Contratos futuros para comprar dólares. Dos posiciones libertarias: cumplir la ley o repudio a la deuda

Por Martín Krause. Publicado el 13/12/15 en: http://bazar.ufm.edu/contratos-futuros-para-comprar-dolares-dos-posiciones-libertarias-cumplir-la-ley-o-repudio-a-la-deuda/

 

El nuevo gobierno argentino se enfrenta a un problema, generado arteramente por el gobierno anterior. Éste, para disimular la escasez de reservas en el Banco Central como resultado del llamado ‘cepo cambiario’, vendió contratos futuros para la compra de dólares a un precio que, tanto los que vendían como los que compraban, sabían que iba a estar muy alejado de la realidad al momento en que deban hacerse efectivos.

Para nuestros lectores de otros países no hace falta entrar en detalles, pero digamos que el Banco Central vendía dólares futuros a 10 pesos cuando todo el mundo sabía que una devaluación era inevitable y que a su vencimiento el dólar se podría cotizar en alrededor de 15 pesos. Es decir, comprar a 10 y en unos meses luego poder vender a 15. Esta operación se hizo a la vista de todos e incluso cumpliendo requisitos contractuales legales. No obstante, el nuevo ministro de Economía, y otros, presentaron una demanda judicial contra el entonces presidente del Banco Central acusándolo de estar vendiendo dólares a un precio incluso más bajo al que se compraban futuros en Nueva York.

Esta demanda está en curso y el nuevo ministro se enfrenta con el problema de qué hacer, dado que los dólares que se vendieron en principio no existen, es decir, el Banco Central no tiene cómo pagarlos.

Seguramente tiene varias opciones por delante, que estarán siendo estudiadas en estos días, pero a los libertarios nos plantea un dilema que quisiera presentar aquí, enfrentando dos posiciones respecto a la actitud que debe tener el estado en sus contratos.

Primera posición: el respeto del derecho de propiedad y el cumplimiento de los contratos es una ley básica y fundamental de toda sociedad liberal. Es más, la función del estado es, precisamente, verificar el cumplimiento de estas leyes, y no podría, entonces, él mismo violarlas. Esta visión, se basa en una famosa frase de David Hume acerca de los principios básicos de una sociedad abierta:

“Where possession has no stability, there must be perpetual war. Where property is not transferred by consent, there can be no commerce. Where promises are not observed, there can be no leagues nor alliance.”

Segunda posición: puede verse en esta cita de Murray Rothbard: “… la transacción de la deuda pública es muy distinta de la de la deuda privada. En lugar de un acreedor con una baja preferencia temporal intercambiando dinero por un pagaré de un deudor con alta preferencia temporal, el gobierno recibe ahora dinero de los acreedores, sabiendo ambas partes que el dinero que se devuelva no vendrá de los bolsillos de políticos y burócratas, sino de las carteras saqueadas de los contribuyentes indefensos, los súbditos del estado. El gobierno obtiene el dinero por coacción fiscal y los acreedores públicos, lejos de ser inocentes, saben muy bien que sus ingresos vendrán de esta lamentable coacción.”

Rothbard propone repudiar la deuda:

“Aparte del argumento de la moralidad o santidad del contrato contra el repudio que ya hemos explicado, el argumento económico habitual es que ese repudio es desastroso porque quién en su sano juicio volvería a prestar a un gobierno repudiante. Pero el contraargumento eficaz se ha considerado raras veces: ¿por qué debería inyectarse más capital privado en las ratoneras del gobierno? Es precisamente la eliminación de futuros créditos públicos lo que constituye uno de los principales argumentos para el repudio, pues significa secar beneficiosamente un canal de destrucción inútil de los ahorros de la gente. Lo que queremos son ahorros abundantes e inversión en empresas privadas y un gobierno delgado austero, de bajo presupuesto, mínimo. El pueblo y la economía solo pueden hacerse grandes y poderosos cuando el gobierno es frugal y enclenque.”

