sobre la Libre Empre­sa, A.C. (CISLE) (Del libro Políticas Económicas). pág. 7

[2] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 7

[3] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 7-8

[4] El Dr. Alberto Benegas Lynch (h)

[5] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 8

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La Reforma Tributaria que no fue

Por Iván Carrino. Publicado el 2/11/17 en: http://www.ivancarrino.com/la-reforma-tributaria-que-no-fue/

 

Si se compara con los trascendidos, no estuvo mal. Pero juzgando desde un estado ideal, deja mucho que desear.

Con muchas ansias esperábamos el martes el anuncio de un importante cambio impositivo que estimulara la inversión y el crecimiento económico.

Estábamos como los chicos la mañana del 24 de diciembre,  sabiendo que a la noche llega Papá Noel… La diferencia era que los trascendidos nos hacían pensar que cualquier cosa podía pasar durante el anuncio.

¿Bajarán los impuestos? ¿Los terminarán subiendo? Eran algunas de las preguntas que nos hacíamos.

Finalmente, el misterio se develó.

Por lo general, cuando uno piensa en una reforma tributaria se imagina que los impuestos van a bajar, de manera que individuos y empresas tengan más espacio para crecer y desarrollarse.

Además, siguiendo las palabras del presidente Macri del lunes, se esperaba que se “desarmara la escalada de impuestos” de los últimos años, que hubiera “menos impuestos” y que fuéramos a un “sistema más simple, más claro, más equitativo, y que beneficie la inversión productiva y la creación de empleo”.

¿Se cumplió el objetivo?

Reagan, Irlanda y el G-20

Cuando un presidente sostiene que quiere un sistema impositivo más simple y más barato de pagar, uno piensa en Ronald Reagan y su “economía del lado de la oferta”. Durante su presidencia, en Estados Unidos la presión fiscal (medida como porcentaje del PBI) cayó de 19,1% a 17,8%, un descenso de 1,3% en 8 años.

Esta baja se consiguió con una fuerte reducción de la tasa marginal del impuesto a las ganancias de las personas físicas (de 70% a 28%) y un contundente recorte a los impuestos cobrados sobre las empresas. El tributo a las ganancias corporativas pasó de 48% a 34%.

Sin embargo, los recortes impositivos que estimulaban la inversión y la disposición a trabajar fueron parcialmente compensados con algunas subas de impuestos a las ventas, la seguridad social y la eliminación de exenciones.

En la década de los ’80 también fue importante la modificación impositiva de Irlanda. En dicho país, el impuesto a las ganancias corporativas se redujo de 50% a 12,5% en 16 años,  pasando de 35% a 12,5% en solo 6.

La tendencia de reducir impuestos a las ganancias corporativas es una constante dentro del G-20. Entre esos países, 16 redujeron ganancias corporativas entre 2003 y 2012.

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Los únicos que no lo hicieron fueron Brasil, Australia y Argentina. Eso dejó a nuestro país como el tercer peor del G-20, desestimulando la inversión y la radicación de compañías que generen riqueza.

Puntos a favor

En este sentido, debe destacarse la decisión del gobierno de presentar, como parte central de su proyecto, la reducción del 35% al 25% en el impuesto a las ganancias corporativas.

Como título, esta decisión es correcta y está en línea con la tendencia mundial para ganar “competitividad fiscal”. Sin embargo, hay que mencionar que dicha reducción aplicará solo a empresas que no distribuyan dividendos, y que se hará en una forma gradual, teniendo efecto pleno a partir de 2021.

Otra modificación importante es la devolución anticipada de saldos a favor en IVA para las empresas. Esto reduce el costo financiero de los proyectos, quitándole trabas a la inversión. A este cambio también se suma que el impuesto al cheque, si bien no se elimina, podrá tomarse como pago a cuenta del tributo a las ganancias.

Por último, también deben destacarse la menor carga fiscal que tolerarán los trabajadores autónomos, la reducción a 0% de los impuestos internos a celulares, otros productos electrónicos y autos y motos de gama media.