“Pero si este plan se considera demasiado draconiano, ¿por qué no tratar al gobierno federal como se trata a cualquier bancarrota privada (olvidando el Capítulo 11)? El gobierno es una organización, así que ¿por qué no liquidar los activos de la organización y pagar a los acreedores (los tenedores de bonos públicos) una porción a prorrata de dichos activos? La solución no costaría nada al contribuyente y asimismo le libraría de 200.000 millones de dólares en pagos anuales de intereses. Se obligaría al gobierno de Estados Unidos a regurgitar estos activos, venderlos en subasta y pagar a los acreedores de acuerdo con ello.

Qué activos del gobierno? Hay una gran cantidad de activos, de la Tennessee Valley Authority a los parques nacionales a distintas estructuras como Correos. Las enormes oficinas de la CIA en Langley, Virginia, deberían generar un buen lugar para edificar chalets para todos los trabajadores dentro de la circunvalación. Tal vez podríamos echar a las naciones Unidas de las Estados Unidos, reclamar los terrenos y edificios y venderlos para casas de lujo para las celebridades del East End. Otro descubrimiento de este proceso sería una privatización masiva del terreno socializado en el Oeste de Estados Unidos y también del resto del país. La combinación de repudio y privatización llegaría reducir la carga fiscal, estableciendo una sensatez fiscal y desocializando Estados Unidos.”

En fin, ¿qué opinan los lectores?

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

El libre comercio

Por Gabriel Boragina: Publicado  el 10/9/13 en: http://www.accionhumana.com/

En economía es frecuente que –en las aulas y en los libros, revistas, conferencias, etc.- el comercio se «divida» en dos partes: nacional e internacional. Otras veces, los economistas también hablan de comercio interior y exterior como equivalentes a las anteriores expresiones. Estas clasificaciones, que quizás pudieran tener alguna utilidad didáctica a los fines puramente académicos, normalmente han dado a entender a muchos no iniciados en economía –e incluso aun a tantos otros si iniciados- que podría existir alguna diferencia esencial entre una y otra «clase» de comercio. Sin embargo, creer cosa semejante será un gravísimo error, yerro que lamentablemente resulta bastante generalizado.

Comentando un trabajo del Dr. A. Benegas Lynch (h), E. García Gaspar dice:

«El punto de partida del autor es hacer ver que no hay diferencias entre el comercio internacional y el comercio interno de un país cualquiera. La existencia de accidentes geográficos como ríos o fronteras no cambia la naturaleza del comercio. Este es un tema lleno de falacias que son ideas heredadas del mercantilismo del siglo 16 y que en la actualidad han sido calificadas de proteccionistas, pero mantienen esa misma y absurda idea de acumular dinero sin sentido, logrando sólo la reducción del nivel de vida de la población. Por principio de cuentas debe verse que el comercio internacional no se realiza entre Argentina y Francia, por ejemplo, sino entre un argentino y un francés. La posición geográfica de ambos no causa un cambio en la esencia de sus acciones de compra y venta y es igual a lo que dos franceses compran y venden entre sí, dentro de su país, o dos argentinos.»[1]

En efecto, el intercambio, en su naturaleza, es el mismo, se verifique en el lugar en que se verifique y medie la distancia física que medie, sin importar si se tratan de fronteras o de cualquier otra especie de aparente obstáculo. Y por sobre todas las cosas que, como bien recalca el Dr. Benegas Lynch (h), cualquier intercambio -es más, todo intercambio- siempre se lleva a cabo entre seres humanos, sin importar su nacionalidad ni ubicación.

Con todo, no es novedad que, desde tiempos inmemoriales, se han levantado todo tipo de barreras e impedimentos para obstruir tales transacciones, bajo la impronta de las teorías llamadas proteccionistas, y que dieran origen a célebres disputas que, a su turno, generaron el debate conocido como Proteccionismo Vs. Libre Comercio (o librecambio).