Sistema complejo, caro y paternalista

Ahora bien, lejos está la reforma tributaria de ser ideal. De hecho, incluso parece estar lejos de lo que pretendía el presidente Macri.

Es que, al mirarla detenidamente, no se elimina ningún impuesto. La desaparición del Impuesto a las Transferencias Inmuebles se ve compensada con la extensión de ganancias a la venta de una segunda vivienda y el fin de las exenciones a las ganancias derivadas de operaciones financieras.

Por otro lado, no se reduce la presión fiscal. Si bien el Ministro Dujovne planteó que la reforma tendría un costo de 1,5% del PBI, también sostuvo que –dado que la economía crecerá y bajará la evasión- éste se reducirá a un marginal 0,3% del PBI. Es decir que pasamos del punto D al punto C de la curva de Laffer (gráfico abajo), lo que indica que los impuestos no han bajado lo suficiente.

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Es que la clave para crecer es que el sector privado florezca a costa del sector público. Si la baja de impuestos es “neutra” en términos de recaudación, eso implica que los impuestos no bajaron lo suficiente. Éstos tienen que reducirse en términos del PBI, y para que el agujero fiscal no crezca hay que bajar el gasto público. Sino, es más de lo mismo.

Un punto adicional es que la reforma no resuelve el laberinto fiscal que es nuestro sistema tributario. Sigue habiendo exenciones, mínimos no imponibles y distintas tasas según la actividad que uno realice. Eso no contribuye a un sistema “simple y claro”.

Por último, se trata de una reforma con un fuerte componente de paternalismo. Los impuestos internos a la cerveza, el vino, el whisky y las bebidas con azúcar suben entre 9 y 17 puntos  porcentuales.

Dujovne sostiene que esta modificación está en línea con recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Éstas son curiosamente convenientes en medio de la crisis fiscal, pero además implican un mayor grado de control estatal sobre la vida privada. Debemos rechazar estos avances.

El proyecto de reforma se enviará al congreso en dos semanas. Por ahora, deja un sabor agridulce. Hay buenas iniciativas, pero en términos generales, no muestra grandes cambios en términos de sencillez, incentivos y competitividad fiscal.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

En tiempos de discusión de reformas, Juan Bautista Alberdi sobre ley fiscal, impuestos y la prosperidad futura

Por Martín Krause. Publicado el 5/11/17 en: http://bazar.ufm.edu/tiempos-discusion-reformas-juan-bautista-alberdi-ley-fiscal-impuestos-la-prosperidad-futura/

 

En su libro “Sistema Económico y Rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853”, Juan Bautista Alberdi analiza el texto entonces recién aprobado y su contenido económico, al que considera un plan para la prosperidad futura. En la Tercera Parte, Capítulo IV, se refiere a los impuestos. Algunos párrafos:

“Es verdad que la tendencia natural de la renta pública. es a ser grande y copiosa; pero en la doctrina económica de la Constitución argentina, la abundancia de la renta pública depende del respeto asegurado a los derechos naturales del hombre, en el empleo de sus facultades destinadas a producir los medios de satisfacer las necesidades de su ser. Esos derechos, en que reposa el sistema rentístico, el plan de hacienda o de finanzas, que es parte accesoria del sistema económico del país, son la propiedad, la libertad, la igualdad, la seguridad en sus relaciones prácticas con la producción, distribución y consumo de las riquezas.”

“La Constitución quiere que la ley fiscal o rentística respete y proteja esos derechos, lejos de atacarlos.

El estadista debe tener presente que esos derechos, manantiales originarios de toda riqueza, pueden ser atacados, por la ley orgánica de un recurso fiscal, y derogada de ese modo la Constitución que los consagra precisamente en el interés de la riqueza y del bienestar común. En efecto, los recursos contrarios a las garantías económicas que la Constitución establece en favor de todos los habitantes, son justamente contrarios al aumento del Tesoro nacional; es decir, que son opuestos a la Constitución por dos respectos, como hostiles al país en su riqueza, y como hostiles al gobierno en su Tesoro parásito del tesoro de los individuos.”

Adelanta, en relación a la recaudación aduanera (que entonces era la más importante), lo que ahora llamaríamos “Curva de Laffer”:
“Síguese de aquí que el medio más lógico y seguro de aumentar el producto de la contribución de aduana es rebajar el valor de la contribución, disminuir el impuesto en cuanto sea posible. En ningún punto la teoría económica ha recibido una confirmación más victoriosa de la experiencia de todos los países, que en la regla que prefiere muchos pocos a pocos muchos.”

Y luego:

“Si el impuesto bajo es tan fecundo en resultados con referencia a las aduanas, su total supresión por un término perentorio podría servir. de un estimulante tan enérgico, que en cortos años colocase a la Confederación a la par de Montevideo y de Buenos Aires, en el valor de su comercio directo con la Europa. La aduana es como el cabello en ciertas circunstancias: es preciso cortarla enteramente para que venga más abundante. – Los grandes hoteles suelen ofrecer gratis un banquete de inauguración al público, que más tarde indemniza a las mil maravillas el adelanto recibido bajo el color de una largueza. En el banquete de la riqueza de las naciones jóvenes, los millones por impuestos no percibidos, que aparecen arrojados a la calle, son adelantos para la adquisición de rentas futuras.”

“A falta de recursos extraordinarios para llenar el déficit, el primero de los medios puede suplirse con una rebaja de derechos tan franca y audaz, que casi se acerque de la total extinción de las aduanas.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

Consensos para bajar la presión tributaria: la Curva de Laffer, Irlanda y Reagan

Por Adrián Ravier: Publicado el 20/7/17 en: https://www.elcato.org/consensos-para-bajar-la-presion-tributaria-la-curva-de-laffer-irlanda-y-reagan

 

Adrián Ravier estima que el gobierno de Mauricio Macri podría simplificar el sistema tributario y reducir la presión tributaria sin necesariamente mermar la recaudación tributaria.

La herencia del gobierno anterior ha sido bastante compleja de desarticular. Ha habido avances en algunos frentes como el monetario y el cambiario, pero han sido claramente insuficientes en el frente fiscal. El gobierno parte de un diagnóstico adecuado. Acepta que la presión tributaria es excesiva para sus pretensiones de recuperar la inversión privada, a la vez que admite el elevado déficit fiscal, que lo mantiene acorralado en su intención de reforma tributaria. El ministro Nicolás Dujovne se ha propuesto para los próximos meses lanzar una reforma tributaria, pero los analistas temen que ésta sólo busque resolver el laberinto fiscal, sin reducir al mismo tiempo la presión tributaria.

Argentina tiene más de 100 impuestos en los tres niveles de gobierno, y las recomendaciones de los especialistas de finanzas públicas sugieren no tener más de 10. Está claro que la simplificación tributaria es necesaria, pero olvidarse de la presión tributaria constituye un error. No debemos buscar reemplazar algunos impuestos con otros nuevos, o elevando las alícuotas de los existentes. Argentina debe eliminar impuestos para alcanzar así el doble objetivo de simplificar el laberinto fiscal y, a la vez, reducir la presión tributaria.

El temor por la recaudación

El gobierno teme que hacerlo pueda implicar una reducción en la recaudación, lo que perjudicaría aun más las metas de acotar el déficit fiscal. Este temor, sin embargo, está infundado. El argumento principal para mostrar el punto no es otro que el conocido modelo de la Curva de Laffer.

La recaudación tributaria surge de multiplicar la “presión tributaria” por una cierta “base imponible”. Si el gobierno estuviera realmente convencido de que la presión tributaria actual inhibe la inversión, entonces debe comprender que desmantelar la mayoría de los impuestos podría impulsar fuertemente la actividad económica y el empleo, lo que incrementaría la base imponible y con ello aumentaría la recaudación. En términos de la Curva de Laffer, parece haber consenso entre los economistas de que la Argentina se encuentra por encima del óptimo.