 

El abandono del libre comercio, del respeto a la ley y de la moneda sana en países como la Argentina, trajo consecuencias funestas:

«La negativa del Fondo Monetario Internacional de rescatar a la Argentina fue la aceptación de que era imprescindible encontrar un nuevo procedimiento para hacer frente a las crisis de deuda soberana, las cuales están íntimamente ligadas a las crisis bancarias y monetarias. Para contenerlas y prevenirlas se requiere que los gobiernos sigan políticas transparentes pro mercado que no puedan ser anuladas con facilidad. Es necesario que haya un compromiso a largo plazo con el libre comercio, el imperio de la ley y la moneda sana: de no ser así, los inversores globales llevarán sus capitales a otra parte. Al no pagar su deuda y devaluar su moneda, el gobierno argentino destruyó la confianza que había establecido y aumentó los costos de atraer futuros fondos de inversión.»[2]

 

Por supuesto, como indica el autor anteriormente citado, el libre comercio es condición necesaria pero no suficiente para asegurar el progreso y disminuir la pobreza en cualquier país del mundo, y -con más razón- en los subdesarrollados como es la Argentina. La fórmula infalible para atraer inversiones consiste en contar con un marco legal que garantice el irrestricto respeto de los contratos y de la palabra empeñada mediante ellos, lo que, a su turno, requiere de instituciones jurídicas sólidas que protejan y respalden los derechos de propiedad de todos y cada uno de los habitantes del país.

Por otra parte, resulta otra verdad evidente que: «…el libre comercio es el motor clave, tanto del crecimiento económico como de la estabilidad.»[3]

La supremacía del libre comercio por sobre el proteccionismo ha sido evidenciada por muchos autores, sobre todo por sus efectos benéficos para aliviar e incluso reducir la pobreza a niveles mínimos:

«La verdad evidente es que el liberalismo clásico, bajo el cual floreció el libre comercio, ha sido la estrategia económica más exitosa en la historia mundial. Puso fin a las hambrunas europeas en el siglo XIX, que hasta ese momento eran consideradas el destino inevitable de la humanidad. Tendemos a olvidar que, por ejemplo, durante el siglo XVIII en Francia hubo nueve hambrunas que mataron a más del 5 por ciento de la población. Cuando vemos hambrunas en la actualidad, sólo las encontramos en dictaduras que no son capitalistas, ni liberales, ni de libre mercado, como Corea del Norte. La era del libre comercio en el siglo XIX hizo posible la riqueza para todos por primera vez en la historia humana. Que el libre mercado sea fuente de riqueza es una verdad incuestionable hoy en día. La evidencia empírica lo confirma.»[4]

El libre comercio es vital a los pueblos para su felicidad.


[1] Eduardo García Gaspar en Ideas en Economía, Política, Cultura-Parte I: Economía. Contrapeso. Info 2007, pág. 51. (Comentario al trabajo de Alberto Benegas Lynch (h), «Relaciones Internacionales», en el libro Lecturas de Economía Política. Volumen II, Unión Editorial, Madrid, 1987, ISBN 84-7209-198-8, editado por Jesús Huerta de Soto, pp 9 – 20.)

[2] James A. Dorn. Crisis financieras internacionales.- ¿Qué rol le corresponde al gobierno?- Introducción. Pág. 11 y 12- Daniel Artana y James A. Dorn (Compiladores). Cato Institute y Fundación de investigaciones Económicas Latinoamericana. (FIEL)

[3] John B. Taylor «Aumentar el crecimiento económico y la estabilidad en los mercados emergentes». Capítulo 13,  pág. 164. En Daniel Artana y James A. Dorn (Compiladores). Crisis financieras internacionales. ¿Qué rol le corresponde al gobierno?-. Cato Institute y Fundación de investigaciones Económicas Latinoamericana. (FIEL)

[4] Otto Graf Lambsdorff «Libertad: El Mejor Remedio contra la Pobreza». Fundación Friedrich Naumann (FFN)

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.