Otro efecto secundario a la reducción de la carga tributaria es el consecuente impulso en la actividad económica y el empleo, lo que abre soluciones de mercado para muchos de los problemas que hoy el Estado busca resolver por la vía pública. Si reducimos la presión tributaria drásticamente y se crean nuevos puestos de trabajo, entonces el Estado puede reducir el gasto social, porque se reduce el número de necesitados. El efecto es benéfico económica y socialmente.

El consenso sobre la baja en la presión tributaria es tan amplio en economía que hasta ortodoxos y heterodoxos se darían la mano. Los ortodoxos no desconocen que el déficit fiscal es un problema real, pero aplauden desde luego reducir la órbita del Estado para dar lugar al mercado. Los heterodoxos, por su parte, comprenden que reducir la carga tributaria incrementa el ingreso disponible y con ello el gasto en consumo, lo que también da impulso a la demanda agregada en un momento en que la economía real todavía está en una situación delicada.

Irlanda, Reagan y Europa del Este

La evidencia empírica es enorme en esta materia. Quizás el caso más reciente es el de Irlanda, que bajando la presión tributaria logró atraer a numerosas empresas que querían escapar del fisco europeo. El impulso en la actividad económica desarrolló lo que hoy la literatura conoce como “el milagro del Tigre Celta”, básicamente por ser una isla de baja presión tributaria en un océano de Estado Benefactor.

Otro caso digno de mención es el de Ronald Reagan en Estados Unidos, quien bajó la tasa marginal más alta desde el 70 al 28%. En 8 años de gestión, Reagan consiguió reducir la inflación, acelerar el crecimiento económico y mantener prácticamente el mismo nivel de recaudación en relación con el PIB que el que existía cuando llegó al gobierno. Un claro ejemplo del mensaje de la Curva de Laffer.

Si el gobierno además se animara a dejar a un lado el gradualismo, entonces podríamos mirar otros casos emblemáticos en los países del Este de Europa, que emprendieron una transición desde el socialismo hacia las economías de mercado, no dudando en generar un cambio profundo en el frente fiscal para obtener una transformación real de sus economías.

Mauricio Macri está a tiempo de transformar la Argentina, como lo hizo la generación del 37 en tiempos pasados. Pero sin convicción, esta transformación será efímera. La reforma tributaria de Dujovne generará seguramente un impulso positivo en la actividad económica, pero su magnitud dependerá directamente de su convicción para simplificar el laberinto fiscal y también para reducir la presión tributaria.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

La Argentina no puede darse el lujo de no ser competitiva en materia impositiva

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 22/8/17 en: http://www.infobae.com/opinion/2017/08/22/la-argentina-no-puede-darse-el-lujo-de-no-ser-competitiva-en-materia-impositiva/

 

El típico argumento para no bajar los impuestos en forma inmediata es que primero hay que reducir la tasa de evasión impositiva. Es decir, una vez que muchos contribuyentes paguen altos impuestos es posible pensar en bajar la tasa de los mismos

 

En primer lugar, es muy raro que un político vaya a bajar los impuestos si logra que muchos paguen altos impuestos. Tener plata para hacer populismo siempre es una tentación difícil de ignorar. Hay que tener una fuerte convicción republicana para bajar el gasto público.

En segundo lugar, esta historia la vengo escuchando desde hace décadas: primero hay que bajar la tasa de evasión y luego podremos reducir los impuestos. La evidencia empírica muestra que a mayor carga tributaria más trabajo en negro y a los que estamos en blanco nos cocinan a fuego lento con una presión tributaria cada vez más asfixiante.

Cabe destacar que la Argentina es uno de los países con una tasa del Impuesto a las Ganancias para las empresas más alta del mundo. Siendo que necesitamos en forma urgente inversiones para crear puestos de trabajo y entrar en una senda de crecimiento de largo plazo, Argentina no puede darse el lujo de no ser competitiva en materia impositiva. Ya bastante tenemos con cargar en nuestro historial con ser uno de los países en que el estado viola sistemáticamente las reglas de juego, como para encima pretender atraer inversiones con semejante carga tributaria, que encima no permite el ajuste de los balances por inflación.

El gráfico muestra con nitidez que en la Argentina estamos más caros que el promedio de América Latina, el promedio de Europa, Asia, etc.

 Ya bastante tenemos con cargar en nuestro historial con ser uno de los países en que el estado viola sistemáticamente las reglas de juego, como para encima pretender atraer inversiones con semejante carga tributaria

La pregunta es ¿por qué invertir en Argentina si hay países que tienen un Impuesto a las Ganancias a las corporaciones mucho menores como, por ejemplo, Irlanda, que le cobra el 12,5% o Suecia que aplica solo el 22 por ciento?

¿Funciona la curva de Laffer como para bajar los impuestos en Argentina?

La referencia que uno puede tomar es la fuerte baja de impuestos que aplicó Ronald Reagan en 1981, algo que ahora quiere reeditar Donald Trump.

Considerando el desafío que tenemos por delante de atraer inversiones es bueno preguntarse si en los hechos funciona la curva de Laffer. Al respecto una buena referencia es Irlanda que bajó de tal manera la tasa del Impuesto a las Ganancias para las corporaciones que el resto de Europa la acusa de dumping impositivo.

El otro caso emblemático es el de la administración Reagan. Recordemos que Ronald Reagan bajó la tasa marginal más alta que era del 70% al 28%. La pregunta que sigue es: ¿qué ocurrió con la recaudación de los impuestos federales a lo largo de esos 8 años? Si comparamos la recaudación de impuestos federales contra el PBI, Reagan logra obtener casi los mismos ingresos tributarios que cuando asumió.

Como puede verse en el siguiente gráfico, Jimmy Carter deja su último año de mandato en 1980 con una relación recaudación impuestos federales/PBI del 18,1% y Reagan deja su último año de mandato con una relación del 17,5%, solo 0,6 puntos porcentuales menos pero con la economía creciendo y habiendo bajado la inflación que recibió de Carter de dos dígitos anuales a un dígito.

Es más, en 1989 los ingresos federales superaban al promedio de la década del 70 o los igualaban a pesar de haber bajado fuertemente la carga tributaria.

El plan económico de Reagan se basaba en tres pilares: 1) baja de impuestos; 2) reducción del gasto público; y 3) desregular la economía. La baja de impuesto se produjo. La desregulación de la economía fue muy amplia. Se eliminaron controles de precios que venían de la era Carter. Reagan enfrentó la huelga de los controladores aéreos. Los reemplazó por controladores de la fuerza aérea y los despidió. Al igual que Tatcher que se mantuvo firme con la huelga de los mineros, una de las claves de ambos mandatarios fue no achicarse ante la extorsión sindical. También Reagan desreguló el precio del petróleo. Lo que no consiguió fue reducir el gasto público. El incremento en el gasto se produjo por más gastos en defensa (recordemos que en esos años todavía estaba la guerra fría) y el incremento de los intereses de la deuda pública como parte del gasto federal a raíz del mayor déficit fiscal inicial.

El resultado de la política económica de Reagan fue un crecimiento promedio anual del 3,8%; bajó la inflación de dos dígitos altos a una inflación anual del 3 al 4 por ciento anual, la desocupación que estaba en el 7,2% cuando se fue Carter, subió en los dos primeros años y luego fue descendiendo hasta llegar al 5%. Lo que tuvo Reagan fue un aumento del déficit fiscal inicial que llegó al 5,7% del PBI pero terminó reduciéndolo al 2,7% a pesar de no haber bajado el gasto público, lo cual indica que la combinación de reducción de impuestos y desregulación de la economía fue lo suficientemente potente como para incrementar la recaudación.

 En el gobierno de Ronald Reagan terminó reduciéndolo al 2,7% a pesar de no haber bajado el gasto público, lo cual indica que la combinación de reducción de impuestos y desregulación de la economía fue lo suficientemente potente

Volviendo a la Argentina, tanto EE.UU. como Irlanda y la reducción y quita de retenciones a las exportaciones de granos en nuestro país muestran que importantes reducciones tributarias generan un estímulo significativo en la economía ya que le devuelven poder de compra al contribuyente y transforman inversiones que antes no eran viables por la carga tributaria en inversiones viables. Sólo basta ver cómo están creciendo las ventas de tractores, cosechadoras, silos, etc. para advertir cómo la inversión se dispara cuando se reduce la carga impositiva.

Si luego de las elecciones el Gobierno logra un acuerdo con la oposición (PJ no k, massismo, etc.) para encarar una importante reducción impositiva; una reforma del Estado que permita bajar el gasto público (en nuestro caso va a ser indispensable porque el gasto público y déficit fiscal son récords heredados del kirchnerismo) y desregular aún más la economía, no sé si se darán los 20 años de crecimiento que pronosticó Nicolás Dujovne, pero sin duda por varios años la economía entrará en un sendero de crecimiento de largo plazo.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

Salario mínimo, inflación y gasto público

Por Gabriel Boragina Publicado  el 10/6/17 en: 
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El escolástico Juan de Mariana tenía ideas sumamente claras, concretas y acertadas sobre la relación entre los impuestos, la inflación y el gasto público:
“El déficit gubernamental es causa de impuestos mayores a los necesarios. Además, es causa de la alteración del valor del dinero. El gobernante con un presupuesto deficitario sucumbe con facilidad a ese medio para cubrir faltantes. Alterar el valor de la moneda, por ejemplo, reduciendo la cantidad de oro o plata que contiene, permite emitir más monedas. Se piensa que con esa medida nadie sufrirá, puesto que el valor legal de la moneda queda igual, aunque disminuya su valor intrínseco. Falso. En la realidad, la alteración del valor de la moneda es un latrocinio, según Mariana. El dinero es un medio general de intercambio y lo es, porque su valor se considera sujeto a muy pequeñas variaciones. El remedio a esos daños es la reducción del gasto público. Los activos de la nación no deben ser usados con la misma libertad del propietario particular. Los subsidios deben reducirse. Los gobernantes no deben iniciar guerras innecesarias.”1
Ya en ese entonces, se explicaba de esta manera aquella vinculación. En realidad, el déficit se produce porque se han calculado mal los gastos y se han previsto partidas superiores a los ingresos disponibles, o bien porque los impuestos son tan altos que -conforme nos enseña la curva de Laffer- la recaudación nunca será suficiente para sufragar los gastos. Pero, hay una tercera causa: es posible que el presupuesto este bien calculado, y que se hayan previsto los impuestos necesarios como para poder cubrirlo, y que estos sean razonables al punto que todos los contribuyentes estén en condiciones de poder afrontarlos. Pero, imprevistamente el gobierno -o alguna de sus áreas- decida incrementar los gastos por encima de lo aprobado por la ley de presupuesto. En esta coyuntura, será un factor no ponderado por la ley de presupuesto lo que hace aparecer el déficit, excepto que se legislen nuevos impuestos, y que la población esté en condiciones de poder seguirlos abonando. La cruda realidad nos muestra que es el tercer supuesto el que se da con mayor frecuencia. Aunque también ocurre que se establecen impuestos excesivos, que superan las salidas previstas. Lo común es que se combinen dichos dos elementos: lo corriente es que los gobiernos aumenten sin cesar sus gastos, y también sus gravámenes. No obstante, cuando opera la curva de Laffer, deben apelar a inflación o deuda.
          Otro caso digno de examen es el de la relación entre salarios mínimos y gasto público, que también es un fenómeno de antigua data, en particular cuando los gobiernos entran en su cruzada de “ayudar a los pobres”, como se expone seguidamente:
“En 1798, se dio un paso importante que agravó considerablemente el problema de este tipo de ayuda benéfica. Los jueces de Berkshire, […] decidieron que los salarios inferiores a lo que ellos consideraban como el mínimo absoluto deberían ser completados con la ayuda parroquial de acuerdo con el precio del pan y el número de personas que dependían del cabeza de familia. Tal decisión fue confirmada por el Parlamento al año siguiente. Durante los treinta años que siguieron, este sistema (aparentemente el primero “que garantizaba un mínimo de ingresos”) acarreó innumerables problemas.
La primera consecuencia lógica para los contribuyentes fue un incremento en proporción geométrica de los costes de la beneficencia. En 1785, el coste total de los gastos que supuso la ley de pobres fue casi de dos millones de libras. En 1803 se superaron los cuatro millones, y en 1817 casi se llegó ya a los ocho millones. Esta última cifra venía a representar casi una sexta parte del gasto público total. Algunas parroquias se vieron sumidas en grandes dificultades. Un pueblo de Buckinghamshire informaba en 1832 que sus gastos por ayuda benéfica habían sido ocho veces superiores a los de 1795, y que habían superado a los ingresos totales de la parroquia durante aquel año. Otra población, Cholesbury, llegó a la bancarrota, y otras estuvieron muy cerca de ello. A pesar de su gravedad, este gasto público no fue el peor de los males. Mucho más grave fue la creciente desmoralización en el aspecto laboral, que culminó con los desórdenes e incendios de 1830 y 1831.”2
Se trató de la tristemente célebre “ley de pobres”. En el caso, la iniciativa es tomada por lo que hoy llamaríamos el poder judicial. Mediante sendas sentencias, los jueces británicos habían decidido que las diferentes regiones (parroquias) -se entiende que por intermedio de sus gobiernos locales (municipales)- habrían de arbitrar los mecanismos para lo que ellos (los jueces) habían determinado como lo que “debería” ser un “salario mínimo”. Los parámetros para la fijación del nuevo salario mínimo fueron dos, a saber: el precio del pan y la cantidad de miembros de la familia. Los gobiernos locales debían “compensar” la diferencia entre los ingresos familiares y el precio del referido producto. La sentencia dictada por los jueces recibió rápida confirmación legal por parte del Parlamento británico al cabo de un año, de manera que, lo que en principio fue una medida que afectaba sólo a determinadas localidades de Inglaterra, rápidamente se convirtió en una ley de alcance nacional.
No es difícil imaginar que, siguiendo los delineamientos que hemos dado, tal incremento del salario debía ser financiado por vía de mayores impuestos, deuda o emisión monetaria, que son las tres únicas “herramientas” por las cuales los gobiernos del mundo (no solamente el británico desde luego) pueden solventar cualquier erogación que sea decretada mediante una ley, tal como ha sido el caso en análisis, si bien esta ley no fue originada en una iniciativa parlamentaria, sino judicial. Ejemplo que -de paso- demuestra que no siempre la justicia “hace justicia”, sino que -a menudo- produce grandes injusticias, máxime si tenemos en cuenta las nefastas consecuencias que se derivaron de la extensión y generalización de dichas políticas.
En esa línea, no son de extrañar las consecuencias nocivas que estos salarios mínimos (financiados con gasto público) tuvieron históricamente para los afectados. Como se ve en la cita, apareció el fenómeno del déficit fiscal.
1 Eduardo García Gaspar. Ideas en Economía, Política, Cultura. Parte I: Economía. Contrapeso.info 2007. Alejandro A. Chafuén. “Impuestos y finanzas públicas”, pág. 56/57
2 Henry Hazlitt. La conquista de la pobreza. Unión Editorial, S. A. Pág. pág. 80/81

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.